I.
Compadezco á todo aquel que no haya ido jamas, en tibia mañana de Mayo, desde Castellamare hasta Sorrento, entre aquellos bosques de limoneros y de granados, todos floridos, resaltando por los sombríos olivares; bajo la grata sombra de las montañas erizadas de riscos, por cuyas grietas tienden su lujuriosa vegetacion las selvas de hayas, castaños y encinas; sobre el tortuoso camino abierto en la roca viva que enlaza las poblaciones medio ocultas en el follaje; al borde del mar, cuya celeste superficie siembran de estrellas fugaces y contínuas los rayos del sol deslumbrador; la isla de Capri enfrente, cortada como gracioso templo de lapis-lázuli que se alzára sobre las aguas; á la espalda el Vesubio con su penacho de humo, destacándose en el cielo, y su cintura de jardines, y su crestería de lavas brillantísimas, y sus alfombras de ciudades multicolores; todo envuelto en la luz meridional y perfumado por el embriagador azahar, formando un conjunto de bellezas naturales que nos abruman con su magnificencia, ántes al contrario, os convidan á tomar parte en su regocijo y á unir vuestra idea á sus creaciones como una nota más de la universal armonía.
¡Cuán hermosa es Sorrento! Parece caerse al mar desde la altísima roca donde se ha agarrado como una ciudad náufraga. En la falda de pendiente montaña está como suspensa, y desde sus balcones á la playa todavía media pavoroso abismo. Diríase alzada por sus fundadores como un mirador para contemplar el Vesubio, que semeja á espejismo de la imaginacion en la bahía de Parthénope, que, á su vez, semeja á encantado lago. Desde el jardin de la Sirena, cuyos intensos aromas casi trastornan el sentido, veiamos abajo, en la breve ensenada, sobre la estrecha faja de menuda arena, los peces plateados saltando entre las oscuras mallas del copo y las barcas recogiendo sus velas latinas y atracando á fuerza de brazos entre grupos pintorescos de activos marineros. Como la hermosura está en la variedad de los contrastes, hé aquí la region más hermosa del mundo: ágrias montañas y tranquilos verjeles; cúspides de nieve en las lejanas cordilleras de los Abruzzos y cúspides de fuego en los próximos conos del Vesubio; las guirnaldas de parras arriba, y abajo las guirnaldas de algas; el campesino aquí recogiendo en cestos de mimbre los limones y el pescador allá recogiendo en cenachos de esparto los pescados; la oscura encina en el monte y la blanca vela en el mar; las rosas y los jazmines y las violetas en las florestas y las conchas y los caracolillos en los arenales; las ruinas desoladas y desiertas entre los jaramagos, frias como huesos de esqueletos, y las fuerzas de la naturaleza creando y produciendo contínuamente en la gigantesca fragua de volcanes y solfataras; la alegría de la vida, que brota en las serenatas, en las canciones, en los coros al aire libre, en el regocijo de estos pueblos donde ha nacido la música moderna, y el horror de la destruccion y de la muerte en las erupciones que subvierten toda la comarca, que destruyen y levantan montañas, que abren sepulcros donde caben ciudades enteras; la esperanza de lo porvenir y el recuerdo de lo pasado; la caverna silenciosa y la onda sonora; los matices más bellos de la luz y los juegos más caprichosos de las sombras; los términos más opuestos de la historia y los contrastes más bruscos de la vida.
¡Y decir que un poeta como Tasso no ha cantado ni este pueblo donde viniera al mundo, ni el palacio construido sobre la roca que da al mar, donde encontráran sus miserias alivio y consuelo en el cariño de piadosa hermana, en el calor de tranquilo hogar, en el comercio con la sana y robusta naturaleza! Algunas palabras acerca de la amenidad del campo y de la salud de sus moradores: hé ahí todo. Los poetas del Renacimiento italiano se parecen á Miguel Ángel, tan menospreciador de cuanto no fuera el hombre y la mujer, que en el Juicio Final desaparece nuestra tierra, como si el desenlace de la tragedia humana se representase en los espacios desiertos. ¡Cuán preferible es el bellísimo paisaje viviente de esta bahía incomparable al contrahecho paisaje de los falsos bosques de Armida! Entre todos los poetas meridionales de aquellos tiempos, para mí, los dos que mejor cantaron la naturaleza fueron Camoens y Garcilaso. Nunca he podido asomarme al Tajo, ya entre los verjeles de Aranjuez, ya entre las ruinas de Toledo, sin murmurar las Églogas; ni al Mondego sin ver las ninfas que todavía lloran, bajo los pinos y los sauces y los cedros, en el lugar llamado de las lágrimas, la muerte de doña Ines de Castro, aquella hermosa dama que reinó despues de muerta. Nuestro inmortal cantor peninsular, el Homero de la Iliada del trabajo y de la Odisea de las navegaciones gigantescas y de los descubrimientos maravillosos, inspirado por la luz de África y por la vida de Oriente, hubiera descrito de singular manera esta Sorrento, muy parecida á la isla de Vénus, pintada en su noveno canto de Las Lusiadas, muy parecida, iba diciendo, á la espaciosa bahía donde las ondas mueren sobre blanca arena sembrada de pintadas conchas y caprichosos caracoles; á las tres colinas de líneas graciosas y de aspecto imponente que ostentan sus prados llenos de flores, por los cuales corren cristalinos arroyos y sonantes cascadas, despeñándose desde las ágrias rocas en deliciosos valles; al lago sereno en que se miran los perfumados bosques; á los árboles cargados de flores y de frutos, desde el laurel de Dafne hasta el gracioso limonero, mezcla del oro y la esmeralda, desde el granado que envidiáran los rubíes hasta los perales picados por los pájaros, y los olmos de Alcídes, y los laureles de Apolo, y los mirtos de Vénus, y los pinos de Cibéles, mudos testigos de la inconstancia de Atys, y los sombríos cipreses que elevan al cielo sus fúnebres pirámides entre las cerezas, cuyo color compite con el coral, y las brillantes moreras; todo realzado por esta luz que os tendria eternamente suspensos y extáticos, cual una sonrisa de correspondido amor.
Sorrento ha elevado una estatua de blanco mármol al Tasso. Nunca me cansaré de admirar el respeto que Italia guarda á la memoria de sus más ilustres hijos; nunca, de ofrecerlo como ejemplo vivo á nuestra ingrata España. Puede decirse, sin exageracion, que en Italia caminais entre dos coros de estatuas. Si entrais por Génova, lo primero que herirá vuestra atencion es la efigie del descubridor de América. ¿Dónde tiene entre nosotros, españoles, otra igual? En ninguna parte. Ni á la puerta del monasterio de la Rábida, que le vió pedir limosna humildemente; ni á la puerta del refectorio de Salamanca, que vió á su razon triunfar de todas las argucias teológicas; ni en la vega de Granada, donde se avistó con sus protectores; ni en el puerto de Pálos, testigo de su salida; ni en el puerto de Barcelona, testigo de su vuelta; ni en las calles de Valladolid, testigos de su muerte.
No es maravilla, en verdad, que genio tan ilustre tenga monumento tan excelso. Los hay por todas las regiones de Italia. En Turin lo tienen, desde los primeros hombres de Estado, como Azeglio y Cavour, hasta los organizadores del ejército y los ministros de Agricultura y Comercio que han servido modestamente á su patria. En Milan se eleva el gran fundador de la unidad italiana y ese coloso del Renacimiento, ese Leonardo de Vinci, á quien rodean sus primeros discípulos. Los templos y los palacios de Venecia pueden llamarse necrópolis de los héroes y de los artistas. Por todas las encrucijadas de Mantua se os aparece la imágen de Virgilio. Á los dos lados de la galería de los Oficios en Florencia, sobre el fondo de oscuro granito, se destaca el blanco mármol de las estatuas, y estas estatuas representan los hijos preclaros de Toscana, feraz en brillantísimos genios. Las cimas del Pincio, despues de la libertad de Roma, han sido decoradas por series de bustos donde se enlazan todas las estrellas del cielo espiritual de Italia. Arnaldo de Brescia y Giordano de Bruno reciben justo desagravio en el mismo suelo donde ardieron sus cuerpos y se calcinaron sus huesos. Pergoleso, moribundo, se ve por los pórticos del teatro de Salerno; Virgilio en su templo de gloria y Vico en su meditacion de historiador brillan allí donde vienen á morir las ondas del Tirreno, á las plantas del Vesubio, entre los mirtos y los laureles de la inmortalidad.
¿Y nosotros? En Madrid, tres hombres se han salvado del ingrato olvido: Cervántes, que se eleva á las puertas de las Córtes; Murillo, que se eleva á las puertas del Museo; Mendizábal, que se eleva en la plaza del Progreso. Daoiz y Velarde están como olvidados en uno de los barrios extremos y en medio de polvorosa carretera. ¿Y Lope de Vega, y Calderon de la Barca, y Diego Velazquez? Málaga tiene un tosco monumento que recuerda el sacrificio de Torrijos, y Granada otro tosco monumento que recuerda el funestísimo dia en que subió Mariana de Pineda al cadalso. Fray Luis de Leon brilla en la ciudad donde cantó con sin igual dulzura y padeció con sin igual resignacion. Pero confesad que es demasiada soledad en medio de aquella escuela de Salamanca en que se verificó la mayor parte del Renacimiento español, como en Florencia la mayor parte del Renacimiento italiano. En Toledo veíase la derruida casa de Padilla sembrada de sal por el aleve absolutismo. Conmovia profundamente el ánimo y despertaba el pensamiento aquel solar calcinado por las llamas, no tan desoladoras como el alma de los déspotas. Sobre mutilada columna se elevaba inscripcion vengativa. Un Ayuntamiento de estos últimos años ha nivelado el suelo y lo ha limpiado, convirtiendo aquel sitio de espectros sublimes y de recuerdos grandiosos en una plazuela con raquíticas acacias, donde se reunen las niñeras y juegan los muchachos. Yo me explico esta manía nuestra de no alzar estatuas, por la barbarie del régimen que durante tres siglos pesára sobre nuestra encorvada cerviz. Si entre nuestros grandes genios habia alguno perteneciente á nobles familias, podia tener un sepulcro fastuoso y una estatua yacente en cualquier capilla ó en cualquier panteon de nuestras iglesias. Pero en las calles, en las plazas, en las encrucijadas, donde pudieran recordar que habia algo y álguien digno de veneracion, ademas de nuestros reyes y de nuestros santos, ¡oh! eso no, que hubiera enseñado mucho al pueblo. Veinte estatuas, si las hay, en toda España, consagradas á nuestros hombres ilustres, no corresponden al sinnúmero de genios que hemos tenido en nuestros gloriosísimos anales. Se me olvidaba; allá, en una de las calles de Valladolid veíase pobre efigie en capilla oscurísima, no me acuerdo por qué calle. Extrañóme sobremanera que tal recuerdo proviniese de nuestros antiguos tiempos en que dejábamos morir á Camoens y á Cervántes en la miseria y desconociamos que el Gran Capitan nos trajo á Italia y Hernan Cortés Méjico. Una estatuilla, y de mujer, ¡caso raro! Pregunté qué representaba, y me contestaron cosa que no me atrevo á creer completamente, por no haberla yo mismo en mis estudios confirmado. Contáronme que representaba una mujer, denunciadora al Santo Oficio de su propio esposo, como fiel en lo interior de su conciencia y de su casa á la religion protestante. El infeliz fué quemado en uno de los autos de fe más célebres que presenció aquella ciudad, y el Gobierno ó el vulgo, ó ambos á la vez, consagraron un recuerdo de agradecimiento indeleble en calle concurrida á una infamia tan grande..... ¿Será posible que no seamos más cuidadosos de nuestras glorias? ¿Será posible que no elevemos todavía monumentos á nuestros héroes, á nuestros navegantes, á los sabios de todos tiempos que han ilustrado nuestro nombre, á los artistas, á los poetas, á los oradores á quienes debemos la gran resonancia de nuestra lengua por todos los ámbitos de la tierra? Si los reyes absolutos han sido ingratos, que no lo sean los pueblos emancipados. Y donde quiera haya brillado un genio, que exista una señal de agradecimiento y una sombra de recuerdo. La corona de sus genios rodea con el etéreo limbo de la inmortalidad las sienes de los pueblos. Solamente la pobre Ofelia, loca, puede pisotear su corona, esmaltada de rocío, en la hora del suicidio.