EL DIOS DEL VATICANO.


¿Creeis que en realidad ha sido roto y deshecho el paganismo en esta tierra de Roma? Cerca de mi alojamiento se eleva el Panteon de todos los dioses. El genio católico no se ha contentado con alzarlo á las alturas y ceñirlo, como diadema, á la Basílica madre de todas las Basílicas cristianas, sino que lo ha convertido en el templo de todos los santos. La oracion se apaga allí en los labios. Entra demasiada luz por el círculo que corona la Rotonda para que pueda entregarse el ánimo á la meditacion y al recogimiento. Bautizado, lleno de altares, convertido en iglesia como la gran aljama de Córdoba, protesta contra los innovadores, y suspira calladamente por su antiguo culto.

Así es todo en Roma. El paganismo se ha transformado, no se ha destruido. Los meses del año y los dias de la semana llevan los nombres de las antiguas divinidades, de los antiguos césares, de la antigua numeracion romana, y no hemos osado tomar el calendario de la República francesa que parece concebido en las entrañas de la creacion. Los dos solsticios de invierno y de verano todavía los celebramos con fiestas análogas á las fiestas clásicas. Adónis nace, muere, resucita, cuando el trigo se siembra y brota y espiga. Las fiestas de la Candelaria, como las fiestas lupercales, hállanse consagradas á la luz. El romano agita las antorchas bajo el dominio de los papas, como las agitaba ántes bajo el dominio de los césares, y entona á la luz himnos que han cambiado en su forma, pero que no han cambiado en su esencia. Cuando el Papa aparece conducido en hombros, puesto sobre altísima silla, envuelto el cuerpo en crujientes brocados, coronada la cabeza por áurea tiara que reluce, en las manos el preciado báculo, á los piés aquellas legiones de mitrados con sus capas de mil colores, cree el ánimo hallarse en los dias en que el lujo oriental y las costumbres orientales invadieron con los césares venidos de Siria la Ciudad Eterna.

No trato yo ciertamente con esto de combatir ni negar las virtudes del espíritu católico. De lo que trato es de negar esa originalidad que le atribuyen todos cuantos desconocen cómo obró el espíritu antiguo en el cristianismo, que fué al cabo su continuacion y hasta cierto punto su purificacion. El verbo es un concepto platónico-alejandrino, y es el concepto fundamental de la fe cristiana. La apoteósis de los héroes se ha reemplazado con la canonizacion de los santos. Cualquiera creeria oir un poeta católico cuando oye á Lucano decir ante la tumba de Pompeyo, cómo irán á orar sobre su losa los fieles que rehusan ofrecer incienso á los dioses del Capitolio. Es el infierno creacion pagana, como son los demonios creacion mágica. Satanás ha pasado por el mazdeismo ántes de pasar por el cristianismo. Las esperanzas mesiánicas no son exclusivas de la raza judía en el siglo del advenimiento de Cristo; son esperanzas universales. Cuando San Juan escribia el Apocalípsis, lo escribian tambien los estoicos, y palabras de desesperacion se pronunciaban por dos coros á un mismo tiempo, y se unian en los cielos paganos como en los cielos cristianos, el espanto religioso por la próxima conclusion del mundo. Nos extrañamos del número de dioses que tenian los antiguos. Los dioses hanse convertido en ángeles, dice el mismo San Agustin: deos quos nos familiarios angeles dicimus. ¿Por qué, pues, tanto ódio al mundo antiguo, á las ideas que vienen á ser como el blason de nuestra nobleza y la genealogía de nuestras propias ideas?

Pues qué, ¿no recibimos tambien el agua lustral? ¿No colgamos de las capillas los ex-votos? ¿No tenemos procesiones como tenian los griegos teorías? ¿No encendemos la noche de San Juan hogueras como las encendian los rhodios, los corinthios, los grandes fundadores de las colonias helénicas? Nuestra personalidad no ha venido de súbito á la creacion; es, como el planeta que habitamos, obra lenta de los siglos, obra á su vez de las generaciones. Así, cuando yo veia pasar bajo los arcos triunfales de mármol, cuya sucesion compone el Vaticano, la figura majestuosísima del Papa, entre tantas aclamaciones, entre tanto lujo, no podia ménos de decir para mis adentros que aquella autoridad tan universal, tan grande, es una autoridad que no proviene tanto del espíritu cristiano, democrático, sobre todo en los primeros tiempos, como de la superioridad que tuvo Roma por sus derechos y por sus conquistas sobre todas las ciudades del mundo.

¿Qué Imperio habrá como el Imperio de Pío IX? Ya no se extiende sobre la tierra; la revolucion le ha quitado sus dominios, y lo ha reducido primero á Roma, despues al Vaticano. Pero nadie puede quitarle, nadie, que en la exaltacion de su propia fe pueda creerse con dominio eminente sobre la conciencia humana, y autoridad bastante á interpretar sobre la tierra el pensamiento y la voluntad de los cielos.

Ningun Papa ha sido osado, ninguno, á prescindir de la Iglesia universal, del concilio ecuménico solemnemente convocado, para proclamar un dogma de fe y un dogma de tanta trascendencia como el dogma de la Purísima Concepcion de María, que, ademas de exceptuar á una criatura de las leyes generales humanas, sobrepone al cristianismo, que veló un tanto la pura idea deista de la Biblia, otra religion en la que se exalta á una criatura hasta las alturas donde sólo puede brillar el Creador.

Pío IX ha reinado mucho tiempo. Su predecesor, el viejo Gregorio XVI, á pesar de todo su poder divino sobre las conciencias, no tenía igual poder sobre la naturaleza, y en una fiesta de la Ascension cogió agudo constipado que rápidamente le llevó al sepulcro. Rossi creyó definir á este Papa en tres palabras, diciendo: es un Patriarca austriaco. Para la eleccion de un Pontífice parece natural que se muevan los labios á murmurar oraciones, que se rodeen los altares de nubes de incienso y se pida á Dios de todas maneras su luz divina, indispensable á una acertada eleccion; y sin embargo, moviéronse para la eleccion de Pío IX regimientos de artillería en las Marcas, y naves de la imperial marina austriaca por las aguas de Ancona. Si los ejércitos marítimos y terrestres se movieron como si fueran los ángeles de la córte celestial, no se movieron ménos los embajadores, cuyo carácter de doblez y disimulo, si les da grande aptitud para entenderse con los reyes, no debe darles grande aptitud para entenderse con los cielos. Entre los embajadores, eran de excepcional influjo el embajador de la córte de Francia y el embajador de la córte de Austria; éste demasiado tímido, aquél demasiado atrevido. El conde Broglia hablaba en los siguientes términos al Gobierno sardo del representante de Luis Felipe en los dias del cónclave: «Emplea el conde Rossi una actividad febril, y se adjudica á sí mismo casi casi el poder del Espíritu Santo.» El embajador frances oponia su veto á todos los cardenales tachados de apego á los jesuitas y al Austria, en tanto que el embajador austriaco oponia su veto á todos los cardenales tildados de apego á Francia y al espíritu moderno. En el número de los que Austria ponia en verdadero entredicho, contábase al entónces cardenal Mastai, hoy Pío IX. Si el príncipe de la Iglesia, encargado de formular este veto, llega al cónclave á tiempo, no hubiera sido, no, Mastai Papa.

El 14 de Junio de 1846 dirigíanse los cardenales al Quirinal. Gregorio XVI habia sido enterrado pocos dias ántes, y su cadáver insultado, y su memoria denostada por el pueblo. El cónclave prefirió los salones del Quirinal á los salones del Vaticano, porque si esperaba las inspiraciones del Espíritu Santo en todas partes, temia que en el palacio por excelencia pontificio no bastáran estas inspiraciones divinas á contrastar los efluvios de la fiebre.

En la procesion, desde la iglesia, donde el cónclave se reunió, al Quirinal, donde el cónclave se encerró, faltaron los cardenales á todo el respeto que se debian á sí mismos; y como cayeran cuatro gotas, entraron en el palacio, sin órden y sin ninguna compostura. Por fin la hora de la votacion llegó. El cónclave estaba dividido. Fueron varios escrutinios indispensables. En ninguno de ellos resultaba el número de treinta y siete votantes que un Papa necesita para subir al sólio, y desde allí interpretar la voluntad del cielo. El escrutinio último fué impuesto despues de largas dilaciones. Pío IX era escrutador, y debia leer en voz alta los nombres de los votados. Conforme sacaba papeletas y las desdoblaba y leia, sus fuerzas flaqueaban, su voz balbuceaba, lágrimas amarguísimas caian de sus ojos, sollozos profundos anudaban su garganta, hasta que, al fin, temeroso de desmayarse, entregó á otro cardenal el escrutinio, y yéndose á un sitio apartado, cubrióse con ambas manos el rostro. Al término obtuvo los treinta y siete votos indispensables á su proclamacion. Ántes de que oficialmente se viera proclamado, dirigióse uno á uno á los cardenales, y les pidió, les rogó, les instó á que apartasen de sus labios aquel cáliz. Parecia anunciarle secreto presentimiento que él habia de ser último rey en el trono temporal de San Pedro. El cónclave no quiso oirle, y le confirmó en su altísima dignidad. Pío IX aceptó, y despues de haber aceptado, postróse de hinojos ante un altar, y salmodió entre dientes várias fervorosas oraciones por espacio de media hora, despues se volvió al Sacro Colegio, y el Espíritu Santo vino á posarse sobre aquella cabeza como su nido en la tierra.

Busca el poder siempre en épocas de decadencia á los caractéres de escaso temple, á los indecisos, y sobre todo á los que han pasado su vida en una especie de crepúsculo, sin determinarse por ninguna de las ideas en guerra. Inocencio III en época favorable al Pontificado, á su poder y á su autoridad, dominará con imperio sobre el mundo; pero en época desfavorable á este mismo poder, la fuerza, el carácter de Inocencio, reproducido en Bonifacio VIII, solamente servirá para atraer sobre la mejilla del Pontificado el ruidoso bofeton de Nogaret. Débil, oscuro, su debilidad, su oscuridad sirvieron á Mastai como su apartamiento de los grandes combates que habian dividido en mil ocasiones el Sacro Colegio y el cónclave. Su vida habia sido muy vária. De la milicia armada pasó á la milicia espiritual. Su estancia en Chile fué digna de un profeta, digna de un mártir. Pero sus ideas habian quedado siempre en la incertidumbre del crepúsculo. Si se examinaba su conducta en Espoleto, Pío IX era un jesuita; pero si se examinaba su conducta en Imola, Pío IX era un liberal. Esta contradiccion de ideas y de carácter le sirvió admirablemente para obtener los sufragios de sus colegas y elevarse á la más alta autoridad religiosa que puede en nuestro tiempo ejercerse, y que, á pesar de tanta decadencia, todavía conserva señales de su antiquísimo esplendor.

El cardenal Mastai, si deseó la tiara, no la pidió á sus colegas. Ni una súplica que no fuera para eximirse, ni una palabra que no fuera de renuncia y de alejamiento. Así no es mucho que algunos hayan comparado á Pío IX con Sixto V. Relaciones hay entre los predecesores de ambos Papas: rivalidades en Roma, y rivalidades temibles del embajador de Francia con el embajador de España; emulacion dentro del Sacro Colegio, y emulacion casi guerrera entre la familia Médicis y la familia Farnesio; inquietud é inquietud pavorosa en toda Italia; particularidades que, si tienen coincidencias y analogías con las particularidades de la eleccion del Papa reinante, no llegarán nunca á confundir dos caractéres verdaderamente contradictorios y opuestos, porque es el uno imperioso hasta constituir un cesarismo pontificio, y el otro humilde hasta ser dócil instrumento, quizá contra su voluntad, de todos modos contra su conciencia, del siniestro jesuiticismo.

Sixto V subió al trono cuando espiraba el Renacimiento y venía la gran reaccion católica; Pío IX cuando espiraba la reaccion de la Santa Alianza y volvia el mundo á las ideas revolucionarias. En la eleccion de Pío IX, como en la eleccion de Sixto V, triunfó el cardenal que ménos probabilidades tenía de triunfar. Ninguno de sus colegas habia pensado en ellos al entrar; y aunque Pío fué elegido por simple mayoría y Sixto por unanimidad y adoracion, ambos vinieron á pacificar guerras del cónclave romano y rivalidades de la política europea. Pero aquí concluyen las analogías.

Sixto V se habia educado en las montañas y Pío IX en la córte; Sixto era hijo de un jardinero y Pío hijo de un noble; Sixto habia tomado en su mocedad, casi al salir de la infancia, el hábito de monje, y Pío el uniforme de soldado; la juventud del uno corrió en el retiro y en el claustro, la juventud del otro en la sociedad y en el mundo; era el antiguo Papa de una familia puramente eslava, que se refugió en las costas del Adriático huyendo de los turcos; es el Papa actual de una familia puramente italiana, que desde el modesto oficio del comercio al por menor se elevó hasta la dignidad nobiliaria, por enlaces, por ardides políticos y hasta por empresas guerreras; predicador Sixto V, su elocuencia tenía el temple de su carácter, abundante pero viril y ruda; predicador Pío IX, su elocuencia es tambien abundante, pero melodiosa y melíflua; la idea de autoridad embargó el ánimo del gran Papa antiguo, y el hábito de la servidumbre es el carácter esencialísimo del Papa reinante, implacable ante todos los poderes, intransigente con todos los reyes cuando á sus ideas se oponen, y sometido por completo hoy, despues de algunas veleidades liberales, á las camarillas de los reaccionarios y de los jesuitas.

Su madre dió una educacion distinguida al jóven Mastai. Pero enfermedad terrible, la epilepsia, impidió que esta educacion rindiera todos sus frutos. Eran los tiempos de las guerras de Napoleon y de sus victorias, cuando Mastai entraba en la adolescencia, y abrazó la carrera militar. Pero en la carrera militar gustó más de las aventuras que de las batallas, y curó más del color de su uniforme que del brillo de su hoja de servicios. La poesía le gustaba hasta el punto de tomarle todo su tiempo, y en poesía es seguro, dado su carácter, que prefirió Metastasio al Dante. Por fin entró en la Iglesia y se dió al oficio de predicador. Su atractiva figura, su majestuoso aire, sus facciones prominentes, dulcificadas por sonrisa de pura bondad; su complexion impresionable y nerviosa, la sensibilidad un poco enfermiza del temperamento, la viveza de la imaginacion poética, el timbre de voz, la más sonora y la más pastosa que he oido, así cuando entona la misa en San Pedro como la bendicion en el Vaticano; todas estas cualidades le dieron privilegios indudables para orador escuchado y querido de las muchedumbres. Algunos recuerdan todavía sus sermones nocturnos en la plaza pública, medio iluminada por las antorchas, con gran crucifijo á la espalda; sucia calavera sobre la cual se consumia amarilla vela, delante; en las manos, ya las bendiciones, ya la maldicion de la Iglesia, con ademanes verdaderamente trágicos; y en los labios una elocuencia, arrebatadora para el pueblo italiano por su sentimiento y su poesía. Con estas dotes debió brillar extraordinariamente en Chile, donde fué agregado á una legacion apostólica. Pero en Chile no podia su palabra mover los ánimos como en Italia, á causa de faltarle el conocimiento profundo de nuestra lengua y la armonía de nuestro acento. Sin embargo, áun habla el español, y á los oidos españoles suena su acento cómo si fuera puro acento americano. Yo solamente le he oido hablar en latin. Dos grandes diócesis regentó, y en las dos observó diversa conducta. En la primera diócesis desenterró el cadáver de un liberal, con lo que se atrajo el ódio de aquellas comarcas, y tuvo que huir á la primera revolucion que estallára por el año 30 ó 31; pero en la segunda diócesis, tal vez cediendo al influjo de su familia, toda liberal, fué con los liberales tolerante y benévolo. Tales son los rasgos principales de la vida del Pontífice ántes de subir al Pontificado.

Pío IX conserva aún la vaga poesía de sus primeros años. Le gusta el arte como á casi todos los príncipes que se han sentado en el trono de San Pedro. Hay en su conversacion mucha gracia, su en fisonomía mucha dulzura, en su carácter mucha bondad, en su voz mucha música. Pero son de temer sus arrebatos, que le arrastran á resoluciones rápidas, irreflexivas, como la fuga, en 1848, del Vaticano. Algunas veces reconoce que su impetuosidad le ha perdido; pero no se arrepiente, creyendo, con razon, que á nada conducen los arrepentimientos tardíos. En tal trance castígase á sí mismo con dardos de amarga ironía que caen de sus labios sobre su corazon apenado. La ironía, la burla, sobresalen extraordinariamente en la conversacion de Pío, y llegan finamente hasta los objetos religiosos. Un embajador español pretendia en cierta ocasion que le canonizase un santo de su tierra; y para persuadirle hablábale de los muchos milagros que habia el santo obrado. El Papa, por toda respuesta, le dirigió una pregunta: ¿Puso la cabeza sobre los hombros de algun descabezado y le forzó á hablar y á andar de nuevo?—No, Santo Padre, no llegó á tanto.—Pues hé ahí el único milagro que me parece á mí verdaderamente grande, y debo deciros que todavía no he podido verlo.

Como todos los artistas, Pío IX gusta de las grandes emociones. La popularidad y sus triunfos le enajenan. Yo lo he visto radiante de satisfaccion y alegría recoger los homenajes de los católicos enviados por todas las naciones con el extraordinario anhelo con que recogen los pulmones, salidos de atmósfera asfixiante, el aire oxigenado y fresco. Tambien la pompa, el lujo, las tiaras sembradas de brillantes, las capas pluviales llovidas de perlas, las cruces riquísimas, todas estas preseas de su altísimo ministerio le encantan, como á una dama de la alta sociedad sus joyas y sus vestidos. No exageraré yo esta cualidad como la ha exagerado Petruccelli en su retrato de Pío IX; pero sí diré que le he notado feliz cuando las muchedumbres se agolpan á su paso, y las preseas del Pontificado lucen sobre su majestuosa persona. Bien es verdad que las cabezas más firmes se desvanecerian al sentir tantas nubes de incienso, tantas serviles alabanzas, las legiones de obispos que le rodean, la córte oriental que le realza, los coros que cantan sus loores, las infinitas músicas que llenan los aires en su elogio de armonías, los peregrinos venidos de las más apartadas regiones para recibir el eco de una palabra, el gesto de una bendicion, el dibujo fugaz de una sonrisa, los infinitos homenajes que hacen del solitario viejo del Vaticano, más que un mortal privilegiado y aparte, un Dios vivo sobre la faz de la tierra.

Herir al mundo con grandes atrevimientos en la esfera religiosa y política, fué siempre su anhelo; dejar un nombre ilustre entre los nombres ilustres del Pontificado, su ambicion. Mayor empresa que reconciliar el Evangelio con la libertad no la habia, no. Tornaba á ser Cristo el tribuno de los pueblos, el consuelo y la esperanza de los oprimidos. Los clavos de su cruz, las espinas de su corona, la hiel de su cáliz, dejaban de ser blason de los poderosos para convertirse en verdadera enseña de los humildes. La democracia recibia en su frente el bautismo cristiano, y el cristianismo tomaba el carácter de gran proemio al movimiento democrático de este siglo. Estremecimientos de alegría pasaron á un tiempo, así por el corazon de las gentes piadosas, como por el corazon de las gentes liberales. Para aquéllas, imposible dudar de la perennidad de una creencia compatible con todas las transformaciones de las ideas y con todo el desarrollo del espíritu moderno. Para éstas, la libertad, que necesita frenos morales ántes que frenos materiales, tenía un seguro rigorosísimo en el espíritu evangélico, un contrapeso espiritual á los peligros que podrian engendrar sus excesos. El pensamiento de reconciliar el Evangelio con la libertad era un gran pensamiento. Mas si Pío IX concibe los grandes pensamientos con facilidad, tambien los abandona al primer obstáculo; y en cuanto encontró á la libertad obstáculos, cedió en sus trabajos por la libertad; ¡grande error! Renunciar á la libertad porque la libertad puede engendrar excesos, ¡ah! sería como renunciar al aire porque el aire engendra vientos y huracanes.

Los obstáculos que temia Pío IX eran principalmente los obstáculos suscitados en su córte y en sus cortesanos. Así es que para sus ensayos liberales no halló á su alrededor nada más que dificultades, y para sus ensayos de reaccion religiosa, facilidad y auxilio. Los jesuitas, que le juráran guerra á muerte, se pusieron á sus órdenes y rodearon su trono. La reaccion europea, que no le perdonó la gran política de 1847 y 1848, le entregó la direccion de su pensamiento y de su conciencia. El Papa se elevó á ser el capellan mayor de la Santa Alianza. Pero sus ambiciones eran mayores. Sus ambiciones eran fundar nuevos dogmas, traer mayor suma de ideas divinas á la Iglesia, y de piedad exaltada á los fieles; contrastar con negaciones rotundas el espíritu democrático y progresivo; reunir concilios ecuménicos á manera de los tiempos piadosos; crear una autoridad en la cima de la Iglesia, y un absolutismo sobre las conciencias que no haya tenido precedente en los siglos pasados, ni tenga igual en los siglos futuros. Hé ahí el pensamiento de Pío IX.

Se comprende que intentára compensar la derrota sufrida en la esfera política con una victoria alcanzada en la esfera religiosa. Mas para alcanzar esta victoria necesitaba reforzar las ideas religiosas en el espíritu del siglo, porque fuera del espíritu de este nuestro siglo no pueden vivir, no, las ideas. Una ilustre escuela teológica habia existido en Italia, que trataba de armonizar la religion con la razon, la providencia con la libertad, la democracia moderna con el antiguo pontificado, la ley natural con la ley revelada, en una palabra, el catolicismo con el progreso. Un sacerdote ilustre, de talento quizá tan profundo como Santo Tomás y de igual entusiasmo por una sociedad teocrática, en que la direccion del mundo estuviera confiada á fuerzas morales y á ideas teológicas, contó con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz todas las llagas de la Iglesia. Esa separacion entre el pueblo y el clero, á causa de la lengua muerta que el clero habla; ese aislamiento de la sociedad religiosa, que florecia cuando el sufragio popular y la libre asociacion la sustentaban; esa servidumbre á los poderes civiles que han convertido el puro espíritu cristiano en dócil instrumento de tiranía arriba, de vasallaje abajo; esa tenacidad de los clérigos en cerrar su conciencia á la luz de las nuevas ideas y su ánimo á la consideracion de las nuevas transformaciones sociales; todo este profundo malestar de la Iglesia fué admirablemente concebido, dicho; y llegó hasta la córte pontificia, siempre cerrada á la voz del espíritu moderno.

Otro sacerdote, no ménos grande, aunque más político, habia querido sacar á la Iglesia del estado de secta para elevarla al ideal verdadero de la humanidad. Segun este sacerdote, la razon y la revelacion vienen á ser idénticas; el catolicismo, universal, no sólo por lo que tiene de divino, mas tambien por lo que tiene de humano; la palabra evangélica y la idea moderna, unas en esencia; la causa del divorcio entre la Iglesia y el siglo, la mala inteligencia traida ántes por la conducta del clero que por las trastornadas ideas de la revolucion. Para este sacerdote elocuentísimo habia que oponer á los males de la Iglesia enérgicos remedios: al poder temporal, la separacion de la vida civil y la vida eclesiástica; á la educacion reaccionaria del clero, una educacion científica; al jesuitismo, que tiene larga serie de resortes mecánicos y utilitarios para mover al hombre, la pura conciencia moral que le dirige hácia la perfeccion absoluta; á la predicacion por los principios antiguos, la predicacion verdaderamente evangélica, en los oidos de la muchedumbre y en el seno de la naturaleza, tomando las ideas en la fuente viva de la conciencia moral, y esparciéndolas como rocío vivificador sobre todos los espíritus, para llevarlos á una transformacion religiosa, análoga á la que produjo en el mundo la primera aparicion del cristianismo.

Como algunos hombres imbuidos de racionalismo contestáran que la reconciliacion era imposible, á causa de la incompatibilidad entre la ciencia moderna y el milagro de la Edad Media, entre la razon y la revelacion sobrenatural, respondia el filósofo que tal sentir dimanaba de una falsa concepcion del milagro y la profecía, de considerarlos como hechos reales, sucedidos, históricos, cuando vienen á ser símbolos de sistemas por venir, de períodos palingenésicos en la vida sucesiva del espíritu y del planeta. Y lo que en realidad quieren decir los milagros y las profecías, es la llegada de una época, en que la revelacion natural y la revelacion religiosa se confundan, como se confundirán la rápida y casi milagrosa intuicion con la madura y profunda reflexion; como se confundirán lo sensible con lo inteligible, siendo cada una de nuestras sensaciones un pensamiento; como se confundirán por lo perfecto del lenguaje la idea con la palabra, á la manera que en el Verbo, por su encarnacion en nuestro sér, se confundió la naturaleza divina con la humana naturaleza.

Cuando una religion se divorcia de su tiempo y de los progresos de su tiempo ¡ay! perece. Es imposible que se armonicen siglo liberal y religion autoritaria; siglo democrático y religion absolutista; siglo que se inspira en la conciencia viva y religion que se inspira en las tradiciones muertas; siglo de derechos y religion de jerarquías; siglo que se abre á todas las ciencias y religion que se cierra á cuanto no sea teológico: en tal estado, en crísis tan pavorosa y suprema, ó los pueblos se petrifican, como se ha petrificado el pueblo árabe por no modificar su fatalismo, ó las religiones desaparecen, como desapareció la religion pagana cuando no pudo extinguir, á causa de su carácter sensual, la sed espiritualista despertada en el alma humana, ya por tristes desgracias y desengaños, ya por las ideas sublimes de su inmortal filosofía.

¡Qué grande hubiera sido Pío IX, si al sentir que su ministerio religioso era incompatible con toda autoridad política, con todo poder político, abdica esta autoridad, abdica este poder, cambia la púrpura de los césares por la toga de los tribunos; renueva en el más exaltado idealismo la fe de su tiempo; organiza evangélicamente la Iglesia de Cristo; reune los pueblos en asambleas religiosas; vibra sus rayos sobre el poder de los déspotas y el orgullo de los aristócratas y la avaricia de los ricos; llama el esclavo al derecho, el oprimido á la libertad, el desheredado á la vida; evoca la resurreccion de Italia, la resurreccion de Polonia; envia los misioneros del espíritu contra la nueva sensualidad pagana, contra el empedernido egoismo de las clases gobernantes; y sostiene con profunda conviccion que la libertad, la igualdad, la fraternidad, no han de ser solamente fórmulas evangélicas, sino tambien verdades sociales, capaces de engendrar una nueva tierra y extender sobre ella nuevos cielos de luz bendita y perenne! Entónces sí que hubiera podido celebrar la pascua del espíritu moderno; entónces sí que hubiera podido levantar su voz con acento de himno triunfal; entónces sí que hubiera podido ver á las puertas de las iglesias de la Edad Media el ángel vestido de blanco y resplandeciente de hermosura, que las santas mujeres vieron al borde del sepulcro, anunciando que Cristo no estaba allí, que Cristo habia verdaderamente resucitado: Resurrexit, non est hic.

La prueba de cuanto hubiera podido hacer con estos grandes medios se encuentra en lo que hizo con medios pobres, con reformas tímidas, con ligeros, ligerísimos paliativos. Una amnistía que reclamaba la fórmula servil de prévio juramento; una comision nombrada para estudiar las reformas indispensables; una cámara consultiva que se componia de un representante por cada provincia, á propuesta en terna del legado y eleccion del Pontífice; un consejo de cien miembros que deberian dar un senado de nueve: todos estos tímidos anuncios de renovacion social despiertan á Italia; imponen códigos liberales á príncipes reaccionarios como el de Módena y el de Parma; abren á Sicilia las puertas de su calabozo; derraman aliento de libertad por los emponzoñados aires de Nápoles; obligan á los extranjeros á retirarse de Ferrara ante una protesta pontificia; arman el brazo de Cárlos Alberto por la causa de la independencia; derriban á Guizot en París y á Metternich en Viena; producen los cinco dias de Milan, que son cinco dias de redentor martirio; levantan entre los espejismos de las deslumbradoras lagunas el alma muerta de Venecia; transforman con la nueva fe los corazones más cerrados á todo sentimiento religioso; infunden su antiguo valor á los italianos, y en pocos dias, de los cien mil austriacos enviados á oprimir su patria, cuatro mil son cadáveres, veintisiete mil heridos ó inútiles, los demas dispersos: que vagas palabras de libertad proferidas desde las alturas del Vaticano habian como derramado nueva sangre por las venas, nueva idea por la conciencia de la ántes aletargada Europa. Las campanas que tocáran á la oracion, sabian tambien tocar á rebato contra la tiranía.

Pero en este momento supremo. Pío IX se acordó de que era Papa, y Papa á la antigua usanza. En una guerra entre los austriacos y los italianos, aunque todo el derecho estaba de parte de éstos y toda la sinrazon de parte de aquéllos, el Papa sintió que unos y otros eran católicos. Al mismo tiempo que el rey de Nápoles abandonaba la causa italiana por tristes competencias territoriales, por el logro de un botin pendiente aún del empeño de las armas. Pío IX helaba la sangre en las venas de su nacion, negándose á mandar refuerzos y á bendecir los combatientes por la más santa de las causas, por la causa de Italia. Y luégo convocó las potencias católicas, les pidió su auxilio, les señaló el camino de Roma, las vió impasible destruir los grandes monumentos, inmolar los piadosos católicos; y entre ruinas y cadáveres volvió á sentarse en el trono terrenal, mantenido por las bayonetas de las legiones extranjeras.

Desde el dia en que volviera Pío IX de la proscripcion á Roma, en hombros de extranjeras legiones, no podia representar el espíritu evangélico de los primeros cristianos, sino el espíritu teocrático de los antiguos pontífices asiáticos. Y todavía no saben los que profesan con fe y sinceridad la religion cristiana, cuánto podrian conmover al mundo aliándola con la libertad. En la historia moderna ha sucedido que los católicos puros detestáran la libertad, miéntras los llamados liberales católicos cayeran en la herejía, sin haber logrado ni unos ni otros reconciliar el espíritu de nuestro siglo con la religion de nuestros padres. Y el antiguo y el nuevo Testamento guardan tradiciones republicanas.

Sabido es que en la organizacion de la tribu ilustre de Judá representaban los reyes la confusion de las tradiciones mosáicas con las ideas y los ritos de los demas pueblos, en tanto que el profeta representaba con el austero vigor republicano, la idea pura de Israel. Lo repito; puede la moderna elocuencia tribunicia sacar acentos republicanos de las Sagradas Escrituras, como los sacaron aquellos fundadores de la democracia americana, cuyo renombre, á manera de todas las glorias sólidas, se aumenta con los siglos.

El pueblo de Israel pidió rey, y Dios quiso negárselo. Una y otra advertencia les dirigió á los suyos el Dios de Abraham por boca de Samuel. Un rey sólo servirá para oprimiros y para deshonraros; para haceros sus soldados, sus palafreneros y sus lacayos; para escupir su saliva á vuestra frente y mezclar su hiel en la levadura de vuestro pan; para convertir los hijos de Israel en sus bestias de carga, á fin de que le forjen así los instrumentos de guerra, como los instrumentos de labranza, y cultiven sin descanso en provecho regio, con sudor los campos de trigo, con sangre los campos de batalla. Él se llevará vuestras hijas para que le diviertan, y le perfumen, y le embriaguen con sus besos y le hechicen con sus cánticos; vosotros sembraréis, y él segará; vosotros plantaréis, y él cosechará; vosotros trabajaréis, y él gozará; vuestros campos le servirán para granjearse á sus cortesanos, y vuestras vendimias para emborrachar á sus eunucos. Vuestros ganados le pertenecerán, y vosotros mismos no pasaréis jamas de ser, bajo su cetro, un rebaño de siervos.

La emocion que una voluntariedad liberal de Pío IX ha producido en el mundo, prueba hasta qué punto las ideas progresivas descenderian sobre las conciencias de las muchedumbres si las difundiese la Iglesia. Pero ¡ah! el corazon se entristece cuando siente que si el Papa elevára su voz contra los reyes, la elevaria en nombre de principios más reaccionarios que los principios monárquicos, en nombre de aquella teocracia, cuya tutela rompió Europa en cuanto comenzára á dibujarse la vida civil y á madurar la razon humana. Esas monarquías son hoy odiosas, porque no corresponden al estado de nuestra civilizacion y cultura, á la esencia misteriosa del espíritu moderno; pero una de las causas de la supervivencia de esas instituciones, una de las causas primeras es el ataque tremendo que dieran á la teocracia, al predominio político del elemento sacerdotal sobre las sociedades humanas. Miéntras la monarquía creaba estos principios civiles, parapetábase la teocracia tras sus privilegios religiosos, y persistia en tener esclavizada la inteligencia. Por eso los reyes viven, porque lucharon con los Papas, porque disolvieron los templarios, porque expulsaron los jesuitas, porque opusieron á la vida teocrática la vida civil. La voz del Pontífice cuando combate la libertad de los pueblos modernos, la independencia de Italia, la secularizacion de las sociedades europeas, ¡ah! es una voz de las tumbas, que se pierde en el espíritu independiente del siglo décimonono, cuya conciencia jamas, jamas transigirá con la teocracia, con ese espectro de la Edad Media.

El hombre, capaz de soñar la con restauracion pontificia, así en contra de los reyes como en contra de los pueblos, ¡ah! es el cardenal Antonelli, á quien yo por vez primera vi el Domingo de Ramos de 1866 en la Basílica de San Pedro. Á un guardia noble, que á mi lado se encontraba, preguntéle por el cardenal, y le dije que me lo mostrára al pasar. Trasladóme con amabilidad, cuyo recuerdo áun obliga mi gratitud, de un lado á otro, para colocarme entre la fila de soldados, delante de la cual forzosamente habia de detenerse el vicario del vicario de Cristo. Cierto frances, que cerca de mí estaba, acompañado de finísima é inteligente señora, asocióse á mi deseo de escudriñar la fisonomía del cardenal, desde aquel sitio adonde le llevára ó la casualidad ó el instinto. Era muy comunicativo el frances, y hacía sobre todo miles de observaciones, graciosas unas, impertinentes otras, excesivas todas, que moderaba la señora, su compañera, con grande oportunidad. Aquel charlatan tenía un ídolo en literatura, Enrique Heine, y un ódio en política, el cardenal Antonelli.

El dia era caluroso, á pesar de ser uno de los primeros de Abril, y mi interlocutor, que acababa de atravesar jadeante la gran plaza de San Pedro, decia, limpiándose el sudor: «¡Qué calor fuera, y qué fresco dentro de la Basílica! Tiene razon Heine; cuando en dias estivales y sofocantes como éste acertais á entrar en una catedral, no podeis ménos de decir: ¡qué bella religion de verano es el Catolicismo! Al venir hácia aquí, me encontré un campesino apaleando á bíblico asno, y le dije al pobre animal, acordándome de Heine: padece, padece, que por eso comieron tus padres cebada prohibida en el paraíso. Y eso que Roma no puede compararse con el paraíso descrito por el gran poeta, donde los girasoles dan pasteles, y las aves van á buscaros ya asadas y aderezadas con la salsera en el pico.»

Yo, al oir toda aquella garrulería, dicha con los ojos puestos en mí, contrastada sólo por los tirones de manga que la señora propinaba al impío, traté de mudar la conversacion, y le dije:

—¿Conocéis personalmente al cardenal Antonelli?

—No le conozco personalmente, pero me lo figuro. Moralmente lo sé de memoria, por haber leido á Liverani.

—No conozco ese autor.

—Es un canónigo de Santa María la Mayor, verdadero sacerdote; por su conciencia todo un hombre piadoso; por su vida todo un austero anacoreta; por su orígen un campesino convertido al sacerdocio. La agricultura es propicia á los prelados y dignatarios de la Iglesia. Sixto V no sólo fué pastor, sino hijo de jardinero. Y la escuela católica es de tal suerte pueril, que ha elevado á cuestion de primer órden probar que guardó cabras, en vez de guardar cerdos, y que los animales puestos bajo su cayado eran, no de ajeno dueño, sino de su padre.

—¡Qué empeño tienes, Enrique, dijo la señora, en denigrar el Catolicismo en su misma capital y en su gran Basílica!

Yo, por apoyar á la señora en sus observaciones, le dije:

—Es necesario ver estos grandes monumentos con la inteligencia llena de las ideas que despiden de cada una de sus piedras. Para ver la aljama de Córdoba hay que inspirarse en el espíritu semítico, y para ver el Parthenon de Aténas, en el espíritu pagano.

Comprendió el frances toda la trascendencia de mi observacion, y se amostazó un tanto.

—Si algo me demuestra con demostracion irrefragable la decadencia del Catolicismo, es la nimiedad con que suele darse carácter anti-católico á toda observacion más ó ménos justa sobre el pontificado y su córte. ¿Tendrá algo que ver con los dogmas la naturaleza del ganado que guardára Sixto V? ¿Será más ortodoxo y eclesiástico el ganado de lana que el ganado de cerda?

Yo, conviniendo en la justicia y hasta en la gracia de semejante afirmacion, volví la hoja y pregunté por el libro de Liverani.

—Está dedicado al señor conde de Montalembert, que quiere la restauracion, es decir, Milan; Venecia bajo las espuelas de los croatas; el cuadrilátero puesto como una herradura austriaca sobre las armas de Italia, y todos los patriotas dispersos y errantes por el mundo.

—No estarémos mucho tiempo en Roma, dijo la señora; tus imprudencias nos expulsarán pronto.

—No temas. Hablamos en frances y no nos entienden. Un amigo que acaba de departir con el cardenal Antonelli me ha dicho que habla detestablemente el frances. Y si el cardenal Antonelli habla detestablemente el frances, figuraos cómo lo hablará y cómo lo entenderá la gente menuda.

—Hablad, hablad, le dijo yo.

—Nada de extraño tiene que así Antonelli se exprese en el idioma de la revolucion, cuando se expresa igualmente mal en el idioma de la teología. En los maitines de Navidad, por 1859, cuenta el Padre Liverani haberle oido cantar erútus de potestate tenebrarum, poniendo el acento en la segunda sílaba, cuando debió cantar érutus de potestate tenebrarum, poniendo el acento en la primera sílaba.

El latin pronunciado por los franceses resulta á nuestros oidos una lengua casi ininteligible, y así es que no pude ménos de reírme al oir criticar en tan pésima pronunciacion aquella falta de gramática.

—Lo que Antonelli sabe profundamente es economía doméstica. Sonnino, su villa natal, se ha convertido en la metrópoli burocrática de los Estados Romanos. Aquello es un plantel de empleados. Giacomo Antonelli, secretario de Estado y prefecto de los santos palacios apostólicos, natural de Sonnino; el conde Fillippo Antonelli, consejero de Hacienda, natural de Sonnino; el conde Luigi Antonelli, conservador de Roma, natural de Sonnino. Podia escribirse una letanía de Antonellis. Como Diocleciano era césar, Diocleciano pontífice, Diocleciano tribuno, Diocleciano cónsul; Antonelli es administrador, Antonelli hacendista, Antonelli diplomático, Antonelli militar, Antonelli cardenal, Antonelli enemigo de la civilizacion moderna, Antonelli monopolizador del Espíritu Santo, Antonelli Papa del Papa.

Yo comprendí que la gárrula conversacion del frances me comprometia, y como empujado por grande oleada de gentes, apartéme de aquel sitio, cuando un rumor me advirtió que venía el Santo Padre. Pasó á mi lado, deteniéndose por algunos minutos ante mí el cardenal Antonelli, juntamente con la procesion de cardenales y obispos, que en parte precede al Papa y en parte rodea sus andas. Parecióme Antonelli alto, fuerte, cazador y no cardenal, montañes y no cortesano. Los ojos de ave nocturna, la nariz prominente, los labios gruesos, el color cetrino, la fisonomía ruda, el carácter atrevido, la complexion vigorosa, y los ademanes y el gesto, quizá por aprension mia, acusando el hombre acostumbrado de antiguo á mandar con imperio y á ser obedecido sin resistencia. Pero debo tambien decirlo: parecióme un hombre de gran vulgaridad.

Yo recordaba mis lecturas históricas; recordaba la serie de aquellos cardenales ilustres, de aquellos ministros pontificios, descritos en la admirable historia de los Papas durante los siglos décimosexto y décimoséptimo, por Ranke, obra que tantos elogios ha merecido á los católicos más ardientes. Recordaba Gallio de Como, que dirigiera con habilidad la política en dos pontificados consecutivos; Rusticucci, tan severo en su conciencia como en su vida; Santorio, tenaz en las ideas, puro en las costumbres, enérgico para sus parientes, inflexible con los extraños, superior en su elevada soledad á todas las pasiones humanas; Madruzz, el Caton del Sacro Colegio; Sirlet, tan sabio en todas las ciencias, y especialmente en las ciencias filológicas, que departia con los doctores y con los niños, que compraba á los pastorcitos sus haces de leña, con la condicion de enseñarles la doctrina cristiana; Cárlos Borromeo, un santo, cuya memoria jamas se borrará del Milanesado y de las montañas que avecinan al Lago Mayor; Torres, que concluyó la Liga contra los turcos, cuya victoria se llama la victoria de Lepanto; Belarmino, el primero de los controversistas y de los gramáticos; Maffei, el historiador de la conquista de las Indias portuguesas por el Cristianismo; Felipe de Neri, el fundador de la Órden de los preclaros oradores, que parecian llamados á restaurar la religion en la conciencia de Europa, cuando el gran constructor Sixto V regaba con el agua felice las colinas romanas, y las hacía florecer á un tiempo con bellos jardines y grandes monumentos; cuando Fontana erigia el obelisco ante San Pedro y lo remataba con la cruz de Cristo; cuando Patrizi armonizaba la teología católica con las tradiciones filosóficas, y Moisés con Hermes; cuando Torcuato Tasso emitia los últimos acentos de la Musa católica, y el Dominiquino y Guido Reni destellaban los últimos resplandores de la pintura; y al eco de la sublime música de Palestrina, el espíritu eclesiástico se reanimaba y revivia, como llamarada próxima á extinguirse.

Grün compara el cardenal Antonelli al prelado de Benevento, que Montesquieu juzgó con extrema dureza, y que, miéntras el papa Benedicto XIII rezaba ante la efigie de San Vicente Ferrer, corria de monasterio en monasterio, besaba las manos de los frailes, hacía extremas penitencias, despreciando todos los placeres y todas las pompas terrestres, dábase él á las ambiciones, á los lucros y á las locuras del mundo. El carácter del Papa es la contradiccion radical, radicalísima, con el carácter del cardenal de Sonnino, como el carácter de Benedicto XIII era la contradiccion radicalísima con el carácter del cardenal de Benevento.

Pío IX, á quien eligiera un milagro, juzgóse llamado por Dios á hechos milagrosos, extraordinarios; y desde el primer dia de su pontificado tuvo la ambicion del bien. Extremadamente sensible de alma, epiléptico de cuerpo, incapaz de exaltados odios, inocente en sus pasiones, puro en sus costumbres, de fantasía pronta, de lenguaje abundoso, de voz clarísima y sonora, fácil y hasta elocuente en sus improvisaciones, plácido en sus gestos, dulce y bondadoso en su mirada, místico hasta el éxtasis en sus oraciones y plegarias, majestuoso sobre el trono, artista al pié del ara, minuciosísimo en las ceremonias religiosas, amador de las humanas pompas, devoto á sus destinos históricos y á su elevado ministerio, cree, en sus más grandes equivocaciones y errores, que Dios le inspira, que le guía Dios, y que interpreta su pensamiento y expresa su voluntad sobre la faz de la tierra.

Él no enriquece á sus parientes, no atesora dinero, no pone tasa á la limosna, no niega audiencia por importuna que sea, no echa ningun cerrojo á su corazon siempre abierto, ni mordaza ninguna á sus labios, vibrando siempre, en toda ocasion, la idea que vaga por los espacios más recónditos de su conciencia. Conoce de los hombres más las apariencias que la naturaleza; de las ideas más la forma que el fondo; de su poder más el aparato que el prestigio; de su autoridad más el brillo que la fuerza, y acostumbrado á vivir en regiones donde parece un Dios, gústale oirse llamar todos los dias: santo, santo, santo, y aspirar el humo del incienso. Pero en esas alturas, cuando declara dogmas de fe, cuando reune concilios ecuménicos, cuando la Iglesia entera le llama superior á los errores humanos, cuando su pensamiento es divino como el Verbo, y sus labios sagrados como los oráculos; ¡ah! la nube que pasa, la electricidad de la atmósfera, los cambios bruscos de temperatura, en Roma frecuentísimos, influyen sobre sus nervios, sus nervios sobre su carácter, y su carácter le arrastra á ímpetus de mal humor, á genialidades bruscas, que desdicen de su bondad, y que prueban cómo ese demiurgos, ese sér sobrenatural, se halla sujeto, cual todos los mortales, á los errores y á las debilidades que nacen de los límites de nuestra naturaleza, y á las leyes que rigen todo el Universo.

Y bajo el dominio de este Papa que aspiraba á evangelizar el mundo, á cristianizar la democracia, hase convertido la autoridad pontificia á un absolutismo que fuera imposible bajo el imperio de los monarcas absolutos. Se estremece el ánimo considerando cómo ha caminado nuestra Iglesia á la inversa de nuestra civilizacion. Una institucion de la altísima jerarquía que ha pretendido, del ministerio altísimo que ha desempeñado la Iglesia, debia ser la luz y el calor de las almas, como es el sol la luz y el calor de los cuerpos.

Y para ser la luz y el calor de las almas debia desplegar sobre la frente del hombre, sellada con el sello de eleccion divina, las etéreas alas de un ideal espiritualista, celeste, verdaderamente sobrehumano. De esta misteriosa suerte venció al mundo latino y sojuzgó á los bárbaros. De esta misteriosa suerte, por sus tendencias á lo ideal, congregó aquellos concilios, como el Concilio de Jerusalen, donde se reconciliaron los judíos y los paganos, separados por toda la historia, y donde el Cristianismo se dilató hasta ser la conciencia de la humanidad. Por esta misteriosísima manera formuló aquella primera teología griega que difundiera al soplo creador de lo divino en la mente humana. Por esta misteriosa manera alzó los esclavos á la dignidad de seres religiosos, y puso los césares á servicio de los nazarenos. Elevar al hombre, educarlo en puro idealismo, hacer de su conciencia como una hostia consagrada á la divinidad en los altares del Universo, ministerio era digno, dignísimo de una religion que triunfára por su radical oposicion al sensualismo pagano y á su cancerosa podredumbre. La Iglesia en los tres primeros siglos fué una federacion democrática. La Iglesia desde el pacto de Carlo-Magno ha sido un imperio, sí, un imperio á la manera romana, miéntras comenzaba Europa á ser una federacion por el individualismo de los bárbaros. Los obispos de Roma quisieron ser césares más que pontífices; quisieron continuar bajo el amparo de la Cruz en la dominacion del Universo. Al pié de los nuevos altares como al pié de los antiguos, Roma sólo de su propia autoridad se acordaba y de encerrar los nuevos bárbaros en sus Basílicas, como habia encerrado los bárbaros antiguos en su Capitolio. Para este fin hubo ejércitos que en vez de armas llevaban plegarias, y en vez de escudos sayales; tuvo á los monjes. Tuvo sus jurisconsultos, los canonistas. Tuvo su código, las falsas decretales. Tuvo hasta un título cesarista, la donacion de Constantino. Y tuvo su emperador, el Papa. Mas no siempre el Papa ostentó este carácter; durante algunos siglos sirvió á las democracias.

Los movimientos religiosos de Roma se explican siempre por sus intereses políticos. Roma es entre las ciudades antiguas la más fiel á la religion pagana, por creer que la religion pagana es la más propicia á su poder y á su grandeza. Roma, en el diluvio de la invasion, donde mueren ahogados sus dioses, abrázase fuertemente al Catolicismo, no por ser la religion más verdadera, sino por ser la religion más opuesta á la religion de sus conquistadores, que es el arrianismo. Así Roma subleva á los italianos y al mundo contra el imperio bárbaro, apoyándose en dos ideas capitalísimas, en el catolicismo y en la república. Á la unidad longabarda se opone la democracia romana. La ciudad no sólo entrega su alma á los papas, sino que pide á voces el auxilio de Bizancio; y por medio de la virtud divina de las ideas, por medio de la fatalidad geográfica de la península, reune en las islas del Tirreno, en las lagunas del Adriático, tras los Apeninos, en los desfiladeros de los Abruzos, todos los náufragos que han conservado el antiguo ideal y la antigua cultura itálica.

Imposible comprender cómo los papas se han apoderado del mundo sin comprender cómo se encuentra Italia en los siglos sexto y sétimo. La unidad bizantina, que es una sombra, en Rávena; la unidad longobarda, que es un cetro y una espada, en Pavía; la unidad federal, que es una religion y una democracia, en Roma. La ciudad Eterna no se defiende, no defiende la República, encontrada despues de quinientos años de imperio y de cinco invasiones bárbaras entre las ruinas de sus templos y las pavesas de sus ideas; no la defiende por los dictadores, por los cónsules, por los césares, por los magistrados antiguos, sino por los obispos, á causa de que los obispos son los defensores de las ciudades, los jefes de la plebe, los nuevos tribunos de la democracia, los únicos que tienen palabras de entusiasmo y de fe, bastantes á crear ejércitos de plebeyos, y mover estos ejércitos de plebeyos, donde se reclutan las legiones de los mártires, al combate y á la muerte. Pero se engañaria quien atribuyera la fuerza de los papas en esta crísis suprema solamente á milagros de la fe. Son fuertes porque tienen á su devocion el pueblo guerrero por excelencia, el pueblo franco. Los francos vienen á ser los soldados del Catolicismo. Cuanto nosotros hicimos por el Catolicismo en su edad de vejez y decadencia, hiciéronlo tambien los francos en la edad en que el Catolicismo tenía juventud y robustez. No hay como servir una idea progresiva. Ellos, los francos, crecieron, y nosotros menguamos sirviendo el mismo principio. Pero ellos lo sirvieron cuando la Iglesia educaba á la humanidad, cuando la Iglesia era un ideal religioso y una federacion republicana, miéntras lo servimos en Europa, despues que acabamos nuestras guerras con los árabes, nosotros que desde el siglo décimotercio representáramos por la casa de Aragon el principio civil opuesto al principio teocrático; lo servimos en Europa cuando la Iglesia se oponia en Alemania, en Holanda, en Inglaterra á la educacion de la humanidad. Los patriarcas de Constantinopla aspiraban á ser por los exarcas de Rávena los directores de la cruzada contra los longobardos. Pero los obispos de Roma mostraban la federacion de obispos á cuyo frente ellos se veian; las muchedumbres agitadas y encrespadas por las ideas católicas; y las lanzas milagrosas vibrando en manos de los francos, invencibles por su valor, dispuestos á pasar los Alpes y los Pireneos, el Rhin y el Ebro, para defender la nueva religion y sus pontífices. Hé aquí el camino verdaderamente misterioso por donde llegó el pontificado á ser el centro y la cabeza del mundo.

Luégo las crísis de la sociedad, los movimientos del espíritu humano conspiran en los primeros siglos de la Edad Media á reforzar esta primacía. Los longobardos se convierten al catolicismo, abrazan la religion de los vencidos en Italia, un siglo despues de que los godos abrazáran la misma religion en nuestra España. Desde este momento el Papa, que ya no ha menester de los emperadores de Bizancio, se vuelve contra Bizancio, combate su monoteismo, sus iconoclastas, sus exarcas, sus legados que quieren prenderle; niégase á recibir toda sancion de la autoridad pontificia, todo cesarismo sobre su poder religioso, y subleva la conciencia católica contra el sentido heterodoxo de Constantinopla; y el patriotismo italiano, y la federacion italiana contra las reapariciones del antiguo imperio, asentado en una ciudad rival y enemiga de la ciudad eterna.

Pero en cuanto se ha separado de Bizancio, y ha alcanzado la independencia moral, tiene que destruir á Pavía y alcanzar la independencia material. No importa que los longobardos se hayan hecho católicos; no se han hecho republicanos, y el Papa es á un tiempo el pontífice del catolicismo y el jefe de la federacion. Los pueblos de Italia en esta edad, en el siglo octavo, aborrecen la monarquía, y prefieren á la monarquía la teocracia. Todas las ciudades marítimas piden al Papa que las liberte en lo civil de la tutela del rey, como las ha libertado en lo moral y religioso de la tutela del emperador. El Papa no puede por sí solo alcanzar tan grande fin; pero puede, si cuenta con su pueblo fiel y escogido, con el pueblo franco. San Leon no detuviera la cólera de Atila, si ántes no desarmaran al gran exterminador los francos en los campos cataláunicos. Para desarmar á los longobardos se necesita la repeticion monótona, uniforme de la misma historia; que los francos hieran, maten, y el Papa entierre. En vano los mayores patriotas italianos maldicen este momento de la historia en que cae la unidad civil y monárquica de su patria para ser sustituida por la unidad teocrática del mundo. Tal vez si el reino longobardo vence y domina, fuera Italia pueblo más guerrero, nacionalidad más una y más fuerte; pero no sería, no, la nacion de la teocracia, que nutrió y educó por tantos siglos á Europa; no sería la nacion primera en la cultura moderna; no sería la patria de tantos municipios libres y de tantas ciudades republicanas; no sería, no, aquella escuela universal de música, de pintura, de escultura, donde el espíritu ha educado su sentido estético, para guarecerse en la adversidad, consolarse en el dolor, tener siempre un ideal vivo y luminoso; y como el aroma de las flores, como el cántico de las aves, como el rumor de las selvas, como el incienso de los campos, espaciarse en la celeste inmensidad, mereciendo á la Europa cristiana el nombre ilustre que llevára y el envidiable ministerio que ejerciera la inmortal Grecia en la antigua Europa.

En el año 800, Europa se levanta sobre la idea primera del Pontificado, sobre el pacto con Carlo-Magno. El Papa entrega á los francos el viejo reino longobardo, y los francos entregan al Papa el nuevo patrimonio de San Pedro. Alzado en esta tierra feudal, puede ya el Papa, despues de haber concluido con sus enemigos, despues de haber separado su ciudad de Constantinopla, de Pavía, de Rávena, que la eclipsaban, entregarse á toda su ambicion espiritual, á toda su soberanía en las almas: ser demiurgos, casi Dios; dictar sus leyes morales superiores á todas las leyes escritas; extender su autoridad sobre un dominio que no conoce límites, sobre el dominio de la conciencia humana; poner su código moral más alto que todos los códigos, su Iglesia más elevada que todas las sociedades, su voz donde no osaron los antiguos oráculos, su persona donde no estuvieron los antiguos dioses; destruir las castas por el sacerdocio concedido á cuantos lo demandan, é imposibilitar al sacerdocio por el celibato para erigirse en dignidad hereditaria; oponer fuerza moral á tantas fuerzas materiales, la unidad religiosa al fraccionamiento del feudalismo; la democracia educada en los monasterios y en las Universidades á la aristocracia militar, que anidaba en los castillos; transformar el mundo, la tierra, como se transforma siempre la realidad, por una anterior y superior transfiguracion de las ideas.

Importará poco, muy poco, que los Papas, ora caigan en el cieno del vicio, ora se alcen á la demencia de la soberbia y pasen de la tutela de los cortesanos á los brazos de las Marozias, su fuerza no está en sus costumbres, sino en sus ideas; y hechizarán al mundo por el bebedizo de su doctrina, por el sortilegio de sus reliquias, por los milagros de sus leyendas, por la muchedumbre de sus peregrinos, por el poder de sus obispos, casi todos afincados en territorios feudales; por los comentarios de sus jurisconsultos, que inventarán miles de leyes y falsearán miles de códices; por la necesidad, sobre todo, que tiene el mundo en su niñez, el espíritu en su inocencia, de una teocracia su nodriza, su maestra, la cual le aterra con fábulas como la próxima destruccion del mundo en el año 1000, y le tiene por estas fábulas sometido y sujeto. Lo esencial de la Edad Media subsistirá: el pacto de Carlo-Magno, un Papa sancionado por el emperador en el centro de Italia, un emperador coronado por el Papa en el centro de Alemania, y legiones de obispos feudatarios en torno de los dos grandes astros de la Edad Media, en torno del Pontificado y del Imperio.

Los obispos, influyendo tan soberanamente, gozarán una supremacía que papas y emperadores querrán someter á su respectiva dominacion. De aquí una lucha entre el elemento italiano y el elemento aleman dentro de la Iglesia; de aquí el célebre litigio de las Investiduras. Los emperadores de Alemania llegarán á tener papas alemanes en Roma, y los papas alemanes llegarán á ser casi todos en Roma inmolados. Por fin sube al trono el César de los Papas, Gregorio VII. Él aspirará á la libre eleccion de los pontífices, á la independencia de los obispos, á reunir y administrar todos los bienes eclesiásticos, á hacer de la Iglesia una sociedad superior al mundo y aparte del mundo, á recabar por todos los medios el sepulcro de Cristo en una guerra cuyo símbolo sea la cruz, con un ejército cuyo general sea el Papa; y para emanciparse completamente del germanismo imperial, inventará la fábula de que el patrimonio de San Pedro es donacion de Constantino, y obligará á los emperadores, vestidos de sayal y de cilicio, á que aguarden de rodillas, temblando, una palabra de aquellos labios pontificales que sublevan ó domeñan á los pueblos, una bendicion de aquellas manos que apaciguan ó irritan á los cielos.

Si el Papa hubiera desaparecido, Europa no se educa para la civilizacion en la Edad Media. Si el espíritu se hubiera sometido por completo al Papa, Europa sería hoy un imperio inmóvil, un imperio asiático, religioso, con su gran Lama en la Ciudad Eterna. Afortunadamente el principio de contradiccion está ahí para evitar estas tristes absorciones de toda la naturaleza humana por uno solo de sus elementos. Grande oposicion se abrió contra el Papa, recordádole su dependencia de la tutela civil, y el orígen reciente de la donacion que sólo debia á los emperadores occidentales. Ni la guerra, ni la paz de las investiduras aclaran nada; á pesar de las humillaciones de Enrique IV y de los proyectos de Pascual II, la naturaleza quiere que este combate se prolongue, que esta incertidumbre continúe, para que ninguno de los dos principios en lucha predomine y se sobreponga á su contrario. Así la Iglesia conserva su carácter moral, su carácter teológico, avivando el elemento idealista en el alma; y el Imperio conserva su carácter político, civil, impidiendo que la autoridad teocrática esclavice todo nuestro sér. Por esta lucha el mundo occidental constituye la unidad en la variedad; la quietud en medio de la guerra; el equilibrio entre fuerzas discordes y contrarias. Todas las armonías de la Edad Media provienen de esta enemiga entre el Pontificado y el Imperio. Sin aquél hubiera sido Europa un campamento; sin éste Europa hubiera sido un monasterio. Su mutua oposicion salvó por completo la cultura humana.

Y el espíritu rebosa en Europa, y el Oriente surge cual mágico encanto para contenerlo, y los monjes predican, y los pueblos se mueven, sintiendo nueva vida despertarse en su seno, y se llenan de cruzados los caminos, y las muchedumbres no saben ni de dónde vienen ni adónde van; pero saben que algun misterio las envuelve y las sostiene, y creen que cada ciudad es Jerusalen, que cada monumento es el sepulcro, que cada estepa es el desierto; hasta que una gran parte de la ignorancia antigua se desvanece, y una gran parte de la igualdad moderna viene por la comun lucha y las penas comunes, reveladoras de la identidad y de la unidad de la naturaleza en cada hombre y en todos los hombres, que se van siervos de la teocracia, del feudalismo, y vuelven apercibidos á penetrar libres en los municipios; se van de Europa creyentes, y vuelven del desierto con la duda de Job en el alma, dispuestos á entrar en otra fase más progresiva y más humana de la civilizacion. El Papa ha creido conservar la fe agitando á Europa, y al agitarla ha despertado en Europa la razon.

El comercio es una fuerza nueva de civilizacion y cultura. Como toda fuerza social, engendra organismos políticos. Al comercio se une el trabajo. Al comercio y al trabajo, el comienzo de emancipacion de los pecheros. Nacen los consulados en Italia, los municipios en España, los comunes en Francia. El Papa siente que esta evocacion de la naturaleza desvanecerá el hechizo de la fe religiosa; que estas invasiones de la democracia destruirán las aristocracias teocráticas. Como el Universo, deja de ser fuente de mal para convertirse en fuente de vida; el trabajo deja de ser maldito para convertirse en continuador de la creacion; el comercio acaba con el aislamiento de cada hombre, de cada pueblo, que engendraba la penitencia, la oracion, y comunica entre sí á católicos é infieles; el sayal, el cilicio, el saco, se truecan en gasas, en brocados, en crujientes sedas; esta aparicion de la naturaleza con todos sus hechizos en medio del mundo, presa de todos los terrores religiosos, parécele á la Iglesia obra del Antecristo, y lanza sus rayos contra la transfiguracion de la conciencia y de la vida.

Pero Abelardo ha pensado. Y el pensamiento se hace verbo en la historia. Y el verbo se hace hombre. Y el hombre donde se encarnó el pensamiento de Abelardo fué Arnaldo de Brescia, monje y soldado, tribuno y asceta, filósofo y místico, predicador elocuentísimo y consumado político, radiosa aparicion de la democracia ante los altares teocráticos, capaz de suspender por un momento la autoridad política de los Papas en Roma, como para demostrar que nada podrán las excomuniones contra la razon que se emancipa, contra la herejía que toma carta de naturaleza, contra el trabajo que redime, contra el comercio que liga á los pueblos y aisla á la Iglesia. El Papa triunfa en definitiva, pero la idea de Arnaldo queda en el suelo de Europa. Ella retoñará.

La herida está abierta en el corazon de la Iglesia. Piérdese el prestigio de las cruzadas; luchan entre sí los ejércitos cristianos, miéntras la cimitarra cautiva de nuevo el Santo Sepulcro y la verdadera cruz; van los cruzados á Jerusalen, y se detienen en el camino para depredar, saquear las ciudades cristianas, como Palermo y Constantinopla; quiere Federico II renovar las hazañas del rey Godofredo, y en Tierra Santa, léjos de recibir las bendiciones, recibe los anatemas del Papa: la herejía domina, los territorios en donde brotára la cultura moderna, el Langüedoc, La Provenza, y engendra una guerra nacional; pelean los reyes de Aragon, que poco ántes dejaban sus dominios á la Iglesia, en favor de los albigenses; una democracia desenfrenada, semidemagógica, compuesta de mendigos que se declaran enemigos de toda jerarquía y de toda propiedad, entra con los franciscanos en la Iglesia que, cercada de dolores, en aquella insurreccion de los reyes contra su poder, en aquellas invasiones contínuas de la herejía, apela á la inquisicion y enciende las hogueras para difundir, como con los franciscanos el terror sobre los aristócratas y sobre los reyes, con los dominicos el terror sobre los herejes y sobre los pueblos.

De todos estos movimientos del espíritu humano, ¿cómo ha salido el Papa? Era jefe de la cristiandad, y es jefe de un partido, jefe de los güelfos. Era legislador por sus cánones, y tiene que ver mezclada la legislacion eclesiástica con la legislacion imperial y romana. Era maestro por los conventos, y compartirá el magisterio con los reyes. Las Universidades se llamarán pontificias y reales para educar una clase, la clase de los jurisconsultos, que trasladará la diadema del derecho divino de la frente de los Pontífices á la frente de los reyes. Transigirá la Iglesia con la escolástica; pero en la escolástica habrá más de Aristóteles, más de Averroes, más de los filósofos griegos y de los comentadores árabes, que de los padres y los apologistas cristianos.

Al acabar el siglo décimotercio comienza realmente la decadencia del Pontificado. Y no consiste esta decadencia, como escritores superficiales han supuesto, en el carácter de los Papas; consiste en el cambio de las ideas y de los sentimientos. Inocencio III, que representa la mayor pujanza de la Iglesia, es ántes de los Papas de decadencia, como Marco Aurelio ántes de Commodo, un gran carácter que sostiene y eleva por su propia fuerza altísima institucion, herida de muerte. Ni valor, ni inteligencia, ni virtud bastan á robustecer instituciones que se debilitan, á salvar instituciones que perecen. ¿Pudo Probo sostener con sus virtudes el Imperio romano, ya en la agonía? Pocos hombres habrá en la historia de la elevacion de miras y de la fuerza de carácter que ostenta Bonifacio VIII. No le gana en valor San Leon, en actividad San Gregorio, en ideas atrevidas Hildebrando, en carácter Inocencio III. Él asedia en Roma la familia feudal y gibelina de los Colonnas, que durante siglos se opone al Pontificado y sirve á todos los enemigos del Pontificado; la persigue á sangre y fuego por los campos y por los montes; la acorrala en Palestrina; y allí la castiga con castigos cruentos, sin dejar una piedra en su madriguera, en la ciudad que guardaba recuerdos más preciosos de lo antiguo y obras de arte más bellas del genio moderno, ciudad cuya destruccion llorarán eternamente de consuno las musas latinas y las cristianas musas. Pero Bonifacio VIII no se detiene ante ningun respeto humano. Reivindica Polonia, Hungría; manda sobre Italia sin curarse ni del Emperador ni del Imperio; promulga jubileos que enriquecen con legiones innumerables de peregrinos la Ciudad Eterna; excomulga y depone magistraturas civiles, como si el cesarismo hubiera renacido bajo la tiara; desafia á Francia, conspira contra Alemania; pero sus enemigos se congregan en bandas armadas, lo buscan, lo encuentran, violan su ciudad, asaltan su palacio, matan sus servidores, se acercan á él, que los aguarda en el trono, con la serenidad y la inmovilidad de un Dios fiado en su omnipotencia, la tiara en la cabeza, el manto en los hombros, el báculo en las manos; y le imprimen, con el feudal guantelete de hierro, horrible bofeton en la mejilla, despues de cuya afrenta réstale sólo al Papa huir, esconderse, entregarse á otra familia señorial, á los Orsinos; y entre epilépticos sacudimientos y feroces maldiciones, morir siniestra muerte, al frenético dolor que le causáran su rabia y su impotencia. La vida y la muerte de Bonifacio VIII corroboran el dicho agudísimo y exacto del pueblo romano: «alcanzó la tiara como un zorro, dominó como un leon, murió como un perro.»

Pero su pontificado señalará eternamente la decadencia de la teocracia, que fué tutora de Europa. Divídense los partidarios del Papa, los güelfos, en blancos y negros; los teólogos, en escotistas y thomistas, en nominalistas y realistas; los Papas mismos en Papas de Avignon y Papas de Roma; las naciones católicas en naciones cismáticas; las ciencias en sectas y herejías; los concilios en asambleas revolucionarias; los poetas en satíricos que turban la paz del alma con sus dudas y persiguen la fe con su finísima ironía, obligando á la conciencia humana á buscar en otras ideas más vivas que las ideas católicas su indispensable alimento. La Órden de los templarios, que naciera en los tiempos felices del Pontificado, que luchára por la Iglesia en Oriente sin descanso, soberana de Chypre, defensora de Jerusalen, sumisa á los Papas, es disuelta por el gran esclavo de Avignon, por el Pontífice frances, sometido á los reyes de Francia, y sus bienes confiscados, y sus fortalezas derruidas ú ocupadas por tropas reales, y sus caballeros quemados á fuego lento en los claustros y en los campos, testigos del poder y de la gloria de tan ilustre ejército. Hasta el gran poema inspirado en la teología, templo viviente del espíritu católico, consagrado, no á los combates pasajeros de los héroes, sino al viaje de las almas á la eternidad, al reino insondable de los muertos, allá en sus últimos círculos de fuego inextinguible y de perdurables penas, en lo más profundo de su infierno, casi en la boca de Satanás, pone á los Papas por enemigos de la grandeza y de la independencia de Italia.

¡Qué espectáculos! El hijo de pobre lavandera y oscuro tabernero, Rienzi, por interpretar las inscripciones romanas, por traer á la memoria con verdadera elocuencia los recuerdos antiguos, se ve aclamado y divinizado entre muchedumbres que le llevan homenajes de patricios, de cardenales, de reyes, de emperadores, de Papas, y personifica por algunos dias el genio de la Ciudad Eterna, hasta que su cabeza, llena de vértigos, cae rodando desde las cimas del Capitolio al mostrador de un carnicero. Y el mundo ve que mascaradas de tribunos llenan los palacios pontificios; que sangrientos cismas desgarran las naciones; que genios como Petrarca se vuelven con dolor á la antigüedad pagana para pedirle su inspiracion y su valor; que hay un Pontífice en Francia, otro en Italia, otro en Aragon sobre la triste Peñíscola; que el emperador Segismundo se arroga la facultad eclesiástica de convocar la Iglesia universal; que la jefatura del mundo católico pasa de un Papa simoniaco á un pirata, de un pirata á un loco, de un loco á un epicúreo, cual sucede en la decadencia de los Imperios; que los Concilios sólo aciertan á encender los ánimos, á subvertir los pueblos, á desencadenar las guerras; que las hogueras consumen á genios henchidos de fe como Juan Hus y Jerónimo de Praga; que se desentierra á Wiclef para arrojarlo á un rio por haber pedido la pureza del cristianismo; que los soldados de la igualdad, precedidos primero de un general ciego, llamados al redoble de tambores hechos de pieles humanas, derraman el incendio, la matanza, tan sólo por comulgar como los sacerdotes en las dos especies de pan y de vino; que la reconciliacion de la Iglesia latina y la Iglesia griega, obra de un momento, se rompe en otro momento; que los reyes se sobreponen á los obispos, y la Iglesia se declara superior al Papa; que el diablo huye de las leyendas, y la naturaleza recobra sus derechos, y la antigüedad su prestigio, y la conciencia su voz, miéntras el mundo pierde la antigua fe, y los césares-pontífices su dominacion sobre la humana conciencia.

Por fin, este movimiento del espíritu humano llega á tener su idea concreta en la Reforma. Así como el cristianismo no ha sido aparicion súbita y milagrosa, obra de un momento, idea de un hombre, singular inspiracion, sino resultado de toda la antigüedad, tampoco ha sido la Reforma el ímpetu ó la corazonada de un fraile; el grito de un rebelde alzado en armas espirituales contra la Iglesia; la intuicion de una sola alma en parte movida por pasiones de su pecho, y en parte por odios históricos de su raza, sino el corolario preciso de las dudas sembradas por los poetas, de las ideas esparcidas por los filósofos, de la política impuesta por los reyes, de las pretensiones aducidas en los concilios, de todo el impulso que al espíritu humano habian dado las fuerzas vivas de la sociedad y los progresos incontrastables que á cada paso nos testifica la historia.

Cada hombre aspira á ser sacerdote de sí mismo; cada generacion á interpretar como idea que se mueve y se trasforma el dogma tenido ántes por definitivo é inmóvil; la revelacion pasa á iluminar todas las frentes, á ser el patrimonio de todas las almas; el libro cae en las manos del pueblo; desaparece la casta sacerdotal é invaden las democracias el santuario; las órdenes monásticas dedicadas á la maceracion, las reliquias, el exorcismo y la indulgencia dejan paso al dogma severo que apaga el purgatorio, exalta el infierno, y atribuye la salud del hombre á la Divina gracia. Desde este dia, el predominio del Pontificado en Europa ha verdaderamente desaparecido, ese predominio que tanto contribuyó á nuestra educacion y á nuestra cultura. Es verdad que el protestantismo será repulsivo á la naturaleza de nuestra raza y al carácter de nuestra historia; que si pierde el Papa la mitad de Europa, nace á sus plantas para recibir su bautismo y dilatar su nombre toda la América, descubierta y conquistada por los héroes, eternamente católicos, que acababan en España su cruzada contra los moros y emprendian allende el Atlántico su cruzada contra los indios, yéndose en esquifes para volver, trayendo inmensos continentes, arrojándolos como un holocausto ante las aras de la Iglesia.

Verdad tambien que la Iglesia obra sus mayores milagros, hace sus mayores maravillas cuando se ve circuida de mayores asechanzas y peligros. Nadie se cansará jamas de admirarla durante el siglo XVI. En la persona de Julio II restaura los Papas autoritarios y guerreros de la Edad Media, tan dispuestos á someter las almas con su palabra como las fortalezas con su espada. En el pontificado de Leon X despierta la antigüedad; dobla la historia; enseña la genealogía clásica de las ideas cristianas; sorprende el secreto de la belleza plástica en los monumentos antiguos; evoca las estatuas que vibran el cántico heleno en sus labios; resucita el alma de Platon sobre el sensualismo aristotélico; restaura la divina lengua hablada en los rostros; anima los bronces y los mármoles con sus inspiraciones; abre los cielos del arte; engendra en su seno los titanes de Miguel Ángel, y las vírgenes de Rafael que vienen á hermosear el planeta; devuelve á la naturaleza exhausta y macerada su vida y alegría; funda el Renacimiento, que compite con las edades más bellas de la humanidad, é inspira esas legiones de artistas, que quitan sus espinas á la realidad y reconcilian al hombre por la magia del genio, con la cual arrojan áurea gasa de ilusiones sobre el Universo, hasta con los acerbos dolores y las amargas tristezas de la vida.

Católico era el mago maravilloso que volvió á llenar de seres fantásticos y hermosísimos, como en los dias de los dioses, la naturaleza y el espíritu, animados por los cánticos de su poema; católico el pensador eminente que trazó las leyes de las revoluciones y de las reacciones, que mostró el abismo insondable de odios y de crímenes encerrado en la perversion del sentimiento humano; católico el dulce poeta español que devolviera su voz á los bosques, su melodía á las auras y á los arroyos, su incienso á las flores, sus églogas vivientes á los campos; católico el jóven pintor, único en los anales humanos, que supo evocar la hermosura griega y redimir de la penitencia y de la flagelacion en sus cuadros, trasfigurándolo y embelleciéndolo, el organismo humano; católico el arquitecto, el escultor, el dibujante milagroso que coronó con la rotonda de San Pedro las sienes del Renacimiento; católica la música inmortal, que parecia haber encontrado en los abismos de las edades pasadas los acentos de David, los trenos de Jeremías; católico todo cuanto hay en el siglo décimosexto de verdaderamente bello y artístico.

Y la fuerza del catolicismo es tan grande que produce en el siglo décimoséptimo una verdadera reaccion. Los jesuitas se disciplinan como ejército, y se entregan á someter almas al Pontificado; los soldados católicos inundan toda Alemania, pidiendo, como dice un grande escritor, las tierras de los vivos para los muertos; Guillermo de Orange cae al plomo de exaltado católico por el crímen de haber fundado la república holandesa; Cárlos Borromeo establece piadosa liga en los cantones de la Suiza católica para contrastar la Suiza protestante; Cárlos y Jacobo de Estuardo creen haber llegado á desterrar el protestantismo de Inglaterra; la revocacion del Edicto de Nántes lleva á Francia la larga serie de reacciones contra el humanitario tratado de Westfalia; al imperio español se le caen de las manos los pinceles de Velazquez y de la mente los sueños fantásticos de Calderon, hundiéndose en abismos más profundos y más oscuros que sus tumbas del Escorial, cayendo en los hechizos de Cárlos II; Roma se soprepone á todas las ciudades europeas con sus construcciones religiosas, con sus epopeyas como las epopeyas del Tasso, que celebran un sepulcro, y un sepulcro en manos de los infieles; y cualquiera diria que vuelve el mundo, que vuelve el espíritu á los templos y á los altares de la Edad Media.

Pero ninguna de estas reacciones pudo restaurar el pontificado. Tras de aquella reaccion vino el espíritu filosófico del siglo XVIII, que negó hasta las excelencias del cristianismo, que se ensañó hasta en los grandes cadáveres de la historia. Y el espíritu de este siglo produjo la enciclopedia, que llevó las ideas filosóficas al sentido comun del género humano. Y estas ideas filosóficas, no sólo descendieron al sentido de las muchedumbres, sino que se elevaron á los tronos de los reyes. Los jesuitas, que habian sido, como los templarios, soldados de la Iglesia, ejército permanente del catolicismo, fueron disueltos por los reyes de Europa y por los pontífices de Roma. La nueva filosofía se apoderó de Austria, que habia sido como el eje de toda la reaccion europea, y de España, que habia sostenido el catolicismo en todas las crísis humanas, y le habia dado un Nuevo Mundo en compensacion del antiguo. ¿Qué más? La idea filosófica sube hasta el trono de San Pedro, se extiende por él como nueva savia por viejo tronco. Las ideas filosóficas llenan las conciencias, las conciencias engendran nuevas instituciones, las instituciones cambian la sociedad; el derecho, que parecia vincularse en familias aparte, en castas privilegiadas, se difunde entre todos los hombres; las democracias reemplazan á las aristocracias, la revolucion á la inmovilidad; y los Papas, que en vano habian suplicado de rodillas á los emperadores de Alemania detuvieran la revolucion regalista, huyen de Roma, y pactan concordatos con la revolucion francesa y ungen la frente del soldado de fortuna erigido en césar. El pontificado se representa, pues, en el mundo como una de esas instituciones, ántes grandiosas, despues desorganizadas por las fuerzas vivas de la sociedad. Y cuando uno de estos organismos se descompone y deshace, no puede recomponerlo ningun nuevo elemento social, ninguno. Lo han destruido las fuerzas mismas que lo engendráran. Lo ha devorado el espíritu mismo que lo produjera. El mundo pierde en él su confianza y su fe por una de esas íntimas convicciones que ni se combaten ni se contrastan; como que vienen á ser trabajo del pensamiento reflexionando sobre sí mismo. Cuatro siglos, desde la muerte de Marco Aurelio, empleó el espíritu humano en descomponer el mundo antiguo. ¿Quién lo ha recompuesto? Cuando vinieron los bárbaros se encontraron solamente con el gran cadáver. El alma habia huido á otra institucion. Y la institucion, heredera del antiguo espíritu, es en el mundo moderno el pontificado. Al pontificado se debe la altísima autoridad, primera fuerza de cohesion empleada en reunir las sociedades modernas. Al pontificado toda nuestra más antigua disciplina social. Mas desde el siglo décimotercio el pontificado cae en la triste irremediable decadencia, que lo han traido á los extremos presentes. Hoy el pacto de Carlo-Magno se ha roto. La donacion de Pipino se ha desvanecido. El dogma de la infalibilidad ha aumentado los enemigos de Roma. Interna lucha desgarra la Iglesia, que no produce cismas por faltarle fuerzas hasta para sostenerlos. Y Europa aprende en tan grande descomposicion como mueren y por qué mueren las instituciones más arraigadas, más poderosas, cuando cumplen el ministerio para que los engendrára la sociedad, la cual vive de contínuo produciendo y devorando organismos.

Mas Pío IX ha creido que le tocaba á él restaurarlo, restaurar el pontificado. Pues qué, ¿no le han dado vida nueva, sangre nueva muchos papas? ¿No lo han restaurado, hasta cierto punto, Julio II por la fuerza, Leon X por el arte, Sixto V por la tradicion y la disciplina? ¿Y no podria él restaurarlo tambien ¡él! elegido y exaltado por un milagro? Pero ¿qué camino escoger? Habia dos igualmente abiertos á su pensamiento, á su vista. Ó bien tomaba el uno, ó bien el otro; ambos sembrados de escollos. El uno iba á la idea predicada por Rosmini, á la reanimacion del antiguo espíritu evangélico en la Iglesia; y al resultado presentido por Gioberti, á la primacía intelectual y moral de Italia por medio del pontificado sobre todas las naciones. El otro camino iba al jesuitismo. El Papa creyó, y creyó con razon, que el primer camino se le habia cerrado despues de sus desgracias de 1848. El Papa creyó que solamente le quedaba el camino de oposicion radical á las sociedades modernas y de restablecimiento inmediato de las ideas antiguas. Por eso elevó á símbolo de la fe en nuestro tiempo todo aquello que nuestro tiempo ha desechado y destruido. Por eso continuó proclamando un dogma de fe sin asistencia del Concilio. Por eso acabó arrojando en medio de la Iglesia atribulada el principio de su propia infabilidad, es decir, el gérmen de cuasi-divinidad para él, y de eterna servidumbre para los creyentes.

Así, negar á Dios, desconocer su ley, desoir su voz en la conciencia, desacatar su moral en el mundo, ponerlo fuera del Universo y fuera de la historia, es error tan grande para nuestra córte romana como negar al Papa, como desconocer su infalibilidad, como desoir la voz de los oráculos eclesiásticos, hasta en aquellos puntos que no tocan á la fe. Aquellas apoteósis, aquellas divinaciones, á que los antiguos elevaban sus césares henchidos de orgullo, parécense mucho á las blasfemias dichas por un escritor católico que ha sostenido la siguiente tésis: tres seres hay adorables para el verdadero creyente, Dios en el cielo, Cristo en la hostia y el Papa en el Vaticano. Á estos extremos lleva el dogma de la infalibilidad.

Jamas nos cansarémos de repetir que los dogmas en nuestro tiempo promulgados y el espíritu que á ellos ha presidido, convierten al catolicismo de religion en secta, y al Papa, por consiguiente, en jefe de sectarios. Aquel antiguo sentido humano, por cuya virtud se asimilaba toda la filosofía y toda la historia, halo perdido últimamente. En presencia de nuestra filosofía, en presencia de nuestra revolucion, sólo ha sabido, ó retroceder ó maldecir. Y es propiedad de las ideas casi extintas, de los sistemas en decadencia, cerrarse á todas las emanaciones del espíritu humano, á todos los progresos de la sociedad; á ideas, á progresos, que en tiempos mejores los nutrieran y los acrecentáran. El catolicismo se asimiló á filósofos paganos como Aristóteles y á filósofos musulmanes como Averroes. En esta fuerza de asimilacion estribaba su progreso. Y el mahometismo, que no tuvo fuerzas para esas asimilaciones, que tradujo á Aristóteles y engendró á Averroes, sin poder apropiarlos á sus dogmas fatalistas y monoteistas, poco á poco quedó siendo el credo de una sola familia humana, la religion de una raza, el alma de imperios militares, tan rápidamente engendrados como muertos. No protegerá Dios aquellas religiones, aquellas doctrinas, capaces de perder en su madurez el sentido humano, el sentido universal que tuvieran en su juventud. Cada movimiento del tiempo se creerá á sí mismo divino; cada revelacion de la conciencia se creerá á sí misma sobrenatural. Y no levantándose á mirar espíritu y naturaleza en su conjunto, perderá con el conocimiento de la vida el sentido de la historia. Cada secta se encierra en sí y hace más que ignorar la historia de sus opuestas; hace más que esto, las calumnia, las deshonra, las maldice, creyendo realizar un bien, y bien eterno. Imaginad lo que será la historia del cristianismo contada por un judío. Imaginad la historia del judaismo moderno qué será contada por un feroz inquisidor. El católico apénas comprende el desarrollo de los pueblos protestantes. El protestante llama Antecristo al Papa. Leed á un griego ortodoxo, y él os demostrará que ese bizantinismo, tenido por nosotros como el extremo de la decadencia moral, hubiera salvado al mundo con su metafísica, si el mundo no cayera en poder de los leguleyos, es decir, de los canonistas romanos. ¡Cómo ciega el espíritu de secta! Nosotros nos detenemos extasiados ante la Vénus de Milo. Su hermosura severísima; su majestuoso continente; la pureza y armonía de aquellas líneas; la gracia y serenidad de aquel rostro; la perfecta posesion de sí mismo, que indica aquel espíritu, asomado á los inmóviles ojos, dueños por completo de todos sus pensamientos y de todas sus pasiones; la serenidad de aquel perfecto tipo, bello ideal de las artes plásticas, nos extasían hasta el punto de absorbernos en misteriosa adoracion, miéntras que á un cristiano de los primeros tiempos, exaltado por su recien nacida fe, parecíale fealdad tanta belleza y vislumbraba en ella la siniestra y deforme efigie del demonio. No hay cosa en el mundo como el sol, que vivifique como el aire, que perfume como las flores, que regale como los frutos, que recree como los rumores y los aromas del campo, que absorba como las olas del mar, que eleve como las estrellas del cielo; y, sin embargo, el misticismo ha llegado hasta engendrar en el hombre desamor, ódio al Universo.

¿Qué mucho, si encerrado cada individuo en su egoismo, cada secta en su tradicion, cada tradicion en su dogma, cada dogma en su Iglesia, cada Iglesia en su intolerancia y cada género de intolerancia en su crueldad, no llega jamas á comprenderse cómo el espíritu humano rebosa en todas las obras humanas, vário, multiforme, contradictorio á veces, sin perder nunca su fundamental unidad? Y los que miran la vida por un lado, el tiempo por una edad, la ciencia por un solo sistema, el arte por una sola escuela, el ideal por una religion, la sociedad por un partido, la historia por una fase, la humanidad por un pueblo, jamas comprenderán el espíritu humano, que como no puede separarse aquí, en este planeta, de su primer organismo, del cuerpo en que se encarna, tampoco puede separarse, ni del hogar, ni del templo, ni del arte, ni de la ciencia, ni de la sociedad, que serán momentos de su vida, organismos de su sér, revelaciones inmanentes y perpétuas de su esencia, grados de su desarrollo, lo que se quiera; pero en cuya totalidad estamos virtualmente cada uno de nosotros, y en cuyo desarrollo está el desarrollo de nuestra propia vida. Hemos sido con los que fueron; serémos en los que vendrán. No creamos, pues, á una sola Iglesia depositaria de la verdad absoluta, ni á un solo pueblo representante del espíritu humano.

Ved por qué yo arguyo de sectarios á los católicos, porque no comprenden sino una parte de la vida, nuestra vida histórica. Cuentan solamente con lo que fuimos, no cuentan con lo que somos, no cuentan con lo que serémos. Cuando la fisiología revela cada dia un secreto de este organismo humano, abreviado Universo; cuando la química llega á tener la fuerza de descomposicion y recomposicion de la naturaleza; cuando la astronomía nos comunica directamente con lo infinito; cuando prodigiosos descubrimientos nos entregan el rayo para que lo vibremos en nuestras manos, cual lo vibraban los antiguos dioses; cuando la tierra en que vivimos nos ha contado su ancianidad por medio de sus evoluciones geológicas, y el cielo que nos envuelve ha revelado en el espectro solar la fundamental unidad del Cósmos: en este crecimiento de la naturaleza humana y del espíritu humano, junto á un derecho que nos dice á todas horas la igualdad fundamental de los hombres en la sociedad, y junto á una ciencia que nos dice la igualdad fundamental de los seres en el Cósmos, ¿creeis puede satisfacernos una religion cuyos dos últimos dogmas, en vez de espiritualizar la vida, de idealizar la fe, nos enseña el privilegio y la excepcion de dos criaturas humanas; privilegio y excepcion incomprensibles para la inteligencia, é inverosímiles en la universalidad de la naturaleza?

Así la sociedad, la ciencia, la vida andan por un camino; y por otro completamente opuesto el catolicismo. La córte pontificia sólo se alimenta de la tradicion. La ciencia católica es la arqueología. En Roma, en la Roma pontificia, se oye por todas partes un rumor elegíaco. Sobre las ruinas materiales álzanse la ortiga, el jaramago; sobre el jaramago y la ortiga las ruinas morales. El Viérnes Santo parece el dia eterno de esta ciudad singular, el dia en que el corazon está desolado, el santuario desierto, los cirios extintos, las aras desnudas, los altares velados, y el cántico de Jeremías resonando á la contínua por aquellos templos henchidos de evaporaciones de lágrimas. Yo recuerdo que aquel dia, despues de haber asistido por la mañana á la Capilla Sixtina, fuí por la tarde á la Vía Apia, á la vía de los antiguos sepulcros. Un momento me detuve á contemplar la entrada de las catacumbas y á recoger las benditas inspiraciones de sus cenizas. Parecíame que las almas de los mártires renacian al conjuro de mi evocacion y me acompañaban por aquel camino de tristezas y desolaciones. Alguna vez involuntariamente volvíanse los ojos á la ciudad, donde se dibujaban sobre las formidables ruinas paganas las aéreas rotondas católicas. Roma á la espalda, la cordillera sabina al frente, el desierto en derredor, los acueductos interrumpidos por todas direcciones, el camino de los siglos bajo las plantas, el cielo de las contínuas plegarias sobre la cabeza, cuatro leguas de sepulcros abiertos á la contemplacion; el pastor ó el fraile interrumpiendo con su pintoresca presencia ó su religioso saludo el viaje, os hacen creer que descendeis realmente á la region de las sombras, á los abismos de la historia. Esperais el dantesco guía que ha de conduciros. Á la derecha las catacumbas de San Sebastian, donde duermen los mártires, y á la izquierda el Circo Máximo, donde los mártires fueron inmolados. Unos pasos más adelante el sepulcro de Cecilia Metella, que recuerda los últimos dias de la República, sepulcro formidable, especie de fortaleza sobre la cual han levantado nuevas fortalezas otros tiempos, como nuevas leyes se han erigido sobre aquellas leyes y nuevas instituciones sobre aquellas instituciones. Las piedras agrupadas en ese monumento, bruñidas por el ardiente sol del Lacio, han resistido á la corriente de los siglos, á las pasiones de los hombres, como la República á todos los movimientos políticos de la historia. Á un lado y á otro piedras desprendidas de grandiosos monumentos, bajos relieves hermosísimos, restos de templos, restos de tumbas, cadáveres de pasadas civilizaciones, como si aquel campo fuera el campo de batalla, donde en lejanos tiempos peleáran, no ejércitos de hombres, sino ejércitos de mundos y planetas. Andais un tanto y veis el sepulcro de Séneca. La tiranía no quiso oir las quejas de su víctima, y el arte se ha burlado de la tiranía dejando en el bajo-relieve una protesta que los siglos repiten, contra la crueldad de los tiranos. Yo, que acababa de hollar el polvo de las catacumbas, no pude ménos de poner mi mano sobre las piedras de aquel sepulcro. ¿Cuántas ideas de los antiguos estoicos y cuántas ideas de los primitivos cristianos formarán la urdimbre de nuestra fe, de nuestra moral? ¿Qué arma habrá engendrado la ley á cuyo imperio me hallo sometido? ¿Qué apóstol ó qué mártir habrá levantado el altar de mis creencias? Inútil empeño. No le pregunteis á la nube de dónde se ha evaporado, ni al rayo de dónde se ha encendido, ni á las moléculas que recorren vuestro organismo dónde se han formado; el Universo es el laboratorio de la vida, y la conciencia universal es el laboratorio de la idea. Así, unos las engendran, otras las expresan, éstos las predican, aquéllos mueren por ellas; y los mismos que las contrarían y las combaten, las sirven sin quererlo, hasta que pasan á ser el sentido comun de la sociedad.

Los sepulcros, sobre todo aquellos sepulcros de edades apartadísimas, podrán guardar huesos frios; pero guardan tambien ideas vivas. En la milla quinta de la Vía Apia, regina viarum, no léjos de antiguo túmulo circular, rematado por torrecillas de la Edad Media, se extienden las fosas de Cluilio, donde la tradicion, despues confirmada por Dionisio de Halicarnaso, pone el campo de batalla entre Alba y Roma, la tumba, por consiguiente, de los Horacios y de los Curiacios. Pueblos primitivos del Lacio, al ver tantas ruinas, que parecen como vuestros esqueletos, no puedo ménos de recordar los bellísimos dias de las ferias latinas, cuando os congregabais sobre las montañas de Albano para ofrecer sacrificios, y de allí ibais á la selva albanea para escuchar los cantares de los faunos; y de la selva á la gruta de Tívoli para interrogar á la fatídica Sibila; y miéntras, vuestras mujeres celebraban en primavera, cuando el cielo sonrie y la naturaleza resucita, las fiestas palilias en honor al Dios de los apriscos, ceñidas de follajes, coronadas de guirnaldas, bebiendo entre cánticos religiosos la leche áun caliente en copas recien talladas de las seculares encinas; vosotros sólo os acordabais de la naturaleza que os rodeaba, como si más allá de la naturaleza no hubiera otra vida ni otros seres.

Mas acaso las creencias que han sustituido á vuestras creencias no se acuerdan bastante de que existe la naturaleza vivida, inmortal. Hoy la nave griega, trayendo mercancías é ideas, no ancla en vuestros puertos; los dioses rientes y cantores no corren por vuestras campiñas; el desierto se ha tragado hogares y templos; las batallas han esparcido hasta los mudos é inmóviles habitantes de las tumbas.

El Viérnes Santo, consagrado á la muerte; la Vía Apia, camino de sepulcros; Roma, la gran necrópolis; todo, todo me habla contínuamente de los muertos, y todo me convida á pensar en este gran misterio. Nos imaginamos en la naturaleza monarcas absolutos, y vivimos bajo leyes que no conocemos apénas. ¿Por qué esta interrupcion de la muerte? ¿Por qué esta oscura piedra del sepulcro rodada de abismos insondables al borde oscuro de otros insondables abismos? Consolémonos. La dinámica natural no se interrumpe. Cuando nosotros dejamos el cadáver en la tumba y nos volvemos doloridos á pensar en la muerte de aquel sér, la corrupcion del cadáver es nueva forma de existencia, nueva funcion de vida, nuevo gérmen de seres. ¿Falta de jugos nutritivos en el estómago, falta de sangre en las venas, falta de oxígeno destruirán al hombre que se proclama dueño de la inmortalidad? Cada organismo humano es un pequeño universo en medio de la totalidad del universo material y moral. Por la nutricion, por la respiracion, por el cambio contínuo de moléculas, absorbemos la vida de la naturaleza; como por la síntesis, por la generalizacion, dilatamos nuestra alma concreta é individual en el espíritu humano. Como la luz y el calor se identifican en el Universo; como el tono grave y el tono agudo se combinan en la armonía; como las exhalaciones carbónicas de la respiracion animal y las exhalaciones oxígenas de la respiracion vegetal en la atmósfera, combínanse la vida y la muerte en nuestro sér. De estos contrasentidos resultan los mayores goces de la vida. El deseo no satisfecho es una pena. El amor es deseo no satisfecho, deseo inextinguible, y el amor es una felicidad. En el momento en que el deseo se acabára, acabárase tambien el amor. Y el deseo satisfecho deja de ser deseo. Hay, pues, que conservar el deseo para conservar el amor; hay que conservar la pena para conservar la felicidad. Hay que conservar la muerte para conservar la vida. La muerte es una resurreccion.

Comprendo cuán sublime es el simbolismo de la Iglesia al celebrar la Pascua de Resurreccion. Dia de universal regocijo este dia. Cae en la estacion de las resurrecciones. El calor vivificante renace y abriga á la aterida tierra. Las nieves se derriten y envian sus claras aguas á los rios. El campo se cubre de verdura, la verdura de flores, las flores de mariposas. Los almendros, los manzanos, los limoneros y naranjos semejan otros tantos ramilletes. Las aves se entregan á sus cánticos y á sus amores. Hínchanse las yemas de savia, y las larvas se trasforman en pintados insectos. Sale de su agujero la hormiga, y la abeja de su panal. Las torres, que durante tres dias estuvieron mudas, echan al vuelo sus campanas. Vístense los campesinos de fiesta. La Vírgen-Madre, ántes llorosísima, se ciñe de guirnaldas para salir al encuentro del hijo de sus entrañas. En la procesion de la mañana de Pascua, por nuestros campos y nuestras aldeas todos á una entonábamos el cántico de la resurreccion: aleluya, aleluya. Parecíanos ver el Crucificado erguirse sobre su lecho de mármol, rasgar el sudario, quebrar la losa, volver á la vida, resplandeciendo de alegría. Las amapolas eran más rojas, las flores del almendro más sonrosadas, el aroma del azahar más penetrante, el cántico de las aves más sonoro en este dia á nuestros sentidos perfumados por la miel de santo misticismo. Yo declaro que veia la naturaleza más hermosa. No me extraña esta interior vision del mundo externo. Me han asegurado piadosos viajeros haber oido, atravesando las cordilleras de los Andes, palabras místicas á esas aves que remedan las articulaciones de la voz humana. Convertimos el Universo en verbo de nuestro pensamiento, y sus rumores en eco de las palabras murmuradas por la conciencia á nuestro oido. ¡Santa alegría de la mañana de Pascua, bendita, bendita seas!

Comprendo que el doctor de la epopeya alemana, despues de haber sentido todos los dolores y miserias de la humanidad; despues de haber tocado todos los desengaños de la ciencia; al ver su frente coronada de dudas y su corazon coronado de espinas, pensase en apurar el tósigo, y sólo apartára la funesta copa de los labios al eco de las campanas que anunciaban la resurreccion; de las aleluyas que anunciaban la Pascua; de los cánticos sagrados cuya virtud puede reconciliar á la desesperacion con la naturaleza y con la vida.

El dia de Pascua en Roma seguí yo todas las ceremonias religiosas. Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas; fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad; subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien batidos huevos.

No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas del ferviente espíritu católico, en ideas paganas; y la grandeza de los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la tierra.

El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca, recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes. Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor de San Pedro, mostráronle á la gran plaza, henchida de gentes. Sus brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas, de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses; en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.

Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su primer magistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones. Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas, tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer, que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos, guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos, los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis, se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche, á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y fragilísima naturaleza.

La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. El hombre, que habia llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios. El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules, sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban, le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses. Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos y las asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente, é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano, quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo, concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.

¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica, á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra, sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo las puertas eternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica antigüedad en toda su serena perfeccion.

Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil, sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al Dios del Vaticano?

Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista, aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar? Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.

Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno. Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes, ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que, perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta, Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo, ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la mano del hombre.

Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases, y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y las clasificaciones de las especies muertas como de las especies vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.

Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno, absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios, sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra alma la esperanza inefable en la inmortalidad.

Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido, no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas, no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana, complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia, al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento, extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion, parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes, por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma, Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas, de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha, su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas, trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia eterna nube de incienso hácia los cielos.