FÁBULAS
DE
SAMANIEGO
NOVÍSIMA EDICIÓN ILUSTRADA
CON NOTAS GRAMATICALES, LITERARIAS, ETC.
UN VOCABULARIO DE LOS NOMBRES HISTÓRICOS Y GEOGRÁFICOS
Y UN RETRATO DEL AUTOR
POR
MIGUEL DE TORO GÓMEZ
Licenciado en Filosofía y Letras
Oficial de Academia
y Autor del Nuevo Diccionario enciclopédico ilustrado
PARÍS
LIBRERÍA ARMAND COLIN 5, RUE DE MÉZIÈRES, 5
1902
Los derechos reservados.
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ABREVIATURAS
| aument. | aumentativo. | incorr. | incorrección ó incorrecto. |
| ant. | anticuado. | J. C. | Jesucristo. |
| DERIV. | derivado, derivados. | kil. | kilómetro. |
| desp. | despectivo. | m. adv. | modo adverbial. |
| dim. | diminutivo. | pág. | página. |
| ej.: | ejemplo ó ejemplos. | p. a. | participio activo. |
| expr. | expresión. | p. p. | participio pasivo. |
| fam. | familiar. | pron. | pronombre. |
| fem. | femenino. | refr. | refrán. |
| fr. | frase. | SINÓN. | sinónimos. |
| hab. | habitante ó habitantes. | v. véase. |
INTRODUCCIÓN
Uno de los más recientes biógrafos de Samaniego decía no hace mucho (agosto de 1901), hablando de sus obras: «Sus Fábulas, que han alcanzado cientos de ediciones, corren de mano en mano, siendo obligado libro de lectura en todas las escuelas de primera enseñanza.»
Pues bien, no obstante la popularidad de estas fábulas, es tal la fuerza de la rutina, la mezquindad de ciertos editores y hasta, si se quiere, la indiferencia de los autores, que nadie ha pensado en hacer ediciones convenientemente anotadas, como las hay en Francia, muy numerosas y esmeradas, de las Fábulas de La Fontaine. Y sin embargo, pocos libros habrá que tanto lo necesiten. Los niños repiten como papagayos multitud de nombres de personas y cosas de que no se dan cuenta. He aquí en prueba de ello algunos pasajes escogidos entre mil:
¡Oh jóvenes amables
Que en vuestros tiernos años
Al templo de Minerva...
. . . . . . . . . . . . . . . .
De doradas espigas
Como Ceres rodeado.
. . . . . . . . . . . . . . . .
Pues, escuchad á Esopo,
Mis jóvenes amados.
. . . . . . . . . . . . . . . .
Júpiter que se vió con tal basura...
. . . . . . . . . . . . . . . .
No á pares, á docenas encontraba
Las monas en Tetuán....
. . . . . . . . . . . . . . . .
Simónides en Asia se enriquece....
. . . . . . . . . . . . . . . .
Ó tal vez como Ulises has corrido...
. . . . . . . . . . . . . . . .
Si con sus serenatas
El mismo Farinello....
. . . . . . . . . . . . . . . .
Que perdió las suyas
Allá en Campo Santo....
¿Qué sabe el niño quiénes fueron ó qué significan las palabras Minerva, Ceres, Esopo, Júpiter, Tetuán, Simónides, Asia, Ulises, Farinello y Campo Santo?
Y esto, dado caso que la edición sea correcta; pues tenemos á la vista dos ediciones de estas Fábulas, hechas por una de las librerías más antiguas de París (en materia de libros españoles) y en ellas faltan hasta versos enteros, lo cual hace incomprensible el texto.
Á esto se agrega la necesidad de explicar ciertas formas y palabras, ya arcaicas, ya neológicas, y ciertos giros poco usuales ó que contravienen, en parte, á las leyes corrientes del lenguaje.
Hemos creído, pues, prestar un servicio, lo mismo á los alumnos que á los profesores, ofreciéndoles una edición correcta y cuidadosamente anotada, á la que hemos agregado un Vocabulario completo de nombres mitológicos, geográficos é históricos. No dudamos que la ilustrada clase de Profesores y Directores de colegios se apresurará á adoptarla, desterrando de las aulas esas ediciones cojas, incorrectas, descuidadas, que son una afrenta para los libreros que las dan á luz, una falta de consideración á los profesores, y un ultraje á la memoria del insigne Samaniego.
M. de T. G.
Paris, 1º de diciembre de 1901.
SAMANIEGO
El ilustre fabulista, llamado con justicia por Príncipe y por otros el La Fontaine español, nació en 1745 y murió en la villa de Laguardia en 1801, después de emplear su vida en el fomento de los intereses de su país natal. Fué uno de los primeros que se alistaron en aquellas famosas Sociedades de Amigos del País, iniciadas y fomentadas en tiempo de Carlos III y á las que tanto debe nuestra patria. Miembro de la Sociedad Vascongada, establecida en 1645, consagró todos sus esfuerzos y energía á promover y mejorar la educación popular y á este fin compuso[1] su notable colección de Fábulas destinadas, como reza el título, Á los caballeros alumnos del Real Seminario Patriótico vascongado, fundado por la indicada sociedad. Según Ticknor en su Historia de la literatura española, «la primera parte (de las Fábulas) publicada en 1781 y por lo tanto un año antes que la colección de Iriarte, habla de éste como de su modelo[2], sin dejar duda, por lo mismo, de que había visto sus fábulas. Publicóse la segunda en 1784, cuando ya la de su rival había sido aplaudida por el público, de donde se originó la ruptura de sus buenas relaciones, mediando entre ambos cuestiones y folletos que les hacen poco honor... Las fábulas de Samaniego no están seguramente tan bien escritas como las de Iriarte, ni aplicadas con tanta exactitud y originalidad; pero son más sencillas, más naturales y más á propósito para el común de los lectores.»
El eminente crítico Sr. Menéndez y Pelayo, en su obra Los Heterodoxos, habla largamente acerca de otros trabajos de Samaniego y de sus tendencias filosóficas.
Sin embargo, cualquiera que sea el juicio que pueda formarse sobre sus demás escritos, no puede negarse que sus fábulas tuvieron y siguen teniendo la mayor aceptación entre maestros y discípulos, y que constituyen una obra indispensable en las escuelas.
Mi ilustre amigo y maestro, el eximio literato Don Juan Valera, á quien daba cuenta no ha mucho de mi propósito de publicar la presente edición, me decía en fecha reciente (31 de diciembre de 1901): «Mucho celebro que publique Ud. ahí una bonita edición de las fábulas de Samaniego, anotada por Ud. Estas fábulas, en mi sentir, son preciosas y bien pueden entrar en competencia con las de La Fontaine, que se ponen tan por las nubes.»
En 11 de agosto del año pasado hizo justamente un siglo que falleció el insigne fabulista[3], y el 11 de septiembre del mismo año organizó la ilustre Sociedad Económica Vascongada de Amigos del País, en honor suyo, una solemne fiesta en el Palacio de Bellas Artes de San Sebastián, con motivo del centenario de su muerte[4]. De este modo procuraba corresponder al cariño de su hijo predilecto, que había hecho inmortal su nombre, inscribiéndole al frente de la 1ª edición de sus Fábulas.
La junta de Gobierno de dicha Sociedad, que tiene por presidente á D. Leonardo Moyúa y por secretario general á D. Tomás Berminghan, no perdonó medio para dar el mayor brillo y realce á tan patriótica ceremonia, en la que figuraba, presidiendo la escena, el notable busto de Samaniego debido al cincel del escultor bilbaino Sr. Larrea[5]. En un inspirado discurso, cuyos elocuentes párrafos arrancaron frecuentes aplausos, trazó un animado cuadro de la vida y trabajos de nuestro poeta, el elegante escritor, profesor y erudito polígrafo D. Ricardo Becerro de Bengoa[6].
Puso término á la patriótica ceremonia con sentida, al par que elocuente peroración, el Excmo. Sr. Duque de Almodóvar del Río, Ministro de Estado, que hizo notar con mucha oportunidad que «en las Fábulas morales del insigne hijo de Laguardia, no sólo gustamos las primicias del arte literario, sino que aprendimos los preceptos morales, que más tarde en nuestra vida habían de guiarnos, con más gusto, con mayor placer que cuando esos mismos preceptos eran expuestos con la severidad de la ciencia en los tratados áridos de la Filosofía Moral.»
⁂
Para terminar, agregaremos las siguientes notas que consignan los biógrafos de Samaniego: «era de estatura pequeña, pelo negro, cara un poco larga y expresiva; y en cuanto á lo moral, algo escéptico, socarrón y alegre.»
Con motivo de la celebración de su centenario, casi todos los periódicos españoles han honrado la memoria de Samaniego, lo cual demuestra, bien á las claras, que, lejos de irse amortiguando su gloria y fama, no han hecho sino crecer y consolidarse.
Miguel de Toro Gómez.
París, 7 de enero de 1902.
PRÓLOGO DEL AUTOR
Muchos son los sabios de diferentes siglos y naciones que han aspirado al renombre de fabulistas; pero muy pocos los que han hecho esta carrera felizmente. Este conocimiento debiera haberme retraído del arduo empeño de meterme á contar fábulas en verso castellano. Así hubiera sido; pero permítame el público protestar con sinceridad en mi abono, que en esta empresa no ha tenido parte mi elección. Es puramente obra de mi pronta obediencia, debida á una persona, en quien respeto unidas las calidades de tío, maestro y jefe.
En efecto, el director de la real Sociedad Vascongada, mirando la educación como á basa en que estriba la felicidad pública, emplea la mayor parte de su celo patriótico en el cuidado de proporcionar á los jóvenes alumnos del real Seminario Vascongado cuanto conduce á su instrucción; y siendo, por decirlo así, el primer pasto conque se debe nutrir el espíritu de los niños, las máximas morales disfrazadas en el agradable artificio de la fábula, me destinó á poner una colección de ellas en verso castellano, con el objeto de que recibiesen esta enseñanza, ya que no mamándola con la leche, según deseó Platón, á lo menos antes de llegar á estado de poder entender el latín.
Desde luego di principio á mi obrilla. Apenas pillaban los jóvenes seminaristas alguno de mis primeros ensayos, cuando los leían y estudiaban á porfía con indecible placer y facilidad; mostrando en esto el deleite que les causa un cuentecillo adornado con la dulzura y armonía poética, y libre para ellos de las espinas de la traducción, que tan desagradablemente les punzan en los principios de su enseñanza.
Aunque esta primera prueba me asegura en parte de la utilidad de mi empresa, que es la verdadera recomendación de un escrito, no se contenta con ella mi amor propio. Siguiendo éste su ambiciosa condición, desea que respectivamente logren mis fábulas igual acogida que en los niños, en los mayores, y aun, si es posible, entre los doctos; pero á la verdad esto no es tan fácil. Las espinas que dejan de encontrar en ellas los niños, las hallarán los que no lo son en los repetidos defectos de la obra. Quizá no parecerán éstos tan de marca, dando aquí una breve noticia del método que he observado en la ejecución de mi asunto, y de las razones que he tenido para seguirlo.
Después de haber repasado los preceptos de la fábula, formé mi pequeña librería de fabulistas: examiné, comparé y elegí para mis modelos entre todos ellos, después de Esopo, á Fedro y La Fontaine; no tardé en hallar mi desengaño. El primero, más para admirado que para seguido, tuve que abandonarle á los primeros pasos. Si la unión de la elegancia y laconismo sólo está concedida á este poeta en este género, ¿cómo podrá aspirar á ella quien escribe en lengua castellana, y palpa los grados que á ésta le faltan para igualar á la latina en concisión y energía? Este conocimiento, en que me aseguró más y más la práctica, me obligó á separarme de Fedro.
Empecé á aprovecharme del segundo, como se deja ver en las fábulas de La Cigarra y la Hormiga, El Cuervo y el Zorro y alguna otra; pero reconocí que no podía, sin ridiculizarme, trasladar á mis versos aquellas delicadas nuevas gracias y sales, que tan fácil y naturalmente derrama este ingenioso fabulista en su narración.
No obstante, en el estudio que hice de este autor, hallé no solamente que la mayor parte de sus argumentos son tomados de Locmano, Esopo[7] y otros de los antiguos, sino que no tuvo reparo en entregarse á seguir su propio carácter tan francamente, que me atrevo á asegurar que apenas tuvo presente otro precepto, en la narración, que la regla general que él mismo asienta en el prólogo de sus fábulas en boca de Quintiliano: Por mucho gracejo que se dé á la narración, nunca será demasiado.
Con las dificultades que toqué al seguir, en la formación de mi obrita, á estos dos fabulistas, y con el ejemplo que hallé en el último, me resolví á escribir tomando en cerro los argumentos de Esopo, entresacando tal cual de algún moderno, y entregándome con libertad á mi genio, no sólo en el estilo y gusto de la narración, sino aun en el variar rara vez algún tanto ya del argumento, ya de la aplicación de la moralidad, quitando, añadiendo ó mudando alguna cosa que, sin tocar al cuerpo principal del apólogo, contribuya á darle cierto aire de novedad y gracia.
En verdad que, según mi conciencia, más de cuatro veces se peca en este método contra los preceptos de la fábula; pero esta práctica licenciosa es tan corriente entre los fabulistas, que cualquiera que se ponga á cotejar una misma fábula en diferentes versiones, la hallará tan transformada en cada una de ellas respecto del original que, degenerando por grados de una en otra versión, vendrá á parecerle diferente en cada una de ellas. Pues si con todas estas licencias ó pecados contra las leyes de la fábula, ha habido fabulistas que han hecho su carrera hasta llegar al tempo de la inmortalidad, ¿á qué meterme yo en escrúpulos que ellos no tuvieron?
Si en algo he empleado casi nimiamente mi atención, ha sido en hacer versos fáciles, hasta acomodarlos, según mi entender, á la comprensión de los muchachos. Que alguna vez parezca mi estilo no sólo humilde, sino aun bajo, malo es; mas ¿no sería muchísimo peor que, haciéndolo incomprensible á los niños, ocupasen éstos su memoria con inútiles coplas?
Á pesar de mi desvelo en esta parte, desconfío de conseguir mi fin. Un autor moderno, en su Tratado de Educación, dice que en toda la colección de La Fontaine no conoce sino cinco ó seis fábulas, en que brilla con eminencia la sencillez pueril; y aun, haciendo análisis de alguna de ellas, encuentra pasajes desproporcionados á la inteligencia de los niños.
Esta crítica ha sido para mí una lección. Confesaré sinceramente que no he acertado á aprovecharme de ella, si en mi colección no se halla más de la mitad de fábulas que, en la claridad y sencillez del estilo, no pueda apostárselas á la prosa más trivial. Éste me ha parecido el solo medio de acercarme al lenguaje en que debemos enseñar á los muchachos; pero ¿quién tendrá bastante filosofía para acertar á ponerse en el lugar de éstos, y medir así los grados á que llega la comprensión de un niño?
En cuanto al metro, no guardo uniformidad: no es esencial á la fábula, como no lo es al epigrama y á la lira, que admiten infinita variedad de metros. En los apólogos hay tanta inconexión de uno á otro, como en las liras y epigramas. Con la variedad de metros he procurado huír de aquel monotonismo[8] que adormece los sentidos y se opone á la varia armonía, que tanto deleita el ánimo y aviva la atención. Los jóvenes que tomen de memoria estos versos, adquirirán con la repetición de ellos alguna facilidad en hacerlos arreglados á las diversas medidas, á que por este medio acostumbren su oído.
Verdad es que se hallará en mis versos gran copia de endecasílabos pareados con la alternativa de pies quebrados ó de siete sílabas; pero me he acomodado á preferir su frecuente uso al de otros metros, por la ventaja que no tienen los de estancias más largas, en las cuales, por acomodar una sola voz que falte para la clara explicación de la sentencia, ó queda confuso y como estrujado el pensamiento, ó demasiadamente holgado y lleno de ripio.
En conclusión, puede perdonárseme bastante por haber sido el primero en la nación que ha abierto el paso á esta carrera, en que he caminado sin guía, por no haber tenido á bien entrar en ella nuestros célebres poetas castellanos. Dichoso yo si logro que, con la ocasión de corregir mis defectos, dediquen ciertos genios poéticos sus tareas á cultivar este y otros importantes ramos de instrucción y provecho. Mientras así no lo hagan, habremos de contentarnos con leer sus excelentes églogas, y sacar de sus dulcísimos versos casi tanta melodía como de la mejor música del divino Haydn, aunque tal vez no mayor enseñanza ni utilidad.