CAPÍTULO VII
#Los manantiales del valle#
A todos los arroyuelos visibles é invisibles que descienden de barrancos y vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún á centenares infinidad de pequeñas fuentes y venas de agua, todas diferentes por el aspecto y el paisaje de las piedras, los zarzales, arbustos ó árboles que las rodean, diferenciándose también por la cantidad de sus aguas y por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del año.
Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber manado durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los pequeños saltos de agua cesan de susurrar, las paredes de su balsita se secan y las hierbas que humedecía se doblan lánguidamente. Luego, pasados minutos ú horas, se oye un murmullo subterráneo y he aquí el agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para devolver la vida á las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia alegremente su resurrección á los insectos ocultos entre el césped, á todo un mundo infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos mismos. Los hombres de ciencia nos explican la causa de estas intermitencias; nos dicen el por qué de ese salir y ocultarse del agua alternativamente en las cavidades subterráneas, dispuestas en forma de sifón. Todo esto es hermoso, pero á estos juegos de la naturaleza, á esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre murmullo, y en los cuales, á cualquiera hora, podemos ver cómo se refleja la luz, rielando en su ondulada superficie. Más encantadora aun me parece la discreta fuente que nace en el fondo del arroyo á la que sólo contemplan los observadores estudiosos de la naturaleza. En medio del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna líquida del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las hierbas que acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de la arena y vienen á deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso hervor que se produce en la superficie del agua y se propaga alejándose en rizos ondulados que disminuyen gradualmente.
Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos por la gran diversidad de substancias minerales que llevan en suspensión. Por muy pura que el agua del manantial parezca á nuestra vista, no es esta, como la química dice, una combinación de dos cuerpos simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los inmensos torbellinos de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los seres es el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias, ya rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa líquida y transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del arroyo, hay algunas que, surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de oro en sus aluviones. Si arrastraran grandes cantidades como ciertos manantiales de California, Colombia, el Brasil ó los Urales, inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia las fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas, serían muy pronto tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos y azadones y sus fragmentos serían sometidos á los martillos de la fundición; poco tiempo después, á las cabañas de un villorrio, habitadas por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los prados y los valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería también, á la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos llenos de noble alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo, desconocido de la multitud, en el que hallamos la soledad y el silencio, como en los días que vimos brillar por vez primera las pepitas de oro. En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo buscador de pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de sus largos trabajos.
Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo en pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de agua que surge de rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la luz. Las pepitas que la corriente hace rodar por el fondo se arremolinan un momento y luego se depositan llanas sobre otras láminas, de modo que se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa superficie. Los niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo á sacar con sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro y las de plata, sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa reluciente no es oro y plata más que en apariencia; de otro modo, empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible fuente, esa dura batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan de cada día.
En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita que, lejos de arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de una especie de baño gris las piedras, las hojas y las ramitas caídas de los arbustos que la adornan. Este baño se compone de innumerables moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de la colina. Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se desprende de las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de la balsita crece un helecho que balancea sus verdes hojas agitadas por el aire húmedo, mientras que sus raíces, sumergidas en el agua, están recubiertas de una capa de piedra.
La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y gaseosas que arrastran ó disuelven en su curso subterráneo y que sacan al exterior. Hay algunas que contienen sal, otras son ricas en hierro, en cobre y en diversos metales, habiendo alguna que exhala ácido carbónico ó emanaciones de gases sulfurosos. La proporción de mezclas que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de ellas, y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo preciso, se ve obligado á hacer un largo análisis especial, que tiene que repetir varias veces. Luego, cuando ha pesado las diversas substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el agua del manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que permiten al astrónomo descubrir los metales en los astros, brillan como un punto en el fondo del espacio infinito y advierten al químico la existencia de cuerpos que se hallan en cantidades infinitesimales en la pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes señalaron, ó mejor dicho, arrancaron á la fuente por la fuerza de la ciencia, metales que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la historia. Comparados con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los anales de la humanidad las victorias ó la muerte de los más célebres conquistadores!
Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus viajes subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes por sus temperaturas diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la temperatura media del país; otras están por debajo de este término medio, porque descienden de las nieves ó porque una fuerte evaporación se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias ó calientes sus aguas; se encuentran á diversas temperaturas desde la del hielo hasta la del vapor á gran presión. Por su temperatura, la fuente nos resume su historia subterránea: con sólo mojar un dedo en sus aguas, podemos saber cómo ha sido su viaje á través de los ocultos abismos. Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!» Pero si sale tibia, es, sin duda alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta bajar á grandes profundidades, habiéndose calentado en esos conductos tenebrosos antes de salir á la superficie. Y, en fin, cuando la temperatura de una fuente se aproxima á la del vapor á grandes presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado á dos ó tres kilómetros bajo la superficie del suelo, porque sólo á tal profundidad la temperatura de las rocas es la misma que la del agua en ebullición.
Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad podemos seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño canal del agua en las entrañas del monte antes de salir á la luz, ayudados de los datos científicos que la dolorosa experiencia del minero ha adquirido habitando las profundas galerías.
Las aguas tibias ó termales, mucho más que las frías, contribuyen á disolver las piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo otra forma á su salida. En muchos parajes, el agua caliente que corre á unirse con el arroyo, se extiende primero en un gran lago que ella misma ha formado molécula tras molécula; al lado se encuentran otras lagunas secas, y á uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra están bordadas por hermosas concreciones parecidas á los adornos de mármol que vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán insignificantes son esos depósitos silíceos ó calcáreos comparados con las enormes construcciones erigidas en diversos países del mundo por esos ríos termales, como por ejemplo los de Holly-Springs, en los Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas calientes edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos kilómetros de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y basamentos crecen incesantemente por el depósito de las cascadas susurrantes que poco á poco ocupan la llanura. El agua, construyendo sin cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente un nuevo cauce, deja detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de admirables columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las profundidades.
Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han podido contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo trabajan en la construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más modesta, la fuente de la pequeña laguna no cambia los accidentes del terreno ni el aspecto del país en algunos años; pero empleando siglos y siglos en su trabajo, llega por fin á renovar todo el espacio que baña; cambian poco á poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que les había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por la fuerza con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren venas de jaspe y otras piedras transparentes ó coloreadas; es el hilillo de agua termal, arrastrando arcilla en disolución, que lo ha depositado en la fisura por donde corría, y que luego ha cambiado de curso. Todos esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como arterias de cristal, deben su origen á modestas corrientes de agua. Es cierto que en la mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo, no en forma de líquido, sino en forma de vapor y á elevada temperatura, porque de otro modo no podría disolver los materiales que tapizan las paredes de sus antiguos lechos. Así los minerales de oro y plata han sido arrancados de las entradas de la roca por los vapores de un Pactolo subterráneo.
Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que disuelven las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez hacer temblar los montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de tierra se dejó sentir en la pequeña cuenca del arroyo; las casas se balancearon con gran terror de sus habitantes, y algunas paredes ya agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no tuvo otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo preocupó á los sabios é ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos hablaban de un mar de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad había agitado sus olas; otros pretendían que un volcán intentaba surgir en las inmediaciones, y que dentro de poco tiempo, el cráter se abriría; había quien no sabiendo nada de fuego central, ni habiendo jamás visto cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes salinas y yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al notar que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y arrastraban lodo, y que algunas de ellas habían cambiado de orificio de salida, se preguntaban si no serían ellas la verdadera y única causa. Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni en un segundo, estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y otras substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos de agua subterráneos han ido destruyendo la base de los montes. Debilitados los colosales cimientos del gigantesco edificio, ceden al peso, las bóvedas se hunden, el monte se estremece, y la tierra se agita algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una terrible explosión hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho temblar así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que puede ocultar una mata de hierba.
Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos de terror que nos causan á veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos dan agua para beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan nuestros campos y hacen germinar las simientes, alimentan nuestros árboles y nos traen del fondo de la tierra tesoros que sin ellas jamás hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo, nos devuelven la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes curativas de las fuentes termales y minerales, que en todos los países civilizados se han construído edificios en los nacimientos de los manantiales, para aprisionar el agua y medir cuidadosamente el empleo en los baños y piscinas.
Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los ingenieros cavan á lo lejos las rocas para sorprender en su curso el pequeño hilo de agua que corre por las hendiduras interiores y el escape de vapor que sube desde las ocultas profundidades. Ávidos de salud, los enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva consigo y todo lo que bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven en el lodo negro que forman la arcilla y la arena y llegan á cubrirse como tritones con el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin embargo, no llevan la religión hasta acariciar contra sus cuerpos los animales que nacen y se desarrollan al dulce calor del agua termal. Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas fuentes. Cuando el bañista ve al reptil ondulando á su lado sus graciosos anillos, no cree en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que, lleno de terror, salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.
En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de enseñar á los enfermos los manantiales donde encontrarían la salud ó el alivio de sus males; hoy los médicos y los químicos reemplazan á los magos de la Edad Media, indicándonos con mayor autoridad el agua bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de darnos una segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género de vida, sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar sus males y entonces gozará plenamente de la vida hasta el término natural, con la sola condición de que nuestro estado social no sea el de odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos soberanos de Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y minerales, por temor á que sus súbditos, convencidos de la virtud de las aguas de sus manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el solo poder de Alah. En el porvenir, al contrario, sabremos utilizar todas las gotas que surjan del suelo, todas las moléculas que salgan á la superficie y sabremos designar su función para el provecho de la humanidad.
CAPÍTULO VIII
#Las corrientes y las cascadas#
Mezclándolo todo en su cauce, lo mismo las aguas que bajan del monte que las fuentes que brotan del suelo, manantiales fríos, tibios y termales, salinos, calcáreos y ferruginosos, el arroyo crece y crece sin cesar en cada vuelta del valle, á cada nuevo afluente. Rápido y alegre como joven que entra en la vida, ruge y salta desordenadamente; ya le llegará la calma y hará más lenta su corriente al llegar á la llanura horizontal y monótona; en el momento se resbala con alegría por la pendiente precipitándose hacia el mar. Es que se encuentra todavía en el período heroico de su existencia.
En esta parte de su curso, las corrientes, las cascadas y los saltos, son los grandes fenómenos de la vida del arroyo. No siendo todavía bastante fuerte para regularizar completamente la inclinación de su lecho, y minar las bases de la roca, arrasar los salientes de la piedra y reducir á polvo los cantos esparcidos, tiene el arroyo que salvar estos obstáculos saltando por encima ó escaparse por los lados.
Los saltos varían hasta el infinito, según la altura de las piedras que ha de franquear, la inclinación de la pendiente, la abundancia de las aguas, el aspecto de sus orillas, la vegetación de sus riberas y el volumen de las piedras emergidas. Aunque diferentes entre sí, todas son igualmente hermosas, ya por su graciosa forma, ya por su majestad, sintiéndose alegre y satisfecho quien se deja mojar los pies.
Las corrientes son el bosquejo de las cascadas donde toman estas su ímpetu, para detenerse luego y precipitarse después. Aquí, el agua que choca contra una piedra musgosa la envuelve como con un globo de transparente cristal, y ciñe su base con una orla de espuma; allá, la corriente inclinada desaparece rápidamente por entre dos rocas, y después, por encima de ocultos escollos, se repliega en ondas paralelas; más lejos, el caudal se divide en varias curvas lanzándose por saltos desiguales. El hoyo profundo, la sutil capa de agua y la franja de espuma, se suceden con desorden hasta abajo de la pendiente donde el arroyo recobra su calma y la regularidad de su curso.
¡Y cuán grande es también la diversidad de las cascadas! Yo conozco una, encantadora entre todas, que se oculta bajo las flores y el follaje. Antes de precipitarse, la superficie del arroyo es completamente lisa y pura; ni una roca saliente, ni una hierba en su fondo interrumpen su curso rápido y silencioso; el agua cae en un canal trazado con igual regularidad que si fuera obra del hombre. Pero en el punto de la caída, el cambio es repentino. Sobre la cornisa de donde el agua se lanza en cascada, se levantan macizos de roca parecidos á pilares de un puente derribado, apoyándose sobre anchos estribos cuya base lame la espuma. Grupos de saponáceas y otras plantas salvajes, crecen como en jarrones de adorno en las anfractuosidades de los puntos dominados por las cascadas, mientras que las zarzas y clemátides, desplegadas como cortinajes, descansan sus guirnaldas sobre los salientes de la piedra y velan los distintos despeñaderos de la caída. La espesa red de verdura oscila lentamente por la presión del aire que arrastra el agua al caer, y las lianas aisladas, cuyas extremidades se bañan en los remolinos de espuma, se estremecen incesantemente. Los pájaros hacen su nido en este follaje y se dejan balancear por el aire. Hermoseado por las flores en primavera, adornado de frutos en verano y otoño, el cortinaje suspendido delante de la catarata ahoga en parte el estrépito; hasta podría suponérsele lejana si el sol, penetrando sus rayos por entre las ramas, no hiciera brillar por diversos puntos el gigantesco diamante que oculta la verdura.
A poca distancia de esta cascada cubierta por las hojas y las flores, otro asiento de peñascos atraviesa el arroyo, pero estos son tan duros que el agua ha hecho muy poca mella en ellos y apenas si está trazado su lecho. Ha tenido por consecuencia que extenderse á lo ancho y, rodeando piedras y arrastrando tierras vegetales, se ha dividido en numerosos hilos de agua, procurándose cada cual un curso favorable para llegar al punto de caída. Cortado en su paso por una roca pulida que se levanta en medio de sus cascaditas, los vemos saltar por todas partes; unos bastante fuertes para arrastrar las piedras y otros tan débiles que apenas pueden descubrir las raíces del césped. Aquí una pequeña capa de agua se extiende sobre una roca cubierta de verdoso limo y luego resbala por un asiento inclinado rodeado de helechos, ocultándose furtivamente por entre dos ramas de sauce que se inclinan hacia el líquido. Más lejos un pequeñísimo hilo de agua, contenido en una pequeña hendidura, corre, centellea y murmura en mi caída. Otro se precipita por una fisura negra y no se distingue desde fuera más que por centelleos indistintos; otro aun se lanza por aquí y allá retorciéndose como una serpiente de círculos alternativamente negros y plateados. A través de las rocas, los arbustos y las hierbas, todos los arroyuelillos, después de un momento en reposo, se juntan nuevamente como una porción de niños al grito de la madre. Y todo esto ríe y canta con alegría. Cada cascadita tiene su voz, dulce ó grave, argentina ó profunda, produciendo en conjunto un encantador concierto que adormece el pensamiento, dándole, al igual que la música, un movimiento acompasado y rítmico. Por fin, todas las fracciones se han reunido en el cauce común; chocan las corrientes bordadas de espuma y luego juntas emprenden el camino hacia la llanura.
La catarata es otra cosa distinta. En ella las aguas no se extienden sobre un ancho espacio para precipitarse luego al azar; se reúnen, al contrario, para lanzarse en masa compacta por el estrecho paso abierto entre dos puntas de roca. Deprimido en sus orillas é hinchado en el medio por la presión de la corriente, el arroyo se estrecha y se curva hasta el corte, desde donde se lanza al vacío. El agua, empujada por rápida velocidad, ha perdido sus ondulaciones y sus pequeñas olas; todos sus rizos, prolongados por la rapidez del torrente se han cambiado en otras tantos líneas perpendiculares como trazadas por la punta de un estilete. Parecida á una tela sedosa que se despliega, el lienzo líquido se desprende de la arista de la roca y se curva por encima de un negro corredor, en el fondo del cual bullen las aguas en torbellino. La base de la catarata es un caos de espuma. La masa que cae se deshace en olas que chocan entre sí, dirigiéndose en tumulto hacia el chorro enorme contra el que se precipitan como para escalarlo. En el estruendoso remolino, el agua y el aire, arrastrados á un mismo tiempo por la tromba, se confunden en una masa blanca que se agita incesantemente. Cada torrente, cambiando á cada instante de forma, es un caos en el caos.
Escapándose del torbellino, el aire aprisionado levanta millares de gotas pequeñas, que al dirigirse hacia el espacio producen fina niebla que el sol irisa. A veces también, encerrado bajo la masa del agua, arrastra torrentes espumosos que se ven entre ella escurrirse á lo largo de la roca como blancos espectros; bastante lejos, delante de la caída, continúa el torbellino del arroyo. Por cada lado ruedan violentos remolinos en el fondo de los cuales chocan las piedras, produciendo para las edades futuras «ollas de gigante». Por la fuerza del huracán que la empuja, el agua, blanca y chispeante, entra rápida en el canal; sin embargo, poco á poco su marcha se hace lenta y adquiere un tono de azul calizo como el del ópalo; luego, sólo presenta ligeras estrías de espuma, y poco después encuentra su calma y su reflejo azul. Nada recuerda ya la estrepitosa caída del arroyo, si no es la niebla de imperceptibles gotas que se ve brillar á lo lejos sobre el raudal que cae, produciendo un continuo mugido que hace vibrar la atmósfera.
Cierto que la modesta catarata del arroyo no es un mar que se despeña como el salto del Niágara; pero por pequeño que sea, no deja de producir una impresión de grandeza á quien sabe mirarlo, y no pasa indiferente por su lado. Irresistible é implacable, como si fuera empujada por el destino, el agua que cae lleva tal velocidad, que ni el pensamiento puede seguirla: se cree tener ante la vista la mitad visible de una ancha rueda que gira incesantemente alrededor de la roca.
Contemplando esta corriente siempre la misma y renovándose sin cesar, se pierde la noción de la realidad. Pero para sentirse poderosamente atraído por el vértigo de la cascada, es preciso mirar hacia arriba, por encima del sitio donde el agua cesa de correr y, describiendo su curva, se lanza libre al espacio. Los botones de espuma y las hojas arrastradas, llagan lentamente á la compacta masa como viajeros cuya quietud nadie turba; después, repentinamente, se les ve temblar, dar vueltas sobre sí mismos y, aumentando la rapidez á cada instante, se precipitan en los pliegues del agua para desaparecer en la caída. Así, en infinita procesión, todo lo que baja por la superficie del agua obedece á la atracción del abismo; todos estos objetos se ven desaparecer como rápidas estrías, como pequeñas visiones que desaparecen en el momento de ser vistas; la mirada misma, arrastrada por la pendiente, por ese pasar desordenado de hojas y archipiélagos de espuma, tiende á descender al abismo hacia el cual todo parece marchar, como si fuese allí, en el rugiente pozo, donde debe hallarse la paz.
Frecuentemente se ve llegar un insecto que hace esfuerzos ó que intenta subir sobre una hoja flotante, arrastrado también hacia el precipicio. Se le ve agitar sus patas y antenas á la desesperada, se mueve y retuerce en todas direcciones, pero en cuanto ha sentido la invencible atracción, cuando ha empezado á describir con la masa de agua la gran curva de la caída, cesa repentinamente todos sus movimientos abandonándose á su destino. Del mismo modo, un indio y su mujer, remando en su piragua, á corta distancia de la catarata del Niágara, fueron cogidos en un violento remolino y arrastrados hacia la caída. Durante largo rato intentaron luchar contra la terrible presión; los asustados espectadores que estaban en las orillas creyeron durante un momento que conseguirían dominar la corriente; pero no; la piragua, vencida en su esfuerzo, cede y cede sin cesar; la arrastra la corriente; se acerca á la terrible curva, se ha perdido toda esperanza. Entonces los dos indios cesan de remar, se cruzan de brazos, miran con serenidad el turbulento espacio que les rodea y altivos hasta en la muerte, como es propio á los héroes, desaparecen en la inmensa tromba.
Contemplada por la mirada de la ciencia en el infinito de las edades, la cascada en sí no es un fenómeno menos pasajero que los insectos ó los seres humanos arrastrados hacia el abismo, porque también ella ha nacido y desaparecerá. En la superficie de la tierra todo nace, envejece y se renueva como el planeta mismo. Todo valle, cuando fué recorrido la primera vez por el río ó el arroyo que hoy lo baña, estaba bastante más accidentado que en la actualidad; la graciosa sucesión de fisuras y de charcos, no ofrecía más que una serie de lagos unidos y de cascadas que se sumergían en ellos; pero poco á poco la pendiente se ha determinado, los huecos se han llenado de aluvión, las cascadas que desgastaban gradualmente la roca se convirtieron en torrentes y después en arroyos pacíficos. Tarde ó temprano la corriente descenderá hacia el mar, siguiendo un curso tranquilo y regular. Al fin, toda irregularidad desaparecería si la tierra, al envejecer por un lado, no rejuveneciera por otro. Si hay montes que desaparecen, roídos por el tiempo y la intemperie, hay otros que surgen empujados hacia la luz por fuerzas subterráneas; mientras unos ríos se secan lentamente absorbidos por el desierto, otros torrentes nacen y crecen; unas cascadas se obliteran, pero otras, después de haber roto las paredes que las retenían, se desprenden de los altos lagos desplegándose en ligeras velas ó se lanzan en compactas masas sobre las faldas de los montes.