LOS AMIGOS ARTESANOS

Jueves 20.—“¿Por qué, Enrique, no los volverás a ver? Esto dependerá de ti. Una vez que termines el cuarto año, irás a la Escuela Secundaria, y ellos se dedicarán a un oficio. Pero permaneceréis en la misma ciudad quizá por muchos años. ¿Por qué entonces no os habéis de ver más? Cuando estés en la Universidad o en la Academia, los irás a buscar a sus tiendas o a sus talleres, y te dará mucho gusto encontrarte con tus compañeros de la infancia, ya hombres, en su trabajo. ¿Cómo es posible que tú no vayas a buscar a Coreta y a Precusa, donde quiera que estén? Irás y pasarás con ellos horas enteras en su compañía, y verás, estudiando la vida y el mundo, cuántas cosas puedes aprender de ellos, y que nadie te sabrá enseñar mejor, tanto sobre sus oficios, como acerca de su sociedad, como de tu país. Y ten presente que si no conservas estas amistades, será muy difícil que adquieras otras semejantes en el porvenir; amistades, quiero decir, fuera de la clase a que tú perteneces; así vivirás en una sola clase; y el hombre que no frecuenta más que una clase sola, es como el hombre estudioso que no lee más que un solo libro. Proponte, por consiguiente, desde ahora, conservar estos buenos amigos aun para cuando os hayáis separado, y procura cultivar su trato con preferencia, precisamente porque son hijos de artesanos. Mira: los hombres de las clases superiores son los oficiales, y los operarios son los soldados del trabajo; pero tanto en la sociedad civil como en el ejército, no sólo es el soldado tan noble como el oficial, toda vez que la nobleza está en el trabajo y no en la ganancia, en el valor y no en el grado, sino que si hay superioridad en el mérito, está de parte del soldado y del operario, porque sacan de su propio esfuerzo menor ganancia. Ama, pues, y respeta sobre todo, entre tus compañeros a los hijos de los soldados del trabajo; honra en ellos los sacrificios de sus padres; desprecia las diferencias de fortuna y clase; porque sólo las gentes despreciables miden los sentimientos y la cortesía por aquellas diferencias; piensa que de las venas de los que trabajan en los talleres y los campos salió la sangre bendita que redimió a la patria; ama a Garrón, ama a Precusa, ama a Coreta, ama a tu albañilito, que en sus pechos de operarios encierran corazones de príncipes; júrate a ti mismo que ningún cambio de fortuna podrá jamás arrancar de tu alma estas santas amistades infantiles. Jura que si dentro de cuarenta años, al pasar por una estación de ferrocarril, reconocieras bajo el traje de maquinista a tu viejo Garrón, con la cara negra... ¡Ah! No quiero que lo jures: estoy seguro que saltarás sobre la máquina y que le echarás los brazos al cuello, aun cuando seas senador del Reino”. Tu padre.