CAPÍTULO V.
Primera Iglesia de Jerusalem, enteramente cenobítica.
Año 35
La costumbre de vivir juntos, en una misma fé y una misma confianza, creó naturalmente hábitos comunes. Pronto se adoptaron varias reglas que dieron á esta Iglesia primitiva alguna analogía con los establecimientos de vida cenobítica que el cristianismo instituyó más adelante. Muchos preceptos de Jesús tendian á este fin; el verdadero ideal de la vida evangélica es un monasterio: no un monasterio cerrado con rejas, una cárcel al estilo de la edad media con separacion de ambos sexos, sino un asilo en medio del mundo, un espacio reservado para la vida del espíritu, una asociacion libre, ó pequeña congregacion íntima, trazando á su alrededor un vallado para que no entren en ella zozobras que perjudican á la libertad del reino de Dios.
Todos vivian, por consiguiente, en comunidad, no formando más que un cuerpo y un alma[242]. Nadie tenia nada suyo. Cuando entraban á ser discípulos de Jesús, vendian sus bienes y hacian donacion de su importe á la sociedad. Los jefes de esta distribuian luego el bien comun á cada uno segun sus necesidades. Habitaban en un solo barrio;[243], comian juntos y continuaban aplicando á la comida el sentido místico que Jesús habia prescrito[244]. Pasaban muchas horas orando; sus plegarias eran á veces improvisadas en alta voz, pero más á menudo meditadas en silencio. Los éxtasis eran frecuentes y cada cual se creia estar siempre favorecido por la inspiracion divina. La concordia que reinaba entre ellos era perfecta; nunca tenian ninguna discusion dogmática ni la menor disputa de amor propio, y la querida memoria de Jesucristo borraba todos los resentimientos. La alegría estaba en todos los corazones viva y profunda[245]. Su moral era austera, pero penetrada de un sentimiento dulce y tierno. Se agrupaban por casas para orar y entregarse á los ejercicios extáticos[246]. El recuerdo de aquellos dos ó tres primeros años, fué como el de un paraiso terrestre que nunca más volverá para el cristianismo, por más esfuerzos que haga. Efectivamente, ¿quién no comprende que semejante organizacion solo podia aplicarse á una pequeña Iglesia? Á pesar de esto, la vida monástica persiguió más adelante por su cuenta este ideal primitivo, que la Iglesia universal no se cuidó mucho de realizar.
Posible es que el autor de las Actas, á quien debemos la descripcion de esta primera cristiandad de Jerusalem, haya recargado algo los colores y exagerado especialmente la comunidad de bienes que hemos citado. El autor de las Actas, hace como el autor del tercer Evangelio, que en la vida de Jesús, acostumbra á desfigurar los hechos segun sus teorías[247] y que deja traslucir muy claramente su tendencia á las doctrinas del ebionismo[248], es decir, de la pobreza absoluta. No obstante, la relacion de las Actas no puede considerarse infundada respecto á este particular. Aun cuando Jesús no hubiese pronunciado ninguno de los axiomas comunistas que se leen en el tercer Evangelio, no hay duda que el renunciar á los bienes mundanales y la práctica de la caridad llevada hasta el punto de despojarse de todo lo que se poseyese, constituian el espíritu de su predicacion. La creencia del fin del mundo ha producido siempre el desprecio de los bienes terrenales y la vida en comunidad[249]. Por otra parte, lo que manifiestan las Actas está completamente de acuerdo con lo que sabemos del orígen de las otras religiones ascéticas, por ejemplo, del budismo. Esta clase de religiones principian siempre por la vida cenobítica. Sus primeros adeptos son una especie de frailes mendicantes. El seglar no figura entre ellos sino cuando estas religiones han conquistado sociedades enteras en las que la vida monástica solo puede existir por excepcion.[250]
Admitimos, pues, en la Iglesia de Jerusalem, un período de vida cenobítica. Dos siglos despues, los paganos todavía tenian al cristianismo por una secta comunista[251]. Debe recordarse que los esenios ó terapeutas habian dado ya el modelo de este género de vida, el cual provenia del mosaismo. Como el código mosaico era esencialmente moral y no político, su resultado natural era la utopia social, la iglesia, la sinagoga, el convento y no el estado civil, la nacion, ni la ciudad. El Egipto tenia, desde muchos siglos, reclusos y reclusas mantenidos por el Estado, probablemente en ejecucion de legados caritativos, cerca del Serapeo de Menfis[252]. Tambien debe tenerse en cuenta que semejante vida no es en Oriente lo que ha sido en nuestro Occidente. En Oriente, se puede disfrutar de la naturaleza y de la existencia sin poseer nada. El hombre es siempre libre porque tiene pocas necesidades y por lo tanto, la esclavitud del trabajo es completamente desconocida. Aunque el comunismo de la Iglesia primitiva no haya sido tan rígido ni tan universal como lo supone el autor de las Actas, lo cierto es que en Jerusalem habia una gran comunidad de pobres, gobernada por los apóstoles, á la que se hacian donativos de todos los puntos de la cristiandad[253]. Esta comunidad se vió obligada á establecer reglamentos bastante severos, y algunos años más tarde, hasta hubo de emplearse el terror para gobernarla. Se contaban de ella leyendas espantosas, segun las cuales el solo hecho de haberse apropiado algo de lo que hubiese sido dado para la comunidad, era señalado como un crímen capital y castigado con la muerte[254].
Los pórticos del templo, sobre todo el pórtico de Salomon, que dominaba el valle de Cedron, eran el lugar en donde acostumbraban á reunirse los discípulos durante el dia[255], recordando las horas que Jesús habia pasado en dicho sitio. En medio de la extrema actividad que reinaba al rededor del templo, debian ser estos muy poco notados. En las galerías que formaban parte de aquel edificio, habia varias escuelas y sectas y eran teatro de infinitas disputas. Además, los fieles de Jesús pasaban por muy devotos, porque todavía observaban escrupulosamente las prácticas judías, orando á las horas[256] fijadas y observando todos los preceptos de la Ley. Eran judíos que únicamente diferian de los demás en que creian que ya habia venido el Mesías. Los que no les conocian mucho, y estos eran el mayor número, los miraban como una secta de hasidim ó gentes piadosas. Para afiliarse á ellos[257] no era uno cismático ni griego, así como se puede ser discípulo de Spener sin dejar de ser protestante, ó de la órden de San Francisco ó de San Bruno, sin dejar de ser católico. El pueblo los amaba á causa de su piedad, su sencillez y dulzura[258], si bien los aristócratas del templo, los miraban quizás con desagrado. La secta, sin embargo, vivia tranquila, merced á su poco deseo de brillar.
Al volver por la noche los hermanos á su casa, cenaban, divididos en grupos[259], en señal de fraternidad y en recuerdo de Jesús á quien veian siempre entre ellos. El jefe de la mesa cortaba el pan, bendecia la copa[260], y la circulaba como un símbolo de union con Jesús, y de este modo, el acto más vulgar de la vida, convertíase en el más augusto y más santo. En estas cenas en familia, á que eran muy aficionados los judíos[261], rezábanse oraciones, reinaba una dulce alegría y todos creian hallarse aún en el tiempo en que el divino Maestro les animaba con su presencia, imaginándose verle, hasta el punto de que muy pronto circuló el rumor de que Jesús habia dicho: «Cada vez que corteis el pan hacedlo en memoria mia[262].» El mismo pan, llegó á ser en cierto modo Jesús, concebido como orígen único de fortaleza para los que le habian amado y vivian aún de él. Aquellas cenas, que fueron siempre el símbolo principal del cristianismo y el alma de sus misterios[263] se celebraban en un principio todas las noches, pero bien pronto la costumbre se practicó solo el domingo[264] por la noche[265] y más tarde, empezó á tomarse por la mañana la mística colacion[266]. Es probable que en aquel período de la historia á que nos referimos fué aún para los cristianos dia feriado el sábado[267].
Los apóstoles elegidos por Jesús y que se suponia habian recibido de él una órden especial para anunciar al mundo el reino de Dios, gozaban en la pequeña comunidad de una superioridad incontestable. Uno de los primeros cuidados de la secta, tan pronto como se vió establecida tranquilamente en Jerusalem, fué llenar el vacío que habia dejado Judas en su seno[268]; la opinion de que este último vendiera á su Maestro siendo la causa de su muerte, se iba generalizando cada vez más. El hecho pasaba al dominio de la leyenda, y todos los dias se averiguaba alguna nueva circunstancia que pintaba con más negros colores su traicion. Judas habia comprado un campo cerca de la antigua necrópolis de Hakeldama, al Sur de Jerusalem, y allí vivia retirado[269]. Tal era la ingénua exaltacion de la pequeña Iglesia, que para reemplazar á Judas se resolvió echar suertes: en las grandes emociones religiosas, es general emplear este medio, pues se admite como principio que nada es fortuito, que uno es el objeto principal de la atencion divina y que la parte que Dios toma en un hecho, es tanto mayor cuanto que la del hombre es más débil. Exigióse tan solo que los candidatos se eligieran en el grupo de los discípulos más antiguos que habian sido testigos de todos los acontecimientos desde el bautismo de Juan, y como esta circunstancia reducia mucho el número de aquellos, solo quedaron dos aspirantes, José Bar-sabá, por sobrenombre el Justo[270] y Matías, sobre el cual recayó la suerte y fué contado desde entonces en el número de los Doce. Pero ya no volvió á darse otro caso de semejante sustitucion, pues se consideró que los apóstoles nombrados por Jesús no debian tener sucesor. Evitóse tambien con sabia prudencia el peligro que ofrecia establecer un colegio permanente, donde se conservara toda la vida y la fuerza de la asociacion. La concentracion de la Iglesia en una oligarquía, no vino hasta más tarde.
Por lo demás, es necesario precaverse contra los errores á que ha dado lugar y puede dar el nombre de apóstol. En una época muy remota, por algunos pasajes de los Evangelios, y sobre todo por la analogía de la vida de San Pablo, se supuso que los apóstoles eran una especie de misioneros, especialmente viajantes, que se habian repartido el mundo de antemano y recorrian como conquistadores todos los reinos de la tierra[271]. Formóse sobre esta opinion una série de leyendas para la historia eclesiástica[272], pero nada hay más contrario á la verdad[273]. El cuerpo de los Doce permaneció por lo general en Jerusalem hasta el año 60, poco más ó menos, y los apóstoles no salieron de la ciudad santa sino para misiones temporales, lo cual explica la oscuridad en que estuvieron la mayor parte de los miembros del consejo central, pues muy pocos de ellos tuvieron representacion. Formaban una especie de colegio sacro ó senado[274] destinado únicamente á representar la tradicion y el espíritu conservador. Como no desempeñaban funcion alguna, no tenian que hacer otra cosa sino predicar y rogar[275]; apenas se conocian sus nombres fuera de Jerusalem y hácia el año 70 ú 80, las listas que se daban de estos Doce elegidos primitivos, no estaban de acuerdo sino en los nombres principales[276].
Los «hermanos del Señor» aparecen con frecuencia al lado de los «Apóstoles» aunque fuesen distintos[277], y su autoridad era inferior á la de los segundos, pero estos dos grupos constituyen en la iglesia naciente fundada tan solo en las relaciones más ó menos íntimas que sus miembros tuvieron con el Maestro. Aquellos eran los hombres que Pablo llamaba «las columnas de la Iglesia de Jerusalem[278],» y vemos, por lo tanto, que las distinciones de la gerarquía eclesiástica no existian aún. El título no era nada; la importancia personal lo era todo; el principio del celibato eclesiástico estaba sentado[279], pero necesitábase algun tiempo para el completo desarrollo de todos aquellos gérmenes. Pedro y Felipe estaban casados y tenian hijos é hijas[280].
El término usado para designar la reunion de los fieles, era la palabra del hebreo kahal que se sustituyó por la frase esencialmente democrática ἐκκλησία. Ecclesia es la convocacion del pueblo en las antiguas ciudades griegas, el llamamiento al Pnyx ó al ágora. Á partir del siglo II ó III antes de Jesucristo, las palabras de la democracia ateniense pasaron en cierto modo al dominio de la lengua helénica, y algunos de estos términos,[281] á consecuencia del uso que hacian de ellos las cofradías griegas, se adoptaron en la lengua cristiana. Esto era efecto del movimiento popular, que comprimido hacia siglos, seguia de nuevo su curso bajo formas enteramente distintas como querian serlo las antiguas repúblicas[282], pero menos exigente y desconfiada que aquellas ciudades, la Iglesia delegaba con gusto su autoridad: como toda sociedad teocrática trataba de abdicar en manos de un clero y era fácil prever que no pasarian más de dos siglos sin que toda aquella democracia se transformara en oligarquía.
El poder que se suponia á la Iglesia reunida y á sus jefes era inmenso, pues la primera conferia todas las misiones, guiándose únicamente para su eleccion de los signos que daba el Espíritu[283], llegando su autoridad hasta el punto de poder decretar la muerte. Referíase que solo á la voz de Pedro, algunos delincuentes habian caido en el suelo y expirado en el acto[284]; San Pablo no teme un poco más tarde excomulgar á un incestuoso «entregándole á Satanás para que muera su carne y se pueda salvar su alma en el gran dia del Señor[285].» Considerábase la excomunion como el equivalente de una sentencia de muerte, y no se dudaba que toda persona á quien los apóstoles, ó los Jefes de la Iglesia, habian separado del gremio de los santos, entregándole al espíritu maligno[286], no estuviese perdida. Suponíase á Satanás autor de las enfermedades; abandonarle el miembro gangrenado era como entregarlo al ejecutor natural de la sentencia; una muerte prematura se tenia por el resultado de uno de esos decretos ocultos, que segun la fuerte expresion hebráica, «extirpaba una alma de Israel[287].» Los apóstoles se creian revestidos de poderes sobrenaturales, y al pronunciar semejantes condenas, pensaban que sus anatemas no dejarian de caer sobre los culpables.
La terrible impresion producida por las excomuniones, y el ódio que inspiraban á todos los cofrades los miembros así separados del gremio de la Iglesia, podia en efecto en muchos casos producir la muerte ó al menos obligar al culpable á expatriarse. El mismo terrible equívoco se encontraba en la antigua Ley: «la extirpacion» implicaba á la vez la muerte, la expulsion de la comunidad, el destierro, un retiro solitario y misterioso;[288] y matar al apóstata ó al que blasfemaba, herir el cuerpo para salvar el alma, era una cosa legítima. Debemos recordar que hablamos de la época de los zelotas, que consideraban como un acto de virtud dar de puñaladas al que faltase á la ley[289], y es preciso tener en cuenta que algunos cristianos eran ó habian sido zelotas[290]. Casos como el de la muerte de Ananías y de Safira[291], no causaban el menor escrúpulo. La idea del poder civil era tan extraña á todo aquel mundo, que no se hallaba al alcance del dominio romano, ó estaba tan persuadida que la Iglesia era una sociedad completa que se bastaba á sí misma, que ninguno consideraba que un milagro fuese un atentado punible ante la ley civil por más que causara la muerte ó la mutilacion de una persona. El entusiasmo es una fé ardiente que lo cubre todo y todo lo excusa; pero comprendíase fácilmente cuán grave era el peligro que indicaban para el porvenir aquellas máximas teocráticas. La Iglesia está armada de un puñal; la excomunion será una sentencia de muerte; en lo sucesivo habrá en el mundo además del Estado otro poder que disponga de la vida de los ciudadanos; y á fé que si la autoridad romana se hubiese limitado á reprimir entre los cristianos y los judíos principios tan condenables, habria tenido mil veces razon. Pero en su brutalidad confundia la más legítima de las libertades, la de adorar cada uno á su modo, con abusos que ninguna sociedad ha podido jamás tolerar impunemente.
Pedro gozaba entre los apóstoles de cierta superioridad debida principalmente á su actividad y celo[292]: en los primeros años, apenas se separa de Juan, hijo de Zebedeo; ambos van casi siempre juntos[293], y su buena armonía fué á no dudarlo la piedra angular de la nueva fé. Jacobo, hermano del Señor, les igualaba casi en autoridad, al menos en una fraccion de la Iglesia, y en cuanto á ciertos amigos íntimos de Jesús, tal como las mujeres galileas y la familia de Betania, ya hemos dicho que no hay para que hablar de ellos. Menos deseosas de organizar y de fundar, las fieles compañeras de Jesús se contentaban con amar muerto al que adoraran en vida; alimentándose con su esperanza, las nobles mujeres que fundaron la fé del mundo, permanecian casi desconocidas de los hombres notables de Jerusalem, y cuando murieron, quedaron enterradas en el sepulcro con ellas los caractéres más importantes de la historia del cristianismo naciente. Los que desempeñan un papel activo son los que se llevan la fama; aquellos que se contentan con amar en secreto permanecen oscuros, pero seguramente les corresponde la mejor parte.
Inútil es decir que aquel pequeño grupo de gente sencilla, no tenia la menor idea de la teología especulativa, pues Jesús rehuyó siempre con la mayor prudencia toda cuestion metafísica, y no tuvo más que un dogma, su propia filiacion divina y la divinidad de su mision. Todo el símbolo de la Iglesia primitiva podia encerrarse en esta sola línea: «Jesús es el Mesías, hijo de Dios.» Esta creencia se fundaba en un argumento perentorio, en el hecho de la resurreccion, de la que figuraban como testigos los discípulos, por más que ninguno en realidad, ni aun las mujeres galileas, asegurará haber visto la resurreccion[294]; pero la ausencia del cuerpo y las apariciones que se siguieron despues, parece que equivalen al hecho mismo. Atestiguar la resurreccion de Jesús, era la mision que todos creian deber llevar á cabo ante todos[295], é imagináronse bien pronto que el Maestro habia pronosticado este acontecimiento. Recordábanse algunas de sus palabras que se creyó no haberse comprendido bien, y esto indujo á suponer que se habia anunciado la resurreccion[296]. La creencia en la próxima manifestacion gloriosa de Jesús era universal[297]; la palabra secreta que los cofrades se decian entre sí para reconocerse y fortificarse, era Maran atha, «el Señor va á venir»[298]. Creíase tambien recordar una declaracion de Jesús, segun la cual, no habia tiempo para que la predicacion alcanzara á todas las ciudades de Israel, antes que el hijo del hombre apareciese en su majestad[299]; pero entre tanto Jesús resucitado está sentado á la diestra de su Padre, y allí descansa hasta el dia solemne en que vendrá envuelto entre las nubes á juzgar á los vivos y á los muertos[300].
La idea que tenian de Jesús era la misma que aquel les diera: Jesús habia sido un profeta poderoso en obras y en palabras[301], un hombre elegido de Dios que recibiera una mision especial para la humanidad[302], mision que probó por sus milagros y su resurreccion. Dios le ungió del Espíritu Santo revistiéndole de fuerza; ha pasado haciendo bien y curando á los que estaban poseidos del demonio[303], porque Dios era con él[304]; es el Hijo de Dios, un representante de Dios en la tierra; es el Mesías, el salvador de Israel anunciado por los profetas[305]. La lectura de los libros del Antiguo Testamento, especialmente el de los Profetas y de los Salmos, era habitual en la secta, y al proceder á dicha lectura, fijábanse todos en la idea de encontrar siempre el tipo de Jesús; y persuadidos de que los antiguos libros hebreos estaban llenos de él, formóse desde los primeros años una coleccion de textos, sacados de los Profetas, de los Salmos y de ciertos libros apócrifos en los cuales, segun conviccion general, se predecia y describia de antemano la Vida de Jesús[306]. Este método de interpretacion arbitraria estaba adoptado en todas las escuelas judías; las alusiones mesiánicas eran una especie de juego de imaginacion, análogo al que hacian antiguos predicadores con los pasajes de la Biblia, trastornando su sentido natural y tomándolos como simples adornos de retórica sagrada.
Jesús, merced á su tacto exquisito de las cosas religiosas, no habia instituido ningun nuevo ritual, y por lo tanto, la nueva secta no tenia aún ceremonias especiales[307]. Las prácticas de piedad eran las prácticas judías; las reuniones no tenian nada de litúrgicas en el sentido preciso; eran sesiones de cofrades donde se rezaba, practicándose tambien los ejercicios de la profecía[308] y la lectura de la correspondencia. Allí no habia nada de sacerdotal: no hay sacerdote (cohen ó ἱερεύς); el presbyteros, es el anciano de la comunidad y nada más; el único sacerdote es Jesús[309]; ó en otro sentido, todos los fieles lo son.[310] Considerábase el ayuno como una práctica muy meritoria[311]; el bautismo era la señal de entrada en la secta[312] siendo su rito el mismo observado con Juan, pero se administraba en nombre de Jesús[313].
De todos modos, el bautismo no se creia una iniciacion suficiente si no era seguido de la colacion de los dones del Espíritu Santo[314], que se hacia prévia una oracion pronunciada por los apóstoles sobre la cabeza del neófito con la imposicion de las manos.
Esta imposicion ya tan familiar á Jesús[315], era el acto sacramental por excelencia[316]; conferia la inspiracion, la iluminacion interior, el poder de hacer prodigios, de profetizar y de hablar las lenguas, era lo que se llamaba el bautismo del Espíritu. Creíase recordar las siguientes palabras de Jesús: «Juan os ha bautizado por el agua, pero vosotros os habeis bautizado por el espíritu»[317]. Poco á poco formóse un conjunto de todas estas ideas y el bautismo se confirió, «en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo;[318]» pero no es probable que esta fórmula se emplease en los primeros dias de la época á que nos referimos. Vemos, pues, cuanta era la sencillez del primitivo culto cristiano, que no habian inventado ni Jesús ni los apóstoles, toda vez que fueron adoptadas antes por ciertas sectas judías estas graves y solemnes ceremonias que proceden al parecer de la Caldea, donde se practican aun con liturgias especiales para los Sabianos ó Mendaitas[319]. En la religion de Persia se encuentran tambien muchos ritos del mismo género[320].
Las creencias en la medicina popular, que tanto prestigio dieron á Jesús, se continuaban en sus discípulos: el don de curar era una de las gracias maravillosas que concedia el Espíritu[321]. Los primeros cristianos, así como casi todos los judíos de aquel tiempo, veian en las enfermedades el castigo de una falta[322] ó la obra de un demonio maligno,[323] y los apóstoles eran considerados del mismo modo que Jesús, como poderosos exorcistas.[324] Creíase que las oleaciones que hacian con la imposicion de las manos, invocando el nombre de Jesús, redimian los pecados, causa de la enfermedad y curaban estas[325]; el aceite ha sido siempre en Oriente el medicamento por excelencia[326], pero de todos modos, creíase que solo la imposicion de las manos de los apóstoles bastaba para producir los mismos efectos[327]. Esta imposicion se hacia por el contacto inmediato, y no es imposible que en ciertos casos, el calor de las manos, comunicándose vivamente á la cabeza, proporcionase algun alivio al enfermo.
Siendo jóven y poco numerosa la secta, no se entabló sino más adelante la cuestion de los muertos. Los primeros fallecimientos que ocurrieron entre los cofrades causaron un efecto extraño[328]. Preocupáronse de la suerte de los difuntos; pues deseaban saber si aquellos serian más favorecidos que los que sobrevivieran para ver por sus propios ojos el advenimiento del Hijo del hombre. Llegóse por fin á considerar generalmente el intervalo entre la muerte y la resurreccion como una especie de vacío en la conciencia del difunto.[329] La idea presentada en el Phedon, de que existe el alma, antes y despues de la muerte, de que la muerte es un bien, y aun de que es el estado filosófico por excelencia, pues entonces se encuentra el alma totalmente libre y desprendida, esta idea, repito, no era opinion decididamente admitida en los primeros cristianos; siendo lo más frecuente que considerasen no podia existir el hombre sin cuerpo. Y este modo de ver subsistió mucho tiempo sin que cambiara, hasta que la doctrina de la inmortalidad del alma, en el sentido de la filosofía griega, fué acogida en la Iglesia y se combinó bien ó mal con el dogma de la resurreccion y de la renovacion universal. Empero en la época á que nos referimos ahora, la creencia en la resurreccion reinaba casi exclusivamente[330]. El rito de los funerales era segun las apariencias el rito judío. No se le daba importancia alguna, y ninguna inscripcion indicaba el nombre del difunto, considerando tal vez que habia de ser pronta la resurreccion y que el cuerpo de aquel fiel cristiano habia de permanecer poco tiempo en la roca donde le depositaron. Cuidáronse muy poco de avenirse en cuanto á la cuestion de saber si la resurreccion seria universal, es decir, si comprenderia á los buenos y á los malos, ó si se aplicaria únicamente á los elegidos[331].
Uno de los fenómenos más notables de la nueva religion fué la reaparicion del profetismo. Hacia ya mucho tiempo que casi no se hablaba más de profetas en Israel; pero este género particular de inspiracion pareció renacer en la pequeña secta. La Iglesia primitiva tuvo muchos profetas, y tambien profetisas[332] análogos á los del Antiguo Testamento. Aparecieron igualmente los salmistas; y el modelo de los salmos cristianos lo encontramos seguramente en los cánticos que Lucas se complace en esparcir por su Evangelio[333], y que están basados sobre los cánticos del Antiguo Testamento. Estos salmos y estas profecías carecen de originalidad en cuanto á su forma; pero están animados y henchidos de un admirable espíritu de dulzura y de piedad; vienen siendo un eco amortiguado de las últimas melodías que produjo la sagrada lira de Israel; y no parece sino que fueron los salmos el cáliz de la flor, donde la abeja cristiana hizo presa de su primer jugo. El Pentateuco, era segun las apariencias, poco leido y poco meditado, sustituyéndolo con alegorías, á estilo de los midraschim judíos, en que se suprimia todo el sentido histórico de los libros.
El canto con que se acompañaban los himnos nuevos[334] era probablemente esa especie de sollozo sin notas bien marcadas y perceptibles, que continúa siendo el canto de los griegos, de los maronitas y de los cristianos de Oriente en general[335]. No es debido á modulaciones musicales, sino á un modo peculiar de forzar la voz, emitiendo por la nariz una especie de gemido en que todas las inflexiones se suceden con rapidez unas á otras. Ejecútase esta singular melopea, en pié, con la vista fija, la frente arrugada, las cejas fruncidas y con un esfuerzo aparente. Pronúnciase sobre todo con voz temblorosa la palabra amen, la cual hacia gran papel en la liturgia. Á imitacion de los judíos[336] usábanla los nuevos cristianos para manifestar la adhesion de la muchedumbre á la palabra del profeta ó del sochantre[337]. Acaso atribuíanse ya virtudes secretas á esta palabra, y por eso la pronunciaban con cierto énfasis. Ignoramos si este canto eclesiástico primitivo iba acompañado de instrumentos[338]. Respecto al canto íntimo, el que los fieles «cantaban en el fondo de su corazon[339],» y que no era más que la expansion y desahogo de aquellas almas tiernas, fervorosas y contemplativas, es de presumir que lo ejecutaban á media voz como las cantilenas de los lolardos de la edad media[340]. Por lo general aquellos himnos eran la manifestacion de la alegría que rebosaba en sus corazones. Una de las máximas de los sabios de la secta era: «Si estás triste, ora; si estás alegre, canta[341].»
Por lo demás, destinada simplemente á la edificacion de los fieles congregados, aquella primera literatura cristiana no se escribia. Componer ó escribir libros era una idea que á nadie se le ocurria, pues que Jesús habia hablado y recordaban sus palabras. ¿No habia prometido que la generacion de sus oyentes no pasaria antes que él reapareciera?[342]