ARGUMENTO

Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron los argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con Jasón, dando a luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose con él en Corinto. Jasón, sin embargo, en vez de corresponder a los sacrificios que había hecho en su obsequio, ya cediendo al amor que le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por motivos de conveniencia personal, pretendió la mano de esta, y logró el asentimiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero Creonte entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de Medea, ya famosa por su crueldad y sus mágicas artes, decretó su destierro inmediato con sus hijos, y solo a sus ruegos consintió en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea aprovechó este descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada una corona de oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones estaban envueltos en eficacísimo veneno, que estalló en el momento de ponérselos la hija del rey, devorándola juntamente con su padre. No contenta con esto, se vengó también de Jasón matando a sus hijos, y huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas, atravesando los aires en un carro tirado por dragones.

Si sujetamos el análisis de esta tragedia a nuestro criterio moderno, no podemos menos de confesar que es una de las mejores de Eurípides, ya por la sencillez de su argumento, la sobriedad del plan y la perfección de sus detalles, como por el patético que en toda ella reina, y la maestría con que el poeta desenvuelve el carácter cruel y apasionado de su singular protagonista. Así comprendemos también que todavía se sostenga en nuestra escena, y la multitud de imitaciones que se han hecho de ella. Entre los griegos, Neofrón de Sición; Ennio, Pacuvio, Aecio, Ovidio y Séneca, entre los romanos; el italiano Ludovico Dolce; el inglés Glower; La Peruse, P. Corneille, Tomás Corneille, Longepierre, Pellegrin y Clément entre los franceses, han seguido las huellas de Eurípides y de Séneca, deslumbrados, sin duda, por la creación de esta mágica heroína, sin rival en la dramática antigua y moderna.

Los críticos que la han analizado no están de acuerdo en sus juicios, y tanto Aristóteles como Augusto Guillermo Schlegel, Lefranc y otros desaprueban algunas de sus partes, aunque a nuestro poco autorizado parecer no se fijen en su defecto capital, que es el sello puramente humano que la distingue, lo cual, desde el punto de vista helénico, es lo más importante. Jasón, en efecto, se casa con la hija de Creonte por razones de utilidad personal, y Medea se venga de él y de los príncipes de Corinto envenenándolos y asesinando a sus hijos, y huye impune después de cometer tales atentados. La moral de la fábula es, por tanto, incompleta, porque el principal delincuente, que es Medea, nada sufre en castigo de sus crímenes, al par que la pena de Jasón, de Creonte y de su hija es desproporcionada. El desenlace trágico no es el que debiera ser, porque estas luchas horribles, que trastornan el mundo moral, no se calman y apaciguan devolviéndole su anterior armonía, como sucede en las de Sófocles y Esquilo. En nuestra opinión, el mérito principal de esta tragedia consiste en el carácter y en la situación dramática de Medea, arquetipo de la mujer fuerte, de pasiones enérgicas, exagerada y vehemente en su amor y en su odio, herida como una leona en lo que más ama, rodeada de ingratos y de hombres inferiores en todo a ella, pero osada y terrible en sus iras y ardiente en su venganza, como el Sol, de quien desciende. Jasón, cual Teseo con Ariadna y Eneas con Dido, es un personaje que, bajo distintos nombres, aparece no una vez sola en la poesía pagana. Para comprender el valor dramático de esta tragedia, baste recordar que han transcurrido cerca de dos mil trescientos años desde su primera representación, y hoy no podemos asistir a ella sin sentirnos profundamente conmovidos, cuando casi ha desaparecido el pueblo que la produjo, y los imperios más vastos y poderosos han caído en tierra, y ha quedado desierto el Olimpo, y son distintas nuestras leyes, nuestras costumbres y nuestra cultura.

En cuanto a la fecha de su representación, parece indudable que se verificó antes de la guerra del Peloponeso, si valen algo tres datos de alguna importancia que existen referentes a este punto. El autor del argumento griego dice así:

Ἐδιδάχθη ἐπὶ Πυθοδώρου ἄρχοντος κατα τὴν ὀγδοηκοστὴν ἑβδόμην Ὀλυμπιάδα. πρῶτος Εὐφωρίων, δεύτερος Σοφοκλῆς, τρίτος Εὐριπίδης. Μήδεια, Φιλοκτήτης, Δίκτυς, Θερισταὶ σάτυροι. Οὐ σῴζεται.

Dedúcese, pues, de estas palabras que se representó en el arcontado de Pitodoro, el año primero de la olimpiada 87 (432 antes de Jesucristo), y que concurrieron a este certamen dramático Euforión, hijo de Esquilo, que ganó el primer premio, Sófocles el segundo, y Eurípides el tercero. Además, en la misma tragedia leemos estos versos, que pronuncia Medea:

χρὴ δ᾽ οὔποθ᾽ ὅστις ἀρτίφρων πέφυκ᾽ ἀνὴρ,

παῖδας περισσῶς ἐκδιδάσκεσθαι σοφούς·

Χωρὶς γὰρ ἄλλης ἧς ἔχουσιν ἀργίας

φθόνον πρὸς ἀστῶν ἀλφάνουσι δυσμενῆ.

Σκαιοῖσι μὲν γὰρ καινὰ προσφέρων σοφὰ

δόξεις ἀχρεῖος κοὐ σοφὸς πεφυκέναι. κ. τ. λ.

en los cuales parece aludir Eurípides a las persecuciones que sufrieron los filósofos antes de la guerra del Peloponeso, según Plutarco, Nic., cap. XXIII, y de cuyas resultas se vio la célebre Aspasia en inminente peligro de muerte, salvándose solo a ruegos de Pericles. Por último, en los versos 825 y 26 llama el coro al Ática ἱερᾶς χώρας ἀπορθήτου τε, «región sagrada e inexpugnable», indicando, sin duda, que aún no había sufrido los tristes reveses que después experimentó en la guerra.