CAPÍTULO XIII.

OTERO, ANA.
pianista.

El piano fué siempre su amoroso confidente. En él vertió su alma de artista, sus alegrías, sus pesares. Inclinada sobre la armónica dentadura le comunicaba sus más recónditos secretos.

Ana Otero colocaba muy alto el ideal del arte, y por eso el estudio del piano, en ella, fué a la manera de un sacerdocio.

Su portentosa ejecución hacíanla única en la interpretación de las rapsodias de Listz, en Puerto Rico, y en el modo de destacar los cantos, sobre todo, con la mano izquierda, haciendo entonces de ella, como decía Beethoven, "el maestro de Capilla."

Las más áridas y erizadas dificultades del piano, las vencía Anita sin esfuerzo aparente, con esa difícil facilidad que es el gran escollo de los ejecutantes. Era sorprendente en la sonoridad, en el sonido que sacaba de las notas, en el manejo de los pedales, y en el rubato.

Al hacer, Anita, un pasaje rubato expresaba abandono, no desorden, y haciendo una verdadera creación de cada una de estas frases, se alejaba del amaneramiento tan común en nuestros días, y tan artificioso como frívolo.

En la ejecución de la Polonesa en la bemol, de Chopín, no desplegaba esa fuerza de trueno, acostumbrada por algunos pianistas. Ella comenzaba el famoso pasaje en octavas, pianísimo, y lo llevaba hasta el fin sin una progresión dinámica demasiada estrepitosa. Evitaba, en general, todos los contrastes chillones y todos los fuegos pirotécnicos.

Nació la egregia artista en Humacao, P. R., el 24 de julio de 1861.

Fué educada o iniciada en el arte de la música y del piano, por su respetable padre, Don Ignacio, antiguo y reputado profesor de música.

Con una perseverancia digna de encomio, de toda clase de alabanza, comenzó Ana sus estudios, y sintiendo agitarse a su alrededor las águilas de la noble ambición artística ya conocedora, precoz, del instrumento, y, pianista en capullo, dió principio a su peregrinación por la Isla, en 1886, pues guiábala el loable propósito de allegar recursos para tender el vuelo hacia un Conservatorio Europeo en donde perfeccionar sus estudios.

Numerosos amigos y admiradores, que veían en ella, y la predecían, la sucesora de Tavárez, único pianista conocido, en aquella época, hijo de Puerto Rico, le aconsejaban frecuentemente, que procurase los medios de trasladarse a Europa, para enriquecer sus conocimientos musicales bajo la dirección de maestros eminentes.

Después de luchas incesantes y de vacilaciones sin cuento, decidió Ana hacer una tournée por la isla, atenida a sus propias fuerzas y a la hidalguía de sus compatriotas, los cuales no le escatimaron ni aplausos ni apoyo material.

Terminada la excursión, decidió realizar sus nobles ambiciones, y allá por el mes de junio de 1887, se trasladó a Barcelona, en donde, al llegar, se encontró con qué, a la sazón, se proyectaba una fiesta artística a beneficio de la Sociedad de Escritores y Artistas, de aquella ciudad; fué invitada a tomar parte en dicho acto, por su compueblano y amigo, el muy ilustre doctor y excelso poeta, Manuel Martínez Rosselló, estudiante, entonces, de medicina, que formaba parte de la comisión organizadora de dicho festival.

Ejecutó Ana Otero varias piezas, entre ellas, el concierto de Kalbrenner acompañado por numerosa orquesta, y el Fausto, del pianista catalán Pujols, encontrándose éste en el teatro El Dorado; y el renombrado artista manifestó, que la interpretación dada a su obra, por la señorita Otero, se hallaba al nivel de la de cualquier pianista de renombre.

Un mes después, se presentaba Anita, decidida y animosa, en París, ante el profesor del Conservatorio, Mr. Fissot, a fin de que la oyése tocar y le manifestara, francamente, si podía aspirar al ingreso como alumna en el Conservatorio, el cual le manifestó, que sus dotes artísticas eran excelentes, y la ofreció preparar para que entrase en concurso, lo que no podía efectuarse hasta el próximo noviembre, época en que se abrían los cursos de estudios.

Llegada dicha fecha, Anita se presentó ante el jurado, a luchar entre doscientos veinticuatro competidoras; de éstas, sólo dieciséis fueron calificadas aptas para el ingreso, pero como solamente habían, disponibles, ocho plazas, se procedió a una elección, resultando Anita, obteniendo, también por la suerte, la designación que antes alcanzara por sus méritos.

Desde esa fecha memorable, concurrió Ana, tres veces por semana, a la clase del Conservatorio, dirigida por el mencionado Mr. Fissot, y a la vez asistía a la del reputado maestro Toaudau, el cual le daba lecciones de armonía y composición.

El primer año de su permanencia en París fué de luchas y sufrimientos, tanto por el idioma, como por los rigores del clima. En combate tan desigual, venció el genio y la fuerza de voluntad férrea, inquebrantable, de la notable pianista.

Al terminar el primer curso, tanto Mr. Fissot como Mr. Toaudau, le expidieron certificaciones expresivas y laudatorias de sus adelantos musicales.

Con estos triunfos alentadores y aprovechando las vacaciones escolares, se trasladó, Anita, a Barcelona en donde residía su hermana doña Carmen O. de Gálvez.

Celebrábase, en aquella fecha, la exposición internacional, en cuyo salón de música y en un magnífico piano Erard ejecutaba el gran pianista español, Isaac Albéniz, algunas de sus magistrales composiciones. Anita se hizo presentar a él, logrando que le concediera una entrevista en su casa, para ejecutar en su presencia algunas de sus obras, como las Sevillanas, Cotillón y Pavana, con el fin de que la juzgara y corrigiera la interpretación que daba a su música. A los pocos días tuvo lugar en la residencia del gran virtuose, la sesión musical solicitada, y Ana tocó delante del reputado pianista las piezas mencionadas, sin que aquél tuviera nada que objetarla; y, como premio a sus facultades, le regaló varios ejemplares de sus composiciones, con expresiva dedicatoria, en las que felicitaba a Puerto Rico, por contar entre sus hijos a una artista de tan relevantes méritos.

Terminadas las vacaciones, preparábase Anita para regresar a Puerto Rico, sin realizar sus anhelos de terminar los estudios, a causa de habérsele agotado los recursos con que contaba para su sostenimiento en París.

A iniciativa de la noble e inteligente dama portorriqueña, Ana Roqué, secundada eficazmente por Don Arturo Aponte, Don Salvador Fulladosa y otros amigos entusiastas de Anita, se fundó, en Humacao, una revista literaria titulada Euterpe, con cuyo producto pudo, Anita, trasladarse nuevamente a París, en octubre de 1888, para proseguir los estudios.

Una vez en la capital francesa, se proporcionó los medios de hacerse oir del eminente profesor Mr. Marmontel, maestro de Mr. Fissot y de casi todos los profesores del Conservatorio.

En presencia de este venerable anciano, gloria del arte musical, interpretó, Anita, la tercera balada de Chopín, pieza de concurso en el año anterior; y a petición del maestro, obras de Listz, Schumann, Mendelson y Beethoven, el cual, interrumpiéndole, la dijo: "Sin adulación alguna le declaro, que estoy muy satisfecho de su manera de tocar; tiene usted interpretación propia, cualidad no común en los pianistas mordernos; y, tomándola la cabeza entre sus manos, añadió, y es usted una artista completa y le auguro un porvenir brillante."

Para estar, Ana, aún más segura de sus conocimientos, preguntó a Marmontel, si él creía que ella pudiera dar un concierto en Madrid, contestándole el maestro, que no tan sólo podía exhibirse en España, si que también en Alemania, Inglaterra, y hasta en el mismo París, y que él se comprometía a hacerle el programa de su primer concierto.

Y en París, cerebro del Mundo, y en la famosa sala Pleyel, por la que han desfilado tantos grandes de la música, dió su primer concierto la inspirada y eximia artista portorriqueña, alcanzando completo éxito, del numeroso público que asistió a escucharla.

En una de las primeras filas de butacas de la sala se destacaba la venerable figura de Mr. Marmontel, quién, al terminar la primera parte del concierto, subió a felicitar a Ana, y en presencia del público la estrechó entre sus brazos.

Ana Otero era, por tanto, una artista de fama, sólidamente conquistada, y había colocado muy alto a su país en suelo extranjero.

L'echo y Le Fígaro, de París y otros periódicos proclamaron en sus columnas el triunfo brillante de la artista borinqueña.

De regreso de Europa, y después de haber dado algunos conciertos en varias poblaciones de la isla, volvió Ana a hacer otra tournée artística por la América del Sur, empezando por la ciudad de Caracas, continuando por Puerto Cabello, Valencia Curacao, Cartagena, Costa Rica, hasta llegar a New York, donde se hizo oir en una de las grandes salas de conciertos de aquella gran ciudad. Allí permaneció el tiempo necesario para cursar el inglés, que ya conocía gramaticalmente, así como el francés y también el italiano, por lo cual, Anita, con su lengua vernal, poseía cuatro idiomas.

Por razones de salud, regresó a Puerto Rico y se dedicó entonces, a la enseñanza del piano, fundando una Academia, en la cual llegó a reunir un gran número de alumnas, todas aprovechadas, que hacen hoy gran honor a su ilustre profesora.

Ella fué la continuadora, en la enseñanza del piano, del gran maestro español Fermín Toledo, el cual, fué quién elevó ese arte a gran altura en Puerto Rico, imprimiendo una nueva escuela, casi desconocida en aquel entonces en que el ambiente artístico estaba completamente huérfano del buen gusto que debe presidir en el arte; anulando sensiblerías de gustos enfermizos, consiguió hacer florecer un buen número de alumnas, entre las que pueden mencionarse, María Medina de Vasconi, Leonisa Rius, Asunción Bobadilla y otras más, que pudieron demostrar la impecable escuela de aquel gran maestro español, amigo cariñoso de los portorriqueños.[23]

De manera que, al marcharse Toledo para los Estados Unidos, fué Anita, la que asumió la marcha de la buena y perfecta enseñanza del piano, dando los opimos frutos que todos conocemos.

Su excesivo trabajo; la constante demanda del público, ávido de su enseñanza, minó su salud y se tronchó la flor de su vida.

Aquellos ojos, que se abrían, como dos astros, sobre sus aristocráticas mejillas, se cerraron para siempre. Aquellos dedos mágicos, que supieron interpretar las más difíciles creaciones, se agitaron en estremecimientos de dolor, tal vez de protesta, y... ¡el cielo no se conmovió ante aquella inmensa desventura!

Murió el día cuatro de abril de 1905, y, ¡¡ni un sólo pliegue frunció la azul cortina de los cielos!!

Su muerte fué un doloroso acontecimiento para el arte portorriqueño. Su cadáver fué embalsamado y conducido a Humacao, en cuyo cementerio duerme entre flores, junto a la tumba de su padre, su primer maestro.

Dos años después, a iniciativa de algunos admiradores de la egregia artista,[24] le dedicó el Ateneo una velada, en la cual, las que habían sido sus discípulas, interpretaron algunas de sus composiciones inspiradísimas, porque Anita fué también una exquisita compositora.

El retrato de Ana Otero debe figurar, en sitio de honor, en nuestro primer centro de cultura.

Fué un astro maravilloso que nos deslumbró con sus resplandores.

Y, como hecha flor, cayó de una estrella, allá se volvió esparciendo, a su paso, una fulgurante estela de luz.

La Hija del Caribe.

Arecibo, P. R., octubre de 1915.