II

En un prado, enfrente de la mata que encubría el tesoro (y que los tres habían devastado a cuchilladas), un hilo de agua, brotando entre rocas, caía sobre una vasta piedra excavada, en donde hacía como un estanque, claro y quieto, antes de escurrirse hacia el césped; y al lado, en la sombra de una haya, yacía un viejo pilar de granito, tumbado y musgoso. Allí vinieron a sentarse Ruy y Rostabal, con sus tremendos espadones entre las rodillas. Las dos yeguas pastaban la fresca hierba, pintarrajeada de amapolas y botones de oro. Por entre el ramaje volaba un mirlo silbando. Un olor errante de violetas endulzaba el aire luminoso. Rostabal, mirando al sol, bostezó con hambre.

En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados, por las tabernas.

—¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito, hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.

El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas negras:

—¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?

—¿Ves tú? —gritó Ruy, resplandeciendo.

Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las altas hierbas silbaban.

—¿Y para qué? —proseguía Ruy—. ¿Para qué le sirve a él todo el oro que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de Medranhos...

—Pues que muera, y muera hoy —gritó Rostabal.

—¿Quieres?

Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda de olmos, por donde Guannes partiera cantando.

—Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales; y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú, que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba de cerdo y de torpe, por no saber leer ni contar.

—¡Malvado!

—¡Ven!

Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo, estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en el vino que el otro traía en las alforjas.

¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca, lanzada a las ramas:

¡Olé! ¡Olé!

Sale la cruz de la iglesia,

toda vestida de negro...

Ruy murmuró:

—¡En el costado! ¡Así que pase!

El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, —y toda la hoja se embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido, sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua; Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la garganta.

—¡La llave! —gritó Ruy.

Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso, mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí estirado, abandonado, a lo largo de las sebes.

Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.

La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada, desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente, del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.

Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua, los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando.