CAPÍTULO IX

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS

En aquel paraíso terrenal, que hasta entónces no habia probado apénas los efectos de las grandes revoluciones de la historia, vivia una poblacion en perfecta armonía con el país, esto es, activa, honrada, alegre y afectuosa. El lago de Tiberiade es acaso el más abundante en peces de cuantos existen en el mundo[374]; en aquella época habia establecidas pesquerías muy productivas, particularmente en Bethsaide y en Capharnahum, las cuales permitian á los naturales vivir con cierta comodidad. Aquellas familias de pescadores formaban una sociedad dulce y apacible, que se extendia por toda la comarca del lago que hemos descrito, gracias á numerosos lazos de parentesco. Sus escasas ocupaciones les dejaban tiempo y libertad suficientes para ejercitar su imaginacion: en aquellas reuniones de hombres sencillos y bondadosos, las ideas sobre el reino de Dios encontraron más crédito y mejor acogida que en ninguna otra parte. Nada de cuanto en sentido griego y mundano se llamaba civilizacion, habia penetrado hasta ellos. Aunque la bondad de aquellas poblaciones se hallase muchas veces más bien en la superficie que en el fondo, sus costumbres eran tranquilas, y no carecian de finura ni de inteligencia. Puede uno figurárselas como semejantes hasta cierto punto á los mejores pueblos del Líbano, pero con la ventaja de producir grandes hombres, la cual no tienen éstos. Jesús encontró allí su verdadera familia. Instalóse en medio de ellos, como si Capharnahum fuera su «ciudad natal»[375], y en aquel reducido círculo que le adoraba, olvidó á sus escépticos hermanos, á la ingrata Nazareth y su burlona incredulidad.

Una familia de Capharnahum le ofreció, entre todas, un asilo agradable y discípulos adictos. Componíanla dos hermanos, hijos de un tal Jonás, que probablemente murió en la época en que Jesús fué á establecerse á las márgenes del lago:—aquellos dos hermanos eran Simon, llamado Cephas ó Pedro, y Andrés. Nacidos ambos en Bethsaide[376], habian ya trasladado su domicilio á Capharnahum cuando Jesús comenzó su vida pública. Pedro estaba casado y tenía hijos; su suegra vivia con él[377]. Jesús amaba á aquella familia y hacia de su morada su residencia habitual[378]. Andrés parece haber sido discípulo de Juan Bautista: quizás le conoció Jesús en las orillas del Jordan[379]. Los dos hermanos continuaron siempre ejerciendo su oficio de pescadores áun en la época en que se hallaban más unidos al maestro[380]. Jesús, á quien no disgustaban los retruécanos, decia algunas veces que los convertiria en pescadores de hombres[381]. Y efectivamente, no tuvo discípulos más adictos ni más fieles que los dos hermanos.

Tambien la familia de Zabdia ó de Zebedeo, pescador acomodado y patron de várias barcas[382], dispensó á Jesús afectuosa acogida. Zebedeo tenía dos hijos; Santiago, que era el mayor, y Juan, cuyo papel debia ser tan importante y decisivo en la historia del cristianismo naciente. Ambos eran discípulos celosos. La mujer del Zebedeo, María Salomé, tuvo tambien gran afeccion á Jesús, y le acompañó hasta la hora de su muerte[383].

En general, las mujeres le acogian con solicitud. Jesús poseia esas maneras reservadas que permiten una dulcísima union de ideas entre ambos sexos. Sin duda entónces, como hoy, la separacion de hombres y mujeres que ha impedido en los pueblos semíticos todo perfeccionamiento delicado, era ménos rigurosa en las campiñas y en las aldeas que en las grandes poblaciones. Tres ó cuatro galileas de las más adictas acompañaban siempre al jóven maestro, disputándose el placer de cuidarle y de escuchar su palabra[384]. Aquellas mujeres llevaban á la nueva secta un elemento de entusiasmo y de maravilloso, cuya importancia se deja ya comprender. Una de ellas, María de Magdala, que tan célebre debia hacer en el mundo el nombre de su pobre villorio, fué á lo que parece persona muy exaltada. Segun el lenguaje del tiempo, habia estado poseida de siete demonios[385], ó lo que es lo mismo, habia padecido enfermedades nerviosas, cuya causa era entónces inexplicable. La belleza, la bondad y la dulzura de Jesús, calmaron aquella imaginacion desarreglada. La Magdalena le permaneció fiel hasta en el Gólgota, y al dia siguiente al de su muerte desempeñó un papel de primer órden; porque, segun verémos despues, su testimonio fué la base principal sobre la que se estableció la fe en la resurreccion. Juana, mujer de Kuza, uno de los intendentes de Antipas, Susana y otras mujeres, cuyos nombres permanecen en el olvido, seguian sus pasos, prestándole incesantes servicios[386]. Algunas de entre ellas eran ricas, y los recursos que proporcionaban al jóven profeta, le permitian vivir sin ejercer el oficio que hasta entónces habia profesado[387].

Otros muchos discípulos le seguian y le aclamaban por maestro, como por ejemplo, un tal Felipe de Bethsaide, Nathanael, hijo de Talmai ó Ptolomeo, natural de Caná, el cual perteneció tal vez á la primera época[388], y Matheo, que probablemente era el mismo que habria de convertirse despues en Xenofonte del cristianismo naciente. Matheo habia sido publicano, y como tal, manejaba sin duda el kalam con más facilidad que sus compañeros. Quizás pensaba desde entónces en escribir sus Logia[389]; las cuales sirven de base á todo cuanto sabemos respecto á la enseñanza de Jesús. Cítanse tambien entre los discípulos á Tomás ó Didymo[390], el cual fué, segun parece, hombre de corazon y de generosos arranques[391], si bien algo incrédulo, á Lebeo ó Tadeo, á Simon el Zelador ó el Cananeo[392], discípulo tal vez de Júdas el Gaulonita, y perteneciente á aquel partido de los Kenaim, que ya entónces existia, y que tan importante papel debia muy pronto desempeñar en los movimientos del pueblo judío, y por último, á Júdas, hijo de Simon, natural de Kerioth, que fué el único desleal entre aquel grupo de fieles adeptos, y cuya traicion debia granjearle tan triste renombre. Ménos Júdas, todos eran galileos. La ciudad de Kerioth se hallaba situada en la extremidad Sur de la tribu de Judá[393], á cosa de una jornada más allá de Hebron.

Hemos dicho ántes que la familia de Jesús no le era, en general, muy adicta[394]. Sin embargo, sus primos carnales, Santiago y Júdas, hijos de María Cleophás, figuraban desde entónces entre sus discípulos, y la misma María Cleophás se halló en el número de las personas que le acompañaron y le siguieron al Calvario[395]. Su madre no aparece en aquella época cerca de él: sólo despues de la muerte de Jesús fué cuando María adquirió gran consideracion[396] y cuando los discípulos trataron de atraerla hácia ellos[397]. Entónces fué tambien cuando, bajo el título de «hermanos del Señor», formaron los miembros de la familia del fundador un grupo influyente que por espacio de mucho tiempo estuvo al frente de la Iglesia de Jerusalen, y que se refugió despues en la Batanea, cuando la ciudad fué entrada á saco. Así como las mujeres y las hijas de Mahoma, que ninguna importancia tuvieron en vida del profeta, adquirieron despues de su muerte grande autoridad, de igual manera el solo hecho de ser pariente de Jesús fué entónces una recomendacion decisiva.

Entre aquella muchedumbre amiga, Jesús tenía indudablemente sus preferencias, y hasta cierto punto, su círculo de elegidos. Los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, parecen haber formado parte de los últimos. Ambos eran vehementes y apasionados en extremo. Á causa de su impetuosidad y de su celo excesivo, Jesús les aplicaba con mucho ingenio el sobrenombre de «hijos del trueno», significándoles que harian uso de los rayos si los tuvieran á su disposicion[398]. Al parecer, Juan tenía con Jesús cierta familiaridad que los otros no alcanzaron. Pero muy posible es que este discípulo, que escribió despues sus recuerdos de una manera que deja conocer demasiado el interes personal, exagerase el cariño que el maestro le profesaba[399]. De todos modos, se comprende por la lectura de los evangelios sinópticos, que Simon Barjona ó Pedro, Santiago, hijo del Zebedeo, y su hermano Juan, formaban una especie de comité ó círculo íntimo, al cual se dirigia Jesús en ciertas ocasiones en que dudaba de la fe y de la inteligencia de los demás[400]. Por otra parte, se ve que los tres se hallaban asociados en sus pesquerías[401]. La afeccion que Pedro inspiraba á Jesús era profunda: su carácter sincero, recto, decidido, franco y leal, gustaba mucho al maestro, á quien hacian sonreir á veces sus movimientos irreflexivos. Pedro, poco místico de suyo, le comunicaba sus dudas y sus debilidades humanas[402] con una ingenuidad y una honrada franqueza que recuerdan las de Joinville respecto á San Luis. Jesús le reprendia amistosamente, probándole con aquellas afectuosas reprensiones su aprecio y su confianza. En cuanto á Juan, su juventud[403], la ternura exquisita de su corazon[404] y lo vivo de su inteligencia[405] debian tener mucho atractivo. La personalidad de aquel hombre extraordinario, que tan vigoroso giro imprimió al cristianismo naciente, no se desarrolló sino en edad más avanzada. Era ya viejo cuando escribió respecto á su maestro ese evangelio rarísimo[406] que tan preciosas noticias contiene, pero en el cual, á nuestro juicio, se halla falseado el carácter de Jesús con harta frecuencia. La naturaleza de Juan era demasiado impetuosa y profunda para que pudiera amoldarse al tono impersonal de los primeros evangelistas. De ahí el que hiciese una biografía de Jesús como la que Platon hizo de Sócrates. Acostumbrado á remover sus recuerdos con la agitacion febril de un alma exaltada, trasformó á su maestro al querer pintarle, y su relato (á ménos que no le hayan alterado manos extrañas) permite á veces sospechar que en la composicion de tan singular escrito no siempre sirvió de norma al cronista una completa buena fe.

En la secta naciente no habia ningun grado jerárquico propiamente dicho: todos debian llamarse «hermanos», y Jesús prohibia de un modo absoluto los títulos de superioridad, tales como rabbí, «maestro», «padre», en razon á que él era el único maestro, y Dios el único padre. El mayor debia ser el más humilde y servir á los demás[407]. Sin embargo, Simon Barjona se distingue entre sus iguales por un grado de particular importancia. Jesús habitaba en su domicilio, enseñaba en su barca[408], y la casa de Simon era el centro de las predicaciones evangélicas. El público le consideraba como el jefe del grupo, y á él era á quien se dirigian los recaudadores del tributo en reclamacion de los derechos que debia la comunidad[409]. Simon fué el primero que reconoció á Jesús como al Mesías[410]. Preguntando Jesús á sus discípulos en un momento de impopularidad: «¿Quereis tambien vosotros retiraros?» Simon le respondió: «Señor, ¿á quién iriamos? tú tienes palabras de vida eterna»[411]. En diferentes ocasiones Jesús le confirió cierta supremacía[412] en su iglesia, y le dió el sobrenombre siriaco de Kepha (piedra), como significándole que de él hacia la piedra angular del edificio[413]. Tambien parece prometerle «las llaves del reino de los cielos» y concederle el derecho de pronunciar sobre la tierra decisiones que serían ratificadas en la eternidad[414].

La supremacía de Pedro excitó sin duda algunos celos entre sus compañeros, celos que se aumentaban con la perspectiva de aquel reino de Dios en que los discípulos habrian de sentarse en los tronos, á derecha ó á izquierda del maestro, para juzgar á las doce tribus de Israel[415]. Preguntábanse quién de entre ellos se hallaria entónces más cerca del Hijo del hombre, siendo hasta cierto punto como su primer ministro ó su asesor. Los dos hijos del Zebedeo aspiraban á ese rango, y preocupados por tal pensamiento, recurrieron al influjo de su madre Salomé, la cual llamó un dia aparte á Jesús y solicitó de él que otorgase á sus hijos los dos puestos de honor[416]. Jesús esquivó la demanda repitiendo su principio habitual de que el que se exalta será humillado y que el reino de los cielos pertenecerá á los pequeños. La noticia de semejante peticion ocasionó algunos rumores en la comunidad y produjo gran descontento contra Juan y Santiago[417]. La misma rivalidad se trasluce en el evangelio de Juan;—el cronista declara á cada paso que él fué el «discípulo querido», á quien el maestro confió su madre al morir, y trata sistemáticamente de colocarse al nivel de Simon Pedro (y con frecuencia ántes que él) á propósito de circunstancias importantes en que los evangelistas más antiguos ni siquiera citan su nombre[418].

Todos los personajes que acabamos de enumerar, ó al ménos aquellos de cuya vida se sabe algo, habian principiado por ser pescadores. Ninguno de ellos pertenecia á una clase elevada de la sociedad. Únicamente Matheo, ó Leví, hijo de Alpheo[419], habia sido publicano. Pero aquellos á quienes en Judea se designaba con ese nombre, no eran los recaudadores generales, personas de rango elevado (y siempre caballeros romanos) que á orillas del Tíber llamaban publicani[420]; sino agentes de esos arrendadores generales, empleados de baja estofa, simples cobradores subalternos. En el gran camino de Acre á Damasco, uno de los más antiguos del mundo, que atravesaba la Galilea costeando el lago[421], habia considerable número de esa especie de cobradores. Capharnahum, que quizás se hallaba situada sobre la via, contaba tambien un numeroso personal[422]. Semejante profesion no encontró nunca grandes simpatías en ningun país del mundo; pero los judíos la miraban con particular ojeriza y tenian por criminales á los que la ejercian. El impuesto, cosa nueva para ellos, era el signo de su vasallaje; la escuela de Júdas el Gaulonita sostenia que abonarle era cometer un acto de paganismo. Así es que todos los celosos conservadores de la ley aborrecian de muerte á los aduaneros. Su nombre iba siempre asociado al de los asesinos, ladrones y gentes de mala vida[423]. Los judíos que tales funciones aceptaban eran excomulgados y quedaban inhábiles para testar; considerábase su caja como maldita de Dios, y los casuistas prohibian al público el que fuese á ella á cambiar dinero[424]. Desterrados aquellos infelices del seno de la sociedad, tenian que formar una sociedad aparte reuniéndose entre sí. Jesús aceptó una comida que le ofreció Leví, en la cual habia, segun el lenguaje de la época, «muchos aduaneros y pecadores»; el hecho produjo gran escándalo[425]. La reputacion de aquellas casas era malísima, y el que á ellas iba se arriesgaba á no encontrar muy buena compañía. Pero frecuentemente verémos á Jesús cuidándose muy poco de las preocupaciones que abrigaban las personas que se tenian por juiciosas, tratando de ensalzar las clases humilladas por los ortodoxos, y exponiéndose por ello á las amargas reconvenciones de los devotos.

Jesús debia aquellas numerosas conquistas al atractivo irresistible de su persona y de su palabra. Una frase conmovedora, una mirada dirigida al fondo de alguna sencilla conciencia, dispuesta á entreabrirse al soplo de la verdad, le bastaban para captarse un ardiente discípulo. Jesús se valia en ocasiones de un artificio inocente que tambien empleó Juana de Arco:—aparentaba saber algun secreto íntimo respecto á la persona que deseaba atraer hácia sí, ó bien le recordaba alguna circunstancia querida, propia á conmover su corazon. Así fué como enterneció y se atrajo á Nathanael[426], á Pedro[427], á la Samaritana[428]. Disimulando la verdadera causa de su fuerza, esto es, su gigantesca superioridad sobre los demás, y á fin de satisfacer las ideas de la época, ideas que por otra parte eran tambien las suyas, dejaba creer que una revelacion de lo alto le descubria los secretos y le permitia leer en los corazones. Nadie dudaba que viviese en una esfera superior á la de la humanidad. Decíase que en la cumbre de las montañas conversaba con Moisés y con Elías[429], y se creia que en sus momentos de soledad bajaban los ángeles á rendirle homenaje y á establecer un comercio sobrenatural entre el cielo y él[430].