ACTO ÚNICO

Gabinete en casa de Alicia. A la izquierda y al fondo, puertas. A la derecha, un balcón. Chimenea encendida á la izquierda. Teléfono. Los muebles serán elegantes y muy modernos. Decorarán la pared cuadros de bazar, retratos, etc. Un verdadero gabinete de cortesana, en donde todo será bonito, un poco barroco y frívolo, con esa frivolidad de las casas amuebladas de prisa.

Al levantarse el telón no hay nadie en escena. Luego aparecen por la izquierda Alicia y Marta; detrás, Ángeles, que se sentará junto á la chimenea y guardará durante las dos primeras escenas una actitud indiferente.

Es de día.

ESCENA PRIMERA
ALICIA, ÁNGELES, MARTA

ALICIA

(Risueña, envolvente). Pues ya le digo á usted: hoy, imposible... Demasiado sabe usted cómo vivimos todas nosotras los quince últimos días de mes.

MARTA

Sí, sí...

ALICIA

De milagro, ¿verdad?... Además, estas fiestas pascuales traen consigo tantos gastos...

MARTA

Entonces, dice usted que vuelva...

ALICIA

A primeros de año.

MARTA

¿El día dos?

ALICIA

Sí; es decir, espere usted: el día dos es...

MARTA

Sábado.

ALICIA

Justamente. Sábado, domingo... Venga usted el cinco: el martes.

MARTA

Bien, bien.

ALICIA

Vaya usted tranquila, ¿eh?...

MARTA

¡Por Dios, señorita Alicia, acuérdese usted de mí!

ALICIA

Sí, mujer.

MARTA

Ya sabe usted que son cuatrocientas veinticinco pesetas.

ALICIA

Sí.

MARTA

Doscientas pesetas del sombrero violeta con amazonas blancas.

ALICIA

Cien pesetas del negro.

MARTA

Cien del azul.

ALICIA

Y veinticinco por la compostura de la gorrilla. Estamos de acuerdo.

MARTA

Eso es. Conque, señorita, la deseo á usted una Nochebuena muy buena, muy alegre.

ALICIA

Gracias, Marta. Que pase usted felices Pascuas.

MARTA

Un recadito al señor marqués.

ALICIA

Gracias.

MARTA

Y... ¡hasta el año que viene!

ALICIA

El día cinco.

MARTA

Ya lo sé, el martes... Adiós, señorita Alicia. (Ya desde la puerta, á Ángeles.) Páselo usted bien.

ÁNGELES

(Displicente). Adiós.

ALICIA

Adiós, adiós... (Levantando la voz.) ¡Consuelo!... Acompaña á esta señora.

(Alicia se detiene á retocarse los cabellos ante un espejo. Pausa.)

ÁNGELES

Bien ha machacado, bien. ¡Pensé que no se iba!

ESCENA II
ALICIA, ÁNGELES, CONSUELO

CONSUELO

(Aparece por la puerta del fondo). Señorita, esta tarjeta.

ALICIA

¿Nada más?

CONSUELO

Con seis botellas de champagne.

ALICIA

Eso, ya es algo.

CONSUELO

¿Quiere usted verlas?

ALICIA

¿Para qué? Déjalas en el comedor. Oye... ¿se fué el hombre que las trajo?

CONSUELO

Sí, señorita.

ALICIA

¿Le diste propina?

CONSUELO

Dos pesetas.

ALICIA

Bien. (Se dirige hacia la chimenea.)

ÁNGELES

¿De quién son esas botellas?

ALICIA

Del marqués. (Le da la tarjeta.)

ÁNGELES

¡Ya!...

ALICIA

(A Consuelo, que habrá permanecido cerca de la puerta y que hará ademán de marcharse). Oye, Consuelo...

CONSUELO

Señorita.

ALICIA

Da luz. (Vase Consuelo.)

ESCENA III
ALICIA y ÁNGELES, sentadas delante de la chimenea.

ÁNGELES

¿Recibiste muchos regalos?

ALICIA

Muchos. Un pavo, dos capones, y de mazapanes, turrones y almendras, quince ó veinte kilos. Tengo buenos amigos.

ÁNGELES

¡Bah, los hombres!

ALICIA

¡Psch!...

ÁNGELES

Para la mujer que, como tú, está en moda, no hay hombre malo. Pero, después, después...

ALICIA

Es verdad. (Recobrando su vivacidad.) El frío promete pegar de firme esta noche. ¡Demonio!... Luego, esta chimenea maldita no calienta.

ÁNGELES

Yo prefiero el brasero clásico.

ALICIA

Y acaso tengas razón.

ÁNGELES

Además, estas chimeneas gastan mucho.

ALICIA

Bastante.

ÁNGELES

¿Cuánto te cuesta la tuya?

ALICIA

No sé... unas dos pesetas diarias...

ÁNGELES

¡Qué horror!

ALICIA

Sí... Pero, ¡bah!... Una chimenea abriga más, mucho más que una amistad, y suele costar bastante menos. (Ríe.)

ÁNGELES

¡A quién se lo vienes á decir! (Pausa.) ¿Dónde cenas esta noche?

ALICIA

Aquí.

ÁNGELES

¿Con tu marqués?

ALICIA

Sí. También espero á Roberto; pero si viene estando el otro, Consuelo le despedirá. Es cosa convenida. El marqués se marchará entre doce y una de la mañana, como siempre, y á las dos vendrá Ricardito.

ÁNGELES

Tu bebé.

ALICIA

Mi Bebé; el niño de mi alma, mi juguete.

ÁNGELES

¡Tu juguete!... (Ríe con risa desengañada y bondadosa.) ¡Tu juguete!... Yo también, á tus años, tuve juguetes de esos.

ALICIA

¿Y se rompieron?

ÁNGELES

Todos.

ALICIA

Ricardo no es de esos. Me quiere; yo, que conozco bien á los hombres, te lo aseguro. Me quiere. ¡Si le vieses!... ¡Pobre Bebé! Cuando riño con él y le amenazo con despedirle, se echa á llorar.

ÁNGELES

¡Con tal que luego, cuando seas tú la que llore, él no se ría!...

ALICIA

No.

ÁNGELES

¿Qué edad tiene?

ALICIA

Diez y ocho años. ¡Un amorcillo!

ÁNGELES

¿Estudiante?

ALICIA

Sí.

ÁNGELES

¿Y de acá? (Haciendo resbalar el pulgar sobre el índice.)

ALICIA

Ni un céntimo.

ÁNGELES

(Sonriendo). Sí, mozo y pobre, debe de ser bueno. Sí, mira... acaso aciertes... Porque en diez y ocho años no ha tenido tiempo de aprender á ser hombre. ¡Y eso que en esto, como en todo, hay precocidades, «niños prodigios...»

ALICIA

Ya, ya...

ÁNGELES

¿Nunca te ha pedido dinero?

ALICIA

Nunca.

ÁNGELES

Porque también los hay...

ALICIA

También. (Pausa.) Te advierto que siento hacia Ricardo, más que un verdadero amor de amante, una pasión espiritual de madre, de protectora. Me gustaría aconsejarle, orientarle, dirigir su vida, servirle á la vez de timón y de escudo. Tú conoces las fiebres sensuales de los diez y ocho años. Pues bien: muchas noches esquivo sus labios y le obligo á trabajar. «¿Te sabes tus lecciones de mañana?—le digo—. ¿No?... Pues á estudiarlas ahora mismo. Quiero que estudies, que subas, que brilles en tu carrera. No olvides que soy más vieja que tú y que, el tiempo andando, puedo necesitar de ti.» Y el pobrecillo coge sus libros...

ÁNGELES

¿Pero tiene sus libros aquí?

ALICIA

Los suyos, los que su padre le compró, claro es que los tiene en su casa. Pero yo le he comprado otros iguales. (Ríe.)

ÁNGELES

¡Loca!...

ALICIA

Sí, estoy loca por él y en él vivo. ¿Pero hay nada más hermoso, más consolador que vivir fuera de nosotras mismas?... Mientras él estudia, yo, sentada á su lado, leo y pienso en la dulzura de tener un hijo. Algunas veces interrumpe su trabajo para preguntarme: «Y después?» «¿Cómo después?—le contesto fingiéndome muy irritada—; después te marchas á tu casa.» ¡Pobre Bebé, y qué esfuerzo me cuesta despedirle! Pero no quiero verle pálido ni caído. Su madre, su misma madre, estoy cierta de que no le cuida más que yo. ¿No te reirás, Ángeles?

ÁNGELES

No, no... ¿por qué?

ALICIA

¿No te reirás si te digo que, donde más me gusta besar á Ricardo es en los cabellos?

ÁNGELES

No, hija mía; tus confesiones no pueden moverme á risa.

ALICIA

Ya lo sé.

ÁNGELES

¡Disparate! ¡Al contrario!... ¿No comprendes que todas esas emociones que ahora constituyen para tu almita joven una novedad, son, para mi alma, ya vieja y desengañada, un recuerdo?

ALICIA

Tal vez...

ÁNGELES

Por el camino que tú ahora recorres, pasé yo cantando hace treinta años. Yo también, pobre Alicia, tuve «mi amor», «mi Ricardo»... y como tú, yo le animaba á estudiar, á ser hombre, á ser rico...

ALICIA

¿Y murió?

ÁNGELES

Peor que eso. Se cansó de mí. (Todo esto lo dirá Ángeles gravemente, pero sin llorar.)

ALICIA

Tienes razón; fué mucho peor.

ÁNGELES

En fin... ¡Bien está así!... Porque esos desengaños tempranos son para nuestro espíritu una especie de vacuna moral que luego nos preserva de esos grandes golpes que, juntamente con la vejez, con los años blancos, nos trae la vida. Yo no tengo alegrías, es cierto, pero tampoco sufro penas graves. Mi Antonio...

ALICIA

¡Es verdad!... Perdona, no me había acordado de preguntarte por él...

ÁNGELES

Mi Antonio es un pobre pintor de puertas y ventanas, ya lo sabes... Te he dicho que es jorobado, ¿verdad?... Tampoco es un niño... ¡No me importa!... Yo, que conocí en mis verdes primaveras á tantos reales mozos, me es indiferente... es más... acaso me gusta... que mi compañero de ahora sea feo y desdichado.

ALICIA

¡Eres original!

ÁNGELES

Sí, porque así me quiere más y le hallo más mío. Es un inferior, bueno y dócil, á quien domino con un simple fruncimiento de cejas. En mi casa, con sus techos abohardillados y sus suelos desnudos, en mi pobre casa fría, yo soy la reina. Ahora, cuando yo llegue, encontraré la lumbre encendida, la mesa puesta... y un beso, lleno de lealtad, para mis labios. ¡Oh!... A mí, que fuí tan caprichosa, sólo me interesa de los hombres la bondad; acaso porque la experiencia me ha enseñado que únicamente los hombres muy feos suelen ser buenos...

ALICIA

Nosotras también somos buenas, ¿verdad?

ÁNGELES

Si no hubiésemos sido inocentes, si no hubiésemos creído en la lealtad del que nos burló, ¿estaríamos donde estamos? Mira... Las mujeres sólo se inclinan á ser malas cuando empiezan á creer que los hombres son buenos.

ALICIA

¡Cómo me gustaría vivir sola, sin ver á nadie, á nadie!

ÁNGELES

(Burlona). Nada más que á Ricardo.

ALICIA

Claro es...

ÁNGELES

¡Naturalmente! Pero no te fíes, porque la vida tiene ironías terribles. A tu edad soñamos con el amor de un Adonis, y luego, en la vejez, gracias que contemos con la amistad de un jorobado.

(Suena un timbre.)

ALICIA

Ahí está el marqués.

ÁNGELES

Me voy.

ALICIA

No, no... espera.

ÁNGELES

Me parece que no es tu marqués.

ALICIA

Aguarda... calla... (Pausa.)

ÁNGELES

(Bajando la voz). Es voz de mujer.

ALICIA

Sí.

ÁNGELES

¿Tienes muchos acreedores?

ALICIA

Muchos... oye... (Pausa.) Discuten...

ÁNGELES

Ya, quien sea se fué.

ALICIA

Saldremos de dudas. (Apoya un timbre.)

ESCENA IV
ALICIA, ÁNGELES, CONSUELO

CONSUELO

¿Llamaba usted?

ALICIA

¿Quién era?

CONSUELO

(Sonriendo). La modista.

ALICIA

Quería...

CONSUELO

Sí.

ALICIA

¡Es horrible!

ÁNGELES

¿La debes mucho?

ALICIA

No... ¡qué sé yo!... Unas doscientas pesetas.

ÁNGELES

Vamos...

ALICIA

¡Y se la ocurre cobrar hoy, precisamente hoy...

ÁNGELES

¡Es lógico!... ¡Hoy, que es Nochebuena!

ALICIA

Sí... ¡hoy, que no tengo una peseta!

CONSUELO

Yo la dije que no estaba usted en casa; pero ella había visto en el perchero el impermeable de la señorita, y repuso: «¡Quiá, niña, esa no cuela!» «¿Cómo que no cuela?»—la repliqué yo. Y ella dice: «¿Y esto?»

ALICIA

¡Claro!

CONSUELO

Entonces, voy y la digo, bajando la voz, así como si depositara en ella una confianza muy grande... ¿Usted me comprende? (Ríe.)

ÁNGELES

¡No eres tonta, no!

CONSUELO

Conque la digo... «Bueno, la señorita Alicia está en casa, pero no se la puede molestar ahora... porque hay un señor, ¡que es título!... Venga usted otro día.» Y se fué... se fué echando demonios por la boca.

ÁNGELES

A la portera se lo habrá ido á contar.

ALICIA

¡Canastos con la gente!... Se han creído que soy una sucursal del Banco.

CONSUELO

¿Me necesitan ustedes para algo?

ÁNGELES

¿Qué hora será?

ALICIA

(Consultando el reloj de su pulsera). Van á dar las ocho. (A Consuelo.) ¿Cómo va la cena?

CONSUELO

Ya está hecha.

ALICIA

¿Y la cocinera?

CONSUELO

Se marchó á media tarde.

ALICIA

¿Y Concha?

CONSUELO

También.

ALICIA

¡Y sin decirme nada! ¡Valiente frescura! Estas criadas con familia son insoportables. ¡Ah! Te lo aseguro... En lo sucesivo, todos mis servidores han de ser incluseros. (A Consuelo.) Ya sabes que el marqués cena conmigo.

CONSUELO

Sí, señorita.

ALICIA

Coge el veladorcito del comedor y ponlo aquí, delante de la chimenea. Despacha volando, que es muy tarde.

CONSUELO

¿Pongo dos cubiertos?

ALICIA

¿Pues no acabas de oir que el marqués cena aquí?

CONSUELO

¡Ah! Voy en seguida. (Vase.)

ALICIA

(A Ángeles). Ven; para no estorbar á la muchacha, nos sentaremos ahí.

(Se sientan á la derecha. Mientras hablan, Consuelo entra y sale, aderezando la mesa.)

ÁNGELES

¡Qué lindas zapatillas llevas!

ALICIA

(Con terror cómico). ¡Cállate, por Dios!

ÁNGELES

¿Por qué?

ALICIA

Podría aparecer el zapatero.

ÁNGELES

¡Cómo! ¿No están pagadas?

ALICIA

No.

ÁNGELES

¡Demonio de chiquilla!

ALICIA

¿Qué quieres?

ÁNGELES

¿Y la alfombra?

ALICIA

¿Eh?

ÁNGELES

¿Tampoco está pagada?

ALICIA

Tampoco.

ÁNGELES

(Con admiración cómica). ¡Hija mía, te admiro!

ALICIA

¿Me admiras?

ÁNGELES

Sinceramente. Puedes decir que vives sobre un volcán.

ALICIA

No comprendo cómo hay personas que no tengan trampas.

ÁNGELES

¿Pero, las hay?...

ALICIA

Eso me pregunto yo. Porque el presente es algo tan flaco, tan inconsistente, que no sólo vive de lo pasado, sino que necesita pedirle prestado, y pedirle mucho, al porvenir.

ÁNGELES

Así es. Di... ¿Nos veremos mañana?

ALICIA

Quédate á cenar.

ÁNGELES

Con mucho gusto, pero no puedo; ya sabes que Antonio está esperándome.

ALICIA

¡Que espere! Quédate. Aunque el marqués venga, puedes acompañarnos. Luego te vas.

ÁNGELES

Si precisamente me gustaría cenar aquí por eso, por acompañarte; porque me parece que tu marqués no vendrá.

ALICIA

¿Crees?

ÁNGELES

Creo que no vendrá. Es Nochebuena.

ALICIA

¿Y qué?

ÁNGELES

Que es una noche excepcional en la que los maridos no suelen salir de casa.

ALICIA

No me lo digas.

ÁNGELES

¡Toma! (Pausa. Suenan del lado del balcón y muy distantes, cual si pasasen por la calle, zambombas y tambores.) ¿Oyes? ¡Nochebuena!

ALICIA

¡Sí, el marqués vendrá, le conozco bien! Vendrá tosiendo y renegando del reúma, pero vendrá. Y si no viene, ¡peor para él! Vendrá Roberto... y después vendrá Ricardo...

ÁNGELES

Mujer prevenida...

ALICIA

Vale por muchas.

(Suena un timbre.)

ÁNGELES

Han llamado.

ALICIA

Ahí está el marqués. Quédate. ¿Te quedarás?...

ÁNGELES

No, no...

ALICIA

No te dejo salir... No te dejo salir...

ESCENA V
ALICIA, ÁNGELES, ELENA, VICTORIA, que aparecen con gran algazara de voces y risas

ELENA

¡Alicia!

ALICIA

Elena...

VICTORIA

Somos nosotras.

ALICIA

¿Qué tal? ¡Qué buena sorpresa! (Se besan.)

ELENA

¿Cómo sigue usted?... (A Ángeles.)

ÁNGELES

A sus órdenes. (Se dan las manos.)

ELENA

Muchas gracias.

ALICIA

(A Victoria, por Ángeles). ¿Ustedes se conocen?

VICTORIA

No recuerdo...

ALICIA

Mi amiga Victoria, mi amiga Ángeles...

ÁNGELES

Tengo una verdadera satisfacción...

ALICIA

Sentaos, sentaos... ¿De dónde venís ahora?...

VICTORIA

De correr medio Madrid.

ALICIA

¿En coche?

ELENA

¡Quiá! A pie...

VICTORIA

A pie, democráticamente. ¿Tú no has salido hoy?

ALICIA

Ni ayer.

ELENA

Haces mal. Las calles están animadísimas; si llegas á venir con nosotras, pasas un buen rato.

VICTORIA

¿Tienes cigarrillos?

ALICIA

Sí.

VICTORIA

Vengan.

ALICIA

¿Cómo los queréis? Los hay de varias pintas: turcos... egipcios...

VICTORIA

Nos es igual. ¿Para qué echárnoslas ahora de «exquisitas», si no hay hombres delante?

ÁNGELES

Tiene usted razón.

ALICIA

(Que habrá vuelto á sentarse). Tomad. (Todas fuman menos Elena.)

VICTORIA

Enciende tú.

ELENA

Gracias, yo no fumo.

ALICIA

Pues, si he de ser franca con vosotras, debo deciros que en estos días no me atrevo á salir á la calle porque tengo varios enemigos... ¿comprendéis?

VICTORIA

Perfectamente.

ALICIA

Vulgo, ingleses...

ELENA

Ni media palabra más.

VICTORIA

¡Pero es una tontería dejar de salir á la calle por que se tengan acreedores!... ¿Qué haría yo entonces?

ELENA

¿Y yo?

VICTORIA

Acabaríamos por envidiar la suerte de las monjas.

ÁNGELES

Todo anda muy mal; no hay dinero.

VICTORIA

(A Elena, y con marcado interés). Oye... Mariano, el marquesita, ¿te llevó dinero anoche?

ELENA

¡No!

VICTORIA

Yo le vi á mediodía, en la calle de Alcalá, frente á las Calatravas, y al pasar á su lado, muy disimuladamente, le tiré un pellizco. Verás... Sigo andando, y al llegar á la esquina de Fornos, mi buen Mariano me alcanza. «¿Cómo estás, Victoria?» «Vaya usted al cuerno—le digo—; lo que ha hecho usted con mi amiga es una porquería.»

ELENA

Se quedaría tan fresco. ¡Es una lechuga!

VICTORIA

¡Quiá! Se puso un poco colorado y me dijo: «¿Verás á Elena?»—«Sí que la veré.»—«Pues dila que esta noche (por anoche) la mandaré doscientas pesetas.»

ELENA

¿Tú las has visto?... ¡Pues yo tampoco!

VICTORIA

¡Qué indecente!

ALICIA

Gentuza...

ÁNGELES

La culpa de todo la tiene la falta de dinero.

VICTORIA

Sí, señora; la madre del cordero es esa.

ELENA

Yo no soy vieja, y, sin embargo, recuerdo que antes los hombres no eran así: tenían más alegría, más dinero... ó más coraje para gastarlo... ¡No sé!

ÁNGELES

Todo va de mal en peor.

ALICIA

Yo tampoco soy vieja, y... ¡qué diablos!, el primer año que estuve en Madrid ahorré más de cinco mil duros; y ahora, en cambio, tengo la mitad de mis trajes empeñados.

VICTORIA

Y la otra mitad se la debes á la modista. ¡Todas iguales!

ELENA

Yo conozco á la Valenciana, y á Pepa la Sorda, que ya están ricas y que seguramente no valieron de jóvenes más que nosotras.

ÁNGELES

¿Y Julia, la Senadora?

VICTORIA

¿Y Antonia, la Estiráa?

ELENA

¡Toma! Y, como esas, un ciento. ¿Y fué ninguna de ellas más guapa que tú ó que yo ó que ésta?... (Por Alicia.) Aquí, doña Ángeles, puede decirlo...

ÁNGELES

Yo creo que los hombres fueron y serán siempre iguales.

VICTORIA

¡Alegrémonos por nuestras hijas!...

ÁNGELES

Sí, iguales... y eso que á mi edad, como podéis suponer, ya nadie me mira. Pero comprendo que los hombres que para mí son de hielo, para vosotras sean de brasa. ¡Natural! Lo que sucede ahora es que hay mucha hipocresía, mucho vicio oculto...

ALICIA

Muchísimo.

ELENA

Ángeles dice bien. No es que ahora haya menos alegría ó menos dinero ó menos calaveras; los hombres no pueden ser peores de lo que son. Lo que ocurre es que hay una epidemia de señoras diletantis, que aman por sport.

ALICIA

¿Ve alguna de nosotras al conde Ramiro?... No. Desde que se puso en relaciones con la esposa de...

ELENA

Calla. ¡Y qué lástima de hombre! No he conocido otro más generoso.

VICTORIA

¿Y Perico López?

ELENA

Otro que tal. ¿Y Víctor Aguado?

ALICIA

Lo mismo.

ÁNGELES

Y como esos, otros cien y otros cien. Es lo que yo digo: antes había menos hipocresía; antes, los hombres necesitaban una distracción y la buscaban entre nosotras. Ahora...

VICTORIA

Ahora la rebuscan entre las esposas de sus amigos.

ÁNGELES

Ni más ni menos.

ALICIA

¡Decimos que no hay hombres! ¿Sabéis por qué?

VICTORIA

Porque nos les quitan las solteritas ociosas y las malas casadas.

ELENA

¡Como esas no piden dinero!

ALICIA

Pues las prefieren, aunque no sean tan guapas ni tan agradables como nosotras.

VICTORIA

¿Pero quién iba á pensar que nuestro porvenir iban á echarlo á perder las mujeres decentes?

(Todas ríen.)

ELENA

(Mirando su reloj). ¡Horror! Las ocho y media.

VICTORIA

A mí me aguardan á las nueve.

ELENA

Y á mí.

ÁNGELES

Yo, también me voy.

(Todas se levantan.)

ALICIA

(A Elena). ¿Esperas á Juanito?

ELENA

Sí. ¿Y tú?

ALICIA

Yo ceno con el marqués.

VICTORIA

¿Aquí?

ALICIA

Sí. Cuando llamasteis creí que era él.

VICTORIA

Yo también ceno en casa.

ÁNGELES

(A Alicia). Me parece que tu marqués no viene.

ALICIA

(Displicente). ¡Y dale! Pues, si no viene el marqués, vendrá Roberto. ¡Tanto monta!

VICTORIA

¿Pero á cuántos amigos esperas esta noche?

ALICIA

A dos.

ÁNGELES

¡Embustera! A tres...

VICTORIA

¡Y luego me llaman loca á mí!

ELENA

(A Alicia). Haces bien, hija mía. Parodiando una frase de Dumas, á propósito del matrimonio, podríamos decir que la vida es para la mujer una cruz tan pesada, que para llevarla necesitamos que nos ayuden tres hombres... y, á veces, más...

VICTORIA

¡Y con todos nunca tenemos dinero! ¡Ea, vámonos!

ALICIA

Adiós, preciosa. Vaya, adiós.

ELENA

Adiós. (A Ángeles.) ¿Usted se queda?

ÁNGELES

No. Saldremos juntas.

ELENA

(A Alicia). ¿Vas mañana á Apolo?

ALICIA

No sé todavía.

VICTORIA

Vé, mujer.

ALICIA

Ya veremos. ¿Tienes palco?

ELENA

Sí.

VICTORIA

También hay que ir á Eslava. Preparan una Inocentada estupenda.

ELENA

Bien, adiós.

ÁNGELES

Hasta mañana.

ALICIA

Adiós...

(Suena el timbre.)

ÁNGELES

Tu marqués.

ALICIA

O Roberto.

VICTORIA

O un representante de las islas Británicas. ¡Maldito archipiélago!... (Pausa. Se oye un murmullo como de lucha y el ruido de una silla que cae al suelo.)

CONSUELO

(Desde dentro y sin que haya enfado en su voz). ¡Demonio de hombre! Estése usted quieto. ¡Estése usted quieto!...

ALICIA

Debe de ser Roberto.

VICTORIA

Quien sea trae prisa.

(Todas avanzan un poco hacia el proscenio, en actitud expectante.)

ESCENA VI
DICHAS y ROBERTO. (Viste gabán y sombrero de copa. Trae una zambomba descomunal.)

ROBERTO

¡Alicia!... ¡Mi Alicia!... (Toca la zambomba. Todas ríen.)

ALICIA

¡Es incorregible!

VICTORIA

¡Y pensar que tiene cuarenta años!

ELENA

¡Tocando la zambomba! ¡Un diputado á Cortes!

ROBERTO

(Entregando la zambomba á Ángeles con gravedad cómica). Señora... ¿Pero vivís todas aquí?... ¿Estoy en Citeres ó en la isla de Itaca? ¡Yo pierdo el seso, con la alegría!... Permitidme, nuevo Telémaco, que os estreche sobre mi corazón... (Las abraza con efusión exagerada.)

ELENA

¡Eres un botarate!

ROBERTO

Que está loco por ti... y por ti... y por ti también.

VICTORIA

Por todas.

ROBERTO

(Siempre con ademán reposado y enfático). Tú lo dijiste, en dos palabras de suprema elocuencia: «¡Por todas!...» ¡Qué penetración tan admirable, tan rápida! ¡Hijas mías! (Vuelve á abrazarlas.)

VICTORIA

(Tocando la zambomba). ¡Música, música!...

ROBERTO

Y tú, Alicia...

ALICIA

(Aparentando enfado). ¡Déjame en paz!

ROBERTO

Alicia la dulce, Alicia la cordera...

ALICIA

Te digo que no me hables.

ROBERTO

¿Estás irritada conmigo?

ALICIA

Mucho.

ROBERTO

¿Por qué?

ALICIA

No tengo ganas de conversación.

ROBERTO

¿Me despides así, tan secamente, porque en la penumbra del pasillo he cometido la ligereza de pellizcar á tu criada?

ALICIA

¡Ah! ¿Conque la pellizcaste?

ROBERTO

Completamente.

ALICIA

¡Me encanta tu frescura!

ROBERTO

¿O es porque adivinas que vengo á decirte que no puedo cenar contigo?

ALICIA

Sí que lo vas arreglando.

ROBERTO

¡Pobrecilla!... Ya veo la mesa, la mesita blanca... con dos cubiertos... Uno para tí para mí el otro...

ALICIA

Pues, la verdad; aunque sé lo zascandil que eres, te esperaba.

ROBERTO

¿Lo veis?... Me esperaba... ¿lo oís?... ¡Me esperaba! Y su corazón brincaba gozoso con mi recuerdo. ¡Pero, señor!... ¿Es posible que á mi edad se inspiren todavía pasiones así?...

VICTORIA

¡Admirable!

ELENA

¡Demonio de hombre! ¡Revienta si habla en serio!

ALICIA

¿Pero te quedas ó no?

ROBERTO

Imposible, Alicia.

ALICIA

¿Cenas en tu casa?

ROBERTO

Sí.

ALICIA

¡Qué lástima!

ROBERTO

Compadéceme. Un odioso banquete de familia.

ÁNGELES

Le compadecemos á usted.

ROBERTO

Hay motivos: la esposa á la derecha, los suegros enfrente... (á los suegros, ya es sabido, siempre les tenemos enfrente) y repartidos alrededor de la mesa familiar, cuñadas, sobrinitas... ¡No quiero pensarlo!... Pero, en fin (abrazando á Alicia), mañana vendré..

ALICIA

¿Por la tarde?

ROBERTO

Sí.

ALICIA

¿A las cuatro?

ROBERTO

A las cuatro.

ALICIA

¡Pero, suelta!... Hombre más pegajoso...

ROBERTO

Vendré, vendré más enamorado de ti que nunca... y en tus ojos tomaré el desquite de lo que hoy he de sufrir. Hoy, mañana... es igual... ¿no es cierto?... ¡Igual! Con una mujer como tú, es Nochebuena todo el año.

VICTORIA

(Riendo). ¡Tiene razón!... ¡Delicioso!

ELENA

¡Música, música!

VICTORIA

Va, va. (Repica la zambomba.)

ROBERTO

Y, con esto, me voy.

ALICIA

¿Sin ni siquiera sentarte?...

ROBERTO

Imposible. Tengo un coche abajo y dentro del coche á mi mujer.

ALICIA, ELENA, VICTORIA

¡A tu mujer!

ROBERTO

A la legítima.

ALICIA

¿Pero estas loco?

ROBERTO

De la cabeza á los pies.

ÁNGELES

¡Sí que lo está!

ROBERTO

La he dicho que aquí vivía mi abogado.

VICTORIA

¿Y para quién era la zambomba?

ROBERTO

Para el hijo del abogado. He venido por que me moría de tristeza...

ELENA

Se te conoce.

ROBERTO

Porque yo me ahogo si no respiro, siquiera una vez al día, ese aire de tolerancia que se respira aquí. ¡Ea, salud!... (Hace ademán de irse.)

VICTORIA

Oye...

ROBERTO

Di.

VICTORIA

¿Me llevas una noche al teatro?

ELENA

Y á mí.

ROBERTO

Mañana os espero en la Zarzuela.

VICTORIA

Yo no voy á la Zarzuela.

ROBERTO

¿Por qué?

VICTORIA

Porque le debo un palco á un revendedor.

ROBERTO

Te pondré en paz con tu revendedor.

VICTORIA

Pero, de ir, ha de ser con mi novio.

ROBERTO

¡Ah! ¿Pero tienes novio?

ALICIA

Y muy simpático.

VICTORIA

Es actor.

ROBERTO

¡Malo!... En general, todos los artistas son unos botarates...

ELENA

Sí, que tú...

ROBERTO

Les conozco; unos botarates aficionados al juego, al vino, á las mujeres... pero, en el fondo, ¡eso sí!, buenas personas; ingenuos, generosos... ¡todo corazón!... Sí, llévale; yo disfruto viendo cómo se aman los demás.

ALICIA

¡Es un santo!

VICTORIA

Más música. (Tocando la zambomba.)

ROBERTO

(A Alicia). Adiós, cuerpo bonito, carita de rosa.

ELENA

Nos vamos todas.

ROBERTO

¡No será conmigo!

VICTORIA

¡Será detrás de ti!

ROBERTO

Eso es diferente.

ELENA

Pierde cuidado; no te comprometeremos. Bajas delante.

ROBERTO

Sí, dadme tiempo á que me suba al coche. ¡Adiós, gabinete inolvidable; mesa querida, adiós!...

ELENA, VICTORIA

(Empujándole). Anda, anda... Ya has dicho bastantes tonterías.

ALICIA

¿Y la zambomba?

VICTORIA

Me la llevo yo.

ROBERTO

(Desde dentro). Hasta mañana.

ALICIA

Hasta mañana.

(Detrás de Roberto salen Elena y Victoria.)

ÁNGELES

(Besando á Alicia). Hasta mañana. Diviértete mucho.

ALICIA

Adiós, Ángeles. Te deseo una buena noche.

(Un momento la escena queda sola.)

ESCENA VII
ALICIA, sola

¡Se marcharon, al fin!... ¡Oh!... ¡Cuánta conversación, cuánto hablar de frivolidades que á una no le interesan! ¡Cuánto fingir!... (Coge un periódico y se sienta delante de la chimenea. Atiza la lumbre. Mira el reloj de su pulsera.) Las ocho y media dadas. ¡Que tarde!... ¿No vendrá? (Lee.) Esperemos. (Dentro y lejos, como en la calle, resuena un recio estrépito de zambombas, tambores, panderetas y almireces. Algarabía desacorde y sin ritmo, como de gentes que van borrachas.)

UNA VOZ CANTA:

¡Ande, ande, ande
la marimorena!
¡Ande, ancle, ande
que hoy es Nochebuena!...

OTRA VOZ:

En la garganta tienes
un lunarcito,
en la garganta quiero
darte un besito[B].

[B] Conviene que esta Voz sea de mujer. La actriz encargada de cantar puede elegir la copla y la tonadilla que guste.

Y el coro repetirá, á modo de estribillo:

¡Ande, ande, ande
la marimorena!
¡Ande, ande, ande
que hoy es Nochebuena!...

(Luego las voces cesan y el ruido de los instrumentos va debilitándose, cual si se alejase por la calle. Ensáyese bien esto, por que de ello depende el encanto melancólico de la escena.)

ALICIA

Noche triste, noche maldita... maldita, porque es de recuerdos... ¡Ay, mi madre!... Y mis veinte años... mis años de ilusión... ¿dónde fueron?... (Exaltándose.) Daría... ¡oh!... No sé qué daría por no estar sola... (Pausa. Suena el timbre del teléfono.) ¡Ah! Una voz que viene de lejos, un consuelo... (Maneja el aparato.) ¿Quién?... ¿Quién?... Perdone, Central. ¡Ah!... ¿Casino de Madrid?... Ya... ¿Cómo?... Más alto... ¡No se oye!... ¿Qué dice? Las portadas del periódico... ¿Eh?... ¿Pero usted cree que esto es una redacción?... ¡Oiga usted, Central! Central... Central... (Apoyando el timbre. El timbre del teléfono vibra otra vez.) ¡Central!... ¡Ah! ¿Es el Casino de Madrid? A ver si ahora nos entendemos... Bueno, bueno... bien... usted perdone, Central, usted perdone... ¡Casino de Madrid! Sí, aquí es... ¿Con quién hablo?... ¡Ah, eres tú, Luisito?... ¿Cómo estás?... Yo, muy guapa... ¡Ja, ja, ja!... ¡No seas bruto!... ¿Eh?... Digo que no seas bruto. Bien. (Ríe.) Sí, recibí las botellas... muy buena marca... no lo he probado aún, pero supongo que será excelente. Oye... oye... te advierto que te espero, tengo un apetito horrible... ¿Cómo? ¿Que no puedes venir á cenar conmigo?... ¿Cenas en tu casa?... Ya podías habérmelo dicho antes... ¡Evidentemente!... Eso no se hace... ¿eh? No, señor; no se hace, porque si tú tienes compromisos, yo también los tengo... Si viene alguien, le recibiré... ¡No faltaba más! No admito explicaciones, no las admito... Te vas al infierno... Ni quiero reñir ni dejo de querer; haz lo que gustes... No sé si podré... ¡que no sé si podré!... No, mañana no, y menos por la tarde... Sí... Adiós... (Separándose del teléfono.) ¡Maldita sea!... (Apoya un timbre. Pausa.)

ESCENA VIII
ALICIA Y CONSUELO

CONSUELO

¿Llama usted?

ALICIA

Dame de cenar.

CONSUELO

¿Cena usted sola?

ALICIA

Sola.

CONSUELO

¿No viene el señor marqués?

ALICIA

No.

CONSUELO

¿Y el señorito Roberto?

ALICIA

Tampoco.

CONSUELO

¿Cómo? ¿Ha reñido usted con ellos?

ALICIA

No.

CONSUELO

Entonces...

ALICIA

¿Qué quieres?... El marqués está casado, Roberto también está casado... y los «señores» tienen que cumplir con la familia. ¿Sabes? ¡Ironías de la suerte!... Esta noche, la más triste de todas las del año, es precisamente la única noche en que la Fatalidad, que tiene cara de clown, nos obliga á dormir solas.

CONSUELO

Es verdad... sí...

ALICIA

(Con gran apasionamiento). Ya sabes cómo nosotras llamamos á los hombres que nos pagan... Siempre les desprecié con toda mi alma, siempre... Jamás comprendí que hombres discretos, hombres de mundo, pudiesen hallar contentamiento en la comedia de amor que nosotras, en su obsequio y por su dinero, representábamos. ¡Les creía imbéciles!... Pero, no, no lo son; ahora les comprendo, y como les comprendo, les disculpo... ¡hasta piedad me inspiran!... Es que los infelices, en medio de su vivir ordenado, se aburren, y sus pobres almas tiemblan de frío. No, ellos no creen en nosotras, pero lo fingen... y su propio fingimiento les distrae con el espejismo de un amor real... ¡Oh! Ahora como nunca comprendo su fastidio, su fastidio mortal... su miedo á estar solos. (Pausa. Consuelo permanecerá de pie, en actitud resignada. Alicia se dispone á leer el periódico.)

CONSUELO

Entonces... ¿quiere usted cenar ahora?

ALICIA

Sí... sí... no tengo ganas, pero, en fin, cenaré... ¡Sola, qué rabia!

CONSUELO

¿Quiere usted ostras?

ALICIA

Sí. ¿Hay langostinos?

CONSUELO

También.

ALICIA

Bueno; pues, de todo un poco. Hay que vivir...

CONSUELO

Los bocadillos de langosta tienen muy buena cara.

ALICIA

¡Vengan los bocadillos de langosta!

(Se levanta y se sienta á la mesa. Suena un timbre.)

CONSUELO

¿Será el señorito Ricardo?

ALICIA

No le espero ahora. Que pase quien sea.

CONSUELO

¿Si es un hombre?

ALICIA

Como si es mujer.

CONSUELO

(Risueña). Con tal que no sea un acreedor...

ALICIA

(Impacientándose). ¡Aunque sea un acreedor! No importa. ¡Aunque sea el verdugo!...

(Pausa. Consuelo sale y vuelve con una carta.)

CONSUELO

Tome usted.

ALICIA

(Rompe el sobre). ¡Oh!... ¡No viene!... ¡Oh! No viene... (Pausa.)

CONSUELO

¿Una mala noticia?

ALICIA

¡Bah!... Sí... ¡No viene! (Aparte.)

CONSUELO

Presumo de quién es.

ALICIA

Del señorito Ricardo.

CONSUELO

Del mismo. ¿No puede venir?

ALICIA

No.

CONSUELO

Cena con sus padres, ¿verdad usted?

ALICIA

Con sus padres. ¡Mala sombra!...

CONSUELO

¡Es natural, señorita! En una noche como esta, ya se sabe; la familia...

ALICIA

¡Claro! La familia... Y los que, como yo, rompieron con la familia para ser libres, cenan solos...

(Pausa. Alicia permanece absorta.)

CONSUELO

(Suspirando con disimulo). ¡Ay!...

(Pausa larga.)

ALICIA

Consuelo...

CONSUELO

Señorita.

ALICIA

¿Tú también tienes familia?

CONSUELO

Sí, señorita.

ALICIA

¿Padre y madre?

CONSUELO

Madre, nada más.

ALICIA

¿Y hermanos?

CONSUELO

Tres, más pequeños que yo.

ALICIA

Les querrás mucho...

CONSUELO

Mucho, sí, señorita; ¡figúrese usted!

ALICIA

¡Claro!... Como yo querría á los míos... si no se avergonzasen de que yo les quisiera... (Pausa. Vuelve á leer la carta de Ricardo.) ¿No puede venir! ¡Qué fatalidad!... (Pausa.) ¿Y tú, Consuelo, vas á cenar conmigo?

CONSUELO

Como la señorita disponga.

ALICIA

No; ¿para qué sacrificarte?... Tú también tendrás gusto en cenar con los tuyos, ¿verdad?

CONSUELO

Antes iba á decírselo á usted: puesto que ni el marqués, ni don Roberto, ni el señorito Ricardo vienen... si no le hago á la señorita mucha falta...

ALICIA

Ni poca ni mucha. ¡Para lo que he de comer!

CONSUELO

Puedo irme más tarde.

ALICIA

(Levantándose). No, tonta, vete ahora. Es igual... yo me serviré. Toma diez pesetas, para que les compres algún juguete á tus hermanos.

CONSUELO

¡Ay, muchas gracias, señorita!

ALICIA

Llévate, además, todo el turrón que quieras.

CONSUELO

Muchas gracias.

ALICIA

Llévate también la llave, para que yo, mañana, no tenga que levantarme á abrirte. Anda, date prisa, que van á dar las nueve.

CONSUELO

Como usted quiera.

ALICIA

Anda, anda...

ESCENA IX
ALICIA, sola

(Un momento permanece indecisa. Luego hace mutis y reaparece con dos platos que coloca sobre la mesa). Cenemos. (Vuelve á resonar en la calle estrépido de tambores, de panderetas y de voces.)

VOCES

Esta noche es Nochebuena
y no es noche de dormir;
vente conmigo, serrana,
que me quiero divertir...

UNA VOZ

La niña que yo quiero
tiene una cama,
más blanca que las nieves
del Guadarrama...

CORO

¡Ande, ande, ande
la marimorena!...
¡Ande, ande, ande
que hoy es Nochebuena!...[C].

[C] Nota importante.—Como el autor reconoce que la melancolía suprema de esta ultima escena es para «sentida» más que para «dicha», propone á la actriz encargada del papel de «Alicia» dos desenlaces: Uno, representar la comedia según aparece escrita; otro, no bien el coro acabe de cantar, dejar la copa de champagne que iba á llevarse á los labios y, sin decir palabra, como quien no puede reprimir más tiempo su dolor, romper á llorar desoladamente, mientras el telón cae lento.

ALICIA

¡Qué estrépito! Si parece que va á hundirse la casa... ¡En fin!... Una noche en que no necesito inventar conversaciones espirituales, ni fingir caricias, ni reirme sin ganas... ¡Nochebuena!... ¡Qué diablos! No sé de qué me quejo... Y en mi pueblo, los que se acuerden de mí dirán: «¿Qué hará esa?...» ¡Si me vieran!... (Descorcha una botella de champagne.) Bueno; bebamos; me emborracharé. El vino se lleva los recuerdos, y una noche sin recuerdos... ¡Nochebuena!... (Bebe. Otra vez resuenan tambores y almireces.)

TELON LENTO


EL PASADO VUELVE
COMEDIA EN UN ACTO
Estrenada en el TEATRO ROMEA la noche del 30 de Enero de 1909