III

Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.

Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas; después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones que trasponían con trabajo los portones del Jazminero, todos los confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas, poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un break, mulas y cascabeles.

Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería, la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo. Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete maletas.

Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre sonoro en olla, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos. Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San Gregorio de la Sierra.

Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos, encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro, y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos, saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que delante de él braceaban desesperados.

Murmuré, recayendo en las almohadas:

—¡Qué servicio!

Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:

—¡Qué pesadez!

Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos; y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto, el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación, todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.

Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza», sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos. «¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando. Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en olla. Y allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador, sin caballos, sin Grillo, sin maletas.

¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges, una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable), nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más solemne y bucólica inspiración.

La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor, la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua torda, murmuraba:

—¡Ah, qué belleza!

Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:

—¡Ah, qué belleza!

Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño; durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño, silbando nuestros loores.

Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!

Entre ahs maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»

Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio, entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S. E. (Él decía su inselencia).

El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo, atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban sin tejas, y las ventanas sin vidrios...

Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas. ¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación, Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto, acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra, dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo, en la estación, quietos, empaquetados en lona...

Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:

—¿Y ahora?

Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel. Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar! Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas, ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado. No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla podrida crujía y cedía.

Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de viaje, un bastón y un Diario de la Tarde. A través de las ventanas desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio, circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de pastora cantando. Jacinto balbució:

—¡Es honoroso!

Yo murmuré:

—¡Es campestre!