V

Es peculiar de la naturaleza del pragmatismo no enarbolar ninguna bandera metafísica. Ya hemos visto que no se interesa por ningún resultado (especulativo o doctrinario) especial, quiere ser ante todo un método, una teoría genética de la verdad.

Mr. James, como buen pragmatista, empieza por declarar que, todas las discusiones metafísicas son en sí ociosas e interminables y pueden recibir el dictado de verdaderas o falsas, según como se coloque el prisma con que se las mire. Mas, luego les aplica a algunos problemas de este género, tales como el de la existencia de Dios, de la acción de un designio en el universo (o sea la Providencia) el del libre albedrío y el determinismo (haciendo de esta cuestión una tesis metafísica y no psicológica), les aplica el infalible reactivo pragmatista y se pregunta tan sólo cuál solución sería más conveniente para la conducta en las tres siguientes tesis y antítesis, o dilemas: que Dios exista o no exista; que haya un designio en el universo o no; que la voluntad sea libre o no.

Paso a paso, en las lucubraciones de Mr. James se va cristalizando que para obrar mejor nos interesa creer en la existencia de Dios, en la acción de un designio en el universo y en el libre albedrío. El nuevo árbol del pragmatismo, esponjado en sus principales consecuencias, por uno de sus más preclaros sostenedores, va a cubrir con su sombra al añoso tronco del tradicionalismo. Me imagino el placentero recogimiento que producirá en ciertas almas este hecho. El gran psicólogo, después de haber remontado la cumbre del saber por el camino de la ciencia, ansioso de nuevos horizontes, va a buscarlos al templo proteiforme del deísmo. Además, por su defensa del libre albedrío, y de la idea de una vida futura, en cuanto sirven para favorecer nuestra mejor conducta, y sosteniendo que lo primero es obrar bien y que después viene el pensar bien, Mr. James comulga en los altares del moralismo criticista, la tendencia que han defendido en la segunda mitad del siglo xix Mrs. Renouvier y Secretan.

Aunque parezca redundancia, debemos decir, con todo, que existe una diferencia profunda entre el tradicionalismo y el moralismo por un lado, y el pragmatismo por otro. Las creencias que hemos citado recientemente sobre la divinidad, la vida futura, la Providencia y el libre albedrío, son para el tradicionalismo y el moralismo representaciones de cosas que existen en sí o de atributos que se hallan dotados de existencia real, mientras para el pragmatismo son sólo creencias, desprovistas de toda objetividad, imágenes útiles para nuestra conducta, son, casi casi, ilusiones, añagazas o señuelos destinados a darnos vigor en nuestro bregar continuo por las variadas corrientes de la vida.