VANIDAD

Lunes 5.—Ayer fuí a pasear por la alameda de Rívoli con Votino y su padre. Al pasar por la calle Dora Grosa vimos a Estardo, el que se incomoda con los revoltosos, parado muy tieso delante del escaparate de un librero, con los ojos fijos en un mapa: y sabe Dios desde cuándo estaría allí, porque él estudia hasta en la calle; ni siquiera nos saludó el muy grosero. Votino iba muy bien vestido, quizá demasiado; llevaba botas de tafilete con pespuntes encarnados, un traje con adornos y vivos de seda, sombrero blanco de castor y reloj. Pero su vanidad debía parar en mal esta vez. Después de haber andado buen trecho por la calle, dejándonos muy atrás a su padre, que marchaba despacio, nos paramos en un asiento de piedra junto a un muchacho modestamente vestido que parecía cansado y estaba pensativo, con la cabeza baja. Un hombre, que debía ser su padre, paseaba bajo los árboles leyendo un periódico. Nos sentamos. Votino se puso entre el otro niño y yo. De pronto se acordó de que estaba bien vestido, y quiso hacerse admirar y envidiar de nuestro vecino. Levantó un pie y me dijo: “¿Has visto mis botas nuevas?”. Lo decía para que el otro las mirara, pero éste no se fijó. Entonces bajó el pie y me enseñó las borlas de seda, mirando de reojo al muchacho, añadiendo que aquellas borlas de seda no le gustaban y que las quería cambiar por botones de plata. Pero el chico no miró tampoco.

Votino, entonces, se puso a jugar, dándole vueltas sobre el índice, con su precioso sombrero de castor blanco: pero el niño parecía que lo hacía de propósito; no se dignó dirigir siquiera una mirada al sombrero.

Votino, que empezaba a exasperarse, sacó el reloj, lo abrió y me enseñó la máquina. Pero el vecino, sin volver la cabeza. “¿Es plata sobredorada?”, le pregunté. “Es de oro”. “Pero no será todo de oro—le dije—; habrá también algo de plata”. “No hombre, no”, replicó. Y para obligar al muchacho a mirar, le puso el reloj delante de sus ojos, diciéndole: “Di tú, mira: ¿no es verdad que es todo de oro?”. El chico respondió secamente: “No lo sé”. “¡Oh, oh!—exclamó Votino, lleno de rabia—. ¡Qué soberbia!”.

Mientras decía esto, llegó su padre, que le oyó; miró un rato fijamente a aquel niño, y después dijo bruscamente a su hijo: “Calla”; e inclinándose a su oído, añadió: “¡Es ciego!”.

Votino se puso en pie de pronto de un salto y miró la cara del muchacho. Tenía las pupilas apagadas, sin expresión, sin mirada.

Votino se quedó anonadado, sin palabra, con los ojos en tierra. Después balbuceó: “¡Lo siento; no lo sabía!”.

Pero el ciego, que lo había comprendido todo, dijo con una sonrisa breve y melancólica: “¡Oh, no importa nada!”.

Cierto que es vano; pero no tiene, en manera alguna, mal corazón Votino. En todo el paseo no se volvió a reír.