CAPÍTULO XV
#El riego#
Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no será la de ser una fábrica de carne viva. El agua que entra en tan grandes proporciones en todos los organismos, plantas y animales, no cesará de emplearse, como actualmente se hace, en alimentar el mundo vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el arroyo, el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo, hincha de savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así indirectamente á la alimentación del hombre por tubérculos, matas, hojas, frutos y simientes. En el trabajo agrícola es donde principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la humanidad.
Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus vientos y la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del planeta», el agua del arroyo es el principal agente de renovación. Por el amor inmenso que hacia todo cambio sentimos, escuchamos con satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo, aquellos de nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles leyes no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las Mil y una noches, se complace nuestro espíritu viendo cómo los genios se convierten en vapor y los monstruos nacen de un reguero de sangre; nos gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo los aspectos y formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente del desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos en marcha.
En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los viejos cantos indostanes, lo lo que más nos seduce son las transformaciones de la piedra y de la hierba, del animal, del hombre y del dios, símbolos primitivos del encadenamiento infinito de la vida en el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla de seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y apolillados lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos, cuando ya está convertida á medias en grupo de cañas, Procrios echando raíces para convertirse en álamo, ó la ninfa Byblis fundiéndose en llanto, para correr eternamente en forma de fuente!
Pues bien; cambios parecidos á los que inventaron la imaginación de los pueblos en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de realizarse en el gran laboratorio de la naturaleza; sólo que se efectúan por un lento trabajo interior, por transición gradual de vida y de muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos milagros. La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.
Parece á primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras plantas que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los márgenes, aspirando la humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor por sus hojas, es bastante más viva y alegre; las parras salvajes, los álamos blancos y el temblón con sus hojas de plata constantemente estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos, hinchadas de jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la savia que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y multitud de arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más pequeño espacio vacío se puebla inmediatamente de plantas deseosas de aproximarse al arroyo bienhechor. Pero el agua realiza también su obra lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía, extiende su vivificante frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y penetra en el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea se propaga y se extiende á lo lejos bajo las capas superficiales del suelo de los campos, y durante las grandes crecidas, las aguas desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad y suministran así los elementos de vida á la multitud vegetal.
El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos medio cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la propiedad; los árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen en el agua fangosa la extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos socavan el suelo donde crecían hermosas cosechas. Hasta los bordes del lago temporal, todos los surcos abiertos por el arado, se convierten en otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la corriente largas estelas paralelas.
La inundación, que desvanece la esperanza del campesino, es una desgracia, y, sin embargo, en sus temidas aguas, lleva el arroyo un tesoro para años venideros. Al destruir las cosechas del año presente, deposita el aluvión fertilizante que alimentará las futuras fructificaciones. El suelo de la llanura, removido constantemente por el trabajo del labrador, se esterilizaría bien pronto si las rocas de la montaña, trituradas y tamizadas por la corriente, no se extendieran en capas renovadoras y fecundas sobre los campos de la ribera. Según nos enseñan los sondeos geológicos, la tierra vegetal y el subsuelo son capas de aluvión sucesivamente depositadas de siglo en siglo y arrastradas desde las estribaciones de las rocas. En el llano ninguna planta hubiera podido germinar si la montaña no se deshiciera sin cesar, y si el arroyo no bajara cada año estos residuos para suministrar un nuevo elemento á la vegetación de sus riberas. ¿Pero qué hacer para evitar que las aguas desbordadas devasten los cultivos y depositen al mismo tiempo el aluvión fertilizante? ¿Cómo regularizar las oscilaciones del nivel para aprovechar sus beneficios, sin tener que sufrir sus desbordamientos? Poco numerosos son los agricultores que han sabido resolver ya ese problema, hallando el medio de dominar al arroyo, dirigiéndolo á su gusto. Durante el verano la corriente no es más que un pequeño hilo líquido, y el campesino se queja; en otras épocas, en la primavera y el otoño, según los climas, el arroyo se sale de madre y el campesino se queja también.
Por otra parte, se lamentará siempre, y con razón, hasta que sepa asociarse con su vecino para utilizar los recursos que ofrece el agua corriente. Actualmente la explotación de esas riquezas se hace con el mayor desorden y casi al azar, según el capricho de los propietarios ribereños, siendo el resultado de estos disparates, el desastre para todos, con muchísima frecuencia. Uno seca terrenos pantanosos, construyendo canales subterráneos que desembocan en el arroyo y aumentan su caudal; otro lo empobrece, al contrario, haciéndole sangrías á derecha é izquierda para regar sus campos; otro aun, rebaja su nivel medio limpiando el fondo, destruyendo las aristas de las piedras en las corrientes y cascadas, mientras que en otra parte, los industriales, elevan la superficie del arroyo, construyendo presas para llevar el agua á sus fábricas. Todo esto son fantasías contradictorias, avideces en conflicto, que pretenden todas, no obstante, determinar la marcha del arroyo. ¿Qué sería de un pobre árbol, á cuántas enfermedades monstruosas no se vería condenado, si, lozano y lleno de vida, fuera repartido entre varios propietarios, si numerosos dueños pudieran ejercer el derecho de uso y abuso, uno sobre sus raíces, otro sobre su tronco, sus ramas, sus hojas y sus flores? El arroyo, en conjunto, puede ser comparado con un organismo vivo como el de un árbol. También él, desde su nacimiento hasta su desembocadura, forma un todo armónico con sus manantiales, sus sinuosidades y las oscilaciones regulares de sus aguas, y es una desgracia pública el que la serie natural de sus fenómenos sea alterada por la explotación caprichosa de propietarios ignaros. Gracias á la ciencia y á los esfuerzos particulares, podemos desde hoy vislumbrar la época en que el arroyo será útil al interés común de los pueblos. Como riqueza perteneciente á todos, el trabajo asociado lo transformará en una verdadera arteria de vida para la producción agrícola.
Los numerosos trabajos de canalización, presas y azudes ejecutados para el riego de los campos en muchas partes á orillas de los ríos, nos permiten imaginar cuál será el régimen de nuestro arroyo en un porvenir más ó menos lejano: con la previsión que nos da la ciencia, lo vemos ya desde hoy. Como en los tiempos antiguos, antes de la explotación del bosque, pinos y hayas entremezclados, volverán á crecer en las faldas de la montaña, de donde bajan las primeras aguas; las raíces que brotan, el musgo que las cubre, las hierbas que la rodean y que la cabra no vendrá á arrasar, contendrán en su caída las gotas de lluvia y los hilillos de nieve fundida. En vez de convertirse en corrientes de una hora, el agua se filtrará en el interior del suelo durante las lluvias, y descendiendo lentamente por los poros, reaparecerá en el lecho inferior del arroyo durante las épocas de sequía. El caudal medio de la corriente será más igual, y no pasará súbitamente de la sequía á la inundación. En los abruptos declives no se ahondarán repentinamente profundos barrancos, y las praderas del valle no desaparecerán bajo los amontonamientos de piedras y troncos arrastrados desde las laderas. Acequias abiertas en líneas paralelas sobre las redondeces, alternativamente salientes y entrantes de las curvas y promontorios, llevarán la vida y harán germinar las flores hasta en las áridas pendientes.
Puede suceder que la acción reguladora de los bosques y el empleo de las aguas del torrente en el riego de las altas huertas, no fuera suficiente para prevenir las repentinas crecidas por lluvias torrenciales; pero hay otros recursos para evitar este peligro. El valle no es igualmente ancho en toda su longitud. En ciertos parajes, su fondo nivelado se extiende en forma de círculo ó de óvalo, donde antes hubo un antiguo lago, llenado gradualmente por sucesivas capas de aluvión; en otras partes, las alturas rocosas que se levantan á derecha é izquierda del arroyo, se aproximan unas á otras, y sólo están separadas por una estrecha fisura, por la cual se desliza el agua rugiendo. En este punto se encontraba antes el dique que contenía las olas del lago. Durante las grandes lluvias, esta muralla retenía las aguas crecientes, las obligaba á extenderse hacia arriba hasta los estribos de las colinas, y, lentamente, salvando la valla inferior, descendían por la llanura, saltando de cascada en cascada. La naturaleza, con su incesante trabajo, ha concluído por derribar esta presa; los troncos, arrastrados como palos de buque por la corriente, han conmovido las rocas; el agua se ha infiltrado por las hendiduras, y más ó menos pronto, el lago ha podido vaciarse, abriéndose paso por la brecha practicada entre las dos colinas. Pues bien; este lago puede crearlo el hombre nuevamente y determinar á su gusto la altura, la extensión y el contenido; puede levantar el dique calculando con precisión su fuerza para resistir la presión de las aguas en las grandes crecidas.
Posesor de este lago artificial y de ese parapeto con sus esclusas movibles, el agricultor se convierte en director de las lluvias y sequías; impide á las aguas impetuosas correr en torrentes devastadores sobre los campos cultivados, prohibe al arroyo bajar en demasía su nivel durante la época de sequía, y le obliga á alimentar constantemente los canales de riego, llevando á los campos la frescura y la vida. El aluvión depositado en el fondo del lago, le servirá además para renovar el vigor de sus cultivos, y si quiere, encargará al arroyo el transporte de todos esos abonos al suelo que debe ser fecundado. Esperamos también, puesto que soñamos en el porvenir y hacia él se dirigen nuestras miradas, que los ingenieros encargados de la regularización del arroyo, sabrán hacer del gran depósito líquido de alimentación, no una charca vulgar con sus playas malsanas y aguas corrompidas, sino un lago puro y encantador, sembrado por grandes árboles y bordado de plantas acuáticas, para que el artista, lo mismo que el labrador, experimente un gran placer al contemplar las aguas cristalinas bajadas de la montaña.
El verdadero peligro para el porvenir, es el que el agua, considerada con justicia por los campesinos como el más preciado de sus tesoros, sea utilizada hasta la última gota por los primeros en disfrutarla. En vez de amenazar los campos con sus crecidas, el arroyo, sangrado por innumerables arterias, puede quedarse seco, dejando en la pobreza á los ribereños de su curso interior. Tal es la desgracia que ocurre ya en algunas regiones del Mediodía, en la Provenza, en España, en Italia, en la India. A su salida de los montes, el susurrante arroyo parece que vaya á salvar de un sólo salto la distancia que le separa del mar; su espuma choca contra las piedras, corre precipitadamente por las pendientes y llena las depresiones profundas de un azul insondable. Como joven que entra en la vida sin desconfianzas, el arroyo encuentra delante el espacio inmenso y quiere aprovecharlo; pero, á derecha é izquierda, pérfidas presas y pequeñas esclusas, restan á su caudal porciones de agua que van á ramificarse á lo lejos por los jardines y las huertas. Empobrecido de azud en azud, el arroyo se convierte en pequeño torrente, sus aguas sin impulso se arrastran serpenteando por entre las piedras y luego desaparece bajo la arena, en la que el campesino practica hoyos para recoger las últimas gotas del precioso líquido. Al llegar á los primeros campos de la llanura, el alegre arroyo de los montes ha desaparecido por completo.
Sin embargo, desapareciendo de su cauce el agua corriente y dividida en pequeñas arterias sin nombre, no cesa un instante de trabajar. Reducida á hilitos bastante pequeños para ser bebidos á su paso por las raicillas de las plantas, entra más fácilmente en el torrente de la circulación vegetal para cambiarse en savia, luego en madera, en hojas y en flores, y esparcirse de nuevo por la atmósfera mezclándose con los perfumes de las corolas. En el llano, transformado en inmenso cultivo, no se ve agua en parte alguna y, no obstante, ella es quien da á la tierra la frescura y fecundidad; la que puebla los jardines de flores, arbustos y follaje; la que multiplica las ramas dando así á las umbrosas avenidas el profundo misterio que nos encanta. Bajo otra forma, es también el agua la que nos rodea y nos hechiza. A veces oímos á nuestros pies un murmullo argentino como ruido de perlas rodando por el suelo; es la voz del agua que corre por un canal subterráneo, y cuyos fugitivos reflejos nos aparecen vagamente á través de los intersticios de las losas. Cerca de una casita, oculta bajo la verdura, un pequeño chorro de agua se lanza al vacío descubriendo una curva que el viento ondula, y las gotitas de niebla irisada caen á lo lejos sobre las flores como rocío de diamantes.