CAPÍTULO III
EDUCACION DE JESÚS
Aquella naturaleza, á la vez risueña y grandiosa, constituyó toda la educacion de Jesús. Sin duda aprendió á leer y á escribir[102] segun el método de Oriente, el cual consistia en colocar entre las manos del niño un libro cuyo texto repetia cadenciosamente, en union de sus compañeros, hasta concluir por aprenderle de memoria[103]. Sin embargo, es muy dudoso que comprendiera bien los escritos hebreos en su lengua original. Sus biógrafos se los hacen citar como traducciones en lengua aramea[104]: sus principios de exegésis, si hemos de juzgar por los de sus discípulos, se parecian bastante á los que en aquella época se hallaban en boga, los cuales forman el espíritu de los Targums y de los Midraschim[105].
En las pequeñas aldeas judías, el maestro de escuela era el hazzan ó lector de las sinagogas[106]. Jesús frecuentó poco las escuelas, más elevadas, de los escribas ó soferim (tal vez en Nazareth no habia ninguna), y no poseyó ninguno de esos títulos que dan á los ojos del vulgo derecho á la sabiduría[107]. Sin embargo, sería grave error imaginarse que Jesús era lo que nosotros llamamos un ignorante. Bajo el punto de vista del valor personal, se hace en nuestros dias una distincion profunda entre los que han recibido una educacion escolástica y los que de ella carecen. Pero en Oriente, y por regla general en toda la buena época antigua, no sucedia lo mismo. El estado de rudeza en que permanece entre nosotros, á consecuencia de nuestra vida aislada y puramente individual, aquel que no ha frecuentado las escuelas, se desconoce en esas sociedades en que la cultura moral, y sobre todo, el espíritu general del tiempo se trasmiten por el contacto contínuo de los hombres. Frecuentemente el árabe que no ha tenido ningun maestro es sin embargo persona muy distinguida, y consiste en que su tienda viene á ser una especie de escuela, siempre abierta, de donde, gracias al constante roce de gente bien educada, nace un gran movimiento intelectual y hasta literario. La delicadeza de los modales y la finura del espíritu no tienen en Oriente nada de comun con lo que nosotros llamamos educacion. Al contrario, allí los hombres escolásticos son los que pasan por pedantes y mal educados. La ignorancia, que entre nosotros condena al hombre á un rango inferior, es en aquel estado social la condicion de las grandes cosas y de la grande originalidad.
Tampoco parece probable que supiese Jesús el griego. Á excepcion de las clases que participaban del gobierno de las ciudades habitadas por los paganos, como Cesárea, esta lengua estaba poco vulgarizada en Judea[108]. El idioma de Jesús era el dialecto sirio con mezcla de hebreo que entónces se hablaba en Palestina[109]. Con mucha más razon debe suponerse que no tuvo ningun conocimiento de la cultura griega. Aquella cultura se hallaba proscripta por los doctores palestinos, los cuales envolvian en la misma maldicion «al que criaba puercos y al que enseñaba á su hijo la ciencia helénica»[110]. De todos modos, aquella ciencia no habia penetrado hasta las pequeñas ciudades como Nazareth, si bien es verdad que, no obstante el anatema de los doctores, algunos judíos habian adoptado aquella cultura. Sin contar la escuela judía de Egipto, donde las tendencias para amalgamar el helenismo y el judaismo se continuaban desde hacia cerca de doscientos años, un judío, Nicolás de Damasco, llegó á ser por aquel tiempo uno de los hombres más notables, instruidos y considerados de su época. Josefo debia ofrecer bien pronto otro ejemplo de judío completamente helenizado. Pero Nicolás no tenía de judío sino la sangre, Josefo declara ser una excepcion entre sus contemporáneos[111], y toda la escuela cismática de Egipto se separó de Jerusalen tan completamente, que ni en el Talmud ni en la tradicion judía se encuentra el menor recuerdo. Lo que se halla fuera de duda es que el griego se estudiaba muy poco en Jerusalen; que los estudios helénicos se consideraban como peligrosos y hasta serviles, creyéndose buenos, á lo sumo, para servir de adorno á las mujeres[112]. Sólo el estudio de la ley pasaba por liberal y digno de un hombre grave[113]. Un ilustrado rabino, á quien preguntaron cuándo debia enseñarse á los niños la «sabiduría griega», respondió:—«Cuando no sea ni de dia ni de noche, puesto que está escrito en la Ley: tú la estudiarás dia y noche»[114].
Ningun elemento de cultura griega llegó, pues, á Jesús ni directa ni indirectamente. Nada conoció fuera del judaismo, y su espíritu conservó esa cándida franqueza que una cultura extensa y variada debilita siempre. Áun en el seno mismo del judaismo permaneció extraño á muchos esfuerzos frecuentemente paralelos á los suyos. Fuéronle desconocidos el ascetismo de los Essenios ó Terapeutas[115] y los hermosos ensayos de filosofía religiosa intentados por la escuela judáica de Alejandría, de los cuales era ingenioso intérprete su contemporáneo Filon. Las semejanzas que se encuentran á menudo entre él y Filon, esas excelentes máximas de amor de Dios, de caridad, de confianza en el Eterno[116], que vienen á ser como un eco entre el Evangelio y los escritos del ilustre pensador alejandrino, proceden de las comunes tendencias que las necesidades del tiempo inspiraban á todas las almas elevadas.
Por fortuna suya, no conoció tampoco la rara escolástica que se enseñaba en Jerusalen y que muy pronto debia constituir el Talmud. Quizás algunos fariseos la habian llevado ya á Galilea, pero Jesús no tuvo trato con ellos; y cuando vió de cerca aquella necia casuística, no le inspiró sino profunda repugnancia. Sin embargo de lo dicho, debe suponerse que los principios de Hillel no le fueron desconocidos. Hillel habia pronunciado, cincuenta años ántes que él, aforismos que tenian mucha semejanza con los suyos. Si fuese permitido hablar de maestro cuando se trata de tan elevada originalidad, podia decirse que Hillel, por su pobreza humildemente soportada, por la dulzura de carácter y por la oposicion que hizo á los hipócritas y á los sacerdotes, fué el verdadero maestro de Jesús[117].
Mayor impresion le produjo la lectura de los libros del Antiguo Testamento. De dos partes principales se componia el Cánon de los libros santos: de la Ley, esto es, del Pentateuco, y de los Profetas, tales como hasta nosotros han llegado. Aplicábase á todos esos libros una vasta exegésis, la cual trataba de deducir de ellos lo que en realidad no existia, pero que se hallaba conforme con las aspiraciones de la época. La Ley, que no representaba las antiguas leyes del país, sino más bien las utopias, las leyes facticias y los fraudes piadosos del tiempo de los reyes pietistas, habia llegado á ser un tema inagotable de sutiles interpretaciones, desde que la nacion dejó de gobernarse á sí misma. En cuanto á los profetas y á los salmos, la persuasion general era que casi todos los rasgos un poco misteriosos de aquellos libros se referian al Mesías, y de antemano se buscaba en ellos el tipo del que habria de realizar las esperanzas de la nacion. Jesús participaba de la opinion general respecto á aquellas interpretaciones alegóricas. Sin embargo, la verdadera poesía de la Biblia, que los pueriles exegetas de Jerusalen no comprendian, se revelaba plenamente á su hermoso genio. La Ley no tuvo para él mucho atractivo; sin duda tenía el convencimiento de poder realizar algo mejor que aquello. Pero la poesía religiosa de los salmos se halló en maravillosa consonancia con su alma lírica; los salmos son el alimento y el apoyo de toda su vida. Los profetas, particularmente Isaías y su continuador del tiempo de la cautividad, fueron sus verdaderos maestros, con sus brillantes ensueños del porvenir, su impetuosa elocuencia y sus invectivas mezcladas de cuadros encantadores. Sin duda leyó tambien várias de las obras apócrifas, es decir, varios de aquellos escritos modernos, cuyos autores se ocultaban tras el nombre de los profetas y de los patriarcas, á fin de darles una importancia y autoridad que no se concedian sino á los escritos muy antiguos. Uno de aquellos libros le llamó entre todos la atencion: tal fué el libro de Daniel. Escrito por un judío exaltado del tiempo de Antíoco Epifáneo, y puesto bajo la egida de un antiguo sabio[118], aquel libro era el resúmen del espíritu de las últimas épocas. Verdadero creador de la filosofía de la historia, su autor es quien por la vez primera se atrevió á mirar en el movimiento del mundo y en la sucesion de los imperios una funcion subordinada á los destinos del pueblo judío. Jesús llegó desde muy pronto á penetrarse de aquellas elevadas esperanzas. Acaso leyó tambien los libros de Henoch, venerados entónces al igual de los libros santos[119], y los demás escritos del mismo género que mantenian en contínuo y vivo movimiento la imaginacion popular. El advenimiento del Mesías con sus glorias y sus terrores, las naciones derrumbándose unas sobre otras, el cataclismo del cielo y de la tierra, tales fueron las ideas que formaban el alimento ordinario de la imaginacion de Jesús; y como quiera que aquellas revoluciones se anunciaban como próximas, y que muchas personas trataban de computar el tiempo en que habrian de ocurrir, el órden sobrenatural á que nos trasportan semejantes visiones le pareció en un principio la cosa más natural y sencilla.
De cada rasgo de sus más auténticos discursos resulta de un modo claro que no tuvo ningun conocimiento del estado general del mundo. Imaginábase que la tierra se hallaba todavía dividida en reinos que se hacian la guerra, y parece ignorar la «paz romana» y el nuevo estado social que inauguraba su siglo. Tampoco tuvo ninguna idea precisa del poderío romano; la sola cosa que llega hasta él es el nombre de «César.» Vió construir en Galilea y en sus inmediaciones á Tiberiade, á Juliade, á Diocesárea, á Cesárea, obras pomposas de los Heródes, los cuales trataban de probar con aquellas construcciones magníficas su admiracion por la cultura romana y su adhesion á los miembros de la familia de Augusto, cuyos nombres, extravagantemente alterados, sirven ahora por un capricho de la suerte para designar miserables villorrios de beduinos. Es probable que tambien viese á Sebaste, obra de Heródes el Grande, ciudad de aparato cuyas ruinas dan lugar á suponer que fué trasportada allí pieza á pieza como una máquina ya concluida que debia montarse en lugar determinado. Aquella arquitectura de ostentacion llevada á Judea por cargamentos, aquellos centenares de columnas, todas del mismo diámetro, ornato de alguna insípida «calle de Rivoli[*]», hé ahí lo que Jesús llamaba «los reinos del mundo y todas sus glorias.» Pero aquel lujo de encargo y aquel arte administrativo y oficial le causaban repugnancia. Sus aldeas galileas, mezcla confusa de cabañas, de eras y de prensas talladas en la roca, de pozos, de sepulcros, de higueras y de olivas, eso era lo que él amaba. Jesús permaneció siempre cerca de la naturaleza. La córte de los reyes se le representaba como un lugar en donde las personas llevan hermosos vestidos[120]. Las deliciosas imposibilidades en que abundan sus parábolas siempre que pone en escena á los reyes y á los poderosos[121] prueban que no concibió nunca la sociedad aristocrática sino como un jóven aldeano que ve el mundo por el prisma de su candidez.
[*] Una de las más rectas, largas y uniformes que tiene París.
Ménos aún conoció la idea nueva creada por la ciencia griega, esa idea que sirve de base á toda filosofía, que la ciencia moderna ha confirmado plenamente y que consiste en la exclusion de los dioses caprichosos á quienes la sencilla credulidad de las antiguas edades atribuia el gobierno del mundo. Cerca de un siglo ántes de él, Lucrecio habia expresado ya de una manera admirable la inflexibilidad del régimen general de la naturaleza. En las grandes escuelas de todos los países que habian recibido la ciencia griega, la negacion del milagro, deducida de la idea que en el mundo se produce todo por leyes invariables, sin ninguna intervencion personal de seres superiores, era ya un principio admitido. Quizás habia penetrado tambien en Babilonia y Persia. Jesús no tuvo noticia de aquel progreso. No obstante haber nacido en una época en que el principio de la ciencia positiva era ya proclamado, vivió en pleno sobrenatural. Tal vez nunca se hallaron los judíos tan sedientos como entónces de lo maravilloso. Filon, sin embargo de vivir en un gran centro intelectual y de haber recibido una educacion completísima, no poseia sino una ciencia quimérica y de mala ley. Bajo este supuesto, Jesús no se diferenciaba en nada de sus compatriotas. Creia en el diablo, al cual consideraba como una especie de genio del mal[122], y, como todo el mundo, se imaginaba que las enfermedades nerviosas eran producidas por los demonios, que se apoderaban del paciente, agitándole de contínuo. Para él no era lo maravilloso la excepcion, sino el estado normal. La nocion de lo sobrenatural, con sus imposibilidades, no apareció sino con la ciencia experimental de la naturaleza. El hombre ajeno á toda idea de física, que cree por medio de las preces se puede cambiar la marcha de los astros, detener las enfermedades y hasta la muerte misma, no encuentra en lo milagroso nada de extraordinario, puesto que el curso entero de las cosas es en su concepto el resultado de la voluntad libre de la divinidad. Ese estado intelectual fué siempre el de Jesús, pero semejante creencia producia en su grande alma efectos contrarios á los que ocasionaba en el vulgo. Entre las almas vulgares, la fe en la accion particular de Dios conducia á una credulidad simple y á los engaños de los charlatanes. En la suya se elevaba á una nocion profunda de las relaciones familiares entre el sér humano y Dios, y á una creencia exagerada en el porvenir del hombre; bellos errores que fueron el principio de su fuerza, porque, si bien ellos debian más tarde evidenciar sus preocupaciones á los ojos del físico y del químico, le dieron sobre sus contemporáneos un poder de que no hay ejemplo ántes ni despues de él.
Su carácter extraordinario se reveló desde muy temprano. La leyenda se complace en mostrarle desde su infancia en rebelion contra la autoridad paterna, y separándose de las vias comunes para seguir su vocacion[123]. Lo que al ménos hay de seguro es, que tuvo en poca cosa las relaciones de parentesco. Su familia no parece haberle amado[124], y en ocasiones se le nota cierta dureza para con ella[125]. Como todos los hombres verdaderamente preocupados de una idea, Jesús llegó á tener en poco los lazos de la sangre. El único que esa clase de naturalezas reconoce es el lazo de la idea: «Hé ahí á mi madre y á mis hermanos—decia extendiendo las manos hácia sus discípulos;—aquel que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana.» Las gentes sencillas no lo comprendian así, y un dia, dicen que una mujer que pasaba cerca de él exclamó: «¡Dichoso el vientre que te concibió y los pechos que te alimentaron!»—«¡Dichoso más bien—respondió[126]—aquel que escucha la palabra de Dios y la practica!» Su atrevida rebelion contra la naturaleza debia llevarle pronto mucho más léjos, y no tardarémos en verle menospreciando la sangre, el amor, la patria, cuanto constituye al hombre, para no albergar en su alma y su corazon sino la idea que se le presentaba como la forma absoluta del bien y de la verdad.