LOS GÜELFOS Y LOS GIBELINOS DE ROMA.


La nacionalidad italiana, hasta ahora, ha cambiado la superficie, pero no ha cambiado el fondo de la Ciudad Eterna. La idea que en Roma domina es la sublime idea de la muerte, y su necesario complemento, la idea de la eternidad. En vano las instituciones modernas brotan sobre las moles de los tiempos antiguos; como los festones de hiedra sobre las ruinas, sólo sirven para acrecentar la solemnidad y la tristeza. ¡Ah! Lo presente nada vale aquí donde las generaciones comparan á cada instante y á cada paso la propia fugaz brevedad con los momentos eternos. Los celajes de lo porvenir se cierran á la vista. La idea de lo porvenir habita esas regiones de América, del Nuevo Mundo, sin historia, y con la naturaleza vírgen, exuberante, furiosa, espaciándose en selvas inexploradas, en floras gigantescas, en legiones de animales innumerables, como un verdadero incendio de vida, como el comienzo ígneo de un nuevo planeta recientemente desprendido del sol. Pero entre tantos sepulcros, sobre estos montones de huesos, en los océanos de cenizas que á la Ciudad Eterna rodean, ni cabe la esperanza ni el presentimiento de lo porvenir, tan ligados como á la juventud de nuestra vida individual, á la juventud del Universo. Despues de abrazar de una sola ojeada innumerables centurias esculpidas sobre columnas que el tiempo separa con siglos y el espacio reune en el mismo sitio; despues de ver que ciertas inspiraciones y ciertas grandezas no se han repetido, os atrae bien poco lo porvenir terrenal, sujeto á las mismas luchas y á las mismas derrotas que lo pasado; y os sobrecoge el deseo impaciente de penetrar en otros horizontes nunca vistos, en otras esferas nunca alcanzadas, en otros cielos superiores á nuestros cielos, en las sombras infinitas de la eternidad. Luégo, la naturaleza se ha complacido en formar aquí una necrópolis en rivalidad con la Historia. El árbol por excelencia de Roma, es el cipres; las plantas por excelencia de toda ruina, la ortiga y la cicuta. Los rios, de suyo alegres, tienen aquí la tristeza de los rios del infierno pintados en los frescos de la Edad Media. Las lagunas pontinas exhalan miasmas de corrupcion y siembran la campiña de muertos, y dan á los campesinos, en todas partes más robustos que los ciudadanos, la verdosa amarillez de los cadáveres. Esta amenaza de la fiebre, presente siempre á los ojos, sonando como el llamamiento del sepulcro en los oidos, esparcida hasta en el aire que os anima y os refrigera, enseña cómo sobre Roma solamente han quedado la sombra de los gladiadores pidiendo venganza; los manes de los mártires de tantas causas ó vencidas ó vencedoras; los ángeles del juicio y del exterminio ideados por los antiguos Apocalípsis; las tristezas sublimes de todas las ciudades nuestras.

Hercúleo esfuerzo os cuesta descender desde estas alturas de la eternidad al oleaje tumultuoso de la vida presente. Pero descendeis por fuerza. Y en la hora que corre, en esta hora crítica de su vida, Roma ofrece contrastes bruscos por una conjuracion de coincidencias tal vez singulares en su historia. No es ya el sepulcro de un Papa en el mausoleo de un tribuno; la efigie de San Pablo sobre la columna de Trajano; el obelisco de Cleopatra bajo la cruz del Nazareno; los altares del Dios-espíritu en los jardines del emperador bestia; los filósofos de Aténas discutiendo sobre el sér y no sér en la vida al frente de los teólogos de la Iglesia disputando sobre la presencia de Cristo en el Sacramento; un cenobio de franciscanos en vez del templo de Júpiter Capitolino; y al pié de las moles del Circo Máximo, en que piafaban los caballos de las carreras ó rugian los tigres de los juegos, la catacumba de los primeros cristianos, todavía perfumada con el incienso de los místicos cantares. Hay otros contrastes más extraños, como la camisa roja del garibaldino junto á la estameña burda del ermitaño; la arenga tribunicia del filósofo que truena desde Monte-Citorio contra los Papas y sus poderes, tanto espirituales como temporales, y la oracion fervorosísima del obispo que desde su púlpito anatematiza las invasiones italianas, y sus legisladores, y sus soldados, y sus reyes; el periódico callejero escrito con la tinta de Marat, resonando al par de las plegarias leidas sobre los piadosos breviarios; el peregrino católico que corre á visitar al Papa-rey en su áurea prision vaticana y el viajero demócrata que corre á visitar al general de la libertad en su retiro agrícola á lo Coriolano; el inmenso establecimiento de misioneros que propaga los dogmas de la fe y el inmenso establecimiento de escolares que propaga los dogmas de la razon; un jesuita escribiendo libros cosmológicos en que solamente por coincidencia se habla de Dios, y un germano enseñando á la ciudad aborrecida por Arminio y anatematizada por Lutero, su gloriosa historia y los sepulcros de sus pontífices; los fuegos fatuos desprendidos de los mondados huesos compitiendo en brillo y en color con la intensísima luz de este nuevo dia del humano espíritu y la vida antigua tan llena ó intensa como la vida moderna; contrastes que acaso no volverán á ver los nacidos, ni volverán á repetirse en la historia, porque la incompatibilidad de ciertos elementos lleva en sí una lucha terrible, y esta lucha terrible ha de resolverse, tarde ó temprano, en completa y exclusiva victoria de uno de los contrarios.

Hablaba ayer con cierto americano, amigo mio, de estos contrastes de Roma, y le decia que en poco más de dos horas acababa de verlos bien extraños entre la basílica de San Pablo y las catacumbas de San Calixto, testimonio aquélla de la fe de nuestro siglo, y testimonios éstas de la fe de los primeros siglos del Cristianismo. La basílica, devorada hasta los cimientos á principios de la corriente centuria por grande incendio, ha sido construida de nuevo en estos nuestros tiempos. Los Papas han querido decir con ella que si no pueden elevar monumentos tan bellos y tan grandes como San Pedro, pueden elevarlos tan ricos y ostentosos sin temor á una nueva reforma. España, que no tiene hoy ni las escuelas, ni las academias, ni las casas de caridad necesarias á su instruccion y á su beneficencia, mandó ayer, por espacio de muchos años, 25.000 duros mensuales para la edificacion de este templo. En la basílica el lujo, y en las catacumbas la pobreza; allí el pavimento de mármoles brillantes como espejos venecianos, y aquí el pavimento de cascajo humedecido como por gotas de lágrimas y gotas de sangre; allí pilares de granito oriental, que no pueden abrazar dos hombres; urnas de verde malaquita, semejantes á titánicas esmeraldas, regalos del Czar de todas las Rusias; columnas de alabastro, que valen como si fueran de oro y pedrería, regalos del Rey de Egipto; y aquí, en el terreno volcánico, léjos de la luz, fuera casi del aire, hileras de sepulcros escondidos á la persecucion y á la saña de los Emperadores del mundo: en la basílica, entre áureos circulares marcos, los retratos de todos los Papas, trazados por la paciencia de innumerables artífices en costosos mosaicos, los cuadros de Julio Romano trasladados á vistosas piedras, las estatuas de Pedro y Pablo esculpidas en mármoles de Carrara, los doce apóstoles y los más célebres santos resaltando en vidrios de colores, las aras de jaspe y ágatas sostenidas por bronces dorados á fuego que deslumbran; y en las catacumbas, sobre los cenotafios de tosca puzolana, al escaso resplandor de las antorchas, en ladrillo ó piedra, trazados por el pincel de los creyentes, una paloma que viene con su ramo de olivo, un pez junto á la cruz griega, una orante con sus manos y sus ojos hácia el cielo, símbolos de tristeza, de desesperacion, de penitencia; y, sin embargo, en la riquísima basílica, á pesar del esplendor de las artes y de las maravillas del lujo, hay algo frio que nada dice al sentimiento ni á la inteligencia, como un rico mausoleo que aguardára á un potentado egoista, el cual quisiera rodearse de obras dictadas por el afan de lucro, y no por la espontánea inspiracion, miéntras que en la oscura catacumba, toda henchida de espiritualismo, las manos se juntan involuntariamente para mezclar una oracion á tantas oraciones, las rodillas flaquean y se doblan como al latigazo de ese rayo invisible llamado lo sublime, y Dios aparece en zarza más ardiente que la zarza del Sinaí; en la llama inextinguible del dolor y del sacrificio.

«¿Y son ésos los contrastes que veis en la Ciudad Eterna?» me dijo el americano. Pues yo ayer los he visto mayores, y, sobre todo, más recientes. Á las once de la mañana me dirigí á San Pedro. Por el camino tropecé con varios jóvenes demócratas precedidos de una música que tocaba la Marsellesa. Al volver una esquina di de manos á boca con piadoso entierro. Varios penitentes, vestidos de túnicas blancas rematadas por capuchones celestes y cubiertos de antifaces, como los enmascarados de Lucrecia Borgia, llevaban á enterrar, sobre andas doradas, el cadáver de oscuro sacerdote encerrado en tosca mortaja de pino. Delante iba una procesion de frailes con hábitos blancos, azules, negros, pardos, como si estuviéramos en los tiempos más florecientes del Pontificado. Al acercarme á la columnata de Bernino, pasaban corriendo los cazadores que entraron por las brechas practicadas en la Puerta Pía, y al terminarse la columnata departian los que les resistieron, los suizos pontificios, vestidos con los trajes rojos, amarillos y negros, cuyo modelo trazó Rafael de Urbino. Subí las escaleras del Vaticano, y se mezclaban los acentos de la música italiana en mis oidos con austero Miserere que entonaban varios peregrinos alemanes en armonioso coro. Entré y me eché de rodillas en un magnífico salon, cubierto de rica tapicería, á recibir, con varios paisanos mios, la bendicion papal. Vi al Papa vestido de blanco, los cardenales vestidos de rojo, los guardias nobles con su traje de terciopelo grana algunos, y su traje de terciopelo negro los más, el alabardero de centinela, y los domésticos y familiares con sus ropillas multicolores de ricos brocados y de mangas perdidas, como si áun subsistiera la Roma pontificia. Apénas habiamos dejado el Vaticano y entrado en el Corso, cuando nuestro carruaje se cruzó con el modesto y sencillo carruaje del Rey de Italia, en cuyo atezado rostro creimos descubrir las señales de floreciente robustez y de verdadera alegría, sólo comparables, dadas las diferencias de temperamento y de edad, á la robustez y alegría de Pío IX. Mis amigos no se contentaron ciertamente con esta visita; quisieron ver tambien á Garibaldi. Devoramos el largo espacio que le separa de Roma, y nos dirigimos, por la Puerta Pía, hácia la quinta donde, refugiado contra la curiosidad de tantas gentes, no pudo burlar nuestra curiosidad. Sus cabellos rubios, del color de los rayos del sol, que rodeaban su cabeza de una aureola mística, tiran ya á blancos, pero conservan su lustre sedoso. Las barbas blanquean tambien como el cabello. Los piés, taladrados por la gota, apénas pueden sostenerlo. Sus manos se han retorcido y afeado al dolor en tales términos, que difícilmente cogieron la pluma para trazar una firma al pié de varios retratos por nuestro entusiasmo apercibidos para recoger autógrafo tan célebre. Mas el rostro conserva todo su heroico candor, los labios toda su sonrisa de benevolencia, los ojos azules toda su mística expresion, la tez toda su sonrosada blancura, y la fisonomía toda su honradísima ingenuidad y toda su sublime sencillez. Nos habló en corriente español y nos preguntó por el estado general de las instituciones liberales y democráticas en América, dándonos consejos tan elevados como prudentes. Nosotros le preguntamos por sus proyectos, y nos dijo que las cosas de palacio van despacio, recordando con oportunidad el antiguo refran español y refiriéndose con gracia á la lentitud del Gobierno. Pero habló de sus trabajos hidráulicos cual pudiera hablar de sus campañas políticas. Roma no podrá ser capital de Italia miéntras tenga la muerte disuelta en sus aires. Catorce acueductos conducian las más ricas aguas de todas las cercanías, en la antigüedad, á la gran capital, henchida por dos millones de habitantes. Estos catorce acueductos, hundidos en su mayor parte, que eran catorce radios de vida y de salud, lo son hoy de corrupcion y de muerte. Desviar el curso del Tíber, excavar los alrededores de Roma, destruir los focos de la fiebre, rehacer el agro latino, desecar las lagunas pontinas, construir un puerto muy seguro y muy cercano, son obras á las cuales quiere unir el gran general popular los últimos dias de su gloriosa existencia. Inútil deciros cómo le oiriamos los que aprendimos á bendecirle en América, y le admirábamos en el sitio de Roma y en la retirada á Venecia, y le vimos reaparecer por las orillas de los lagos en la guerra de la Independencia, y le deseábamos la victoria cuando se dirigia á las Dos Sicilias, y le idolatrábamos lo mismo en sus desgracias de Mentana que en los sublimes sacrificios por la integridad y la independencia de su patria. Pero todo nuestro entusiasmo no impidió que desde la quinta de Garibaldi nos dirigiéramos al Colegio de la Propaganda religiosa y habláramos con monseñor Franchi de las misiones, y desde el Colegio de la Propaganda á la Cámara de Diputados, y oyéramos á Ferrari departir en los pasillos de la necesidad que tiene Italia de avivar su unidad con las antiguas instituciones populares, y ser en nuestro tiempo, lo mismo que en los tiempos medios, el genio de la democracia. Y cuando vino la noche, asistimos á una tertulia donde departian los blancos y los negros en grande concordia, y donde una dama romana parecia resumir nuestro dia y representar el estado de Italia, ostentando en su pecho un alfiler que tenía esculpida la efigie de Pío IX, y en las mangas sendos botones, el uno con la efigie de Víctor Manuel y el otro con la efigie de Garibaldi. Dicen, añadió el americano, como resúmen y aplicacion moral de todo su discurso, que los italianos son escépticos. Pues yo prefiero este humano escepticismo, tan propio para las ciencias y para las artes, al dogmaticismo recibido de nuestros padres los españoles, y que nos ha dado sesenta años de guerras sangrientas para fundar instituciones tolerantes y tolerables, que con otro carácter y otras ideas nos hubieran costado medio lustro ó un lustro de dolores.

Las contradicciones de Roma ¿no son acaso las contradicciones de nuestra vida? Y las contradicciones de nuestra vida, ¿no han de acompañarnos hasta la eternidad, como nos acompaña la sombra, como nos acompaña la muerte? Apénas hemos resuelto un problema, cuando surgen de sus entrañas mil problemas diversos. Apénas hemos planteado una idea, cuando con ella planteamos tambien su contraria. Así como no podemos elevarnos á ciertas alturas de la atmósfera sin exponernos á encontrar la muerte, no podemos cambiar los fundamentos de nuestra naturaleza física ó moral sin exponernos á caer en el error y en el absurdo. Lo que ha dado en llamarse el escepticismo italiano acaso es un conocimiento de la realidad y de la historia superior al nuestro. No podemos evitar que el planeta ruede entre dos polos, que la vida se extienda entre la cuna y el sepulcro, que alternen las lágrimas en nuestros ojos con las sonrisas en nuestros labios, que unos asciendan á las cimas luminosas de la gloria y otros caigan en las sombras espesas del olvido; que el trabajo sea un combate y el ocio un enervante; que corra un rio de dolores á nuestras plantas y circunde una aureola de esperanzas nuestras sienes; que los seres se persigan unos á otros en los círculos de este infierno sin fondo y se busquen y se atraigan convirtiendo por el amor sus dolores en cielos infinitos; que desde las playas de esta realidad siempre árida, entreveamos un ideal siempre luminoso; que seamos animales y plantas con las necesidades más groseras, y ángeles y genios con las aspiraciones más sublimes; una contradiccion más en este planeta de las grandes contradicciones. Pero evidentemente ciertos principios, ciertos elementos, ciertas instituciones mueren, aunque la contradiccion y el combate continúen. Se lucha siempre, es verdad; pero se lucha entre los vivos, si quereis, sobre los sepulcros de los muertos. En el siglo décimotercio existen unos problemas políticos, y otros distintos en el siglo décimooctavo. En nuestra edad, á nuestros ojos, pasa lo mismo. Los términos de los problemas cambian cada quince años. Lucharán otros principios; pero aquel que atribuia al sacerdocio un poder político ademas de su poder moral, no reaparecerá en el mundo. El poder espiritual de los Papas subsiste y subsistirá miéntras haya millones de católicos en el mundo; pero el poder temporal ha desaparecido por completo en el oleaje de las contradicciones de Roma.

El problema que embarga principalmente en Roma es el problema religioso; hoy, como en los tiempos de mayor fe, el primero entre los humanos problemas. Yo he procurado, en mis relaciones de viaje, siempre decir más bien el pensamiento de los demas que mis propios pensamientos sobre los asuntos interiores de los pueblos por mí visitados. Los varios libros que he escrito me han procurado varios amigos, hasta entre aquéllos que no participan de mis opiniones políticas. Y no os maravillará saber que he podido tratar, desde amigos y devotos principalísimos del Papa, hasta amigos y devotos principalísimos del Rey; desde senadores y diputados de la extrema derecha, hasta senadores y diputados de la extrema izquierda. Todo el mundo en viaje os pregunta por la situacion política de vuestra patria; y con sólo visitar dos ó tres iglesias de la Ciudad Eterna, os convenceis fácilmente de la inmensa popularidad que tiene, por ejemplo, Don Cárlos entre los sacristanes del Tíber. Yo, en cambio, pregunto á todo el mundo por su política interior en justa reciprocidad, y sin herir jamas las convicciones ajenas. Así, en calidad de narrador, proponiéndome no añadir cosa alguna de mi propia cosecha, voy á referiros lo que me han dicho un personaje católico y un hombre de Estado liberal sobre el problema de los problemas, sobre las relaciones entre el Pontificado é Italia.

Almorzaba hace pocos dias en casa de un príncipe, poeta, artista, diplomático, amigo de todas las dinastías destronadas, enemigo de todas las innovaciones italianas, devotísimo al Papa y á la Iglesia. Descendimos al jardin á tomar el café, y nos encontramos en el asunto de los asuntos por un camino bien llano, departiendo sobre la tésis, aquí frecuente, de si Roma ha perdido ó ganado bajo el aspecto artístico despues de la revolucion. Todo convidaba á discutirlo, todo: las hayas que nos daban sombra, y que habian visto pasar bajo su ramaje papas y familias de papas, reyes y familias de reyes; el Tíber que corria á nuestras plantas, y que nos mandaba una frescura seductora, pero asesina; los grandes palacios que se dibujaban á nuestro frente con su aspecto de fortalezas, sus arcos romanos, sus columnas griegas, su magnitud asiática, su aire feudal y sus preseas del Renacimiento; las obras artísticas que nos rodeaban, y de las cuales se desprendian, como la esencia de las flores, esas inspiraciones verdaderamente bellas, que no sólo encantan la fantasía, sino tambien sobreponen la razon á la voluntad, las ideas á la pasion, la conciencia al instinto, y fortalecen y aceran el ánimo, y lo persuaden á ejercer plenamente la libertad, y por la libertad lo llevan al cumplimiento del bien.

En Roma se acostumbra á tratar de las cosas eclesiásticas con una franqueza de lenguaje apénas comprensible en nuestra España. Entre el católico español y el católico italiano média la misma distancia que entre la luminosa alegría pagana de una de estas basílicas y la severa austeridad gótica de una de nuestras catedrales. En la historia del Cristianismo han ejercido soberano influjo las grandes ciudades antiguas, Jerusalen, Aténas, Alejandría, Bizancio, Roma. Y puede decirse que la última en ejercerlo fué esta Ciudad Eterna, que debia presidirlo y personificarlo. Y cuando Roma se bautiza, impulsada por el español Teodorico, ha cumplido el cristianismo sus cielos dogmáticos, ha redactado, desde el concilio de Jerusalen hasta el concilio de Nicea, todas sus creencias, y toma principalmente un aspecto político y canónico, de autoridad, de dominacion, de ley; el aspecto mismo de la Ciudad Eterna en su antigua historia. Así es que los romanos miran siempre la cuestion religiosa en sus relaciones con la propia grandeza política.

«Os admiran y os maravillan estas obras de arte, me decia mi interlocutor. Pues pronto las veréis desaparecer bajo la segur de la igualdad democrática, é ir de Roma á quebrarse entre los hielos de Rusia, ó ennegrecerse entre las tinieblas de Inglaterra. Esa galería Doria, donde habeis visto á Juana de Nápoles retratada con griega finura por el pincel de Vinci; donde habeis visto á Lucrecia Borgia con sus ojos valencianos, tan negros como su basquiña de terciopelo, surgiendo de la paleta del Verones como para ir á una fiesta veneciana; donde habeis visto el primero quizá de todos los retratos de vuestro inmortal Velazquez; ese museo del palacio Borghese, que guarda desde obras maestras de los primeros pintores de Siena y Florencia hasta obras maestras de Rafael y de Corregio; todas esas grandezas se vinculan hoy en mayorazgos, que ántes de treinta años habrán desaparecido por vuestras leyes liberales de las desvinculaciones. Nuestros hijos no podrán tener amortizados quinientos ó seiscientos millones de reales en obras de arte como los tienen sus padres. Vendrá la division de bienes entre ellos; con la division la necesidad de vender: no comprarán, ni los italianos y los españoles, que son pobres, ni los franceses, que, ricos como nacion, como individuos no pasan de gozar medianas fortunas; comprarán los príncipes rusos ó los lores ingleses, y los dioses del arte irán prisioneros á las regiones del frio y de las nieblas, como ya han ido á San Petersburgo cuadros maestros de Venecia, y á Lóndres los frisos del Partenon.

»Roma, añadia, para continuar siendo Roma, debiera permanecer como una ciudad aparte, como el templo de vuestro Dios, á lo ménos como el archivo donde se guardan los títulos de la nobleza de vuestra estirpe, de la gente latina. Los demócratas habeis sacrificado el genio católico, el genio humano de Roma al genio nacional, particular de Italia; y buscando la república de Aténas entre nuestras ruinas de mármol, os habeis encontrado con la monarquía de Filipo. ¡Ah! Por eso yo me opuse constantemente á la destruccion del poder temporal de los Papas, y aconsejé que se blandieran todos los rayos y se asestáran sobre la frente de los invasores todos los anatemas. Si el dia que los italianos, valiéndose de las desgracias del Imperio frances, abrian la brecha en la Puerta Pía, el Papa sube á la basílica de San Pedro, y con todas las formalidades propias de los ritos, excomulga nominatim á Víctor Manuel y á su ejército, excomulgando con ellos á cuantos sacerdotes les dijeran misa, ó los confesasen, ó les administráran los sacramentos, ó les abrieran las puertas de los templos, tenedlo por seguro, si entran en Roma, si la adquieren por el ímpetu de la revolucion democrática, no la conservan. La mujer italiana es supersticiosa, y al ver que á la patria de esta tierra debia sacrificar la patria del cielo; al ver sus hijos sin bautismo á la hora del nacimiento; sus padres sin confesion á la hora de la muerte; cerrado el templo á sus oraciones y abierto el infierno á sus piés, comienza por una reaccion doméstica la guerra á Italia, y concluye por una reaccion nacional animada del espíritu religioso. ¿Qué quereis? El cardenal Antonelli es un hombre finísimo, de aguda inteligencia, de vastos conocimientos diplomáticos; pero de una irresolucion y de una incertidumbre sin ejemplo. No podeis imaginaros lo que ha costado cosa tan natural y sencilla como elevar el mártir arzobispo de Posen, perseguido de muerte por Prusia, á la dignidad de cardenal. Anunciaba todo género de calamidades á la Iglesia, y no ha sobrevenido ninguna, á consecuencia de este acto de justicia. Pues en el momento de la invasion logró pintar con tan vivos colores la desgracia del mundo católico y las desdichas de la Sede Apostólica, si las excomuniones se lanzaban abiertamente y en todo su furor, que retrajo al Papa de la necesaria energía y dejó en el aire la máxima, siempre sostenida, de la necesidad esencialísima de los poderes temporales y políticos á la autoridad religiosa y moral de los pontífices. Ya se ve, el cardenal Antonelli es rico hasta poderse llamar un potentado; la gota le tiene afligidísimo y no quiere moverse del Vaticano. Todos sus gustos se reducen á coleccionar mármoles y piedras preciosas. Tiene la joyería quizá más extraña y más rica de Europa. No hay monarca ni potentado que no le haya remitido algun regalo. Y en esto esparce el ánimo y distrae los ocios que le consienten sus trabajos diplomáticos, dejando rodar el mundo á su antojo, sin oponerle, como debiera, una decidida resistencia, cuando choca tan abiertamente como ahora con los altares de la Iglesia católica y con el genio de la antigua Roma.»

No hé menester decir que yo escuchaba con atencion hasta las inflexiones de la voz del Príncipe, sin participar de ninguna de sus creencias, sin asentir á ninguna de sus ideas. Pero viendo mi religiosidad en escucharle, se exaltaba hasta el entusiasmo, y decia: «¡Y cuán merecedor era Pío IX de otra suerte! No conozco ni ha conocido la Historia un Papa más íntegro en materia de intereses. Pobre era su familia y pobre continúa. Este larguísimo pontificado no le reportará ni siquiera un miserable ahorro. El dia en que el Papa muera, le enterrará la piedad de los fieles, como la piedad de los fieles hoy le mantiene y alimenta. Vosotros, los liberales, exagerados en vuestros juicios, todos contrarios á los Papas, sabeis cuál ha sido la llaga del Pontificado; sabeis que ha sido el nepotismo. Las familias más poderosas y más ricas deben su poder, su nombre, su riqueza, su influencia, á contar en sus anales un papa. Mirad esos palacios del Renacimiento esparcidos en Roma, y que exceden á los palacios de los reyes en el resto de Europa; recorred esas villas en que la naturaleza compite con el arte, último refugio de los antiguos dioses, olimpos verdaderos de la escultura; todo pertenece á familias pontificias. Ese palacio Corsini, donde habeis visto cuadros de los principales maestros y admirado la Vírgen de Murillo y su resplandeciente color sevillano, que vence al color mismo de la escuela veneciana, lo fundó un Riario, sobrino de Sixto IV, y lo agrandó aquel cuyo nombre lleva, sobrino de Clemente XII. La villa de Albani, que despues de vender parte de sus esculturas al Louvre y otra parte á Munich, formando como la base de dos museos, todavía guarda las primeras estatuas del mundo, como la bellísima canefora griega, en cuya presencia os olvidais de todo lo que no sea su extática contemplacion, se erigió por familia que contára un papa Clemente en sus anales. Las ciencias y las riquezas de los Pignatellis ha llegado desde nuestras tierras de Nápoles hasta vuestras tierras de Aragon, y si no se han debido, se han aumentado al poder y al nombre de Inocencio XII. Clemente IX es el jefe de esos Rospigliosis, á cuyos jardines acudís para ver la Aurora de Guido Reni, pintada en los techos de sus casinos, donde parece haberse condensado un pliegue de la rosada túnica del alba, y en ese pliegue danzar las ninfas vestidas de gayas gasas, y rodar el carro del sol, presidido por la jóven y divina Íris, que invocára tantas veces en sus poemas Homero. Los Altieris han fabricado el colosal palacio de la plaza de Gesu, parecido á una ciudad, á la vivienda de un pueblo más que á la vivienda de una familia, y los Altieris han tenido un Clemente X á su cabeza. Cuando recorreis la villa Pamphili; cuando bajais á sus verdes valles; cuando subís á sus colinas cubiertas de flores y coronadas por pinos de Italia; cuando dejais errar la mirada por los jardines interminables y por los lagos azules, comprendeis que los paisajes de Claudio Lorena se han animado en Roma á los conjuros del arte, movido por poderoso motor de oro, y acaso no recordais cómo tan puros goces son debidos á la munificencia de un sobrino de Inocente X. El palacio Barberini truena allá en las alturas, en las sagradas colinas, como un nuevo Quirinal, como un nuevo palacio Vaticano, construido con piedras arrancadas al Coliseo y edificado por los parientes de Urbano VIII. Esa galería, alzada en los jardines de Salustio, donde brilla la colosal cabeza de Juno y donde quedan grupos encantadores de Menelao, es obra de la fortuna de los Ludovisis, y la fortuna de los Ludovisis, obra de su pariente Gregorio XV. La villa de Borghese realmente es el único paseo del pueblo romano; su galería de esculturas podria honrar una capital; de su galería de pinturas no hablemos, y todas esas fabulosas riquezas comenzaron bajo la proteccion de un papa Borghese, de Pablo V. Y ya sabeis cómo Julio II protegió á los Róveres, y Leon X á los Médicis, y Alejandro VI á los Borgias, y Martin V á los Colonnas, y Pablo III á los Farnesios. Principados, dinastías, grandezas de todas clases que han llegado hasta nuestro tiempo, que han conmovido á Europa hasta nuestros dias, débense á esa debilidad de los Papas por sus respectivas familias. Pío IX ha vivido para los fieles y para la Iglesia. Jamas pasó por las manos de un Papa tanto oro. El dia en que perdió sus rentas temporales, los productos de su monarquía, pagó con religiosidad á todos los empleados destituidos, satisfizo las obligaciones corrientes, mantuvo un ejército de 15.000 hombres, y pudo entregar al Tesoro pontificio 400 millones de reales, y negarse con toda entereza á percibir la suma votada para mantener su decoro y su autoridad espiritual por los Parlamentos italianos. Cuanto ha recibido de mano de los fieles, otro tanto ha pasado á manos de la Iglesia.

»Pero no hay que dudarlo; su extrema movilidad de artista nos ha traido grandes males, se los ha traido á nuestra Roma. Durante su juventud, le poseia la idea utópica de un pontificado democrático. El libro de Gioberti sobre el primado de Italia por virtud de la Iglesia, corria por todas partes y acaloraba muchas imaginaciones exaltadas. Aliar la democracia con el cristianismo; rejuvenecer la conciencia religiosa con la idea liberal; concluir la obra del Evangelio, deduciendo sus últimas consecuencias políticas y sociales; llamar desde la antigua ciudad de los tribunos y desde el sacro altar de los mártires los pueblos oprimidos al goce de los derechos políticos; reconstituir por el progreso la tutela pontificia ejercida en otros siglos por la autoridad; aliarse con los débiles y anatematizar á los fuertes como Cristo en la montaña; todo este conjunto de propósitos era un ideal que trastornaba la mente del prelado Mastai y absorbia sus sentidos en la hora misma en que imprevista eleccion colocó sobre sus caldeadas sienes la tiara con las tres coronas reales y le entregó el dominio mayor que un mortal puede ejercer: el dominio sobre la humana conciencia.

»Los liberales de toda Europa, en cuanto advirtieron sus inclinaciones, le rodearon completamente en espesa nube de incienso. El flaco de Su Santidad es el amor al aplauso. Por aquella pendiente se hubiera deslizado hasta el fondo de insondable abismo sobre la muelle almohada de la popularidad, si no viene la demanda de la guerra contra el Austria á demostrar palpablemente á su honradez la incompatibilidad entre sus ideas de patriota liberal y sus deberes de Pontífice Máximo. Entónces volvióse de cara á la reaccion, y los reaccionarios del mundo le rodearon de las mismas alabanzas y del mismo incienso que los patriotas italianos. Y en esta nube envuelto, extremó la reaccion religiosa sin extremar la reaccion política. Y el mismo que no quiso excomulgar nominatim á Víctor Manuel, corrió los riesgos de un Concilio ecuménico para declararse á sí, en persona, infalible. Y esta declaracion extraña coincidió casi con las victorias de Prusia. Y Prusia, que hubiera opuesto su veto á la entrada en Roma, como solemnemente prometieran Emperador y Canciller al arzobispo de Posen, su amigo entónces, dejaron que el atentado se consumára en ódio á las últimas decisiones eclesiásticas. Y cuando solamente le quedaba al Papa el rayo de la excomunion para defenderse, acaso para salvarse, no lo ha esgrimido. Al contrario, todo el mundo sabe que está en los mejores términos con Víctor Manuel, y que expoliador y expoliado se escriben frecuentemente. Víctor Manuel insinúa que el poder real, como á una gran parte de sus antecesores, le abruma, y que preferiria á las alturas del trono las cimas de las montañas, siendo en él más poderosa y vivaz la naturaleza de cazador que la naturaleza de monarca, y la vocacion de campesino que la vocacion de político. Pero dice francamente que su hijo Humberto, nacido y criado en tiempo de revoluciones, con ideas muy avanzadas, con profundas creencias de libre pensador, enemigo irreconciliable del Pontificado, sería gravísimo peligro para la Iglesia, y le ofrece hasta como un homenaje al Vaticano su presencia en el Quirinal. Y de esta suerte, todo se conjura para demostrar la inutilidad completa de los poderes temporales y políticos á la autoridad religiosa de los papas, en contra de lo que dijéramos siempre y á mano armada sostuviera Roma. Y ese Papa, hoy prisionero, que no puede salir de su Vaticano, cuando la Iglesia universal le pertenece, hubiera vencido á sus enemigos con sólo excomulgarlos, con sólo blandir los rayos de que todos se rien y á que todos temen. El arma no está hoy tan embotada como vosotros imaginais, y sus efectos en Italia hubieran sido terribles, y para el Papa incalculables sus ventajas.»

Yo, con el respeto debido siempre á la sinceridad de las creencias honradas, opuse alguna observacion á mi interlocutor. El efecto de las excomuniones, en estos tiempos de crítica religiosa é histórica, debe calcularse por el que produjeron allá en los tiempos de exaltacion y de fe. Otros Papas hubo más perseguidos, á la verdad, que Pío IX, y más armados de esos rayos, cuya virtud no depende tanto del arbitrio de quien los lanza como de la fe de quien los recibe. No podeis negarme que media una gran distancia moral, mayor que la distancia temporal, entre aquellos siglos en que los Reyes de Inglaterra venian bajo la égida de Gregorio Magno á visitar la tumba del Apóstol en Roma, con las manos llenas de ofrendas, como los reyes magos á la cuna del Salvador en Belen, y estos tiempos, en que Inglaterra pertenece casi por completo á la herejía. Entónces recibian sobre las gradas de la basílica los reyes cristianos sus albos trajes de catecúmenos como la mayor de las recompensas y colgaban las largas cabelleras rubias y las pesadas coronas de oro en esas paredes donde hoy sólo se ven los sepulcros de los últimos Stuardos errantes, destronados, perseguidos por su devocion á la Iglesia. En el siglo undécimo, puede el Papa conseguir que todo un Emperador de Alemania, excomulgado, le pida de rodillas perdon como un esclavo á su señor. Pero en el siglo décimotercio no puede conseguir otro papa que Aragon ceda en la guerra de Sicilia, á pesar de las excomuniones, y se da el caso de que los santos de los altares hacen milagros á favor de los excomulgados. ¿Qué quereis? Yo creo que el Papa ha hecho perfectamente en no darse á las aventuras de una resistencia extrema y al aparato de una excomunion mayor. Quizá no contára con el clero italiano, parapetado tras la idea de que el asunto era un puro asunto político. En Italia el clero es eminentemente social, y por lo mismo, absorbe por todos sus poros el espíritu de esta sociedad. Á quien se le dijera que Nápoles ha renunciado casi desde 1860 á su procesion del Córpus, no lo creeria. Ignoro si cayó la fiesta del Córpus en tiempo del canton allá por nuestra bella Valencia, pues el canton hubiera celebrado las procesiones, fiesta indispensable á los valencianos. He oido á gente del pueblo quejarse en Roma de que el Papa haya suspendido las ceremonias en San Pedro; pero no por carecer de esta expansion religiosa y de ese alimento espiritual, sino por carecer de las materiales ventajas que reportaba á su salario la presencia de tantos extranjeros como acudian al cebo de los espectáculos. Es frecuente ver aquí, en capillas donde está expuesto el Santísimo, á curas que enseñan en voz alta y con ademanes de irreverente olvido, cualquier obra de arte á sus amigos. Eso sería imposible en España.

Nuestras gentes no me creerian si les anunciase que el custodio cercano á las cien lámparas encendidas en torno del sepulcro de San Pedro lleva hoy mismo, bajo las bóvedas de la primera entre todas las iglesias del mundo, la gorra puesta. En el alma de vuestro clero hay, lo mismo que en el alma de vuestra nacion, un fondo de escepticismo. La idea pagana se ha conservado siempre, y ese grano de la sal del naturalismo antiguo os preserva de los excesos y violencias á que todavía se entrega por la causa religiosa una parte de nuestro clero y otra parte de nuestro pueblo, allá en las montañas del Norte. Italia no ha sido, ni en los tiempos de fanatismo, una nacion fanática. En España el fanatismo está de tal suerte arraigado, que cambia de creencias sin cambiar de naturaleza. Es el defecto de raza tan enérgica, tan tenaz, tan valerosa como la nuestra, que todavía conserva, con su exceso de vigor físico, su exceso de vigor moral. Vosotros los italianos conoceis mejor que nosotros la realidad, la vida, y os amoldais á sus exigencias. Aún me dura el estupor grandísimo que me causó el saber, hace dias, la existencia real y efectiva de curas elegidos por el pueblo en várias ciudades y regiones italianas, curas que se creen ya tan curas como si los hubiera elegido su prelado. La excomunion mayor les alcanza desde los piés hasta la cabeza, y sin embargo, administran los sacramentos como si estuvieran libres de toda irregularidad. Id con esas á las gentes de nuestra nacion y de nuestra raza. Hablábame una señora ecuatoriana ayer mismo de su patria y mentaba al arzobispo de Quito. Decíame que era liberal, muy liberal, y que habia venido al Concilio con la idea principalmente de recabar la supresion de los conventos. Y como yo le preguntase con quién habia votado en el asunto de los asuntos, me respondió, extrañando mucho mi conducta, que con los partidarios de la infalibilidad. En Italia el clero es ménos inflexible, y no sigue al Papa. El Rey se queda con la excomunion y con los sacramentos. Ya hubieran hallado los curas italianos alguna puerta falsa por donde meterlo en la Iglesia.

Y en esta creencia me fortaleció uno de los primeros estadistas italianos, cuya conversacion tambien quiero contaros.

«Nosotros, me dijo, nada adivinamos ni queremos adivinar respecto á la eleccion del nuevo Papa. Dicen unos que será elegido el cardenal de Siena; dicen otros que será elegido el cardenal de Nápoles: nadie puede averiguar quién será el elegido. Nos apartamos de todo intento de influjo, porque las cosas imposibles no se deben jamas intentar, y nos reducimos á mostrar prácticamente que el Cónclave tendrá entre nosotros una libertad y una autoridad imposibles fuera de Roma. Yo me rio de cuantos proponen sistemas varios en las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Poned el padre Pasaglia en el Vaticano y procederia como procede Pío IX; poned á vuestro amigo Ferrari en el poder y procederá como procede el Gobierno. Nuestra nacion ni puede, ni quiere, ni debe renunciar á la presencia del Papa en su privilegiado suelo. Esta presencia constituye una capitalidad religiosa, á la que no hay medio de sustraerse en el estado de la civilizacion universal. Y cuando Italia entró en posesion de Roma, ó tenía que despedir ó tenía que conservar al Pontífice. Despedirlo equivalia á demostrar nosotros mismos la tésis de nuestros enemigos, la incompatibilidad del Pontificado é Italia. Conservarlo equivalia á destruir la tésis de la necesidad del poder temporal, en el ejercicio de la magistratura religiosa. Conservando al Papa, no hay más remedio que darle una completa libertad. Ningun gobierno, ni el gobierno demagógico, se atreveria á llevar una Encíclica al jurado, ni un papa á la cárcel. Hay cosas que se dicen muy fácilmente en los discursos, y que muy difícilmente se hacen desde el Gobierno. El Papa ataca una cosa, ya fuera de debate en Italia, ataca nuestra independencia y ataca nuestra nacionalidad, como si atacára al sol, al cielo, á los astros, á cuanto está léjos del dominio de su voluntad y del alcance de sus manos.

»Miéntras tanto, con esos ataques pertinaces, con la absoluta libertad de palabra, con la franca recepcion de los peregrinos enviados por todas las reacciones conjuradas contra Italia, se ve, se toca, se palpa la absoluta libertad religiosa y moral de los pontífices. Y resulta que desde el dia de la pérdida de su poder político, léjos de disminuir, crece su autoridad espiritual. Esta conducta de Italia es amargamente criticada por las dos negaciones entre que rueda siempre toda afirmacion. Los unos quisieran que la política de este pueblo emancipado consistiese en esclavizarse de nuevo, reedificando el poder más contrario á su emancipacion; el poder temporal. Los otros quisieran que creáramos un Estado omnipotente contra la Iglesia, y la deshicieramos bajo las ruedas de ese Estado. El Parlamento italiano, cohibido por fuerzas mayores, no seguirá ni una ni otra política. No se echará á los piés del Pontífice, porque eso equivaldria al suicidio; no oprimirá al Pontífice, porque eso equivaldria á la demencia. Ni irémos á Canosa con cilicio y sayal, como los emperadores penitentes de la Edad Media; ni entrarémos á saco en la jurisdiccion religiosa, como los reyes filósofos del pasado siglo. La sumision al Pontífice riñe con el espíritu de esta edad, pero tambien riñe la tiranía sobre el Pontífice. No puede ejercer hoy sobre la Iglesia Víctor Manuel de Saboya la jurisdiccion que ejercia ayer Cárlos III de Borbon. Y miéntras tanto, el poder de los Papas va perdiendo carácter político y tomando carácter espiritual; el Pontificado va dejando de ser una institucion puramente italiana, para pasar á ser una institucion verdaderamente católica.

»El partido ultramontano de todo el mundo, que no comprende esto, se aferra á su política intransigente y se empeña en una reaccion por la cual podemos llegar, el dia ménos pensado, á la guerra europea. Y en su intransigencia le sorprenderá el suceso de los sucesos, la muerte de Pío IX, que, gracias á Dios, goza hoy de salud excelente. Y la muerte de Pío IX tendrá inmensa trascendencia. Por esa monotonía y uniformidad de la Historia, que mirada desde ciertas alturas parece una colmena donde se reproducen á la contínua los mismos trabajos y se obtienen los mismos productos, el problema está planteado, poco más ó ménos, como en la Edad Media; los gibelinos de Italia, los enemigos del poder temporal, se apoyan resueltamente en Alemania; y los güelfos de Italia, los amigos del poder temporal, resueltamente se apoyan en Francia. El asunto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado va siendo todo el asunto europeo. Desde vuestra desastrosa guerra civil presente, hasta la futura guerra internacional, todo se enlaza con ese problema. Si en el dia de las grandes catástrofes los güelfos predominan; ¡ah! no sé qué podrá suceder á nuestras libertades y á nuestra nacionalidad; pero si predominan, como hoy, los gibelinos, por no haber querido la libertad, se encontrará la Iglesia con el predominio y quizá con la tiranía del Estado.»

Hasta aquí mis dos interlocutores. Yo, en mi calidad de historiador, ni quito ni pongo una palabra. Sólo se me ocurre decir que el estado de los ánimos y el progreso de las ideas anuncian que las soluciones definitivas de estos problemas serán soluciones favorables á la libertad.