II
Macario me contó lo que le determinara más precisamente en aquella resolución profunda y perpetua. Fue un beso. Mas ese suceso, casto y sencillo, yo lo callo, porque el único testigo fue una imagen en estampa de la Virgen, que estaba colgada en su cuadrito de madera, en la sala oscura que abría a la escalera... Un beso fugitivo, superficial, efímero. Y bastó eso a su espíritu recto y severo para obligarlo a tomarla como esposa, y darle una fe inmutable y la posesión de su vida. Tales fueron sus esponsales. Aquella simpática sombra de las ventanas vecinas tórnase para él un destino, el fin moral de su vida, y toda la idea dominante de su trabajo. Esta historia toma, desde luego, un alto carácter de santidad y de tristeza.
Macario me habló largamente del carácter y de la figura del tío Francisco: su aventajada estatura, sus lentes de oro, su barba grisácea, en collar, por debajo del mentón, un tic nervioso que tenía en una ventana de la nariz, la dureza de su voz, su austera y majestuosa tranquilidad, sus principios antiguos, autoritarios y tiránicos, y la brevedad telegráfica de sus palabras.
Cuando Macario le dijo una mañana, durante el almuerzo, brutalmente, sin transiciones emolientes: «Pídole permiso para casarme», el tío Francisco, que echaba azúcar en su café, quedó callado, revolviendo con la cucharilla, despacio, majestuoso y terrible; y cuando acabó de sorber los restos del platillo, con gran ruido, sacó del cuello la servilleta, la dobló, afiló con el cuchillo un mondadientes, se lo puso en la boca y salió: mas a la puerta del comedor paró, y volviéndose hacia Macario, que estaba en pie, junto a la mesa, dijo secamente:
—No.
—¡Perdón, tío Francisco!
—No.
—Mas oiga, tío Francisco...
—No.
Macario sintiose poseído de una gran cólera.
—En ese caso, lo hago sin permiso.
—Despedido de casa.
—Saldré. No lo dude.
—Hoy.
—Hoy.
El tío Francisco iba a cerrar la puerta, mas volviéndose:
—¡Oye! —dijo a Macario, que estaba exasperado, apoplético, arañando en los cristales de la ventana.
Macario volviose con una esperanza.
—Deme de ahí la caja del rapé —dijo el tío Francisco.
¡Habíasele olvidado la caja! Así que estaba perturbado.
—Tío Francisco... —comenzó Macario.
—Basta. Estamos a 12. Recibirá usted el sueldo del mes entero.
Las educaciones antiguas producían estas situaciones insensatas. Era brutal e idiota. Macario me afirmó que era así.
Y por la tarde, hallábase Macario en el cuarto de un hospedaje en la plaza de la Figueira, con seis monedas de oro, un baúl de ropa blanca y su pasión. Estaba tranquilo; sin embargo, sentía su destino lleno de apuros. Tenía relaciones y amistades en el comercio. Conocíasele ventajosamente: la nitidez de su trabajo, su honra tradicional, el nombre de la familia, su tacto comercial, su bella letra cursiva, inglesa, abríanle de par en par, respetuosamente, todas las puertas de los escritorios. Al otro día fue a ver alegremente al negociante Falleiro, antigua relación comercial de su casa.
—Con mucho gusto, amigo mío —me dijo—. ¡Quién me lo diera aquí! Mas si lo recibo, quedo mal con su tío, mi viejo amigo de veinte años. Me lo declaró categóricamente. Ya ve usted. Fuerza mayor. Yo lo siento; pero...
Todos los que Macario visitó, confiado en relaciones sólidas, recelaban quedar mal con su tío, viejo amigo de veinte años.
Y todos lo sentían; pero...
Entonces dirigiose Macario a negociantes nuevos, extraños a su casa y a su familia, y sobre todo a los extranjeros: esperaba encontrar gente libre de la amistad de veinte años del tío. Para esos, Macario era desconocido, y asimismo desconocidos su dignidad y su hábil trabajo. Si tomaban informes, sabían que había sido despedido repentinamente de casa de su tío, por causa de una señorita rubia, vestida de muselina. Esta circunstancia restaba a Macario la simpatía. El comercio evita el tenedor de libros sentimental. De suerte, que Macario comenzó a sentirse en un momento agudo. Pretendiendo, pidiendo, rebuscando, pasaba el tiempo, sorbiendo, poco a poco, sus seis monedas.
Se mudó a un hospedaje barato, y continuó olfateando. Mas como fuera siempre de temperamento recogido, no había creado amigos. De modo que se encontraba desamparado y solitario, y la vida aparecíasele como un descampado.
Las monedas terminaron. Macario entró, paso a paso, en la antigua tradición de la miseria, la cual tiene solemnidades fatales y establecidas; comenzó por empeñar; después, vendió. Reloj, anillos, levita azul, cadena, paletó de alamares, todo fue yendo poco a poco, rebujado debajo del chal, a una vieja seca y llena de asma.
Entretanto, veía a Luisa, de noche, en la salita oscura que daba a la escalera; una lamparilla ardía encima de la mesa. Era feliz allí, en aquella penumbra, sentado castamente al lado de Luisa, en un rincón de un viejo canapé de paja. No la veía de día, porque traía ya la ropa usada, las botas torcidas, y no le gustaba mostrar a la fresca Luisa, tan mimosa en su cambray aseado, su miseria remendada; allí, a aquella luz tenue, exhalaba su gran pasión y escondía su traje decadente.
Era muy singular el temperamento de Luisa, según me dijo Macario. Tenía el carácter rubio como el cabello, si es cierto que el rubio es un color lánguido y deslucido: hablaba poco, sonreía siempre con sus blancos dientecillos; decía a todo ¿sí?; era muy simple, casi indiferente, llena de transigencias.
Seguramente amaba a Macario, mas con todo el amor que podía dar su naturaleza débil, agotada, nula. Era como un copo de lino, hilábase como se quería; y, a las veces, en aquellos encuentros nocturnos, tenía sueño.
Un día, Macario la encontró excitada: estaba impaciente, el chal arrebozado de cualquier manera, mirando siempre hacia la puerta interior.
—¿Te vio mamá? —dijo ella.
Contole que la madre desconfiaba, impertinente y áspera, y que de seguro presentía aquel proyecto nupcial, tramado como una conjuración.
—¿Por qué no vienes a pedir mi mano?
—¡Pero, hija, si yo no puedo! No tengo acomodo ninguno. Espera. Un mes acaso. Tengo ahora un negocio en buen camino. Nos moriríamos de hambre.
Luisa callose, torciendo la punta del chal, con los ojos bajos.
—Por lo menos —dijo ella— hasta que yo no te haga seña desde la ventana, no subas más, ¿sí?
Macario rompió a llorar; los sollozos estallaban violentos y desesperados.
—¡Chist! —decíale Luisa—. ¡No llores alto!...
Macario me contó la noche que pasó, por las calles, al acaso, rumiando febrilmente su dolor, bajo el frío de enero, en su levita corta.
No durmió, y luego, por la mañana, al otro día, entró como una ráfaga en el cuarto del tío Francisco y díjole brutalmente, secamente:
—Es todo lo que tengo —y mostrábale unas perras—. Ropa, estoy sin ella. Vendí todo; dentro de poco tendré hambre.
El tío Francisco, que se estaba afeitando junto a la ventana, con el pañuelo de la India amarrado en la cabeza, volviose, y poniéndose los lentes, le miró:
—Su pupitre allí está. Quede —y añadió, con un gesto decisivo— soltero.
—¡Tío Francisco, óigame!...
—Soltero, he dicho —continuó el tío Francisco, mientras suavizaba la navaja en el asentador.
—No puedo.
—¡Entonces, a la calle!
Macario obedeció aturdido. Llegó a su casa, acostose, lloró y se quedó dormido. Cuando salió, al anochecer, no tenía resolución, ni idea. Estaba como una esponja saturada. Dejábase ir.
De repente, una voz gritó desde dentro de una tienda:
—¡Eh! ¡Pchs! ¡Oiga!
Era el amigo del sombrero de paja; abrió los brazos ampliamente:
—¡Qué diablo! ¡Toda la mañana te anduve buscando!
Y le contó que había llegado de la provincia, supiera su crisis y le traía un desenlace.
—¿Quieres?
—Todo.
Una casa comercial necesitaba un hombre hábil, resuelto y duro, para ir con una comisión difícil y de grandes ganancias, a Cabo Verde.
—¡Dispuesto! —dijo Macario—. ¡Pronto! Mañana.
Y fue corriendo a escribir a Luisa, pidiéndola una despedida, un último encuentro, aquel en que a los brazos desolados y vehementes cuesta tanto desenlazarse. Fue. Encontrola toda arrebujada en su chal, tiritando de frío. Macario lloró. Ella, con su pasiva y rubia dulzura, díjole:
—Haces bien. Tal vez te hagas rico.
Y al otro día, Macario partió.
Conoció las jornadas trabajosas en los mares enemigos, el mareo monótono en un camarote ahogado, las duras costumbres de las colonias, la brutalidad tiránica de los hacendados ricos, el peso de los fardos humillantes, las dilaceraciones de la ausencia, los viajes al interior de las tierras negras y la melancolía de las caravanas que orillan en violentas noches, durante días y días, los tranquilos ríos, de donde se exhala la muerte.
Volvió.
Y a seguida, en la misma tarde, la vio, a ella, Luisa, clara, fresca, reposada, serena, acodada al antepecho del balcón, con su abanico chinés. Y al otro día, ávidamente, fue a pedírsela a la madre. Macario había hecho un gran negocio, y la Villaça madre abriole sus brazos amigos llena de exclamaciones. El casamiento acordose para dentro de un año.
—¿Por qué? —pregunté yo a Macario.
Y me explicó que las ganancias de Cabo Verde no podían constituir un capital definitivo; eran apenas un capital de habilitación. Traía de Cabo Verde elementos de poderosos negocios; durante un año, trabajaría sin descanso, y al final, podría, sosegadamente, crear una familia.
Trabajó de firme: puso en aquel trabajo la fuerza creadora de su pasión. Levantábase de madrugada, comía de prisa, hablaba muy poco. A la tardecita iba a visitar a Luisa. Después, volvía impacientemente al trabajo, como un avaro a su cofre.
Estaba grueso, fuerte, duro, fiero; con el mismo ímpetu servíase de las ideas y de los músculos; vivía en una tempestad de cifras. A las veces, Luisa, al pasar, entraba en su almacén: aquel posar de ave fugitiva dábale alegría, fe, confortamiento para todo un mes totalmente trabajado.
Por entonces el amigo del sombrero de paja vino a pedir a Macario que fuese su fiador por una gran cantidad que pidiera para establecer un bazar de quincalla en grande. Macario, que estaba en el vigor de su crédito, accedió con alegría. El amigo del sombrero de paja es quien le había facilitado el negocio providencial de Cabo Verde. En aquella sazón faltaban dos meses para la boda. Macario sentía, en ciertos momentos, subírsele al rostro los febriles rubores de la esperanza. Ya comenzara a tratar de las proclamas. Estando en esto, un día, el amigo del sombrero de paja desaparece con la mujer de un alférez. Su establecimiento estaba en los comienzos. Era una aventura muy confusa. Nunca se pudo precisar nítidamente aquel embrollo doloroso. Lo positivo era que Macario le fiara; Macario debía reembolsar. Cuando lo supo, empalideció, y dijo sencillamente:
—¡Liquido y pago!
Y cuando liquidó, quedó otra vez pobre. Como el desastre tuviera una gran publicidad y su honra estaba santificada en la opinión, al punto la casa Peres y Compañía, que lo mandara a Cabo Verde, le propuso otro viaje y otros negocios.
—¡Volver a Cabo Verde otra vez!
—¡Hace otra vez fortuna, hombre! ¡Usted es el diablo! —dijo el señor Eleuterio Peres.
En viéndose así, solo y pobre, Macario estalló en llanto. ¡Todo estaba perdido, acabado, extinto! ¡Era necesario recomenzar pacientemente la vida, volver a las largas miserias de Cabo Verde, tornar a las pasadas desesperanzas, sudar los antiguos sudores! ¿Y Luisa? Macario le escribió. Luego rasgó la carta. Fue a casa de ella: las ventanas tenían luz; subió hasta el primer piso, mas allí le tomó una gran aflicción, una cobardía de revelar el desastre, el pavor trémulo de una separación, el terror de que ella se negase, rehusase, vacilara... ¿Querría ella esperar más? No se atrevió a hablar, a explicar, a pedir; descendió las escaleras. Era de noche. Anduvo a la ventura por las calles; había un sereno y silencioso lunar. Iba sin saber adónde; de pronto oyó, por dentro de una ventana iluminada, un violín que tocaba la xácara mourisca. Acordose del tiempo en que conociera a Luisa, del dulce sol claro que había entonces, y del vestido de ella, de muselina, con lunares azules. Era en la calle en donde estaban los almacenes del tío. Fue caminando. Púsose a mirar su antigua casa. La ventana del escritorio estaba cerrada. Desde allí, ¡cuántas veces viera a Luisa y el blando movimiento de su abanico chinés! Pero una ventana, en el segundo piso, tenía luz; era el cuarto del tío. Macario fue a observar desde más lejos; dentro, por detrás de las ventanas, estaba arrimada una figura: era el tío Francisco. Vínole una saudade de todo su pasado simple, retirado, plácido. Recordaba su cuarto, y la vieja cartera con cerradura de plata, y la miniatura de su madre, que pendía encima de la barra de la cama; el comedor y su viejo aparador de madera negra, y el jarro del agua, cuya asa era una serpiente irritada... Decidiose, e impelido por un instinto, llamó a la puerta. Llamó otra vez. Sintió abrir la ventana y preguntar al tío:
—¿Quién es?
—Soy yo, tío Francisco; soy yo. Vengo a decirle adiós.
Cerrose la ventana, y a poco se abrió la puerta con un gran ruido de cerrojos. El tío Francisco tenía un candelero de aceite en la mano. Macario le halló flaco, más viejo. Besole la mano.
—Suba —dijo el tío.
Macario iba callado, cosido al pasamano.
En llegando al cuarto, el tío Francisco posó el candelero sobre una larga mesa de palosanto, y en pie, con las manos en los bolsillos, esperó.
Macario permanecía callado, mesándose la barba.
—¿Qué quiere? —gritole el tío.
—Venía a decirle adiós. Vuelvo para Cabo Verde.
—Buen viaje.
Y el tío Francisco, volviéndole la espalda, fue a redoblar con los dedos en la vidriera.
Macario quedó inmóvil; dio dos pasos en el cuarto, todo irritado, y se dispuso a salir.
—¿Adónde va, estúpido? —le gritó el tío.
—Me voy.
—¡Siéntese ahí!
Y el tío Francisco continuó, dando grandes pasos por la habitación:
—¡Su amigo de usted es un canalla! ¡Bazar de quincalla! ¡No está mal! Usted es un hombre de bien. Estúpido, pero hombre de bien. ¡Siéntese allí! ¡Siéntese! ¡Su amigo es un canalla! ¡Usted es un hombre de bien! ¡Fue a Cabo Verde, ya lo sé! ¡Pagó todo! ¡Es natural! ¡También lo sé! Mañana hágame el favor de ir a sentarse a su pupitre, allá abajo. Mande que le pongan asiento nuevo al sillón. Haga el favor de poner en las facturas: «Macario & Sobrino.» Y cásese. ¡Cásese, y que le aproveche! Tome dinero. Usted precisa ropa blanca y mobiliario. Tome dinero, y póngalo en mi cuenta. Su cama está hecha.
Macario, aturdido, radioso, con las lágrimas en los ojos, quería abrazarlo:
—Bueno, bueno. ¡Adiós!
Macario iba a salir.
—¡Oh, burro! ¿pues quiere irse de su casa?
Yendo a un pequeño armario, trajo jalea, un platillo de dulce, una botella antigua de Oporto, y bizcochos.
—¡Coma!
Y sentándose junto a él y volviendo a llamarle estúpido, corríale una lágrima por entre las arrugas de la piel.
De suerte que la boda fue decidida para de allí a un mes, y Luisa comenzó a disponer su equipo.
Macario estaba entonces en la plenitud del amor y de la alegría.
Veía el fin de su vida, lleno, completo, feliz. Pasaba casi todo el tiempo en casa de la novia, y un día, acompañándola en sus compras por las tiendas, quiso hacerle un pequeño regalo. La madre quedárase en casa de una modista, en un primer piso de la calle del Oro, y ellos habían bajado alegremente, riendo, a la tienda de un platero que había abajo, en la misma casa.
Era un día de invierno, claro, fino, frío, con un gran cielo azul turquí, profundo, luminoso, consolador.
—¡Qué lindo día! —dijo Macario.
Y con la novia del brazo, caminó un poco a lo largo del paseo.
—¡Muy lindo! —dijo ella—. Mas pueden reparar: nosotros solos...
—Deja. ¡Se va tan bien así!...
—No, no.
Y Luisa lo arrastró blandamente hacia la tienda del platero. No había más que un dependiente, moreno, de cabello hirsuto. Macario díjole:
—Quería ver sortijas.
—Con piedras —dijo Luisa—. Lo más bonito.
—Sí, con piedras —dijo Macario—. Amatista, granate... En fin, lo mejor.
Luisa iba examinando los estuches forrados de terciopelo azul, en los cuales relucían las gruesas pulseras guarnecidas, las cadenas, los collares de camafeos, las sortijas, las finas alianzas, frágiles como el amor, y todo el centelleo de la pesada orfebrería.
—Mira, Luisa —dijo Macario.
El dependiente había esparcido en la otra extremidad del mostrador, encima del cristal de la vitrina, una gran cantidad de anillos de oro, con piedras, labrados, esmaltados; y Luisa, tomándolos y dejándolos con las puntas de los dedos, iba apartándolos y diciendo:
—Es feo... Es pesado... Es largo...
—Mira este —le dijo Macario.
Era un anillo con unas perlas.
—Es bonito —respondió ella—. ¡Es muy lindo!
—Deja ver si te sirve —añadió Macario.
Y tomándole la mano, metiole el anillo despacito, dulcemente, en el dedo, mientras ella reía con sus blancos dientecitos finos, todos esmaltados.
—Es muy grande —dijo Macario—. ¡Qué pena!
—Puede reducirse, si usted quiere. Se deja a la medida. Mañana está listo.
—Buena idea —dijo Macario—; sí, señor. Porque es muy bonito, ¿no es verdad? Las perlas muy iguales, muy claras. ¡Muy bonito! ¿Y estos pendientes? —preguntó, yendo al fin del mostrador, al otro escaparate—. ¿Estos pendientes con una concha?
—Diez monedas, dijo el dependiente.
Entre tanto, Luisa continuaba examinando los anillos, probándoselos en todos los dedos, revolviendo aquel delicado mostrador, resplandeciente y precioso.
Mas de improviso, el dependiente se pone muy pálido y mira a Luisa, que va llevando distraídamente la mano por la cara.
—Bien —dice Macario aproximándose—; entonces, mañana tendremos el anillo. ¿A qué hora?
El dependiente no respondió y comenzó a mirar fijamente a Macario.
—¿A qué hora?
—Al mediodía.
Iban a salir. Luisa traía un vestido de lana azul que arrastraba un poco, dando una ondulación melodiosa a su paso, y sus manos, pequeñitas, estaban ocultas en un manguito blanco.
—¡Perdón! —dijo de repente el joyero.
Volviose Macario.
—El señor no ha pagado...
Macario le miró gravemente:
—Naturalmente. Mañana vengo a buscar el anillo y pago.
—¡Perdón! —insistió el dependiente—. Mas el otro...
—¿Cuál? —exclamó Macario con una voz sorprendida, avanzando hacia el mostrador.
—Esa señora sabe —afirmó—. Esa señora sabe...
Macario sacó la cartera lentamente.
—Perdón, si hay una cuenta antigua...
El dependiente abrió el mostrador, y con un aspecto resuelto:
—Nada, mi querido señor; es de ahora. Es un anillo con dos brillantes que lleva esa señora.
—¡Yo! —dijo Luisa en voz baja, toda enrojecida.
—¿Qué es? ¿Qué está diciendo?
Macario, pálido, con los dientes cerrados, contraído, miraba al joyero coléricamente.
Este dijo entonces:
—Esa señora cogió de ahí un anillo.
Macario quedó inmóvil, encarándolo.
—Un anillo con dos brillantes —continuó el muchacho—. Lo vi perfectamente.
El dependiente estaba tan excitado, que su voz tartamudeaba, prendíase espesamente.
—Esa señora no sé quién es. Pero cogió el anillo. Lo cogió de allí...
Macario, maquinalmente, lo agarró por un brazo, y volviéndose a Luisa, con la palabra sofocada, corriéndole el sudor por la frente, lívido:
—Luisa, di...
Se le cortó la voz.
—Yo... —balbució ella, trémula, asombrada, pálida, descompuesta. Dejó caer el manguito en el suelo.
Macario vino hacia ella, agarrola un pulso, mirándola; su aspecto era tan resuelto y tan imperioso, que ella metió la mano en el bolso, bruscamente empavorecida, y mostrando la sortija:
—¡No me haga daño! —suplicó, encogiéndose toda.
Macario quedó con los brazos caídos, el aire abstracto, los labios blancos; mas de repente, dando un tirón a la levita, recuperándose, dijo al joyero:
—Tiene razón. Era distracción... ¡Es natural! Esta señora se había olvidado. Es la sortija. Sí, señor, evidentemente... Tiene la bondad. Toma hija, toma. Deja estar, que la envuelva. ¿Cuánto cuesta?
Abrió la cartera y pagó.
Después recogió el manguito, lo sacudió blandamente, limpió los labios con el pañuelo, dio el brazo a Luisa, y diciendo al joyero: disculpe, disculpe, la arrastró inerte, pasiva, aterrada, semi-muerta.
Echaron a andar por la calle, que el sol iluminaba intensamente; los coches cruzábanse, rodando; figuras risueñas paseaban conversando; los pregones subían con gritos alegres; un caballero con calzón de ante hacía cabriolar a su caballo, adornado de rosetas; y la calle estaba llena, ruidosa, viva, feliz y cubierta de sol.
Macario iba maquinalmente, como en el fondo de un sueño. Detúvose en una esquina. Tenía el brazo de Luisa colgado del suyo, y veíale la mano pendiente, su linda mano de cera, con sus venas dulcemente azuladas, los dedos finos y amorosos; era la mano derecha, ¡y aquella mano era la de su novia! Instintivamente leyó el cartel que anunciaba para la noche: Palafox en Zaragoza.
En esto, soltando el brazo de Luisa, díjole en voz baja:
—Vete.
—¡Oye! —rogó ella, con la cabeza toda inclinada.
—Vete. —Y con la voz asfixiada y terrible—: Vete. Mira que llamo. Te mando al Aljube. Vete.
—¡Mas oye!
—Vete. Hizo un gesto con el puño cerrado.
—¡Por el amor de Dios, no me pegues aquí! —dijo ella sofocada.
—Vete. Pueden vernos. No llores. Mira que viene gente. ¡Vete! Y acercándose más a ella, murmuró:
—¡Eres una ladrona!
Volviose de espaldas y echó a andar, despacio, rayando el suelo con el bastón.
Cuando había dado algunos pasos, volvió de pronto; aún vio entre los bultos su vestido azul.
Y habiendo partido en aquella misma tarde para la provincia, no volvió a saber más de aquella señorita rubia.