ARGUMENTO
Ifigenia, hija de Agamenón, que no ha muerto sacrificada en Áulide, siendo sustituida por obra de Artemisa por una cierva, vive en Táuride,[276] puerto del Quersoneso Táurico, y en un templo de la misma diosa en cuya ara son sacrificados todos los extranjeros que arriban a sus costas. Orestes, su hermano, con su amigo Pílades, desembarcan en Táuride con el propósito de robar la estatua de Artemisa, cuya sacerdotisa es Ifigenia, y son descubiertos y aprisionados por los indígenas, devotísimos de su deidad protectora. Ifigenia, antes de sacrificarlos, sabedora de que eran griegos y acordándose siempre de su patria, de su familia y de su rango, escribe una carta a su hermano Orestes, a quien no conocía, e intenta aprovechar la ocasión oportuna que se le presenta para servirse de uno de los dos extranjeros destinados al sacrificio, y salvarle la vida si acceden a su deseo. Al recibir Pílades la carta que ha de entregar a Orestes, la pone en los manos de su destinatario, llamándolo por su nombre, y se reconocen los dos hermanos, y puestos todos de acuerdo, roban la estatua y huyen; y cuando el rey Toante se prepara a perseguirlos y capturarlos, aparece Atenea, que lo aplaca y salva a los fugitivos, anunciándolo que así lo ha decretado el poder divino.
Esta tragedia, en su plan, en su traza, en los caracteres de sus personajes, en sus pasiones y hasta en sus menores detalles nos ofrece el tipo distintivo y propio de las obras de Eurípides, y es muy útil, por tanto, para ilustrarnos acerca de sus rasgos poéticos personales, de su importante papel en la literatura helénica y de la influencia que ha tenido y tiene en los pueblos modernos, siendo inferior a Sófocles y Esquilo, y justamente por serlo.
Comienza con su prólogo o soliloquio expositivo de hechos supuestos anteriores relativos a la acción, en cuanto son necesarios para comprender los que le suceden, e indicar el lugar en donde se ejecutan y desenvuelven después, en virtud de pasiones puramente humanas y de caracteres que también lo son, enredándose y complicándose con naturalidad y verosimilitud; y cuando el nudo o el conflicto alcanza su punto culminante, y su desate o resolución parecen difíciles o imposibles, interviene un poder sobrenatural que desvanece rápida y milagrosamente los obstáculos que lo impiden. Concédese al destino la parte tradicional y preponderante que le corresponde, pero no lo domina y absorbe todo, como en Esquilo, sino, al contrario, lo menos posible, y no tanto por la convicción del poeta, cuanto atendiendo a las exigencias y costumbre del público. Ese poder superior a dioses y hombres ha ordenado el hecho final, pero los últimos obran y se mueven dentro de su natural esfera, y exactamente como lo harían si aquel no existiese. El discípulo de Anaxágoras, que no comparte las creencias y las supersticiones populares, y las contradice y ataca por ser opuestas a la razón, se manifiesta sin rebozo siempre que la ocasión lo permite. Las flaquezas del bello sexo asedian al autor como perpetua pesadilla, quizás por considerarlo indigno de embargar con tanto imperio la atención de los hombres y apartarlos de más serias y útiles aficiones y pensamientos. Sobresale en la representación dramática de los afectos, como en el reconocimiento de los dos hermanos, justificando los elogios que Aristóteles le prodiga en su Poética, y por medios sencillos, verdaderos e interesantes. No olvida, sin embargo, congraciarse con sus compatriotas al hablar de la fiesta de las copas, del Areópago, del culto de la Artemisa ática en Braurón, opuesto al bárbaro táurico, y del oráculo de Delfos, distinto de la adivinación por los sueños. Su buen gusto se revela en la sobriedad y eficacia de sus recursos escénicos, y en el arte con que los reúne y los contrasta.
Despréndese de esto que el estudio de las obras de Eurípides, en las cuales desaparece sensiblemente el carácter religioso de la primitiva tragedia, acercándose más y más a la puramente humana que la ha sustituido y persiste en la actualidad, nos enseña la senda recorrida por esta parte de la poesía dramática desde sus orígenes hasta nuestros días, y las reformas radicales que ha sufrido hasta lograr su completa formación. De lo divino o religioso, que todo lo llena al principio, se va poco a poco separando lo puramente humano, que permanece luego independiente, perfeccionándose más y más hasta conseguir su esencia y su forma última y definitiva, más durable y constante. Lo mismo ha acontecido a los demás géneros poéticos, y casi pudiera decirse que a todas las instituciones humanas, incluyendo en ellas a las políticas. La religión ha sido la nodriza y el mentor de la humanidad, guiándola solicita y cariñosa en sus primeros pasos, y sin separarse de ella.
Eurípides, como trágico griego, es así el menos griego de ellos, si atendemos solo a la índole característica y hierática de la tragedia griega, y en este sentido es el peor de los tres trágicos conocidos, pero precisamente por esto es el eslabón que une a la tragedia antigua con la moderna. Nos convencemos fácilmente de esta verdad si suprimimos mentalmente la influencia del destino en cualquiera de las obras de este poeta, o, al contrario, si suponemos que el objeto o término final de otra cualquiera moderna ha sido decretado y preparado por el destino, en cuya hipótesis resultará que en lo sustancial del fondo y de la forma son ambas iguales. Las demás diferencias que las separan, sin afectar a lo sustancial, provienen de muchas causas diversas relacionadas con los distintos elementos sociales de las naciones antiguas y modernas, como la diferencia de religión, de gobierno, de hábitos y costumbres, de educación, de mayor o menor cultura y de influencias nacionales o locales más o menos poderosas en el auge o en la decadencia de esta clase de composiciones.
Y así se comprende y se explica también que, desde el renacimiento clásico literario hasta nuestros días, haya sido Eurípides el preferido para estudio y para modelo, y que continúe siéndolo ahora, no Sófocles, ni menos Esquilo. El Edipo rey del primero, en nuestra modesta opinión, es la obra maestra e inimitable del teatro griego; no ha logrado adaptarse todavía al teatro moderno, ya por no haberlo intentado siquiera, ya por los resultados obtenidos por insignes poetas españoles y extranjeros que, habiéndolo intentado, encallaron en la empresa. Sin la creencia, y creencia firme y general en el destino, que no existe, la realización de ese deseo es de todo punto imposible. En cambio abundan las imitaciones de las tragedias de Eurípides, sobre todo en Francia, en donde ocupan lugar preferente en su literatura clásica.
En las obras impresas de Racine se conserva el plan de un primer acto de Iphigénie en Tauride, y ha sido imitada también por Guimond de la Touche, siempre al estilo francés, aunque no sea el de Racine. Goethe ha escrito otra Ifigenia en Táuride, que solo tiene el título de común con la griega.
De algunas alusiones muy embozadas que se han visto o creído ver en la tragedia de Eurípides, no por cierto muy convincentes, se ha supuesto que su representación hubo de hacerse en el año primero de la olimpiada 92, que corresponde al 412 de nuestra era.