V
Para huir de tan lamentables memorias, la señora doña Leonor, heredera de todos los bienes de la casa de Lara, recogiose a su palacio de Segovia. Pero como ahora sabía que el señor don Ruy de Cárdenas había escapado milagrosamente de la emboscada de Cabril, y, como día por día, acechando por entre las rejas, lo seguía con ojos húmedos, jamás satisfechos, cuando el caballero cruzaba el atrio para entrar en la iglesia, no quiso ella, con recelo de las prisas e impaciencia de su corazón, visitar a la Señora del Pilar mientras durase el luto. Más tarde, una mañana de domingo, cuando, en vez de crespones negros, se pudo cubrir de sedas rojas, descendió la escalera de su palacio, pálida, por efecto de una emoción nueva y divina, pisó las losas del atrio y traspuso las puertas de la iglesia. Don Ruy de Cárdenas estaba arrodillado delante del altar, en donde había colocado su votivo ramo de claveles blancos y amarillos. Al rumor de las finas sedas, irguió los ojos con una esperanza purísima, hecha de gracia celeste, como si un ángel le hubiese llamado. Doña Leonor arrodillose, arqueado el pecho por la impresión, tan pálida y tan feliz, que la cera de las hachas no era más pálida, ni más felices las golondrinas que batían sus alas libres por las ojivas de la vieja iglesia.
Ante ese altar, y de rodillas en esas losas, ambos fueron casados por el obispo de Segovia, don Martiño, en el otoño del año de gracia de 1475, siendo ya reyes de Castilla Isabel y Fernando, muy poderosos y muy católicos, por quien Dios operó grandes hechos sobre la tierra y sobre el mar.