CAPÍTULO XVI

MILAGROS

Segun los contemporáneos de Jesús, dos medios de prueba podian solamente establecer una mision sobrenatural: tales eran los milagros y el cumplimiento de las profecías. Jesús, y en particular sus discípulos, emplearon con la mejor buena fe esos dos procedimientos de demostracion. Jesús se hallaba convencido desde hacia mucho tiempo de que los profetas habian escrito refiriéndose á él. Veia en sus oráculos sagrados su propia figura, y se consideraba como el espejo en que todo el espíritu profético de Israel habia leido el porvenir. Tal vez la escuela cristiana trató de probar, áun en vida de su fundador, que Jesús correspondia perfectamente á cuanto los profetas habian predicho respecto al Mesías[671]. Pero, en muchos casos, las semejanzas eran del todo exteriores y tan vagas, que nosotros apénas podemos apreciarlas. Frecuentemente, circunstancias fortuitas ó insignificantes de la vida del maestro, recordaban á los discípulos ciertos pasajes de los salmos y de los profetas, en los cuales, gracias á su constante preocupacion, creian ver imágenes relativas á Jesús[672]. Así, pues, casi toda la exegésis de la época consistia en juegos de palabras, en citas traidas por los cabellos, en inducciones artificiales y arbitrarias. La sinagoga no tenía una lista oficial y segura de los pasajes referentes al reino futuro. Las aplicaciones mesiánicas eran libres, y más bien que una argumentacion importante y razonada, constituian artificios de estilo.

En cuanto á los milagros, ellos eran en aquella época el signo indispensable de lo divino, el sello de las vocaciones proféticas. En las leyendas de Elías y de Elíseo, hormigueaban los hechos maravillosos, y todo el mundo estaba persuadido de que el Mesías realizaria gran número de ellos[673]. Á algunas leguas del punto en que vivia Jesús, en Samaria, un mago llamado Simon alcanzaba, merced á sus prestigios, una reputacion casi divina[674]. Y andando el tiempo, cuando se pretendió poner en boga al taumaturgo Apolonio de Tiana y probar que su vida habia sido el viaje de un dios sobre la tierra, nada se creyó tan á propósito para conseguirlo como inventar respecto á él un vasto ciclo de milagros[675]. Los mismos filósofos de Alejandría, Plotino y demás compañeros, tienen fama de haberlos hecho[676]. Jesús se encontró, pues, en esta alternativa: ó renunciar á su mision, ó convertirse tambien en taumaturgo. Es preciso tener presente que, á excepcion de las grandes escuelas científicas de la Grecia y de sus adeptos romanos, toda la antigüedad admitia los milagros, y que Jesús, no solamente creia en ellos, sino que no tenía ni la más remota idea de un órden natural sujeto á leyes invariables. Sus conocimientos sobre este punto en nada eran superiores á los de sus contemporáneos. Léjos de ello, puesto que una de las opiniones más profundamente arraigadas en Jesús era, que la fe y la oracion dan al hombre ilimitado poder sobre la naturaleza[677], la facultad de hacer milagros nada tenía entónces de sorprendente, en razon á que se la consideraba como un permiso en toda regla concedido por Dios á los hombres[678].

La diferencia de los tiempos y la distinta manera de apreciar las cosas, hacen que nos disguste y ofenda aquello mismo que sirvió de poderosa palanca al gran fundador; y si el culto de Jesús se debilita alguna vez en la humanidad, será justamente á causa de los actos que hicieron creer en él. Ante esa especie de fenómenos históricos, la crítica no experimenta ninguna perplejidad. En nuestros dias un taumaturgo, á ménos que no sea de una candidez extrema, como ciertas estigmatizadas de Alemania, es un ente odioso, porque hace milagros sin creer en ellos; es lo que se llama un charlatan. Pero la cuestion cambia de aspecto, si aplicamos nuestro juicio á un Francisco de Asís;—el ciclo milagroso del orígen de la órden de San Francisco, léjos de chocarnos, nos causa un verdadero placer. Los fundadores del cristianismo vivian en un estado de poética ignorancia, tan completo como aquel en que vivió Santa Clara y los tres socii. Parecíales la cosa más sencilla del mundo que su maestro tuviese entrevistas con Moisés y Elías, curase los enfermos é hiciese que los elementos obedecieran á su voz. Por otra parte, es menester no olvidar que todas las ideas pierden algo de su primitiva pureza tan pronto como aspiran á realizarse: no se llega á obtener éxito sin que la delicadeza del alma saque algunas heridas de la lucha. Tal es la flaqueza del entendimiento humano, que las mejores causas se ganan casi siempre con malas razones. Las demostraciones de los primeros apologistas del cristianismo se fundan en pobrísimos argumentos. Moisés, Cristóbal Colon, Mahoma y tantos otros no triunfaron de los obstáculos, sino teniendo presente á cada momento la debilidad de los hombres y ocultando con frecuencia la verdad. Es muy probable que los milagros impresionasen más á las personas que rodeaban á Jesús que las predicaciones tan profundamente divinas del maestro. Añádase que ántes y despues de la muerte de Jesús la fama exageró sin duda extraordinariamente el número de los hechos sobrenaturales. Los tipos de los milagros evangélicos no ofrecen, en efecto, mucha variedad; repítense á cada paso los mismos, y parecen calcados sobre un reducido número de modelos, en armonía con las exigencias y los gustos del país.

Entre el cúmulo de relatos milagrosos, cuya fatigosa enumeracion contienen los evangelios, es imposible distinguir los milagros que la opinion atribuyó á Jesús de aquellos en que él se avino á desempeñar un papel activo. Y es todavía más imposible el averiguar si esas chocantes circunstancias de esfuerzos, estremecimientos y demás rasgos que tienen cierto sabor de juglería[679] son históricas, ó si son fruto de la creencia de los redactores, cuyas almas vivian en un mundo lleno de preocupaciones teúrgicas, muy semejante al mundo en que viven nuestros modernos espiritistas[680]. Casi todos los milagros que Jesús creyó ejecutar parecen haber sido milagros de curacion. En aquella época, la medicina era en Judea lo que es todavía en Oriente, esto es, nula bajo el punto de vista científico, un arte rudimentario sometido completamente á la inspiracion individual. La medicina científica, fundada por los griegos desde hacia quinientos años, era en tiempo de Jesús desconocida entre los judíos de la Palestina. En semejante estado de ignorancia, la presencia de un hombre superior que trate al paciente con dulzura y le dé, mediante algunos signos sensibles, la seguridad de su restablecimiento, es con frecuencia un remedio decisivo. Nadie negará que en muchos casos, exceptuando los de lesiones completamente caracterizadas, los consuelos de una persona exquisita valen tanto como los recursos de la farmacia. El placer de verla produce alivio; y aunque no ofrezca al enfermo sino aquello que puede, esto es, una sonrisa, una esperanza, sus dones no carecen de precio.

Jesús, de igual manera que sus compatriotas, no tenía idea de una ciencia médica racional; como todo el mundo, creia que la cura de las enfermedades debia operarse por medio de las prácticas religiosas: semejante creencia era en extremo lógica y consecuente. Considerándose la enfermedad como el castigo de un pecado[681], como obra de los demonios[682], y de ninguna manera como el resultado de causas físicas, natural era que el mejor médico fuese el hombre santo, aquel que tenía poder en el órden maravilloso. La cura de las enfermedades pasaba por una cosa moral; Jesús, teniendo conciencia de su fuerza moral, debia, pues, creerse especialmente dotado para practicarla. Convencido de que el contacto de su túnica[683] y la imposicion de sus manos[684] eran favorables á los enfermos, habria sido cruel si hubiese negado á los que sufrian un alivio que tan fácilmente podia concederles. Mirábase tambien la curacion de los enfermos como una de las señales del reino de Dios, idea que iba siempre asociada á la emancipacion de los pobres[685]. Ambas eran los signos de la gran revolucion que debia conducir al alivio de todas las enfermedades.

El exorcismo ó la expulsion de los demonios es uno de los géneros de curacion que Jesús opera más frecuentemente. La creencia en los demonios reinaba entónces en todos los ánimos; y tan general era esa opinion, que no sólo en Judea, sino en el mundo entero, se creia que los demonios se amparaban del cuerpo de ciertas personas, obligándolas á obrar contra su voluntad. Un div persa, Aeschma-daeva, «el div de la concupiscencia», nombrado várias veces en el Avesta[686], y adoptado por los judíos bajo el nombre de Asmodeo[687], llegó á ser la causa de todas las perturbaciones histéricas de las mujeres[688]. La misma explicacion se daba respecto á la epilepsia, á las enfermedades mentales ó nerviosas[689], que ponen fuera de sí al paciente, y á aquellas cuya causa no se echa de ver, como la sordera y la mudez[690]. El admirable tratado «De la enfermedad sagrada», de Hipócrates, que estableció sobre este punto, cuatro siglos y medio ántes de Jesús, los verdaderos principios de la medicina, aún no habia desterrado del mundo semejantes errores. Suponíase que para lanzar los demonios habia procedimientos más ó ménos eficaces:—el estado de exorcista era una profesion regular como la de médico[691]. Es indudable que Jesús tenía fama de poseer los últimos secretos respecto á ese arte[692]. En aquella época habia muchos locos en Judea, fenómeno producido sin duda por la grande exaltacion de los ánimos. Aquellos locos se dejaban en completa libertad, como sucede áun hoy dia en las regiones de Siria, y habitaban las grutas sepulcrales ya abandonadas, las cuales eran el retiro ordinario de los vagabundos. Jesús ejercia mucha influencia sobre aquellos infelices[693]. Á propósito de esas curas se referian mil singulares historias, en las que se daba rienda suelta á la credulidad de la época. Pero tampoco en esto se deben exagerar las dificultades. Los desórdenes que entónces se explicaban por la posesion de los diablos, eran frecuentemente insignificantes. En Siria se miran todavía, en pleno siglo décimo nono, como locos ó poseidos del demonio (estas dos ideas se confunden en una, medjnum)[694] á los que sólo adolecen de alguna extravagancia. En semejante caso, una palabra dulce y cariñosa basta á veces para lanzar al demonio:—es más que probable que Jesús no emplease otros medios. ¿No cabe tambien en lo posible que su fama de exorcista se extendiera sin que él tuviese casi conocimiento de ello? Las personas que residen en Oriente se quedan á veces sorprendidas de encontrarse, al cabo de algun tiempo, con una gran reputacion de médico, de hechicero ó de zahorí; reputacion que el vulgo les cuelga sin que ellas puedan darse cuenta de los hechos que hayan podido motivar esas extravagantes suposiciones.

Hay, además, muchas circunstancias que indican que Jesús no fué taumaturgo sino tarde y á su pesar. Á menudo no ejecuta sus milagros sino á fuerza de súplicas, y los hace con una especie de mal humor, y echando en cara á los que se los piden la rudeza de su entendimiento[695]. Una rareza, en apariencia inexplicable, pero fácil de comprender, es el cuidado que pone en hacer sus milagros de un modo oculto, y sus recomendaciones á las personas curadas de que no digan nada á nadie[696]. Cuando los demonios quieren proclamarle hijo de Dios, les prohibe que despeguen los labios; si le reconocen, es á pesar suyo[697]. Estos rasgos son muy característicos en Márcos, que es el evangelista por excelencia de los milagros y de los exorcismos. No parece sino que el discípulo que suministró las noticias fundamentales del segundo evangelio importunaba á Jesús con su admiracion por los prodigios, y que, aburrido el maestro de una reputacion que le disgustaba, le recomendaba frecuentemente no hablar de ello. Esa discordancia produce en una ocasion un destello singular[698], un acceso de impaciencia que prueba el enojo que causaban á Jesús aquellas contínuas é importunas peticiones de los espíritus débiles. Diríase que su papel de taumaturgo le es algunas veces insoportable, y que trata de dar la menor publicidad posible á las maravillas que en cierto modo brotan bajo la huella de sus piés. Cuando sus enemigos le piden un milagro, y en particular un prodigio celeste, un meteoro, rehusa categórica y obstinadamente[699]. Permitido es, pues, creer que le impusieron su reputacion de taumaturgo, que si no la rechazó, tampoco hizo nada por consolidarla, y que de cualquier manera comprendia cuán infundada y vana era la opinion respecto á esto.

Dejarnos llevar demasiado de nuestras repugnancias, y por sustraernos á las objeciones que puedan hacérsenos contra el carácter de Jesús, prescindir de hechos que á los ojos de sus contemporáneos figuraron en primera fila[700], sería faltar al buen método histórico. Decir que ellos son adiciones de discípulos muy inferiores al maestro; que, no pudiendo comprender su verdadera grandeza, trataron de realzarle con prodigios indignos de él, sería sumamente cómodo. Pero es el caso que los cuatro narradores de la vida de Jesús se hallan unánimes en ensalzar sus milagros; uno de ellos, Márcos, intérprete del apóstol Pedro[701], insiste de tal manera sobre este punto, que si para trazar el carácter del Cristo no se tuviera presente más que su evangelio, habria que representarle como un exorcista posesor de encantos y de filtros de rara eficacia; como un poderoso y temible hechicero que infunde temor, y del cual desea uno desembarazarse[702]. Nosotros admitimos, pues, sin vacilar que en la vida de Jesús hubo muchos actos que ahora se considerarian como otros tantos rasgos de ilusion ó de locura. Pero ¿debe sacrificarse á esta faz ingrata la faz sublime de semejante vida? ¡Guardémonos bien de ello! Un simple hechicero, semejante á Simon el Mago, no habria realizado una revolucion moral como la que realizó Jesús. Si el taumaturgo hubiera sobrepujado en Jesús al moralista y al fundador religioso, no habria dejado en pos de sí el cristianismo, sino una escuela de teurgia.

Por otra parte, el problema se presenta de la misma manera respecto á todos los santos y fundadores religiosos. Hechos que hoy se hallan patentizados de morbosos, tales como la epilepsia y las visiones, fueron otras veces un principio de poder y de grandeza. La medicina conoce el nombre de la enfermedad que formó la reputacion de Mahoma[703]. Casi hasta nuestros dias, los hombres que más han contribuido al bien de la humanidad (sin excluir al excelente Vicente de Paul), han pasado, con razon ó sin ella, por taumaturgos. Si se parte del principio de que todo personaje histórico á quien se atribuyan hechos que en el siglo décimo nono pasan por insensatos ó charlatanescos fué un loco, la crítica es imposible, porque se falsea por su base. La escuela de Alejandría fué una noble escuela, y sin embargo, se entregó á las prácticas de una teurgia extravagante. Sócrates y Pascal no estuvieron tampoco exentos de alucinaciones. Los hechos deben, pues, explicarse por causas que les sean proporcionadas. Las debilidades del espíritu humano no engendran sino debilidad; en la naturaleza del hombre, las grandes cosas tienen siempre grandes causas, por más que á menudo se produzcan escoltadas de multitud de pequeñeces que ofuscan su grandeza á los ojos de los espíritus superficiales.

Puede decirse con verdad que, generalmente hablando, Jesús no fué taumaturgo y exorcista sino á pesar suyo. El milagro es á menudo obra del público más bien que de aquel á quien se atribuye. Aunque Jesús se hubiese obstinado constantemente en no hacer prodigios, la muchedumbre los habria creado para reputárselos:—el milagro mayor de todos habria sido el que no hubiese hecho ninguno; eso habria sido la completa derogacion de las leyes de la historia y de la sicología popular. Los milagros de Jesús fueron una violencia de su siglo, una concesion que le arrancó la necesidad pasajera. Por eso el exorcista y el taumaturgo se han desvanecido, miéntras que el fundador religioso vive y vivirá eternamente.

Hasta aquellos que no creian en Jesús se hallaban impresionados por la fama de sus hechos, y trataban de presenciarlos[704]. Los gentiles y las personas poco iniciadas experimentaban un sentimiento de temor y hacian lo posible por alejarle de su territorio[705]. Tal vez algunos pensaban en abusar de su nombre á fin de provocar movimientos sediciosos[706]. Pero la direccion completamente moral y nada política del carácter de Jesús, le salvó de aquellas seducciones. Su verdadero reino consistia en el círculo de niños que una frescura de imaginacion semejante á la suya y un mismo sentimiento del cielo agrupaban y retenian á su alrededor.