III

Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840; "escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".

La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.

Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de El Salvador, por el barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa, antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente, y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.

Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía, paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es, hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra, estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública. Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas, completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:

Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de física; la geografía y cronología completas; y por último toda la historia antigua hasta la caída del Imperio romano.

En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.

En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso apostolado.

Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para cultivar el corazón de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes á compensar el influjo esterilizante del pernicioso régimen intelectual impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el prestigio de su carácter, su influencia personal, la aureola que á los ojos de todos, grandes y pequeños, le creaba esa tan feliz combinación de un saber extraordinario con la más ardiente y previsora caridad. En el ejercicio del arte de la educación, lo mismo que en todas las aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las facultades especiales, decidido á emplearlas sin tasa en su ministerio, basta á menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para salvar los inconvenientes de la más escabrosa situación.

Lo verdaderamente admirable en José de la Luz era el conjunto de sus cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios, leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria, ó un perfume que necesariamente se desvanece en sus Aforismos, en las áridas páginas del Informe sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia privada, si llegara ésta á reunirse y publicarse. Los que tuvieron la dicha de conocerlo é íntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable tarea sería pintarlo y explicarlo hoy á los que en Cuba han venido al mundo después, y con pena se dirán que la hermosa figura ha de ir menguando y esfumándose en el horizonte de la historia cubana á medida que van desapareciendo de la escena sus discípulos. Yo debo á la fortuna el privilegio de haber vivido á su lado los doce años mejores de mi existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para mí Luz más que un escritor, que un filósofo, que el jefe de un gran colegio, fué un prodigio de bondad y abnegación, un ser completo, seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningún otro he conocido jamás. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante intimidad con él, viéndolo en todas las situaciones, en buena salud y durante penosas enfermedades, en la alegría y en la tristeza, en sus horas de satisfacción mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en períodos amargos cuando la ingratitud ó la injusticia disparaban contra él saetas envenenadas, ó bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de los varios desastres de su vida doméstica atormentaba su corazón, jamás sorprendí en aquel noble espíritu un instante de desaliento, un rasgo de cólera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.

Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad de la vida de algunos personajes célebres, se han preguntado varios si no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un papel distinto, y á ocasiones hasta opuesto al que en la vida real desempeñaron. Es lo cierto que á menudo así sucede; pero los discípulos de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios brotaban los preceptos de la moral más elevada, en cuyo rostro nunca hubo máscara ninguna, á quien nadie superó en la pureza y austeridad de sus costumbres.

Pronto se vió que el colegio respondía positivamente á una necesidad en el país, y fué preciso agrandar el edificio para dar cabida á los numerosos internos que de toda la isla acudían. La marcha general del establecimiento quedó regulada desde el primer día conforme á las ideas particulares del director, y con tanto acierto y seguro resultado que hasta lo último se respetaron y conservaron sin alteración sustancial.

Lo que había llamado método explicativo fué, por decirlo así, norma de las clases, no sólo de lectura, donde era una necesidad, sino de toda la enseñanza del colegio, con objeto de habituar los alumnos á darse cuenta exacta de lo que aprendían, á no confiar nada á la memoria únicamente y solicitar explicaciones de todo, tanto mientras duraban las clases como á otras horas del día, para lo cual estaba siempre el director en la casa y dispuesto á resolver las dudas y dificultades de todos.

Traspasó al colegio su biblioteca particular muy numerosa y escogida, y como otra de las reglas generales era exigir de los alumnos, una vez todas las semanas, composiciones originales y breves en aquellas clases en que la materia lo consentía, muchos acudían al director en busca de una indicación como punto de partida, ó de libros donde estudiar más extensamente el tema de la disertación, y él, amoldándose al grado y carácter de la inteligencia de cada uno, los ayudaba siempre de algún modo á salir airosamente del empeño. "El arte de escribir con perfección debe contarse entre los privilegios del genio", había dicho en el Informe sobre el Instituto; es lo cierto que no se tendía en el colegio á formar artistas de frases, pero aconsejaba siempre adiestrarlos todo lo posible, "para hacer perder á los jóvenes aquel horror por la composición que les hiela la mano, al empuñar la pluma".

En cuanto al régimen interno era la costumbre emplear pocos castigos y del carácter más anodino posible; mantener la mayor familiaridad entre alumnos y profesores, nada de ceremonias, ningún uniforme, ningún besamanos, cuidando siempre de avivar el afecto como más segura vía por donde ahuyentar el menosprecio. El director era cariñosamente llamado por todos sin excepción Don Pepe, nombre que desde mucho antes se le daba por todo el país. Aplicóse también desde el principio la regla de preparar los alumnos de más juicio y mayor edad para maestros, confiándoles pequeñas clases de menores, formando así con ellos un grupo intermedio entre el cuerpo de profesores y la masa de los educandos, lo que ayudaba eficazmente á aunar y solidarizarlo todo.

En los primeros años no vivía Luz en el edificio mismo del colegio, sino en una casa próxima con su esposa y con su hija; mas antes de salir el sol estaba siempre presente para recibir los alumnos al bajar de los dormitorios y reunirlos en una pequeña capilla; ahí, todos de rodillas, él solo de pie en el centro, recitaba una oración por él mismo compuesta y que repetían en coro, breve acción de gracias al Señor "por todos los beneficios dispensados durante el día anterior y principalmente por la tranquilidad de nuestras conciencias". En ella se intercalaban otras cosas en días fijos, como el místico soneto atribuído entonces á Santa Teresa; "No me mueve, mi Dios, para quererte..." que se decía siempre los viernes así como los sábados la Salve á la Virgen María. Esta costumbre fué perdiéndose, y á medida que iba Luz por sus males levantándose menos temprano por la mañana acabó por suprimirse. Nunca hubo en el colegio profesor ó empleado que fuese tan religioso como él, jamás autorizó ni con su enseñanza, ni con sus actos la entera supresión de las prácticas de la Iglesia por sus discípulos, y es un hecho que los numerosos alumnos del Salvador que salieron de allí tibios ó indiferentes en materia religiosa no siguieron sus huellas.

Las clases superiores de filosofía, es decir, de lógica, psicología y moral estuvieron en toda época á su cargo, y cuando allá hacia el fin de sus días no le era posible desempeñarlas, se suponían siempre en la lista de profesores como reservadas para él, y confiadas á un interino, cuyo nombre no se imprimía en el elenco. En sus tiempos de buena salud daba una clase superior de lengua latina, en la cual se estudiaban gramatical y literariamente los grandes autores, y para los ejercicios de versión del castellano al latín traducía él mismo y dictaba trozos de los diálogos de Luis Vives, comparaba los trabajos con el original haciendo resaltar la elegante latinidad del famoso valenciano que mucho admiraba. También tomó para sí al principio la clase de alemán, y por algún tiempo otra en que, bajo el nombre de religión, explicaba historia sagrada é interpretaba directamente del texto del Padre Scio capítulos de la Biblia.

Pero su verdadera cátedra era la que ocupaba una vez por semana, los sábados, á la hora en que se suspendían los trabajos hasta el lunes siguiente, y desde ella improvisaba durante veinticinco ó treinta minutos un sermón laico, tomando por lo general como punto de partida algunos versículos de los Evangelios, con mayor frecuencia de las epístolas de San Pablo. Era siempre una sencilla y vigorosa lección de moral práctica al alcance de todos, pero á veces arrebatado por súbita inspiración se elevaba agrande altura, irguiéndose lleno de energía, agitando sus largos brazos con el libro abierto en una mano, alzando la voz que era de un timbre grave y varonil; y sacudiendo la atmósfera moral de aquel recinto, de tal manera que hombres y niños, pues muchos de los empleados se agolpaban á las puertas del salón, creían sentir pasar sobre sus cabezas algo sobrenatural, algo como una voz potente y vibrante de profeta anunciando, adivinando un misterioso porvenir.

Mientras vivió el fundador, continuó la casa, como he dicho, bajo su dirección inmediata: ésta duró unos catorce años, después continuó abierta cerca de ocho más con José María Zayas, su colaborador, al frente, hasta zozobrar por último en la tormenta política producida por la insurrección de 1868. Son las tres fechas capitales de su historia; la fundación en 1848, la muerte de Luz en 1862 y la supresión en 1869. Aparte de esto hubo otros graves momentos, otras crisis peligrosas que amenazaron su existencia.

En 1850 perdió Luz á Luisa, su única hija, de diez y seis años de edad, cuya inteligencia y cuyo corazón había él educado y cultivado con amoroso esmero, y cuya sonrisa embellecía su vida de abnegación, austeridad y sacrificios. Muchos temieron que fuese el golpe demasiado rudo para aquella organización depauperada por los padecimientos, y en los primeros días se le vió en efecto, sumido en invencible melancolía; pero de esta clase de dolores suele la voluntad, á costa de vigoroso esfuerzo, lograr señorío completo, cuando el paciente sabe imponerse algún gran deber, ó descubrir algún sendero oculto y escarpado que recorrer en bien de sus semejantes. Así fué, y pronto reanudó sus tareas del colegio, volviendo á hacer todo lo que antes hacía, con el mismo afectuoso interés, sin aludir en ningún caso á la hija perdida, sin pronunciar una palabra que pudiera autorizar á nadie para dirigirle frases vulgares de consuelo ó simpatía. Algunas veces el que lo mirase con atención, cuando escuchaba de pie en el umbral de un cuarto de clase la lección de un niño ó la explicación de un profesor, podía adivinar la presencia constante de la imagen adorada, porque algo de súbito empañaba sus ojos, como si una nube pasara oscureciendo el fulgor de sus pupilas; pero "el espartano", como él mismo se llamaba, el herido espartano continuaba siempre dueño de sí mismo, sin ceder á la debilidad de buscaren lamentos inútiles alivio á su dolor. Todos, como obedeciendo á una consigna, se abstenían con sumo cuidado de la más leve alusión al triste suceso. Por esa razón ocho años después, en el discurso con que terminaban siempre los exámenes de fin de año, y que esa vez compuso y leyó en su nombre Antonio Angulo, el discípulo querido, causó en todos la mayor sorpresa oirle decir que por su conexión con el colegio tenía la dicha de mantener vivos en su corazón los dulces y puros sentimientos de la paternidad, ventura de que parecía haberme privado para siempre un terrible é inescrutable decreto del Eterno. Fué tan profunda la emoción entre alumnos, profesores y amigos allí presentes, á causa del inquebrantable silencio guardado tanto tiempo, que pareció la alusión en el primer instante un rasgo de excesiva audacia del discípulo, y apenas osaban volver la vista hacia el maestro, por miedo de ver su rostro surcado de lágrimas imprudentemente arrancadas en presencia de tan numeroso público.

En 1852 sobrevino una nueva invasión del mismo morbo asiático, que arrebató dos años antes á la hija de Luz, penetrando esta vez en el colegio y llevándose en pocas horas uno de los pupilos. Fué preciso cerrar la casa temporalmente. Durante esta suspensión estableció José María Zayas en otro lugar de la ciudad y por su sola cuenta un nuevo colegio, que denominó Colegio Cubano y puso en duda peligrosa la reapertura del Salvador, porque la voz pública, sin razón especial, pues la epidemia había diezmado por igual toda la ciudad, tachaba de insalubre el barrio del Cerro, y porque gozaba Zayas del prestigio de haber sido principal colaborador de Luz. Recibió éste el golpe con su ecuanimidad genial, y sin formular, en voz alta por lo menos, queja alguna de tan inesperada competencia, abrió las puertas del colegio, una vez desaparecida la epidemia, y reanudó las tareas, aumentando la carga sobre sus hombros y encargándose por algún tiempo de nuevas clases, entre las que resultaban vacantes por la retirada de Zayas, sus dos distinguidos hermanos, Juan Bruno y Francisco, y algún otro profesor.

Aunque el nuevo colegio de Zayas no debía vivir mucho tiempo, era evidente que, dados los rumores persistentes sobre la insalubridad del barrio del Cerro, sería imprudente seguir con el Salvador donde estaba, luchando sin seguridad de triunfo contra arraigada preocupación. No quedó por último más recurso que trasladarlo al centro de la ciudad, y abandonó Luz, bien á su pesar, el viejo edificio, que aun irregular y agrandado á pedazos, compensaba muchos inconvenientes con sus arbolados y su frescura.

Los cinco años que permaneció el colegio en el interior de la capital, en una casa no pequeña pero encajada en un montón de otras y sin la abundancia de luz y aire á que se estaba acostumbrado, parecieron á todos largo y penoso cautiverio. En ese período perdió Luz su anciana madre, á cuyo lado había vuelto en busca de cariñoso abrigo, y determinó entonces no salir más del establecimiento ni de noche ni de día, resuelto á no contar con más familia en lo adelante que sus discípulos, sus hijos espirituales, para usar la frase con que á ellos se refiere en su testamento.

El cautiverio duró hasta mediar el año de 1859; disipadas las preocupaciones del público volvió el Salvador al mismo Cerro, aunque no á casa tan amplia ni á terreno tan vasto como antes. Pero la salud de Luz decaía visiblemente, el orden interior del establecimiento sufría por falta de una mano experta que llevase las riendas y evitase al director descender á multitud de pormenores. Temiendo, pues, que la acción recrudecida de sus antiguos padecimientos lo debilitase demasiado, aceptó de los compatriotas distinguidos que lo habían ayudado pecuniariamente en la traslación al Cerro la proposición de confiar nuevamente la vicedirección á J. M. Zayas, que con tan buen éxito la había desempeñado al principio y se manifestaba ahora pronto á continuarla. Asentir no le costó ningún esfuerzo, porque lo pasado apenas había dejado vestigios en su memoria, y siempre había apreciado en Zayas uno de los mejores discípulos del colegio primero que dirigió á su vuelta de Europa. Causóle en seguida verdadera satisfacción observar que, en cuanto á carácter, el que volvía á su lado era casi un José María Zayas distinto del de antes, como domado por la edad, suavizado por la influencia de la familia, la esposa y los hijos que ahora le acompañaban.

Desde esa fecha todo siguió su marcha sin otro grave tropiezo: la hábil organización bastó para resistir los efectos del inmenso vacío que dejó la desaparición del fundador en 1862, continuando el colegio abierto y con idéntico crédito hasta la orden gubernativa de la clausura en 1869.

No mucho pudo hacer Luz en él durante sus últimos tres años. Ya no desempeñaba ninguna clase, accesos frecuentes aumentaban su debilidad y acercaban el triste desenlace, pero con la fisonomía llena de expresión, la voz entera y los ojos brillantemente húmedos como siempre, la delgadez de los miembros y la inclinación de las espaldas revelaban solas su constante decaimiento. No podía ya escribir, á menudo ni siquiera leer, mas la curiosidad con que seguía los vaivenes de la política en el mundo no se extinguía, ni tampoco su interés por cuanto en ciencias ó en letras se publicaba de notable; varios de sus discípulos antiguos se encargaban de ir dándole cuenta de lo más importante, y era un encanto oirlo disertar elocuentemente sobre los más variados asuntos, juzgar seguramente, por los datos que se le suministraban, autores y libros, en el lenguaje familiar, expresivo, que le era habitual y producía tanta impresión.

Recibía siempre las grandes revistas inglesas, se hacía leer sobre todo la Westminster Review, muy atento al movimiento filosófico en la patria de Locke, siguiendo con intensa curiosidad el desarrollo y final engrandecimiento de la escuela que parte del ilustre autor del "Ensayo sobre el entendimiento humano", continúa con Hume, Bentham, Stuart Mill, y comenzaba en aquellos mismos momentos á descubrir los nuevos y dilatados horizontes en que debían brillar como astros rutilantes el libro de Darwin sobre el origen de las especies y la vasta generalización de Herbert Spencer. No es decir por de contado que adivinase Luz las grandes y fecundas consecuencias de lo que no hacía más que apuntarse; ni que las mágicas fórmulas: evolución, selección natural, supervivencia del mejor, penetrasen en sus oídos revelándole desde luego el secreto de todo lo que contenían. Era él y lo fué hasta el fin, sensualista convencido, "positivista" sólo en el sentido en que puede también decirse de John Locke, aunque la innata tendencia mística había ido pronunciándose más y más en su espíritu, por la influencia de las penas físicas, de los infortunios, de la fatiga del que ha luchado en terreno donde todo le ha sido hostil, hombres, cosas, elementos. Pero su alma de investigador sincero, de amante fiel y ardoroso de la verdad filosófica, alimentaba en su pecho eterna simpatía por cuantos buscaban, cualquiera que fuese el rumbo, la solución de los antiguos y espinosos problemas, que él también se había planteado y tratado de resolver con sus propios recursos.

Su adhesión á la escuela experimental era tan firme, tenía raíces tan hondas que ni siquiera las había sacudido el estudio á que, con entusiasta curiosidad, se había consagrado de los filósofos alemanes, leyéndolos asiduamente, meditando largamente sus profundos sistemas, para lo cual le era de preciosa utilidad el conocimiento perfecto que de la lengua llegó á poseer, como rara vez lo obtienen extranjeros de raza latina cuando no han sido educados allí mismo. Ni aun el ilustre Kant, que tan excepcional posición ocupa en el desarrollo del pensamiento filosófico moderno, logró conquistarlo enteramente, bien que lo reconocía en cierto modo como el continuador de Locke[51]. Una de las veces que lo cita, en el curso de sus polémicas, no olvida añadir: "¡y cuidado que yo no soy ningún partidario suyo!" En otra ocasión de la misma controversia sobre el escepticismo había dicho: "Ocioso es recordar que no pertenezco á la escuela de Schelling"[52].

Con la mayor atención estudió tanto á Kant y Schelling como á Fichte y á Hegel; por él tuvo la juventud cubana alguna idea de las originales y atrevidas teorías de esos sublimes idealistas, pero siempre acompañada en sus lecciones de todos los correctivos necesarios para evitar el abismo en que forzosamente caen cuantos, abandonando el camino lento y seguro de la experiencia, confían orgullosamente á la imaginación la tarea de descubrir é iluminar con su fumosa antorcha senderos diferentes.

"Nadie mejor que yo" dijo en otro lugar "podía á mansalva haber recogido mies abundante de Alemania, y aun haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación á quien idolatro; pero he considerado en conciencia, á pesar de haberme tomado el trabajo de estudiarlo, que podía más bien dañar que beneficiar á nuestro suelo"[53].

Incomprensible sería que quien se expresaba de ese modo, en tan reposado y convencido tono; quien había resistido á la seducción de esos grandes metafísicos, leídos en su lengua y estudiados en el momento de su brillante novedad, acabara por dejarse caer en brazos de otro filósofo alemán de cuantía mucho menor, Krause, en realidad un pigmeo al lado de Hegel ó de Schelling, creador de un sistema que es una especie de eclecticismo, pues reúne bajo la enseña de "la armonía" multitud de cosas diferentes, traídas de aquí y allá, á las que por su cuenta poco agrega de valor trascendental. Sin embargo, una y otra vez, en Cuba y fuera de Cuba, se le ha contado entre los seguidores de ese filósofo; un crítico español contemporáneo, Menéndez y Pelayo, después de leer la biografía escrita por J. I. Rodríguez afirma que "no yerran los que quieren emparentarlo con los krausistas y con Sanz del Río"; y el malogrado Antonio Angulo y Heredia, el discípulo en quien fundó Luz tantas esperanzas, dijo en una conferencia del Ateneo de Madrid que había mirado Luz "con singular predilección ese gran sistema de divina consoladora armonía creado por el inmortal espíritu de Krause"[54].

No hay una línea en los escritos impresos de Luz ni se recuerda frase alguna de sus discursos improvisados en el colegio, que justifique ni aun vagamente esa extraña predilección. Angulo mismo en un folleto publicado posteriormente atenuó mucho la fuerza de sus palabras agregando que sólo había querido apuntar que tuvieron Luz y Krause algunas ideas parecidas[55].

En materias puramente literarias no alcanzaba Luz el mismo alto nivel que en filosofía ó en ciencia pedagógica, como lo revelan el andar lento y sólido, el estilo sin adornos del Informe sobre educación y la forma rigurosamente dialéctica de que poco se aparta en las polémicas. Solamente en los aforismos descubre á veces algún empeño de perfeccionar y variar su estilo, y ahí mismo en pos del vigor más bien que de la belleza de la expresión. Por tendencia natural de su espíritu buscaba antes que todo en las obras de arte el carácter moral, el interés humanitario, la aplicación práctica, directa, á las necesidades de la civilización universal; otras manifestaciones de poesía más pura ó más elevada, ajenas á toda idea de utilidad social lo mismo que á todo optimismo convencional, despertaban menos su simpatía. Así, por ejemplo, prefería á Lessing entre los escritores alemanes, no se cansaba de admirar y recomendar el hermoso poema dramático "Nathan el sabio" como insuperable dechado de generosidad y nobleza de sentimientos elocuentes. No es decir que fuese insensible á la gran poesía; en la pared de su gabinete particular había lugar para un solo cuadro, y lo llenaba un magnífico retrato del autor de Fausto grabado sobre acero.

A ningún poeta moderno ha dirigido alabanzas tan calurosas y cordiales como á Alejandro Manzoni, hasta tocar en alguna de ellas el límite último de la hipérbole. De la oda célebre á la muerte de Napoleón, Il Cinque Maggio, dice que "fué dictada por Dios", que con ella "quedaron vencidas y superadas todas las inspiraciones"[56]. Estos elogios, que deben parecer excesivos aun á admiradores de esa magnífica composición, nacieron de la vivísima simpatía que sintió tanto por el hombre como por el poeta, "el alma más pura", agrega, "de cuantas han respirado el aire de las letras en el siglo XIX, una de las más eminentemente religiosas que en el mundo fueron y más llenas de amor patrio". Encima del artista, encima del poeta, colocaba al creyente, al patriota, al sincero y piadoso apologista de la religión cristiana; ensalzaba al católico entusiasta y convencido, por razones idénticas á las que motivaban sus aplausos al juicioso y tolerante Lessing.

Esas frases hiperbólicas son una opinión juvenil, el eco de una primera impresión, de un primer arranque de admiración. No mucho menor fué entre otros el efecto de la oda desde el momento de su aparición; pruébalo el sinnúmero de traducciones que se han hecho, la prontitud con que se sirvió de ella Lamartine para tomarle lo mejor que hay en una de sus Meditaciones, titulada Bonaparte, que con tan robustos versos parafraseó la Avellaneda. Hoy, sin embargo, sería difícil sostener que Il cinque Maggio, sea la mejor de las siete ú ocho obras maestras que en el género lírico, incluyendo los tres coros de sus dos dramas, nos ha dejado Manzoni; éste mismo, según cuenta César Cantú, su biógrafo y amigo[57], la estimaba en poco, la llamaba jocosamente quella corbelleria, y para explicar los defectos que le reconocía, recordaba que era la única de sus poesías compuesta en menos de tres días. Otra oda hay, parecida en el metro y corte de las estrofas, idéntica en estilo y precisión de lenguaje poético, La Pentecoste, escrita un año después, que con mejor tino crítico ponía Luz en altísimo lugar y frecuentemente recitaba, en especial la bella imagen de la palabra de los Apóstoles después de la bajada del Espíritu santo, comparada con la luz que envuelve los objetos y suscita los diferentes colores, en la estrofa que sublimemente termina así:

"L'Arabo, il Parto, il Siro

In suo sermón l'udi.

Su amor al poeta favorito era tan grande que, á pesar de admirar y leer mucho á Cervantes, de quien decía que era "el verdadero rey de España", "el escritor más original que ha existido", ponía inmediatamente al lado del Don Quijote la preciosa novela I promessi sposi, que releía á pedazos muy á menudo y de la que citaba á cada paso frases y palabras. Don Abbondio, el cura de la pequeña aldea lombarda, era para él, igual que para Gioberti en su "Ensayo sobre lo bello", un personaje tan animado, tan magistral y eternamente creado como el Sancho Panza inmortal del humorista español. Nunca probablemente se detuvo á considerar que con todas sus innegables excelencias produce en gran parte el novelista milanés la impresión de haber escrito un libro de propaganda, medio histórico y medio religioso, no tan interesante como las buenas novelas de Walter Scott, su verdadero modelo, y de propósito concebido con el primordial objeto de enaltecer la moral de la iglesia, ya antes defendida por él con tanto calor como saber en una extensa refutación de ciertos pasajes de la historia de Italia de Sismondi. Las figuras trazadas con mayor esmero, Fra Cristoforo, Federigo Borromeo, las escenas más vívidamente reproducidas, como el bello y largo final en el lazareto, dejan la obra un poco lejos del arte más desinteresado, más humano y generoso á que pertenece el Don Quijote. Pero á consideraciones de este género habría, es muy probable, respondido Luz que no entibiaban su admiración, pues en su poética no entraba esa distinción para imponerla á obras de arte y aquilatar sus méritos.

En los últimos años llegó á ser el colegio, en virtud de la creciente nombradía del director, como un lugar de peregrinación: deseaban con frecuencia conocerlo algunos de los extranjeros que pasaban durante el invierno por la ciudad, muchos cubanos de otras partes de la isla venían á menudo con sus familias, con hijos á veces todavía en la primera infancia, alumnos futuros, pidiéndole, como Franklin á Voltaire para su nieto, que posase la mano sobre sus cabezas en señal de bendición.

Entre los extranjeros vino un día la distinguida poetisa Julia Ward, esposa del célebre filántropo de Boston Samuel Howe, y en la historia de su viaje impresa poco después en Nueva York habla ella de Luz con tan fervoroso aprecio como pudiera haberlo hecho el cubano más reverente[58]. Esa visita dejó en Luz imborrable recuerdo, porque con Julia Ward tuvo el honor de conocer á un hombre excepcional, Teodoro Parker, uno de los grandes apóstoles de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, quien herido ya de muerte por la enfermedad que debía arrebatarlo al mundo en el año siguiente de 1860, viajaba en busca de cielo más propicio que el de la Nueva Inglaterra. El nombre del ilustre abolicionista sólo en voz muy baja podía ser pronunciado entonces en Cuba por temor de excitar la cólera fácilmente excitable de los dueños de esclavos; Luz que con ansia lo aguardaba estrechó con júbilo la mano del intrépido reformador que, con la palabra, con la pluma, con esfuerzo personal incesante de más de veinte años, había logrado despertar la patria de vergonzoso letargo y precipitar la hora de la justicia y la redención. Cuando los estados esclavistas se confederaron y declararon la guerra al gobierno de los Estados Unidos en 1861, ya el pobre Parker había expirado en Italia, cuyo clima menos ardiente que el de Cuba tampoco pudo atajar el mal devorador. Más de una vez pensaría Luz en el modesto túmulo del cementerio protestante de Florencia, donde yacía el apóstol, para deplorar que no hubiese vivido siquiera un año más, que no hubiese visto abrirse la crisis final, consumación de la obra á que se había consagrado y en que había gastado todas las potencias de su ser.

Luz también debía morir antes de ver definida la marcha de la guerra civil americana, antes de que el triunfo de la Unión y de la emancipación de los esclavos apareciese como seguro, cual lo anhelaba y tal como durante las primeras inciertas y confusas campañas militares apenas parecía lícito esperarlo. A veces, acongojado por el temor de la posible separación, buscaba consuelo pensando que siempre quedarían dos naciones republicanas de vastísima extensión, que por lo menos la libertad política no sufriría menoscabo esencial y que la redención de la raza esclava vendría siempre por la acción del tiempo: ilusiones que se forjaba para atenuar la gravedad del desastre, si lograban vencer los estados confederados y crear una nación con la esclavitud inscrita por base del pacto social.

Todas sus simpatías iban hacia el norte de los Estados Unidos, hacia las ideas y formas de la Nueva Inglaterra, hacia las dos escuelas literarias que allí florecían en torno de Emerson y de Prescott. Emerson particularmente era uno de sus autores más amados. La forma sentenciosa, el idealismo superior, y hasta la osadía aventurada de imágenes en prosa que distinguen al autor de tantos admirables "ensayos", de los incomparables retratos ó croquis biográficos titulados "Hombres representativos", eran cualidades como de propósito reunidas para entusiasmarlo, pues se conformaban á maravilla con sus ideas, con su manera de pensar y de escribir. ¡Qué hombre, qué frase, qué imagen! exclamaba recordando las palabras de Emerson sobre Webster, después de la capitulación en que el gran tribuno sacrificó en favor de los adalides esclavistas las opiniones de toda su vida: "Cada gota de la sangre de sus venas tiene ojos que miran hacia abajo".

Sus opiniones respecto del porvenir político de Cuba nunca variaron; creía que, mientras existiese en la isla la esclavitud, era locura pensar que por la fuerza pudiera sacudirse el yugo de España, que las sangrientas tentativas de lucha por la anexión á los Estados Unidos eran movimientos meramente superficiales, sin honda correspondencia en el país, y que el deber de un hombre en su posición era preparar las nuevas generaciones para las rudas faenas que más adelante forzosamente vendrían, acostumbrándolas á la tolerancia, á la fe en el esfuerzo individual, á la laboriosidad paciente, al hábito de manejarse y gobernarse por sí solos en los negocios ordinarios de la vida, inspirándoles invencible repugnancia á toda forma de servidumbre, material, moral ó intelectual. Mientras tanto daba el ejemplo de la dignidad silenciosa y virilmente resignada, absteniéndose de relaciones directas con las autoridades superiores de la colonia y respetando escrupulosamente las leyes y reglamentos. Así, aunque era cierto que desde las esferas del gobierno no se miraba su colegio con ojos favorables, nada podían legalmente hacer contra él, pues mostraba en los exámenes públicos todos los años, siempre presididos por algún representante oficial, que allí no se enseñaba cosa alguna que tendiese á subvertir el orden existente. Cuando venían los agentes de policía á pedir "de orden superior" que el colegio figurase en alguna lista de suscripción con fines políticos, como la guerra de Marruecos en 1860 ú otro suceso por el estilo, siempre contribuía, agregando á veces en voz baja: "doy al César lo que es del César". Sólo en una ocasión resistió indignado. Tratábase de regalar, por suscripción bautizada de popular, una espada de honor al general O'Donnell por sus triunfos en esa misma campaña contra los moros que le valieron el título de duque de Tetuán. Con la frente roja de emoción respondió Luz al empleado de policía: que había ya contribuído como era su deber á los gastos de la guerra, pero que ahora rehusaba, pues se trataba de glorificar á alguien de quien tenía graves y particulares motivos para sentirse personalmente agraviado. Aquella alma dulce y blanda, que todo lo condonaba y olvidaba, no podía perdonar los desafueros inexpiables de O'Donnell en Cuba, sátrapa feroz entre los feroces.

Discípulos y colaboradores se comunicaban día tras día la pena que les causaba verlo ir decayendo constantemente, y todos veían ya muy claro que el noble maestro no llegaría á edad muy avanzada. En los últimos tiempos no atendía al colegio con la asiduidad y consagración primitivas; á menudo se sentía incapaz de salir de su aposento, y en balde lo buscaban sus alumnos para contarle sus cuitas, comunicarle sus dudas ó pedirle su protección. El cuerpo se rendía, pero la inteligencia persistía incólume, no desmayaba su actividad y pedía siempre con interés noticias literarias y políticas. Uno de los profesores le leyó las líneas elocuentes que sirven de prólogo á Los Miserables, cuya primera parte era lo único llegado á la Habana, mientras él vivía; conmovido por las frases vigorosas en que anuncia el poeta el propósito generoso y compasivo de su obra, decía con tristeza que sentiría morirse antes de ver terminada la publicación. Y así sucedió, la empobrecida constitución cesó de funcionar, sin enfermedad bien determinada, por fatiga natural de los órganos, murió tranquilamente el 22 de Junio de 1862, pocos días antes de cumplir sesenta y dos años.

Los funerales tuvieron lugar en la tarde del día siguiente, y no obstante lo que en contrario se ha escrito[59], es notorio que fueron un acto de recogimiento silencioso, de tristeza sincera y profunda, sin mezcla de ningún otro sentimiento. Como en virtud de las leyes severas que regían no era permitido pronunciar discursos en el cementerio, solamente en la sala del colegio, antes de sacar en hombros el cadáver, en presencia de un número reducido de personas, hablaron brevemente algunos compatriotas distinguidos, en representación de la Universidad, de la Academia de ciencias, del colegio El Salvador, todos en el tono más grave y solemne, rigurosamente ajustado á la seriedad imponente de la ocasión. Un gran concurso de gente acompañó después á pie el cadáver hasta el camposanto, sin que se profiriese un grito ó se hiciese cosa alguna distinta de lo que se solía en los entierros; la diferencia únicamente consistió en el número extraordinario de los presentes y en el no fingido dolor que á todos afectaba[60].

Cuando en la mañana de ese día fatal cundió por la ciudad la noticia de que había fallecido el sabio y santo "maestro de la juventud cubana", prodújose emoción tan intensa que á los oídos y la vista de todos, hijos de Cuba lo mismo que españoles y extranjeros, se reveló cuan inmenso era el lugar ocupado en el corazón del país por el débil y modesto anciano que en ese momento desaparecía, tocando apenas los umbrales de la ancianidad, después de haber vivido sin más hogar ni más familia que el grupo de alumnos y profesores de un instituto privado de educación, casi del todo sin necesidades, como un anacoreta, más estrictamente que ninguno sometido á las reglas austeras de la casa, durmiendo en un catre abierto todas la noches, entre dos estantes, en un rincón del aposento donde se apiñaban los volúmenes de su rica biblioteca.

Para algunos de los jefes superiores de la administración de la isla, empleados venidos de España á formar la burocracia militar y civil que la regía, y que frecuentemente se sucedían unos á otros traídos ó llevados por los vaivenes de la política, fué signo ominoso aquel duelo universal, causado por la muerte de un hombre sin carácter oficial. Vieron con no disfrazada hostilidad que el Capitán general de la colonia, Don Francisco Serrano, futuro duque de la Torre, en quien residían las facultades de omnímodo dictador, que delegaba la metrópoli á sus procónsules de América, influído por algunos hijos del país entre sus amigos particulares, había dispuesto que el gobierno se asociase al sentimiento unánime del país, reconociendo los méritos eminentes del difunto educador por medio de ciertos honores, como invitar al entierro varias corporaciones oficiales, y cerrar durante tres días los Institutos de educación. Alarmados con tan desusado proceder, pidieron al voluble Capitán general que resarciese al menos el daño ya causado, ordenando que en el acto cesase toda manifestación pública en memoria de Luz, que volviese el país á su quietud y silencio habituales, y ni se pusiesen en letra de molde ni se pronunciasen públicamente las sílabas de su nombre y apellido. La orden era susceptible de inmediata y completa ejecución, merced al régimen de censura previa é irresponsable á que estaba allí sometida la imprenta; y desde aquel mismo momento el que hubiese juzgado solamente por apariencias podía haber pensado con asombro que el eterno olvido envolvía ya en su propia patria la memoria del hombre eminente, que había consagrado su fortuna, su posición independiente, su saber, su prestigio como el primer literato del país, á la tarea oscura de educar niños, de templarles el alma, como decía, para sostener la ardua lucha de la vida.

Unicamente dentro del recinto del hogar doméstico, era lícito recordarlo y encomiarlo sin provocar las iras de la autoridad. Por fortuna continuaba siempre abierto el Colegio, sus lecciones se conservaban escrupulosamente por un grupo de discípulos fieles, y todos los años, en una noche del mes de Diciembre, al terminar los exámenes generales que el instituto celebraba para satisfacción de las familias, era costumbre que el director y algunos de los profesores evocasen, en discursos esmeradamente preparados, la memoria del gran educador, cuya gloria, inmarcesible en aquella casa, era el lazo que á todos estrechaba. Esos discursos, reverentes y cariñosos, animados por honda, intensa gratitud, escuchados con ávido interés, con fe vivísima, producían, en virtud del entusiasmo con que eran acogidos, efecto mucho más grande de lo que podían imaginar los mismos oradores, y á veces á más de uno pareció que la sombra querida del maestro surgía inopinadamente, y pasando al través de la puerta de cristales de la biblioteca misma en que había estado expuesto su cadáver, venía á colocarse en el centro del grupo compacto de sus discípulos, tomaba la palabra, como en tantas ocasiones idénticas, y pronunciaba una de aquellas oraciones admirables, que aun los más jóvenes alumnos entendían, gracias á la exquisita naturalidad de su lenguaje sin aliño, y que hacía vibrar al unísono todos los corazones, arrebatados por el raudal de amorosos sentimientos en medio del cual brotaban sus frases apasionadas.

Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los años, en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba á unos cuantos centenares de cubanos, transformaba, por así decirlo, la fiesta privada en ceremonia patriótica de importancia trascendental; convertía la tranquila casa de educación en templo solitario donde, siquiera una vez, de año en año, se rendía homenaje á la virtud desinteresada, á la verdad, á la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la úlcera de la esclavitud doméstica, humillada por la férrea mano que la doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada más que murmurada, en un rincón de la ciudad, por unas cuantas familias y unos pocos fieles discípulos, tenía que llegar á los oídos de la autoridad como un desacato, é influyó sin duda en el Gobierno, cuando en 1869 suspendió al colegio la autorización de la enseñanza secundaria, para forzarlo á cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.

Mas ya en esa fecha las cosas habían sufrido en la isla cambio profundo. El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se había extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa perturbación subterránea, pues el gobierno ocultaba ó alteraba las noticias. Cuando con certeza se supo que la insurrección propagada por todo el Camagüey corría hacia las Villas, varios de los profesores abandonaron la capital para incorporarse á las filas revolucionarias, otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera, puede decirse que el decreto hostil no hizo más que apresurar el inevitable desenlace.

Horas amarguísimas habría tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en suerte la misma cifra de años que á otros compañeros de su juventud, hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se disiparía el hermoso sueño de gloria y de fortuna que había imaginado para todos y cada uno de sus discípulos. Para él la muerte temprana fué también, como para Agrícola, según las palabras de Tácito, favor que lo libró de mayor desgracia: ita festinatæ mortis grande solatium.

De esa manera evitó al menos, ser testigo de la dispersión y clausura del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de crueldades de las contiendas civiles; el país aterrado; las nuevas de tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis Ayestarán, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer año de medicina, otros muchos, bárbaramente condenados y sacrificados. La muerte fué esta vez también consuelo piadoso de la fortuna.