I

Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan, aceite y ganado.

Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció, ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico Orestes. Del amor solo experimentara la miel —esa miel que el amor invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con ligereza y movilidad—. Ambición, sintiera solamente la de comprender bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres, cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y ruina. ¿Por qué?

Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente civilizado —o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio —(floridamente llamado el Jazminero), que su padre, también Jacinto, construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino y blanqueada de cal—, existía, creo yo, todo cuanto para bien del espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La biblioteca —que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la electricidad vertían una luz estudiosa y calma— contenía veinticinco mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia, para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y siete!

Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí, buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia —y de la estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente, por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la profundidad y la paz estirada de un lecho.

Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto. Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero, rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento: algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía, y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes aparatos facilitadores del pensamiento —la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio, de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac, crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales, las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de exclamar con respeto, con autoridad:

—«¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este siglo?»

Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias), admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda vital —porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más rotunda, la sentencia del consejero:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre los tapices de Arraz, implacable y rotunda:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda, mas oracular:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la voz descendía, estrangulada y dificultosa:

¿Quién no admirará los progresos de este siglo?

Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba cantando:

Todas las hierbas son benditas

En mañana de San Juan...

Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del sudor. Recogímonos al Jazminero, con el sol ya alto, ya caliente. Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos estrangulados, gangosos: «admirará... progresos... siglo...» ¡Un electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo!

Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica; los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con palabras diestramente arregladas en forma de tal.

A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado, otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta, otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte, como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo recomendaban Hesíodo en su Nereu, y Diocles en sus Abejas. De aguas había siempre en el Jazminero un lujo redundante: aguas heladas, aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris, ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo Madeira con purée de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto), eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco, cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII. Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.