ARGUMENTO
Once de sus famosos trabajos había ya cumplido Heracles, y estaba ausente de Tebas para terminar el último, que consistía nada menos que en traer al Cancerbero de las tinieblas a la luz. En esta ciudad había dejado a su esposa Mégara, y a tres hijos que había tenido de ella, bajo la custodia de su padre Anfitrión que, temeroso de las violencias de que pudieran ser víctimas por parte de Lico, rey de la Eubea, que mandaba en Tebas apoyado por un partido rebelde y victorioso, se refugia junto al altar de Zeus Salvador, asilo sacrosanto que podía resguardarlos de sus iras; pero el tirano entonces inventa el medio de realizar su sanguinario intento sin tocar el ara, mandando a sus esclavos que la cerquen de leña y abrasen de este modo a los heráclidas. Anfitrión y Mégara convienen en tal apuro en someterse a su voluntad, abandonándoles su vida y la de los hijos de Heracles, siempre que perezcan de otra manera, y lo consiguen del tirano, y además un breve plazo para prepararse a la muerte y adornarse en el palacio de Heracles con sus vestidos y galas funerarias.
Afortunadamente vuelve este héroe de los infiernos, y enterado por Anfitrión de lo que sucede, y aconsejado por él, entra en su morada, en donde después sorprende y mata a su enemigo al venir en busca de sus víctimas. Por desgracia, la diosa Hera, que siempre lo odia, y más ahora viendo que ha salido triunfante de la última y más peligrosa prueba, envía a su mensajera Iris y a la Locura para que trastornen su juicio y lo obliguen a matar a sus hijos. Así acontece, en efecto, y el héroe, víctima de su delirio, los sacrifica sin piedad con su madre, y aun intenta asesinar a su padre creyendo que todos eran de la familia de Euristeo, no de la suya, librando solo al último de la suerte que le aguarda la intervención de Atenea, que derriba a Heracles con una piedra, le infunde triste sueño y le devuelve la razón perdida. Al fin despierta de su letargo, llora su desventura cuando ya no tenía remedio, y se ausenta de Tebas con su amigo Teseo, que llega en tan crítico instante deseoso de auxiliarlo contra Lico, encargando a su padre Anfitrión que dé honrosa sepultura a Mégara y a sus hijos.
Tal es el argumento de esta tragedia, cuya acción parece doble a primera vista, según opinan críticos tan competentes como A. G. Schlegel y M. Artaud, quienes aseguran que la primera acaba cuando Mégara y sus hijos evitan la muerte por la llegada de Heracles y el castigo de Lico, y que la segunda expone el sacrificio de los heráclidas y de su desventurada madre. Sin embargo, con la desconfianza natural a quien intenta refutar juicios tan autorizados, debemos decir nosotros que esa primera acción es solo un complemento esencialísimo de la segunda, y está enlazada a ella tan íntimamente que ambas forman una sola, supuesta la intención del poeta y la misma índole de la tragedia, dirigida, como dice Aristóteles, a mover la piedad y la compasión. El principal interés que nos inspira esta obra de Eurípides proviene de la situación del padre, esposa e hijos de Heracles, los cuales, amenazados primero de muerte por Lico, se libran de ella por la llegada del héroe; y cuando su gozo debía ser mayor, cuando se veían ilesos, cuando nada debieran temer, teniendo a su lado a su padre y protector, sucumben a manos de este de una manera inesperada. Por consiguiente, si suprimimos la primera parte se desvanece casi todo el interés de la segunda, y no aparecen tan claras esas alternativas del destino que ha querido figurar el poeta. El defecto capital de esta tragedia no es, pues, ese, en nuestro concepto, sino otro muy distinto, que salta a los ojos al leerla; a saber: que su trama y su espíritu están en abierta contradicción, o lo que es lo mismo, que toda ella en su plan y accidentes supone la existencia de los dioses que determinan la acción, y en su espíritu la niega. La piedad y la compasión que excita el poeta cuando paramos la atención en la suerte de Heracles, de su esposa e hijos, se convierten en indignación y odio contra Hera, que solo por satisfacer su celosa venganza sacrifica víctimas inocentes, y contra su esposo Zeus, que siendo el soberano del cielo y padre de Heracles, contempla impasible la ruina de su propia descendencia. Esto solo, supuestas aquellas creencias y prescindiendo ahora de las nuestras, como debemos hacerlo, era inmoral y altamente irreligioso, justamente tratándose de un espectáculo cuyo objeto era fortificar este sentimiento y moralizar al pueblo. Por lo demás, es obra, como todas las de Eurípides, notable por sus bellezas dramáticas aisladas, por su pintura de afectos, por su poesía sobria y elegante, por sus rasgos sencillos y por la armónica distribución de sus partes. Hay de ella una imitación de uno de los Sénecas, no se sabe si del filósofo o del retórico, como casi todas las suyas llena de singularidades y absurdos, pues aun siendo español y poeta, y no obstante la cruzada que de algún tiempo a esta parte se ha levantado a su favor, para nosotros y para toda persona imparcial y sensata que lea sus imitaciones después de los originales, es y será siempre un trágico deplorable. El patriotismo tiene sus límites, y nunca debe hollar los del buen gusto, porque ni Lucano ni Séneca nos hacen falta, habiendo florecido tan famosos poetas españoles.
Si intentamos ahora fijar la época en que se representó esta tragedia, tendremos que contentarnos con presunciones más o menos fundadas, careciendo de datos positivos y fidedignos, ya transmitidos por los escoliastas, ya por otros escritores griegos. Parece lo más probable que la escribió Eurípides ya anciano, según se desprende de estos versos que pronuncia el coro y que indudablemente aluden al autor:
Οὐ παύσομαι τὰς Χάριτας
Μούσαις συγκαταμειγνύς,
ἁδίσταν συζυγίαν.
μὴ ζῴην μετ᾽ ἀμουσίας,
αἰεὶ δ᾽ ἐν στεφάνοισιν εἴην,
ἔτι τοι γέρων ἀοιδὸς
κελαδεῖ Μναμοσύναν.
ἔτι τὰν Ἡρακλέους
καλλίνικον ἀείδω, κ. τ. λ.
Calcúlase, por tanto, que no es anterior a la olimpiada 90 (420 antes de J.-C.), y que fue obra de un poeta sexagenario.