V.

La idea de mirar y admirar el paisaje donde nació Virgilio, me llevó á la ciudad de Mantua. Las expresivas palabras Mantua me genuit vagaban por mis labios desde los primeros años de mi existencia. Mantua es gran plaza fuerte, una de las más poderosas de Europa, integrante parte del cuadrilátero con que el despotismo extranjero tenía como crucificada á la pobre Italia. Parece imposible; pero en tan estrecho recinto, oprimidos por espesos muros, á la sombra de las ceñudas fortalezas; allí donde sólo se oian los pasos del austriaco que celaba con la ardiente mecha aplicada al oido de sus cañones; sin salida ni retirada posible á causa de las lagunas del Mincio, auxiliares de las fortificaciones, los patriotas conspiraban. Frente al palacio ducal brilla un monumento con los bustos de estos mártires inmolados á la independencia de su nacion, á la libertad de sus conciudadanos. Por esta escala de dolores, con tristísimas coronas de agudas espinas á las sienes, amontonando los huesos de sus hijos, las naciones suben desde el abatimiento en la servidumbre á la vida en la libertad. Caminamos al cumplimiento del ideal entre dos hileras de cadalsos. El dolor tiene pasmosa fecundidad.

Estar en una ciudad italiana y no ver algunos ejemplares de sus artes, francamente, es imposible. Así, despues de haber visitado la catedral, que no me llamó grandemente la atencion, visité la basílica de San Andres, que por sus sólidas pilastras, sus atrevidos arcos, sus largas líneas, sus grandiosas curvas, su alta y atrevida rotonda, me pareció una iglesia imponente, poco austera, como todas las iglesias italianas, sobrecargada quizás de adornos y de objetos artísticos, pero grandiosa.

¡Ah! por todos estos monumentos se descubre que el paganismo quedó vivo allí, y que el Renacimiento comienza en el suelo itálico á la hora misma en que comienza la cultura moderna. En el siglo décimosexto, nosotros construimos edificios de gótico florido. No hay sino ver el San Juan de los Reyes en Toledo ó la fachada de la catedral nueva en Salamanca. Pero las gentes de Italia, enamoradas de Roma, á mediados del siglo décimoquinto, elevan muchas de sus iglesias poniendo una sucesion de arcos romanos y echando sobre estos arcos las majestuosas bóvedas. La basílica de San Andres pertenece al número de las iglesias greco-romanas, que abundan tanto en todos los territorios de Italia.

Visitar una ciudad italiana y no conocer en ella algun gran pintor, tambien es imposible. Cada artista tiene su ciudad. Si quereis conocer á Luini id á Milan, si á Corregio id á Parma, si á Andrea del Sarto á Florencia, si á Beccafiume á Siena, si á Signorelli á Orvieto, si á Rafael á Roma, si á los Carraccios á Bolonia, si al Giotto á Pádua, si á Julio Romano á Mantua. En esta ciudad encontró poderoso príncipe que le protegiera, riquezas que le auxiliaran, libertad para inspirarse en el recóndito manantial de sus ideas. Julio Romano ha pasado á la posteridad como el discípulo predilecto de Rafael de Urbino y como el heredero de su genio. En una gran parte de los cuadros más admirados por el mundo, su lápiz ó su pincel han obedecido las inspiraciones soberanas del inmortal maestro. En las logias, éste sólo pintó de su mano el primero y último cuadro: La Creacion, que comienza aquella epopeya religiosa evocando el Universo á la virtud creadora de la palabra divina lanzada por el Eterno; y La Cena, que la termina instituyendo el sacramento de la eterna comunicacion del hombre con Dios. En las maravillosas estancias hay paredes enteras debidas al pincel de Julio Romano, aunque sean fidelísimos traslados de los cartones rafaelinos. Es uno de los satélites de aquel planeta ó de los planetas de aquel sol.

Su genio, sin embargo, no tiene la tranquila armonía, la calma profunda, la serenidad celeste, la perfeccion clásica del genio de Rafael. Julio Romano gusta de lo exagerado, de lo extravagante, y á veces de lo feo. Bajo este concepto puede y debe llamársele un artista romántico. Así, en cuadro de ideal Vírgen, obra de Rafael, ha puesto una gata, como alzando al empíreo la humildad del hogar doméstico; y en la gran batalla de Constantino y Maxencio ha pintado en primer término un enano grotesco y monstruoso, que jamas hubiera permitido el maestro en cuyo genio renacia la majestad de Fídias. Por eso, donde Julio Romano se muestra en toda su ingenuidad, donde aparece tal como lo habia forjado naturaleza, es en Mantua; allí, jefe de escuela, soberano de sí mismo, rodeado de discípulos innumerables, compartiendo la autoridad con los duques del territorio, gozando de córte y de presupuesto, como si constituyera su genio solo un Estado. La sustitucion del ateniense, del florentino, del pagano Papa Leon X, que, no pudiendo conversar con los antiguos dioses, conversa con sus descendientes los artistas; la sustitucion del Papa Leon X por su sombrío sucesor Adriano, teólogo, y nada más que teólogo, flamenco incapaz de toda inspiracion, enemigo del arte, le ahuyentó de la Ciudad Eterna, que parece otra vez herida por los bárbaros, asaltada por el glacial genio del Norte, á cuyo helado soplo pierden sus alas y se encierran tristemente en sus larvas las risueñas ideas. Cuando llega á Mantua no tiene Julio Romano caballo, y el Duque le regala su caballo favorito; no tiene hogar, y el Duque le regala un palacio; no tiene ahorros, y el Duque le envia brocados, terciopelos, joyas, que podrian ciertamente envidiar los más poderosos príncipes. Su fortuna llega á tal extremo, que merece por las fiestas dispuestas en su loor y los teatros levantados y los torneos y las danzas y las decoraciones y los saraos ser tratado por Cárlos V, el dueño de Europa, como uno de sus compañeros: que entónces lucia junto á la corona de los reyes la aureola de los pintores.

Hay tanta diferencia entre Rafael y Julio Romano como entre Virgilio y Ovidio, como entre Garcilaso y Góngora. Aquella idealidad que el pintor melodioso por excelencia traia de las catedrales de la Edad Media para unirla con las formas perfectas de la antigüedad clásica resucitada, se pierde, se extingue en sus discípulos, los cuales, en cuanto los ojos del maestro y su sonrisa dulcísima se apagaron, caen precipitados en profunda oscuridad y no vuelven á entrever la conjuncion del espíritu moderno con el espíritu antiguo, verdadero secreto de la grandeza del Renacimiento. Julio es un pagano, pero un pagano por cuyo cuerpo corren las chispas de nuestra electricidad y por cuya alma atraviesan nuestros dolores y nuestras inquietudes. Poco ó nada sabe ya en Mantua de la pintura rafaeliana, de aquella inspiracion religiosa unida á la belleza griega, de aquel espiritualismo encendido sobre las aras de mármol penthélico; su genio fogoso, inarmónico, violento se lanza á los piés de los antiguos dioses griegos y se contagia con su sensualismo acrisolado y purificado en la mente platónica y cristiana de Rafael. Evocando los cuadros de la primitiva escuela de Siena y de Umbría para ponerlos junto á los frescos del palacio de Mantua ó de la casa del Té, se nota que el espíritu humano ha andado tanto y se ha trasformado tanto como pudiera andar y trasformarse de las Pirámides de Egipto al Parthenon de Grecia. Julio Romano me parece uno de esos pensadores alejandrinos que, deseando resucitar á los antiguos dioses griegos á fin de conservar la sabiduría de Aténas y la fuerza de Roma, sin las cuales no se concibe la existencia del mundo, los hincha, los agranda, los agiganta desmedidamente con ideas orientales, platónicas, hasta cristianas, especie de filtros inútiles, bien pronto convertidos en corrosivos venenos, porque merced á ellos pierden los dioses la serenidad celeste, la dulce sonrisa, el tranquilo gozo, la perfecta hermosura con que juntaban en dulces desposorios y entre guirnaldas de flores la tierra con el cielo.

Para conocerlo es necesario estudiarlo en el Palacio del Té, en Mantua, en aquella su obra maestra, que es respecto á Julio Romano como la capilla Sixtina respecto á Miguel Ángel, como las estancias del Vaticano respecto á Rafael, como la sacristía de Siena respecto á Pinturrichio. Pocas veces se verá un palacio ideado, delineado, construido, pintado por un solo artista. Es una gran quinta, ó, como nosotros decimos, un sitio real de los Duques de Mantua cerca de la ciudad. Los dos principales salones, pintados al fresco por Julio Romano y sus discípulos, vienen á ser el salon de Psíquis y el salon de los Gigantes; aquél por la gracia, y éste por el atrevimiento; aquél por la armonía y éste por la hipérbole; aquél por la clásica expresion de dulzura, y éste por la exagerada expresion de violencia; como si quisiera representar el lado femenino junto al lado viril del arte.

Nadie puede olvidar á Psíquis, la pobre perseguida de Vénus, la hermosísima doncella que goza en la oscuridad, acostada sobre un lecho de flores, las caricias del amor suspenso á su pensamiento y á sus labios, cuando deseosa de verlo, de contemplarlo, enciende su lámpara y le sorprende en el sueño extasiada, y le admira extática y le ama con más pasion y le desea eternamente á su lado, en su lecho, hasta que una gota de aceite hirviendo cae sobre las espaldas del enamorado despertándole; y al verse conocido, examinado, él, que es un misterio, él, que gusta de las sombras, él, que presta á todos su ceguera, huye y se desvanece en los aires sin dejar más que un resplandor, un aroma, un recuerdo, como para atormentar eternamente á la pobre jóven, fiel imágen del alma humana enamorada de lo infinito, cuya inmensidad siente dentro y fuera de sí, en su idea y en la Naturaleza, pero sin poder jamas ni verla ni alcanzarla.

Mirad esas paredes. Aquí Psíquis está en el baño, y rosados amorcillos derraman sobre el agua y sobre su cuerpo olorosas esencias; allá Mercurio prepara el banquete nupcial, y las Gracias, dignas por su hermosura y por su felicidad del florido y risueño Albano esparcen flores sobre la mesa de los festines, miéntras las bacantes, henchidas de vida y de placer, danzan furiosas, entonando canciones al viejo Sileno, sostenido en su embriaguez por los sátiros; acullá, entre ramajes, guirnaldas, pámpanos, lucen los vasos y los jarros de plata y oro; en un costado se apoya el perezoso Baco, cual si acabára de llegar á Occidente desde la lejana India, con los tachonados tigres asiáticos á sus plantas; y sobre todos resalta la doncella enamorada, la prometida al amor, circuida de ninfas que la acompañan tanto en felicidad como en hermosura, mirando entre el celaje la cuadriga del sol cuyos caballos despiden la luz de sus crines, y respirando el aire renovado por el balsámico soplo del céfiro; cuadros deslumbradores que han visto el cielo de Grecia, los laures y las encinas de Dodona, las cumbres del Hibla y del Himeto, la ola del mar de la Jonia quebrándose en el coro de las islas griegas, el sol que ha engendrado las cigarras y las abejas de la Atica, la vida y la alegría de los antiguos dioses.

La última estancia es la estancia de los Gigantes. Á no dudarlo, Julio Romano se ha inspirado en genio semejante al suyo, en el genio de Ovidio, grandioso tambien y tambien audaz, pero señalando con el desequilibrio de sus pasiones y la violencia de sus ideas, y los contrastes de su estilo, el comienzo de irremediable decaimiento en las romanas letras, cuya perfeccion representará eternamente otro genio semejante á Rafael de Urbino, el inmortal Virgilio. Pues bien; Ovidio en el canto tercero del primer libro de sus Metamorfoseos presenta el cielo inseguro, los dioses recelosos, como amenazados por los gigantes que, para escalar sus alturas y abrirse paso entre el éter, apilan montañas sobre montañas, las cuales ya tocaban con sus cumbres en las divinas moradas cuando Júpiter fulmina sus rayos y abate el Olimpo, y hiere á Osa y á Pelion, y aplasta á los rebeldes, de cuya sangre humeante animó la madre tierra los hombres, despiadada raza, como sus sanguinarios padres, ébria de ódios y hambrienta de matanzas. ¡Con qué grandeza colosal y extraña originalidad reproduce Julio Romano estas fábulas! Es la epopeya de las ruinas: restos como de un naufragio y de un incendio al mismo tiempo; catástrofe del universo como si se abriera la tierra y se desplomáran los cielos; ciudades enteras desarraigadas de sus bases y convirtiéndose en cenizas; columnas rotas en mil pedazos como las armas de un abandonado campo de batalla; rocas que se precipitan por todas partes, semejando las gotas de un diluvio de moles; gigantes de cuerpos colosales, de actitudes increibles, con sus ojos lucientes como hornos, con sus bocas abiertas como abismos, con sus brazos de la robustez de los troncos, y sus piernas de la dureza del hierro, unos todavía de pié, otros huyendo, heridos éstos por el rayo, aplastados aquéllos por los montes, miéntras allá en las alturas todo es terror y ódio, porque el trono de Júpiter relampaguea y el cielo entero se abrasa en imponente tempestad y los grandes dioses huyen á regiones serenas y Neptuno detiene á sus delfines y Apolo á sus caballos para que no los precipiten á la pelea y Vénus pide proteccion á la cólera de Marte y Pomona tiembla como el arbusto sacudido por el viento y las ninfas huyendo de la tormenta se refugian en el seno de Páris y Juno enciende la ira divina y Eolo sopla huracanes y la guerra abrasa así el tiempo como la eternidad y así los cielos como la tierra, aterrando á los dioses y á los titanes, todos envueltos en sus torbellinos de destruccion y de muerte.