XVI
No nos sentamos a la mesa hasta las tres de la tarde. En el comedor apenas se cabía; lo ocupaba casi todo la inmensa mesa en forma de herradura, guarnecida por simétricos jarrones con flores y ramilletes de dulce. Yo no sé cómo había ido reuniéndose gente y más gente en la boda: los convidados pasábamos de treinta. Había allí mucho señorío de San Andrés, mucho cura, mucho médico, el ayudante de Marina, dos o tres propietarios rurales, alcaldes, caciquillos, señoritas, amigos políticos de mi tío, y hasta el buen D. Wenceslao Viñal, que se colocó a mi lado por gusto de tener a quien hablar de sus chifladuras arqueológico-históricas.
Lupercio Pimentel, el ahijado de D. Vicente Sotopeña, ocupaba el puesto de honor a la derecha de la novia. Era apuesto, correcto, bien hablado, cordial y bromista al modo que lo son los políticos de este período actual, que reemplazan la influencia de las ideas y los principios con la de las simpatías personales que suman incesantemente. Desde que empezó la comida, noté que no perdía ripio, que trataba de atraerse a aquel auditorio, a aquellos elementos, como diría él. Tendió la vista en derredor, e inclinándose hacia mi tío por encima del hombro de la novia, le oí que murmuraba:
—Y el alcalde de San Andrés, ¿cómo no está aquí?
—Verá usted... —respondió mi tío—. Le tenemos tan de esquina con nosotros...
—Por lo mismo, por lo mismo. Conviene que luego el amigo Calvete le ponga entre los convidados —añadió señalando al director del Teucrense, que se inclinó lisonjeadísimo.
Después de reflexionar un momento, añadió Pimentel:
—Que vayan a buscarle dos... Que lo traigan por fuerza si es preciso. Con que llegue a los brindis...
Levantáronse dócilmente Castro Mera y el ayudante de Marina, y bajo un sol abrasador salieron camino de San Andrés, a fin de traernos el elemento refractario.
Mientras servían la sopa, el ahijado del Santo hablaba a media voz con el novio, pero de manera que sus palabras produjesen impresión en el público.
—Cánovas se ha hecho imposible... Tiene contra sí a la opinión sensata... La Regencia no es viable con él... Una situación conservadora no sería viable...
Se me figuró, no sé por qué, que algunos de los presentes no comprendían el sentido de la palabra viable; pero en fin, se daban cuenta de que no ser viable era cosa mala y perjudicial en grado sumo para Cánovas; y cuando Pimentel dijo que los de Pí eran un partido utópico, eso sí que lo entendieron muy bien y hubo murmullos de aprobación a la redonda.
Yo apenas oía. Estaba en el Tejo, valsando, sintiendo a cada vuelta cimbrearse el piso y temblar con prolongado susurro el ramaje verde... Al segundo plato fué preciso salir de mi abstracción, porque el aprendiz de clérigo, sentado a mi izquierda, salió por el registro de pellizcarme, empujarme el codo y oprimirme el pie a cada palabra que Pimentel decía. No sé qué hierba habría pisado el tal Serafín: acaso los dos vasitos de rico tinto del Borde que se atizó al tragar la sopa, estimularon su empobrecida sangre y le sacaron de su infantil sosera, convirtiéndolo en satírico mordaz: lo que afirmo es que al par de los codazos y pisotones, dió en soltarme observaciones tremendas, dignas de un Juvenal con sotana.
—Mire —me decía pasito—, ¿qué le parece, Salustio? ¿Qué me dice de la poca vergüenza que tenemos los gallegos? Dejamos desierto el templo del Señor, y adoramos al becerro de oro... ¡Fecerumque sibi deos aureos! No van en Romería a Nuestra Señora de las Nieves... y van al Santo de las naranjas por mamar destinos, por chupar turrón... Van todos, ni uno falta... Quien no va de vivo irá de muerto... Usted no escapa. Ya le rezará al Santiño milagroso. Y si no le reza... más que invente puentes imánticos o carreteras eléctricas... maldito el caso que sus paisanos le han de hacer. ¿Quién le manda no ser Santo también, tonto?
Afortunadamente la extensión de la mesa, el número de los convidados y el zumbido de las conversaciones impedían que se oyesen los disparates que ensartaba el mico eclesiástico; pero yo no pude contener la risa al notar el azoramiento de D. Wenceslao Viñal, colocado a mi derecha. Acababa el Santo de obrar uno de sus milagros con el bienaventurado arqueólogo, otorgándole un sueldecillo de bibliotecario de la Diputación, y el terror más profundo se pintaba en sus espantados ojos. ¡Si Pimentel oía aquellas barrabasadas y se las atribuía a él! A pesar del habitual sonambulismo de los ratones de biblioteca, Viñal aguzaba las orejas advirtiendo el riesgo horrible que corrían sus benditos seis mil reales...
—Salustio —suplicó angustiado—, haga callar a ese majadero... Está poniéndonos en evidencia... Por las benditas ánimas...
La excitación de mis nervios me impulsó a llevar la contraria al pacífico erudito. Yo también me sentía inclinado a la censura agria y pesimista. Lo que me irritaba era el aspecto de mi tío, rebosando satisfacción, haciendo la corte a Pimentel más que a su novia; brindándole la función, «¡Gente rastrera! —pensaba yo—, si queréis inclinaros, inclinaos enhorabuena ante el Padre Moreno, que representa el sacrificio de la vida en aras de una idea; ante esa recién casada, que personifica la virtud y el deber, pero no ante el que reparte la sopa boba... También a mí me entran ganas de desahogar. Serafín no va descaminado.»
No sabiendo cómo desahogar mi impaciencia, y sin hacer caso de Viñal, que me tiraba de la manga, aproveché la primer coyuntura para contradecir a Pimentel. Creo que fué a propósito de Pí, de las utopías y de las cosas viables o no viables. Causó general asombro el que me atreviese a alzar la voz de tan inconsiderada manera, y mi tío me miró con una expresión que redobló mis bríos.
—¿Que no es viable la república aquí? ¿Y por qué, vamos a ver? Lo que no puede prolongarse es la anarquía mansa en que vivimos... Padecemos los inconvenientes de la monarquía, y no gozamos sus ventajas. No hay cohesión, no hay unidad, y las costumbres políticas han llegado a relajarse de tal modo, que el hombre de Estado que aspira a dar ejemplo de moralidad, se pone en ridículo, y el que tiene convicciones, ídem.
Pimentel se volvió hacia mí, respondiéndome con calma y cortesía:
—Lo que usted desea, y que en el fondo todos deseamos, en otras razas, en razas del Norte, ¡pssch! podría ser; pero aquí, con la sangre árabe que llevamos en las venas y nuestra eterna indisciplina... ¡oh! imposible, imposible...
Nadie más ardiente defensor de las libertades que él, conocidos eran sus sacrificios... (todo el mundo asintió) pero no confundamos, señores... no confundamos, señores, la anarquía y la licencia con la libertad justa, racional, viable. Los países del Norte producen hombres de Estado porque las multitudes están educadas ya para las libertades políticas, es una transmisión hereditaria, digámoslo así; hereditaria. Y si no, vean ustedes las teorías de Thiers, la opinión inglesa...
No sabiendo por dónde salir, me agarré a Thiers como quien se agarra a un clavo ardiendo.
—Será la opinión francesa, señor mío. Porque usted no ignorará que Thiers...
Hice de propósito una pausa durante la cual mi adversario me miró con cierta ansiedad.
—Que Thiers era francés.
El cura de San Andrés, desde un rincón, lanzó tímidamente:
—Claro que era francés. Como que fué el que pacificó a Francia después de la Commune.
Dirigiendo la vista alrededor para juzgar del efecto de mis palabras, ví el rostro del señor de Aldao que expresaba desaprobación y sorpresa; el de mi tío, sofocado de cólera, y el del Padre Moreno, alegrado por una picaresca sonrisa. Pimentel replicó:
—Desde luego que era francés... No se trataba de eso, me parece... Decíamos que la opinión inglesa... porque no hay duda, Inglaterra es el país del self... del self governement, como demostró con mucho acierto el distinguido Azcárate... y nosotros... nuestra idiosincrasia... Implanten ustedes aquí lo que en naciones más... No resultará viable: porque todo gobernante ha de tomar muy en cuenta las tendencias ingénitas de la raza...
—Todo eso es palabrería —argüí—. Generalidades que nada prueban. Concretemos, si usted gusta. No tratamos de razas. Se habla de la república española, con la cual el que más y el que menos de los que hoy mandan tenía adquiridos compromisos, y que entregaron por treinta dineros como Judas. ¿Harían otro tanto si la Restauración no les hubiese abierto el presupuesto de par en par?
Sólo comprendí la impertinencia de mi agresión al oir a Serafín que, batiendo palmas, exclamaba con destemplado chillido:
—Por ahí, por ahí... Gui guii. ¡Por ahí duele!
Pimentel, limpiándose el bigote con la servilleta, se volvió hacia mí, y en lugar de responder enojado, me dió la razón sonriendo.
—Es muy cierto, señor Meléndez. El tacto de la Restauración al aceptar los elementos revolucionarios, ha hecho viable lo que acaso en otras circunstancias...
Interrumpió el período la llegada del alcalde de San Andrés; a quien traían medio arrastras los dos comisionados del joven personaje. Todos debían de haber subido muy aprisa la cuesta, porque venían sofocadísimos. El alcalde sudaba a chorro y se limpiaba las mejillas con un pañuelo enorme. Tartamudeó algunas frases para decir que él «no se consideraba llamado a sentarse en tal banquete», y Pimentel, hecho un azúcar, le apretó la mano, le buscó sitio a su lado, no perdonando medio de captarse la voluntad del adversario político.
Yo no sabré decir cómo era el menú de aquella pesada comida. Me parecía que iban saliendo todos los platos que en libros de cocina figuran, y que la torpeza de los criados, su inexperiencia en servir, prolongaban el convite indefinidamente. Lo más difícil de sujetar a inventario serían los postres, los licores, los vinos, los infinitos pasteles, los amazacotados dulces de Pontevedra, las tartas enviadas por Fulanito y Menganito, allí presentes, y a quienes no se podía desairar.
Bebí cinco o seis copas de champaña; pero no me produjeron otro efecto sino un recrudecimiento del espíritu batallador que me había inducido a provocar a Pimentel. Me sentía guerrero, agresivo, quijotesco, deseoso de armarla con todos y contra todos. Y bajo aquella efervescencia singular, notaba el latido sordo de una pena muy recóndita, especie de nostalgia de algo que me parecía haber perdido. No acertaría a explicarlo: era de esos sentimientos sutiles y punzadores que a veces no corresponden a las necesidades profundas de nuestra alma, sino a ciertos antojos de la fantasía, defraudados por la realidad. La novia —a quien miraba de cuando en cuando a hurtadillas— tenía el semblante abatido y fatigado; probablemente no era sino cansancio del largo festín, pero a mí se me figuraba que era tristeza, la amargura del cáliz, el antesabor de las hieles del trago... ¿Y por qué no? ¿No existía la conversación en el árbol? ¿No me constaba que mi tío le inspiraba repugnancia indefinible, y que sólo por cumplir un deber moral, el imperativo categórico de su fe, se había acercado al ara, verdadera ara de sacrificio? Yo quería a toda costa penetrar en su alma, ver por dentro aquel espíritu doliente. ¿Qué pensará? ¿Qué esperará? ¿Qué temerá la blanca novia?
Entretanto el champaña, que a mí sólo me había exaltado la imaginación, surtía sus efectos por la mesa, y no faltaban caras sofocadas, ojos que echaban chispas, voces algo descompasadas e injustificadas locuacidades, excesivas y vehementes, risotadas de alto diapasón y efusiones sin causa. Castro Mera estaba empeñado en defender las excelencias del derecho; un señorito de San Andrés desafiaba a otro de Pontevedra a quién se bebía más curasao; el ayudante de Marina disputaba con el alcalde sobre aparejos de pesca prohibidos; Serafín reía convulsivamente, porque Viñal sostenía con gran tesón que él poseía documentos comprobantes de cómo Teucro había fundado a Helenes, y hasta se jactaba de conocer el sitio en que Teucro podía estar enterrado. El señor de Aldao determinó levantar la sesión diciendo a los convidados que no se molestasen, que él iba a enseñarle a Pimentel la finca y a tomar un poco el fresco. Fuéronse la novia del brazo de Pimentel y el novio y suegro muy compinches.
Con su marcha, la animación de la mesa subió de punto, y la algarabía fué tal, que allí no se entendía nadie. Unos disputaban, otros reían, otros argüían descargando puñadas sobre el mantel, ya manchando de vino y salpicando a trechos del huevo hilado que se caía de las tartas o de pedazos de fruta en dulce. En los platillos se derretían fragmentos de queso helado, mezclados con ceniza de cigarro. No se comía; sólo se bebía, haciendo gasto extraordinario de licores y vinos dulces. El señorito de San Andrés, el de la apuesta, había tenido que asomarse a tomar el fresco en la ventana, y en cambio el de Pontevedra, impávido a pesar de la prodigiosa cantidad de copas sorbidas, se entretenía ahora en sacar de sus casillas a Serafín. Ya le había hecho beber cantidad de anís del Mono, y ahora se entretenía en echarle, por un barquillo puesto a manera de embudo, Jerez y Pajarete, todo mezclado.
El monago protestaba unas veces, tragaba otras y en su rostro pálido y desencajado notábamos los efectos del alcohol. Hubo un momento en que se formalizó, y gritando con voz becerril: «No más, no me da la gana, cebolla, piñones, quoniam, ¡que no soy esponja!» rechazó la mano y el Jerez vino a caerle sobre el pecho, empapándolo. De repente su palidez se convirtió en rubicundez apoplética, y subiéndose encima de la silla, dió en perorar.
—Señores, hago muy mal en estarme aquí. Bien empleado que me ahoguen con Pa... Pajarito... o con otro veneno liberal. Ustedes son liberales; la primera se prueba per se... per se...
—¡Per só! —chillaron Castro Mera y el ayudante.
—El ser liberal constituye un pecado mayor que ser homicida, adúltero o blasfemo... Esta segunda lo pruebo con Sardá y los Padres de la Iglesia en la uña... Luego yo, que bebo Pajarito con ustedes... ¡estoy incurso en excomunión mayor latæ setentiæ! ¿No sabéis lo que dijo un pájaro gordo en la jerarquía eclesiástica? ¿No lo sabéis, piñones? ¡Gui, gui! Pues dijo: «Cum ejus modi nec cíbum sumere». ¿Eh? Me parece que bien claro lo cantó. «Cum ejus modi nec Pajaritum su... sum...»
Yo le miraba con curiosidad. No podía dudar que por momentos aquel escuerzo era sincerísimo en sus alharacas, y que salía de su pecho a borbotones un sentimiento real. Se creía el monago nada menos que un apóstol y hablaba amenazándonos a todos con los puños cerrados. Sus gritos fueron haciéndose muy roncos; su garganta se apretó, y sus ojos, como dos bolas blancas, salieron de sus órbitas. Después de una gesticulación frenética, pasando de la elocuencia que demuestra a la violencia que contunde, enarboló la botella que tenía delante y nos amenazó con tirárnosla a la cabeza. Lo que encendía su furor eran ciertos proyectos de procesión cívico-política de Pimentel. Aquello le sacaba de quicio. ¡Extraños efectos de la curda! Tan borrego como parecía el pobrete aprendiz de teólogo cuando se encontraba en su estado normal y libre de la influencia de los espíritus parrales, tan belicoso y propagandista se volvía bajo el influjo del alcohol. Nos dijo a todos horrores y se desató principalmente contra Sotopeña. Ví el instante en que todo aquello se iba a poner feo; porque Castro Mera, algo alumbradillo, también, emprendió a voces y manotadas la defensa de las ideas políticas que atacaba el cleriguín; y como éste respondiese con desaforadas invectivas, o por mejor decir, injurias manifiestas, de repente le ví espumar por la boca, oí su risa timbrada por la insensatez, y noté que sus puños se crispaban y que sus dedos errantes buscaban al través de platos y copas un arma, un cuchillo. Refrené a Castro Mera, diciéndole por lo bajo: «Es un ataque de epilepsia como una casa.» En efecto, Serafín se retorcía ya entre los brazos de los que pretendían sujetarle. Con fuerza hercúlea, o más bien con formidable tensión nerviosa, momentánea virtud del aura epileptiforme, a patadas, a mordiscos, a puñadas, defendíase lo mismo que una fiera, y hubo momentos en que creímos que podría más que todos nosotros juntos. Al fin logramos atarle las manos con una servilleta; le inundamos de colonia, de agua fría, de vinagre; le cojimos por los pies y por los hombros, y no sin trabajo le subimos a la torre y le echamos sobre su cama, sumido, al parecer, en una modorra que interrumpían a veces cortos espasmos.