ARGUMENTO

Orestes, después de asesinar a su madre Clitemnestra con ayuda de su hermana Electra y de su amigo Pílades, se ve acometido de las Furias, vengadoras del parricidio, y postrado en su lecho, en donde espera que los ciudadanos de Argos conozcan de su delito y lo condonen o lo absuelvan. Llega entonces de Troya Menelao, hermano de su padre Agamenón y rey de Esparta, juntamente con su esposa Helena, hija de Tindáreo y hermana de Clitemnestra. Helena desembarca primero de noche, y se refugia en el palacio de Agamenón, en donde estaban también sus dos sobrinos, hijos de aquel. Estos, viendo que todos sus esfuerzos para persuadir a Menelao que los defienda en la asamblea de los ciudadanos es inútil, puesto que se les condena a morir apedreados, forman el proyecto de salvarse, o de morir y vengarse de él, apoderándose de Helena y de su hija Hermíone y dándoles muerte en presencia de su esposo y de su padre, e incendiar al mismo tiempo el palacio de Agamenón, ayudados de Pílades, su inseparable compañero. Helena muere, en efecto, a sus manos, aunque desaparece sobrenaturalmente; y cuando están a punto de matar a Hermíone, interviene Apolo que salva a todos la vida, casando a Orestes con ella y a Pílades con Electra, después de declarar que Helena tendrá un asiento en el cielo al lado de Cástor y Pólux.

El asunto de esta tragedia es el mismo que el de Las Euménides, de Esquilo, aunque muy inferior a ella en trágica grandeza. El proyecto de los hijos de Agamenón y de Pílades de matar a Helena y a Hermíone para vengarse de Menelao, no aparece como obra del destino, sino como el resultado de móviles puramente humanos, comprensibles para todos. La acción, además de esto, no se desenlaza con naturalidad y verosimilitud, sino que el poeta, después de embrollarla con un fin mas o menos dramático, sale de su apuro por la intervención de un dios, que de una manera inesperada termina el conflicto. Los caracteres, excepto el de Pílades, modelo fiel de amistad, no valen gran cosa, ni pertenecen a los tiempos heroicos en que se supone ocurrir la acción. Orestes y Electra son dos vengativos criminales dominados de aviesas pasiones que no retroceden ante ningún delito por satisfacerlas; Menelao es un esposo enamorado lastimosamente de su esposa, cobarde, ambicioso y bajo; Helena una mujer vana y coqueta, que solo piensa en su hermosura y en agradar a los hombres. A pesar de estos defectos capitales, tiene bellezas de primer orden. La escena primera entre Electra y Orestes es de lo más perfecto que se encuentra en el teatro antiguo, y eminentemente dramática, como lo es también la conclusión, antes de intervenir Apolo. Esta tragedia es curiosa bajo otro concepto, porque nos inicia en los misterios de la ágora de Atenas por medio del heraldo Taltibio, que describe el juicio de Orestes en la asamblea de los ciudadanos, y por las alusiones que hace a los demagogos y a un orador desconocido, que se asemeja mucho al Catón de Salustio. La narración del frigio y el desenlace por los casamientos indicados son más bien cómicos que trágicos, y los discursos de Tindáreo y Orestes más propios de un tribunal que de un teatro. Abunda, sin embargo, en pensamientos felicísimos, en rasgos brillantes, y toda ella descubre, a pesar de sus lunares, que es obra de un ingenio eminente y compuesta para un pueblo artístico, civilizado y dramático.

Para fijar la época en que se representó por primera vez, no tenemos otro dato que el que nos suministra el escoliasta al verso 371, cuando dice: πρὸ Διοκλέους, ἐφ’ οὗ τὸν Ὀρέστην ἐδίδαξε, etc. Debió ser, por tanto, en la olimpiada 92, 4 (409 antes de J. C.), en cuyo año fue arconte Diocles. Así lo hace presumir también el examen de esta tragedia, puesto que, como observamos más arriba, tiene ya mucho de comedia, lo cual debió suceder en los últimos años de la vida de Eurípides.