XVIII

No sé si por impulso de alejarme del Tejo o por deseo de mayor soledad, me dirigí muy despacio hacia la playa. Era de noche ya. La luna, que se había alzado roja e inflamada, recobraba al ascender al cielo su serena placidez, y las olas del mar, dormidas también y arrulladoras, venían a estrellarse a los pies del peñasco donde me senté aturdido de pena, dispuesto a entregarme a todos los sueños y quimeras de la imaginación, recalentada por el trasabor del champaña. El blando rumorcillo de la encalmada ría; el trémulo rebrillar de la luna sobre la superficie del agua, y la misteriosa efusión de la Naturaleza, me predisponían al monólogo siguiente: «Si hoy nos hubiésemos casado ella y yo, despacharía a los importunos y me la traería aquí del brazo; la sentaría junto a mí, en esta misma peña, que parece hecha a propósito para escena tan inolvidable. Ciñendo su cintura, reclinando su frente sobre mi pecho, sin asustarla, sin herir su pudor, iría preparándola suavemente a compartir el arrebato de la pasión; a transigir gustosa con el fatal desenvolvimiento del amor humano. Y los instantes más bonitos, los instantes deliciosos en que pensaríamos toda la vida... serían estos, estos. ¡Qué gozo callado y profundo nos abrumaría! ¡Qué silencio el nuestro tan dulce! Tal vez una ventura así será demasiado grande para que la resista el corazón. Pesa tanto, que no hay quien pueda con ella. Por eso dura poco y se encuentra rara vez. Y —decía yo prosiguiendo en mi soliloquio— el caso es que esa felicidad ya no la catas nunca, hijo mío. Tití Carmen es como todas las mujeres, que sólo tienen una inocencia. Hoy la perderá; hoy otro hombre corta la azucena; hoy profanan lo que más respetas en el mundo. Por muchos años que transcurran y muchos favores que consigas de esa mujer, no te será posible traértela a una playa, con luna, de noche, por caminos donde a un lado y a otro crecen madreselvas, a probar emociones no sentidas, a entrar en la vida por la puerta de la ilusión.» En substancia, y sin duda en más desordenada forma y con mayor viveza de imágenes, ved aquí lo que se me ocurría durante el paroxismo de la pena, mientras luchaba con el abatimiento que causa la semiembriaguez. Un pensamiento flotaba confusamente dominando a los restantes. «Si el dueño de Carmen no fuese mi tío, yo no estaría tan llevado de los diablos. Mi entusiasmo romántico por ella es la eterna prevención contra él, que adquiere otra forma.»

Subí al Tejo más desesperado que si me aquejase alguna tribulación real y positiva. Creo que en el camino arrojé y pisé con furia la rama de azahar tan solicitada por la mañana. Me dominaba para no hacer mayores extremos, y al entrar en la quinta huí de la gente y me fuí derecho al dormitorio, deseoso de tumbarme sobre la cama para blasfemar o revolcarme o aletargarme vencido por el cansancio.

Al subir la escalera de la torre, se me vino a la memoria que llevaba en el bolsillo la llave del cuarto de Serafín, y que era preciso ver cómo lo pasaba el aprendiz de clérigo. «¿Estará roncando esa calamidad?», pensé al abrir la puerta. Yo amparaba con la mano la luz de la palmatoria, tratando de distinguir lo que hacía el pobre borrachín. Según miraba hacia la cama donde juzgué que estaría tendido, a mis pies, del suelo donde permanecía a gatas, alzóse el monago como un jimio, riendo y enseñándome la fea dentadura.

—Mostrenco, ¿qué haces ahí? —le dije—. Buena la armaste hoy. Lástima de azotes. ¿Rezabas por tus pecados? Ea, a la cama inmediatamente, o te doy una mano de nalgadas.

Se incorporó. Los ojillos rebrillaban con gatuna fosforescencia; la cara estaba desencajada aún, y el erizado pelo rojo completaba lo extraño y diabólico de su catadura.

—No me da la gana de dormir... —contestó rechinando los dientes—. Tengo función de balde, en palco principal. Balcón de preferencia.

—¿Qué dices, escuerzo?

—Lo que es verdad. Mire por ahí.

Repentina luz me alumbró, y arrodillándome presuroso, apliqué la vista al punto que señalaba el monago.

El cuarto de los novios caía exactamente debajo de la torre: yo lo sabía, y lo recordaba en aquel instante, antes de mirar, con súbita lucidez. No era el techo de cielo raso, sino de madera con vigas y pontonaje; y al través de una rendija del piso nuestro como estuviese iluminada la habitación inferior, veíase perfectamente, con total claridad, cuanto en ella ocurría.

Una crispación me contrajo los nervios, al convencerme de que, en efecto registraban mis ojos la cámara nupcial. ¡Era verdad, la veía, la veía! ¡Atroz descubrimiento! Me contuve para no gritar y permanecer inmóvil, en vez de arañar el piso y contundir sus tablas con necia cólera.

Por fortuna, por casualidad, por disposición de Dios, en aquella alcoba no sucedía nada. Hallábase enteramente vacía y desierta.

A ambos lados del tocador ardían, en sendos candelabros de latón con colgantes de cristal, velas color de rosa. Detrás de la gran cama de bronce dorado, encima de la mesa de noche, otra vela, en menuda palmatoria de porcelana. Por el tocador, sobre la mesa, sobre el escritorio, en jardineras pendientes de la pared... flores, flores, flores, particularmente rosas. ¡Profanación de la naturaleza! ¡Rosas para aquella noche nupcial!

La propia soledad del sitio, el misterioso silencio, de tal manera iban soliviantando mi fantasía, que pensaba respirar el olor de las rosas, su perfume regalado difundido en la atmósfera tranquila. Creía oir al través de la ventana abierta la voz del ruiseñor, que a horas semejantes cantaba en el naranjo grande, y sus revoloteos en las enredaderas del patio. La blancura de las entreabiertas sábanas; la dulce paz de la habitación; la gracia del tocador de muselina y encajes, cuyos pliegues caían vaporosos hasta el suelo, todo me causaba exaltación y furia, acrecentando el desconcierto de mi alma. Mis sienes latían, y sentía en los oídos como el retumbar de un borrascoso oleaje: la posición en que me había colocado agolpaba a la cabeza la sangre, y me inspiraba deseos de rugir. El monillo eclesiástico me tocó en el hombro.

—¡Eh, monsiú, compañero... que eso no es lo tratado! —gruñó—. ¡Yo también soy de Dios y tengo los ojos para ver!

—¡Si no callas, te trituro! —respondí con ferocidad.

—¡Pues a lo menos, cuéntame lo que veas!

—¡No se ve nada, cernícalo! —respondí—. ¡Nada, nada, nada!

—¿No llegaron aún los cómicos? ¿No se ha levantado el telón? ¿No toca la orquesta?

—¡He dicho que te calles inmediatamente! —grité con ira.

Desde aquel instante el intransigente guardó silencio, aunque luego comprendí que no era por prudencia ni por virtud.

Yo seguía acechando, sin hacerle caso maldito. La cámara nupcial continuaba vacía, sugestiva, tentadora. Veía con desesperante claridad los detalles menores: sobre un plato de cristal, horquillas; en un acerico, alfileres; en el centro de las almohadas un escudo enorme, ricamente bordado; en la pila de agua bendita, una rama de boj... Conté las falenas que entraron por la ventana a abrasarse en la luz; conté las lágrimas de cristal de los candeleros... Me pareció que el corazón se me rajaba cuando escuché voces en la puerta, un rumor confuso de despedida; se alzó el pestillo, y penetró en el dormitorio, con paso ligero y algo azorado, una persona sola; tití Carmen...

¡Ay Dios! Fuerzas, fuerzas para no gritar, para no desfallecer... Con su traje blanco, ajado ya de tenerlo puesto tantas horas, venía hechicera. Lo primero que hizo fué asomarse a la ventana, como si le faltase aire para respirar. Allí permaneció algunos minutos, y yo distinguía la línea bonita de su espalda, y comprendía o creía comprender sus pensamientos. Luego se quitó de la ventana y se miró un rato al espejo, a mi entender con más curiosidad que coquetería. Parecíame que la consulta al espejo respondía a la idea siguiente: «Veamos qué cariz se me ha puesto desde el gran suceso de esta mañana.» Luego, con una agilidad que demostraba el hábito de prescindir de la doncella, empezó a quitarse pendientes, aderezo, pulseras, broches, alfileres, dejándolos sobre el platillo de cristal, cuidadosamente, con aquel inteligente reposo que caracterizaba sus movimientos puramente mecánicos, donde no entraba la pasión. Y subiendo los brazos, se desprendió una por una las horquillas del pelo. Entonces ví suelto y en toda su belleza aquel magnífico adorno femenil. Destrenzado, cayó con blando culebreo primero hasta la cintura, luego hasta cerca de la corva, en olas negrísimas. Una inquietud cruel se apoderó de mí. El destrence y soltura de cabellos me pareció prólogo de otras licencias de tocado íntimo que iba a presenciar... y que sólo con imaginarlas ya me encendían la sangre en furor doloroso. Por fortuna —me pondría otra vez de rodillas para dar gracias—, ví que la emancipación del pelo no era lo que yo suponía, sino un preparativo de comodidad, pues no tardó en pasarse el batidor y recoger toda la mata en moño bajo, con gran sencillez. Terminada esta operación, puso el codo en el tocador y apoyó la mejilla en la palma de la mano, apretando los labios y moviendo de alto abajo la cabeza, como el que lucha con graves reflexiones. En su rostro distinguí una contracción penosa: tenía la cara del que, ya a solas, se entrega libremente a la preocupación y permite al semblante expresar lo que siente el alma. Sus pupilas se nublaron; inclinó la cabeza sobre el pecho; abandonó las manos en el regazo, y... aquello sí que lo oí claramente: suspiró, un suspiro profundo, arrancado de las entrañas... Luego alzó la frente y permaneció algunos minutos fijos los ojos en un punto ideal del espacio, probablemente sin mirar. De repente respiró fuerte y se levantó, como quien adopta una resolución decisiva y firme. Y en el mismo instante...

¡Ay! ¡No quiero ver, no quiero! Un hombre penetra en la cámara, furtivo, serio, acortado e irresoluto... Si mi ojeada tuviese el poder de la del basilisco, allí mismo se cae redondo el novio, muerto, carbonizado por el rayo de mi voluntad. Sobre el marco de la ventana se dibujó la silueta del deicida, y ví brillar su blanca pechera. Las bujías alumbraban de lleno su cara, más repulsiva que nunca, su barba de cobre, sus ojos impíos, que yo me sentía capaz de arrancar... Detrás de mí sonó clara y distinta una risa necia y burlona. Me volví, me incorporé y divisé al monago, a gatas, inclinando sobre otra rendija del piso. Aún empuñaba la navajilla con que la había ensanchado.

Estremecimiento homicida ocurrió por mis venas: temblando de rabia ceñí con mis manos la garganta de Serafín, y cortándole el resuello, grité: «Te parto, te deshago, te ahogo ahora mismo si vuelves a mirar. ¿Lo oyes, escuerzo? ¡Pobre de ti como nunca apliques los ojos a esas rendijas! Te asesino, sin remordimiento ninguno».

—Pues tú bien mirabas... ¡piñones! ¡pateta! —chilló el infeliz, casi hipando, cuando le permití resollar—. ¡Vaya unos modos! ¡Pateta! ¡Me ha clavado los dedos en la nuez!

—Yo no miro ya... ni tú tampoco... Éramos unos brutos... Si tuviésemos decencia, no se nos hubiese ocurrido ni la idea de mirar. Serafín, Serafín, no somos bestias, somos hombres. ¡No, mirar no!

—Ahora lloras... Estás loquito, vamos —exclamó el aprendiz de teólogo.

—Tú serás el loco y el energúmeno —contesté, haciendo un esfuerzo para reprimir las ridículas lágrimas que se me quedaban ardiendo entre los párpados—. Yo no lloro. Si llorase, sería de vergüenza de haberme arrodillado ahí. Voy a acostarme; pero como no estoy seguro de que tú no te pongas otra vez en cuatro pies, voy a amarrarte a la cama.

—No; formal, formal, Salustiño... ¡Pateta! —gritó el intransigente, aterrado—. No me amarre, que doy palabra de honor de no mirar...

—¡Palabra de honor! Buenos están los tiempos para honores... No hay confianza en la cuadrilla. No te haré daño, infeliz... Ya verás cómo no te hago daño.

Conforme lo dije, así se hizo. Le até las manos con un pañuelo, el cuerpo con una toalla. El menor movimiento le bastaría para desprenderse; pero estaba tan acoquinado y subyugado, que ni se rebulló. Sólo gemía de tiempo en tiempo. Yo me tendí en la cama. ¿Quién dormiría en mi caso? Transcurrieron las horas de aquella interminable noche, y las entretuve volviéndome y revolviéndome, ocultando la faz en el hueco de la almohada, cubriendo con las manos, oídos y ojos, como si unos y otros se viesen obligados a sufrir el martirio de los sonidos y de las imágenes que envenenan los celos. Al amanecer salté del potro, me lavé, me arreglé; no dí suelta a Serafín; recogí mi ropa, y sin despedirme de nadie, sin ver a nadie, bajé a San Andrés, y de allí a Pontevedra y a Ullosa, a manera de quien huye del lugar donde se ha cometido un crimen.