LITIGIO
Lunes 20.—Sin embargo, no es posible que porque él haya alcanzado el premio y yo no, por envidia, haya tenido un altercado con Coreta. No fué por envidia. ¡Sí, hice mal! El maestro le había colocado a mi lado; yo estaba escribiendo en el cuaderno de caligrafía; me empujó con el codo y me hizo echar un borrón y manchar también el cuento mensual Sangre romañola, que tenía que copiar para el albañilito, que está enfermo. Yo me enfurecí, y le solté una palabrota. Él me contestó sonriendo: “No lo he hecho a propósito”. Debería haberle creído, porque lo conozco; pero me desagradó que sonriera, y pensé: “¡Oh! ¡Ahora que ha obtenido el premio está ensoberbecido!”. Y al poco rato, para vengarme, le di un empujón que le estropee la plana. Entonces, encendido por la rabia: “Tú sí que lo has hecho de intento”, me dijo, levantando la mano. El maestro lo vió, y la retiró. Coreta añadió por lo bajo: “¡Te espero fuera!”. Yo me quedé en mala situación; la rabia se desvaneció, y sentí verdadero arrepentimiento. No, Coreta no podía haberlo hecho de propósito. “Es bueno”, pensé. Se me vino a las mientes cómo le había visto cuidar a su madre enferma y la alegría con que luego le había recibido en mi casa, y cuánto le había gustado a mi padre. ¡No sé lo que habría dado por no haberle dicho aquella palabrota, ni cometido semejante bajeza! Me ocurría el consejo que mi padre me hubiera dado: “¿Has hecho mal?”. “Sí”. “Pues entonces pídele perdón”. No me atrevía a hacerlo así, porque me avergonzaba el tener que humillarme. Le miraba de reojo, veía su chaqueta de punto descosida por la espalda, ¡quién sabe! quizá por la mucha leña que había tenido que llevar; sentía que le quería de veras, y me decía a mí mismo: “¡Valor!”, pero la palabra perdóname no pasaba de la garganta. Él también, alguna que otra vez, me miraba de reojo; pero más bien me parecía apesadumbrado que rabioso. En tales ocasiones también yo le miraba fosco, para dar a entender que no tenía miedo. Él me repitió: “¡Ya nos veremos fuera!”. Y yo: “Sí que nos veremos fuera”. Pero no cesaba de pensar en lo que mi madre me había dicho una vez: “Si no tienes razón, defiéndete, pero no te pelees!”. Yo no cesaba de decir para mis adentros: “Me defenderé, pero no pegaré”. Estaba desazonado, triste; no oía lo que decía el maestro. Al fin llegó la hora de salida. Cuando me encontré solo en la calle, noté que él me seguía. Me detuve, y lo esperé con la regla en la mano. Se acercó él, y yo levanté la regla. “No, Enrique—dijo él con su bondadosa sonrisa—; seamos tan amigos como antes”. Me quedé aturdido por un momento, y luego sentí como si una mano me empujase por las espaldas, hasta encontrarme en sus brazos. Me abrazó y dijo: “Basta de mohines entre nosotros, ¿no es verdad?”. “¡Nunca, jamás! ¡Nunca, jamás!”, le respondí. Y nos separamos contentos. Cuando llegué a casa, sin embargo, y se lo conté todo a mi padre, creyendo que le agradaría, le sentó muy mal y me replicó: “Tú, debías haber sido el que primero tendiese la mano, puesto que habías cometido la falta”. Luego añadió: “No debiste levantar la regla sobre un compañero mejor que tú, sobre el hijo de un soldado!”. Y cogiéndome la regla de la mano, la hizo pedazos y la tiró contra la pared.