CAPÍTULO VI
#La destrucción de las cimas#
Y, sin embargo, aquellas masas enormes, montes apilados sobre montes, han pasado como nubes barridas del cielo por el viento; hiladas de tres, cuatro y cinco kilómetros de espesor, cuya existencia nos revela el corte geológico de las rocas, han desaparecido para entrar en el circuito de una nueva creación. Verdad es que la montaña todavía nos parece formidable y contemplamos con admiración parecida al espanto sus soberbios picos que atraviesan las nubes en el aire glacial del espacio. Son tan altas estas pirámides nevadas, que nos ocultan la mitad del cielo. Desde abajo, sus precipicios, que la mirada intenta en balde medir, nos causan vértigos. Y, sin embargo, todo ello no es más que una ruina, un simple residuo.
En otro tiempo, las capas de caliza, pizarra y asperón que se apoyan en la base de la montaña y se yerguen acá y acullá en cimas secundarias, se unían por encima del remate granítico en capas uniformes; sumaban su espesor enorme á la elevación ya altísima del pico superior. Doble era la altura de la montaña; llegaba entonces su vértice á aquella región en que está tan enrarecida la atmósfera, que ni aun puedo sostenerse en ella el ala del águila. No es ya la mirada, sino la imaginación la que se espanta al pensar en lo que la montaña era entonces y en lo que le han robado nieves, hielos, lluvias y tormentas durante la serie de los tiempos. ¡Qué infinita historia, qué innumerables vicisitudes en la sucesión de las plantas, de los animales y de los hombres, desde que los montes cambiaron de forma y perdieron la mitad de su elevación!
Este prodigioso trabajo de escombrado no ha podido llevarse á cabo sin dejar en muchos sitios rastros irrecusables. Los restos que han resbalado desde lo alto de las cimas con las nieves, que han sido empujadas por el hielo, triturados, desmenuzados, arrastrados en pedruscos, guijarros y arenas por el agua, no han vuelto todos al mar, del cual habían salido en periodo anterior: enormes montones quedan aún en el espacio que separa las atrevidas pendientes de la montaña y las tierras bajas ribereñas del Océano. En esta zona intermedia donde las colinas se extienden en largas ondulaciones como las olas en el mar, el suelo está enteramente compuesto de cantos rodados y piedras amontonadas. Todo eso son los restos de la montaña que las aguas han reducido á fragmentos menudos, transportándolos y vertiéndolos en enormes aluviones á la salida de los grandes valles. Los torrentes bajados de las alturas revuelven á su gusto las mesetas de residuos y hacen que sus taludes se desmoronen en el surco que han abierto. En las pendientes del foso profundo donde serpentean las aguas, se distinguen, en aparente desorden, las diversas rocas que han servido de materiales al gran edificio de la montaña. Ahí están los peñascos de granito y los fragmentos de pórfido; allí los esquistos de aguda arista medio hundidos en la arena; más allá, pedazos de cuarzo y asperón, guijarros calizos, trozos de mineral, cristales achatados. También hay fósiles de diferentes épocas, y en los espacios en que las aguas se han arremolinado mucho tiempo, se han parado esqueletos de animales flotantes. Allí se han descubierto á millares las osamentas del hiparión, del uro, del alce, del rinoceronte, del mastodonte, del mamut y de otros grandes mamíferos que recorrían en lejanos tiempos nuestros campos, y hoy han desaparecido, dejando al hombre el imperio del mundo. Los torrentes que trajeron tales restos, se los llevan pedazo por pedazo, reduciéndolos á polvo. Esqueletos y fósiles, arcillas y arenas, peñascos de esquisto, asperón y pórfido, todo se desmorona poco á poco, todo emprende el camino del mar; el inmenso trabajo de denudación que se verificó con la gran montaña, empieza de nuevo en menor proporción con los montones de escombros. Ahuecados por el agua, disminuyen gradualmente de altura, se parten en colinas diferentes. No obstante, aun aminorada por el trabajo de los siglos, derruida y arruinada, la meseta que se extiende en la base de la montaña bastaría para acrecentar en algunos millares de metros la cumbre superior, si adquiriera nuevamente su primera posición en las hiladas de rocas. Una antigua oración de los indios dice: «Lamiendo los montes es como ha formado los campos la roca celestial, es decir, la lluvia del cielo.»
Ante nuestros propios ojos continúa el trabajo de denudación de las rocas con asombrosa actividad. Hay montañas compuestas de materiales poco coherentes que vemos fundirse y disolverse, digámoslo así. Abrense alfoces en las laderas del monte y brechas en medio de la cresta; surcada por los aludes y por las aguas tempestuosa la gran masa, antes una y solitaria, se divide poco á poco en dos cimas distintas, que parecen alejarse una de otra á medida que se ahonda más el abismo que las separa.
Especialmente en primavera, cuando el suelo está empapado en las nieves fundentes, los desmoronamientos, los montones, las erosiones alcanzan proporciones tales, que toda la montaña parece que se derrumba y emprenda el camino de la llanura.
Un día de calor húmedo y suave, me había metido en un alfoz de la montaña para ver otra vez las nieves antes de que se las llevaran las aguas primaverales. Seguían obstruyendo el fondo de la quebrada, pero en muchos sitios estaban desconocidas porque las cubrían restos negruzcos, mezclados con lodo. Las rocas pizarrosas que dominaban el alfoz parecían convertidas en una especie de pasta y se derrumbaban en anchas hojas. El negro fondo que se filtraba por las paredes del desfiladero se hundía con sordo chapoteo en la nieve medio líquida. Por todas partes veía cataratas de nieve sucia y de restos, y me preguntaba con cierto espanto instintivo si, hendiéndose las rocas como la misma nieve, se irían á unir por encima del valle en una sola masa viscosa, derramándose á lo lejos por el campo. El torrente, que columbraba yo en algunos sitios, por los pozos en cuyos fondos se habían abismado las capas superiores de la nieve, perecía transformado en un río de tinta por los despojos que cubrían sus aguas; era aquello una enorme masa de fango en movimiento. En lugar del sonido claro y alegre que solíamos oir, el torrente lanzaba continuo mujido, el de los escombros que chocaban unos con otros y rodaban por su lecho. En la primavera, en la época anual de la renovación terrestre, es cuando ve uno como se verifica esa prodigiosa labor destructora.
Además, inmenso é invisible trabajo se produce en la misma piedra. Todos los cambios causados por los meteoros no son más que modificaciones exteriores; las transformaciones íntimas que se verifican dentro de las moléculas de la roca tienen, por lo menos, resultados de igual importancia. Mientras la montaña cambia sin cesar de apariencia por fuera, toma interiormente una estructura nueva, y las mismas hiladas modifican su composición. Tomado en su conjunto, el monte es un inmenso laboratorio natural, donde trabajan todas las fuerzas físicas y químicas, sirviéndose para su tarea de un agente soberano que no está á disposición del hombre: el tiempo.
Por lo pronto, el enorme peso de la montaña, igual á centenares de millares de toneladas, gravita tan poderosamente sobre las rocas inferiores, que da á muchas de ellas aspecto bien distinto del que tuvieran al salir del mar. Poco á poco, bajo la formidable presión, las pizarras y otras formaciones esquistosas se disponen en hojas. Durante los millares y millares de siglos que transcurren, las moléculas comprimidas se adelgazan en hojillas que pueden separarse fácilmente después, cuando tras alguna revolución geológica, vuelve á ser llevada la roca á la superficie. La acción del calor terrestre, que hasta cierta distancia por lo menos, crece con la profundidad, contribuye también á cambiar la estructura de las rocas. Así es como se convirtieron las calizas en mármoles.
Pero no sólo se acercan, se separan y se agrupan diversamente las moléculas de las rocas, según las condiciones físicas en que se encuentran durante el curso de los siglos, sino que también cambia la composición de las piedras en una carrera continua, un viaje incesante de los cuerpos que mudan de sitio, se mezclan y se persiguen. El agua que penetra por todas las rendijas en el espesor de la montaña y la que sube en vapor desde los abismos profundos, sirven de principal vehículo á esos elementos que se atraen y se rechazan después, arrastrados por el gran torbellino de la vida geológica. Un cristal echa á otro cristal en las hendiduras de la montaña; el hierro, el cobre, la plata y el oro sustituyen á la arcilla ó á la cal. La roca mate adquiere el irisado de las muchas substancias que penetran en ella. Por el cambio de lugar del carbono, del azufre y del fósforo, conviértese la cal en marga, dolomita y en espejuelo cristalino; á consecuencia de esas combinaciones la roca se hincha ó se encoge, y lentas revoluciones se verifican en el seno de la montaña. Pronto la piedra, comprimida en espacio harto estrecho, levanta y separa las hiladas superiores, hace caer enormes lienzos, y con lentos esfuerzos, cuyos resultados son iguales á los de poderosa explosión, agrupa de nueva manera las rocas de la montaña. Ora se contrae la piedra, ora se hiende, ya se abre en grutas, ya en galerías, ya se verifican grandes hundimientos, modificando así la apariencia y exterioridad del monte. A cada modificación íntima en la composición de la roca, corresponde un cambio en el relieve. La montaña reune en sí todas las revoluciones geológicas. Ha crecido durante millares de siglos, ha decrecido, durante igual tiempo, y en sus hiladas se suceden sin término todos los fenómenos de crecimiento y decrecimiento, de formación y destrucción, que se verifican en la tierra en proporción mayor. La historia de la montaña es la del planeta; destrucción incesante, inacabable renovación.
Cada roca resume un periodo geológico. En esa montaña de tan agraciado perfil, que surge de la tierra con tan nobles actitudes, creeríamos ver la obra de un día, tanto es la unidad del conjunto, y tanto es lo que concurren los pormenores á la armonía general. Y sin embargo, esta montaña ha sido esculpida durante un millón de siglos. Ahí, antiguo granito relata las viejísimas edades en que aún no había cubierto la escoria terrestre la fibra vegetal. La egnesia que se formó quizás en la época en que aún no habían nacido animales ni plantas, nos dice que, cuando el Océano la dejó en sus orillas, ya habían sido demolidas por las olas algunas montañas. La placa de pizarra que conserva los huesos de un animal, ó solamente una ligera huella, nos cuenta la historia de las innumerables generaciones que se han sucedido sobre la tierra en la incesante batalla de la vida: los rastros de huella nos hablan de aquellos bosques inmensos, representados después de su muerte por ligeras capas de carbón; el acantilado calizo, amontonamiento de animales revelados por el microscopio, nos hace asistir al trabajo de las multitudes de organismos que pululaban en el fondo de los mares; los residuos de todas clases nos recuerdan las aguas pluviales, las nieves, los ventisqueros, los torrentes, limpiando los montes como lo hacen hoy y cambiando de siglo en siglo el teatro de su actividad.
Al pensar en todas esas revoluciones, en esas transformaciones incesantes, en esa serie continua de fenómenos que se producen en la montaña, en el papel que representa en la vida general de la tierra y en la historia de la humanidad se comprende á los primeros poetas que, con la base del Pamir ó del Bolor, contaron los mitos de donde se han derivado todos los restantes. Dícennos que la montaña es una creadora; vierte en las llanuras las aguas fertilizadoras y les envía el légamo alimenticio; con la ayuda del sol, da nacimiento á plantas, animales y hombres; da flores al desierto y lo siembra de ciudades felices. Según antigua leyenda helénica, el que hizo surgir los montes y modeló la tierra fué Eros, el dios eternamente joven, el primogénito del caos, la naturaleza renovada sin cesar, el dios del amor eterno.