AMICIS EN SU OBRA “CORAZÓN”
“PARA JUZGAR A UN POETA, SABER SENTIR.
PARA JUZGAR A UN MAESTRO, SABER ENSEÑAR.
AMICIS EN TODAS SUS OBRAS FUÉ UN POETA: EN
‘CORAZÓN’ FUÉ UN MAESTRO”.
ESTE ESTUDIO SOBRE EL “CORAZÓN”
DE EDMUNDO DE AMICIS,
OBTUVO EL PRIMER PREMIO EN UN
CONCURSO PEDAGÓGICO ABIERTO
POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE LA
ENSEÑANZA NORMAL EN 1908, A
RAÍZ DE LA MUERTE DEL DELICADO
ESCRITOR ITALIANO, PARA GLORIFICAR
SU MEMORIA.
EL AUTOR DEL TRABAJO PREMIADO,
DR. J. M. PUIG CASAURANC,
ACTUAL SECRETARIO DE EDUCACIÓN
PÚBLICA, ERA EN AQUELLOS
DÍAS, ESTUDIANTE DEL TERCER
AÑO DE MEDICINA EN ESTA CAPITAL.
Edmundo de Amicis, el sutil analizador de alma rebosante de delicadeza y de ternura, no podía menos de hundir su escalpelo en el corazón del niño, el ser más tierno, más delicado.
Pintor en cuya admirable paleta los tonos suaves dominaban, no podía menos de mojar sus pinceles en los sentimientos del niño, rica gama de colores débiles, del tinte que toman las nubes cuando cae la tarde y vagamente se esfuman en copos en el cielo azul.
Poeta enamorado de la gracia, soñador infatigable de lo bello no podía menos de cantar al niño, vida en botón que encarna la gracia más fina, la más pura belleza.
Por eso su espíritu de artista excelso, vibró al escribir el libro “Corazón”, como vibran las cuerdas de la lira del poeta al soplo de un ideal soñado que se encuentra, como tiembla el pincel en las manos del pintor, que ve en un Crepúsculo, nacer al beso mágico de un rayo de Sol, la tonalidad que buscaba para el fondo de un cuadro imaginado; por eso las páginas del libro que escribiera sobre el niño, florecieron pletóricas de vida, impregnadas de un perfume de verdad, como que, a la manera de una nube que se deshace en lluvia para fecundar un campo estéril, Amicis había vertido el raudal de sentimiento y de ternura de su alma, para que brotara la imagen de los niños de las páginas de “Corazón”.
¿Decir en dónde está la belleza de “Cuore”? Imposible. No es “Corazón” de esos libros.
Por la multiplicidad de las impresiones que causa, por la variedad de encantos que encierra, el estado psíquico a que conduce, sólo puede compararse a esa sensación de hondo goce, de plena felicidad, que viene tras la contemplación de un paisaje inmenso y bello. No se podría decir qué contornos han impresionado más hondamente nuestra vista; qué líneas, qué combinaciones de sombras han producido la emoción estética: ha sido el todo, el conjunto, la armonía de detalles.
Amicis impresiona así con su obra. Y no es con la imaginación con lo que lo ha logrado; la imaginación, gran pájaro de vuelo poderoso, puede alcanzar alturas que dejen absorto; la obra de Amicis está formada de hechos. Es un libro que hace sentir más bien que soñar, que inclina a meditar y a cerrar de repente la obra para seguir, sin leerlo, un pasaje; es un libro vivido ya; pero que no obstante fascina y parece siempre original, tan cierto es que lo más viejo se torna nuevo si se presenta bajo una forma bella.
¿Buscar cuál es la figura principal en “Corazón”, de Amicis? Inútil. En “Corazón” no hay una “figura principal”.
No hay un “carácter”, una mentalidad que descuelle; puede decirse que es de esas obras que están formadas de detalles, detalles que, como pinceladas puestas al parecer al acaso, trazan con admirable precisión de contornos las más variadas figuras.
Un personaje parece el principal en la obra: Enrique; pero, y he aquí el arte de Amicis, al mismo tiempo que forja a éste, surjan otras figuras que el lector va conociendo por trozos, por fracciones, de una manera tan perfecta como al mismo Enrique, en tanto que se imagina que toda su atención se encuentra fija en aquél.
No podría explicarme y explicar bien este arte especial, sui géneris, de Amicis, sin recurrir a un símil.
Un pintor genial trata de asombrar a alguien que lo ve trabajar.
En el lienzo aparece un cuadro admirable, un paisaje lleno de luz; pero al mismo tiempo, cada vez que moja los pinceles para trazar un rasgo en el lienzo, da otro trazo en la paleta, en que nace otro paisaje aún más bello, y cuando el que ve pintar se admira y se extasía ante el cuadro que se halla en el caballete, nota de pronto que en la paleta hay otro más bello, otro paisaje que ha sido pintado como al descuido, en una serie de golpes de pincel que se creerían dados al acaso.
Pues bien, así me imagino a Amicis: en el lienzo que está en el caballete, va pintando ostensiblemente un alma, la de Enrique, que aparece con trazos fuertes y hermosísimos, y al mismo tiempo, como al descuido, mientras moja los pinceles, va haciendo aparecer en la paleta no una, sino muchas almas, tan bellas como la otra o más bellas aún, y el lector siente cómo brotan a cada página figuras y más figuras, hermosas y fuertes, de líneas precisas, que ha ido comprendiendo, que han llegado a su alma por fracciones, como van uniéndose en un amanecer, a la primera luz del día, contornos vagos, rasgos indecisos para formar imágenes.
¿La obra de Amicis es de alcances pedagógicos?
Evidentemente.
Amicis, por una síntesis admirable que obliga a hacer a sus lectores infantiles, logra que en ellos nazcan las ideas generales más complejas, más elevadas, de más trascendencia para la evolución de su intelecto, ideas que van impregnándose en sus almas hasta formar parte integrante de su psiquismo, sin esfuerzo, sin cansancio, casi de un modo inconsciente.
Y es que Amicis hace penetrar sus ideas por la vía del sentimiento más bien que por la intelectual. No llega a conclusiones, hace que el lector las deduzca. Con cuadros galanamente coloridos, con descripciones elocuentes, con anécdotas de alto interés, atrae la atención, destruye la versatilidad de las almas infantiles y las fija en las páginas de su libro, páginas que, gráciles y ligeras, no fatigan sus espíritus, y del mismo modo que al tocar una mariposa de vivos colores, queda en los dedos un polvillo dorado, en las almas de los niños, al seguir las frases de Amicis—mariposas de alas abigarradas—queda, como polvo de oro, depositado el recuerdo de rasgos de deber, de abnegación, de filantropía, de patriotismo, y al agruparse después en la elaboración incesante de sus cerebros, surgen las nociones de familia, de Escuela, de Patria, de Humanidad.
Amicis dedica su obra “a los chicos de nueve a trece años”.
Sólo en este hecho demuestra ya profundo conocimiento de la psicología infantil. En efecto, es la edad en que el espíritu entra de lleno en evolución; en que todas las facultades, psíquicas, emotivas, aparecen ya perfectamente delineadas; en que las voliciones se marcan ya con gran energía, como que nacen de las convicciones que va adquiriendo el niño; es, pues, el momento de modelar su alma, que dócilmente se adapta a la forma que le imprime el educador; es la ocasión de que aparezcan en el niño todas las delicadezas del sentido moral, que si no adquiere entonces, más tarde con gran facilidad podrá desviarse, cuando los impulsos pasionales de toda naturaleza hagan sentir su imperio.
Nunca más a tiempo para despertar en el niño el horror al mal, la repugnancia por la mentira, que en esa hermosa edad de los nueve años, en que el remordimiento tras una rebelión a veces insignificante, aparece con una crisis de llanto; nunca más a tiempo para fijar la idea de la equidad en sus conciencias que en esa bella edad en que los niños se muestran acongojados tras una falta y tratan de repararla con un perdón que humildemente se implora, con un beso furtivo dado a la madre, a la que se acaba de causar un disgusto.
A la edad para que ha sido escrito “Corazón”, el niño es observador.
Ha abandonado ya la ligereza, la movilidad de espíritu y de cuerpo que lo caracterizaban; deja de pronto un juego en que se hallaba absorto y se queda mirando fijamente un ferrocarril que pasa, un batallón que desfila, una bandera que ondea en el mástil de un buque; gusta de presenciar accidentes callejeros; ya no ríe al ver un pordiosero de facha ridícula; su facultad de observar aumenta cada día, llega hasta el análisis, y como agobiado por el peso de nociones que adquiere, que almacena en su cerebro, que elabora, se torna serio; hace preguntas que revelan dudas; pide al maestro en la Escuela le explique hechos que no alcanza a concebir; se entristece ante una tumba; besa al hermanito tierno con suavidad, como se besa algo frágil y comprende que hay en el cariño que siente por él algo de protección..., distingue ya perfectamente los afectos, el cariño al hermano del cariño al padre, el cariño al compañero de escuela del cariño al Maestro.
El cerebro del niño es entonces una fragua en donde constantemente se forjan ideas; nunca, pues, mejor ocasión para que éstas resulten elevadas, dignas, nobles, humanas.
Y “Corazón” lo consigue.
Cada página que traduce un sentimiento hermoso, hace nacer el deseo de ejecutar un acto bueno; cada frase que elogia un acto bueno, hace nacer un sentimiento hermoso.
Y de este choque constante que al leer “Corazón”, se produce entre actos buenos que forman o despiertan sentimientos bellos, y sentimientos bellos que inclinan a actos buenos, resulta un gran avance de la mentalidad del niño; ya se trate de la formación en su conciencia de una idea justa, ya de la corrección de una falsa, siempre es un paso dado por el sendero que conduce a la adquisición de un criterio moral recto.
De “Corazón”, inmenso pebetero de oro, se desprende como una columna de aromas que envuelve a la Patria y a la Escuela.
No es amor, es culto lo que predica Amicis por la Patria; no es amor, es veneración lo que siente por la Escuela, y no se forman Patria y Escuela en el cerebro del niño como simples ideas abstractas, como ideas que se sabe encarnan algo bello; pero cuya significación, en fuerza de complexa, no se conoce con claridad; los cuentos, las anécdotas, el eslabonamiento de hechos que se suceden en “Cuore”, les dan realidad, las hacen aparecer como entidades tangibles que se aman, no porque se haya aprendido sólo que deben amarse, sino porque se ha comprendido que merecen amor.
El niño, pues, aprende con la lectura de “Corazón”; ejercita sus facultades; hace una gimnasia constante, tanto intelectual como moral; en su alma, que las páginas de Amicis ponen en un estado de receptividad, de excitabilidad notables, la menor impresión produce un estremecimiento, como al roce suavísimo del arco vibran las cuerdas tensas de un violín. Estos estremecimientos repetidos que causa la lectura de “Corazón”, van dejando en el alma del niño hondas huellas, van cavando surcos en sus cerebros, surcos que se llenan de nociones nuevas, de sentimientos hechos ideas, de imágenes cristalizadas en recuerdos, y las nociones se agrupan, y chocan, y se desmenuzan en un poderoso análisis, y aparecen las ideas abstractas, y los recuerdos resucitan imágenes, y éstas despiertan sentimientos que van a excitar la voluntad dictadora de actos, y como el resultado depende siempre de los agentes que lo han producido, siendo justas las nociones, siendo las imágenes representación de figuras hermosas, siendo los sentimientos elevados, la volición no se desvía del camino recto, el acto que ejecuta el niño es bueno.
Para aquéllos en cuya frente la Vida va marcando ya surcos; para aquellos que se ven ya muy lejos de los días de la niñez, las lecturas que forman el libro de Amicis, son como un rocío que refresca las almas, que hace desaparecer las arrugas del rostro, que hace huir las sombras de los cerebros.
Al leer el “Diario de un niño”, como a un conjuro mágico, retrocede la imaginación hasta los años de la infancia; se vuelve a ver la cara amable del maestro; se escuchan las risas de compañeros ya olvidados; surge toda una época de días felices, de regocijos sanos, de inquietudes pueriles, y el recuerdo, disipando las congojas continuas, las envidias, los odios, las luchas todas de la vida, hace aparecer en los labios marchitos por el mentir diario a que obliga la existencia, una sonrisa vivificadora de alegría pura, y en los ojos, cansados de contemplar miserias y de llorar penas, se forma como una tela opaca que mucho se parece a una lágrima, a una lágrima que arranca el contraste de lo que se es ahora, ya hombre, y de lo que se era entonces, cuando se iba a la Escuela.
Edmundo de Amicis ha muerto; el Poeta ha callado para siempre.
Deja muchas obras tras sí; deja nimbado su recuerdo por una aureola de triunfos, y entre todas sus producciones, como la estrella “alfa” de una constelación grandiosa, brilla “Corazón”, el libro dedicado a los niños, el que más vivió el Poeta, aquel sobre el que derramó más que sobre ningún otro el sentimentalismo de su alma, de su alma inmensamente candorosa, inmensamente bella.
Edmundo de Amicis ha muerto; el Poeta ha callado para siempre; no importa; su recuerdo vive.
“Corazón”, su libro amado, continúa perfumando cerebros de niños; las bellas páginas de “Cuore”—pétalos blancos—siguen cayendo sobre las almas infantiles—tiernos capullos de rosas—como una lluvia de flores sobre flores.
México, septiembre de 1908.