LIBRO I.

Mi propósito es escribir la guerra que el rey católico de España D. Felipe el II., hijo del nunca vencido emperador D. Cárlos, tuvo en el reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos: parte de la cual yo vi, y parte entendí de personas que en ella pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas cosas de las que escribiere parecerán á algunos livianas y menudas para historia, comparadas á las grandes que de España se hallan escritas: guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones de ciudades populosas; reyes vencidos y presos; discordias entre padres é hijos, hermanos y hermanas, suegros y yernos; desposeidos, restituidos, y otra vez desposeidos, muertos á hierro; acabados linajes; mudadas sucesiones de reinos: libre y extendido campo, y ancha salida para los escritores. Yo escogí camino mas estrecho, trabajoso, estéril, y sin gloria; pero provechoso, y de fruto para los que adelante vinieren: comienzos bajos, rebelion de salteadores, junta de esclavos, tumulto de villanos, competencias, odios, ambiciones, y pretensiones; dilacion de provisiones, falta de dinero, inconvenientes ó no creidos, ó tenidos en poco; remision y flojedad en ánimos acostumbrados á entender, proveer, y disimular mayores cosas: y así no será cuidado perdido considerar de cuan livianos principios y causas particulares se viene á colmo de grandes trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi fuera de remedio. Veráse una guerra, al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos, lejos y cerca: primero cubierta y sobresanada, y al fin descubierta, parte con el miedo y la industria, y parte criada con el arte y ambicion. La gente que dije, pocos á pocos junta, representada en forma de ejércitos; necesitada España á mover sus fuerzas, para atajar el fuego; el rey salir de su reposo, y acercarse á ella; encomendar la empresa á D. Juan de Austria su hermano, hijo del emperador D. Cárlos, á quien la obligacion de las victorias del padre moviese á dar la cuenta de sí, que nos muestra el suceso. En fin pelearse cada dia con enemigos; frio, calor, hambre; falta de municiones, de aparejos en todas partes; daños nuevos, muertes á la continua: hasta que vimos á los enemigos, nacion belicosa, entera, armada, y confiada en el sitio, en el favor de los bárbaros y turcos, vencida, rendida, sacada de su tierra, y desposeida de sus casas y bienes; presos y atados hombres y mujeres; niños cautivos vendidos en almoneda, ó llevados á habitar á tierras lejos de la suya: cautiverio y transmigracion no menor, que las que de otras gentes se leen por las historias. Victoria dudosa, y de sucesos tan peligrosos, que alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros, ó los enemigos, los á quien Dios queria castigar: hasta que el fin de ella descubrió, que nosotros éramos los amenazados, y ellos los castigados. Agradezcan y acepten esta mi voluntad libre, y lejos de todas las cosas de odio ó de amor, los que quisieren tomar ejemplo, ó escarmiento; que esto solo pretendo por remuneracion de mi trabajo, sin que de mi nombre quede otra memoria. Y porque mejor se entienda lo adelante, diré algo de la fundacion de Granada, qué gentes la poblaron al principio, como se mezclaron, como hubo este nombre, en quien comenzó el reino de ella; puesto que no sea conforme á la opinion de muchos; pero será lo que hallé en los libros arábigos de la tierra, y los de Muley Hacén rey de Túnez, y lo que hasta hoy queda en la memoria de los hombres, haciendo á los autores cargo de la verdad.

La ciudad de Granada, segun entiendo, fue poblacion724. de los de Damasco, que vinieron con Tarif su capitan, y diez años despues que los alárabes echaron á los godos del señorío de España, la escogieron por habitacion; porque en el suelo y aire parecia mas á su tierra. Primero asentaron en Libira, que antiguamente llamaban Illiberis, y nosotros Elvira, puesta en el monte contrario de donde ahora está la ciudad, lugar falto de agua, de poco aprovechamiento, dicho el cerro de los Infantes; porque en él tuvieron su campo los infantes D. Pedro y D. Juan, cuando murieron rotos por Ozmin, capitan del rey Ismael. Era Granada uno de los pueblos de Iberia, y habia en él la gente que dejó Tarif Abentiet despues de haberla tomado por luengo cerco; pero poca, pobre, y de varias naciones, como sobras del lugar destruido. No tuvieron rey hasta1014. Habúz Aben Habúz, que juntó los moradores de uno y otro lugar, fundando ciudad á la torre de San José, que llamaban de los Judíos, en el alcazava; y su morada en la casa del Gallo, á San Cristóval en el Albaicin. Puso en el alto su estatua á caballo con lanza y adarga, que á manera de veleta se revuelve á todas partes, y letras que dicen: Dijo Habúz Aben Habúz el sabio, que así se debe defender el Andalucía. Dicen, que del nombre de Naath su mujer, y por mirar al poniente (que en su lengua llaman garb) la llamó Garbnaath, como Naath la del poniente. Los alárabes y asianos hablan de los sitios, como escriben; al contrario y revés que las gentes de Europa. Otros, que de una cueva á la puerta de Bibataubin, morada de la Cava, hija del conde Julian el traidor, y de Nata, que era su nombre propio, se llamó Garnata, la cueva de Nata. Porque el de la Cava todas las historias arábigas afirman, que le fue puesto por haber entregado su voluntad al rey de España D. Rodrigo; y en la lengua de los alárabes cava quiere decir mujer liberal de su cuerpo. En Granada dura este nombre por algunas partes; y la memoria en el soto y torre de Roma, donde los moros afirman haber morado; no embargante que los que tratan de la destruccion de España ponen que padre é hija murieron en Ceuta. Y los edificios que se muestran de lejos á la mar sobre el monte, entre las Quejinas y Jarjuel al poniente de Argel, que llaman sepulcro de la Cava cristiana, cierto es haber sido un templo de la ciudad de Cesarea hoy destruida, y en otros tiempos cabeza de la Mauritania, á quien dió el nombre de cesariense. Lo de la amiga del rey Abenhut, y la compra que hizo á ejemplo de Dido la de Cartago, cercando con un cuero de buey cercenado el sitio donde ahora está la ciudad, los mismos moros lo tienen por fabuloso. Pero lo que se tiene por mas verdadero entre ellos y se halla en la antigüedad de sus escrituras, es haber tomado el nombre de una cueva, que atraviesa de aquella parte de la ciudad hasta la aldea que llaman Alfacar, que en mi niñez yo vi abierta, y tenida por lugar religioso, donde los ancianos de aquella nacion curaban personas tocadas de la enfermedad que dicen demonio. Esto cuanto al nombre que tuvo en la edad de los moros; tanta variedad hay en las historias arábigas, aunque las llaman ellos escrituras de la verdad. En la nuestra conformando el sonido del vocablo con la lengua castellana, la decimos Granada, por ser abundante. Habúz Aben Habúz deshizo el reino de Córdoba, y puso á Idriz en el señorío del Andalucía. Con esto, con el desasosiego de las ciudades comarcanas, con las guerras que los reyes de Castilla hacian, con la destruccion de algunas, juntos los dos pueblos en uno, fue maravilla en cuan poco tiempo Granada vino á mucha grandeza. Desde entonces no faltaron reyes en ella hasta Abenhut, que echó de España los almoades, é hizo á Almería cabeza del reino. Muerto Abenhut á manos de los suyos, con el poder y armas del rey santo D. Fernando el III, tomaron los de Granada por rey á Mahamet Alhamar, que era señor de Arjona, y volvió la silla del reino de Granada, la cual fue en tanto crecimiento, que en tiempo del rey Bulhaxix, cuando estaba en mayor prosperidad, tenia setenta mil casas, segun dicen los moros; y en alguna edad hizo tormenta, y en muchas puso cuidado á los reyes de Castilla. Hay fama que Bulhaxix halló el alquimia, y con el dinero de ella cercó el Albaicin: dividióle de la ciudad; y edificó el Alhambra con la torre que llaman de Comares (porque cupo á los de Comares fundalla); aposento real y nombrado, segun su manera de edificio, que despues acrecentaron diez reyes sucesores suyos, cuyos retratos se ven en una sala; alguno de ellos conocido en nuestro tiempo por los ancianos de la tierra.

Ganaron á Granada los reyes llamados Católicos Fernando1492. é Isabel, despues de haber ellos y sus pasados sojuzgado y echado los moros de España en guerra continua de setecientos setenta y cuatro años, y cuarenta y cuatro reyes; acabada en tiempo, que vimos al rey último Boabdelí (con grande exaltacion de la fe cristiana) desposeido de su reino y ciudad y tornado á su primera patria allende la mar. Recibieron las llaves de la ciudad en nombre de señorío, como es costumbre de España: entraron al Alhambra, donde pusieron por alcaide y capitan general á D. Iñigo Lopez de Mendoza conde de Tendilla, hombre de prudencia en negocios graves, de ánimo firme, asegurado con luenga experiencia de reencuentros y batallas ganadas, lugares defendidos contra moros en la misma guerra; y por prelado pusieron á fray Fernando de Talavera, religioso de la órden de san Hierónimo, cuyo ejemplo de vida y santidad España celebra, y de los que viven, algunos hay testigos de sus milagros. Diéronles compañía calificada y conveniente para fundar república nueva; que habia de ser cabeza de reino, escudo y defension contra los moros de África, que en otros tiempos fueron sus conquistadores. Mas no bastaron estas provisiones aunque juntas, para que los moros (cuyos ánimos eran desasosegados y ofendidos) no se levantasen en el Albaicin, temiendo ser echados de la ley, como del estado: porque los reyes, queriendo que en todo el reino fuesen cristianos, enviaron á fray Francisco Jimenez, que fue arzobispo de Toledo y cardenal, para que los persuadiese; mas ellos, gente dura, pertinaz, nuevamente conquistada, estuvieron rehacios. Tomóse concierto, que los renegados, ó hijos de renegados tornasen á nuestra fe, y los demás quedasen en su ley por entonces. Tampoco esto se observaba, hasta que subió al Albaicin un alguacil, llamado Barrionuevo, á prender dos hermanos renegados en casa de la madre. Alborotóse el pueblo, tomaron las armas, mataron al alguacil, y barrearon las calles que bajan á la ciudad; eligieron cuarenta hombres autores del motin para que los gobernasen, como acontece en las cosas de justicia escrupulosamente fuera de ocasion ejecutadas. Subió el conde de Tendilla al Albaicin, y despues de habérsele hecho alguna resistencia apedreándole el adarga (que es entre ellos respuesta de rompimiento), se la tornó á enviar: al fin la recibieron, y pusiéronse en manos de los reyes, con dejar sus haciendas á los que quisiesen quedar cristianos en la tierra, conservar su hábito y lengua, no entrar la inquisicion hasta ciertos años, pagar fardas y las guardas; dióles el conde por seguridad sus hijos en rehenes. Hecho esto salieron huyendo los cuarenta electos, y levantaron á Guejar, Lanjaron, Andarax; y últimamente Sierra Bermeja, nombrada por la muerte de D. Alonso de Aguilar, uno de los mas celebrados capitanes de España, grande en estado y linaje. Sosegó el conde de Tendilla y concertó el motin de Albaicin; tomó á Guejar, parte por fuerza, parte rendida sin condicion, pasando á cuchillo los moradores y defensores. En la cual empresa, dicen que por no ir á Sierra Bermeja, debajo de D. Alonso de Aguilar su hermano, con quien tuvo emulacion, se halló á servir, y fue el primero que por fuerza entró en el barrio de abajo, Gonzalo Fernandez de Córdoba, que vivia á la sazon en Loja desdeñado de los Reyes Católicos, abriendo ya el camino para el título de gran capitan, que á solas dos personas fue concedido en tantos siglos: una entre los griegos caido el imperio en tiempo de los emperadores Comnenos como á restaurador y defensor del Andrónico Contestephano llamándole megaduca, vocablo bárbaramente compuesto de griego y latino, como acontece con los estados perderse la elegancia de las lenguas: otra á Gonzalo Fernandez entre los españoles y latinos, por la gloria de tantas victorias suyas, como viven y vivirán en la memoria del mundo. Halláronse allí entre otros Alarcon sin ejercicio de guerra, y Antonio de Leiva, mozo teniente de la compañía de Juan de Leiva su padre, y despues sucesor en Lombardía de muchos capitanes generales señalados, y á ninguno de ellos inferior en victorias. La presencia del Rey Católico dió fin con mayor autoridad á esta guerra; mas guardóse el rincon de Sierra Bermeja para la muerte de D. Alonso de Aguilar, que ganada la sierra, y rotos los moros fue necesitado á quedar en ella con la oscuridad de la noche, y con ella misma le acometieron los enemigos rompiendo su vanguardia. Murió D. Alonso peleando, y salvóse su hijo D. Pedro entre los muertos: salió el conde de Ureña, aunque dando ocasion á los cantares y libertad española; pero como buen caballero.

Sosegada esta rebelion tambien por concierto, diéronse los Reyes Católicos á restaurar y mejorar á Granada en religion, gobierno y edificios: establecieron el cabildo, bautizaron los moros, trujeron la chancillería, y dende á algunos años vino la inquisicion. Gobernábase la ciudad y reino como entre pobladores y compañeros con una forma de justicia arbitraria, unidos los pensamientos, las resoluciones encaminadas en comun al bien público: esto se acabó con la vida de los viejos. Entraron los celos; la division sobre causas livianas entre los ministros de justicia y de guerra, las concordias en escrito confirmadas por cédulas; traido el entendimiento de ellas por cada una de las partes á su opinion; la ambicion de querer la una no sufrir igual, y la otra conservar la superioridad, tratada con mas disimulacion que modestia. Duraron estos principios de discordia disimulada y manera de conformidad sospechosa el tiempo de D. Luis Hurtado de Mendoza[41], hijo de D. Iñigo, hombre de gran sufrimiento y templanza; mas sucediendo otros, aunque de conversacion blanda y humana, de condicion escrupulosa y propia; fuese apartando este oficio del arbitrio militar, fundándose en la legalidad y derechos, y subiéndose hasta el peligro de la autoridad, cuanto á las preeminencias: cosas que cuando estiradamente se juntan, son aborrecidas de los menores y sospechosas á los iguales. Vínose á causas y pasiones particulares, hasta pedir jueces de términos; no para divisiones ó suertes de tierras, como los romanos y nuestros pasados; sino con voz de restituir al rey ó al público lo que le tenian ocupado, y intento de echar algunos de sus heredamientos. Este fue uno de los principios en la destruccion de Granada comun á muchas naciones; porque los cristianos nuevos, gente sin lengua y sin favor, encogida y mostrada á servir, veían condenarse y quitar ó partir las haciendas que habian poseido, comprado, ó heredado de sus abuelos, sin ser oidos. Juntáronse con estos inconvenientes y divisiones, otros de mayor importancia, nacidos de principios honestos, que tomaremos de mas alto.

Pusieron los Reyes Católicos el gobierno de la justicia y cosas públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros: cuya profesion eran letras legales, comedimiento, secreto, verdad, vida llana y sin corrupcion de costumbres; no visitar, no recibir dones, no profesar estrecheza de amistades; no vestir, ni gastar suntuosamente, blandura y humanidad en su trato, juntarse á horas señaladas para oir causas, ó para determinallas, y tratar del bien público. Á su cabeza llaman presidente, mas porque preside á lo que se trata, y ordena lo que se ha de tratar, y prohibe cualquier desórden, que porque los manda. Esta manera de gobierno, establecida entonces con menos diligencia, se ha ido extendiendo por toda la cristiandad, y está hoy en el colmo de poder y autoridad: tal es su profesion de vida en comun, aunque en particular haya algunos que se desvien. Á la suprema congregacion llaman consejo real, y á las demás chancillerías, diversos nombres en España, segun la diversidad de las provincias. Á los que tratan en Castilla lo civil llaman oidores; y á los que tratan lo criminal alcaldes (que en cierta manera son sujetos á los oidores): los unos y los otros por la mayor parte ambiciosos de oficios ajenos y profesion que no es suya, especialmente la militar; persuadidos del ser de su facultad, que (segun dicen) es noticia de cosas divinas y humanas, y ciencia de lo que es justo é injusto; y por esto amigos en particular de traer por todo, como superiores, su autoridad, y apuralla á veces hasta grandes inconvenientes, y raices de los que agora se han visto. Porque en la profesion de la guerra se ofrecen casos que á los que no tienen plática de ella parecen negligencias; y si los procuran emendar, cáese en imposibilidades y lazos, que no se pueden desenvolver; aunque en ausencia se juzgan diferentemente. Estiraba el capitan general su cargo sin equidad, y procuraban los ministros de justicia emendallo. Esta competencia fue causa que menudeasen quejas y capítulos al rey; con que cansados los consejeros, y él con ellos, las provisiones saliesen varias, ó ningunas, perdiendo con la oportunidad el crédito; y se proveyesen algunas cosas de pura justicia, que atenta la calidad de los tiempos, manera de las gentes, diversidad de ocasiones requerian templanza ó dilacion. Todo lo de hasta aquí se ha dicho por ejemplo, y como muestra de mayores casos; con fin que se vea de cuan livianos principios se viene á ocasiones de grande importancia, guerras, hambres, mortandades, ruinas de estados, y á veces de los señores de ellos. Tan atenta es la providencia divina á gobernar el mundo y sus partes, por órden de principios, y causas livianas que van creciendo por edades, si los hombres las quisiesen buscar con atencion.

Habia en el reino de Granada costumbre antigua, como la hay en otras partes, que los autores de delitos se salvasen, y estuviesen seguros en lugares de señorío; cosa que mirada en comun, y por la haz, se juzgaba que daba causa á mas delitos, favor á los malhechores, impedimento á la justicia, y desautoridad á los ministros de ella. Pareció por estos inconvenientes, y por ejemplo de otros estados, mandar que los señores no acogiesen gentes de esta calidad en sus tierras, confiados que bastaba solo el nombre de justicia para castigallos donde quiera que anduviesen. Manteníase esta gente con sus oficios en aquellos lugares, casábanse, labraban la tierra, dábanse á vida sosegada. Tambien les prohibieron la inmunidad de las iglesias arriba de tres dias; mas despues que les quitaron los refugios, perdieron la esperanza de seguridad, y diéronse á vivir por las montañas, hacer fuerzas, saltear caminos, robar y matar. Entró luego la duda tras el inconveniente, sobre á que tribunal tocaba el castigo, nacida de competencia de jurisdicciones; y no obstante que los generales acostumbrasen hacer estos castigos, como parte del oficio de la guerra; cargaron á color de ser negocio criminal, la relacion apasionada ó libre de la ciudad, y la autoridad de la audiencia, y púsose en manos de los alcaldes, no excluyendo en parte al capitan general. Dióseles facultad para tomar á sueldo cierto número de gente repartida pocos á pocos, á que usurpando el nombre llamaban cuadrillas; ni bastantes para asegurar, ni fuertes para resistir. Del desden, de la flaqueza de provision, de la poca experiencia de los ministros en cargo que participaba de guerra, nació el descuido, ó fuese negligencia ó voluntad de cada uno que no acertase su émulo. En fin fue causa de crecer estos salteadores (monfíes los llamaban en lengua morisca), en tanto número, que para oprimillos ó para reprimillos no bastaban las unas ni las otras fuerzas. Este fue el cimiento sobre que fundaron sus esperanzas los ánimos escandalizados y ofendidos; y estos hombres fueron el instrumento principal de la guerra. Todo esto parecia al comun cosa escandalosa; pero la razon de los hombres, ó la providencia divina (que es lo mas cierto), mostró con el suceso, que fue cosa guiada para que el mal no fuese adelante, y estos reinos quedasen asegurados mientras fuese su voluntad. Siguiéronse luego ofensas en su ley, en las haciendas, y en el uso de la vida, así cuanto á la necesidad, como cuanto al regalo, á que es demasiadamente dada esta nacion; porque la inquisicion los comenzó á apretar mas de lo ordinario. El rey les mandó dejar la habla morisca, y con ella el comercio y comunicacion entre sí; quitóseles el servicio de los esclavos negros á quienes criaban con esperanzas de hijos, el hábito morisco en que tenian empleado gran caudal: obligáronlos á vestir castellano con mucha costa, que las mujeres trujesen los rostros descubiertos, que las casas acostumbradas á estar cerradas estuviesen abiertas: lo uno y lo otro tan grave de sufrir entre gente zelosa. Hubo fama que les mandaban tomar los hijos, y pasallos á Castilla: vedáronles el uso de los baños, que eran su limpieza y entretenimiento; primero les habian prohibido la música, cantares, fiestas, bodas conforme á su costumbre, y cualesquier juntas de pasatiempo. Salió todo esto junto, sin guardia ni provision de gente; sin reforzar presidios viejos, ó firmar otros nuevos. Y aunque los moriscos estuviesen prevenidos de lo que habia de ser, les hizo tanta impresion, que antes pensaron en la venganza que en el remedio. Años habia que trataban de entregar el reino á los príncipes de Berbería, ó al turco; mas la grandeza del negocio, el poco aparejo de armas, vituallas, navíos, lugar fuerte donde hiciesen cabeza, el poder grande del emperador, y del rey Felipe su hijo, enfrenaba las esperanzas, é imposibilitaba las resoluciones, especialmente estando en pie nuestras plazas mantenidas en la costa de África, las fuerzas del turco tan lejos, las de los cosarios de Argel mas ocupadas en presas y provecho particular, que en empresas difíciles de tierra. Fuéronseles con estas dificultades dilatando los designios, apartándose ellos de los del reino de Valencia, gente menos ofendida, y mas armada. En fin creciendo igualmente nuestro espacio por una parte, y por otra los excesos de los enemigos tantos en número, que ni podian ser castigados por manos de justicia, ni por tan poca gente como la del capitan general; eran ya sospechosas sus fuerzas para encubiertas, aunque flacas para puestas en ejecucion. El pueblo de cristianos viejos adivinaba la verdad, cesaba el comercio y paso de Granada á los lugares de la costa: todo era confusion, sospecha, temor; sin resolver, proveer, ni ejecutar. Vista por ellos esta manera en nosotros, y temiendo que con mayor aparejo les contraviniésemos, determinaron algunos de los principales de juntarse en Cadiar, lugar entre Granada, y la mar, y el rio de Almería, á la entrada de la Alpujarra. Tratóse del cuando y como se debian descubrir unos á otros, de la manera del tratado y ejecucion: acordaron que fuese en la fuerza del invierno; porque las noches largas les diesen tiempo para salir de la montaña y llegar á Granada, y á una necesidad tornarse á recoger y poner en salvo, cuando nuestras galeras reposaban repartidas por los invernaderos y desarmadas; la noche de navidad, que la gente de todos los pueblos está en las iglesias, solas las casas, y las personas ocupadas en oraciones y sacrificios; cuando descuidados, desarmados, torpes con el frio, suspensos con la devocion, facilmente podian ser oprimidos de gente atenta, armada, suelta, y acostumbrada á saltos semejantes. Que se juntasen á un tiempo cuatro mil hombres de la Alpujarra, con los del Albaicin, y acometiesen la ciudad, y el Alhambra, parte por la puerta, parte con escalas; plaza guardada mas con la autoridad que con la fuerza: y por que sabian que el Alhambra, no podia dejar de aprovecharse de la artillería, acordaron que los moriscos de la vega tuviesen por contraseña las primeras dos piezas que se disparasen, para que en un tiempo acudiesen á las puertas de la ciudad, las forzasen, entrasen por ellas y por los portillos; corriesen las calles, y con el fuego y con el hierro no perdonasen á persona, ni á edificio. Descubrir el tratado sin ser sentidos y entre muchos, era dificultoso: pareció que los casados lo descubriesen á los casados, los viudos á los viudos, los mancebos á los mancebos; pero á tiento, probando las voluntades y el secreto de cada uno. Habian ya muchos años antes enviado á solicitar con personas ciertas no solamente á los príncipes de Berbería, mas al emperador de los turcos dentro en Constantinopla, que los socorriese, y sacase de servidumbre, y postreramente al rey de Argel pedido armada de levante y poniente en su favor; porque faltos de capitanes, de cabezas, de plazas fuertes, de gente diestra, de armas, no se hallaron poderosos para tomar, y proseguir á solas tan gran empresa. Demás de esto resolvieron proveerse de vitualla, elegir lugar en la montaña donde guardalla, fabricar armas, reparar las que de mucho tiempo tenian escondidas, comprar nuevas, y avisar de nuevo á los reyes de Argel, Fez, señor de Tituan, de esta resolucion y preparaciones. Con tal acuerdo partieron aquella habla; gente á quien el regalo, el vicio, la riqueza, la abundancia de las cosas necesarias, el vivir luengamente en gobierno de justicia é igualdad desasosegaba, y traía en continuo pensamiento.

Dende á pocos dias se juntaron otra vez con los principales del Albaicin en Churriana fuera de Granada, á tratar del mismo negocio. Habíanles prohibido, como arriba se dijo, todas las juntas en que concurria número de gente; pero teniendo el rey y el prelado mas respeto á Dios que al peligro, se les habia concedido que hiciesen un hospital y cofradía de cristianos nuevos, que llamaron de la Resurreccion. (Dicen en español cofradía una junta de personas, que prometen hermandad en oficios divinos y religiosos con obras.) En dias señalados concurrian en el hospital á tratar de su rebelion con esta cubierta; y para tener certinidad de sus fuerzas, enviaron personas pláticas de la tierra por todos los lugares del reino, que con ocasion de pedir limosna reconociesen las partes de él á propósito para acogerse, para recibir los enemigos, para traellos por caminos mas breves, mas secretos, mas seguros, con mas aparejo de vituallas; y estos echasen un pedido á manera de limosna, que los de veinte y cuatro años hasta cuarenta y cinco contribuyesen diferentemente de los viejos, mujeres, niños, y impedidos: con tal astucia reconocieron el número de la gente útil para tomar armas, y la que habia armada en el reino.

Estos y otros indicios, y los delitos de los monfíes mas públicos, graves y á menudo que solian, dieron ocasion al marqués de Mondejar[42], al conde Tendilla su hijo, á cuyo cargo estaba la guerra, á D. Pedro de Deza, presidente de la chancillería, caballero que habia pasado por todos los oficios de su profesion, y dado buena cuenta de ellos, al arzobispo, á los jueces de inquisicion, de poner nuevo cuidado y diligencia en descubrir los motivos de estos hombres, y asegurarse parte con lo que podian, y parte con acudir al rey y pedir mayores fuerzas cada uno segun su oficio, para hacer justicia, y reprimir la insolencia; que este nombre le ponian, como á cosa incierta, hasta que estando el marqués de Mondejar en Madrid, fue avisado el rey mas particularmente. Partió el marqués en diligencia, y llevó comision para crecer en la guardia del reino alguna poca gente, pero la que pareció que bastaba en aquella ocasion, y en las que se ofreciesen por mar contra los moros berberíes. Mas las personas á cuyo cargo era la provision, aunque se creyeron los avisos; ó importunados con el menudear de ellos, ó juzgando á los autores por mas ambiciosos que diligentes, hicieron provision tan pequeña, que bastó para mover las causas de la enfermedad, y no para remedialla; como suelen medicinas flojas en cuerpos llenos. Por lo cual, vistas por los monfíes y principales de la conjuracion las diligencias que se hacian de parte de los ministros para apurar la verdad del tratado; el temor de ser prevenidos, y la avilanteza de nuestras pocas fuerzas, los acució á resolverse sin aguardar socorro, con solo avisar á Berbería del término en que las cosas se hallaban, y solicitar gente y armas con la armada, dando por contraseño que entre los navíos que viniesen de Argel y Tituan trajesen las capitanas una vela colorada, y que los navíos de Tituan acudiesen á la costa de Marbella para dar calor á la sierra de Ronda y tierra de Málaga; y los de Argel á cabo de Gata, que los romanos llamaban promontorio de Caridemo, para socorrer á la Alpujarra y rios de Almería y Almazora, y mover con la vecindad los ánimos de la gente sosegada en el reino de Valencia. Mas estos estuvieron siempre firmes: ó que en la memoria de los viejos quedase el mal suceso de la sierra de Espadan en tiempo del emperador Cárlos; ó que teniendo por liviandad el tratado, y dificultosa la empresa, esperasen á ver como se movia la generalidad, con que fuerzas, fundamento, y certeza de esperanzas en Berbería. Enviaron á Argel al Partal que vivia en Narila, lugar del partido de Cadiar, hombre rico, diligente y tan cuerdo, que la segunda vez que fue á Berbería, llevó su hacienda y dos hermanos, y se quedó en Argel. Este y el Jeniz, que despues vendió y mató al Abenabó su señor, á quien ellos levantaron por segundo rey, estaban en aquella congregacion como diputados en nombre de toda la Alpujarra; y por tener alguna cabeza en quien se mantuviesen unidos, mas que por sujetarse á otras sino á las que el rey de Argel los nombrase, resolvieron en veinte y siete de setiembre hacer rey[43], persuadidos con la razon de D. Fernando1568. de Valor, el zaguer, que en su lengua quiere decir el menor, á quien por otro nombre llamaban Aben Jauhar, hombre de gran autoridad y de consejo maduro, entendido en las cosas del reino y de su ley. Este viendo que la grandeza del hecho traía miedo, dilacion, diversidad de casos; mudanzas de pareceres, los juntó en casa de Zinzan en el Albaicin, y les habló:

«Poniéndoles delante la opresion en que estaban, sujetos á hombres públicos y particulares, no menos esclavos que si lo fuesen. Mujeres, hijos, haciendas, y sus propias personas en poder y arbitrio de enemigos, sin esperanza en muchos siglos de verse fuera de tal servidumbre: sufriendo tantos tiranos como vecinos, nuevas imposiciones, nuevos tributos, y privados del refugio de los lugares de señorío, donde los culpados, puesto que por accidentes ó por venganzas (esta es la causa entre ellos mas justificada), se aseguran: echados de la inmunidad y franqueza de las iglesias, donde por otra parte los mandaban asistir á los oficios divinos con penas de dinero; hechos sujetos de enriquecer clérigos; no tener acogida á Dios ni á los hombres; tratados y tenidos como moros entre los cristianos para ser menospreciados, y como cristianos entre los moros para no ser creidos ni ayudados. Excluidos de la vida y conversacion de personas, mándannos que no hablemos nuestra lengua; y no entendemos la castellana: ¿en qué lengua habemos de comunicar los conceptos, y pedir ó dar las cosas, sin que no puede estar el trato de los hombres? Aun á los animales no se vedan las voces humanas. ¿Quién quita que el hombre de lengua castellana no pueda tener la ley del Profeta, y el de la lengua morisca la ley de Jesus? Llaman á nuestros hijos á sus congregaciones y casas de letras: enséñanles artes que nuestros mayores prohibieron aprenderse, porque no se confundiese la puridad, y se hiciese litigiosa la verdad de la ley. Cada hora nos amenazan quitarlos de los brazos de sus madres, y de la crianza de sus padres, y pasarlos á tierras ajenas, donde olviden nuestra manera de vida, y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendramos, y de las madres que los parieron. Mándannos dejar nuestro hábito, y vestir el castellano. Vístense entre ellos los tudescos de una manera, los franceses de otra, los griegos de otra, los frailes de otra, los mozos de otra, y de otra los viejos: cada nacion, cada profesion y cada estado usa su manera de vestido, y todos son cristianos; y nosotros moros, porque vestimos á la morisca, como si trujésemos la ley en el vestido, y no en el corazon. Las haciendas no son bastantes para comprar vestidos para dueños y familias; del hábito que traíamos no podemos disponer, porque nadie compra lo que no ha de traer; para traello es prohibido, para vendello es inútil. Cuando en una casa se prohibiere el antiguo, y comprare el nuevo del caudal que teníamos para sustentarnos, ¿de qué viviremos? Si queremos mendigar nadie nos socorrerá como á pobres, porque somos pelados como ricos: nadie nos ayudará, porque los moriscos padecemos esta miseria y pobreza, que los cristianos no nos tienen por prójimos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en la tierra de las guerras contra Castilla, que casando su hija el alcaide de Loja, grande y señalado capitan que llamaban Alatar, deudo de algunos de los que aquí nos hallamos, hubo de buscar vestidos prestados para la boda. ¿Con qué haciendas, con qué trato, con qué servicio ó industria, en qué tiempo adquiriremos riqueza para perder unos hábitos y comprar otros? Quítannos el servicio de los esclavos negros; los blancos no nos eran permitidos por ser de nuestra nacion: habíamoslos comprado, criado, mantenido: ¿esta pérdida sobre las otras? ¿Qué harán los que no tuvieren hijos que los sirvan, ni hacienda con que mantener criados si enferman, si se inhabilitan, si envejecen, sino prevenir la muerte? Van nuestras mujeres, nuestras hijas, tapadas las caras, ellas mismas á servirse y proveerse de lo necesario á sus casas; mándanles descubrir los rostros: si son vistas, serán codiciadas y aun requeridas; y veráse quien son las que dieron la avilanteza al atrevimiento de mozos y viejos. Mándannos tener abiertas las puertas que nuestros pasados con tanta religion y cuidado tuvieron cerradas, no las puertas, sino las ventanas y resquicios de casa. ¿Hemos de ser sujetos de ladrones, de malhechores, de atrevidos y desvergonzados adúlteros, y que estos tengan dias determinados y horas ciertas, cuando sepan que pueden hurtar nuestras haciendas, ofender nuestras personas, violar nuestras honras? No solamente nos quitan la seguridad, la hacienda, la honra, el servicio, sino tambien los entretenimientos; así los que se introdujeron por la autoridad, reputacion y demostraciones de alegría en las bodas, zambras, bailes, músicas, comidas; como los que son necesarios para la limpieza, convenientes para la salud. ¿Vivirán nuestras mujeres sin baños, introduccion tan antigua? ¿Veránlas en sus casas tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento, por vestido, por sanidad? Representóles el estado de la cristiandad; las divisiones entre herejes y católicos en Francia; la rebelion de Flandes; Inglaterra sospechosa; y los flamencos huidos solicitando en Alemania á los príncipes de ella. El rey falto de dineros y gente plática, mal armadas las galeras, proveidas á remiendos, la chusma libre; los capitanes y hombres de cabo descontentos, como forzados. Si previniesen no solamente el reino de Granada, pero parte del Andalucía que tuvieron sus pasados, y agora poseen sus enemigos, pueden ocupar con el primer ímpetu; ó mantenerse en su tierra, cuando se contenten con ella sin pasar adelante. Montaña áspera, valles al abismo, sierras al cielo, caminos estrechos, barrancos y derrumbaderos sin salida: ellos gente suelta, plática en el campo, mostrada á sufrir calor, frio, sed, hambre; igualmente diligentes y animosos al acometer, prestos á desparcirse y juntarse: españoles contra españoles, muchos en número, proveidos de vitualla, no tan faltos de armas que para los principios no les basten; y en lugar de las que no tienen, las piedras delante de los pies, que contra gente desarmada son armas bastantes. Y cuanto á los que se hallaban presentes, que en vano se habian juntado, si cualquiera de ellos no tuviera confianza del otro que era suficiente para dar cobro á tan gran hecho, y si, como siendo sentidos habian de ser compañeros en la culpa y el castigo, no fuesen despues parte en las esperanzas y frutos de ellas, llevándolas al cabo. Cuanto mas que ni las ofensas podian ser vengadas, ni deshechos los agravios, ni sus vidas y casas mantenidas, y ellos fuera de servidumbre; sino por medio del hierro, de la union y concordia, y una determinada resolucion con todas sus fuerzas juntas. Para lo cual era necesario elegir cabeza de ellos mismos, ó fuese con nombre de jeque, ó de capitan, ó de alcaide, ó de rey, si les pluguiese, que los tuviese juntos en justicia y seguridad.»

Jeque llaman ellos el mas honrado de una generacion, quiere decir, el mas anciano: á estos dan el gobierno con autoridad de vida y muerte. Y porque esta nacion se vence tanto mas de la vanidad de la astrología y adivinanzas, cuanto mas vecinos estuvieron sus pasados de Caldea, donde la ciencia tuvo principio, no dejó de acordalles á este propósito, cuantos años atrás por boca de grandes sabios en movimiento y lumbre de estrellas, y profetas en su ley, estaba declarado, que se levantarian á tornar por sí; cobrarian la tierra y reinos que sus pasados perdieron, hasta señalar el mismo año despues que Mahoma les dió la ley (hegira le llaman ellos en su cuenta, que quiere decir el destierro, porque la dió siendo desterrado de Meca), y venia justo con esta rebelion. Representóles prodigios y apariencias extraordinarias de gente armada en el aire á las faldas de Sierra Nevada, aves de desusada manera dentro en Granada, partos monstruosos de animales en tierra de Baza, y trabajos del sol con el eclipse de los años pasados, que mostraban adversidad á los cristianos, á quien ellos atribuyen el favor, ó disfavor de este planeta; como á sí el de la luna.

Tal fue la habla que D. Fernando el zaguer les hizo; con que quedaron animados, indignados y resueltos en general de rebelarse presto, y en particular de elegir rey de su nacion; pero no quedaron determinados en el cuando precisamente, ni á quien. Una cosa muy de notar califica los principios de esta rebelion, que gente de mediana condicion mostrada á guardar poco secreto y hablar juntos, callasen tanto tiempo, y tantos hombres, en tierra donde hay alcaldes de corte y inquisidores, cuya profesion es descubrir delitos. Habia entre ellos un mancebo llamado D. Fernando de Valor, sobrino de D. Fernando el zaguer, cuyos abuelos se llamaron Hernandos y de Valor, porque vivian en Valor, el alto, lugar de la Alpujarra puesto cuasi en la cumbre de la montaña: era descendiente del linaje de Aben Humeya, uno de los nietos de Mahoma, hijos de su hija, que en tiempos antiguos tuvieron el reino de Córdoba y el Andalucía; rico de rentas, callado y ofendido, cuyo padre estaba preso por delitos en las cárceles de Granada. En este pusieron los ojos; así porque les movió la hacienda, el linaje, la autoridad del tio; como porque habia vengado la ofensa del padre matando secretamente uno de los acusadores, y parte de los testigos. De esta resolucion, aunque no tan en particular, hubo noticia, y fue el rey avisado; pero estaba el negocio cierto y el tiempo en duda: y, como suele acontecer á las provisiones en que se junta la dificultad con el temor, cada uno de los consejeros era en que se atajase con mayor poder; pero juntos juzgaban ser el remedio fácil, y las fuerzas de los ministros bastantes, el dinero poco necesario, porque habia de salir del mismo negocio; y menospreciaban esto, encareciendo el remedio de mayores cosas: porque los estados de Flandes desasosegados por el príncipe de Orange eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte en sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania, y designios de Italia, daban cuidado; y tanto mayor por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses, y alemanes; y por quejas de tributos, y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados. Esto dió á los enemigos mayor avilanteza, y á nosotros causa de dilacion. Comenzaron á juntar mas al descubierto gente de todas maneras: si hombre ocioso habia perdido su hacienda, malbaratándola por redimir delitos; si homicida, salteador ó condenado en juicio, ó que temiese por culpas que lo seria; los que se mantenian de perjurios, robos, muertes; los que la maldad, la pobreza, los delitos traían desasosegados, fueron autores ó ministros de esta rebelion. Si algun bueno habia y fuera de semejantes vicios, con el ejemplo y conversacion de los malos brevemente se tornaba como ellos; porque cuando el vínculo de la vergüenza se rompe entre los buenos, mas desenfrenados son en las maldades que los peores. En fin el temor de que eran descubiertos, y seria prevenida su determinacion con el castigo, movió á los que gobernaban el negocio, y entre ellos á D. Fernando el zaguer, á pensar en algun caso con que obligasen y necesitasen al pueblo á salir de tibieza, y tomar las armas. Juntáronse tercera vez las cabezas de la conjuracion y otras, con veinte y seis personas del Alpujarra á San Miguel en casa del Hardon, hombre señalado entre ellos, á quien mandó el duque de Arcos despues justiciar. Posaba en la casa del Carcí, yerno suyo: eligieron á D. Fernando de Valor por rey con esta solemnidad: los viudos á un cabo, los por casar á otro, los casados á otro, y las mujeres á otra parte. Leyó uno de sus sacerdotes, que llaman faquíes, cierta profecía hecha en el año de los árabes de... y comprobada por la autoridad de su ley, consideraciones de cursos y puntos de estrellas en el cielo, que trataba de su libertad por mano de un mozo de linaje real, que habia de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaria la de los cristianos. Dijo que esto concurria en D. Fernando, y concertaba con el tiempo. Vistiéronle de púrpura, y pusiéronle á torno del cuello y espaldas una insignia colorada á manera de faja. Tendieron cuatro banderas en el suelo, á las cuatro partes del mundo, y él hizo su oracion inclinándose sobre las banderas, el rostro al oriente (zalá la llaman ellos), y juramento de morir en su ley y en el reino; defendiéndola á ella, y á él, y á sus vasallos. En esto levantó el pie; y en señal de general obediencia postróse Aben Farax en nombre de todos, y besó la tierra donde el nuevo rey tenia la planta. Á este hizo su justicia mayor: lleváronle en hombros, levantáronle en alto diciendo: Dios ensalce á Mahomet Aben Humeya rey de Granada y de Córdoba. Tal era la antigua ceremonia con que elegian los reyes de la Andalucía, y despues los de Granada. Escribieron cartas los capitanes de la gente á los compañeros en la conjuracion; señalaron dia y hora para ejecutalla; fueron los que tenian cargos á sus partidos. Nombró Aben Humeya por capitan general á su tio Aben Jauhar, que partió luego para Cadiar, donde tenia casa y hacienda.

Pasaba el capitan Herrera á la sazon de Granada para Abra con cuarenta caballos, y vino á hacer la noche en Cadiar. Mas Aben Jauhar el zaguer, vista la ocasion tan á su propósito, habló con los vecinos persuadiéndoles que cada uno matase á su huésped. No fueron perezosos; porque pasada la media noche no hubo dificultad en matar muchos á pocos, armados á desarmados, prevenidos á seguros y torpes con el sueño, con el cansancio, con el vino: pasaron al capitan y á los soldados por la espada. Venida la mañana juntáronse, y tomaron lo áspero de la sierra, como gente levantada; donde ni hubo tiempo ni aparejo para castigallos. Este fue el primer exceso y mas descubierto con que los enemigos, ó por fuerza ó por voluntad fueron necesitados á tomar las armas sin otra respuesta de Berbería mas de esperanzas, y esas generales. Era entonces Selim el II, emperador de los turcos recien heredado, victorioso por la toma de Zigueto, plaza fuerte y proveida en Hungría: habia hecho nueva tregua con el emperador Maximiliano el II, concertándose con el sofí por la parte de Armenia, y por la de Suria con los jeques alárabes que le trabajaban sus confines, y con los genízaros, infantería que se suele desasosegar con la entrada de nuevo señor. Tenia en el ánimo las empresas que descubrió contra venecianos en Cipro, contra el rey de Túnez en Berbería; y que como no le convenia repartir sus fuerzas en muchas partes, así le convenia que las del rey católico estuviesen repartidas y ocupadas. Dícese, que en este tiempo vino del rey de Argel respuesta á los moriscos animándolos á perseverar en la prosecucion del tratado, pero excusándose de enviar el armada, con que esperaba órden de Constantinopla. El rey de Fez, como religioso en su ley, y del linaje de los Jarifes, tenidos entre los moros por santos, les prometió mas resuelto socorro. Todavía vinieron por medio de personas fiadas á tratar ambos reyes de la calidad del caso, de la posibilidad de los moriscos; y midiendo sus fuerzas de mar y tierra con las del rey de España, hallaron no ser bastantes para contrastalle: y aunque se confederaron, solo fue para que el rey de Argel hiciese la empresa de Túnez y Biserta, en tanto que el rey D. Felipe estaba ocupado en allanar la rebelion de Granada; y juntamente permitir que de sus tierras fuese alguna gente á sueldo en especial de moros andaluces, que se habian pasado á Berbería; y mercaderes pudiesen cargar armas, municiones, vitualla, con que los moriscos fuesen por sus dineros socorridos.

Alpujarra llaman toda la montaña sujeta á Granada, como corre de levante á poniente prolongándose entre tierra de Granada y la mar, diez y siete leguas en largo, y once en lo mas ancho, poco mas ó menos: estéril y áspera de suyo, sino donde hay vegas; pero con la industria de los moriscos (que ningun espacio de tierra dejan perder), tratable y cultivada, abundante de frutos y ganados y cria de sedas. Esta montaña como era principal en la rebelion, así la escogieron por sitio en que mantener la guerra, por tener la mar donde esperaba socorro, por la dificultad de los pasos y calidad de la tierra, por la gente que entre ellos es tenida por brava. Habian ya pensado rebelarse otras dos veces antes, una jueves santo, otra por setiembre de este año: tenian prevenido á Aluch Alí con el armada de Argel; mas él entendiendo que el conde de Tendilla estaba avisado y aguardándole en el campo, volvió, dejándose de la empresa, con el armada á Berbería. En fin á los veinte y tres de diciembre, luego que sucedió el caso de Cadiar, la misma gente con las armas mojadas en la sangre de aquellos pocos, salieron en público; movieron los lugares comarcanos y los demás de la Alpujarra, y rio de Almería, con quien tenian comun el tratado, enviando por corredores, y para descubrir los ánimos y motivo de la gente de Granada y la Vega, á Farax Aben Farax con hasta ciento y cincuenta hombres, gente suelta y desmandada, escogida entre los que mayor obligacion y mas esfuerzo tenian. Ellos recogiendo la que se les llegaba, tomaron resolucion de acometer á Granada, y caminaron para ella con hasta seis mil hombres mal armados, pero juntos y con buena órden, segun su costumbre.

En España no habia galeras: el poder del rey ocupado en regiones apartadas, y el reino fuera de tal cuidado, todo seguro, todo sosegado: que tal estado era el que á ellos parecia mas á su propósito. Los ministros y gente en Granada mas sospechosa, que proveida; como pasa donde hay miedo y confusion. Pero fue acontecimiento hacer aquella noche tan mal tiempo, y caer tanta nieve en la sierra que llaman Nevada y antiguamente Soloria, y los moros Solaira; que cegó los pasos y veredas cuanto bastaba, para que tanto número de gente no pudiese llegar. Mas Farax con los ciento y cincuenta hombres poco antes del amanecer entró por la puerta alta de Guadix, donde junta con Granada el camino de la sierra, con instrumentos y gaitas, como es su costumbre. Llegaron al Albaicin, corrieron las calles, procuraron levantar el pueblo haciendo promesas, pregonando sueldo de parte de los reyes de Fez y Argel, y afirmando que con gruesas armadas eran llegados á la costa del reino de Granada: cosa que escandalizó y atemorizó los ánimos presentes; y á los ausentes dió tanto mas en que pensar, cuanto mas lejos se hallaban: porque semejantes acaecimientos, cuanto mas se van apartando de su principio, tanto parecen mayores, y se juzgan con mayor encarecimiento. ¡Y qué en un reino pacífico, lleno de armas, prudencia, justicia, riquezas; gobernado por el rey que pocos años antes habia hecho en persona el mayor principio que nunca hizo rey en España; vencido en un año dos batallas; ocupado por fuerza tres plazas al poder de Francia; compuesto negocio tan desconfiado como la restitucion del duque de Saboya; hecho por sus capitanes otras empresas; atravesado sus banderas de Italia á Flandes (viaje al parecer imposible), por tierras y gentes, que despues de las armas romanas nunca vieron otras en su comarca; pacificado sus estados con victorias, con sangre, con castigos; dentro, en el reposo, en la seguridad de su reino, en ciudad poblada por la mayor parte de cristianos, tanto mar en medio, tantas galeras nuestras; entrase gente armada con espadas de tantos hombres por medio de la ciudad, apellidando nombres de reyes infieles enemigos! Estado poco seguro es el de quien se descuida, creyendo que por sola su autoridad nadie se puede atrever á ofendelle. Los moriscos, hombres mas prevenidos que diestros, esperaban por horas la gente de la Alpujarra: salian el Tagari y Monfarrix, dos capitanes, todas las noches al cerro de Santa Helena por reconocer; y salieron la noche antes con cincuenta hombres escogidos, y diez y siete escalas grandes, para juntándose con Farax entrar en el Alhambra; mas visto que no venian al tiempo, escondiendo las escalas en una cueva se volvieron, sin salir la siguiente noche, pareciéndoles, como poco pláticos de semejantes casos, que la tempestad estorbaria á venir tanta gente junta, con que pudiesen ellos y sus compañeros poner en ejecucion el tratado del Alhambra; debiéndose esperar semejante noche para escalarla. Mas los del Albaicin estuvieron sosegados en las casas, cerradas las puertas, como ignorantes del tratado, oyendo el pregon; porque aunque se hubiese comunicado con ellos, no con todos en general ni particularmente; ni estaban todos ciertos del dia (aunque se dilató poco la venida), ni del número de la gente, ni de la órden con que entraban, ni de la que en lo por venir temian. Díjose, que uno de los viejos abriendo la ventana, preguntó: cuantos eran, y respondiéndole: seis mil, cerró, y dijo: pocos sois, y venis presto, dando á entender que habian primero de comenzar por el Alhambra, y despues venir por el Albaicin, y con las fuerzas del rey de Argel. Tampoco se movieron los de la Vega, que seguian á los del Albaicin; especialmente no oyendo la artillería del Alhambra que tenian por contraseño. Habia entre los que gobernaban la ciudad emulacion y voluntades diferentes; pero no por esto así ellos como la gente principal y pueblo, dejaron de hacer la parte que tocaba á cada uno. Estúvose la noche en armas; tuvo el conde de Tendilla el Alhambra á punto, escandalizado de la música morisca, cosa en aquel tiempo ya desusada; pero avisado de lo que era, con mejor guardia. El marqués, aunque no tenia noticia del contraseño que los moros habian dado á la gente de la Vega, y él le tenia dado á la gente de la ciudad, que en la ocasion habia de disparar tres piezas; temiendo que si se hacia pensasen los moros que estaba en aprieto, y acometiesen el Alhambra, en que habia poca guardia, mandó que ningun movimiento se hiciese, ni se pidiese gente á la ciudad; que fue la salvacion del peligro, aunque proveido á otro propósito; porque acudiendo los moriscos de la Vega al contraseño, necesitaban á los del Albaicin á declararse y juntarse con ellos, y como descubiertos combatir la ciudad. Bajó el conde á la plaza nueva y puso la gente en órden: acudieron muchos de los forasteros y de la ciudad, personas principales, al presidente D. Pedro de Deza por su oficio, por el cuidado que le habian visto poner en descubrir y atajar el tratado, por su afabilidad, buena manera generalmente con todos, y algunos por la diferencia de voluntades que conocian entre él y el marqués de Mondejar. Este, con solos cuatro de á caballo y el corregidor, subió al Albaicin, mas por reconocer lo pasado, que suspender el daño que se esperaba, ó asosegar los ánimos que ya tenia por perdidos, contento con alargar algun dia el peligro; mostrando confianza, y gozar del tiempo que fuese comun á ellos, para ver como procedian sus valedores; y á él para armarse y proveerse de lo necesario, y resistir á los unos y á los otros. Hablóles: «encareció su lealtad y firmeza, su prudencia en no dar crédito á la liviandad de pocos y perdidos, sin prendas, livianos; hombres que con las culpas ajenas pensaban redimir sus delitos ó adelantarse. Tal confianza se habia hecho siempre, y en casos tan calificados de la voluntad que tenian al servicio del rey, poniendo personas, haciendas y vidas con tanta obediencia á los ministros; ofreciéndose de ser testigo, y representador de su fe y servicios, intercediendo con el rey para que fuesen conocidos, estimados y remunerados.» Pero ellos respondiendo pocas palabras, y esas mas con semblante de culpados y arrepentidos que de determinados, ofrecieron la obra y perseverancia que habian mostrado en todas las ocasiones; y pareciéndole al marqués bastar aquello sin quitalles el miedo que tenian del pueblo, se bajó á la ciudad. Habia ya enviado á reconocer los enemigos; porque ni del propósito, ni del número, ni de la calidad de ellos, ni de las espaldas con que habian entrado se tenia certeza, ni del camino que hacian. Refirieron que habiendo parado en la casa de las Gallinas, atravesaban el Genil la vuelta de la sierra; puso recaudo en los lugares que convenia; encomendó al corregidor la guardia de la ciudad; dejó en el Alhambra donde habia pocos soldados mal pagados, y estos de á caballo, el recaudo que bastaba, juntando á este los criados y allegados del conde de Tendilla, personas de crédito y amistades en la ciudad. Él con la caballería que se halló, siguió á los enemigos llevando consigo á su yerno y hijos[44]: siguiéronle, parte por servir al rey, parte por amistad, ó por probar sus personas, por curiosidad de ver toda la gente desocupada y principal que se hallaba en la ciudad. Salió con la gente de su casa el conde de Miranda D. Pedro de Zúñiga[45], que á la sazon residia en pleitos, grande, igual en estado y linaje: eran todos pocos, pero calificados. Mas los enemigos, visto que los vecinos del Albaicin estaban quedos, y los de la Vega no acudian; con haber muerto un soldado, herido otro, saqueado una tienda y otra como en señal de que habian entrado, tomaron el camino que habian traido, y por las espaldas de la Alhambra prolongando la muralla, llegaron á la casa que por estar sobre el rio llamaban los moros Dar-al-huet, y nosotros de las Gallinas, segun los atajadores habian referido. Pararon á almorzar, y estuvieron hasta las ocho de la mañana; todo guiado por Farax para mostrar que habia cumplido con la comision, y acusar á los del Albaicin ó su miedo ó su desconfianza, y aun con esperanza que llegada la gente de la Alpujarra harian mas movimiento. Pero despues que ni lo uno ni lo otro le sucedió, acogióse al camino de Nigueles arrimándose á la falda de la montaña, y puesto en lo áspero, caminó haciendo muestra que esperaba. Pocos de la compañía del marqués alcanzaron á mostrarse, y ninguno llegó á las manos por la aspereza del sitio; aunque le siguieron por el paso del rio de Monachil hasta atravesar el barranco, y de allí al paraje de Dilar, por donde entraron sin daño en lo mas áspero.

Duró este seguimiento hasta el anochecer, que pareció al marqués poco necesario quedar allí, y mucho proveer á la guarda y seguridad de la ciudad; temeroso que juntándose los moriscos del Albaicin con los de la Vega, la acometerian sola de gente y desarmada. Tornó una hora antes de media noche; y sin perder tiempo comenzó á prevenir y llamar la gente que pudo, sin dineros, y que estaba mas cerca; los que por servir al rey, los que por su seguridad, por amistad del marqués, memoria del padre y abuelo, cuya fama era grande en aquel reino, por esperanza de ganar, por el ruido ó vanidad de la guerra, quisieron juntarse. Hizo llamamientos generales pidiendo gente á las ciudades y señores de la Andalucía, á cada uno conforme á la obligacion antigua y usanza de los concejos, que era venir la gente á su costa el tiempo que duraba la comida que podia traer á los hombros (talegas las llamaban los pasados, y nosotros ahora mochilas). Contábase para una semana; mas acabada servian tres meses pagados por sus pueblos enteramente, y seis meses adelante pagaban los pueblos la mitad, y otra mitad el rey: tornaban estos á sus casas, venian otros; manera de levantarse gente dañosa para la guerra y para ella, porque siempre era nueva. Esta obligacion tenian como pobladores por razon del sueldo que el rey les repartia por heredades, cuando se ganaba algun lugar de los enemigos. Llamó tambien á soldados particulares aunque ocupados en otras partes; á los que vivian al sueldo del rey, á los que olvidadas ó colgadas las esperanzas y armas reposaban en sus casas. Proveyó de armas y de vituallas; envió espías por todas partes á calar el motivo de los enemigos; avisó y pidió dinero al rey, para resistillos y asegurar la ciudad. Mas en ella era el miedo mayor que la causa: cualquier sospecha daba desasosiego, y ponia los vecinos en arma; discurrir á diversas partes, de ahí volver á casa; medir el peligro cada uno con su temor, trocados de continua paz en continua alteracion, tristeza, turbacion, y priesa; no fiar de persona ni de lugar; las mujeres á unas y á otras partes preguntar, visitar templos: muchas de las principales se acogieron á la Alhambra, otras con sus familias salieron por mayor seguridad á lugares de la comarca. Estaban las casas yermas y las tiendas cerradas; suspenso el trato; mudadas las horas de oficios divinos y humanos; atentos los religiosos y ocupados en oraciones y plegarias, como se suele en tiempo y punto de grandes peligros. Llegó en las primeras la gente de las villas sujetas á Granada, la de Alcalá y Loja: envió el marqués una compañía que sacase los cristianos viejos que estaban en Restaval, cierto que el primer acometimiento seria contra ellos: en Durcal puso dos compañías, porque los enemigos no pasasen á Granada sin quedar guarnicion de gente á las espaldas; y á D. Diego de Quesada con una compañía de infantería y otra de caballos en guarda de la puente de Tablate, paso derecho de la Alpujarra á Granada. El presidente aliviado ya del peligro presente, comenzó á pensar con mas libertad en el servicio del rey, ó en la emulacion contra el marqués de Mondejar: escribió á D. Luis Fajardo, marqués de Velez, que era adelantado del reino de Murcia y capitan general en la provincia de Cartagena (ciudad nombrada mas por la seguridad del puerto y por la destruicion que en ella hizo Scipion el Africano, que por la grandeza ó suntuosidad del edificio), animándole á juntar gente de aquellas provincias y de sus deudos y amigos, y entrar en el rio de Almería; donde haria servicio al rey, socorreria aquella ciudad que de mar y tierra estaba en peligro, y aprovecharia á la gente con las riquezas de los enemigos. Era el marqués tenido por diligente y animoso; y entre él y el marqués de Mondejar hubo siempre diferencias y alongamiento de voluntad, traido dende los padres y abuelos. El de Velez sirvió al emperador en las empresas de Túnez y Provenza, el de Mondejar en la de Argel; ambos tenian noticia de la tierra donde cada uno de ellos servia. Comenzó el de Velez á ponerse en órden, á juntar gente, parte á sueldo de su hacienda, parte de amigos.

Entre tanto el nuevo electo rey de Granada, en cuanto le duró la esperanza que el Albaicin y la Vega habian de hacer movimiento, estuvo quedo; mas como vió tan sosegada la gente, y las voluntades con tan poca demostracion, salió solo camino de la Alpujarra: encontráronle á la salida de Lanjaron, á pie, el caballo del diestro; pero siendo avisado que no pasase adelante, porque la tierra estaba alborotada, subió en su caballo, y con mas priesa tomó el camino de Valor. Habian los moriscos levantados hecho de sí dos partes; una llevó el camino de Orgiba, lugar del duque de Sesa (que fue de su abuelo el Gran Capitan) entre Granada y la entrada de la Alpujarra, al levante tierra de Almería, al poniente la de Salobreña y Almuñecar, al norte la misma Granada, al mediodia la mar con muchas calas donde se podian acoger navíos grandes. Sobre esta villa como mas importante se pusieron dos mil hombres repartidos en veinte banderas: las cabezas eran el alcaide de Mecina y el corcení de Motril. Fueron los cristianos viejos avisados, que serian como ciento y sesenta personas, hombres, mujeres y niños: recogiólos en la torre de Gaspar de Saravia, que estaba por el duque. Mas los moros comenzaron á combatirla; pusieron arcabucería en la torre de la iglesia, que los cristianos saltando fuera echaron de ella: llegáronse á picar la muralla con una manta, la cual les desbarataron echando piedras y quemándola con aceite y fuego; quisieron quemar las puertas, pero halláronlas ciegas con tierra y piedra. Amonestábalos á menudo un almuedano desde la iglesia con gran voz, que se rindiesen á su rey Aben Humeya. (Dicen almuedano al hombre que á voces los convoca á oracion; porque en su ley se les prohibe el uso de las campanas.) Llamaron á un vicario de Poqueira, hombre entre unos y los otros de autoridad y crédito, para que los persuadiese á entregarse; certificándoles que Granada y el Alhambra estaban ya en poder de los moros: prometian la vida y libertad al que se rindiese, y al que se tornase moro la hacienda y otros bienes para él y sus sucesores: tales eran los sermones que les hacian. La otra banda de gente caminó derecho á Granada á hacer espaldas á Farax Aben Farax y á los que enviaron, y á recibir al que ellos llamaban rey, á quien encontraron cerca de Lanjaron, y pasaron con él adelante hasta Durcal. Pero entendiendo que el marqués habia dejado puesta guarnicion en él, volvieron á Valor el alto, y de allí á un barrio que llaman Laujar en el medio de la Alpujarra; adonde con la misma solemnidad que en Granada, le alzaron en hombros y le eligieron por su rey. Allí acabó de repartir los oficios, alcaidías, alguacilazgos por comarcas (á que ellos llaman en su lengua tahas), y por valles, y declaró por capitan general á su tio Aben Jauhar que llamaban D. Fernando el zaguer, y por su alguacil mayor á Farax Aben Farax: (alguacil dicen ellos al primer oficio despues de la persona del rey, que tiene libre poder en la vida y muerte de los hombres sin consultarlo). Vistiéronle de púrpura; pusiéronle casa como á los reyes de Granada, segun que lo oyeron á sus pasados. Tomó tres mujeres; una con quien él tenia conversacion y la trujo consigo, otra del rio de Almanzora, y otra de Tavernas; porque con el deudo tuviese aquella provincia mas obligada, sin otra con quien él primero fue casado, hija de uno que llamaban Rojas. Mas dende á pocos dias mandó matar al suegro y dos cuñados, porque no quisieron tomar su ley: dejó la mujer, perdonó la suegra, porque la habia parido, y quiso gracias por ello como piadoso. Comenzaron por el Alpujarra, rio de Almería, Bolodui, y otras partes á perseguir á los cristianos viejos, profanar y quemar las iglesias con el sacramento, martirizar religiosos y cristianos, que, ó por ser contrarios á su ley, ó por haberlos dotrinado en la nuestra, ó por haberlos ofendido, les eran odiosos. En Guecija, lugar del rio de Almería, quemaron por voto un convento de frailes agustinos, que se recogieron á la torre, echándoles por un horado de lo alto aceite hirviendo: sirviéndose de la abundancia que Dios les dió en aquella tierra, para ahogar sus frailes. Inventaban nuevos géneros de tormentos: al cura de Mairena hincheron de pólvora y pusiéronle fuego; al vicario enterraron vivo hasta la cinta, y jugáronle á las saetadas; á otros lo mismo, dejándolos morir de hambre. Cortaron á otros miembros, y entregáronlos á las mujeres, que con agujas los matasen: á quien apedrearon, á quien acañaverearon, desollaron, despeñaron; y á los hijos de Arze, alcaide de la Peza, uno degollaron, y otro crucificaron, azotándole, y hiriéndole en el costado primero que muriese. Sufriólo el mozo, y mostró contentarse de la muerte conforme á la de nuestro Redentor, aunque en la vida fue todo al contrario; y murió confortando al hermano que descabezaron. Estas crueldades hicieron los ofendidos por vengarse; los monfíes por costumbre convertida en naturaleza. Las cabezas, ó las persuadian, ó las consentian: los justificados las miraban y loaban, por tener al pueblo mas culpado, mas obligado, mas desconfiado, y sin esperanzas de perdon: permitíalo el nuevo rey, y á veces lo mandaba. Fue gran testimonio de nuestra fe, y de compararse con la del tiempo de los apóstoles, que en tanto número de gente como murió á manos de infieles, ninguno hubo (aunque todos ó los mas fuesen requiridos y persuadidos con seguridad, autoridad y riquezas, y amenazados y puestas las amenazas en obra) que quisiese renegar; antes con humildad y paciencia cristiana las madres confortaban á los hijos, los niños á las madres, los sacerdotes al pueblo, y los mas distraidos se ofrecian con mas voluntad al martirio. Duró esta persecucion cuanto el calor de la rebelion y la furia de las venganzas; resistiendo Aben Jauhar y otros tan blandamente, que encendian mas lo uno y lo otro. Mas el rey, porque no pareciese que tantas crueldades se hacian con su autoridad, mandó pregonar que ninguno matase niño de diez años abajo, ni mujer ni hombre sin causa. En cuanto esto pasaba envió á Berbería á su hermano (que ya llamaban Abdalá) con presente de cautivos y la nueva de su eleccion al rey de Argel, la obediencia al señor de los turcos: dióle comision que pidiese ayuda para mantener el reino. Tras él envió á Hernando el Habaqui á tomar turcos á sueldo, de quien adelante se hará memoria. Mas este dejando concertados soldados, trajo consigo un turco llamado Dali, capitan, con armas y mercaderes, en una fusta. Recibió el rey de Argel á Abdalá como á hermano del rey: regalóle y vistióle de paños de seda; envióle á Constantinopla, mas por entretener al hermano con esperanzas, que por dalle socorro. En este mismo tiempo se acabaron de rebelar los demás lugares del rio de Almería.

Estaba entonces en Dalias Diego de la Gasca, capitan de Adra, que habiendo entendido el motin víspera de Navidad (dia señalado generalmente para rebelarse todo el reino), iba por reconocer á Ujijar; mas hallándola levantada, fue seguido de los enemigos hasta encerralle en Adra, lugar guardado á la marina, asentado cuasi donde los antiguos llamaban Abdera; que Pedro Verdugo, proveedor de Málaga, con barcos basteció de gente y vituallas, luego que entendió la muerte del capitan Herrera en Cadiar. Pasaron adelante visto el poco efecto que hacian en Adra, y juntando con su misma gente hasta mil y cuatrocientos hombres con un moro que llamaban el Ramí, ocuparon el Chitre (Chutre le dicen otros), sitio fuerte junto á Almería, creyendo que los moriscos vecinos de la ciudad tomarian las armas contra los cristianos viejos: escribieron y enviaron personas ciertas á solicitar entre otros á D. Alonso de Vanegas, hombre noble de gran autoridad, que con la carta cerrada se fue al ayuntamiento de los regidores; y leida, pensando un poco cayó desmayado, mas tornándole los otros regidores y reprendiéndole, respondió: recia tentacion es la del reino; y dióles la carta en que parecia como le ofrecian tomalle por rey de Almería. Vivió doliente dende entonces, pero leal y ocupado en el servicio del rey. Estaba D. García de Villarroel, yerno de D. Juan, el que murió dende á poco en las Guajaras, por capitan ordinario en Almería, y tomando la gente de la ciudad y la suya, dió sobre los enemigos otro dia al amanecer, pensando ellos que venia gente en su ayuda: rompiólos, y mató al Ramí con algunos. Los que de allí escaparon, juntándose con otra banda del Cehel, y llevando á Hocaid de Motril por capitan, tomaron á Castil de Ferro, tenencia del duque de Sesa por tratado, matando la gente, sino á Machin el tuerto que se la vendió. De ahí pasaron á Motril, juntaron una parte del pueblo, y llevaron casas de moriscos volviendo sobre Adra; de donde salió Gasca con cuarenta caballos y noventa arcabuceros á reconocellos, y apartándose llamó un trompeta, cuyo nombre era Santiago, para enviar á mandar la gente; mas fue tan alta la voz, que pudieron oilla los soldados, y creyendo que dijese Santiago, como es costumbre de España para acometer los enemigos, arremetieron sin mas órden. Juntóse Diego de la Gasca con ellos, y fueron cuasi rotos los moros, retirándose con pérdida de cien hombres á la sierra. Iban estas nuevas cada dia creciendo; menudeaban los avisos del aprieto en que estaban los de la torre en Orgiba; que los moros de Berbería habian prometido gran socorro; que amenazaban á Almería y otros lugares aunque guardados en la marina, proveidos con poca gente. Temia el marqués si grueso número se acercase á Granada, que desasosegarian el Albaicin, levantarian las aldeas de la Vega, y tanto mayores fuerzas cobrarian, cuanto se tardase mas la resistencia: daríase ánimo á los turcos de Berbería de pasar á socorrellos con mayor priesa, confianza y esperanza; fortificarian plazas en que recogerse, y no les faltarian personas pláticas de esto y de la guerra entre otras naciones que les ayudasen, y firmarian el nombre de reino; puesto que vano y sin fundamento, perjudicial y odioso á los oidos del señor natural, por grande y poderoso que sea; daríase avilanteza á los descontentos, para pensar novedades.

Estando las cosas en estos términos vino Aben Humeya con la gente que tenia sobre Tablate, y trabando con don Diego de Quesada una escaramuza gruesa, cargó tanta gente de enemigos, que le necesitó á dejar la puente, y retirarse á Durcal. Estas razones y el caso de D. Diego fueron parte para que el marqués, con la gente que se hallaba, saliese de Granada á resistillos, hasta que viniese mas número con que acometellos á la iguala; dejando proveido á la guarda y seguridad de la ciudad y Alhambra á su hijo el conde de Tendilla por su teniente; al corregidor el sosiego, el gobierno, la provision de vituallas, la correspondencia de avisar al uno y al otro, con el presidente, de cuya autoridad se valiesen en las ocasiones. Salió de Granada á los tres de hebrero con propósito de socorrer á Orgiba: vino á Alhendin, y de allí al Padul. La gente que sacó fueron ochocientos infantes y doscientos caballos; demás de estos, los hombres principales, que ó con edad, ó con enfermedad ó con ocupaciones públicas no se excusaron, seguíanle, mirábanle como á salvador de la tierra, olvidada por entonces ó disimulada la pasion. Paró en el Padul pensando esperar allí la gente de la Andalucía sin dinero, sin vitualla, sin bagajes: con tan poca gente tomó la empresa; pero la misma noche á la segunda guardia oyéndose golpes de arcabuz en Durcal, creyendo todos que los enemigos habian acometido la guardia que allí estaba, partió con la caballería: halló que sintiendo su venida por el ruido de los caballos en el cascajo del rio, se habian retirado con la escuridad de la noche, dejando el lugar y llevando herida alguna gente; y el marqués para no darles avilanteza, tornando al Padul, acordó hacer en Durcal la masa. En tiempo de tres dias llegaron cuatro banderas de Baeza, con que crecia el marqués á mil y ochocientos infantes, y una compañía de noventa caballos; y teniendo aviso del trabajo en que estaban los de Orgiba, y que Aben Humeya juntaba gente para estorballe el paso de Tablate, salió de Durcal.

Entre tanto el conde de Tendilla recibia y alojaba la gente de las ciudades y señores en el Albaicin; y porque no bastaba para asegurarse de los moriscos de la ciudad y la tierra, y proveer á su padre de gente, nombró diez y siete capitanes, parte hijos de señores, parte caballeros de la ciudad, parte soldados, pero todos personas de crédito: aposentólos, y mantúvolos sin pagas con alojamientos y contribuciones. El marqués, dejando guardia en Durcal, paró aquella noche en Elchite, de donde partió en órden camino de la puente; y habiendo enviado una compañía de caballos con alguna arcabucería á recoger la gente que habia quedado atrás, para que asegurasen los bagajes y embarazos, y mandado volver á Granada los desarmados que vinieron de la Andalucía; tuvo aviso que los enemigos le esperaban, parte en la ladera, parte en la salida de la misma puente, y la estaban rompiendo. Eran todos cuasi tres mil y quinientos hombres, los mas de ellos armados de arcabuces y ballestas, los otros con hondas y armas enhastadas: comenzóse una escaramuza trabada; mas el marqués, visto que remolinaban algunas picas de su escuadron, arremetió adelante con la gente particular de manera, que apretó los enemigos hasta forzarlos á dejar la puente, y pasó una banda de arcabucería por lo que de ella quedaba entero. Con esta carga fueron rotos del todo, retrayéndose en poca órden á lo alto de la montaña. Algunos arcabuceros llegaron á Lanjaron, y entraron en el castillo que estaba desamparado: reparóse la puente con puertas, con rama, con madera que se trajo del lugar de Tablate, por donde pasó la caballería: el resto del campo se aposentó en él sin seguir los enemigos, por ser ya tarde y haberse ellos acogido á lo fuerte, donde los caballos no les podian dañar. El dia siguiente, dejando en la puente al capitan Valdivia con su compañía para seguridad de las escoltas que iban de Granada á la Alpujarra, por ser paso de importancia, tomó el camino de Orgiba donde los enemigos le esperaban al paso en la cuesta de Lanjaron; y habiendo sacado una banda de arcabucería con algunos caballos, mandó á don Francisco su hijo[46], que con ellos se mejorase en lo alto de la montaña, yendo él su camino derecho sin estorbo; porque Aben Humeya, con miedo que le tomasen los nuestros las cumbres que tenia para su acogida, dejó libre el paso; aunque la noche antes habia tenido su campo enfrente del nuestro con muchas lumbres y música en su manera, amenazando nuestra gente y apercibiéndola para otro dia á la batalla. Llegado el marqués á Orgiba socorrió la torre, en término que si tardara, era necesario perderse por falta de agua y vitualla, cansados de velar y resistir. He querido hacer tan particular memoria del caso de Orgiba, porque en él hubo todos los accidentes que en un cerco de grande importancia; sitiados y combatidos, quitadas las defensas, salidas de los de dentro contra los cercadores, á falta de artillería picados los muros, al fin hambreados, socorridos con la diligencia que ciudades ó plazas importantes; hasta juntarse dos campos tales cuales entonces los habia, uno á estorbar, otro á socorrer, darse batalla donde intervino persona y nombre de rey. Socorrida y proveida Orgiba de vitualla, municion y gente, la que bastaba para asegurar las espaldas al campo, mandando volver á Granada á órden del conde su hijo cuatro compañías de caballería, y una de infantería para guarda de la ciudad, partió contra Poqueira donde tuvo aviso que Aben Humeya habia parado resuelto de combatir: juntó con su gente dos compañías, una de infantería y otra de caballos, que le vino de Córdoba. Cerca del rio que divide el camino entre Orgiba y Poqueira, descubrió los enemigos en el paso que llaman Alfajarali. Eran cuatro mil hombres los principales que gobernaban apeados: hicieron una ala delgada en medio, á los costados espesa de gente como es su costumbre ordenar el escuadron; á la mano derecha, cubiertos con un cerro, habia emboscados quinientos arcabuceros y ballesteros; demás de esto otra emboscada en lo hondo del barranco, luego pasado el rio, de mucho mayor número de gente. La que el marqués llevaba serian dos mil infantes y trescientos caballos en un escuadron prolongado guarnecido de arcabucería y mangas, segun la dificultad del camino. La caballería, parte en la retaguardia, parte á un lado, donde la tierra era tal que podian mandarse los caballos; pero guarnecida asimismo de alguna infantería: porque en aquella tierra, aunque los caballos sirvan mas para atemorizar que para ofender, todavía son provechosos. Apartó del escuadron dos bandas de arcabucería y cien caballos, con que su hijo D. Francisco fuese á tomar las cumbres de la montaña: en esta órden bajando al rio, comenzó á subir escaramuzando con los enemigos; mas ellos, cuando pensaron que nuestra gente iba cansada, acometieron por la frente, por el costado, y por la retaguardia, todo á un tiempo; de manera que cuasi una hora se peleó con ellos á todas partes y á las espaldas, no sin igualdad y peligro; porque la una banda de arcabucería estuvo en términos de desórden, y la caballería lo mismo; pero socorrió el marqués con su persona los caballos, y enviando socorro á los infantes. Viendo los enemigos que les tomaba los altos nuestra arcabucería, ya rotos se recogieron á ellos con tiempo, desamparando el paso. Siguióse el alcance mas de media legua hasta un lugar que dicen Lubien: la noche y el cansancio estorbó que no se pasase adelante; murieron de ellos en este rencuentro cuasi seiscientos, de los nuestros siete; hubo muchos heridos de arcabuces y ballestas. Don Francisco de Mendoza, hijo del marqués, y D. Alonso Portocarrero, fueron aquel dia buenos caballeros, entre otros que allí se hallaron: D. Francisco cercado y fuera de la silla, se defendió con daño de los enemigos rompiendo por medio. D. Alonso, herido de dos saetadas con yerba, peleó hasta caer trabado del veneno usado dende los tiempos antiguos entre cazadores. Mas porque se va perdiendo el uso de ella con el de los arcabuces, como se olvidan muchas cosas con la novedad de otras, diré algo de su naturaleza. Hay dos maneras, una que se hace en Castilla en las montañas de Bejar y Guadarrama (á este monte llamaban los antiguos Orospeda, y al otro Idubeda), cociendo el zumo de vedegambre á que en lengua romana y griega dicen eléboro negro hasta que hace correa, y curándolo al sol, lo espesan y dan fuerza[47]; su olor agudo no sin suavidad, su color escuro, que tira á rubio. Otra se hace en las montañas nevadas de Granada de la misma manera, pero de la yerba que los moros dicen rejalgar, nosotros yerba, los romanos y griegos acónito, y porque mata los lobos, lycoctónos; color negro, olor grave, prende mas presto, daña mucha carne: los accidentes en ambas los mismos, frio, torpeza, privacion de vista, revolvimiento de estómago, arcadas, espumajos, desflaquecimiento de fuerzas hasta caer. Envuélvese la ponzoña con la sangre donde quier que la halla, y aunque toque la yerba á la que corre fuera de la herida, se retira con ella, y la lleva consigo por las venas al corazon, donde ya no tiene remedio; mas antes que llegue hay todos los generales: chúpanla para tirarla á fuera, aunque con peligro; psyllos llamaban en lengua de Egipto á los hombres que tenian este oficio[48]. El particular remedio es zumo de membrillo, fruta tan enemiga de esta yerba, que donde quier que la alcanza el olor, le quita la fuerza; zumo de retama, cuyas hojas machacadas he yo visto lanzar de suyo por la herida cuanto pueden buscando el veneno hasta topallo, y tiralle fuera: tal es la manera de esta ponzoña, con cuyo zumo untan las saetas envueltas en lino porque se detenga. La simplicidad de nuestros pasados, que no conocieron manera de matar personas sino á hierro, puso á todo género de veneno nombre de yerbas: usóse en tiempos antiguos en las montañas de Abruzzo, en las de Candia, en las de Persia: en los nuestros en los Alpes que llaman Monsenis hay cierta yerba poco diferente, dicha tora, con que matan la caza, y otra que dicen antora, á manera de dictamno, que la cura.

Entróse Poqueira, lugar tan fuerte, que con poca resistencia se defendiera contra mucho mayores fuerzas. Los moros confiándose del sitio le habian escogido por depósito de sus riquezas, de sus mujeres, hijos, y vitualla: todo se dió á saco; los soldados ganaron cantidad de oro, ropa, esclavos, la vitualla se aprovechó cuanto pudo; mas la priesa de caminar en seguimiento de los enemigos, porque en ninguna parte se firmasen, y la falta de bagajes en que la cargar y gente con que aseguraba, fue causa de quemar la mayor parte, porque ellos no se aprovechasen. Partió el marqués el dia siguiente de Poqueira, y vino á Pitres, donde se detuvo curando los heridos, dando cobro á muchos cautivos cristianos que libertó, ordenando las escoltas, y tomando lengua. Alcanzáronle en este lugar dos compañías de caballos de Córdoba y una de infantería: en él tuvo nueva como Aben Humeya con mayor número de gente le esperaba en el puerto que llaman de Jubiles, lugar á su parecer de ellos donde era imposible pasar sin pérdida. Mas queriendo los enemigos tentar primero la fortuna de la guerra, saltearon nuestro alojamiento con cinco banderas, en que habia ochocientos hombres: el dia siguiente á mediodia, aprovechándose de la niebla y de la hora del comer, acometieron por tres partes, y porfiaron de manera hasta que llegaron á los cuerpos de guardia peleando, pero en ellos fueron resistidos con pérdida de gente y dos banderas: hubo algunos heridos de los nuestros. Sosegada y refrescada la gente, dejando los heridos y embarazos con buena guardia, partió el marqués ahorrado contra Aben Humeya; y por descuidarle escogió el camino áspero de Trevelez por la cumbre de la sierra de Poqueira, donde algunos moros desmandados desasosegaron nuestra retaguardia sin daño. Pasóse aquella noche fuera de Trevelez sobre la nieve, con poco aparejo y frio demasiado. Habia venido á Pitres un mensajero de Zaguer que decian Aben Jauhar, tio y general de Aben Humeya, á pedir apuntamientos de paz; pero llevándole el marqués consigo le respondió; Que brevemente pensaba dalle la respuesta, como convenia al servicio de Dios y del rey. Dícese que ya el zaguer andaba recatado de que Aben Humeya le buscase la muerte; y continuando su camino para Jubiles con una compañía mas de infantería y otra de caballos de Écija, cuyo capitan era Tello de Aguilar, llegó á vista de Jubiles donde salió un cristiano viejo con tres moros á entregalle el castillo. Habia dentro mujeres y hijos de los moros que estaban en campo con Aben Humeya, gente inútil y de estorbo para quien no tiene cuenta con las mujeres y niños, y algunos moros de paz viejos; mas porque era necesario ocupar mucha gente para guardallos, y si quedaran sin guarda se huyeran á los enemigos, mandó que los llevasen á Jubiles. Acaeció, que un soldado de los atrevidos llegó á tentar una mujer si traía dineros, y alguno de los moriscos (ó fuese marido ó pariente) á defendella, de que se trabó tal ruido, que de los moriscos cuasi ninguno quedó vivo; de las moriscas hubo muchas muertas, de los nuestros algunos heridos, que con la escuridad de la noche se hacian daño unos á otros. Dícese que hubo gente de los enemigos mezclada para ver si con esta ocasion pudieran desordenar el campo, y que arrepentidos de la entrega que el zaguer hizo, los padres, hermanos y maridos de las moras quisieron procurar su libertad: la escuridad de la noche y la confusion fue tanta, que ni capitanes ni oficiales pudieron estorbar el daño.