V

Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que, con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães. Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.

—¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?

¡Su inselencia aún estaba en Torges, y su inselencia quedaba para la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal; una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.

—¿Y Grillo, apareció?

—El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.

—Bien; ¿y las maletas?

—El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...

—¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización. Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared, suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros, hojeados y usados: Don Quijote, un Virgilio, una Historia de Roma, las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas, defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:

Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota

et fontes sacros frigus captatis opacum.

Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista, cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte, que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía, decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí estaba...

—¿Para todo el verano?

—¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.

Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?

A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:

—¡Qué encanto, la flor de trébol!

A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico), conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia, a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y los viñedos!

Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el otro, el israelita, el hombre de los Cantares, el muy pedantesco rey de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad, ¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia, es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive —y solo el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi!

Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al surge et ambula que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de Poole, et ambulabat, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis parabienes a la manera del moralista de Tibur:

¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!

De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía el Don Quijote. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!

Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su solar continúan bien encaladas, mas desnudas.

Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus deliciosos vagares, ya leyó la Iliada. No se afeita. En los caminos silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al señor!

Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una Vida de Buda, una Historia de Grecia y las obras de San Francisco de Sales), fui, después de estos cuatro años, al Jazminero desierto. ¡Cada paso mío sobre los fofas alfombras de Caranania sonaba triste como en un cementerio. Todos los brocados estaban arrugados, resquebrajados. Por las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas, los botones eléctricos de los timbres y de las luces; y había vagos hilos de alambre, sueltos, enroscados, donde la araña regalada y reinando tejiera telas espesas. En la librería, todo el vasto saber de los siglos yacía en una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda. Sobre los lomos de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho; vorazmente la polilla devastara las Historias Universales; erraba allí un olor blando de literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la nariz, seguro de que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una verdad viva! Quise lavarme las manos, manchadas por el contacto con estos detritos de conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos del lavatorio, de la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados, no echaban una gota de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve que salir al balcón y pedir al cielo que me lavase.

Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en un montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos... Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos, bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada. El telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre. En la trompa del fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse cucarachas. Así yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales invenciones, que yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel super-civilizado palacio.

La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad negreaban sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las calles más frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo XIX se semejaría, un día, a aquel Jazminero abandonado, y que otros hombres, con una certeza más pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán, como yo, con el pie en la basura de la super-civilización, y, como yo, reirán alegremente de la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de herrumbre.

De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges, sin fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo la paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse a la boyada entre el canto de los boyeros.