ESCENA IV.

Don Álvaro y Don Cárlos, con las espadas desnudas.

D. Álvaro.

Huyeron... ¿Estais herido?

D. Cárlos.

Mil gracias os doy, señor;

sin vuestro heróico valor

de cierto estaba perdido;

y no fuera maravilla:

eran siete contra mí,

y cuando grité me ví

en tierra ya una rodilla.

D. Álvaro.

¿Y herido estais?

D. Cárlos.

(Reconociéndose.)Nada siento.

(Envainan.)

D. Álvaro.

¿Quiénes eran?

D. Cárlos.

Asesinos.

D. Álvaro.

¿Cómo osaron tan vecinos

de un militar campamento?...

D. Cárlos.

Os lo diré francamente;

fué contienda sobre el juego.

Entré sin pensarlo ciego

en un casuco indecente...

D. Álvaro.

Ya caigo, aquí á mano diestra...

D. Cárlos.

Sí.

D. Álvaro.

Que extrañe perdonad,

que un hombre de calidad,

cual vuestro esfuerzo demuestra,

entrára en tal gazapon,

donde solo va la hez,

la canalla más soez,

de la milicia borron.

D. Cárlos.

Solo el ser recien llegado

puede, señor, disculparme:

vinieron á convidarme,

y accedí desalumbrado.

D. Álvaro.

¿Conque há poco estais aquí?

D. Cárlos.

Diez dias há que llegué

á Italia; dos solo que

al cuartel general fuí.

Y esta tarde al campamento

con comision especial

llegué de mi general,

para el reconocimiento

de mañana. Y si no fuera

por vuestra espada y favor

mi carrera sin honor

ya terminada estuviera.

Mi gratitud sepa, pues,

á quién la vida he debido,

porque el ser agradecido

la obligacion mayor es

para el hombre bien nacido.

D. Álvaro.

(Con indiferencia.) Al acaso.

D. Cárlos.

(Con expresion.)Que me deis

vuestro nombre á suplicaros

me atrevo. Y para obligaros,

primero el mio sabreis.

Siento no decir verdad: (Aparte.)

soy Don Félix de Avendaña,

que he venido á esta campaña

solo por curiosidad.

Soy teniente coronel,

y del general Briones

ayudante: relaciones

tengo de sangre con él.

D. Álvaro.

¡Qué franco es, y qué expresivo! (Aparte.)

me cautiva el corazon.

D. Cárlos.

Me parece que es razon

que sepa yo por quién vivo,

pues la gratitud es ley.

D. Álvaro.

Soy... Don Fadrique de Herreros,

capitan de granaderos

del regimiento del Rey.

D. Cárlos.

(Con gran admiracion y entusiasmo.)

¿Sois... ¡grande dicha es la mia!

del ejército español

la gloria, el radiante sol

de la hispana valentía?

D. Álvaro.

Señor...

D. Cárlos.

Desde que llegué

á Italia, solo elogiaros

y prez de España llamaros

por donde quiera escuché.

Y de español tan valiente

anhelaba la amistad.

D. Álvaro.

Con ella, señor, contad,

que me honrais muy altamente.

Y segun os he encontrado

contra tantos combatiendo

bizarramente, comprendo

que sereis muy buen soldado.

Y la gran cortesanía

que en vuestro trato mostrais,

dice á voces que gozais

de aventajada hidalguía.

(Empieza á amanecer.)

Venid, pues, á descansar

á mi tienda.

D. Cárlos.

Tanto honor

será muy corto, señor,

que el alba empieza á asomar.

(Se oye á lo lejos tocar generala á las bandas de tambores.)

D. Álvaro.

Y por todo el campamento,

de los tambores el son

convoca á la formacion.

Me voy á mi regimiento.

D. Cárlos.

Yo tambien, y á vuestro lado

asistiré en la pelea,

donde os admire y os vea

como á mi ejemplo y dechado.

D. Álvaro.

Favorecedor y amigo,

si sois cual cortés valiente,

yo de vuestro arrojo ardiente

seré envidioso testigo. (Vánse.)