CAPITULO XLV.
Los turcos y turcoples vienen al servicio de los catalanes.
En tanto que las armas catalanas y griegas se ocupaban en su misma ruina, los turcos libres del miedo que el ejército de entrambas les pudiera dar, si concordes y unidos prosigueran la guerra, volvieron á seguir el curso de sus victorias, y ocupar las Provincias de la Asia, no teniendo ejército que se les opusiese á la corriente de su próspera fortuna. Porque, segun cuenta Pachimerio, el año veinte y cuatro del Reino de Andronico, que fué de Cristo mil trescientos y seis los Griegos desampararon de todo el punto del Asia y esto fué tres años después que los nuestros salieron de ella; de donde se colige manifiestamente el daño que resultó de la division y discordia de los Catalanes, y Griegos, pues con ella se perdió la ocasion de oprimir aquella soberbia nacion en sus principios, que en este tiempo se pudiera haber hecho con poca dificultad. Los Turcos absolutos señores de la Asia deseaban poner el pié en Europa, y dilatar sus vencedoras armas en Poniente. Detuvo algunos años el cumplimiento de su deseo la falta de navíos con que pasar los que estaban de la otra parte del estrecho de Galípoli. Valiéndose de la ocasion presente de ver á los Catalanes enemigos de los Griegos, enviaron á Galípoli sus mensajeros á tentar el ánimo de los nuestros, y si admitirían algun trato queriendo venirles á servir. Mostraron que no les desplacia. Los Catalanes con esto enviaron á los mensajeros una fragata armada, y con ella vino Jiménez su Capitan con diez compañeros á concluir el trato. Ofreció de parte de los suyos venir con ocho cientos caballos, y dos mil infantes, y prestar juramento de fidelidad al general de los Catalanes. Las condiciones fueron, que se les señalase cuartel á parte donde pudiesen vivir juntos con sus familias, que de las presas se les diese la mitad de lo que se daba al soldado Catalan, que siempre que quisieren volver á su tierra pudiesen sin que se les hiciese violencia para detenerles. Oido lo propuesto por el Turco, de comun consentimiento les admitieron á su servicio, ofreciendo de cumplir con las condiciones con juramento. Con esta respuesta Jimelix volvió á pasar el estrecho, y á prevenir su gente en tanto que la armada llegaba y poco después embarcados en los navios y galeras que se pudieron juntar, llegaron á Galípoli dos mil infantes, y ochocientos caballos Turcos, con sus hijos, y mujeres, y haciendas. Este fué el hecho de los Catalanes condenado de los antiguos, y modernos escritores por muy feo, pasar Europa á los Bárbaros infieles enemigos del nombre Cristiano, manchando la gloria de aquella expedicion con tan impio y destestable consejo, como lo fué abrir el camino de Europa tan gallarda y poderosa nacion. Injusto cargo fué sin duda el que estos escritores ponen á los Catalanes, dejándose llevar de la pasion ó del descuido de no advertirlo; yerro en un escritor grave. Impio consejo fuera él de los Catalanes, y pernicioso para su libertad, si los Turcos que admitieron en su favor fueran superiores en fuerzas, porque entonces libremente pudieran introducir su secta, y hacer daño á su fe, y juntamente oprimir la libertad de quien les llamó. Los socorros y ayudas no han de ser mayores que las propias fuerzas; porque no suceda lo que á un Scipion en España, cuando treinta mil Celtiberos, con perfidia notable le desampararon, y él como inferior no los pudo detener. De donde Livio sacó un importante documento. Los Turcos no llegaban á tres mil en número, en armas, en valor, inferiores á los Catalanes, de manera que no se pudiera presumir que los Turcos hicieran mas de lo que ordenaban los Catalanes, y siendo ellos cristianos, cierto es que su fe no pudiera peligrar, que aquellos Bárbaros viéndose tan inferiores la ofendieran. En las comunidades del Reino de Valencia, en tiempos de nuestros abuelos, los que mas fielmente sirvieron fueron los moros, y el servirse de ellos contra cristianos se tuvo por lícito, y necesario. No de otra manera sirvieron los Turcos á los Catalanes en Grecia, á mas de que la propia defensa disculpa cualquier yerro que en este se pudiera haber hecho. No se hallara República ni príncipe apretado de guerras extranjeras, ó civiles, que haya dejado de llamar en su ayuda gentes de religion y costumbres diferentes, y muchas veces dieron entrada en sus Reinos á los mas poderosos, por librarse del presente daño, sin advertir que pudieran quedar por despojos vencidos, ó vencedores. El peligro vecino alguna vez se ataja con otro mayor, y puesto que de cualquiera manera se haya de perecer, bueno es dilatarlo, y escoger el mas remoto, y el que puede dejar de ser. Si los Catalanes hicieran lo que hizo Stilicon y Narses, el uno llamando á los Godos, el otro á los Longobardos para la ruina de Italia, y del Imperio, no pudieran ser mas ofendidos de las plumas y lenguas de la historia; unos les llaman impios, sacrílegos, otros piratas, comun pestilencia de las gentes, hombres sin Dios, sin ley, sin razon, y todo nace porque en su favor llamaron á los Turcos, que entendido esto por mayor, ofende algo las orejas cristianas, pero bien abvertido y averíguado, no hay razon para culparle levemente, cuando mas para ofenderles con palabras tan descompuestas, y llenas de injuria y afrentas. Mil leguas de su patria, sus capitanes, y embajadores muertos á traicion, ¿qué sufrimiento no irritará?. ¿Qué medio por violento que fuera no intentará su afrenta?. Cuando hubiera yerro, esto pudiera moderar el juicio del escritor. Hállase tambien alguna dificultad acerca del tiempo en que pasaron los Turcos, porque Nicephoro dice, que fueron llamados de los catalanes antes de la batalla de Apros, cuando se supo que Miguel venia sobre ellos, y que solos fueron quinientos los que pasaron. Esta narracion de Nicephoro la tengo por falsa, porque Montaner en el número, y en el tiempo le contradice, y como testigo de vista se le debe dar mas crédito, aunque catalan, y ofendido; porque en el discurso de su historia refiere muchas cosas contra los de su nacion, y condena lo mal hecho con libertad, y sin respeto, y no es de creer que quien dice la verdad en su daño, no la dijera en lo que tampoco importaba á su gloria como venia los turcos cuatro años antes ó después. Zurita siguiendo la relacion de Berenguer de Entenza, difiere tambien de Nicephoro; porque dice que el mismo Berenguer de Entenza llamó á los turcos después que supo la muerte de sus embajadores, y que pasaron á Galípoli mil y quinientos caballos, y le prestaron juramento de fidelidad. Esto tambien lo tengo por falso, porque parece imposible que en quince dias que Berenguer se detuvo en Galípoli, después que se declaró por enemigo del Imperio, llamáse á los turcos que estaban en Asia, y se concertase con ellos, y se juntasen mil y quinientos caballos, y se embarcasen, y viniesen á prestarle juramento de fidelidad; que son cosas que aunque se hicieran con suma presteza, no pudieran concluirse en quince dias. La verdad del tiempo en que pasaron los turcos, la refiere claramente Montaner, que fué cuatro años después de esta jornada, y para tener esto por cierto no se halla dificultad ni imposibilidad alguna, como las hay, y muy grandes en lo que dice Nicephoro, y Zurita; y así en materia de los hechos de los Turcos solo seguiré á Montaner, porque le tengo por mas verdadero, y que intervino y asistió en todas estas jornadas.
En este mismo tiempo los turcoples que servian al emperador, declarados por rebeldes, porque á imitacion de los catalanes quisieron que se les pagase el sueldo ó hacerse contribuir con las armas, no pudieron, por ser pocos, mantenerse por sí, enviaron á decir á los catalanes que si les admitirían en su compañía. Respondieron que viniesen seguros, que con ellos se usaria lo mismo que con los turcos, y con mayores ventajas por ser cristianos. Vinieron hasta mil caballos buenos, y prestaron juramento de fidelidad debajo de los mismos conciertos que lo hicieron los turcos. Pusiéronse á órden de Juan Perez de Caldés. Quedo el emperador Andronico sin la milicia extranjera, después que los alanos, y turcoples se apartaron de su servicio, tan falto de soldados que libremente se podia acometer cualquier empresa por grande que fuese en las provincias de su imperio, sin tener quien se lo impidiese. Estas fuerzas que perdió el emperador, acrecentaron las de Rocafort, porque turcos, y turcoples igualmente le respetaban y reconocían por suprema cabeza, y con esta seguridad de verse tan obedecido, y amado de ellos, se desvaneció, y se hizo odioso á muchos, por la insolencia y poder absoluto con que lo gobernaba, y mandaba todo.