XIV

—Particularmente tu futuro sobrino —respondió el Padre—. No sé qué tripa se le ha roto a ese caballero, que hasta parece que nos espía. A veces me entran ganas de mandarle al caramelo doble. Porque si no nos atisbasen él y todo bicho viviente, maldita la necesidad que teníamos de estos tapujos, que no me agradan, hija, no me agradan; porque pueden dar lugar a interpretaciones maliciosas, y no basta ser bueno; hay que parecerlo también.

—Es cierto; pero yo, si no desahogaba con usted, creo que me moría. En el confesionario no se pueden explicar bien ciertas cosas.

—Corriente; esperemos que Dios nos saque con bien de este fregado... Chiquilla, abre el corazón y dí lo que quieras; aquí está el padre Moreno para oirte y aconsejarte, no ya como confesor, sino como amigo. Lo soy muy de veras... y me conoces, y basta de exordio.

—Pues padre, yo tampoco tengo más amigo que usted: mi mala sombra es tal, que ni con mi padre ni con mi hermano es posible que consulte, porque no hay unión de las almas... El asunto de mi consulta creo que ya usted se lo sospecha.

El padre se cogió la barbilla con la diestra, reflexionando.

—Según me dijiste te casas por evitar mayores males... Se me figura que he comprendido...

—No, padre, no es eso... Mire usted: los males que aquí sobrevengan, no puedo evitarlos ya: he puesto de mi parte cuanto he podido; me he convertido en guardia civil, en policía, en esbirro, en todo lo que una puede convertirse... papel bien desairado a veces... pero estoy convencida de que a la mujer que no quiere guardarse, nadie la guarda, y que los caprichos de los señores mayores son más difíciles de combatir que los de los niños. Mi...

La tití vaciló un poco.

—Mi papá —dijo al fin con resolución— está como en sus quince. Ciego por la tal muchacha, ciego siguiéndola, aguantándole las burlas y cayéndosele la baba si ella le hace un gesto tonto. A mí esto bien sabe Dios que no me importaría, si... al fin y al cabo...

—Tú querrías que se casase...

—Naturalmente. Que no condene su alma el que me dió la vida... y a todo lo demás me resigno. Ya sabe usted la campaña que sostuve en favor de doña Andrea. Mientras ella y mi padre vivieron... así... yo aspiré únicamente a que se casasen. Tendría por madrastra a la doncella de mi madre; pero papá viviría en gracia de Dios. Doña Andrea es una infeliz, créame usted, de pasta excelente; no me ha dado nunca lo que se llama una desazón; me ha cuidado con un cariño que no lo puedo pintar; sólo que no tiene... ¿cómo diré?

—Sentido moral.

—Eso. Es buena de suyo; pero no distingue lo malo de lo bueno.

—A eso llamo yo —dijo el padre— ser idiota de la conciencia.

—Justo. Pues así que comprendió que estaba vieja y hecha una calamidad, le pareció lo más natural del mundo traer a casa a esa chica, con propósito sin duda de recobrar la influencia que ejercía sobre mi padre, o de que un individuo de la familia heredase puesto tan honorífico.

—Chiquilla, como vas a casarte... es mejor hablar claro para que nos entendamos. Antes, tu padre vivía maritalmente con doña Andrea, y ahora... ya no.

—Cabal. Ahora no.

—Pues entonces... no importa mucho que se case o no se case con ella tu papá. Si cesó el pecado... Verdad que como vive en la misma casa, el escándalo continúa.

—No señor. Digo, se me figura. Doña Andrea está tan horrible, que no escandaliza a nadie—. Advirtió con sonrisa graciosa y un tanto maliciosa la tití.

—Mejor, mejor... por más que, hija, la gente para escandalizarse no mira si las caras son bonitas o feas.

—Padre, por desgracia, aquí hay o habrá muy pronto otra piedra de escándalo. No crea usted que se le pasa por alto a la gente nada... Ni tanto así. Se me sube a la cara la vergüenza, cuando noto que alguien repara en ciertas cosas...

—Tú no tienes de qué avergonzarte, hija. Las vergüenzas, para ti no se han hecho —murmuró el fraile con acento tan halagüeño y cariñoso, que mi tía se ruborizó un poco, creo que de placer.

—No lo puedo remediar —balbució—. Es tan sagrado un padre, que usted no sabe cuánto se sufre al comprender que no podemos respetarle como corresponde y como manda Dios. Yo por fuera no le he perdido el respeto a papá; pero interiormente... No, no es posible vivir de esta manera: hay momentos en que imagino volverme loca.

—¡Tururú! —exclamó festivamente el fraile—. ¡Loca nada menos! Te lo he dicho; esa cabeza tuya es un volcán. Ea, sigue. ¿De modo que Candidiña...?

—Sí, señor. Anda tras ella lo mismo que un cadete. Yo no sé a qué santo encomendarme. Estos días, por la gente y los huéspedes, se domina; pero cuando estábamos solos, era un desbordamiento. No doy detalles; hasta feo me parece: bástele saber que un día ví tal escena que a la noche me eché de rodillas a los pies de papá, rogándole por Dios y por la Virgen que o se casase de una vez con la chiquilla o la enviase fuera a servir.

—Y la chiquilla, ¿le da cuerda?

—Sí, señor. Cuerda sí: pero al mismo tiempo... en las cosas graves... se defiende, se defiende, y me lo deja chasqueado. En fin... yo no estoy obligada a mirar por ella. Bien la he persuadido, bien la he regañado, bien la he aconsejado; la tengo en mi propia habitación: su madre no hiciera más. Lo que me horroriza es que mi padre... Y créame usted: no sabe por dónde anda. Se ha vuelto loco, loco de remate. Perdido por la chica. En eso me fundaba yo para rogarle que se casara; pero me sale con el mundo... y la gente... y su categoría... ¡Ah, Padre, yo no puedo resistir más! No puedo.

—¡Válgame Dios! —suspiró el fraile—. Qué ceguera... y permíteme la frase, ¡qué estupidez! ¡caramelo! ¡A su edad! ¡A su edad!

—Figúrese usted que ha llegado al extremo de decirme: «No me caso porque es un desatino; pero si Cándida sale por una puerta saldrás tú por otra...» Y con un tono y un aire, que... Más lágrimas lloré entonces que si mi padre se hubiese muerto. ¡Si se hubiese muerto en gracia! ¡Ojalá! ¡Mil veces verle de cuerpo presente y no así, enlodando sus canas!

Al decir esto la señorita de Aldao me pareció hermosísima. Sus ojos centelleaban y el entusiasmo y la indignación hacían palpitar las alas de su nariz. Su seno se alzaba y deprimía a intervalos. El fraile la miraba consternado.

—¡Tienes razón que te sobra! —exclamó al fin—. ¡Cuánto mejor sería morirse que encenagarse en asquerosos pecados! Morir es la ley natural: todos hemos de pagar ese tributo... pero chiquilla, al menos no paguemos otro al demonio, para que se ría de las indecencias con que nos engaña... ¡Qué poca cosa es el hombre, hija, y por qué cochinadas se pierde! El pecado de Luzbel era la soberbia: mal pecado es, pero siquiera no es sucio y nauseabundo... ¡eff! y el fraile hizo el movimiento del que retrocede viendo un bicho asqueroso.

—Por desgracia —añadió la señorita, tratando de serenarse—, aquí hay de todo, y la soberbia toma mucha parte en el asunto. Si no fuese por la soberbia, papá se casaría con esa chiquilla que le sorbe el seso, la gente se reiría un poco, es decir, mucho... pero no habría delito ni vergüenza: no vería yo a mi alrededor lo que tan amargos ratos me ha costado... y además... no tendría...

Aquí titubeó, decidiéndose al fin.

—No tendría necesidad de casarme yo.

La revelación entrañaba tal gravedad, que el fraile se quedó suspenso, moviendo la cabeza y apretando los labios, como el que dice para sí: «Malo, malísimo».

—De modo que tú... Sin empacho, Carmiña, que aquí en cierto modo estamos en el confesonario. Tú no te casas gustosa.

—Sí, señor; me caso gustosa porque lo he resuelto, y cuando yo resuelvo las cosas... Formé la resolución el día en que mi padre me dijo que si Candidiña salía, saldría yo también. Todo, menos oir y ver lo que tengo oído y visto. No puedo protestar de otra manera: el respeto filial me ata las manos, y hasta la lengua. Pero la sanción de mi presencia... ¡eso no!

—¿Y tu hermano? —preguntó vivamente el fraile.

—Mi hermano... Mi hermano tiene cada año un hijo... Necesita dinero... mi padre se lo da... Ese cierra los ojos a todo... y hasta me ha regañado muchas veces porque doy a papá ciertos consejos. Me llama necia porque busco madrastra. Alguna vez pensé recogerme a casa de mi hermano; pero su mujer no me quiere allí, ni él tampoco... No he de meterme donde no tienen gana de mí.

El Padre se quedó un rato mudo, con el entrecejo fruncido y las manos ocupadas en dar tormento a los nudos del cordón. Su fisonomía revelaba la mayor ansiedad, y tosió y respiró fuerte, antes de resolverse a tomar la palabra, como si lo que iba a decir fuese sumamente importante y decisivo.

—Pues chiquilla... —pronunció al fin—, mi consejo aquí no puede ser otro sino el que te daría cualquier persona de mediano criterio. El casarse no es broma, ni se hace para un día. No, hija: es el paso más decisivo de la vida entera de una mujer honrada, como eres tú; por la misericordia de Dios. La verdad, ¿ese hombre... te repugna?

—Repugnarme...

Hubo otro momento de silencio, bastante largo. Yo contenía hasta la respiración. Las asperezas de las ramas del Tejo se me incrustaban en las carnes y la mano con que me agarraba al árbol empezaba a dormirse.

Al fin se oyó nuevamente la voz alterada de la novia.

—Repugnarme... No sé. Lo que sé es que no siento por él ni cariño, ni nada de ese entusiasmo... No se asuste, Padre; yo no digo entusiasmo... amoroso. A ver si me explico o si hablo tonterías. Yo quisiera, al casarme, considerar al marido que he de recibir delante de Dios, como a una persona digna de la estimación de todo el mundo... Padre, ¿usted cree que don Felipe es... así?

—Hija, con el corazón en la mano... No he oído contar de él ningún crimen; pero tiene una fama mediana en lo tocante a manejos políticos... y goza de pocas simpatías... Ya que preguntas... te lo he de decir.

—Lo de las pocas simpatías —advirtió con rara sagacidad la novia— no será por lo de los manejos políticos, porque, Padre, en eso el que menos y el que más... A mí se me figura que es por otra cosa... ¿Ha reparado usted la cara de Felipe?

—Sí, la he reparado... Es... ¡Caramelo, qué apuro!

—Es de judío —afirmó terminantemente la novia—. Le parecerá a usted extraño que lo diga... No me atrevo a decirlo sino a usted. Es de judío; sí; clavada. Por eso, al preguntarme usted si me repugna... me he quedado indecisa. Esa cara... me ha costado bastante trabajo acostumbrarme a ella. Ni le llamo feo ni bonito: ni eso me importaría gran cosa, si no fuese...

Oía yo con toda mi alma, cuando, por una circunstancia ajena a la conversación, se apoderó de mí verdadera angustia. Es el caso que creí sentir que la rama en que a horcajadas me sostenía empezaba a crujir con lentitud, como avisándome de que no estaba hecha a soportar aves de mi tamaño. No obstante, seguí atendiendo.

—Pues, mujer —decidió el Padre—, con esa antipatía o repulsa, porque en realidad me parece que lo es, no debieras casarte; no. Al menos, consulta tus fuerzas... Medita bien lo que es el estado de casada. Considera que el marido que tomes, agrádete o no, es el compañero de toda tu vida, el único hombre a quien te es lícito querer, el que va a ser contigo en una carne; así, así dice la Iglesia: en una carne. Él será el padre de tus hijos, y le debes, no sólo fidelidad, sino amor... ¿entiendes?: te lo voy a repetir: ¡amoor! Chiquilla... reflexiona, ahora que todavía estás a tiempo. No te apures: ya sé que sería un alboroto deshacer el casamiento; pero mientras no exista indisoluble lazo... ¡pch! son cosas que dan pábulo a las lenguas de los necios un par de días, y luego se las lleva el aire. Lo otro, hija... la muerte, sólo la muerte de uno de los consortes lo remedia. ¿Tú te haces cargo de lo que significa el sacramento del matrimonio? ¿Sabes lo que es un esposo para la mujer cristiana? Quiero que te fijes bien. No digas luego que tu amigo Moreno no te avisó.

Al llegar aquí un sudor frío, sudor de congoja, empezó a asomarse a mis sienes. No era aprensión: la rama crujía. No bastaba el peligro de una caída desde tan alto para asustarme en aquel momento: más me fatigaba la vergüenza de ser sorprendido en indiscreto e indigno espionaje. Porque entonces veía claro que el espionaje era indigno, mi curiosidad una ofensa, y mi emboscada una mala acción. Los crujidos de la madera seca, aquel sordo y agonioso ¡crrraá! ¡crraá!, me decían en su lengua obscura y truncada: «Impertinente entrometido, novelero, mamarracho.» Y creía escuchar la voz recia y despreciativa del Padre, abofeteándome con estas palabras categóricas: «Ya le había yo calado a usted. Ya noté que usted nos espiaba. Necio, creyó usted que todos éramos esclavos complacientes de la materia, y que esta señorita y yo... Habrá usted visto con rubor que existen personas decentes.»

Renunciando a oir lo que faltaba del diálogo, probé a escurrirme por la rama abajo, cabalgar en otra, y, de rama en rama, descender hasta el salón de baile, y de allí a tierra. La operación, como gimnasia, no era difícil; pero imposible realizarla sin hacer ruído, y un ruído que tenía que llamar la atención de los dos interlocutores y delatar al punto mi acecho. Ya los tanteos y ensayos que practiqué para medir la distancia causaron un susurro prolongado entre el ramaje. Único arbitrio: tener calma, aguantarse, no respirar, encomendarse a Dios y esperarlo todo de la firmeza y complacencia de la rama... Con este propósito hice por no apoyarme fuerte, y me quedé medio en el aire, en posición sumamente violenta. Lo que me desesperaba era no poder atender bien a la conferencia, entonces más animada que nunca. No sé si habré oído bien la última parte: se me figura que así, poco más o menos, habló la novia:

—Claro que no podemos prescindir de la gracia de Dios: pero creo que no es vanidad el asegurarle que he de cumplir con los deberes que me impongo. ¡Si usted supiese, Padre, cómo me suena a mí eso del deber!... Con toda la verdad de mi alma, si me figurase que había de faltar a él andando el tiempo, quisiera morirme mil veces antes. Ni mi padre, ni mi marido, ni Dios han de tener nunca queja de mí. Así viviré... o moriré contenta. De otro modo... ¡me ahogaría! Me caso a sabiendas... las circunstancias me ponen en esta situación especial... pues a sabiendas seré buena. No quiero disculpas anticipadas. Seré buena... aunque se hunda el mundo.

Ríase el lector: estas palabras me volvieron loco de entusiasmo, hasta hacerme olvidar mi posición difícil. Me levanté como para aplaudir, tendiendo las manos hacia la tití angelical. Cuando por inevitable movimiento descendí pesadamente sobre la rama, oyóse un estallido formidable, que me sonó como el fragor de la más desencadenada tormenta; y sin dilación comprendí que caía, que caía despacio, sirviéndome de paracaídas el extenso y tupido ramaje, pero causándome contusiones y arañazos sin número los picos de las ramas menudas y los gallos de las gruesas. La caída se me figuró que duraba un siglo: y en medio de mi trastorno, creí oir arriba, en lo alto del árbol, exclamaciones, gritos, clamoreo confuso.

Al fin mi bajada se aceleró, desgarróse no sé qué prenda de mi ropa y me aplané, la faz contra tierra, sobre el césped. No sé cuál fué más pronto, si dar en el suelo o rebotar lo mismo que una pelota de goma y echar a correr como ciervo perseguido. Lo que yo pretendía era esconderme, desaparecer, encubrir si era posible mi delito y mi ridículo fracaso. Y este pensamiento me espoleó, me dió alas y hasta creo que aguzó mi instinto llevándome a meterme en la calle de frutales, entoldada toda, refugio el más seguro, pues no me verían desde el Tejo. De allí al bosquecillo no había un paso: y del bosquecillo al merendero de madreselva, cortísima distancia. A él me subí, y sin reparar en mis ensangrentadas y arañadas manos, sin notar las consecuencias de la caída, excitado, loco, me descolgué por el muro, y fuera ya de la huerta, no me creí salvado hasta que, por atajos y veredas, a escape, llegué a la playa. «Coartada segura... Yo estaba bañándome.»

Y me desnudé en un periquete.