VIII.
Extraordinarias y maravillosas circunstancias concurrian, por rara coincidencia, en el sitio, en el tiempo, en la nacion donde brotó la órden franciscana. Escoged el autor que os parezca ménos hiperbólico y más sencillo; el que dé ménos parte en la historia á lo sobrenatural y mayor á los hechos; un positivista, un realista en el sentido artístico de la palabra, un analizador, el cual, en vez de resucitar esta época la diseque, Maquiavelo, por ejemplo, y veréis lo crítico del tiempo realzado por la divina mision de San Francisco. El Pontificado se levanta espléndido despues de haber conseguido la inmolacion de la prematura ciencia de Abelardo y de la prematura rebeldía de Arnaldo, reduciendo el Imperio á ser lo que deseaba Gregorio VII enfrente de la Iglesia como la luna enfrente del sol. El Imperio griego, que se ha preservado de los bárbaros y que ha desarrollado la metafísica antigua aplicándola al dogma, acepta la invasion latina como si resucitára la unidad descompuesta por Diocleciano; anegada en diluvios de sangre. Las cruzadas se detienen á pesar del rápido triunfo de Federico de Suabia, sin poder pasar el límite del desierto, cuando en los tiempos anteriores parecian impulsadas por el espíritu de Dios, y comienza á ceder el feudalismo á la creciente marea de la democracia, que llegará desde el fondo de los municipios á las cúspides de los castillos.
Y luégo, cuando el Santo ha muerto y la leyenda del Santo nace, los tiempos cambian profundamente, como si la segunda mitad del siglo décimotercio fuera contraria á la primera mitad. Apénas ha subido el Pontificado á su cénit con Inocencio III, cuando, muerto éste, declina hácia su ocaso. Los güelfos y los gibelinos combaten como nunca, exarcebándose en crueldad y encarnizamiento. El gran combatiente Erzelino, hombre feroz é implacable, que representaba con justos títulos en las guerras contínuas y sangrientas á los gibelinos, degüella doce mil ciudadanos de Pádua. El Papa Urbano VI llama contra sus enemigos al feroz Cárlos de Anjou, que desembarca en Ostia con gran golpe de gentes llevadas en treinta galeras é inaugura una piratería contínua por las costas del Mediterráneo italiano. La sangre real de Conradino, descendiente de los Emperadores de Alemania é inmolado en afrentoso cadalso por Cárlos de Anjou, salpica la corona del Rey de Nápoles y la tiara del Pontífice de Roma, como su guante de desafío lanzado bajo el hacha del verdugo es recogido por la mano de los aragoneses, que llevaron nuevos elementos de dominacion pero tambien de combate, á la desgarrada Italia. Los franceses que sostenian á los angevinos, son degollados todos á la señal de un astrólogo en Fiorli y al toque de vísperas en Palermo.
El Pontificado recibe por este tiempo cada dia una herida que le produce irremediable decadencia política. El penúltimo papa del siglo décimotercio, Celestino V, revelaria esta decadencia si no la revelasen otros muchos hechos y personajes históricos. Dos años y tres meses yació por tierra el trono pontificio sin Pontífice que lo ocupase, á causa de las turbulentas rivalidades del Sacro Colegio dividido en tres bandos irreconciliables. Por fin, uno de los cardenales propone elegir pobre anacoreta, ajeno á las mundanas ambiciones, desconocido del mundo y menospreciador de sus vanidades, dado desde los más tiernos años al ayuno y á la penitencia en las selvas y en las montañas de la tierra de Apulia, nacido al pié de los castillos feudales en los campos parthenópeos de una sierva familia de jornaleros, educado como los lobeznos y como los aguiluchos en las cavernas; reducido á la soledad desde los primeros años, y por lo mismo apto para sobreponerse al torbellino de las humanas pasiones y regir la Iglesia por amor á Cristo que no dejaria de prosperar su sublime pontificado, en cuyos dias habrian de renovarse los tiempos heroicos del cristianismo y reinar las máximas sagradas del Evangelio. Á estas consideraciones, el Sacro Colegio le elige por voto unánime. Cuando la diputacion de cardenales, atravesando montañas que parecian inaccesibles, selvas que parecian inexplorables, llanuras que parecian desiertas, lo encuentra al borde de los torrentes, en la desnudez más completa, confundido casi con los seres irracionales y materiales, semejante al San Jerónimo que ha consagrado la tradicion religiosa en los cuadros de los pintores ascéticos, el anacoreta espantado no alcanza á entender de qué le hablan y rehusa el irse con los embajadores, prefiriendo á todas las pompas y á todas las dominaciones del mundo, su austera soledad. Dos reyes, uno de Nápoles y otro de Hungría, van á los desfiladeros, donde se mantiene de hierbas y se viste de hiedra, como un sacerdote contemplativo de la India, para echarse de rodillas á sus plantas y rogarle que salve á la Iglesia, bañándole los piés con torrentes de lágrimas y perturbándole la cabeza con suspiros y súplicas hasta obligarle á ceder y conducirlo á Aquila en la patriarcal montura en que Cristo llegó triunfante á Jerusalen, llevada por manos reales del ramal y seguida de obispos, arzobispos, caballeros, todos vestidos de púrpura y brocado, como para realzar la humildad del pobre penitente hecho jefe espiritual del catolicismo y representante de Dios sobre la tierra por súbita intervencion de la Providencia. En Agosto de 1294 fué coronado y en Diciembre del mismo año tenía hecha ya pública dejacion de su tiara. No habia remedio: en las ciudades se ahogaba su pecho acostumbrado al aire libre de las selvas; en las intrigas de los palacios se perdia su inteligencia consagrada á la contemplacion pura de la verdad religiosa y al éxtasis más completo: la mesa del festin repugnaba á quien comia el duro pan de los siervos y bebia en el hueco de las manos el agua pura de los torrentes; la corona de oro y pedrería abrumaba aquella cabeza, acostumbrada como los lirios del valle á una corona de rocío; en las alturas del poder sufria vértigos su mirada, propia sólo para contemplar como las águilas frente á frente el sol en las sublimes alturas de las montañas, y la presencia de los hombres aterraba al que se creia por sus oraciones y por sus ayunos, sólo con sus pensamientos místicos y sus prácticas piadosas, en presencia siempre de Dios. Á mayor abundamiento, refieren los historiadores que el ambicioso cardenal Gaetani, aspirando á ser su sucesor, le ponia emboscadas á cada paso, le llenaba de escrúpulos la conciencia, le fingia voces de condenados y trompetas de los ángeles del Apocalípsis en las largas noches de invierno, para reducirlo á deponer su corona y á tornar á su desierto. Y en efecto, abdica la tiara y corre á la Apulia en demanda del anhelado reposo. Pero Gaetani, que alcanza su codiciada sucesion bajo el nombre de Bonifacio VIII, manda emisarios que le liberten de un competidor peligroso. Avisado con tiempo el pobre Celestino V, corre á las playas, toma una barca de pescador y rema para ganar las costas de Dalmacia y perderse en más apartados desiertos. Pero los vientos y las olas le arrojan nuevamente á las costas de Italia, donde su perseguidor le apresa y le encierra dentro de una torre, tumba anticipada que presencia una agonía de diez meses y recoge el cadáver de aquel penitente exaltado desde las cavernas al trono y caido desde el trono en los calabozos, imágen fiel de las deshechas borrascas de sus rudos tiempos.
La órden de San Francisco debia, por su orígen y por su carácter democrático, oponerse á estos desórdenes del pontificado y contribuir por tanto á la decadencia de la institucion que podriamos llamar fundamento único de la moral religiosa en la Edad Media. El más ilustre de los franciscanos, despues del fundador, fué Jacopone de Todi. Educado en Bolonia, perito en el derecho, rico y poderoso, casado con idolatrada y hermosísima mujer, nada le faltaba de todo cuanto llama felicidad el mundo. Un dia del siglo décimotercio, á los cuarenta años de la muerte de San Francisco, celebrándose alegres fiestas y espectáculos en Todi, se hunde un tablado y mueren tristemente en la catástrofe numerosas personas. Entre los muertos se encuentra la idolatrada esposa de Jacopone, el cual sólo tiene tiempo para recoger entre sus brazos el cuerpo desgarrado y aspirar en los labios el suspiro último de su idolatrada compañera. Desde aquel dia arroja su toga y toma el sayal; abandona el mundo y abraza la penitencia; cierra los libros de Ciceron y abre los libros de piedad; renuncia á los discursos elocuentes y entona los versos místicos; deja la compañía de los jurisconsultos y sigue la compañía de los franciscanos; huye los aplausos y busca los sarcasmos de las gentes; reparte sus bienes y se resigna á la pobreza; renuncia á las locuras insensatas del mundo y sigue la divina locura de la Cruz. Para conocer hasta donde llega su inspiracion, basta decir que es autor del Stabat Mater, esa sublime elegía cuyos acentos no podemos oir el Viérnes Santo entre los altares desnudos, el santuario solitario, el templo oscuro y la Cruz recien descubierta, sin que nuestro corazon se inunde de tristeza y participe de todos los dolores de la Vírgen Madre durante la pasion. Jacopone es contemporáneo de Celestino V. Naturalmente, el asceta debia desde el claustro exaltar al asceta que se eleva al trono. Á mayor abundamiento, en los cinco meses que duró el reinado de Celestino, el principal empeño de éste debia ser reformar, en sentido cada dia más austero, las órdenes monásticas, y en este empeño debia sostenerle el austerísimo poeta. Luégo, Celestino abdica y Bonifacio VIII le sucede. Jacopone debia seguir al penitente en su desgracia y condenar la ambicion coronada con la humilde corona de Cristo. Así, firma la protesta de aquellos que niegan la validez de la eleccion de Bonifacio. Y á la protesta añade sátiras en las cuales dice que el nuevo Papa vive en los delirios y ambiciones de este mundo como la salamandra en el fuego. Bonifacio VIII no podia sufrir estas injurias y con gran ejército se dirige á Palestrina, donde estaban los cardenales protestantes y su exaltado poeta. Largo sitio sufre la ciudad, pero al cabo se entrega, y el Papa busca al cantor y lo encierra en húmedo calabozo. Los escritores Wisseman, Döllinger, defienden al Papa y no pueden negar, sin embargo, la autenticidad de todos estos hechos. Jacopone es arrojado entre tinieblas eternas. Enormes cadenas le abruman; el agua podrida de una letrina apaga su sed, y contra tantos dolores sólo encuentra alivio en su desprecio de las dichas del mundo y en su exaltacion por el dolor. Estando en la cárcel se convocó el gran jubileo de 1300 que vino á torturar su alma áun más que su cuerpo, pues oia al traves de las paredes de su cárcel los cánticos sagrados y el paso de los peregrinos encaminándose á Roma, sin poder participar de sus místicas alegrías. En vano demandaba misericordia al representante de un Dios todo misericordioso. Una vez que Bonifacio pasaba por la calle de su calabozo, segun cuentan autores de todo crédito, se asomó á los barrotes de su reja y le dijo: «¿Cuándo saldrás, Jacopone?—Cuando tú entres, Bonifacio», le respondió el franciscano. Y en efecto, á los pocos dias, los Colonnas se dirigen á Agnani y entran en el palacio del Papa. Éste, no teniendo ninguna defensa material, se fia por completo á su autoridad religiosa, se ciñe sus vestiduras sacerdotales, se cubre con su áurea tiara, empuña su báculo y se sienta en el trono, sobre cuya cima agita las blancas alas el Espíritu-Santo. Los invasores entran, lo desacatan, lo abofetean y lo arrojan en una prision. Por fin, los habitantes de la ciudad le libertan y se va á Roma. Pero sale de manos de los Colonnas para caer en manos de los Orsinis. Y allí muere á los treinta y siete dias de haber recibido el bofeton que sella la decadencia del Pontificado y muere en un acceso de febril locura engendrada por el sentimiento de sus humillaciones, por haber querido ser un Papa más grande, más fuerte y más imperioso de lo que consentia el espíritu de su tiempo. Jacopone, libertado de su prision por el sucesor de Bonifacio VIII, tiene hoy un nombre glorioso entre los poetas y un nombre bienaventurado entre los santos. Su espíritu democrático contribuyó, como todo el espíritu de su órden, al quebrantamiento y á la decadencia de la autoridad teocrática en la Edad Media.
Lo cierto es que la órden de San Francisco, á sabiendas ó no, contribuye á descomponer los dos elementos capitales de aquellos tiempos: el feudalismo y la teocracia. No medimos al pronto la trascendencia de una idea, porque no conocemos toda su naturaleza, y una idea contiene siempre otra larga serie de ideas. Tal afirmacion, que parece puramente artística, puramente filosófica, resulta luégo una afirmacion política y social. Por ejemplo, el romanticismo literario era una revolucion, tanto en España como en Francia, porque se levantaba contra las reglas de una poética tradicional y cortesana. Tened por cierto que los franciscanos ignoraban el destino social de su aparicion necesaria en el mundo; pero lo cumplian ignorándolo. Por eso el alma de la nueva sociedad, que estalla en el siglo décimosexto, contará siempre entre sus Bautistas al Padre Seráfico y entre los precedentes de su aparicion á la seráfica órden, puesto que representa un término dialéctico en el desarrollo de su idea progresiva y un necesario predecesor en la genealogía larguísima de sus progenitores.
El cristianismo se habia convertido en una doctrina de autoridad, indispensablemente para cumplir estos dos ministerios capitales en la transicion dolorosa del antiguo mundo al mundo moderno; para sustituir con algun principio de unidad moral la soberanía política perdida por Roma y para educar y domar con una verdadera disciplina religiosa la inteligencia inculta y la voluntad indómita de los bárbaros. Esta doctrina, que desde el siglo primero al siglo cuarto fuera una doctrina del pueblo, desde el siglo cuarto al siglo décimotercio se convierte en una doctrina del Imperio. Por tal razon, á no dudarlo, cuantos tratan de fundar la autoridad, ó sobre las ruinas de la antigua Roma ó sobre la cerviz de las nuevas tribus en la larga descomposicion de las sociedades paganas y en la no ménos larga recomposicion de las sociedades modernas, se acogen al catolicismo. Constantino lo saca de las sombras de las catacumbas al aire de la libertad; Teodosio lo declara religion oficial violentando la conciencia pagana del senado romano; Carlo-Magno funda sobre sus dogmas un pacto político, y cree que sería imposible sujetar la barbarie de su tiempo sin pedirle inspiracion y fuerza, para lo cual se arroja á los piés del Pontífice y besa, de rodillas sobre el suelo durísimo, cada una de las gradas que se extienden al pié del templo vaticano. Los Papas mismos contribuyen á este fin, porque desde Gregorio Magno á Gregorio VII y desde Gregorio VII á Inocencio III no hacen más que fulminar sus rayos contra todas las rebeldías del individualismo religioso ó político y rehacer, por medio de su autoridad dogmática, la autoridad social en sus tempestuosos tiempos.
El primero en reanudar la tradicion puramente evangélica, es San Francisco de Asis. Diríase al verlo que ha salido de las catacumbas, que ha orado en sus tinieblas eternas, que ha visto flamear como una amenaza sobre su cabeza los cetros y las espadas de los poderosos y arder á sus piés como un infierno las hogueras de los mártires. Para sus penitencias, busca, como los primitivos apóstoles, el desierto; para sus cánticos y oraciones, el acompañamiento de las aves del cielo y el incienso de las flores del campo; para el apostolado de su doctrina, el pobre y el mendigo, porque su objeto es llorar con los que lloran, padecer con los que padecen, morir por los desvalidos y por los opresos. El espíritu democrático del Evangelio renace en él con toda su pristina pureza. Y se oye en coro sublime, sobre un mundo de autoridad, de fuerza, de guerra, donde la espada es el primer derecho y la victoria es la primer razon, sonar el eterno tema de la oracion en la montaña: bienaventurados los humildes, los débiles, los pobres, los desgraciados, los ignorantes, los atribulados, porque de ellos será el reino de los cielos. Y San Francisco resucitaba la verdadera doctrina cristiana, puesto que toda la enseñanza evangélica es una enseñanza democrática. La han preparado los profetas, y los profetas no son más que los tribunos religiosos consagrados á combatir la idolatría de los reyes. Jamas ha dicho Milton contra Cárlos I, ni Mirabeau contra Luis XVI, ni Tácito contra Tiberio lo que ha dicho Samuel contra Saul en sus esfuerzos para impedir la trasformacion monárquica de Judá. El Bautista vive preparando las vías del Salvador, y muere al capricho de una córte, al antojo de una cortesana, al mandato de un poderoso de la tierra, enemigo natural de las revelaciones del cielo. El dia que la Vírgen siente palpitar el divino Hijo en sus entrañas se exalta de alegría, y alaba á Dios en términos que parecen arrancados á una arenga tribunicia: potentes deposuit de sede et exaltavit humiles; exurientes implevit bonis, et divites missit inanes. El pueblo de Cristo es un pueblo de esclavos; su familia, una familia destronada; su padre, un carpintero; su cuna, un establo; sus primeros devotos, los pastores; sus primeros enemigos, los escribas y los fariseos que componian la aristocracia de Jerusalen; sus primeros apóstoles, los pobres pescadores; su primer perseguidor, un Heródes; su mayor enemigo, un Caifás; su juez, un Pilátos; su templo, el desierto lleno de ideas y no la sinagoga teocrática llena de tinieblas; sus bienaventuranzas, la promesa de consuelo á los afligidos y de libertad á los opresos; su doctrina religiosa venida de un solo Dios y consagrada á todos los hombres, doctrina de igualdad; su vida, un combate con la supersticion y el privilegio; su muerte, un divino holocausto por la salud de todos los desheredados, y una eterna acusacion á la soberbia de todos los tiranos.
Esa tendencia democrática de la doctrina cristiana resucitaba el Santo, en una sociedad tan fundada en la guerra y en la fuerza de la autoridad como la misma sociedad romana. Á la cabeza del mundo habia un papa con tres coronas y con extenso patrimonio temporal, donacion de Pipino, agrandada por la piadosa condesa Matilde y que era el signo de la autoridad moral del pontificado. Á la cabeza del mundo habia un emperador cuyo poder estaba siempre en litigio y cuyo litigio era una guerra perpétua. La soberanía estaba en la propiedad y la propiedad se extendia, á pesar de tres siglos de cristianismo, sobre las personas. Los valerosos, que habian sometido una compañía á sus mandatos y luchado con ella contra otros enemigos en armas, tomaban sus conquistas por una propiedad, y sobre la propiedad constituian todas las jurisdicciones, desde la jurisdiccion del rey hasta la jurisdiccion del juez y desde la jurisdiccion del juez hasta la jurisdiccion del verdugo. Los reyes no eran más que los jefes, los primeros, los más fuertes de aquella sociedad de conquistadores y terratenientes, siempre armados para defender su propiedad ó conquistar la propiedad ajena. Los obispos, los abades, los monjes eran señores feudales y ejercian todas las jurisdicciones anexas al privilegio señorial. Las ciudades mismas donde comenzaba á brotar la raíz de la democracia se constituian como una personalidad jurídica con ejercicio de derechos señoriales y luchaban rudamente con las otras ciudades en aquella guerra universal por la propiedad. Y en mundo constituido de tal suerte, la voz de un religioso se levanta por los campos, por las calles, por las encrucijadas, predicando que está la perfeccion cristiana en la humildad, en la pobreza, en la miseria; entre los siervos, entre los desheredados, entre los mendigos. Naturalmente, las castas se rompian, la igualdad avanzaba, los maldecidos por los malos usos, los esclavizados por las bárbaras leyes, entraban en el claustro y se colocaban á la cabeza de todas las clases ungidos por la religion, y de esta suerte se fundaba con las mismas órdenes monásticas más desavenidas del mundo, más ajenas á la vida real, más consagradas á sus ayunos y á sus oraciones, por vías misteriosas y providenciales, una sólida, una profunda, una invariable democracia que debia fundar una nueva sociedad.
Así es que la órden franciscana engendra inmediatamente una secta, la cual rompe toda la doctrina ortodoxa y despierta la tendencia vivísima á creer en segura renovacion dogmática despues de la renovacion moral para el establecimiento de progresiva Iglesia donde sean perpétuas las relaciones del cielo con la conciencia del hombre. Evangelio eterno se llama el sistema teológico erigido en creencia complementaria del cristianismo por estos hermanos de San Francisco. Dos revelaciones religiosas han esclarecido el alma humana. Primero, en el comienzo de las edades, cuando la tierra todavía está cercana á su creacion, aparece en los desiertos, y ante la tienda de los patriarcas, en la zarza del Horeb y en las tempestades del Sinaí, aquella revelacion que los franciscanos llaman del Padre, por ser de Dios puro, de la primer persona de la Trinidad, revelacion apropiada á un pueblo primitivo que se ha educado en la servidumbre de Egipto al pié de las Pirámides; que se ha redimido por una peregrinacion nómada desde el África al Asia hasta llegar á su tierra de Palestina; que ha necesitado, junto á los preceptos morales, preceptos higiénicos y políticos para iniciar la lenta y trabajosa educacion de humanidad en el crecimiento de su vida sobre la tierra y de su conciencia en lo infinito. Pero á la revelacion del Padre sucede la revelacion del Hijo. Aquélla se verifica en el comienzo de los tiempos y ésta en su madurez; aquélla cuando las sociedades civiles nacen bajo la tienda de los patriarcas, y éstas cuando las sociedades civiles se completan y robustecen por las instituciones del derecho romano; aquélla en el relampagueo de las cumbres del Sinaí, y ésta en la sublime desnudez del Calvario; aquélla por la tonante voz de un Dios airado, y ésta por la humilde sangre de un mártir sin mancha, siendo la primera la revelacion del Sér, y la segunda la revelacion del amor; la primera, la revelacion de Jehová, y la segunda, la revelacion del Verbo; la primera, la revelacion del Padre, y la segunda, la revelacion del Hijo, necesarias ambas para el desarrollo de nuestro espíritu en la tierra y para su comunicacion estrecha con el cielo. Y así como la sociedad patriarcal se iluminó en la revelacion del Padre ó del Sér, y la sociedad romana con la revelacion del Hijo ó del Amor, nuestra sociedad se iluminará con la revelacion del Espíritu ó de la Ciencia. Y de esta suerte, la órden franciscana rompe, por la apoteósis del mendigo, la sociedad feudal, y por la esperanza en el advenimiento del Espíritu Santo para revelar una verdad más clara en una conciencia más humana, la autoridad teocrática.
Despues de esto, ya podeis explicaros los dos siglos que han de suceder al siglo de San Francisco: el poder de los gremios; la extension de los municipios, las libertades tempestuosas, las asambleas populares, los síndicos elevándose á la altura de los reyes, los nobles perdiendo su imperio sobre los siervos, las artes emancipándose de la tutela litúrgica y yendo á renovar el calor de su sangre en la savia de los campos, el cisma en vigor, la Iglesia en crísis, la conciencia en rebeldía los Concilios llenos de aspiraciones democráticas, las lenguas vulgares elevadas á expensas de la ciencia, el escolasticismo hundido, la razon preparada para entrar triunfante en la filosofía, y la conciencia pidiendo la sustitucion de todos los sacerdocios quebrantados, y el derecho á interpretar la naturaleza, y el espíritu con su libre exámen que forjará otra nueva Europa.
Uno de los misterios mayores que hay en la vida, es el enlace de las causas con los efectos. ¿Á qué cometa habrá pertenecido la materia de que estamos formados? ¡Cuántas revoluciones habrán sido necesarias, cuántas catástrofes, qué de terremotos, qué de levantamientos del suelo y de erupciones del fuego central para producir la arcilla del frágil vaso de vidrio donde apagamos nuestra sed! ¿De qué sustancia se habrá alimentado ó en qué bosque ó selva habrá crecido, cuántas flores habrá llevado, cuántos nidos, cuántos frutos el árbol señalado ya por el destino para ser mi mortaja? ¿Á dónde habrá ido á parar la primera lágrima evaporada de mi mejilla, ó irá á parar el último suspiro de mi pecho en esa fragua contínua de la vida que se llama atmósfera? Pues más difícil todavía es saber cómo penetra la idea en la palabra y la palabra en la conciencia para pasar luégo de los individuos á las colectividades y producir nuevos organismos sociales en estas cristalizaciones incesantes de las ideas que forman como las bases de la sociedad, la cual parece tan sólida á primera vista y está sujeta á una renovacion permanente. En el convento de San Francisco de Asis, á la luz cernida por los rosetones ojivales, al cántico exhalado de los coros semibizantinos, al rumor que producen los rezos de los creyentes bajo las bóvedas sembradas de estrellas y los pasos de los peregrinos sobre las losas del pavimento de mármol; entre aquellos ángeles y aquellos santos que se destacan de los muros como ideas vivientes; entre aquellas estatuas tendidas sobre los sarcófagos, que os hablan de la eternidad con sus labios de piedra; creeis estar delante de una de esas rocas donde acaban los terrenos primitivos y empiezan los terrenos secundarios ó terciarios del planeta, como que estais en presencia del monumento sublime donde se trasformó la Edad Media y empezó el espíritu moderno por virtud de la palabra de un penitente, que con su amor impulsó á la tierra en su carrera por el espacio, y acercó á nuestras manos los apartados cielos donde se trasfigura la conciencia. Así ha podido el sentido comun llamar al pobre penitente de Asis, el Cristo de la Edad Media.