IV
En fin, en el cuarto día, de mañana, Ulises terminó de escuadrar el timón, que reforzó con tablas de aliso para mejor amparar el embate de las olas. Después, juntó lastre copioso, con tierra de la Isla inmortal y pulidas piedras. Sin descanso, con un ansia risueña, amarró a la verga alta la vela cortada por las Ninfas. Sobre pesados cilindros, maniobrando con una palanca, empujó la inmensa balsa hasta la espuma de las ondas, en un esfuerzo sublime, con músculos tan retesos y venas tan hinchadas, que él mismo parecía hecho de troncos y cuerdas. Una punta de la balsa cabeceó, levantada en cadencia por la onda armoniosa. Y el Héroe, levantando los brazos lustrosos de sudor, alabó a los Dioses Inmortales.
Entonces, como la obra terminara y la tarde brillaba, propicia a la partida, la generosa Calipso condujo a Ulises, a través de las violetas y de las anémonas, hasta la fresca gruta. Por sus divinas manos le bañó con una concha de nácar, y le perfumó con esencias sobrenaturales, y le vistió con una túnica hermosa de lana bordada, y colgó sobre sus hombros un manto impenetrable a las neblinas del mar, y le extendió sobre la mesa, para que saciase el hambre ruda, las comidas más sanas y más finas de la Tierra. El Héroe aceptaba los amorosos cuidados, con paciente magnanimidad. La Diosa, de gestos serenos, sonreía taciturnamente.
Calipso luego cogió la mano cabelluda de Ulises, palpando con placer los callos que le había dejado el hacha; y por la orilla del mar le condujo a la playa, en donde la marea mansamente lamía los troncos de la balsa fuerte. Descansaron sobre una roca musgosa. Nunca la Isla resplandeciera con una belleza tan serena, entre un mar tan azul, bajo un cielo tan suave. Ni el agua fresca del Pindo bebida en marcha abrasada, ni el vino dorado que producen las colinas de Quíos, eran más dulces de sorber que aquel aire repasado de aromas, compuesto por los Dioses para que una Diosa lo respirase. La frescura imperecedera de los árboles entrábase en el corazón, casi pedía la caricia de los dedos. Todos los rumores, los de los arroyos en el césped, el de las olas en el arenal, el de las aves en las sombras frondosas, ascendían, suave y finamente fundidos, como las armonías sagradas de un Templo distante. El esplendor y la gracia de las flores retenían los rayos pasmados del sol. Tantos eran los frutos en los vergeles, y las espigas en las mieses, que la Isla parecía ceder, hundida en el Mar, bajo el peso de su abundancia.
En esto, la Diosa, al lado del Héroe, suspiró levemente, y murmuró con una sonrisa alada:
—¡Oh, magnánimo Ulises, tú ciertamente partes! Llévate el deseo de volver a ver a la mortal Penélope, y a tu dulce Telémaco, que dejaste en el regazo del ama cuando Europa corrió contra Asia, y que ahora ya sustenta en la mano una lanza temida. Siempre de un antiguo amor, con hondas raíces, brotará más tarde una flor, aunque sea triste. ¡Mas dime! Si en Itaca no te esperase una esposa tejiendo y destejiendo la tela, y un hijo ansioso que alarga los ojos incansables hacia el mar, ¿dejarías tú, ¡oh, hombre prudente!, esta dulzura, esta paz, esta abundancia y belleza inmortal?
El Héroe, par a par de la Diosa, extendió el brazo poderoso, como en la Asamblea de los Reyes, delante de los muros de Troya, cuando sembraba en las almas la verdad persuasiva:
—¡Oh, Diosa, no te escandalices! Mas aunque no existiesen, para llevarme, ni hijo, ni esposa, ni reino, ¡afrontaría alegremente los mares y la ira de los Dioses! Porque, en verdad, ¡oh, Diosa muy ilustre!, mi corazón saciado ya no soporta esta paz, esta dulzura y esta belleza inmortal Considera, ¡oh, Diosa!, que en ocho años nunca pude echar de ver al follaje de estos árboles amarillear y caer. Jamás este cielo rutilante cargose de nubes oscuras, ni tuve el contento de extender, bien abrigado, las manos al dulce fuego, mientras la borrasca batía en los montes. Todas esas flores que brillan en los tallos airosos son las mismas, ¡oh, Diosa!, que admiré y respiré en la primera mañana que me mostraste estos prados perpetuos, ¡y hay lirios que odio, con un odio amargo, por la impasibilidad de su eterna blancura! ¡Estas gaviotas repiten tan incesantemente, tan implacablemente, su vuelo armonioso y blanco, que yo ya escondo de ellas la cara, como otros la ocultan de las negras Harpías! ¡Y, cuántas veces me refugio en el fondo de la gruta para no escuchar el murmurio siempre lánguido de esos arroyos siempre transparentes! ¡Considera, oh, Diosa, que en tu Isla nunca hallé una charca, un tronco podrido, el esqueleto de un animal muerto y cubierto de moscas zumbadoras! ¡Oh, Diosa, hace ocho años que estoy privado de ver el trabajo, el esfuerzo, la lucha, el sufrimiento!... ¡Oh, Diosa, no te escandalices! Ando hambriento por encontrar un cuerpo vacilando bajo un fardo; dos bueyes humeantes arrastrando un arado; hombres que se injurien en el paso de un puente; los brazos suplicantes de una madre que llora; un cojo, sobre su muleta, mendigando a la puerta de una villa... ¡Diosa, ha ocho años que no miro para una sepultura!... ¡No puedo más con esta serenidad sublime! Mi alma toda arde en el deseo de lo que se deforma, y se ensucia, y se despedaza, y se corrompe... ¡Oh, Diosa inmortal, yo muero con saudades de muerte!
Inmóvil, con las manos inmóviles en el regazo, la Diosa escuchó, con una sonrisa serenamente divina, las furiosas quejas del Héroe cautivo... En tanto, ya por la colina, las Ninfas, siervas de la Diosa, descendían, trayendo a la cabeza y amparándolos con el brazo redondo, los jarros de vino, los sacos de cuero, que la Intendenta venerable mandaba para abastecer la balsa. En silencio, el Héroe lanzó una tabla desde la arena hasta a bordo de los altos troncos; y en cuanto sobre ella pasaban las Ninfas, ligeras, con las pulseras de oro tilintinando en los pies lúcidos, Ulises atento, contando los sacos y los odres, gozaba en su noble corazón la abundancia generosa. Amarrados con cuerdas a las clavijas aquellos fardos excelentes, todas las Ninfas, lentamente, vinieron a sentarse sobre el arenal en torno de la Diosa, para contemplar la despedida, el embarque, las maniobras del Héroe sobre el dorso de las aguas... Entonces, Ulises, dejando traslucir la cólera en sus ojos, parose, delante de Calipso, y cruzando furiosamente los valientes brazos:
—¡Oh, Diosa! ¿Piensas tú en verdad que nada falta para que yo largue la vela al viento y navegue? ¿Dónde están los ricos presentes que me debes? Ocho años, ocho duros años, fui el huésped magnífico de tu Isla, de tu gruta, de tu lecho... Pero no ignoras que los Dioses inmortales tienen determinado que a los huéspedes, en el momento amigo de la partida, ofrézcanseles considerables presentes. ¿Dónde están, oh Diosa, esas riquezas abundantes que me debes por costumbre de la Tierra y ley del Cielo?
Sonrió la Diosa, con paciencia sublime. Y con palabras aladas, que huían en el aire:
—¡Oh, Ulises, claramente se ve que tú eres el más interesado de los hombres! Y también el más desconfiado, pues que supones que una Diosa podía negar los presentes debidos a aquel que amó... Tranquilízate, oh, sutil Héroe... Los ricos presentes, largos y brillantes, no tardan.
En efecto, por la colina suave descendían otras Ninfas, ligeras, con los velos flotando, trayendo en los brazos alhajas lustrosas, que al sol rutilaban. El magnánimo Ulises extendió las manos, los ojos devoradores... Y mientras ellas desfilaban sobre la tabla crujiente, el astuto Héroe contaba, evaluaba en su noble espíritu los escabeles de marfil, las piezas de telas bordadas, los cántaros de bronce labrado, los escudos incrustados de piedras...
Tan rico y bello era el vaso de oro que la última Ninfa sustentaba en el hombro, que Ulises detúvola, arrebatole el vaso, lo sospesó, y mirándolo gritó, con soberbia risa estridente:
—¡En verdad, este oro es bueno!
Una vez dispuestas y ligadas bajo el largo asiento las preciosas alhajas, el impaciente Héroe, arrebatando el hacha, cortó la cuerda que prendía la balsa al tronco de un roble, y saltó para el alto bordo que la espuma envolvía. Recordose entonces que ni siquiera besara a la generosa e ilustre Calipso. Rápido, despidiendo el manto, pasó a través de la espuma, corrió por la arena y dejó un beso sereno en la frente aureolada de la Diosa. Asegurole ella un instante por el hombro robusto:
—¡Cuántos males te esperan, oh desgraciado! Antes quedases, para toda la inmortalidad, en mi Isla perfecta, entre mis brazos perfectos...
Ulises volviose, con un grito magnífico:
—¡Oh, Diosa, el irreparable y supremo mal hállase en tu perfección!
¡Y, a través de la marea, huyó, trepó trabajosamente a la balsa, soltó la vela, hendió el mar, y partió para los trabajos, para las tormentas, para las miserias, para la delicia de las cosas imperfectas!