III.

Pero en el mundo no todos tienen este culto mio por la Naturaleza, no todos sienten este dulce arrobamiento por los bellos espectáculos de la vida. Hay muchas armonías, pero junto á muchas batallas. Si al levantar los ojos á las esferas y ver el concertado movimiento de los astros puede pareceros el universo un poema, al convertirlos á la tierra y descubrir el ódio de unos seres á otros seres, sus mutuos encarnizados combates, las heridas que se abren, la sangre que se sacan y vierten, la muerte que se infieren, el universo puede pareceros una interminable, infinita, universal guerra.

Si cada sér no tuviera á su lado su contrario, llenaria pronto él solo con su prole toda la creacion. Un elefante, el animal de instintos más castos y de reproduccion más tardía, á la vuelta de cuatro ó cinco siglos, podria tener una descendencia de quince millones de elefantes. Por eso la muerte es tan creadora y tan necesaria y tan fecunda como la vida. Por eso en cada punto del espacio se amontonan las cunas y los sepulcros. Por eso junto á cada planta hay otra que le dispute el aire, la luz, el jugo de la tierra, el rocío de los cielos; junto á cada animal, otros animales que se persiguen como ejércitos enemigos y se exterminan crueles en eterno duelo á muerte. La vaca en el Paraguay lucha con un moscon que comienza por zumbar en su oido y concluye por anidar en su ombligo. Y aquel moscon la mata. Los naturalistas dicen que si los moscones no acabáran de esa suerte con las vacas, acabarian las vacas, en tiempo relativamente corto, con la lujuriosa vegetacion del Paraguay. Y entre nosotros, en la especie humana, así como hay quien considera la Naturaleza un templo y desearia no profanarla ni con una gota de sangre, no oscurecerla ni con una nube de ódio, hay quien siente á la vista de la ligera liebre el instinto del galgo ó del sabueso; al roce de las alas de un pajarillo el impulso del águila ó del milano, y viviria como el feroz cazador de la leyenda alemana en lucha perpétua, entre montones de despojos, produciendo eternamente la muerte; anegándose en mares de sangre.

Llevábamos aquella tarde en nuestra compañía un cazador. El cántico y el vuelo de las dos inocentes avecillas no conmovieron su empedernido corazon. Donde nosotros veiamos el amor, la familia, un matrimonio, unos hijos, él veia, con la crueldad del asesino, su presa. De pié, á nuestra espalda, sin que tuviéramos tiempo de evitarlo, apuntó á los pajarillos una escopeta de grande alcance y derribó á uno de ellos herido en el ala por tierra. No os podré decir lo que pasó en mi corazon. El pobre animal arrancado del cielo como una estrella que se desengarzára de su centro de gravedad; herido en los órganos que le dan el dominio de los aires; separado violentamente de su esposa, de la compañera del alma, de todos los encantos y de todos los amores de su vida; imposibilitado de volver al nido en que quizá piaban sus hijuelos, mirábanos con ojos de dulce y por lo mismo desgarradora reconvencion, preguntándonos qué daño nos habia hecho para inferirle tan bárbaro y tan neroniano castigo. Este sér nervioso, movible, pequeño, habia subido y subido en raudo vuelo á las alturas para huir de las sombras, para recoger los rayos del sol, para contemplar por más tiempo la luz, esa idea del Universo; y el hombre con sus bárbaras máquinas y maquinaciones le precipitaba en la oscuridad, en el dolor, en la muerte. Pocos momentos ántes respiraba hasta por las plumas. Sus alas se tendian suavemente en los aires, su pecho se hinchaba de vivificador oxígeno, lucian sus ojos abrillantados por el éter, y un minuto y un fragmento de plomo habian bastado á destruir su ventura. Pero lo desgarrador de aquella escena era la pobre viuda, más herida en el corazon que su compañero en las alas. Bajaba como abatiéndose al dolor. Volvia á subir cual si quisiera mover á volar con su ejemplo. Trazaba espirales en torno del inerte cuerpo. Se detenia sobre el ramo cercano y le llamaba con desgarrador llamamiento. Aquel pío era una escala de sollozos, de plañidos, de quejas. Cada nota, aguda como un grito, llenaba el espacio de torrentes de lágrimas. Oíanse todas las gradaciones del dolor, la pena, la tristeza, la amargura, la desesperacion el anhelo por la muerte. Cuando Julieta se levanta de su sepulcro y se encuentra á su esposo herido y agonizando á sus plantas, no dice cosas tan tristes, tan amargas, tan profundas, como las que decia en sus gorjeos de duelo á los aires la pobre alondra viuda. Todos nos mirábamos y todos sentiamos profundo enternecimiento. Hasta al cazador endurecido le remordia la conciencia por haber roto aquel lazo de dos seres atados por el amor. Yo me acordé confusamente de mi infancia, de los primeros dias de orfandad, de la viudez de mi madre y de su lloro. ¡Oh! el sentimiento y la idea están esparcidos como la luz, como el calor, como la vida, por todo el Universo.