Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció con él.
De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me cerró la herida.
Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?
Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije: si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento, decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.
De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega, de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban, aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras. Finalmente ella parecia casa encantada.
Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.
Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como pudieres, que despues cenaremos.
Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije: señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.
Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa, porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido, convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.
Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar.
Hecha la cama y la noche venida, díjome: Lázaro, ya es tarde, de aquí á la plaza hay un gran trecho: tambien en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche capean, pasemos como podamos, y mañana viniendo el dia, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveido, antes he comido estos dias por allí fuera; mas ahora hacerlo hemos de otra manera. Señor, de mi, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aun mas, si es menester, sin comer. Vivirás mas sano, me respondió; porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco. Si por esa via es, dije entre mi, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenerla toda mi vida.
Acostóse en la cama, poniendo por cabezera las calzas y el jubon, y mandóme echar á sus pies; lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de risar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no habia libra de carne: y tambien como aquel dia no habia comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenia amistad. Maldíjeme mil veces (Dios me lo perdone) y á mi ruin fortuna allí lo mas de la noche; y lo peor, no osándome revolver por no despertarle, pedia á Dios muchas veces la muerte.
La mañana venida levantámonos, y comienza á limpiar y sacudir sus calzas y jubon, sayo y capa, y yo que le servia de pelillo, y vísteseme muy á su placer despacio, echéle aguamanos. Peinóse, y púsose su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponia, díjome, ¡ó si supieses, mozo, que pieza es esta! no hay marco de oro en el mundo por el que yo la diese: mas así ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó á ponerle los aceros tan prestos como esta los tiene: y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo, vesla aquí, yo me obligo con ella á cercenar un copo de lana. Y yo, dije entre mí, con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.
Tornóla á meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y á veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: Lázaro, mira por la casa en tanto que voy á oir misa, y haz la cama, y vé por la vasija de agua al rio que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar. Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera, pensara ser muy cercano pariente al Conde de Arcos, ó á lo menos camarero que le daba de vestir. ¿Á quién no engañara aquella buena disposicion y razonable capa y sayo? ¿y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el dia con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trajo un dia y noche en el arca de su seno, do no se le podia pegar mucha limpieza? ¿y hoy lavándose las manos y cara, á falta de paño de manos, se hacia servir de la halda del sayo? nadie por cierto lo sospechara. ¡O señor, y cuántos de aquestos debeis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufririan!
Así estaba yo á la puerta, mirando y considerando estas cosas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Tornéme á entrar en casa, y en un credo la anduve toda alto y bajo sin hacer represa ni hallar en qué.
Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro y doy conmigo en el rio, donde en una huerta vi á mi amo en gran requesta con dos rebozadas mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta; antes muchas tienen por estilo de irse á las mañanicas del verano á refrescar y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza que no ha de faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta costumbre aquellos hidalgos de lugar. Y como digo, él estaba entre ellas hecho un Macías, diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió. Pero como sintieron de él que estaba bien enternecido, no se les hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él, sintiéndose tan frio de bolsa cuanto caliente del estómago, tomóle tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó á turbarse en la plática, y á poner excusas no válidas. Ellas que debian ser bien instituidas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que era. Yo que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales me desayuné con mucha diligencia como mozo nuevo, sin ser visto de mi amo, torné á casa, de la cual pensé barrer alguna parte que bien era menester, mas no hallé con qué.
Púseme á pensar que haria, y parecióme esperar á mi amo hasta que el dia demediase, y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fue mi esperanza. Desde que vi ser las dos y no venia, y la hambre me aquejaba, cierro la puerta y pongo la llave do mandó y tórnome á mi menester con baja y enferma voz; é inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo á pedir pan por las puertas y casas mas grandes que me parecia. Mas como yo este oficio le hubiese mamado en leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego le aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no habia caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenia otras tantas libras de pan enfiladas en el cuerpo, y mas de otras dos en las mangas y senos. Volvíme á la posada, y al pasar por la tripería, pedí á una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas. Cuando llegué á casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entré, vínose para mi, y pensé que me queria reñir la tardanza; mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme de do venia; yo le dije: señor, hasta que dieron las dos, estuve aquí; y desde que vi que vuestra merced no venia, fuíme por esa ciudad á encomendarme á las buenas gentes, y hanme dado esto que veis. Mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía. Á lo cual él mostró buen semblante, y dijo: pues esperado te he á comer, y desde que vi que no veniste, comí, mas tu haces como hombre de bien en eso, que mas vale pedirlo por Dios que no hurtarlo, y así él me ayude como ello me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives conmigo, por lo que toca á mi honra; aunque bien creo que será secreto, segun lo poco que en este pueblo soy conocido; nunca á él yo hubiera de venir. De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo; que maldito aquel que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de darla. Ahora pues, come pecador, dijo él, que si á Dios place, presto nos veremos sin necesidad, aunque te digo que despues que en esta casa entré, nunca bien me ha ido, debe de ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que á los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser sin duda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mia.
Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por gloton, callé la merienda, y comienzo á cenar y morder en mis tripas y pan. Disimuladamente miraba al desventurado señor mio, que no partia sus ojos de mis faldas, que á aquella sazon servian de plato. Tanta lástima haya Dios de mi, como yo habia de él, porque sentí lo que sentia, y muchas veces habia por ello pasado, y pasaba cada dia. Pensaba si seria bien convidarle, mas por haberme dicho que habia comido, temíame no acetaria el convite. Finalmente yo deseaba que el pecador ayudase á su trabajo del mio y se desayunase, como el dia antes hizo; pues habia mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé á comer, él se andaba paseando. Llegóse á mí, y díjome, dígote, Lázaro que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi á hombre, y que nadie te lo ve hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga. La muy buena que tu tienes (dije yo entre mi) te hace parecer la mia hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abria camino para ello, y díjele; señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada, que no habrá á quien no convide con su sabor. ¿Uña de vaca es? preguntó él. Si señor, le dije yo. Dígote, dijo él, que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisan que así me sepa. Pues pruebe, señor, dije yo, y verá que tal está. Póngole en las uñas la otra y tres ó cuatro raciones de pan de lo mas blanco. Asentóseme al lado, y comienza á comer, como aquel que lo habia ganado, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.
Con almodrote, decia, es este singular manjar. Con mejor salsa lo comes tu, respondí yo paso. Por Dios, dijo él, que me ha sabido, como si no hubiera hoy comido bocado. Así me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mi. Pidióme el jarro del agua, y díselo como lo habia traido. Es señal, que pues no le faltaba el agua, que le habia á mi amo sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuímos á dormir, como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho ó diez dias, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado á papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.
Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que habia tenido, y buscando mejoría, viniese á topar con quien no solo no me mantuviese, mas á quien yo habia de mantener.
Con todo le queria bien, con ver que no tenia ni podia mas, y antes le habia lástima que enemistad: y muchas veces, por llevar á la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal: porque una mañana levantándose el triste en camisa, subió á lo alto de la casa á hacer sus menesteres, y en tanto yo por salir de sospecha desenvolvíle el jupo y las calzas que á la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso, hecha cien dobleces, y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese tenido mucho tiempo. Este, decia yo, es pobre, y nadie da lo que no tiene: mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que con dárselo Dios á ambos, al uno de mano besada, y al otro de lengua suelta, me mataban de hambre. Aquellos es justo desamar, y aqueste es de haber mancilla. Dios me es testigo, que hoy dia cuando topo con alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar si padece lo que á aquel le vi sufrir, al cual con toda su pobreza holgaria de servir mas que á los otros, por lo que he dicho. Solo tenia de él un poco de descontento; que quisiera yo que no tuviera tanta presuncion, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subia su necesidad. Mas segun me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, que aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar: el Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
Pues estando yo en tal estado pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como aquel año esta tierra fuese estéril de pan, acordó el Ayuntamiento, que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad; con pregon, que el que de allí adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así ejecutando la ley, desde á cuatro dias que el pregon se dió, vi llevar una procesion de pobres azotando por las cuatro calles: lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme á demandar. Aquí viera, quien verlo pudiera, la abstinencia de mi casa, la tristeza y silencio de los moradores de ella; tanto que nos acaeció estar dos ó tres dias sin comer bocado ni hablar palabra. Á mi diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodon, que hacian botones y vivian á par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que la laceria que les traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.
Y no tenia tanta lástima de mi como del lastimado de mi amo, que en ocho dias maldito el bocado que comió; á lo menos en casa bien los estuvimos sin comer: no sé yo como ó donde andaba, y que comia; y verle venir á mediodia la calle abajo, con estirado cuerpo mas largo que galgo de buena casta; y por lo que tocaba á su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no habia en casa, y salia á la puerta escarbando los que nada entre sí tenian, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: malo está de ver, que la desdicha de esta vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste y obscura, mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo se acabe este mes por salir de ella.
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecucion, un dia, no sé por cual dicha ó ventura, en el poder de mi amo entró un real, con el cual vino á casa tan ufano, como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió diciendo; toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano: vé á la plaza, y merca pan, vino y carne; quebremos el ojo al diablo. Y mas te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar mas en cumpliendo el mes. Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré. Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno, mas tal vista tiene, y tal obscuridad y tristeza. Vé y ven presto, y comamos hoy como condes. Tomo mi real y jarro, y á los pies dándoles priesa, comienzo á subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna, que ningun gozo me venga sin zozobra? Y así fue este, porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearia que fuese mejor y mas provechosamente gastado, dando infinitas gracias á Dios que á mi amo habia hecho con dinero, á deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos, y gente en unas andas traían. Arriméme á la pared por darles lugar, y así que el cuerpo pasó, venia luego á par del féretro una que debia ser la mujer del difunto, cargada de luto y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando á grandes voces, y diciendo: ¡marido y señor mio, adónde me os llevan! ¡á la casa triste y desdichada, á la casa lóbrega y obscura, á la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: ¡ó desdichado de mi! para mi casa llevan este muerto.
Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo á todo el mas correr que pude para mi casa; y entrando en ella, cierro á grande priesa, invocando el ausilio y favor de mi amo, abrazándome de él, que me venga á ayudar y á defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: ¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has, porqué cierras la puerta con tal furia? O señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto. ¿Cómo así, respondió él? Aquí arriba le encontré, dije yo, y venia diciendo su mujer: ¡marido y señor mio, adónde os llevan! ¡á la casa lóbrega y obscura, á la casa triste y desdichada, á la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen. Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenia porque estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenia ya yo echada el aldaba á la puerta, y puesto el hombro en ella por mas defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habian de meter en casa. Y luego que fue ya mas harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: verdad es, Lázaro, segun la viuda iba diciendo, tu tuviste razon de pensar lo que pensaste; mas pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.
Dejadlos, señor, acaben de pasar la calle, dije yo. Al fin vino mi amo á la puerta de la calle, y ábrela esforzándome; que bien era menester segun el miedo y alteracion, y me tornó á encaminar.
Mas aunque comimos bien aquel dia, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres dias torné en mi color; y mi amo muy risueño todas las veces que se acordaba de aquella mi consideracion.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este escudero, algunos dias, y en todos deseando saber la intencion de su venida y estada en esta tierra, porque desde el primer dia que con él asenté, le conocí ser extranjero por el poco conocimiento y trato que con los naturales de ella tenia. Al cabo se cumplió mi deseo y supe lo que deseaba; porque un dia que habíamos comido razonablemente y estaba algo contento, contóme su historia, y díjome ser de Castilla la Vieja, que habia dejado su tierra no mas de por no quitar el bonete á un caballero, vecino suyo. Señor, dije yo, si él era lo que decis y tenia mas que vos, no errábais en quitárselo primero, pues decis que él tambien os lo quitaba. Si es, y si tiene, y tambien me le quitaba él á mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna y ganarme por la mano. Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo, y que tienen mas. Eres muchacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el dia de hoy está todo el caudal de los hombres de bien. Pues hágote saber, que yo soy, como ves, un escudero; mas vótote á Dios, si al conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algun negocio, ó atravesar otra calle, si la hay antes que llegue á mi, por no quitársele: que un hidalgo no debe á otro que á Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide de un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un dia deshonré en mi tierra á un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba, me decia: mantenga Dios á vuestra merced. Vos, D. Villano Ruin, le dije yo, ¿porqué no sois bien criado? manténgaos Dios, me habeis de decir, como si fuese quien quiera. De allí adelante de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debia. ¿Y no es buena manera de saludar un hombre á otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios? Mira, mozo, dijo él, á los hombres de poca arte dicen eso, mas á los mas altos como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced: ó por lo menos, bésoos, señor las manos, si el que me habla es caballero. Y así de aquel de mi tierra que me atestaba de mantenimiento, nunca mas le quise sufrir, ni sufriria á hombre del mundo del rey abajo, que manténgaos Dios, me diga. Pecador de mi, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufre que nadie se lo ruegue. Mayormente, dijo, que no soy tan pobre que no tenga en mi tierra un solar de casas, que á estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella costanilla de Valladolid, valdrian mas de doscientos mil maravedís, segun se podrian hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar que á no estar derribado, como está, daria cada año mas de doscientos palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba á mi honra: y vine á esta ciudad, pensando que hallaria un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo, mas es gente tan limitada, que no les sacará de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla tambien me ruegan, mas servir á estos es gran trabajo, porque de hombre os habeis de convertir en malilla, y sino anda con Dios, os dicen: y las mas veces son los pagamentos á largos plazos, y las mas ciertas comido por servido. Ya cuando quieren reformar conciencia, y satisfaceros vuestros sudores, sois librado en la recámara en un sudado jubon, ó raida capa ó sayo. Ya cuando asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria; ¿pues por ventura no hay en mi habilidad para servir y contentar á estos? Por Dios si con él topase, muy gran privado suyo pienso que fuese, y que mil servicios le hiciese, porque yo sabria mentirle tan bien como otro, y agradarle á las mil maravillas; reirle mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo: nunca decirle cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no matarme por no hacer bien las cosas que él no habia de ver, y ponerme á reñir, donde él lo viese, con la gente de su servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que á él tocaba; si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos agudos para encenderle la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese, y por el contrario ser malicioso mofador; hablar mal de los de casa y de los de fuera; pesquisar y procurar saber vidas ajenas, para contárselas, y otras muchas galas de esta calidad, que hoy dia se usan en palacio, y á los señores de él parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrecen y tienen en poco, y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar. Y con estos los astutos usan, como digo, el dia de hoy de lo que yo usaria; mas no quiere mi ventura que le halle.
De esta manera lamentaba tambien su adversa fortuna mi amo, dándome relacion de su persona valerosa. Pues estando en esto, entró por la puerta un hombre y una vieja; el hombre le pide el alquiler de la casa, y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos meses le alcanzaron lo que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce ó trece reales. Y él les dió muy buena respuesta, que saldria á la plaza á trocar una pieza de á dos, y que á la tarde volviesen. Mas su salida fue sin vuelta; por manera que á la tarde ellos volvieron, mas fue tarde: yo les dije, que aun no era venido.
Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino; mas á estotra puerta. Las mujeres les responden: veis aquí su mozo, y la llave de la puerta. Ellos me preguntaron por él, y díjeles que no sabia adonde estaba, y que tampoco habia vuelto á casa, desde que salió á trocar la pieza, y que pensaba que de mi y de ellos se habia ido con el trueco. Luego que esto me oyeron, van por un alguacil y un escribano, y he aquí que los dos vuelven luego con ellos, y toman la llave y llámanme, y llaman testigos y abren la puerta, y entran á embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda. Anduvieron toda la casa, y halláronla desembarazada como he contado, y dícenme: ¿qué es de la hacienda de tu amo? ¿sus arcas y paños de pared, y alhajas de casa? No sé yo eso, les respondí. Sin duda, dicen ellos, esta noche lo deben de haber alzado y llevado á alguna parte. Señor alguacil, prended á este mozo, que él sabe donde está. En esto vino el alguacil, y echóme mano por el collar del jubon, diciéndome; muchacho, tu eres preso, si no descubres los bienes de este amo tuyo. Yo como en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar, sí, habia sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado, para que mostrase el camino al que no veía; yo tuve mucho miedo, y llorando prometíle decir lo que me preguntaban. Bien está, dicen ellos: pues dí lo que sabes y no hayas temor. Sentóse el escribano en un poyo para escribir el inventario, preguntándome que tenia. Señores, dije yo, lo que este amo mio tiene, segun él me dijo, es un muy buen solar de casas, y un palomar derribado. Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga, hay para reintegrarnos de la deuda: ¿Y á qué parte de la ciudad tiene eso, me preguntaron? En su tierra, les respondí. Por Dios que está bueno el negocio, dijeron ellos, ¿y á dónde es su tierra? De Castilla la Vieja me dijo que él era, les dije. Riéronse mucho el alguacil y el escribano, diciendo: bastante relacion es esta para cobrar vuestra deuda, aunque mejor fuese. Las vecinas que estaban presentes dijeron: señores, este es un niño inocente, y ha pocos dias que está con ese escudero, y no sabe de él mas que vuestras mercedes, sino cuanto el pecadorcico se llega aquí á nuestra casa, y le damos de comer lo que podemos por amor de Dios, y á la noche se va á dormir con él.
Vista mi inocencia, dejáronme dándome por libre: y el alguacil y el escribano piden al hombre y á la mujer sus derechos, sobre lo cual tuvieron gran contienda y ruido; porque ellos alegaron no ser obligados á pagar, pues no habia de qué, ni se hacia el embargo. Los otros decian, que habian dejado de ir á otro negocio que les importaba mas por venir á aquel. Finalmente despues de dadas muchas voces, al cabo carga un porqueron con el viejo alfamar de la vieja, y aunque no iba muy cargado, allá iban todos cinco dando voces: no sé en que paró. Creo yo que el pecador alfamar pagara por todos; y bien se empleaba, pues al tiempo que habia de reposar y descansar de los trabajos pasados, se andaba alquilando.
Así como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer mi ruin dicha: pues señalándose todo lo que podia contra mi, hacia mis negocios tan al revés, que los amos que suelen ser dejados de los mozos, en mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mi.