CAPÍTULO XIX
PROGRESION CRECIENTE DE ENTUSIASMO Y DE EXALTACION
Es evidente que semejante sociedad religiosa, fundada sólo en la esperanza del reino de Dios, debia ser muy incompleta por sí misma. La primera generacion cristiana vivió toda ella de expectacion y de ensueños. Creyéndose en vísperas del fin del mundo, se consideraba como cosa inútil cuanto contribuye á continuarle. Prohibíase la propiedad[806], y debian esquivarse todos los lazos que sujetan al hombre á la tierra, todo cuanto le separa del cielo. Aunque algunos discípulos estaban casados, se renunciaba, segun parece, al matrimonio desde el momento en que se ingresaba en la secta[807]. Preferíase abiertamente el celibato, y en el matrimonio mismo se recomendaba la continencia[808]. Hay un momento en que el maestro parece dar su aprobacion á los que se mutilasen con la esperanza de ser más dignos del reino de Dios[809]. En lo cual era consecuente con su principio; «Si tu mano ó tu pié te dan ocasion de escándalo ó pecado, córtalos y arrójalos léjos de tí; pues más te vale entrar en la vida eterna manco ó cojo, que con dos manos ó dos piés ser precipitado en el fuego eterno. Y si tu ojo es para tí ocasion de pecado, sácale y tírale léjos de tí:—mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener dos y ser arrojado al fuego del infierno»[810]. La falta de generacion fué considerada frecuentemente como la señal y la condicion del reino de Dios[811].
Segun se ve, aquella Iglesia primitiva no hubiera formado nunca una sociedad durable, sin la gran variedad de gérmenes que Jesús depositó en su enseñanza. Para que la verdadera Iglesia cristiana, la Iglesia que convirtió al mundo, se desprenda de aquella pequeña secta de santos y llegue á ser un cuadro aplicable á la sociedad entera, necesitará todavía más de un siglo. Lo mismo sucedió con el budismo, cuya doctrina fué en un principio fundada por frailes. Lo mismo habria tambien sucedido con la órden de San Francisco, si la pretension de aquella órden, que aspiraba á convertirse en regla de la sociedad humana, hubiese tenido éxito. Nacidas en estado de utopias, y consiguiendo abrirse camino á causa de su misma exageracion, las grandes fundaciones que acabamos de mencionar no llenaron el mundo sino á condicion de modificarse profundamente y de renunciar á sus excesos. Jesús no traspasó ese primer período monacal en que el hombre se cree autorizado á intentar lo imposible. Así es que predicó atrevidamente la guerra á la naturaleza, la total ruptura de los lazos de la sangre: «En verdad, en verdad os digo,—exclamaba,—ninguno hay que haya dejado casa, ó padres, ó hermanos, ó esposa, ó hijos, por amor de Dios, el cual no reciba mucho más en este siglo, y en el venidero la vida eterna»[812].
La misma exaltacion respiran las instrucciones que se suponen dadas por Jesús á sus discípulos[813]. En efecto, él, que tan fácil y tolerante se muestra para con los extraños, que á veces se contenta con débiles afecciones[814], manifiesta para con los suyos extraordinario rigor. No le satisfacen los términos medios. Diríase que su escuela era una «órden» basada en las más austeras reglas. Jesús, fiel á su idea de que los cuidados de la vida turban y empequeñecen al hombre, exige un completo desprendimiento de la tierra, una adhesion absoluta por su obra. Sus discípulos no deben llevar dinero, ni provisiones para el camino, ni siquiera una alforja, ni una muda de ropa; deben practicar la pobreza absoluta, vivir de las limosnas y de la hospitalidad que les ofrezcan. «Dad graciosamente lo que graciosamente habeis recibido»[815],—les decia en su hermoso lenguaje. Si los prenden, si los llevan ante los jueces, no deben preparar su defensa; el abogado celestial, el Paráclito, les inspirará lo que han de decir. El Padre les enviará de lo alto su Espíritu, el cual llegará á ser el principio de todas sus acciones, el director de sus pensamientos, su guía á traves del mundo[816]. Cuando los echen de una ciudad, deben sacudir, al abandonarla, el polvo de sus piés, aunque no sin notificarle la proximidad del reino de Dios, á fin de que no pueda alegar ignorancia. Y añadia: «No acabareis de recorrer las ciudades de Israel ántes que venga el Hijo del hombre.»
Un fuego extraño anima todos esos discursos, que tal vez sean en parte creacion del entusiasmo de los discípulos[817]; pero áun así, provienen directamente de Jesús, puesto que obra suya era ese entusiasmo. Jesús anuncia á los que quieren seguirle grandes persecuciones y que serán objeto del ódio del género humano. Envíalos como ovejas en medio de lobos, y les dice que serán azotados en las sinagogas y conducidos á las prisiones. El hermano será entregado por el hermano y el hijo por su padre. Aconséjales que cuando los persigan en un país huyan á otro. «El discípulo no es más que su maestro,—les decia,—ni el siervo más que su amo. Nada temais á los que matan al cuerpo y no pueden matar el alma. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto, y no obstante, ninguno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados; no teneis, pues, que temer; valeis vosotros más que muchos pájaros»[818]. Y añadia: «Todo aquel que me reconociere delante de los hombres, yo tambien le reconoceré delante de mi Padre; mas á quien me negare delante de los hombres, yo tambien le negaré delante de mi Padre que está en los cielos»[819].
En esos accesos de rigor, Jesús se exaltaba hasta el extremo de suprimir la carne. Sus exigencias no tenian ya límites. Desconociendo la manera de ser de la naturaleza del hombre, quiere que no se viva sino para él, que no se ame sino á él únicamente. «Si alguno de los que me siguen,—decia,—no aborrece á su padre y madre, y á la mujer, y á los hijos, y á los hermanos y hermanas, y áun á su vida misma, no puede ser mi discípulo»[820].—«Cualquiera de vosotros que no renuncie á todo lo que posea, no puede ser mi discípulo»[821]. Entónces se mezclaba á sus palabras algo de extraño y sobrehumano; algo semejante á un fuego devorador que agostaba las raíces de la vida, que lo convertia todo en horrible desierto. El áspero y triste sentimiento de disgusto por el mundo y de abnegacion ilimitada, que caracteriza la perfeccion cristiana, tuvieron por fundador, no al ingenioso y jovial moralista de los primeros dias, sino al sombrío gigante á quien una especie de grandioso presentimiento arrojaba más y más fuera del género humano. En aquellos momentos de guerra contra las necesidades más legítimas del corazon, diríase que Jesús habia olvidado el placer de vivir, de amar, de ser y de sentir. Y llevando su exaltacion hasta el extremo, exclamaba: «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie á sí mismo y me siga. Quien ama al padre ó á la madre más que á mí, no merece ser mio; y quien ama al hijo ó á la hija más que á mí, tampoco merece ser mio. Quien conserve su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mio, la volverá á hallar. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde á sí mismo?»[822]. Dos anécdotas pertenecientes al género de aquellas que no deben tomarse por históricas pintan perfectamente, aunque exagerándole, ese reto lanzado por Jesús á la naturaleza. «¡Sígueme!»—dijo el maestro á un hombre.—«Señor,—le respondió—permíteme que ántes vaya á dar sepultura á mi padre.» Mas Jesús replicó:—«Sígueme tú, y deja que los muertos entierren á sus muertos; pero tú vé y anuncia el reino de Dios.»—Y otro le dijo: «Señor, yo te seguiré; pero primero déjame ir á despedirme de mi casa.» Respondióle Jesús: «Ninguno que despues de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atras, es apto para el reino de Dios»[823]. Un extraordinario aplomo, y á veces un acento de singular dulzura, hacian tolerables esas exageraciones: «Venid á mí—exclamaba—todos los que andais agobiados de trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros; aprended de mí, que soy manso y humilde de corazon, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque suave es mi yugo y ligero el peso mio»[824].
De esa moral exaltada, que se expresaba en un lenguaje hiperbólico y espantosamente enérgico, debia resultar un gran peligro para el porvenir. Á fuerza de desprender al hombre de la tierra, se atacaba á la vida en sus mismas fuentes. En adelante, el cristiano que sea mal hijo, mal padre, mal patriota, merecerá por ello elogios, si sus atentados contra la patria y la familia reconocen por orígen el amor de Cristo. La ciudad antigua, la república, madre de todos, el Estado, ley comun de todos, quedan constituidos en hostilidad abierta con el reino de Dios, sembrando en el mundo un gérmen fatal de teocracia.
Otra consecuencia se deja tambien entrever desde entónces. Esa moral, hecha para un momento de crísis, parecerá imposible cuando se trasporte á un medio más tranquilo, al seno de una sociedad segura de su duracion. El Evangelio queda así destinado á convertirse en una utopia que muy pocos cristianos intentarian realizar. Para el mayor número, esas fulminantes máximas deberán dormir en profundo olvido, con el asentimiento del mismo clero; porque el hombre evangélico será un hombre peligroso. El más interesado, el más orgulloso, el más déspota, el más terrenal de todos los humanos, un Luis XIV, por ejemplo, debia encontrar sacerdotes que le persuadiesen, á despecho del Evangelio, de que era buen cristiano. Pero tambien debian encontrarse santos que tomasen al pié de la letra las sublimes paradojas de Jesús. No pudiendo alcanzarse la perfeccion dentro de las condiciones ordinarias de la sociedad, ni practicarse completamente la vida evangélica sino fuera del mundo, quedaba asentado de una manera tácita el principio del ascetismo y del estado monacal. Las sociedades cristianas tendrán, pues, dos reglas morales, una medianamente heróica, para la generalidad de los hombres; otra exaltada hasta el exceso, para el hombre perfecto; y este será el fraile sujeto á reglas que pretendan realizar el ideal evangélico. Es indudable que ese ideal no podia ser de derecho comun, puesto que implicaba la obligacion del celibato y de la pobreza. Bajo este punto de vista, el fraile es en cierto modo el solo cristiano verdadero. El sentido comun se revela contra semejantes excesos, porque para él lo imposible es la señal de la debilidad y del error. Pero, cuando se trata de grandes cosas, el sentido comun es malísimo juez. Para obtener algo de la humanidad, necesario es pedirle mucho. El inmenso progreso moral debido al Evangelio proviene de sus mismas exageraciones. Bajo este supuesto, él ha sido, así como el estoicismo, pero con muchísima más amplitud, un vivo argumento de las fuerzas divinas que el hombre tiene en sí, un monumento elevado al poder de la voluntad.
Compréndese fácilmente que, en el momento á que hemos llegado de la vida de Jesús, todo lo que no era el reino de Dios habia desaparecido para él de un modo absoluto. Jesús se hallaba fuera de la naturaleza, si así puede decirse; la familia, la amistad, la patria no tienen ya para él valor alguno. Sin duda habia hecho desde entónces el sacrificio de su vida. En ocasiones se inclina uno á creer que, viendo en su propia muerte un medio de fundar su reino, concibió deliberadamente el propósito de hacerse matar[825]. Otras veces, la muerte se presenta á él como un sacrificio destinado á apaciguar á su Padre y á salvar á los hombres[826], idea que despues habia de convertirse en dogma. Domínale un gusto singular de persecucion y de suplicios[827], considera su sangre como el agua de un segundo bautismo que debe recibir, y parece poseido de una extraña precipitacion por salir al encuentro de ese bautismo, único que puede calmar su sed[828].
Su grandeza de miras respecto al porvenir era á veces sorprendente. Jesús no desconocia la terrible tempestad que iba á desencadenar sobre el mundo. «No teneis que pensar—decia enérgica y atrevidamente—que yo he venido á traer la paz á la tierra; no he venido á traer la paz, sino la guerra. En una misma casa habrá cinco entre sí desunidos, tres contra dos y dos contra tres. Pues he venido á separar al hijo de su padre, á la hija de su madre, y á la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa»[829].—«Yo he venido á poner fuego á la tierra; y ¿qué he de querer sino que arda?»[830].—«Os echarán de las sinagogas—añadia—y va á venir tiempo en que quien os matare se persuada hacer un obsequio á Dios[831]. Si el mundo os aborrece, sabed que primero que á vosotros me aborreció á mí. Acordaos de aquélla sentencia mia, que os dije: no es el siervo mayor que su amo. Si me han perseguido á mí, tambien os han de perseguir á vosotros»[832].
Arrastrado por esa espantosa progresion de entusiasmo y obedeciendo á las necesidades de una predicacion cada vez más exaltada, Jesús no era ya dueño de sí mismo, pertenecia á su papel y á la humanidad, hasta cierto punto. Hubiérase dicho á veces que su razon se turbaba. Sentia angustias y agitaciones interiores[833]. La gran vision del reino de Dios que incesantemente brillaba ante sus ojos le producia vértigos. Hubo momentos en que sus discípulos le creyeron loco[834], y en que sus enemigos declararon que estaba poseido[835]. Su apasionadísimo temperamento le llevaba á cada instante fuera de los límites de la naturaleza humana. No siendo su obra una obra de razon, sino de aquellas que burlan todas las clasificaciones del humano entendimiento, lo que Jesús exigia más imperiosamente era la «fe»[836]. Esta palabra, base de todos los movimientos populares, era la que más se repetia en el pequeño cenáculo. Claro es que ninguno de esos movimientos se realizaria, si fuese condicion indispensable que aquel que los provoca conquistase uno á uno sus discípulos por medio de pruebas lógicas y bien deducidas. La reflexion no conduce sino á la duda: si los autores de la revolucion francesa, por ejemplo, hubiesen exigido un convencimiento prévio, fruto de largas meditaciones, todos ellos habrian llegado á la vejez sin haber hecho nada. Jesús de igual manera aspiraba á seducir más bien que á convencer. Exigente, imperativo, no sufria ninguna oposicion ni demora, era preciso convertirse. Hasta su dulzura natural parecia haberle abandonado, y en ocasiones se manifestaba rudo y extravagante[837]. Habia momentos en que sus discípulos no le comprendian y en que les inspiraba una especie de temor[838]. Su mal humor contra los obstáculos le hacia cometer á veces actos inexplicables y absurdos en apariencia[839].
Y no es porque su virtud menguase, sino porque su lucha en nombre del ideal contra la realidad llegaba á ser insostenible. La resistencia le irritaba; el contacto de la tierra le exasperaba y le hacia daño. Y su nocion de Hijo de Dios se turbaba y exageraba. La ley fatal que condena á la idea á decaer y empobrecerse desde el momento en que trata de convertir á los hombres, tenía en él su aplicacion. Al tocar los hombres á Jesús, le rebajaban á nivel de ellos. La entonacion que habia adoptado no podia ser mantenida sino por algunos meses; tiempo era ya de que la muerte pusiese fin á una situacion tan violenta, y de que viniera á sustraerle á las imposibilidades de un camino sin término, á libertarle de una prueba demasiado prolongada, á introducirle impecable y para siempre en su celestial serenidad.