UNA BOLA DE NIEVE
Viernes 16.—Sigue nevando, nevando. Ha sucedido un accidente desagradable esta mañana, al salir de la escuela. Un tropel de muchachos, apenas llegaron a la plaza, se pusieron a hacer bolas con aquella nieve acuosa que hace bolas sólidas y pesadas como piedras. Mucha gente pasaba por la acera. Un señor gritó: “¡Alto, chicos!”. Y precisamente en aquel momento se oyó un grito agudo en la otra parte de la calle, se vió a un viejo que había perdido su sombrero y andaba vacilante, cubriéndose la cara con las manos, y a su lado un niño que gritaba: “¡Socorro, socorro!”. En seguida acudió gente de todas partes. Le había dado una bola en un ojo. Todos los muchachos corrieron a la desbandada, huyendo como saetas. Yo estaba ante la tienda del librero, donde había entrado mi padre, y vi llegar a la carrera a varios compañeros míos que se mezclaron entre los que estaban junto a mí y hacían como que miraban los escaparates: eran Garrón, con su acostumbrado panecillo en el bolsillo; Coreta, el albañilito y Garofi, el de los sellos. Mientras tanto, se había reunido gente alrededor del viejo, y los guardias corrían de una parte a otra, amenazando y gritando: “¿Quién ha sido? ¿Quién? ¿Eres tú? Decid quién ha sido”. Y miraban las manos de los muchachos para ver si las tenían humedecidas de la nieve. Garofi estaba a mi lado; reparé que temblaba mucho y estaba pálido como un muerto. “¿Quién es? ¿Quién ha sido?”, continuaban gritando la gente. Entonces vi a Garrón que dijo por lo bajo a Garofi: “Anda, ve a presentarte; sería una villanía dejar que sospechen de otro”. “¡Pero si yo no lo he hecho de intento!”, respondió Garofi temblando como la hoja de un árbol. “No importa; cumple con tu deber”, contestó Garrón. “¡Pero si no tengo valor para confesarlo!”. “Anímate, yo te acompaño”. Y los guardianes y la gente gritaban cada vez más fuerte: “¿Quién es? ¿Quién ha sido? Le han metido un cristal de sus lentes en un ojo. Le han dejado ciego. ¡Perdidos!”. Yo creí que Garofi caía en tierra. “Ven—le dijo resueltamente Garrón—; yo te defiendo”. Y cogiéndole por un brazo, lo empujó hacia adelante, sosteniéndolo como a un enfermo. La gente lo vió y lo comprendió todo en seguida, y muchos corrieron con los puños levantados. Pero Garrón se puso en medio gritando: “¿Qué vais a hacer, diez hombres contra un niño?”. Entonces ellos se detuvieron, y un guardia municipal cogió a Garofi y lo llevó, abriéndose paso entre la multitud, a una pastelería, donde habían refugiado al herido. Viéndolo, reconocí en seguida al viejo empleado que vive con su sobrinillo en un cuarto piso de nuestra casa. Lo habían recostado en una silla con un pañuelo en los ojos. “¡Ha sido sin querer!”, balbuceaba Garofi. Dos personas le arrojaron violentamente en la tienda, gritando: “¡Abajo esa cabeza! ¡Pide perdón!”. Y lo echaron al suelo. Pero de pronto, dos brazos vigorosos lo pusieron en pie, y una voz resuelta dijo: “¡No, señores!”. Era nuestro director, que lo había visto todo. “Puesto que ha tenido el valor de presentarse, nadie tiene derecho de vejarlo”. Todos permanecieron callados. “Pide perdón”, dijo el director a Garofi. Garofi, ahogado en llanto, abrazó las rodillas del viejo, y éste, buscando con la mano su cabeza, lo acarició cariñosamente. Entonces todos dijeron: “Vamos, muchacho, vete a casa”. Y mi padre me sacó de entre la multitud, y me preguntó en la calle: “Enrique: en un caso análogo, ¿hubieras tenido el valor de cumplir con tu deber, de ir a confesar tu culpa?”. Yo le respondí que sí, y repuso: “Dame tu palabra de honor de que así lo harás”. “Te doy mi palabra, padre mío”.