DE CARNE Y HUESO

EDUARDO ZAMACOIS
———

DE CARNE Y HUESO
(CUENTOS)

BARCELONA
CASA EDITORIAL SOPENA
Provenza, 95
Imp. y estereotípia de la casa editorial Sopena.—BARCELONA

[AL INDICE]

INTRODUCCIÓN
———

Los astrónomos, al lanzar una mirada escrutadora á las profundidades del espacio, vieron que la Divinidad se empequeñecía y reculaba indefinidamente ante el poderoso objetivo de los telescopios, como los histólogos, analizando los elementos atómicos de los tejidos, desesperaron de poner jamás al alcance de sus escalpelos el espíritu humano: los astrónomos dudaron de Dios cuando el telescopio fracasó en el cielo, y los médicos dudaron del alma cuando el microscopio descompuso el nervio sin descubrir la X devorante de la vida; y es que el alma es la eterna quimera del individuo, como Dios es la quimera irresoluble del Cosmos.

Si es verdad, como dice Moleschott, que la inteligencia es un movimiento de la materia y que el hombre, como ser pensante, es producto de sus sentidos; y si es cierto, como afirma Taine, que «el pensamiento y la virtud son productos como el vitriolo y el azúcar,» ¿qué resta del espíritu, esa inmortal mariposuela voladora que la consoladora filosofía mística supone aleteando á través de las inmensidades siderales, en busca de su castigo ó de su salvación perdurable, después del último convulsivo estertor de la carne agonizante?...

Nada...

El alma no está en el vientre, como suponían los cartesianos, ni en la sangre, ni en el cerebro, y los que antiguamente se denominaron fenómenos psíquicos, son manifestaciones de la materia; vibraciones magnéticas de la carne omnipotente que ama, que desea, que sufre...

Eso es lo que la ciencia halló en el hombre: huesos que se mueven obedeciendo á órdenes musculares, y músculos que se contraen bajo el imperio de los nervios, que vibran sensaciones... ¡Materia, en fin, por todas partes! Materia que impresiona, materia que vibra, que se contrae y que obedece con la pasividad de lo inerte...

Y eso son los hombres: figurillas de barro; tristes polichinelas de carne y hueso, galvanizados unas veces por el amor, que les une; otras por el odio, que les separa; ó por la codicia, que les consume, ó por sus ilusiones ó sus desesperanzas... pero rindiendo siempre pleito vasallaje á la sensación, el inexplicable resorte propulsor de la vida.

Por eso titulo esta colección de artículos, así: De carne y hueso.

En estos cuentos, escritos al correr de la pluma en noches de trabajo mortal, he procurado describir matices diversos del complicado ramillete de las pasiones, y siempre, aun en el fondo de lo más metafísico y conceptuoso, encontré la huella de la sensación omnipotente, uniendo al espíritu y á la materia con cadena de eslabones inrompibles. Por todas partes ví lo mismo: huesos, sangre, carne y nervios... Pero el alma, la feliz mariposuela de la inmortalidad, no la he visto nunca...

¡Ah!... ¡Y si yo pudiese expresar cuánto he sufrido al convencerme de que sólo hay en nosotros carne y huesos...

ODIO MORTAL
———

—No seas testaruda, Julia, y satisface mi curiosidad sin ambajes ni pleguerías retóricas importunas. ¿Por qué tus cartas las secas con ceniza y no con arenilla azul ó roja, que es el color emblemático de las pasiones ardientes?...

Ella se encogió de hombros.

—Es un capricho.

—Capricho del cual debes corregirte—repuso Daniel Montoro entre seriote y risueño;—porque yo hago con tus cartas lo que Werther con las de Carlota; besarlas... y me hace poquísima gracia mancharme los labios de ceniza. ¿Por qué ensucias con esa basura los pliegues de tus billetitos perfumados?...

Hubo un momento de silencio; Julia, apoltronada en su butaca, miraba al amado sin responder.

—No sé cómo explicar ese humorismo de tu temperamento artístico—añadió él:—á veces creo que con esa ceniza quieres expresar el fuego devorador de tu cariño, que todo lo calcina; otras, que te mofas de tus propios juramentos espolvoreando ceniza sobre ellos, como significándome, con ese recato delicioso de las mujeres ladinas, que tu pasión es antojo vano, fingimiento... humo y cenizas...

—Te engañas; ese capricho mío no obedece á los enrevesados intríngulis psicológicos que supones; es... una venganza. ¿Tú has odiado alguna vez?...

—Nunca—contestó Daniel Montoro, admirado;—imagino que es mucho más fácil amar que odiar.

—Tan difícil y tan exquisitamente agradable es lo uno como lo otro. Amar es vivir en el ser amado, discurriendo con su cerebro, sintiendo con su carne; en él hallamos lo mejor: las zarzas nos parecen flores, fausto la miseria y, bajo los mayores rigores de la suerte, nuestra alma goza paz y quietud dulcísimas... ¡Pero odiar!... Es no poder soportar la presencia ni el recuerdo torcedor del ser odiado, que nos roba el aire y empozoña el agua que bebemos... Créeme; ¡hay venganzas crueles que regocijan hasta los tuétanos como si fuesen un deleite!...

Movida por la exaltación de su discurso, se había incorporado mirando á su amante con ojos grandes y negros de apasionada; luego añadió, un poco más serena:

—No maldigas de esas cenizas con que seco mis cartas, pues envuelven un amuleto misterioso que asegura la firmeza de mi amor hacia ti...

—No comprendo, habla...

—¿Y si después de saber este secreto trágico no me quieres? Me has sorprendido en uno de esos instantes de femenil debilidad en que no puedo rehusarte nada. Pero temo hablar y que me desprecies; los que odian como yo se exponen á ser odiados de igual manera. Mi secreto es algo satánico, inaudito, casi repugnante... Daniel, amado de mi alma, no me arranques esta confesión sin antes jurar que me quieres mucho, que me querrás siempre...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Estaban sentados junto á la ventana: ella en una butaca de elevado respaldar; él á sus pies, sobre una silla baja, medio arrodillado, acariciando y besando las blancas manos de la adorada.

Era una tarde lluviosa de invierno; por el cielo gris pasaban grandes masas de nubes exprimiendo una llovizna compacta y menudita que caía sin ruido; los faroles de la calle, agitados por el viento, lanzaban haces de luz rojiza que penetraban por la ventana tiñendo los objetos de la habitación con reflejos sanguinolentos. Las puertas de aquel gabinete espacioso y bien alfombrado estaban cubiertas por opulentos cortinajes de terciopelo negro; sobre el fondo obscuro de las paredes rielaban los cristales de algunos armarios y perfiles marmóreos de estatuas que se bocetaban tímidamente en la penumbra, como espíritus livianos de personas muertas; los clavos dorados de la sillería salpicaban la obscuridad de puntos metalescentes; sobre la mesa colocada en medio de la habitación, un magnífico estuche de oro cincelado, terso y pulido, parecía brillar con luz propia.

Los cuerpos de Julia y de Daniel Montoro, colocados delante de la luz, se recortaban sobre el techo con perfiles monstruosos, deformados según las leyes de la óptica; cabezas puntiagudas, narices gigantescas, brazos largos terminados en manos que huían moviendo los dedos, cual si fuesen arañas enormes.

En el comedio de la habitación, silenciosa y anegada en tinieblas, el soberbio estuche de oro cincelado brillaba con reflejos glaucos de sol poniente...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Las cenizas con que seco mis cartas—dijo Julia,—las tengo encerradas ahí, en ese estuche de oro...

Una ráfaga misteriosa de viento atravesó el gabinete lanzando un quejido agónico semejante al aleteo de un pájaro nocturno. Julia continuó:

—Voy á confesártelo todo, concisamente y de plano, porque estos secretos tan íntimos se dicen pronto ó no se dicen nunca. Ya sabes que me casé á los veinte años, y que á los veintisiete enviudé; pero ignoras cuán funesto fué aquel hombre para mí. Eso no lo sabe nadie, pues la sociedad condena á la mujer á honrar el apellido del esposo que la vejó y afrentó, como exige al condenado á muerte bese la mano del verdugo que va á ejecutarle.

Su voz temblaba de emoción y por su semblante pálido de hembra nerviosa, rodaron dos lágrimas.

—¡Oh, Daniel—añadió, he sufrido tanto... tanto!... Yo, cuando le conocí, era una niña sin mancilla, con el corazón abierto á todos los seductores mirajes de la pasión... Él ajó mi juventud, desvaneció mis ensueños de opio y secó los fecundos raudales afectivos de mi alma con sus intransigencias y sus celos de macho brutal; yo servía de dócil recreo á sus caprichos; siempre me tenía encerrada creyendo que iba á traicionarle; me obligaba á jurar todas las noches que le amaba, que no le engañaría nunca, y como mi carácter altanero se rebela contra semejantes complacencias, el miserable me maltrataba...

Creo que me quería, pero á su modo; con pasión rabiosa de fiera que me hizo sufrir infinitamente. El ruido de sus pasos me daba frío de cuartana: en cuanto llegaba me cogía por las muñecas para interrogarme: «¿Quién ha venido? ¿Por qué estás tan peinada?...» Miraba debajo de las camas, detrás de las puertas: me olfateaba los labios, creyendo que olían á tabaco; examinaba mis dedos para ver si los tenía manchados de tinta... Como recuerdo haberte referido en otras ocasiones, él padecía ataques epilépticos que le dejaban exánime durante dos y tres días... El temor de ser enterrado vivo le obligó á recomendarme que, después de muerto, le incinerasen... y yo satisfice su deseo...

Daniel Montoro tembló violentamente; acababa de comprender.

—Luego esas cenizas...—murmuró.

—Sí, acertaste, son las suyas... las guardo en ese estuche de oro...

Hubo otra pausa: la cabeza de la joven se dibujaba en el techo de la habitación con un perfil quimérico, y otra vez murmuró por la estancia el quejido del viento, tenue como el aleteo de un pájaro herido.

—Por eso le odio tanto—añadió ella incorporándose,—y me vengo del muerto, ya que mi débil constitución de mujer me impidió vengarme del vivo. Yo le odiaba con ardor sin límites; no sólo aborrecí aquellas manos y aquellos labios groseros que me insultaron, sino que cifré en cada uno de los miembros de su cuerpo un odio particular: odié sus ojos, su frente... ¡odié sus cabellos, uno por uno!... Artemisa amó tanto á Mausoleo que se bebió sus cenizas; yo, en cambio, gozo secando con las cenizas de aquella vil armazón de materia las cartas que te escribo, y con que tú las insultes también llevándotelas á los labios...

Luego prosiguió:

—Es una venganza cruelísima, superior á cuantas ejecutan los ángeles precitos en los círculos del infierno dantesco. Si es cierto que tras esta vida efimera hay otra y que los muertos tienen la capacidad de espiar á los vivos... la venganza que ahora tomo de él, es digna secuela del martirio que de él recibí. Gozo imaginando que su alma vaga en torno mío, que se asoma por encima de mi hombro para leer las cartas que te escribo, que llora entre los pliegues del mosquitero que abriga el lecho donde me entrego á ti... Sí, odié todo su cuerpo, miembro por miembro, átomo por átomo... y ahora el polvo de sus huesos calcinados lo empleo en secar las cartas donde te cito, llamándote «luz de mis ojos... sangre de mi sangre...»

Calló,..

Daniel Montoro se puso de pie, horrorizado; ella también se levantó y sus dos cuerpos abrazados se recortaron sobre el fondo iluminado de la ventana.

—No me odies por eso—murmuró Julia muy quedo y cubriendo á su amante bajo una mirada de inextinguible pasión;—la mujer que odia como yo, también sabe amar infinitamente.

AGONIA
———

Les había visto juntos muchas veces y siempre me inspiraron esta curiosidad que enciende la intuición de los grandes secretos.

El, blandengue y ahilado, con los débiles hombros muy altos, el tórax deprimido, la mirada cobarde de los enfermos de la médula y la frente angosta de los tontos sobre quienes la imbecilidad descargó su primer mazazo. Su mirada era fría; sus ademanes desmañados, sus piernas caminaban con paso incierto, cual si avanzasen por un terreno húmedo...

Ella, su mujer, era alta y hermosa, con esa hermosura mate de los temperamentos ardientes; el talle largo y esbelto, el semblante vivificado por la expresión inolvidable de sus ojos: ojos de calenturienta, con mucho negro y mucha luz en la pupila...

Al principio parecióme inverosímil que aquel macho débil fuese dueño de hembra tan poderosa: después fuí muy amigo de los dos: él logró conmoverme con su melancólico empaque de niño enfermo; ella, por el contrario, me sugestionó con sus apasionamientos y sus criminales ardores de hermosa bestia encelada; terrible como Pandora y, como ésta, fuerte y adorable.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—No, no le quiero—me dijo con voz vibrante de rencor;—pocos días después de casarnos, ya no le quería. Es insignificante, es débil, es vulgar... y mi temperamento salvaje de artista odia lo pequeño. Yo anhelaba un esposo como Nana-Saib, no un habitante del Liliput...

Me había recibido en el despacho, para que mi presencia no fuese sospechosa á la servidumbre, y desde el sitio donde me hallaba veía claramente su rostro pálido iluminado por la luz del quinqué colocado sobre la mesa.

Yo estaba sentado en un sillón; ella delante de mí, devorándome con sus rasgados ojazos negros en los que bullía el turbulento silabario de los amores ardientes.

—Le odio—continuó;—á su lado siento frío, ese frío repulsivo que inspiran los anfibios; y cuando sus labios me besan ó sus manos yertas me acarician, mi cuerpo vibra como si sobre él se deslizase un caracol...

Tras un momento de silencio, agregó:

—Di, ¿me crees?

Había tanta ansiedad en su interrogación, que depuse toda reserva.

—Sí, te creo—dije—porque necesito creerte para vivir. Necesito saber que eres mía en cuerpo y alma, que vives para mí, que te engalanas tanto, para gustarme más, que soy el amante de tus pesadillas...

Sugestionada por las zozobras que en mi corazón producían los tormentos del suyo, manifestóse tal cual era, revelándome el gran secreto, el misterio criminal de su existencia de mujer casada; y lo dijo deprisa y con extraños barboteos, cual si una mano invisible la apretase fuertemente el cuello.

—Quiero ser tuya completamente—prosiguió;—para ello necesito enviudar... y, créeme... enviudaré muy pronto...

Y como yo hiciese un gesto de horror, exclamó sonriendo con su espantosa risa adorable de sirena:

—No te figures que soy una de esas criminales adocenadas que emplean el cuchillo ó el veneno. ¡Nunca! ¡yo no soy vulgo!... El beleño por mí empleado no cabe en ninguna fórmula química; es intangente. El morirá y morirá entre mis brazos, sus yertos labios apoyados sobre los míos, bendiciéndome... ¡Morirá de amor!... Todas las noches, aunque no quiera, le sirvo una buena dosis de dulce veneno. La muerte viene á pequeñas jornadas, pero viene... y ten por cierto que del tremendo drama no quedarán rastros...

Así habló ella, la adorable fiera sobre cuyo seno iba quedando exangüe aquel horriblemente bufo polichinela del matrimonio...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Otro día conversé con él...

Tan débil, tan lacio, con sus labios anémicos, su mirada incierta y su cráneo desdibujado de idiota. Me habló de ella.

—Me quiere mucho—dijo;—durante el día, no bien estamos solos, acude á sentarse sobre mis rodillas, me estrecha la cabeza entre sus manos, me adormece con las palabras más suaves, me besuquea en los labios..... ¡Oh, unos besos muy fuertes, muy duraderos, que si bien me hacen muy feliz, también me causan infinito daño!...

Calló para destoser con esa tosecilla seca, entrecortada, de los tísicos; luego continuó:

—Por las noches su cariño se exacerba más aún. Ahora, como estoy tan delicado, no voy al teatro casi nunca; además, si alguna vez me acomete el antojo de ir al café, ella me lo quita de la cabeza. Pues bien; ella es quien me da el brazo para ir desde el comedor al dormitorio, quien me desnuda, quien me tibia el lecho acostándose antes que yo... Y ya ensabanados, ¡con qué esmero me abriga y sube el embozo, echándome los brazos al cuello y cosiéndose á mi como niña miedosa!... ¡Ay! ¿Qué quieres? Reconozco que estos excesos de cariño me son fatales, pero ella me quiere tanto que no sabe reprimirse... y yo tampoco acierto á regatearla mi amor.

La voz doliente de aquella pobre víctima explicando y disculpando las crueldades de su verdugo, era altamente conmovedora.

—Y tú, ¿la quieres?—pregunté.

—¿Yo? ¡Con toda mi alma! No tengo padres, ni hijos; mi único bien es ella. Si ella me faltase, me moriría...

Habló de sus proyectos, de sus ambiciones. En cuanto llegase el verano iría á baños; luego, si lograba restablecer un poco los descalabros de su salud, emprendería algún negocio.

—Y esas expediciones, ¿las harás con ella?

—¿Cómo no—repuso,—si ella es mi cielo y mi tierra... todo?...

Aquellos diálogos no pueden borrarse de mi memoria. La temible catástrofe no ha ocurrido aún, pero puede suceder hoy, mañana... cualquier día. El decae visiblemente; sus piernas se arrastran por el suelo; sus ojos se cierran, la fiebre estremece sus labios descoloridos... Ella, en cambio, es la hembra alta y poderosa de siempre, con su rostro marfileño y sus ojos fulgurantes de loca: nunca le deja y á todas partes le lleva trabado del brazo.

¡Oh, la quiero mucho, mucho!... Con una de esas pasiones bravías que sólo saben inspirar los malos; mas, no obstante, me repugnan su crimen y la estúpida candidez del mártir, y me acometen tentaciones de descubrir á éste el peligro que corre.

Pero, ¿para qué? Es inútil; la sentencia que le condena á morir es irrevocable: sin ella, le mataría la pesadumbre; con ella, le matará el deleite...

Que siga, pues, así.

¡Es tan dulce morir soñando!

AGUAFUERTE
———

La embarcación rompía suavemente el agua dejando tras sí una estela brillante como reguero de menudos cristales; las primeras sombras crepusculares invadían el espacio; sobre el mar inmenso, el lucero vespertino derramaba su resplandor frío; las olas, que encrespó la caricia del viento, se hundían al llegar junto al frágil esquife que pasaba sobre ellas como una caricia, amasándolas; las gaviotas huían enderezando hacia la playa el vuelo.

Federico y Daniel, sentados el uno delante del otro, remaban á compás; se habían quitado la camisa, y bajo sus elegantes camisetas de seda temblaban los músculos pectorales, los biceps vigorosos y ágiles, y toda su enérgica complexión de aristócratas aficionados á los duros ejercicios de la gimnasia y de la esgrima.

Desde popa, donde iba llevando las cuerdas del timón, Elisa Dantín envolvía á los dos hombres en una mirada extraña. Representaba veinte años: tenía el rostro pálido y un dejo de vaga pesadumbre embellecía sus labios; sus ojos negros eran crueles y fríos; bajo el talle esbelto, sus caderas amplias de mujer sensual dibujaban una doble curva firme y armoniosa.

—¿Quieres que emprendamos el regreso?—preguntó Federico.

—No—repuso ella,—sigamos; el tiempo es muy hermoso.

El bote continuó avanzando hacia alta mar, moviendo sus remos que hendían las olas sin ruído, como un gigantesco insecto de cuatro patas. Las costas, ya distantes, recortaban bajo el cielo una silueta negra y borrosa; las luces palidecían en la niebla rodeadas de un nimbo glauco; allá, los mástiles de los buques anclados formaban una especie de bosque escueto y triste; las estrellas iban encendiéndose poco á poco, y su luz bruñía la blanca cresta de las olas. Elisa Dantín miraba á los remeros.

Aborrecía á Federico, su marido, que la adoraba. Elisa no era responsable de aquel odio que vanamente procuró domeñar; que los cariños y los desvíos son como plantas parásitas que nacen donde quiera, sin necesidad de que la mano cuidadosa del jardinero las siembre ni agasaje. ¡Y qué tormento aquel de vivir unida á un hombre cuyo trato iba siéndola insoportable de día en día! Fingiéndole amor, complaciendo sus deseos, ofreciendo sus labios á sus besos, acariciando lo que hubiese querido herir... Y así siempre, una noche y otra, para luego, á la mañana siguiente, volver á representar ante el mundo el papel, tristemente cómico, de una felicidad perfecta.

—¿Hay nada más horrible—pensaba Elisa—que ser amada por un hombre odiado?

Y hubo, en el callado curso de sus meditaciones, una pausa que parecía responder al silencio augusto del mar y de los cielos en calma. Daniel preguntó:

—Elisa... ¿quiere usted que volvamos á tierra?

Ella le miró duramente, con rencor; después, hablando en voz muy baja, como soñando, repuso:

—No, no... sigamos, sigamos...

La embarcación continuó en línea recta, rompiendo las olas. A la izquierda se erguía el faro, con su luz triste, bienhechora como la sombra de los eucaliptos; más allá estaba el Océano, negro, impenetrable, reposando sobre abismos donde nunca penetró el sol. Elisa Dantín reanudó su soliloquio.

Sí, hay algo peor que ser amada por quien se aborrece—pensó,—y es querer á un ingrato...

Miró á Daniel, tan joven, tan apuesto, tan falaz, que parecía esquivar el relampagueo de sus ojos mirando á otra parte... Daniel y Federico se querían como hermanos; le conoció poco después de su matrimonio; él regresaba de una larga excursión por Oriente; volvía alegre, sediento de emociones, codicioso de referir las aventuras que corrió por aquellos lejanos países del sol. Daniel fué enamorándola con atenciones y palabras: después la declaró su pasión, que ella rechazó indignada; pero su protesta era tardía; cuando quiso olvidarle ya no pudo y fué suya... Meses después Daniel la olvidaba por otra mujer.

Bajo el calor bochornoso de aquella tarde de Junio, Elisa Dantín sentía que todas sus malas pasiones se exasperaban. Veía á Daniel decidor, impúdico, riendo feliz entre los brazos de sus nuevas queridas, y el odio que encienden los celos nublaba el pensamiento de la desdeñada. Por él traicionó á su marido, y burlándose supo aborrecerle; por él aprendió el camino del adulterio y de la mancebía. ¿Y para qué?...

—Le odio tanto como á Federico, acaso más... pues me quitó el consuelo de ser honrada...

Elisa comprendía que su pobre espíritu estaba sometido á las dos grandes torturas, límite de todos los sufrimientos pasionales: querer al que desprecia, odiar al que nos ama... Ella, por tanto, padecía toda suerte de sufrimientos: el amor que negaba á Federico, nadie lo quería; su honor era como rosa marchita, caída en un camino; ¿qué podría disculpar su adulterio?... Una idea que hasta allí anduvo vagando por los más ocultos escondrijos y desvanes de su pensamiento, surgió de pronto aterradora, fría, centelleante, como el zig-zag de una arma blanca.

—¿Y si yo me deshiciese de los dos?

Tembló y procuró pensar en otra cosa; pero la idea terrible resurgía tentadora, irresistible... Aquellos hombres estaban á merced suya; en ella convergieron los voraces apetitos de los dos; aquel deseo podía convertirse instantáneamente en odio; bastaba un gesto... una sola palabra de sus labios... para precipitar al uno sobre el otro y obligarles á reñir hasta despedazarse, ¿Para qué sufrir? ¿Acaso no valía la muerte del amante la vida del marido?... Muertos ambos, ella quedaba libre: la destrucción es santa; no se puede edificar donde hay ruínas; la piqueta debe preparar el campo á la paleta y á la plomada... ¡Y tanto bien, podría alcanzarlo con sólo querer!...

Elisa Dantín sonrió satisfecha, como reirían los viejos tiranos. Federico preguntó:

—¿Volvemos?

Ella repuso distraída:

—Me es indiferente; como queráis...

Ellos viraron la embarcación; Elisa Dantín volvió á pensar:

—¡Si yo hablase!...

Pronto, antes de una hora, llegarían á tierra; la tierra era para ella la esclavitud, el disimulo, el secreto martirio de todas sus horas... ¿Por qué no hablar?

—Una frase... menos aún, una palabra... una sola palabra mía... bastaba...—repitió Elisa.

Miraba á Federico y á Daniel para aumentar el caudal de su odio; evocó recuerdos crueles: su caída, sus remordimientos, sus celos, su abandono; recompuso escenas repugnantes... La medida estaba bien colmada; aun tuvo vagos titubeos; luego habló; fué como una basca...

—Daniel—dijo,—¿me quieres?...

Y sus ojos soportaron impasibles el choque de las miradas atónitas que sobre ella lanzaron los dos hombres: los remos quedaron suspendidos en el aire, goteando.

—¿Qué decía usted?—preguntó Daniel.

—¡Oh, no disimules!—repuso la joven, cuyo cuerpo parecía haber adquirido súbitamente la rigidez de las estatuas; estoy cansada de fingir; te quiero... y tenía ganas de decirlo así... en voz alta.

Federico lanzó un grito y se puso de pie.

—¡Elisa... Elisa!... ¿Qué... qué has dicho?...

Ella, siempre inmóvil, replicó lentamente, como presa de un vértigo tranquilo:

—¡Bah!... Dije... lo que saben muchos; que Daniel es mi amante...

Este, fuera de sí, se había levantado, murmurando:

—¡Ah, miserables!... Sin duda urdisteis este plan para asesinarme...

Bajo los nerviosos pies de los dos hombres, la lancha comenzó á oscilar violentamente. Aquel inesperado desbordamiento de cólera fué como uno de esos rayos que durante los calurosos crepúsculos estivales rasgan la extensión del espacio azul.

Federico vacilaba, pasándose por la frente sus manos de remero, morenas y duras. De pronto exclamó, cual si la luz hubiese brotado repentinamente en su cerebro:

—¡No, yo no!... ¡Vosotros!... ¡Miserables, vosotros, que me engañábais!...

Abrió los brazos precipitándose sobre Daniel, que le esperaba con los suyos abiertos, y se estrecharon frenéticamente, magullándose, con las caras y los pechos juntos. Elisa Dantín, sin dejar su asiento, les contemplaba con la mirada impasible de las esfinges. Federico, más bajo que su enemigo, tras una finta hábil logró afianzarle por la cintura y levantarle en alto, pero Daniel le cogió fuertemente el cuello entre los dientes y pudo desasirse, cayendo de pie: el bote retembló y un golpe de mar lo salpicó de agua.

Súbitamente Elisa tuvo miedo, miedo á que uno de los dos sobreviviese á la lucha; ella anhelaba la libertad, la dulce libertad absoluta; ni amar ni ser amada...

Casi ahogado, como en un rugido, Daniel murmuró:

—Ven.

Asió á su rival por las piernas y quiso lanzarle por la proa; Federico, ya en el aire, puso un pie sobre una borda, la embarcación osciló y Daniel, perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás, en el mar, arrastrando á Federico. Sobre aquellos dos cuerpos las aguas se cerraron formando grandes círculos concéntricos; un turbión de burbujas ascendió á la superficie. Elisa Dantín, aterrada de su obra, se había levantado, mirando al abismo: transcurrieron pocos segundos... Los dos luchadores reaparecieron abrazados, mordiéndose, queriendo arrancarse algunos instantes de vida que ya no merecían el trabajo de ser defendidos: sus cabellos mojados colgaban sobre sus frentes; tornaron á hundirse... La joven esperó; las olas seguían pasando unas tras otras, enarcando sus lomos sobre la tumba recién abierta...

Transcurría el tiempo; la luna ya iba muy alta; Elisa miró á su alrededor: las barcas pescadoras se hallaban lejos y sus tripulantes nada podían haber visto; el faro, luciendo en la serenidad de los cielos, mostraba el camino de la salvación y de la paz; el pasado, el horrible ayer, quedaba sepultado allí, bajo el misterio impenetrable de las olas. Satisfecha de sí misma y del porvenir, Elisa cogió los remos y bogó lentamente.

LA MUERTA
———

Aquella caseta de peones camineros fué puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da á los trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros fronteros...

Por aquellos agujeros, que en invierno aparecían sobre el fondo blanco del paisaje nevado como las cuencas orbitarias de un enorme esqueleto soterrado, entraba y salía continuamente, y como á borbotones, un flujo inagotable de vida que las locomotoras, en su eterno pasar y repasar, traían y llevaban de hora en hora.

Desde muy lejos, rompiendo el silencio de la angosta cañada dormida como una serpiente bajo la nieve, se oía el afanoso trepidar de los trenes que atravesaban los túneles. Entonces Martina dejaba su labor, cogía el banderín de señales y acudía á colocarse junto á los rieles. El cerro vibraba con un estremecimiento sordo, íntimo, como un hervor: era un gemido gigante de dolor que crecía, anunciando un parto monstruoso; hasta que del fondo del negro agujero, de aquella cuenca orbitaria perteneciente á un esqueleto ciclópeo perdido, aparecía el tren, avanzando en desaforada carrera: la locomotora, incontrastable y fatal como el Destino, se acercaba jadeando, arrastrando un largo rosario de vagones, paseando su panza ardiente sobre las llanuras heladas; y un minuto después desaparecía por el túnel del lado opuesto, con un estertor que menguaba, como algo moribundo que se despide hundiéndose...

La uniformidad de estas impresiones machacaban el espíritu de Martina: los trenes mixtos, con sus series interminables de vagones cerrados, no la emocionaban; eran coches mudos, sin alma, cargados de objetos muertos: en cambio, los expresos la impresionaban fuertemente, entristeciéndola: por las ventanillas de los coches veía cabezas que la miraban con curiosidad; cabezas siempre diferentes, que formaban legión y dejaban en su ánimo el recuerdo mareante de las multitudes. Otras veces, de noche, las ventanillas solían estar vacías; pero en cambio veía sombras fantásticas que se recortaban sobre los techos iluminados de los vagones. Una voz estaba segura de haber sorprendido las siluetas de una mujer y un hombre abrazados.

El tren que Juan conducía, Martina lo esperaba con más impaciencia. En cuanto la locomotora salía del túnel, el maquinista echaba el busto fuera de la plataforma para ver á su esposa desde lejos, y ella reía feliz. Era una ilusión fantástica, inapresable, de aquelarre.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

La velocidad del tren no permitía otro saludo más expresivo, y Juan llegaba y se iba como una sombra: al principio parecía ser él quien arrastraba y regía la marcha de los vagones; luego diríase que el tren le empujaba... Y Martina, alta, fuerte, con su rostro moreno y sus grandes ojos pensativos de murciana, le veía alejarse permaneciendo inmóvil como una estatua de bronce, en medio de la nieve.

Aquel sempiterno tragín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados, despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.

Y por eso, una noche de soledad y de supremo aburrimiento, Martina oyó embelesada las palabras de Pedro, el fogonero que acompañaba á Juan en sus viajes, y que siempre, al pasar, la arrojaba desde el tamdem una mirada de hambriento deseo. Pedro la ponderó su amor, aquel amor criminal que había de hallar satisfacción cumplida cuando ella se determinara á fugarse, siguiéndole á una ciudad lejana... Y Martina le creyó y le quiso...

Desdo aquel día el exprés tuvo para ella un doble encanto: cuando Juan la saludaba, Pedro saludaba también, y su alma se estremecía con inquieto gozo viendo sobre el atezado semblante del fogonero, sus dientes que desnudaba la risa; aquellos dientes agudos y blancos que la habían mordido...

Pasaron muchos meses, y el ansiado día de la emancipación y de la fuga no llegaba; Pedro, aburrido de la guardavía, dejaba de verla alegando motivos y ocupaciones que nunca tuvo, y tan evidentes fueron las pruebas de su ingratitud, que Martina llegó á comprender...

Un remordimiento íntimo, creciente, devorador, como la carrera trepidante de los trenes bajo el túnel, se apoderó de la abandonada. Hasta allí la había servido de consuelo la conciencia de su virtud; pero al saberse burlada se apreció más sola, más triste, más insignificante que nunca, como bagazo humano despreciable arrojado junto á la vía por aquellas multitudes honradas que llevan los trenes.

Con la llegada del exprés siempre venía el saludo de Juan, que la miraba echando el cuerpo fuera del tandem:

—¡Adiós!

—¡Adiós!...

Pedro ya no saludaba, sonreía... con esa sonrisilla burlona con que suelen corresponder los hombres al saludo de las mujeres que engañaron.

Viéndose sola, completamente sola, con la soledad de los astros muertos que ruedan por el vacío, reconociéndose despreciada del amante é indigna del esposo, atormentada por la voz de su conciencia que murmuraba á todas horas en sus oídos un reproche interminable, atraída siniestramente por la perspectiva de los trenes que se acercaban ofreciéndola un medio instantáneo de liberación y de descanso, Martina pensó morir.

Y lo hizo como lo pensó.

Fué una tarde, á la puesta del sol. De pie, junto á la vía, con el banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornóse sordo y como opaco, fué creciendo, más, más... hasta convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oir... y el tren pasó...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Una cruz de piedra indica el sitio donde murió la guardavía. Alguien dijo que se había suicidado por celos y que su marido fué un mal hombre. Los maquinistas, cuando pasan por aquel sitio, se descubren siempre.

DISCRETEOS
———

Jacinta.—Te aseguro que Enrique me gusta. Es bueno, es rico... es amable...

Adriana.—¡Oh, gustarte, gustarte!... Eso es muy vago, porque no hay hombre que sea absolutamente antipático.

J.—Es verdad.

A.—Te gusta Enrique como á mí me agrada Luis: un poco.

J.—No, mucho.

A.—Ea, pues mucho. Pero entre querer mucho y querer locamente, hay un pantano, donde naufragan las mejores ilusiones de la juventud soñadora. Antes de resolvernos á vivir con un hombre toda la vida, debíamos cerciorarnos de si le amamos con toda el alma.

J.—Dices bien.

A.—¡Mira que renunciar á la humanidad masculina por un esposo que, dos ó tres años después de la boda, puede parecernos el más insignificante de los hombres!...

J.—Es absurdo.

A.—Es horrible entregar toda nuestra hermosura á un feo sin talento.

J.—Sí, horrible y ridículo. No obstante, importa casarse. El mundo es vulgar, hipócrita... y conviene sacrificarse al buen parecer y satisfacernos con una modesta medianía.

A.—¿Luego, no quieres á Enrique?

J.—¡Oh!... Sí le quiero.

A.—¿Un poco?

J.-Como tú á Luis.

A.—Y como quieren á sus novios las tres cuartas partes de las mujeres que se casan. Porque ya conocerás algunos hombres mejores que tu futuro esposo...

J.—¡Conozco muchos!

A.—Yo, también: casi estaba por decir que mi novio es de los muchachos menos simpáticos que me han cortejado. Pero, en fin; urge decidirse y nosotras somos dos mujercitas discretas que saben poner los puntos sobre las íes y arreglar su porvenir. Enrique y Luis tienen sobre los demás hombres la inmensa ventaja de ser galanes propicios al casorio. ¡Cuán lejos están ellos de presumir que al otorgarles nuestra mano consumamos una venta! Porque, fíjate: la inacabable comedia del amor convierte á la sociedad en un gran mercado: los hombres compran; las mujeres se venden. Todas nos vendemos, todas... Las meretrices, por dinero; las honradas, por una bendición...

J.—Eres muy mordaz.

A.—No, soy muy justa. Nosotras, que dada nuestra posición social no osaríamos tener un amante, nos entregamos sin protesta á cualquier advenedizo que se case, cediéndole cuanto poseemos á trueque de su apellido. ¿Comprendes?... El matrimonio es el mercado donde se tasan y se venden las mujeres honradas.

J.—(Con tristeza) Es cierto.

A.—Y lo más famoso es que nosotras somos las principales autoras de nuestra desgracia: nacimos cobardes, tenemos demasiada prisa en casarnos, temiendo quedar solteras, y en vez de luchar por rendir la voluntad de esos calaveras contumaces que tanto gustan, nos abandonamos fríamente entre los brazos de cualquier individuo adocenado que se case. Queremos ser felices en seguida, sin combate, sin afanes, y la felicidad que no cuesta trabajos y lágrimas, no puede ser larga ni valedera. Pongamos un ejemplo. ¿Tú serías dichosa con Juanito Pantoja?

J.—¡Oh! ya lo creo.

A.—Lo reune todo: la gentileza, la donosura de entendimiento, la verbosidad apasionada de los hombres ardientes. Podrá mentir cuando habla de amor, seguramente miente... pero, ¡qué bien lo hace!... Es el suyo un embuste bellísimo que vale una realidad.

J.—(Reflexiva.) Cierta noche me dijo que se moría por mí.

A.—También á mí me juró algo igual. Es un hombre encantador, que se muere por todas. Confieso que me agrada infinitamente más que Luis.

J.—¡Toma!... Y también vale mucho más que Enrique.

A.—Ahí tienes. Comprendo que una mujer resbale y caiga con hombres como Juanito Pantoja; pero no concibo que ninguna se pierda ni por Enrique ni por Luis.

J.—Yo tampoco.

A.—¿Cualquier novio sirve para marido?

J.—Cualquiera.

A.—Pero ¡qué pocos novios merecen ascender á la categoría de amantes!

(Pausa).

J.—Pantoja es un conversador irresistible.

A.—Sí: ¡cuánto habla y qué bien lo dice todo!

J.—La mujer que logre rendirle será feliz.

A.—¡Oh, sí!... ¡Muy dichosa!...

J.—Debo de ser altamente halagador eso de poder decir: mi marido es el más gentil, el más valiente, el más ingenioso, el más seductor de los hombres... Y en sus mocedades fué una mala cabeza, un gran perdido, que burló á muchas incautas y que yo sólo pude rendir...

A. (Suspirando).—Sí... la fábula de doña Inés inocente, rindiendo al Tenorio libertino, es el bello ideal de todas nosotras. ¡Y pensar que dentro de algunos meses nos casaremos con Enrique y con Luis!...

(Las dos amigas permanecen pensativas, acariciando mentalmente la dulce quimera de su felicidad fugitiva.) J.—Aunque estoy cierta de que Pantoja es un botarate, creo que siempre me saluda con especial cariño.

A.—Y á mí.

J.—Recuerdo que su declaración la formuló en términos tan apasionados, tan vehementes...

A.—A mí también me dijo algo que no he olvidado... (Pensativa.)

(Pausa).

J.—(De pronto.) Vaya, vaya... Juanito es un hombre diabólico que sólo sirve para amante.

A.—Y en esos galanes tan seductores, tan apuestos, que sólo sirven para amantes...

J.—No hay que pensar.

A.—Es lo mejor.

J.—(Riendo.) Hasta después que estemos casadas.

GLUCK, EL INIMITABLE
———

—Desengáñate, pobre Gluck, yo no puedo deslumbrarme con las hiperbólicas ofertas de un hombre vulgar... La mujer que, como yo, levanta nueve arrobas con los dientes, no se apasiona por ningún calzafraque sin corazón. El dueño y señor de mi albedrío será más fuerte que yo, más valiente que yo.

—¡Adriana!—murmuró el payaso ruborizándose.

—No me supliques... tus súplicas me exasperan rebajándote á mis ojos, porque toda súplica reboza una debilidad. De los tres menguados que más decididos parecéis á molestarme con vuestras serenatas de amor, no quiero á ninguno. Nemo, el domador de leones, es valiente, pero tiene menos fuerza que yo y su apocamiento me disgusta... Parece un niño atrevido á quien podemos vapulear á telón alzado, si nos molesta. Los brazos de Alsini, el rey del trapecio, reconozco que son más vigorosos que los míos, pero Alsini es una bestia de carga, sumisa y cobarde. Le desprecio... En cuanto á ti, que pasaste la vida diciendo chistes, y que no tienes la fuerza del uno, ni diste muestras de atesorar la bravura del otro... A ti, mi pobre Gluck no quiero juzgarte... Adiós.

Así habló Adriana Carmezza, la orgullosa italiana que recibía sobre las espaldas una bala de cañón de treinta kilos arrojada desde una gran altura, y levantaba nueve arrobas entre sus dientecillos de osezno, pequeñines y blancos. Y Gluck, el Inimitable, permaneció de pie, los brazos cruzados sobre su robusto pechazo de atleta y los ojos muy abiertos, para no llorar.

Hasta los cuartos de los artistas llegaban los murmullos amenazadores del público que iba invadiendo las galerías: aquella noche Adriana Carmezza celebraba su beneficio y, como en obsequio á la beneficiada la empresa organizó un programa magnífico, la concurrencia era enorme. Cuando resonaron los primeros acordes de la orquesta, los artistas refluyeron hasta el callejón que conducía á la pista: la representación iba á empezar...

El único que, abstraído en sus imaginaciones, permanecía ajeno á todo aquel movimiento, era el payaso Gluck; Gluck el Inimitable... Estaba disfrazado de salvaje, la cabeza adornada por un vistoso penacho de plumas, las caderas ceñidas con un faldellín salpicado de relucientes lentejuelas, y las piernas y los brazos embadurnados de negro y adornados con sendos anillos de oro... Inmóvil, fuerte y mudo, como un picacho basáltico.

Casi todos los artistas que por allí pasaban, maravillados de su actitud, le dirigían alguna burleta ó le daban en el hombro un amistoso golpecito.

—¿En qué piensas, Gluck?... Gluck, ¿qué tienes?

Y Gluck, el Inimitable, les miraba sin responder. Luego, cuando vió pasar al atlético Alsini balanceándose sobre sus membrudas piernas de jayán, y á Nemo, aquel héroe que había puesto el pie sobre el lomo de tantos leones amansados, el payaso sintió que los celos le mordían el corazón y que sus mejillas echaban fuego. Después pasó Adriana.

—Adiós, Gluck—dijo.

En aquel momento el público aplaudía un ejercicio y todos los acróbatas se agolparon en un extremo del corredor, junto á la pista. Gluck y Adriana se hallaban en la sombra, tras unos bastidores. Ella vestía de negro: sobre el escote del corpiño se insinuaba el seno opulento y de marmóreas dureza y blancura; el cuello era grueso, el rostro expresivo, con una belleza varonil de amazona espartana; los ojos alegres y dominadores. El payaso se acercó á ella y cogiéndola fuertemente por una muñeca, la atrajo hacia sí.

—Adriana—repitió,—Adriana... ¡quiéreme!...

Lo dijo de golpe, sin preámbulos, con ese laconismo brutal de las pasiones supremas; laconismo que daba severidad y valimiento á su sencillo disfraz de salvaje. Ella sonrió desdeñosa.

—¿Otra vez?

—¡Cómo no... si eres mi vida, si cuando te alejas de mí parece que me arrancan el alma!... ¡Adriana, dame una esperanza y no consigas con esos desvíos que sea célebre esta noche de tu beneficio!... ¡Adriana, que me pierdes!...

Ella, irritada por la orden que envolvía aquella súplica, le rechazó vigorosamente.

—¡No!—dijo.

El payaso exhaló un grito agónico y llevóse ambas manos á la cabeza con ademán de trágica desesperación; pero Adriana, furiosa, no satisfecha con desesperanzarle, le insultaba.

—¡No me satisfaces!... Eres cobarde, eres débil. Los fuertes no mendigan lo que pueden obtener por sus puños, y tú suplicas... ¿Lo comprendes ahora? Me repugnas; me repugnas y te odio. Vete, vete, que no me sirves...

Sus palabras caían como mazos de batán sobre la cabeza de Gluck, que gemía sordamente. Después, cuando ya le juzgó bastante castigado y maltrecho, dió media vuelta y se alejó titubeando aquellas caderas amplias y firmes que parecían destinadas á engendrar una raza superior; Gluck, el Inimitable, quedó apoyado contra la pared, la cabeza sobre el pecho y flaqueándole las piernas, en la actitud de un salvaje herido.

Momentos después, cuando Adriana Carmezza salía á la pista pagando con sonrisas amables los aplausos del público, Nemo y Alsini reaparecieron, trayendo cada uno de ellos un gran ramo de flores. Al verles, volvió á resonar en los oídos de Gluck el apóstrofe de Adriana: «Vete, que no me sirves...» y, enloquecido, les cerró el paso.

—¿Para quién son esas flores?—exclamó con voz que el coraje tremolaba siniestramente:

—Para Adriana—repuso Nemo sin inmutarse.

Los tres hombres se miraron sañudamente: todos se odiaban desde que el Destino permitió que una misma mujer sirviese de norte á sus deseos, y en aquel momento casi se holgaron de tener un pretexto á qué asirse para dar vado á su antiguo rencor. Estaban en un carrejo obscuro abierto entre dos bastidores altos....

—A esa mujer—dijo Gluck,—nadie la obsequia más que yo.

—Quita, payaso—contestó Nemo subrayando la frase con dañina intención.

Pero Gluck, el Inimitable, se precipitó sobre él y arrebatándole el ramo de flores lo arrojó al suelo, despedazado.

—¡¡Al que dé un paso—gritó,—le parto el alma!!

Ni Nemo, el domador de leones, ni Alsini, podían luchar con Gluck, porque al primero le faltaba la fuerza y al segundo el valor; mas en aquel momento la furiosa acometividad del payaso les indujo á unirse en formidable alianza.

—Retírate, bruto—dijo Nemo.

—¡Atrás!—agregó Alsini á quien vigorizaba el esfuerzo temerario del domador.

Pero Gluck, fuera de sí, arremetióles sin contestar; su primer golpe fué para Nemo, el segundo para Alsini; dos puñetazos de titán celoso que resonaron con un sordo crujido de huesos. Entonces comenzó una lucha terrible: Nemo había caído al suelo, pero levantóse enseguida y arremetió al payaso; éste ladeó el cuerpo hurtando un golpe de su rival, contestó con otro y Nemo volvió á caer... Mientras, Alsini descargaba sobre la cabeza de Gluck su brazo de hierro. Era una lucha de colosos; la lucha formidable por la posesión de la hembra, de que habló Darwin.

Y entretanto, sofocando el seco estallido de aquellos golpes furibundos, llegaban hasta los combatientes, como ráfagas huracanadas de entusiasmo, los aplausos con que el público premiaba los ejercicios de Adriana Carmezza.

En momentos tales, Gluck el Inimitable, se revolvía con la agilidad y el denuedo del jabalí que hace frente á la jauría. Unas veces se agachaba prestamente para coger á su enemigo por la cintura y voltearle; ó se recrecía para herir desde arriba, ó brincaba para evitar un golpe, mientras su brazo, aquel brazo vengativo, negro y musculoso como el de un cíclope, giraba infatigable, machacando cráneos. Enardecido hasta el paroxismo por el furor de la pelea, Gluck el Inimitable valía por ciento: según los casos, ciaba, se cubría, se retrepaba, defendiéndose ó atacando, pero siempre incansable y terco, magullando á sus enemigos con recios golpes, y exasperándoles y aturdiéndoles con denuestos. Cada puñada, era un tiro; cada insulto, un salivazo.

De pronto Alsini y Nemo coincidieron en sus ataques y Gluck vaciló: por la nariz y por los oídos derramaba borbotones de sangre. En aquel momento Alsini cogió un martillo; Nemo un puñal; Gluck un formón.

Entonces la lucha fué breve: al primer choque Alsini rodó por tierra, moribundo, y Nemo y Gluck quedaron solos, retándose con la mirada:

—¡Sobra uno de los dos!—murmuraba el payaso;—¡uno, uno!...

—¡Tú!—repuso Nemo.

Y se acometieron: Gluck paró la cuchillada de su rival con el brazo; Nemo la paró con el corazón, y cayó muerto.

Horrorizado de sí mismo, Gluck el Inimitable, echó á correr; iba con los ojos fuera de las órbitas, anhelante de fatiga, chorreando sangre, y aquellos hilillos rojizos se coagulaban formando sobre su pecho y sus hombros desnudos, extraños arabescos. Al llegar al corredor, todos los artistas que por allí andaban retrocedieron espantados, mientras Gluck les miraba estúpidamente, buscando un rostro que no hallaba. En aquel momento reapareció Adriana, que volvía de la pista sonriente y cargada de flores: Gluck, al verla, corrió hacia ella lanzando un grito de macho vencedor. Adriana palideció hasta la lividez, y bajo la acróbata viril que levantaba nueve arrobas con los dientes, reapareció la hembra, dulce y tímida.

—¡Sólo mía!...—exclamo Gluck;—¡más valiente que Nemo, más fuerte que Alsini!...

Y repitió varias veces:

—¡Sólo mía!...

Después, sujetando á Adriana fuertemente por las muñecas, murmuró con ese acento de rencorosa satisfacción del hombre que puede vengarse devolviendo ojo por ojo.

—Ahora, dime; ¿sirvo?...

La herencia de un gran hombre
———

Ella le amaba mucho, locamente, con ese cariño sumiso, idolátrico, que las mujeres sencillas profesan á los hombres de genio.

El matrimonio fué para Luisa una negación de sí misma; Pablo la empequeñecía y eclipsaba como el sol obscurece el brillo de los planetas que de él reciben luz y calor: cuantas personas visitaban su casa preguntaban por él... de ella nadie se acordaba: ella sólo era la mujer del gran hombre, una cifra sin valor, una compañera fiel que, después de introducir á los visitantes en el despacho de su marido, se retiraba discretamente cerrando la puerta. Y, sin embargo, aquella negación, aquel olvido, constituían, sus mayores orgullos, pareciéndola que su infinitesimal pequeñez era lo que mejor acreditaba la pasmosa altitud y endiosamiento del esposo.

Tan idolátrico fué aquel amor, que Luisa nunca sintió su pobreza; pues conviene advertir que su marido era muy pobre, con pobreza tan supina, tan solemne, como su mismo genio. Pablo tenía humorismos de loco: á veces el dinero que guardaba para gastos indispensables lo invertía en comprar un cuadro ó cualquier otro objeto artístico, pero inútil; ó bien regalaba á su mujer un traje de seda, sin acordarse de que no tenía zapatos. Mas á pesar de estos desequilibrios que solían ponerles en extremados aprietos, Luisa era feliz, con esa felicidad rotunda de los espíritus cándidos.

Así vivieron hasta que Pablo publicó un artículo violentísimo contra cierto crítico que le había censurado rudamente: aquel artículo provocó otros varios, y todos un desafío en el que Pablo recibió una estocada mortal.

Luisa, de pronto, se encontró viuda y sin otro cariño que el de un hijo pequeño. La muerte de Pablo fué tan repentina que ni siquiera tuvo el consuelo de poder llorarle; su pena no la arrancó ni un solo grito y sus lágrimas corrieron por dentro mientras sus ojos permanecían tristes y enjutos: fué un dolor mudo como el de los pajarillos á quienes el vendaval dejó sin nido en la época mejor de sus amores.

Al principio la joven fué lanzada en el torbellino de una existencia febril que no daba espacio á la reflexión: en pocos días recibió centenares de telegramas que había de contestar inmediatamente, y hallóse solicitada y perseguida por individuos que acudían á darla el pésame, y por periodistas que deseaban publicar el retrato y la biografía del ilustre finado: los actores la hablaban del último drama que estaban ensayando; los editores de la última novela: todos querían algo, todos pedían algo... y Luisa les veía pasar creyendo que aquella grave y ceremoniosa procesión de sombras enlutadas, no concluiría nunca.

Esta solicitud, no obstante, fué disminuyendo, la casa del gran artista iba sumiéndose en el silencio tétrico de las cosas olvidadas, y al fin Luisa se encontró sola en un hogar pobrísimo cuya frialdad y desnudez no había reparado hasta entonces.

Así permaneció varios meses: por la mañana le enseñaba á leer á su hijo en una novela de su padre, y leyendo aquellas páginas que ella vió escribir, lloraba copiosamente; por las tardes permanecía brazo sobre brazo, no sabiendo cómo emplearse ni qué hacer para conjurar la miseria.

Ella había vivido tan ajena á toda suerte de negocios y Pablo dejó sus asuntos tan embrollados, que la joven no pudo cobrar nada de los libros ni de los dramas de su marido: los editores decían que ninguna de aquellas obras estaba registrada y el abogado que se ofreció á poner en claro todo aquel laberinto, empezó exigiendo algunos centenares de pesetas para sufragio de los primeros gastos.

Luisa, acobardada, renunció á todo y vendió algunos manuscritos de Pablo para seguir viviendo; y entretanto, el prestigio del gran hombre muerto menguaba mucho más de lo que Luisa creía.

Llegó momento en que la pobre viuda, vendidos todos sus muebles y empeñadas todas sus alhajas, cayó en una situación precaria. En la cajita donde guardaba sus secretillos de esposa feliz, conservaba todavía un artículo de Pablo: ¡el último artículo!

Luisa dudó mucho antes de resolverse á vender aquel manojito de queridas cuartillas: era un cuento muy bonito, muy tierno, que había leído muchas veces. Pero era preciso decidirse y se decidió, constreñida por el apremio brutal de la necesidad.

Aquella misma noche, vestida con un modesto trajecillo negro y llevando á su hijo de la mano, la viuda se encaminó á la redacción del periódico que su marido dirigió algunos años y, durante el trayecto, pensaba en aquellas cuartillas que oprimía nerviosamente contra su seno dolorido, dándolas un romántico adiós, apasionado y mudo. Cuando subía las escaleras de la redacción, un ordenanza le salió al encuentro.

—¿El señor director?—preguntó Luisa.

Está ocupado.

—Dígale que la viuda de don Pablo de Tal..... desea verle.

El ordenanza se fué y luego reapareció murmurando:

—Pase usted.

Luisa penetró en un despacho decorado con elegante sobriedad: la sillería era de cuero, el piso estaba alfombrado y los huecos de las ventanas disimulados por densos cortinajes de color obscuro. Ante una mesa había un individuo que escribía febrilmente, con el pálido semblante bañado en la penumbra melancólica de un quinqué con pantalla verde. Al ver á Luisa, aquel caballero se levantó con afectada solicitud y la ofreció una silla. Después hablaron un poco del ilustre muerto; los ojos de Luisa se humedecieron; su interlocutor también pareció muy conmovido; luego la invitó á que explicara el objeto de su visita...

—Le traigo á usted un artículo.

—¿Un artículo?

—Sí, señor; de Pablo...

—¿Para qué?

Luisa se detuvo dolorosamente, sorprendida por la pregunta del que fué antiguo compañero de su marido.

—Por si lo quiere usted—repuso tras una breve pausa;—no puedo cobrar nada de lo que empresarios y editores me deben, y ahora tengo compromisos...

Sus mejillas echaban fuego; no podía hablar.

—¡Oh!... Comprendo; pero, ahora, un artículo de Pablo... no tiene oportunidad... ¡Si hubiera sido cuando él murió!...

Luisa rompió á llorar.

—Tiene usted razón—murmuró;—pero éste es su último artículo, el último... y yo no quería venderlo.

—Vaya, no se aflija usted, aquello pasó... Siento que el periódico no pueda pagar lo mucho que valdrán esas cuartillas; pero, en fin, ¿cuánto quiere usted?

Lo que ella deseaba era concluir pronto y escapar de allí; el precio ya no la importaba.

—¿Pondremos... cuarenta pesetas?

—Bien, bien...

Aquello era un suplicio inacabable; una especie de limosna que la ofrecían bajo recibo... Después, mientras salía de la redacción, escuchando el argentino tintineo de las monedas que llevaba en el bolsillo, pensaba en la bancarrota suprema de todas sus ilusiones. ¿Qué quedaba de los ruidosos triunfos de Pablo? De tantos aplausos, de tantas brillantes polémicas, de tantos ensueños ambiciosos, ¿qué quedó?... Sus amigos le habían olvidado; sus discípulos ya no le respetaban: era un maestro enterrado, un ídolo caído...

—¿Dónde fué aquel mundo de doradas quimeras?—pensaba Luisa;—¿qué resta de todo aquel glorioso poderío que me deslumbró?...

Y las monedas recién cobradas, tintineando en su faltriquera, parecían responder:

—«Cuarenta pesetas; la herencia de un gran hombre...»

A OBSCURAS
———

Mercedes, una amiga que ignoraba los lazos de cariño habidos, desde muy antiguo, entre la hermosa cortesana y el célebre poeta, les presentó mutuamente.

—Don Pedro Equis... Antonia, mi mejor amiga.

Ella y él se inclinaron ceremoniosos, aparentando no conocerse, sintiendo que aquella inocente superchería les hermanaba en la penumbra del disimulo.

Sentáronse en el mismo sofá, cuidando inconscientemente de que sus rodillas no tropezasen, distrayendo sus miradas con los cuadros de alegres y pujantes colorines, las plantas y los disecados pajarillos que adornaban las paredes y ángulos del saloncito. Mercedes dijo jovialmente:

—Pues, sí: aquí tienes á mi amigo don Pedro, el gran cantor de los amores, cuyos versos no hay hombre, medianamente ilustrado que, en los momentos de borrachera sentimental, no sepa repetir de memoria.

—Así es.

—Bien recuerdo—prosiguió Mercedes riendo por la franqueza de la mujer que sabe tener la boca bonita—que cierto actor, conocido de todos, me sedujo recitándome versos de nuestro poeta.

...Y el poeta, escuchando la evocación de aquellas deliciosas locuras, sonreía melancólico, reconociendo que la misión de los pobres artistas que de nada disfrutan y que todo lo cantan, es triste como la de los sacerdotes, obligados á bendecir los placeres de un amor vedado á ellos eternamente. Mercedes, que salió un instante, volvió mostrando un telegrama que acababan de traer y la forzaba á marchar á la calle.

—Quedan ustedes en su casa—dijo;—empero no dudo sabrán ser juiciosos y tratarse con respeto.

Al verse solos, Antonia y el poeta volvieron los ojos al pasado.

—¿Te acuerdas?

—¡Cómo no!—repuso ella;—¿y quién pensara que íbamos á tropezamos aquí, después de tanto tiempo?...

Más de quince años fueron pasados desde entonces, y, en la neblina de la distancia, el recuerdo de aquellos amores castos, nacidos en edad demasiado temprana, pintaba un ramalazo de alegre y suave color.

—¿He cambiado mucho?—preguntó él.

Ella no hubiese querido disgustarle, pero la realidad se imponía con tal fuerza, que su generoso sentimiento quedó vencido.

—Bastante—murmuró.

Aunque colocada en los linderos últimos de la segunda juventud, se conservaba hermosa y por todo extremo fresca y deseable, habiendo pasado la vida por ella como la brisa sobre las flores, sin marchitarla; para él, en cambio, la exístencia fué huracán fortísimo que apagó la lumbre de sus ojos y aró su frente y quebrantó los resortes de la ya desgobernada voluntad. Y aquel desvalimiento lo revelaban el arco desilusionado de sus labios y su mirada fría, como la de los viejos que presenciaron la desaparición de todo lo amado.

—Aquellos tiempos—exclamó Pedro cerrando los ojos para mejor rendir su espíritu al dulce columpio del recuerdo,—forman en mi memoria una acuarela de sencilla composición y regocijados tonos.

Antonia suspiró.

—A pesar de los años transcurridos—dijo,—no he podido olvidarte y, siempre que leía tu nombre, el ayer renacía...

Le contemplaba atentamente, doliéndose de hallarle tan viejo, tan caído, tan feo... con su calvo cráneo limado por el insomnio, su semblante que marchitó el hastío, sus labios cansados de besar y de mentir pasiones...

Dos días después, en la misma casa, tornaron á verse; y tras aquel encuentro vino una cita, y luego otra... Citas honestas de amigos, de verdaderos amigos, que hallan, charlando juntos, sabroso pasatiempo.

—¿Cómo estoy?—preguntaba ella.

—Mejor que antes, más mujer, más hecha: diríase que los años te perfeccionaron, trazando curvas, puliendo angulosidades, corrigiendo, en fin, gallardamente, lo que la impaciente juventud dejó mal concluído.

Mientras el poeta hablaba, la gentil cortesana se estremecía mordida por un capricho; raro capricho que iba definiéndose, sojuzgando su ánimo bajo una fuerza invasora incontestable. Sin saberlo, adoraba á Pedro; le admiraba, hubiese querido pasar la vida pendiente de sus labios elocuentes... y pertenecerle, para ahuyentar sus penas.

—Su alma es hermosa—pensaba Antonia, exaltándose.

Mas inmediatamente después, la voz implacable de su buen sentido, respondía:

—¡Pero es tan feo!... ¡Tan feo!...

Y para escucharle, miraba al suelo, hallando grato aquel apartamiento de la realidad desconsoladora.

...Fué otra tarde en aquel mismo coquetón saloncillo. Pedro callaba, considerando imposible la reconquista de su antigua amada, que languidecía en el silencio; silencio augusto, cargado de recuerdos que desbordaban su amor. Mercedes había salido.

—¿Por qué ese mutismo?—preguntó Antonia.

—¿Qué puedo decir?... ¡Estás tan lejos de mí! ¡Tan lejos!...

—¡Oh!... No lo creas. Vivo muy cerca de ti, tan cerca como antes, acaso más vecina que nunca... Porque mi espíritu, instruído por la experiencia, comprende mejor los raros méritos del tuyo. ¡Háblame... háblame!

—¿De qué?

—¡Ah, no sé!... No sabría decírtelo... Pero, habla... la corrección de tu discurso y tu voz, que nubló la tristeza, aturden mi razón dulcemente, como el vaho aromoso de los pebeteros. Sí, por lo más santo... no me niegues el favor de escucharte. Háblame de amor... evoca lo pretérito; jura, como sólo tú sabes hacerlo, que no me has olvidado todavía... ¡Habla!

Y él habló... friamente al principio, como viejo actor que representa; después con fuego, sintiendo caldearse sus nervios bajo la viril sacudida de su propia inspiración.

—Antonia... ¿te acuerdas?...

Hablaba cogiéndola las manos, envolviéndola en una mirada ardiente, dejando que su aliento acariciase la frente de la amada. Y reconociéndose elocuente, se entregaba contento á este juego de gestos y de palabras, con la doble alegría del amante y del artista que espera ser aplaudido. Y proseguía:

—En vano intentas sustraerte á ti misma; me quieres, lo sé, me consta... Si así no fuese, ¿á qué esa turbación? ¿A qué ese humillar la cabeza y bajar los ojos?... Oyeme, soy yo... tu Pedro... quien te llama; soy tu pasado, tu juventud primera, que vuelven conmigo.

Ella balbuceaba, entregándose al hechizo de la ficción.

—¡Pedro mío!... ¡Pedro!...

—Antonia, mi Antonia... adorada de mi alma... ¿Es posible que después de separación tan dilatada, volvamos á estar juntos?... Hace mucho tiempo, juré amarte, y mi fe cumplió lo jurado sin que ni la distancia ni los frívolos placeres mundanos quebrantasen el hierro fortísimo de mi juramento. Te conocí siendo niña, nos amamos: yo entonces ganaba lo suficiente para no morir, pero estudiaba sin desmayos, sabiendo que el estudio y el trabajo son las únicas carabelas que pueden conducirnos derechamente á las playas de la dicha, y en aquellas playas remotas tú esperabas.

Trastornada por el fuego de esta romántica peroración, la joven abrió los ojos que hasta allí tuvo cerrados, queriendo gustar la contemplación del hombre que tantas y tan lindas cosas decía, y no pudo; vió su frente sombría que arrugaron los años, su boca triste, su tez marchita, su cuerpo encorvado, sus ojos sin luz... ¡Y no pudo!... El beso se heló en sus labios y volvió á cerrar los ojos. ¡Era tan feo!...

—Lo pasado ha vuelto... ¡oh, Antonia!... No dejes que esta felicidad torne al pasado otra vez.

Ella, sintiendo que en la obscuridad su ilusión renacía, contestaba, sin abrir los párpados, meciéndose nuevamente en la música de aquel fingimiento adormecedor:

—Pedro mío, yo te amo, pero mi historia, sembrada de errores, imposibilita nuestra unión; yo soy una desgraciada; tú, en cambio, puedes ser feliz aún.

—¡Yo! ¡Yo dichoso!... ¿Sin tí?... Nunca. Ahora mi nombre llena tu memoria y esa convicción, acaso presuntuosa, me consuela. Pero más adelante, cuando nos separemos, cuando no te vea, cuando la casualidad que acaba de unirnos no exista... y mi recuerdo vaya empequeñeciéndose en tu espíritu con el tiempo, como la imagen de todo lo que pasa, de todo lo que huye... Entonces, ¿quién se acordará de mí... del vencido?...

—Me sofocas como sofocan las pesadillas.

Contestó sin abrir los ojos, pareciéndola que en aquella obscuridad la voz cariñosa del poeta venía de muy lejos. Pedro prosiguió:

—Es el ayer, que te ahoga. Tú pasarás también, Antonia, y tu ocaso será muy triste...

—¡Sigue, sigue!...

—Será muy triste; y entonces, ¿quién te amparará? ¿Quién podrá consolarte del bien perdido?... Mientras que, viviendo juntos, no padecerías el tormento de la soledad, y tus últimos años serían dulces y tibios como los crepúsculos estivales...

Hubo otra pausa. Antonia, con la cabeza caída hacia atrás y los hermosos ojos cerrados, preguntó:

—¿Quieres apagar la luz?

—¿Para qué?...—repuso el poeta.

Y sin sospechar la triste razón que justificaba el capricho de su amiga, dijo:

—Estamos mejor así.

Luego continuó:

—Nos veo viejecitos, examinando juntos y sin pena el panorama de lo vivido, confortando con mi aliento tus manos trémulas, espantando con mis besos los pesares de tu vieja frente... ¡Antonia, mi Antonia!...

La emoción ahogó la voz de su garganta. Ella murmuró:

—Apaga la luz.

—No... necesito verte... déjame...

—Pedro...

—¡Eres tan hermosa!... Ven, más cerca, así... tus manos en mis manos... nuestros pechos muy juntos, más...

—¡Oh, adorado mío!... ¡Qué dulzura, qué persuación la de tus palabras!...

Iba á abrir los párpados, pero recordó con miedo las trazas lamentables de su amador, y volvió á cerrarlos.

—Antonia—el poeta repetía,—¿me quieres?

Como eco de la callada habitación, la joven contestó:

—Mucho.

—¿Con toda tu alma?

—Sí... con toda mi alma.

—¡Oh, placer!... Dilo, dilo otra vez para consuelo mio... ¡Repítelo muy alto!...

—Te quiero... te quiero... ¡Y nada me consolará de los años que viví sin amarte!

Otra vez sus ojos se abrian, poseídos del ansia de mirar, pero se contuvo. Pedro, murmuraba:

—Ven...

Ella sintió sobre la fresa de sus labios, los labios calenturientos del poeta, y su aliento, cálido como el jadeo de las fieras. Entonces se levantó y sin entreabrir los cerrados párpados, se dirigió á tientas hacia la mesa y apagó el quinqué; la habitación quedó á obscuras, en las tinieblas los objetos perdieron su forma; el hechizo de la conversación estaba salvado.

—¿Qué haces?—preguntó Pedro sorprendido.

Ella repuso:

—Acercarme á tí...

LA OCASIÓN
(Cuento representable)
———