ARGUMENTO

La diosa Afrodita, despreciada por Hipólito, hijo de Teseo, deseoso de conservar su virginidad, trama su ruina y la satisfacción de su venganza, inspirando a su madrastra Fedra un amor violento por él; pero no osando declarárselo, y víctima de su pasión vehemente, la confía a su nodriza en ausencia de su esposo Teseo, la cual comete la insigne imprudencia de participarla a Hipólito, que se indigna y la rechaza con toda su energía. La desdichada Fedra, sabedora del mal éxito de esta tentativa, resuelve suicidarse y ejecuta su proyecto ahorcándose, si bien se venga de su hijastro dejando al morir unas tablitas suspendidas de su cadáver, en las cuales dice que, contra su voluntad y forzada por Hipólito, ha manchado el lecho nupcial. Entonces Teseo, sin informarse con escrupulosidad de la certeza de esta acusación, y recordando que Poseidón le había prometido realizar tres votos suyos, le pide que mate a Hipólito, y lo destierra de su reino. El mísero e inocente joven, lleno de dolor, y no queriendo faltar a su juramento de no publicar la declaración de la nodriza, huye en su carro, acompañado de sus más fieles servidores, y perece en el camino acometido por un toro, que suscita contra él el dios marino. Cuando lo traen moribundo a la presencia de Teseo, se aparece Artemisa, su amiga y protectora, descubre su inocencia y lo consuela, profetizando los honores y fiestas que se le tributarán en lo sucesivo.

Esta tragedia, imitada por Séneca y por Racine, no puede juzgarse desde el punto de vista de nuestras ideas como lo han hecho de ordinario la mayor parte de los críticos. Han olvidado que este espectáculo era entre los griegos esencialmente religioso, dirigido a poner de relieve el incontrastable poder del destino y la debilidad humana, fortificando por el temor dicho sentimiento religioso, y que el Hipólito no solo no produce ese efecto, puesto que nos inspira odio y aversión justísima contra Afrodita, diosa vengativa y egoísta, sino que la base de su argumento es un amor adúltero e incestuoso, asunto mirado como indigno de la solemnidad y elevación de la tragedia, que suscitó con razón en su tiempo las censuras más acerbas. Por lo demás, no estamos, conformes con los que juzgan las obras dramáticas griegas como podrían juzgar una tragedia moderna.[82] Hipólito no es un caballero andante de la Edad Media, sino un griego de los tiempos heroicos, excesivamente casto, que miraba a las mujeres con desprecio, y que justamente indignado de la declaración de la nodriza de Fedra, huye de ella y ni siquiera repara en el coro de mujeres que lo observa. Por consiguiente, no hay en su conducta la inverosimilitud y la grosería que se supone, sino, al contrario, un motivo más para que Fedra, a quien no ve, llena de vergüenza, precipite su resolución de suicidarse. Verdad es que su larga declamación contra las mujeres no es del mejor gusto; pero también convendremos en que pocas veces se debería hablar de ellas como Hipólito lo hace esta bajo la impresión de las infames proposiciones de la nodriza y del descubrimiento del amor criminal de la mujer de su padre. Si Teseo no aparece hasta el fin, no es por otra razón que para hacer más verosímil cuanto sucede en su ausencia y después de su llegada; solo así, y dejándose arrastrar del dolor que siente al contemplar el cadáver de su esposa, se concibe que, trastornado por la ira, condene a su hijo al destierro y pida a Poseidón su muerte. La de Fedra y su póstuma venganza son tan naturales y verosímiles, que lo contrario sería indudablemente afectado e inverosímil. ¿Fedra era cristiana o era griega? Suicidándose dominada por el amor, el despecho y la vergüenza, ¿qué cosa más natural que su venganza de Hipólito? Los héroes y heroínas de la Grecia, como el Áyax de Sófocles, no se arrepientan de su propósito, una vez decididos a ejecutarlo como debieran hacerlo si fueran buenos cristianos. Lo mismo acontece con las demás críticas superficiales que se han hecho de esta tragedia, que no refutamos tan fácilmente como las anteriores para no alargar más de lo justo estas líneas. En nuestro concepto, y prescindiendo del defecto capital indicado, el Hipólito es una obra dramática digna de la Grecia y de Eurípides, y hay en ella rasgos y escenas, como la del diálogo entre la nodriza y Fedra, en que esta le revela su pasión, que no ceden a las mejores de ninguna otra de cualquier época ni de cualquier pueblo.

Respecto a la fecha de su representación, no tenemos otros datos que los que nos ofrece el autor del argumento griego: sus palabras son las siguientes: ἐδιδάχθη ἐπὶ ᾿Επαμείνονος ἄρχοντος Ὀλυμπιάδι πζ’ ἔτει τετάρτῳ. πρῶτος Εὐριπίδης, δεύτερος ᾿Ιοφῶν, τρίτος Ἴων. ἔστι δὲ οὗτος ὁ Ἱππόλυτος δεύτερος, καὶ Στεφανίας προσαγορευόμενος. ἐμφαίνεται δὲ ὕστερος γεγραμμένος· τὸ γὰρ ἀπρεπὲς καὶ κατηγορίας ἄξιον ἐν τούτῳ διώρθωται τὸ δράματι.

Como al mismo tiempo los últimos versos de esta tragedia hablan de la muerte de los grandes hombres, se ha creído que Eurípides alude a la de Pericles, ocurrida en el año II de la guerra del Peloponeso, cuya fecha concuerda, en efecto, con la indicada por el autor citado: esto es, en la olimpiada 87, 4. Sépase, además, que esta tragedia, llamada Hipólito que trae la corona (στεφανηφόρος), es una refundición de otra, cuyo título era Hipólito velado (καλυπτόμενος), porque no se contentaba con ofrecer la corona a Artemisa, volviendo las espaldas a Afrodita, sino que se cubría el rostro al pasar por delante de la estatua de esta.