IX.

¡Extraño destino! Este poeta, clásico por excelencia, pertenece á las edades modernas más todavía que á las antiguas edades. El anochecer de un mundo y el alborear de otro se mezclan misteriosamente en sus sienes iluminadas por dos crepúsculos. Tiene de los antiguos la forma perfecta, la sobriedad austera, el gusto depuradísimo, los versos tallados como el mármol de Páros, el arte de materializar las ideas hasta ponerlas ante los ojos en relieve y de eterizar la materia hasta convertirla en espíritu. Por estas cualidades universales de la antigua cultura es un griego como Sófocles ó como Platon. Pero hay en sus versos ya cierta melancolía profunda, cierta extraña tristeza, la nostalgia de lo infinito, la aspiracion á otro ideal, que anuncian como el advenimiento del espíritu divino y absoluto. Él se apresura á escribir su epopeya, la epopeya que cierra, como la Iliada abre, la risueña edad del heroismo. Él tiene impaciencia por asegurar en sus cánticos la religion del derecho y con ella el eterno dominio de Roma, presintiendo el nuevo ideal que contra el arte clásico elabora en los abrasados desiertos de Judea un eterno enemigo de Roma: el Oriente. Parecia que la ciudad reina estaba salvada de las asechanzas de la serpiente asiática cuando Cleopatra muere en el sepulcro de los Faraones y con ella se encierra bajo los arenales africanos aquella Asia que habia seducido un momento á Antonio para devorar en él á Roma, como ántes en Alejandro habia devorado á Grecia. Pero en el fondo mismo de la clara civilizacion clásica tenía de antiguo depositado la oscura esfinge oriental un enigma, los libros sibilinos; y cuando este enigma se descifra, surge de sus oscuros jeroglíficos el Dios-espíritu que matará al Dios-naturaleza, y con él matará así á la Roma de los pretores y de los césares como á la Grecia de los héroes y de los poetas.

Por eso en toda esta edad hay presentimiento universal de que algo muere en la especie humana. Lucano ha visto que los dioses adoptaron la causa aborrecida por Caton. Horacio y Juvenal han roto en sus sátiras la antigua ecuacion griega entre el ideal y la forma; han revelado el horrible contraste entre las leyes morales y la realidad viviente, anunciando así la agonía de todo un mundo á la historia. Job no hubiera dicho en su estercolero más que dice este verso desesperante:

Pulvis et umbra sumus.

Plutarco ha oido quejarse de muerte al dios Pan allá por los mares de Sicilia. Tácito sólo tiene corazon para aborrecer y lengua para maldecir á su tiempo. Los más alegres buscan á una en la orgía el sueño más largo, el sueño de la muerte. Luciano se rie; pero su risa epiléptica muestra que se han agotado las lágrimas. Los dioses todos se van; pero ¡ay! vienen los nazarenos. La desesperacion es universal en las artes. Y Virgilio se levanta

Sicut inter viburna cupressi,

como el poeta de la esperanza. En la bacante Parthénope, á las orillas de aquel mar y entre el coro de aquellas islas que recuerdan el mar y las islas de la antigua Grecia, ha visitado la gruta de Cúmas y ha oido anunciar á la Sibila que desciende de los cielos nueva raza de inmortales y comienza un nuevo órden y una nueva ley en el sosegado curso de los siglos.

Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,

Jam nova progenies cœlo demittitur alto.

Por eso en la Edad Media, al impulso de aquella reaccion mística, todos los genios de la antigüedad se apagan y Virgilio brilla sin ocaso. Los padres de la Iglesia le admiten universalmente entre los doctores y los poetas. Podrian escribirse cien volúmenes como los dos eruditísimos que ha publicado el sabio profesor Comparetti sobre las transformaciones del alma de Virgilio en la Edad Media y en el Renacimiento, sin que materia tan vasta se agotase. Apénas ha muerto, cuando ya lo menciona el Evangelio apócrifo de Nicodemus. Su figura tiene cierta semejanza con la figura del apóstol San Juan, cuya teología es griega, copiada casi de los diálogos de Platon. Aquel cristianismo natural, de que habla Orígenes, traido consigo por cada hombre al nacer, sustancia eterna del espíritu humano, se encuentra en la piedad de Eneas y en las esperanzas despertadas por el nacimiento de Polion. Lactancio, cuando lee la Égloga cuarta, cree leer la epopeya de la segunda venida del Salvador en rosadas nubes resplandecientes de gloria, llamando el Universo entero con sus planetas y sus soles al supremo último juicio. Constantino el Grande la traduce al griego y en cada uno de sus pensamientos ve confirmado un dogma cristiano. San Agustin, al oir que morirá la serpiente y desaparecerán las espinas y los vellones se teñirán por sí mismos y las vacas llenarán de grado con blanca leche los odres y se vestirán de lirios las colinas, cree oir la profecía sagrada de la redencion universal. Las iglesias de Mantua entonan religiosos cánticos, en que San Pedro llora sobre el sepulcro de Virgilio por no haberle visto en vida y no haberle consigo arrastrado á la predicacion y al martirio. San Jerónimo dice cómo se ha dudado de la autenticidad de los libros sibilinos; pero tambien cómo al verlos repetidos en las Églogas se afirma la existencia de Debóras y de Isaías de profetisas y de profetas en el paganismo. El papa Inocencio III, en sermon predicado bajo las bóvedas de San Pedro por la fiesta de Navidad, cita el nombre del poeta mantuano para confirmar la venida de Cristo á nuestro bajo mundo.

Desde su cuna de Mantua á su tumba de Parthénope, Virgilio ha pasado entre aplausos y aclamaciones como cumple al vencedor en las más difíciles y más porfiadas guerras; en las guerras del arte. La expoliadora espada de los pretorianos se ha embotado en sus campos; la frente de los Césares se ha inclinado en su presencia; los espacios del teatro han resonado con los aplausos concedidos á sus versos; las rodillas de la muchedumbre se han doblado á su sombra, habiendo tenido que huir mil veces del mundo para huir de la fama y de la gloria. Pero desde su tumba de Parthénope hasta nuestros dias, ha pasado su alma por una carrera más larga aún y más gloriosa. Volveos y la veréis por doquier en la liturgia sagrada, en los libros caballerescos, en los romances castellanos, en las sentencias teológicas de Bernardo de Chartres y de Juan de Salisbury, desde el primer vagido de la razon emancipada en Abelardo hasta la plenitud de su elocuencia en Marsilio Ficino, reinando con Platon y Aristóteles sobre la conciencia humana, á la cual abre mágicos horizontes con su áureo ramo, dirigiendo por los círculos del dolor y de la purificacion, como un astro de primera magnitud, al poeta épico del catolicismo, hasta elevarlo trasformado y perfecto á las cumbres del cielo, á la compañía de Beatrice, á la vision mística de lo absoluto en el inmenso seno del Eterno.

Leemos de contínuo á los grandes poetas. Hoy más que nunca debemos templar la fantasía en esos modelos. Terrible desesperacion se apodera del sentimiento y mella la voluntad. El suicidio, el sacrificio, no ya de la vida de un dia, de todo el sér, de toda el alma, se ha elevado en la nacion de los ensueños á verdadera ciencia como en la antigua India. Oid la filosofía que va quedando sobre tantas ruinas; oid el filósofo á la moda. Todo bien aparece como una utopia, toda inspiracion como una flor venenosa; el mal corre á manera de savia por las fibras de los vegetales y á manera de sangre por las venas del animal; cada hombre se asemeja al ciego topo que vive construyendo eternamente una vivienda jamas acabada, y á la hormiga de Australia que nace con incontrastable instinto suicida; el amor, solamente merece nuestras maldiciones: el gran culpado, que al conservar y reproducir la vida, conserva y reproduce la pena y la muerte; querer equivale á sufrir y sufrir á sér; la inextinguible sed de lo perfecto tiene toda la intensidad de la sed hidrópica, pero jamas tendrá satisfaccion sobre la tierra; la virtud del genio, sólo sirve para agravar todas las penas y sólo merece el nombre de enfermedad hipocondríaca; la existencia se llama combate, pero combate donde existe esta seguridad únicamente; la seguridad de horrible y definitiva derrota: todo nuestro gran trabajo se reduce á querer sin motivo, á luchar sin objeto, á cazar ó ser cazados en esta cacería infernal de todos los seres unos contra otros, á poner bajo cada paletada de tierra un cementerio de innumerables animales, á nacer y engendrar para morir, hasta que bajo los horizontes sólo se descubran montones de esqueletos, y la perfeccion estribe en aniquilar este horrible sarcasmo llamado la vida humana, burla que el Eterno ha lanzado exclusivamente sobre nuestro pésimo planeta, sobre este infierno sin esperanza y sin salida.

Para contrastar semejante pesimismo no hay como volver al seno del grande arte, de la eterna poesía, y reconciliarse en sus espléndidos cielos, al calor de su luz benéfica y al arrullo de sus cánticos inmortales, con la Naturaleza, con la Humanidad y con Dios.