CAPITULO XXXVI.

Previenese Miguel Paleólogo para venir sobre Galípoli, los nuestros á pelear con el tres jornadas lejos, y entre los lugares de Apros, y Cipsela se da la batalla, sale de ella Miguel vencido, y herido.

La buena dicha de nuestras armas puso en cuidado al Emperador Andronico, y á Miguel su hijo, porque nunca creyeron que gente tan poca se les pudiera dar, y forzarles á poner todas las fuerzas del Imperio para su ruina. Con el suceso de Galípoli, resolvieron los Emperadores de juntar sus gentes, y dar sobre los nuestros antes que pudiesen de Cataluña, ó de Sicilia llegar socorros. De estas prevenciones y aparatos de guerra fueron los nuestros avisados por una espía Griega, que Montaner envió con harto recelo de que volviese, porque otras de la misma nacion, que á diversas partes se enviaron, no volvieron. Catalanes no podian servir en esta ocupacion, porque siempre eran conocidos, aunque con traje, y lenguaje Griego se procuraban encubrir. Con este aviso se resolvieron todos de salir á buscar al enemigo la tierra adentro resolucion tan gallarda como cualquiera de las otras que tomaron. No pienso yo que tantas finezas ni bizarrías se puedan haber leído en otras historias, y así algunas veces temo que mi crédito y fe se ha de poner en duda; pero advertido el que esto leyere que Nicephoro Gregoras, y Pachimerio autores Griegos, y por serlo enemigos, y Montaner Catalan concuerdan en lo que parece más increíble, tendrá por verdad lo que escribimos. Montaner refiere que la principal causa que les movió á seguir este consejo fué verse ya ricos, y prósperos, y temer, que la sobrada aficion de sus riquezas, y el temor de perderlas, no les hiciera perder algo de su reputacion. Siguiendo los consejos mas cautos, y menos honrosos, dejaron en Galípoli de guarnicion donde quedaban su hacienda, mugeres y familia cien Almugavares, y partieron la vuelta de Andrinopoli, plaza de armas de aquel ejército que se juntaba contra ellos, con firme determinacion de pelear con Miguel, aunque fuese asistido del mayor poder de su Imperio. Caminaron tres dias por Thracia, destruyendo y talando la campaña; llegaron á poner una noche sus cuarteles á la falda de un monte poco áspero. Las centinelas que pusieron en los altos descubrieron de la otra parte grandes fuegos; enviaronse reconocedores, y poco después volvieron con dos Griegos prisioneros, de quien se supo la ocasion de los fuegos, que fué por estar Miguel acuartelado con seis mil caballos, y mayor número de infantes, entre Agros y Cipsela, dos Aldeas pequeñas aguardando lo restante del campo. Quisieron algunos que aquella misma noche se atravesase la montaña que les dividia, y diesen sobre los enemigos descuidados, y no me parece que aprobaron este consejo, no sé por que razon; puesto que forzosamente se habia de pelear con ellos, mas facil fuera con la obscuridad y confusion de la noche aventurarse, que aguardar la mañana cuando siendo tan pocos pudieran ser mejor reconocidos. Después de haberse todos confesado, y recibido el Sacramento de la Eucharastia, hicieron un solo escuadron de su infantería, y la caballería dividida igualmente en dos tropas á cada lado del escuadron la suya, y otro escuadron dejaron en la retaguarda para socorrer á donde la necesidad le llamase. Caminaron la vuelta del enemigo; al salir del sol se hallaron de la otra parte de la montañuela, de donde descubrieron al enemigo mas poderoso de lo que la espia les dijo, y fué, porque dos horas antes llegó la mayor parte de su ejército que le faltaba. Reconoció el enemigo su venida y como entre infantes y caballos no llegaban á tres mil los nuestros, juzgaron que venia á rendir las armas, y entregarse á la clemencia de Miguel; y esto lo tuvieron por tan cierto que ni querian tomar las armas ni salir de sus cuarteles. Pero Miguel que con tanto daño suyo conocia por experiencia el valor de sus enemigos, sacó su gente, y él se armó, y puso á caballo, ordenando los escuadrones en esta forma. La infantería repartida en cinco escuadrones á cargo de Teodoro tio de Miguel, General de toda la milicia, que habia venido del Oriente en el cuerno siniestro puso las tropas de caballería de los Alanos y Turcoples á cargo de Basila, en el cuerno derecho se puso la caballería mas escogida de Thracia y Macedonia, con los Valasco y los aventureros á órden del gran Etriarca; en la retaguarda quedó Miguel con los de su guarda, y parte de la nobleza que asistia á su defensa. Acompañábale el Despota su hermano, y Senacarib Ángelo, que este dia no quiso tener gente de guerra á su cargo, por hallarse ocupado en la defensa del Emperador, y tener cuidado de la seguridad de su persona. Reconoció Miguel sus escuadrones, y animados á la batalla, vinieron cerrando. Los nuestros divididos en cuatro escuadrones con gran ánimo y resolucion los primeros con quien se toparon fueron los Alanos Turcoples, que su caballería envistió el primer escuadron de Almugavares, que invencible quebrantó su furia, tanto, que dice Pachimerio, que luego se retiraron huyendo. Aunque Nicephoro dice, que los Masagetas y Turcoples cuando tocaron las trompetas para envestir, huyeron, porque tenian resuelto de no servir al Emperador, y los Turcoples tenian trato con los Catalanes. De cualquier manera que ello fuese, ó después de haber envestido, ó antes, huyeron, y la infantería descubierta por el siniestro lado de toda la caballería que le sustentaba, quedó, dice Nicephoro, como la nave sin arbol y sin velas en la mayor furia de la tempestad. Parte de nuestra caballería, que se habia juntado de Almugavares y marineros, habia desmontado y acometido á pie por aquella parte. La ocasion que tubieron para desmontar estas tropas, fué solo por hallarse inútiles en este genéro de servicio, y que si no dejáran los caballos no pudieran pelear. Los demás escuadrones de infantería, libres de la mayor parte de la caballería enemiga que les pudiera dañar, cerraron por la frente tan vivamente, que degolladas las primeras hileras donde estaban sus mas lucidos y valientes soldados, todo lo demas de la infantería se puso en huida aunque la caballería de Thracia y Macedonia, como la mejor y de mayor reputacion de aquellas Provincias, mantuvo por gran rato su puesto peleando con nuestra caballería, y defendió uno de sus escuadrones que no fuese roto, hasta que los Almugavares le abrieron por el otro costado, y por la frente, y entonces su caballería con mucha pérdida dejo el puesto, huyendo la vuelta de Cipsela. Miguel, como buen Príncipe y valiente soldado viendo sus escuadrones rotos, y caballería, parte retirada, y parte deshecha, y en quien tenia puesta la mayor esperanza de vencer, sacó su caballo la vuelta del enemigo, y luego repentinamente quedó el caballo sin freno, y se arrojo á vuelta de los enemigos, detenido de los que estaban en su guarda hubo de subir en otro caballo, y sin tener por mal agüero el haber perdido el freno su caballo, se metia por lo mas peligroso, y con gran presteza animaba unos y socorria á otros, cuando con amenazas, cuando con ruegos, llamando á sus Capitanes y Maestres de Campo por sus nombres, que volviesen las caras, que resistiesen, que no perdiesen aquel dia con tanta mengua la reputacion del Imperio Romano. Los soldados y Capitanes, perdido una vez el miedo á su fama, y puesto en ejecucion caso tan feo como desamparar la persona del Príncipe, tambien la perdieron á sus ruegos y quejas, porque cuanto mayor es la infamia de un hecho, tanto más dificil es el arrepentimiento. Entonces Miguel quiso con el ejemplo, ya que no pudo con las palabras, obligarles, y juzgando por grande afrenta no aventurar su vida por la de los suyos vuelto á los pocos que les seguían, les dijo: Ya llegó tiempo, compañeros y amigos, en que la muerte es mejor que la vida, y la vida mas cruel que la misma muerte. Muerase con reputacion, si se ha de vivir con infamia. Y levantando el rostro al cielo, pidiendole su ayuda, se arrojó con su caballo en medio de los nuestros. Siguieronle hasta ciento de los más fieles, y por un grande espacio puso la victoria en duda; tanto puede en semejantes ocasiones la persona del Príncipe que se aventura. Hirió á muchos y mató á dos. Un marinero catalan llamado Berenguer, que en la jornada de este dia se halló sobre un buen caballo, y con lucidas armas despojos de la victoria pasada, anduvo entre los enemigos tan bizarro, que Miguel por entrenabas causas le tuvo por algun señalado Capitan de nuestra nacion, y con deseo de mostrar su esfuerzo, se fué para él, y le dió una cuchillada en el brazo izquierdo. Resolvió sobre Miguel el marinero con tanta presteza, que sin darle tiempo de sacar su caballo, á golpes de maza le hizo saltar el escudo, y le hirió en el rostro, y al mismo tiempo le mataron á Miguel el caballo, y le tuvieron casi rendido, pero algunos de su guarda le socorrieron valientemente, y uno de ellos le dió su caballo con que se salvó. Quedando muerto por librar á su príncipe, Miguel perdida la mayor parte de su gente, y libre del peligro por su valor y por su dicha, se salió de la batalla, llevado más por la fuerza de los suyos, que por su voluntad. Intentó muchas veces volver á cobrar la reputacion pérdida, pero siempre fué detenido, y su coraje rebentó en lagrimas. Retiróse dentro del Castillo de Apros, con que la victoria se declaró por nosotros. No se siguió el alcance, porque entendieron siempre que á los Griegos les quedaban fuerzas enteras para volver segunda vez á pelear, y temieron alguna emboscada, según Pachimerio dice, y añade, que fué particular providencia de Dios el miedo que tuvieron los Catalanes de la emboscada, para detenerles que no ejecutasen la victoria, donde perecieran muchos más; y Miguel llegara á sus manos. Contentáronse con quedar señores del campo, y aguardar la mañana que les desengañaría de sus sospechas. Toda aquella noche se estuvo con las armas en la mano. Llegó la mañana, y reconocieron que su victoria habia sido con entero cumplimiento. Acometieron á Apros el mismo dia, que defendido solo de sus vecinos, fácilmente se entró. En este lugar se detuvieron ocho dias, para que los heridos se curasen y los demás descansasen del trabajo y fatiga de la batalla. Súpose luego como la gente que Miguel aguardaba, y según los espías refirieron ya se le habia juntado antes de la batalla, y que todo estaba vencido. Perecieron, según Montaner del enemigo diez mil caballos, y quince mil infantes; de los nuestros veinte y siete y nueve caballos. Retirado Miguel dentro de Apros, no se tuvo por seguro, y aquella misma noche se salió, y se fué á Pambhilo y de allí á Didimoto donde estaba su padre, de quien, cuenta Nicephoro que fué reprehendido gravemente, porque puso su persona tan atrevidamente en tanto riesgo, que lo que en un soldado, ó Capitan se debia de alabar, en un Emperador era digno de reprehension; palabras nacidas de la aficion de un padre, más que de lo que debiera aconsejar si no lo fuera, porque no sé yo que tenga el Príncipe mayor obligacion de aventurarse, que la que Miguel se aventuró, cuando ve sus escuadrones deshechos, su reputacion en peligro, su gente muerta y sus estados pérdidos. ¿Qué Príncipe de los celebrados en la memoria de las gentes dejó de poner su vida al mayor riesgo, cuando la importancia y la grandeza del caso és de tal calidad?.

Con esta victoria, la mayor parte de la Provincia de Thracia quedó por despojos de los nuestros. Las Ciudades populosas y fuertes no padecieron en esta comun tempestad, porque siendo los Catalanes tan pocos, no se querian ocupar en asaltar murallas, donde forzosamente habian de perder gente, y si algunas tomaron, fué porque el descuido del enemigo les convidó para que lo pudiesen hacer, sin aventurarse mucho. Los moradores de las aldeas y poblaciones de Griegos de toda la Provincia, sabida la pérdida de su ejército, dejaron sus casas, y sus haciendas, y el trigo que estaba ya para recoger, y peregrinando por reinos vecinos, acrecentaron el temor de nuestra venganza; y dice Pachimerio que entraba de todas parte infinita gente huyendo, y que parecia Constantinopla la espera de Empedocles. Fué ocasion esta victoria de que sucediese en Andrinopolis un caso lastimoso á los Catalanes que estaban presos desde la muerte de Roger, que llegaban al número de sesenta. Tuvieron aviso de la victoria de Apros, animarónse á intentar su libertad. Estaban en una cárcel fuerte de una torre, rompieron los grillos, y acometieron una puerta no la pudieron abrir, subieron á lo alto de la torre para reconocer algun camino de su libertad, no fué posible hallarle, y como desesperados de hallara piedad en los Griegos, desde arriba, con las armas que pudieron alcanzar, pelearon valientemente con los ciudadanos de Andrinopoli que sitiaron la torre, y la procuraron ganar á fuerza de armas, pero fué tanto el valor de los que la defendían, que no fué posible hacerles daño. Finalmente después de heridos, los ciudadanos desesperados de poderles rendir, se resolvieron de quemar todo el edificio y torre. Diéronle fuego por todas partes, y en poco rato se encendió con gran ruina del edificio. Por entre las llamas y el fuego arrojaban piedras y dardos, y medio abrasados peleaban. Despidieronse, y abrazados unos con otros, hecha la señal de la Cruz, así lo dice Pachimerio, se arrojaron en el fuego todos, y entre ellos dos hermanos de linage ilustre, y de ánimo valeroso, abrazandose con gran lástima de los circunstantes se arrojaron de la torre, y escaparon del fuego, que con mas piedad les perdonó que el hierro de los perfidos Griegos, de quien fueron despedazados. Entre estos sesenta solo hubo uno que diese muestras de rendirse, á quien los otros arrojaron de la torre. Después de haber destruido y talada la mayor parte de la Provincia, volvieron á Galípoli, acrecentados de reputacion, de hacienda, y de gente, que se les juntaba de Italianos, Franceses y Españoles, que pudieron escapar de la crueldad y furia de los Griegos.