CAPITULO XXIV.
La gente de guerra con mayor furia que antes se alborota, porque tiene alguna desconfianza de Roger.
El Emperador Andronico para cumplimiento del juramento hecho, envió á Teodoro Chuno que llevase á Roger los conciertos firmados y sellados con sellos de oro, y treinta mil escudos, y las insignias de César, y que el trigo estaba ya recogido para entregarle á quien Roger ordenase. Caminaba la vuelta de Ripi Teodoro, y como cuerdo y practico junto á Ripi se detuvo, porque supo que las cosas de Galípoli, y de los catalanes se iban empeorando. Resolvió de no pasar adelante hasta saber de cierto el estado de las cosas, á más de que temia á Roger por estar ofendido de un hermano suyo que estaba en Cancilio, de donde muchas veces habia salido con gente armada en su daño. Así parece que por cierta providencia envió á Canavurio que fuese antes á la hermana del Emperador, para que primero á ella le diese aviso de lo que pasaba, y juntamente volviese á sagnificarle la disposicion y estado del nuevo motin, porque su persona y el dinero no lo queria aventurar sin más seguridad de la que tenía. Pasó adelante, caminando siempre muy despacio, para dar tiempo á Canavurio que se pudiese informar, y volverle á encontrar antes del peligro. Junto á Brachialio tuvo nuevas llenas de sospechas, porque tuvo aviso que Roger no recibiera las insignias de César por no hacerse más sospechoso á los suyos, de quien ya comenzaban á tener alguna desconfianza, por verle rico y honrado, y ellos defraudado de su sueldo. Temió Teodoro, y resolvió de asegurarse, retirándose al fuerte de Ripi donde estuvo algunos dias. Como vió que no se sosegaba la gente, temió que si los Catalanes entendieran que él estaba en Ripi con treinta mil escudos, no le acometiesen para quitarle el dinero; y así una noche con gran secreto con todos los recaudos que traía se fué á Constantinopla, y dió razon al Emperador de lo que le habia detenido, y forzado á volver atrás sin ejecutar su órden. Roger juzgó que convenia para su reputacion, y seguridad satisfacer al ejército de las sospechas viles de su fé, y así ordenó á las principales cabezas del ejército que se viniesen á Galípoli, dejando aseguradas las plazas que tenian á su cargo, Juntos todos les dijo, que los trabajos y peligros que habian padecido por el aumentó y bien de la nacion Catalana y Aragonesa, no merecían tan mala correspondencia como tener duda de su fidelidad: que él habia probado su intencion en la guerra de Sicilia, sirvieron al Rey, y gobernando siempre gente Catalana, y con ser aquellos tiempos tan sospechosos, nadie se atrevió á ofenderle: que en las guerras del Asia habia acudido á la obligacion que fué llamado, y que el Emperador aunque le habia hecho muchas honras, no las tenía él por iguales á sus servicios, y cuando lo fueran, que él no era hombre que por correponder á ellas olvidaría las obligaciones que tenía en primer lugar: que el Emperador le queria hacer César, y que él no queria más recibir honras sin que á ellos se les diese entera satisfacion, y que por solo venirles á socorrer y animar habia salido de Constantinopla, y dejado al Emperador que le queria detener y acrecentar; que él estaba resuelto de correr la fortuna que ellos, y que si el Emperador con su ejército les acometiere, procuraría por el juramento hecho ceder si pudiese á su rigor, pero que cuando conviniese, forzosamente habian de venir á las armas, y las suyas siempre se habian de emplear en la defensa comun contra los Griegos. Con esta plática Roger aseguró su crédito, y los Catalanes satisfechos de sus sospechas, y así con el reconocimiento que siempre, le dieron disculpa de los recelos mal fundados de algunos.
En este mismo tiempo sucedió para mayor descrédito de nuestras armas, que los Turcos acometieron la Isla del Jio, que estaba á cargo de Roger y los suyos, y casi toda ella la tomaron, sino fueron algunos que se pudieron retirar á la fortaleza en cuarenta barcos que pudieron juntar, y estos tambien se perdieron lastimosamente rotos y deshechos de una furiosa tormenta junto á la Isla de Sciro. Con esta pérdida los ánimos de los unos y de los otros se fueron irritando. Los Griegos porque les pareció que los Catalanes, ya que les molestaban tanto con las ordinarias contribuciones, no fuesen bastantes para defenderles del rigor y sujecion de los infieles; los Catalanes tambien atribuyeron esta perdida á la dilacion de Andronico, en no cumplirles lo que tantas veces se les habia ofrecido, y que si se les pagara con tiempo, pudieran ellos acudir á su obligacion, y defender lo que estaba á su cargo; la falta de dinero les obligó á que con mayor desorden le fuesen á buscar por todos los lugares de Thracia.