DISCURSO
Yo, que en el Sueño vi tantas cosas y en el Alguacil alguacilado oí parte de las que no había visto, como sé que los sueños, las más veces, son burla de la fantasía y ocio del alma, y que el malo nunca dijo verdad[147], por no tener cierta noticia de las cosas que justamente se nos esconden[148], vi, guiado de mi ingenio, lo que se sigue, por particular providencia, que fué para traerme en el miedo la verdadera paz.
Halléme en un lugar favorecido de naturaleza por el sosiego amable, donde, sin malicia, la hermosura entretenía la vista, muda recreación y sin respuesta humana, platicaban las fuentes entre las guijas y los árboles por las hojas, tal vez cantaba el pájaro, ni sé determinadamente si en competencia suya o agradeciéndoles su armonía. Ved cuál es de peregrino nuestro deseo, que no hallo paz en nada desto. Tendí los ojos, codicioso de ver algún camino por buscar compañía, y veo, cosa digna de admiración, dos sendas[149] que nacían de un mismo lugar, y una se iba apartando de la otra, como que huyesen de acompañarse.
Era la de mano derecha tan angosta, que no admite encarecimiento, y estaba, de la poca gente[150] que por ella iba, llena de abrojos y asperezas y malos pasos. Con todo, vi algunos que trabajaban en pasarla; pero, por ir descalzos y desnudos, se iban dejando en el camino, unos, el pellejo; otros, los brazos; otros, las cabezas; otros, los pies, y todos iban amarillos y flacos. Pero noté que ninguno de los que iban por aquí miraba atrás, sino todos adelante. Decir que puede ir alguno a caballo es cosa de risa. Uno de los que allí estaban, preguntándole si podría yo caminar aquel desierto a caballo, me dijo[151]:
—Déjese de caballerías y caiga de su asno.
Y miré con todo eso, y no vi huella de bestia ninguna. Y es cosa de admirar que no había señal de rueda de coche ni memoria apenas de que hubiese nadie caminado en él por allí jamás. Pregunté, espantado desto, a un mendigo, que estaba descansando y tomando aliento, si acaso había ventas en aquel camino o mesones en los paraderos. Respondióme:
—Venta aquí, señor, ni mesón, ¿cómo queréis que le haya en este camino, si es el de la virtud? En el camino de la vida—dijo—, el partir es nacer, el vivir es caminar, la venta es el mundo, y, en saliendo della, es una jornada sola y breve desde él a la pena o a la gloria.
Diciendo esto, se levantó y dijo:
—Quedaos con Dios, que en el camino de la virtud es perder tiempo el pararse uno y peligroso responder a quien pregunta por curiosidad y no por provecho.
Comenzó a andar dando tropezones y zancadillas y suspirando. Parecía que los ojos, con lágrimas, osaban ablandar los peñascos a los pies y hacer tratables los abrojos.
—¡Pesia[152] tal!—dije yo entre mí—; pues tras ser el camino tan trabajoso, ¿es la gente que en él anda tan seca y poco entretenida? ¡Para mi humor es bueno!
Di un paso atrás y salíme del camino del bien. Que jamás quise retirarme de la virtud que tuviese mucho que desandar ni que descansar. Volvíme a la mano izquierda y vi un acompañamiento tan reverendo, tanto coche, tanta carroza cargada de competencias al sol en humanas hermosuras y gran cantidad de galas y libreas, lindos caballos, mucha gente de capa negra y muchos caballeros. Yo, que siempre oí decir: “Dime con quién andas y diréte quién eres”, por ir con buena compañía puse el pie en el umbral del camino, y, sin sentirlo, me hallé resbalado en medio de él, como el que se desliza por el hielo, y topé con lo que había menester. Porque aquí todos eran bailes y fiestas, juegos y saraos; y no el otro camino, que, por falta de sastres, iban en él desnudos y rotos, y aquí nos sobraban mercaderes, joyeros y todos oficios. Pues ventas, a cada paso, y bodegones, sin número. No podré encarecer qué contento me hallé en ir en compañía de gente tan honrada[153], aunque el camino estaba algo embarazado, no tanto con las mulas de los médicos como con las barbas de los letrados, que era terrible la escuadra dellos que iba delante de unos jueces. No digo esto porque fuese menor el batallón de los doctores, a quien nueva elocuencia llama ponzoñas graduadas, pues se sabe que en las universidades estudian para tósigos[154]. Animóme para proseguir mi camino el ver, no sólo que iban muchos por él, sino la alegría que llevaban y que del otro se pasaban algunos al nuestro y del nuestro al otro, por sendas secretas.
Otros caían que no se podían tener, y entre ellos fué de ver el cruel resbalón que una lechigada[155] de taberneros dió en las lágrimas, que otros habían derramado en el camino, que, por ser agua, se les fueron los pies y dieron en nuestra senda unos sobre otros. Íbamos dando vaya a los que veíamos por el camino de la virtud más trabajados. Hacíamos burla dellos, llamábamosles heces del mundo y desecho de la tierra. Algunos se tapaban los oídos y pasaban adelante. Otros, que se paraban a escucharnos, dellos desvanecidos de las muchas voces y dellos persuadidos de las razones y corridos de las vayas, caían y se bajaban.
Vi una senda por donde iban muchos hombres de la misma suerte que los buenos, y desde lejos parecía que iban con ellos mismos, y, llegado que hube, vi que iban entre nosotros. Éstos me dijeron que eran los hipócritas, gente en quien la penitencia, el ayuno, que en otros son mercancía del cielo, es noviciado del infierno[156]. Iban muchas mujeres tras éstos, los cuales, siendo enredo con barba y maraña con ojos y embeleco, andaban salpicando de mentira a todos, siendo estanques donde pescan adrollas[157] los embustidores. Otros se encomiendan a ellos, que es como encomendarse al diablo por tercera persona. Éstos hacen oficio la humildad y pretenden honra, yendo de estrado en estrado y de mesa en mesa. Al fin conocí que iban arrebozados para nosotros; mas para los ojos eternos, que abiertos sobre todos juzgan el secreto más escuro de los retiramientos del alma, no tienen máscara. Bien que hay muchos buenos; mas son diferentes déstos, a quien antes se les ve la disimulación que la cara y alimentan su ambiciosa felicidad de aplauso de los pueblos, y, diciendo que son unos indignos y grandísimos pecadores y los más malos de la tierra, llamándose jumentos, engañan con la verdad, pues siendo hipócritas, lo son al fin. Iban éstos solos aparte, y reputados por más necios que los moros, más zafios que los bárbaros y sin ley, pues aquéllos, ya que no conocieron la vida eterna ni la van a gozar, conocieron la presente y holgáronse en ella; pero los hipócritas, ni la una ni la otra conocen, pues en ésta se atormentan y en la otra son atormentados. Y, en conclusión, déstos se dice con toda verdad que ganan el infierno con trabajos.
Todos íbamos diciendo mal unos de otros: los ricos tras la riqueza, los pobres pidiendo a los ricos lo que Dios les quitó. Van por un camino los discretos, por no dejarse gobernar de otros, y los necios, por no entender a quien los gobierna, aguijan a todo andar. Las justicias llevan tras sí los negociantes; la pasión, a las malgobernadas justicias, y los reyes, desvanecidos y ambiciosos, todas las repúblicas[158].
Vi algunos soldados, pero pocos, que por la otra senda infinitos iban en hileras ordenados, honradamente triunfando; pero los pocos que nos cupieron acá era gente que, si, como habían extendido el nombre de Dios jurando, lo hubieran hecho peleando, fueran famosos. Dos corrilleros[159] solos iban muy desnudos, que, por la mayor parte, los tales, que viven por su culpa, traen los golpes en los vestidos y sanos los cuerpos. Andaban contando entre sí las ocasiones en que se habían visto, los malos pasos que habían andado, que nunca éstos andan en buenos pasos. Nada los oíamos[160]; sólo, cuando por encarecer sus servicios dijo uno a los otros ¿qué digo, camarada?, ¡qué trances hemos pasado y qué tragos!, lo de los tragos se les creyó[161]. Miraban a estos pocos los muchos capitanes, maestres de campo, generales de ejércitos, que iban por el camino de la mano derecha enternecidos. Y oí decir a uno dellos que no lo pudo sufrir, mirando las hojas de lata[162] llenas de papeles inútiles que llevaban estos ciegos:
—¿Qué digo? ¿Soldados por acá? ¿Esto es de valientes, dejar este camino, de miedo de sus dificultades? Venid, que por aquí de cierto sabemos que sólo coronan[163] al que vence. ¿Qué vana esperanza os arrastra con anticipadas promesas de los reyes? No siempre con almas vendidas es bien que temerosamente suene en vuestros oídos: “Mata o muere”. Reprended la hambre del premio, que de buen varón es seguir la virtud sola y de cudiciosos los premios no más, y, quien no sosiega en la virtud y la sigue por el interés y mercedes que se siguen, más es mercader que virtuoso, pues la hace a precio de perecederos bienes. Ella es don de sí misma: quietaos en ella.
Y aquí alzó la voz, y dijo:
—Advertid que la vida del hombre es guerra[164] consigo mismo y que toda la vida nos tienen en armas los enemigos del alma, que nos amenazan más dañoso vencimiento. Y advertid que ya los príncipes tienen por deuda nuestra sangre y vida, pues perdiéndolas por ellos, los más dicen que los pagamos y no que los servimos. ¡Volved, volved!
Oyéronlo ellos muy atentamente,[165] y, enternecidos y enseñados, se encaminaron bien con los demás soldados.
Iban las mujeres al infierno tras el dinero de los hombres, y los hombres tras ellas y su dinero, tropezando unos con otros.
Noté cómo, al fin del camino de los buenos, algunos se engañaban y pasaban al de la perdición. Porque, como ellos saben que el camino[166] es angosto y el del infierno ancho, y al acabar veían al suyo ancho y el nuestro angosto, pensando que habían errado o trocado los caminos, se pasaban acá, y de acá allá los que se desengañaban del remate del nuestro.
Vi una mujer que iba a pie, y espantado de que mujer se fuese al infierno sin silla o coche, busqué un escribano que me diera fe dello, y en todo el camino del infierno pude hallar ningún escribano ni alguacil. Y como no los vi en él, luego colegí que era aquél el camino[167] y este otro al revés. Quedé algo consolado y sólo me quedaba duda que cómo yo había oído decir que iban con grandes asperezas y penitencias por el camino dél[168], y veía que todas se iban holgando, cuando me sacó desta duda una gran parva de casados, que venían con sus mujeres de las manos, y que la mujer era ayuno del marido, pues por darle la perdiz y el capón, no comía, y que era su desnudez, pues por darle galas demasiadas y joyas impertinentes iba en cueros, y, al fin, conocí que un malcasado tiene en su mujer toda la herramienta necesaria para la muerte, y ellos y ellas, a veces el infierno portátil.
Ver esta asperísima penitencia me confirmó de nuevo en que íbamos bien. Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas:
—Dejen pasar los boticarios.
—¿Boticarios pasan?—dije yo entre mí—: ¡al infierno vamos!
Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como de ratonera, fácil de entrar e imposible de salir por ella.
Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: “Al infierno vamos”, y todos, estando en él, dijeron muy espantados: “En el infierno estamos”.
—¿En el infierno?—dije yo muy afligido—. No puede ser.
Quíselo poner a pleito. Comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas. Y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto. Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes.
Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre. Díjele, y pasé. Llegaron a mis compañeros y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos:
—Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.
Preguntó otro diablo cuántos eran. Respondieron que ciento, y replicó un verdugo malbarbado, entrecano:
—¿Ciento y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.
Afligiéronse ellos, mas, al fin, entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero un negro, chiquito, rubio, de mal pelo[169]. Dió un salto en viéndose allá, y dijo:
—Ahora acá estamos todos[170].
Salió de un lugar donde estaba aposentado un diablo de marca mayor, corcovado y cojo, y, arrojándolos en una hondura muy grande, dijo:
—Allá va leña.
Por curiosidad, me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo, que era diablo de pocas palabras:
—Yo era recuero[171] de remendones, iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas, me hice corcovado y cojo. He dado en la cuenta y hallo que se vienen ellos mucho más apriesa que yo los puedo traer.
En esto hizo otro vómito dellos el mundo y hube de entrarme, porque no había dónde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.
Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre que, por las tinieblas, no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía.
—¿No me conoce?—me dijo—. A...
Ya lo iba a decir, y prosiguió tras su nombre: “el librero. Pues yo soy”.
¡Quién tal pensara! Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos que tenía eran de la gente de la vida, escandalosos y burlones. Un rótulo que decía: “Aquí se vende tinta fina, papel batido y dorado”, pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello.
—¿Qué quiere?—me dijo viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas—. Pues es tanta mi desgracia, que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios. Que ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.
Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos[172] de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí:
—Si hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieron propias?
En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros. Y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más, a manera de decir, lidiar con lacayos. Porque había cochero de aquéllos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes[173] tan bien como ellos.
—¿Qué causa hay para que éstos penen aquí?—dije.
Y tan presto se levantó un cochero viejo de aquéllos, barbinegro y malcarado, y dijo:
—Señor, porque, siendo pícaros, nos venimos al infierno a caballo y mandando.
Aquí le replicó el diablo:
—¿Y por qué calláis lo que encubristeis en el mundo, los pecados que facilitasteis y lo que mentisteis en un oficio tan vil?
Dijo un cochero que lo había sido de un caballero, y aun esperaba que le había de sacar de allí:
—No ha habido tan honrado oficio en el mundo de diez años a esta parte, pues nos llegaron a poner cotas y sayos vaqueros, hábitos largos y valona, en forma de cuellos bajos[174]. ¿Cómo supieran condenarse las mujeres de los pícaros en su rincón, si no fuera por el desvanecimiento de verse en coche? Que hay mujer destos de honra postiza, que se fué por su pie al don[175], y por tirar una cortina, ir a una testera, hartará de ánimas a Perogotero[176].
—Así—dijo un diablo—, soltóse el cocherillo y no callará en diez años.
—¿Qué he de callar—dijo—, si nos tratáis de esta manera, debiendo regalarnos? Pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, llena de lodos, como los siempre rotos escuderos, zanqueando y despeados, sino sahumada[177], descansada, limpia y en coche. Por otros lo hiciéramos, que lo supieran agradecer. Pues ¡decir que merezco yo eso por barato y bienhablado y aguanoso[178], o porque llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a tanto, que por casarse y saber si una era doncella se hacía información si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras desto me das este pago?
—Vía[179]—dijo un demonio mulato y zurdo.
Redobló los palos y callaron. Y forzóme ir adelante el mal olor de los cocheros, que andaban por allí.
Y lleguéme a unas bóvedas, donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo:
—Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares chocarreros, hombres por de más y que sobran en el mundo y que están aquí retirados, porque, si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad[180] es tanta, que templaría el dolor del fuego.
Pedíle licencia para llegar a verlos. Diómela y calofriado[181] llegué, y vi la más infame casilla del mundo y una cosa, que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados, que yo había tenido por tales. Pregunté la causa y respondióme un diablo que eran aduladores y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[182]. Y repliqué yo cómo se condenaban, y me respondieron[183]:
—Gente es que se viene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha[184], como en su casa. Y en parte, los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros y nos ahorran de trabajos y se condenan a sí mismos, y por la mayor parte, en vida, los más ya andan con marca del infierno. Porque, el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas[185] en las nalgas o pelar las cejas. Y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos, después de las penas, sólo echan menos las pagas. ¿Veis aquél?—me dijo—. Pues mal juez fué, y está entre los bufones, pues por dar gusto no hizo justicia, y a los derechos, que no hizo tuertos[186], los hizo bizcos.
Aquél fué marido descuidado, y está también entre los bufones, porque por dar gusto a todos, vendió el que tenía con su esposa, y tomaba a su mujer en dineros como ración y se iba a sufrir[187]. Aquella mujer, aunque principal, fué juglar, y está entre los truhanes, porque por dar gusto, hizo plato[188] de sí misma a todo apetito.
Al fin, de todos estados entran en el número de los bufones, y por eso hay tantos que, bien mirado, en el mundo todos sois bufones, pues los unos os andáis riendo de los otros, y en todos, como digo, es naturaleza y en unos pocos oficio. Fuera déstos, hay bufones desgranados y bufones en racimos. Los desgranados son los que de uno en uno y de dos en dos andan a casa de los señores. Los en racimo son los faranduleros miserables de bululú[189], y déstos os certifico que, si ellos no se nos viniesen por acá, que nosotros no iríamos por ellos.
Trabóse una pendencia adentro, y el diablo acudió a ver lo que era. Yo, que me vi suelto, entréme por un corral adelante, y hedía a chinches que no se podía sufrir.
—A chinches hiede—dije yo—: apostaré que alojan por aquí los zapateros.
Y fué así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los tranchetes. Tapéme las narices y asoméme a la zahurda donde estaban, y había infinitos. Díjome el guardián:
—Éstos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros[190]. Y como otros se van al infierno por su pie, éstos se van por los ajenos[191] y por los suyos y así vienen tan ligeros.
Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de los amantes, porque yo no vi selva ninguna, sino en el cuartel que dije de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra madera en los edificios.
Estaban todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros, que se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo[192], donde estaban tantos, que andaban mil diablos con pisones atestando almas de pasteleros y aún no bastaban.
—¡Ay de nosotros—dijo uno—, que nos condenamos por el pecado de la carne[193], sin conocer mujer, tratando más en huesos!
Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:
—Ladrones, ¿quién merece el infierno mejor que vosotros, pues habéis hecho comer a los hombres caspa y os han servido de pañizuelos los de a real, sonándoos en ellos, donde muchas veces pasó por caña el tuétano de las narices? ¿Qué de estómagos pudieran ladrar, si resucitaran los perros que les hicistes comer? ¿Cuántas veces pasó por pasa la mosca golosa y muchas fué el mayor bocado de carne que comió el dueño del pastel? ¿Qué de dientes habéis hecho jinetes[194] y qué de estómagos habéis traído a caballo, dándoles a comer rocines enteros? ¿Y os quejáis, siendo gente antes condenada que nacida, los que hacéis así vuestro oficio? Pues ¿qué pudiera decir de vuestros caldos? Mas no soy amigo de revolver caldos. Padeced[195] y callad enhoramala. Que más hacemos nosotros en atormentaros que vosotros en sufrirlo. Y vos andad adelante, me dijo a mí, que tenemos que hacer éstos y yo.
Partíme de allí y subíme por una cuesta donde en la cumbre y alrededor se estaban abrasando unos hombres en fuego inmortal, el cual encendían los diablos, en lugar de fuelles, con corchetes, que soplaban mucho más. Que aun allá tienen este oficio[196] y son abanicos de culpas y resuello de la provincia y vaharada[197] del verdugo.
Vi un mercader que poco antes había muerto.
—¿Acá estáis?—dije yo—. ¿Qué os parece?
¿No valiera más haber tenido poca hacienda y no estar aquí?
Dijo en esto uno de los atormentadores:
—Pensaron que no había más y quisieron con la vara de medir sacar agua de las piedras[198]. Éstos son—dijo—los que han ganado como buenos caballeros el infierno por sus pulgares[199], pues a puras pulgaradas[200] se nos vienen acá. Mas ¿quién duda que la oscuridad de sus tiendas[201] les prometía estas tinieblas? Gente es ésta—dijo al cabo muy enojado—que quiso ser como Dios, pues pretendieron ser sin medida; mas Él, que todo lo ve, los trajo de sus rasos[202] a estos nublados, que los atormenten con rayos. Y si quieres acabar de saber cómo éstos son los que sirven allá a la locura de los hombres, juntamente con los plateros y buhoneros, has de advertir que, si Dios hiciera que el mundo amaneciera cuerdo un día, todos éstos quedaran pobres, pues entonces se conociera que en el diamante, perlas, oro y sedas diferentes, pagamos más lo inútil y demasiado y raro que lo necesario y honesto. Y advertid ahora que la cosa que más cara se os vende en el mundo es lo que menos vale, que es la vanidad que tenéis. Y estos mercaderes son los que alimentan todos vuestros desórdenes y apetitos.
Tenía talle[203] de no acabar sus propiedades, si yo no me pasara adelante, movido de admiración de unas grandes carcajadas que oí. Fuíme allá por ver risa en el infierno, cosa tan nueva.
—¿Qué es esto?—dije.
Cuando veo dos hombres dando voces en un alto, muy bien vestidos con calzas atacadas. El uno con capa y gorra, puños como cuellos y cuellos como calzas. El otro traía valones y un pergamino en las manos. Y a cada palabra que hablaban, se hundían siete u ocho mil diablos de risa y ellos se enojaban más. Lleguéme más cerca por oírlos, y oí al del pergamino, que, a la cuenta, era hidalgo, que decía:
—Pues si mi padre se decía tal cual y soy nieto de Esteban tales y cuales, y ha habido en mi linaje trece capitanes valerosísimos y de parte de mi madre doña Rodriga desciendo de cinco catedráticos los más doctos del mundo, ¿cómo me puedo haber condenado? Y tengo mi ejecutoria y soy libre de todo y no debo pagar pecho.
—Pues pagad espalda—dijo un diablo.
Y dióle luego cuatro palos en ellas, que le derribó de la cuesta. Y luego le dijo:
—Acabaos de desengañar, que el que desciende del Cid, de Bernardo y de Gofredo[204], y no es como ellos, sino vicioso como vos, ése tal más destruye el linaje que lo hereda. Toda la sangre, hidalguillo, es colorada. Parecedlo en las costumbres y entonces creeré que descendéis del docto, cuando lo fuéredes o procuráredes serlo, y si no, vuestra nobleza será mentira breve en cuanto durare la vida. Que en la chancillería del infierno arrúgase el pergamino y consúmense las letras, y, el que en el mundo es virtuoso, ése es el hidalgo, y la virtud es la ejecutoria que acá respetamos, pues aunque descienda de hombres viles y bajos, como él con divinas costumbres se haga digno de imitación, se hace noble a sí y hace linaje para otros. Reímonos acá de ver lo que ultrajáis a los villanos, moros y judíos, como si en éstos no cupieran las virtudes, que vosotros despreciáis.
Tres cosas son las que hacen ridículos a los hombres: la primera, la nobleza; la segunda, la honra; la tercera, la valentía. Pues es cierto que os contentáis con que hayan tenido vuestros padres virtud y nobleza para decir que la tenéis vosotros, siendo inútil parto del mundo. Acierta a tener muchas letras el hijo del labrador, es arzobispo el villano que se aplica a honestos estudios, y los caballeros que descienden de buenos padres, como si hubieran ellos de gobernar el cargo que les dan, quieren, ¡ved qué ciegos!, que les valga a ellos, viciosos, la virtud ajena de trescientos mil años, ya casi olvidada, y no quieren que el pobre se honre con la propia.
Carcomióse el hidalgo de oir estas cosas, y el caballero que estaba a su lado se afligía, pegando los abanillos[205] del cuello y volviendo las cuchilladas de las calzas.
—Pues ¿qué diré de la honra mundana? Que más tiranías hace en el mundo y más daños y la que más gustos estorba. Muere de hambre un caballero pobre, no tiene con qué vestirse, ándase roto y remendado, o da en ladrón, y no lo pide, porque dice que tiene honra; ni quiere servir, porque dice que es deshonra. Todo cuanto se busca y afana dicen los hombres que es por sustentar honra. ¡Oh, lo que gasta la honra! Y llegado a ver lo que es la honra mundana, no es nada. Por la honra no come el que tiene gana donde le sabría bien. Por la honra se muere la viuda entre dos paredes. Por la honra, sin saber qué es hombre ni qué es gusto, se pasa la doncella treinta años casada consigo misma. Por la honra, la casada se quita a su deseo cuanto pide. Por la honra, pasan los hombres el mar. Por la honra, mata un hombre a otro. Por la honra, gastan todos más de lo que tienen. Y es la honra mundana, según esto, una necedad del cuerpo y alma, pues al uno quita los gustos y al otro el descanso. Y porque veáis cuáles sois los hombres desgraciados y cuán a peligro tenéis lo que más estimáis, hase de advertir que las cosas de más valor en vosotros son la honra, la vida y la hacienda. La honra está en arbitrio de las mujeres; la vida, en manos de los doctores, y la hacienda en las plumas de los escribanos.
—Desvaneceos, pues, bien, mortales—dije yo entre mí—. ¡Y cómo se echa de ver que esto es el infierno, donde, por atormentar a los hombres con amarguras, les dicen las verdades.
Tornó en esto a proseguir, y dijo:
—¡La valentía! ¿Hay cosa tan digna de burla? Pues, no habiendo ninguna en el mundo sino la caridad, con que se vence la fiereza de otros y la de sí mismo y la de los mártires, todo el mundo es de valientes; siendo verdad que todo cuanto hacen los hombres, cuanto han hecho tantos capitanes valerosos como ha habido en la guerra, no lo han hecho de valentía, sino de miedo. Pues el que pelea en la tierra por defendella, pelea de miedo de mayor mal, que es ser cautivo y verse muerto, y el que sale a conquistar los que están en sus casas, a veces lo hace de miedo de que el otro no le acometa, y los que no llevan este intento, van vencidos de la cudicia.
—¡Ved qué valientes! ¡A robar oro y a inquietar los pueblos apartados, a quien Dios puso como defensa a nuestra ambición mares en medio y montañas ásperas! Mata uno a otro, primero vencido de la ira, pasión ciega, y otras veces de miedo de que le mate a él. Así, hombres que todo lo entendéis al revés, bobo llamáis al que no es sedicioso, alborotador y maldiciente; sabio llamáis al malacondicionado, perturbador y escandaloso; valiente, al que perturba el sosiego, y cobarde, al que con bien-compuestas costumbres escondido de las ocasiones, no da lugar a que le pierdan el respeto. Éstos tales son en quien ningún vicio tiene licencia.
—¡Oh, pesia tal!—dije yo—. Más estimo haber oído este diablo que cuanto tengo.
Dijo en esto el de las calzas atacadas muy mohíno:
—Todo eso se entiende con ese escudero; pero no conmigo, a fe de caballero—y tornó a decir caballero tres cuartos de hora—. Que es ruin término y descortesía. ¡Deben de pensar que todos somos unos!
Esto les dió a los diablos grandísima risa. Y luego, llegándose uno a él, le dijo que se desenojase y mirase qué había menester y qué era la cosa que más pena le daba, porque le querían tratar como quien era. Y al punto dijo:
—¡Bésoos las manos! Un molde para repasar el cuello.
Tornaron a reír y él a atormentarse de nuevo.
Yo, que tenía gana de ver todo lo que hubiese, pareciendo que me había detenido mucho, me partí. Y a poco que anduve, topé una laguna muy grande como el mar, y más sucia, adonde era tanto el ruido, que se me desvaneció la cabeza. Pregunté lo que era aquello, y dijéronme que allí penaban las mujeres que en el mundo se volvieron dueñas. Así supe cómo las dueñas de acá son ranas del infierno, que eternamente como ranas están hablando, sin tono y sin son[206], húmedas y en cieno, y son propiamente ranas infernales. Porque las dueñas ni son carne ni pescado[207], como ellas. Dióme grande risa el verlas convertidas en sabandijas tan pierniabiertas y que no se comen sino de medio abajo, como la dueña, cuya cara siempre es trabajosa y arrugada.
Salí, dejando el charco a mano izquierda, a una dehesa donde estaban muchos hombres arañándose y dando voces, y eran infinitísimos y tenía seis porteros. Pregunté a uno qué gente era aquélla tan vieja y tan en cantidad.
—Éste es—dijo—el cuarto de los padres que se condenan por dejar ricos a sus hijos, que, por otro nombre, se llama el cuarto de los necios.
—¡Ay de mí!—dijo en esto uno—. Que no tuve día sosegado en la otra vida ni comí ni vestí por hacer un mayorazgo, y después de hecho, por aumentarle. Y en haciéndole, me morí sin médico, por no gastar dineros amontonados. Y apenas espiré, cuando mi hijo se enjugó las lágrimas con ellos. Y cierto de que estaba en el infierno por lo que vió que había ahorrado, viendo que no había menester misas, no me las dijo ni cumplió manda mía. Y permite Dios que aquí para más pena le vea desperdiciar lo que yo afané, y le oigo decir:
—Ya se condenó mi padre. ¿Por qué no tomó más sobre su ánima y se condenó por cosas de más importancia?
—¿Queréis saber—dijo un demonio—qué tanta[208] verdad es ésa? Que tienen ya por refrán en el mundo contra estos miserables decir: “Dichoso el hijo que tiene a su padre en el infierno”.[209]
Apenas oyeron esto, cuando se pusieron todos a aullar y darse de bofetones. Hiciéronme lástima, no lo pude sufrir, y pasé adelante.
Y llegando a una cárcel oscurísima, oí grande ruido de cadenas y grillos, fuego, azotes y gritos. Pregunté a uno de los que allí estaban qué estancia era aquélla, y dijéronme que era el cuarto de los de: ¡Oh, quién hubiera![210]
—No lo entiendo—dije—. ¿Quién son los de ¡oh, quién hubiera!?
Dijo al punto:
—Son gente necia que en el mundo vivía mal y se condenó sin entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: ¡Oh, quién hubiera oído misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!
Huí medroso de tan mala gente y tan ciega y di en unos corrales con otra peor. Pero admiróme más el título con que estaban aquí, porque preguntándoselo a un demonio, me dijo:
—Estos son los de: ¡Dios es piadoso!
—¡Dios sea conmigo!—dije al punto—. Pues ¿cómo puede ser que la misericordia condene siendo eso de la justicia? Vos habláis como diablo.
—Y vos—dijo el maldito—, como ignorante, pues no sabéis que la mitad de los que están aquí se condenan por la misericordia de Dios. Y si no, mirad cuántos son los que, cuando hacen algo malhecho y se lo reprenden, pasan adelante y dicen: “Dios es piadoso y no mira en niñerías; para eso es la misericordia de Dios tanta”. Y con esto, mientras ellos haciendo mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá.
—Luego ¿no se ha de esperar en Dios y en su misericordia?—dije yo.
—No lo entiendes—me respondieron—. Que de la piedad de Dios se ha de fiar, porque ayuda a buenos deseos y premia buenas obras; pero no todas veces con consentimiento de obstinaciones. Que se burlan a sí las almas, que consideran la misericordia de Dios encubridora de maldades y la aguardan como ellas la han menester, y no como ella es, purísima y infinita en los santos y capaces della, pues, los mismos que más en ella están confiados, son los que menos la dan para su remedio. No merece la piedad de Dios quien, sabiendo que es tanta, la convierte en licencia y no en provecho espiritual. Y de muchos tiene Dios misericordia que no la merecen ellos. Y en los más es así, pues nada de su mano pueden, sino por favor, y el hombre que más hace es procurar merecerla. Porque no os desvanezcáis y sepáis que aguardáis siempre al postrero día lo que quisiérades haber hecho al primero y que las más veces está pasado por vosotros lo que teméis que ha de venir.
—Esto se ve y se oye en el infierno. ¡Ah, lo que aprovechara allá uno destos escarmentados!
Diciendo esto, llegué a una caballeriza donde estaban los tintoreros, que no averiguara un pesquisidor quiénes eran, porque los diablos parecían tintoreros y los tintoreros diablos. Pregunté a un mulato, que a puros cuernos tenía hecha espetera la frente, que dónde estaban los sodomitas, las viejas y los cornudos. Dijo:
—En todo el infierno están. Que ésa es gente que en vida son diablos, pues es su oficio traer corona de hueso[211]. De los sodomitas y viejas, no sólo no sabemos dellos, pero ni querríamos saber que supiesen de nosotros. Que en ellos peligran nuestras asentaderas, y los diablos por eso traemos colas. Porque, como aquéllos están acá, habemos menester mosqueador de los rabos. De las viejas, porque aun acá nos enfadan y atormentan, y, no hartas de vida, hay algunas que nos enamoran; muchas han venido acá muy arrugadas y canas y sin diente ni muela, y ninguna ha venido cansada de vivir. Y otra cosa más graciosa, que si os informáis dellas, ninguna vieja hay en el infierno. Porque la que está calva y sin muelas, arrugada y lagañosa de pura edad y de puro vieja, dice que el cabello se le cayó de una enfermedad, que los dientes y muelas se le cayeron de comer dulce, que está jibada de un golpe. Y no confesará que son años, si pensara[212] remozar por confesarlo.
Junto a éstos estaban unos pocos dando voces y quejándose de su desdicha.
—¿Qué gente es ésta?—pregunté.
Y respondióme uno dellos:
—Los sin ventura, muertos de repente.
—Mentís—dijo un diablo—. Que ningún hombre muere de repente; de descuidado y divertido, sí. ¿Cómo puede morir de repente quien dende que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte? ¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertos y sepulturas? ¿Qué otra cosa oís en los púlpitos y leéis en los libros? ¿A qué volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte? Vuestro vestido que se gasta, la casa que se cae, el muro que se envejece y hasta el sueño cada día os acuerda de la muerte, retratándola en sí. Pues ¿cómo puede haber hombre que se muera de repente en el mundo, si siempre lo andan avisando tantas cosas? No os habéis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula de que podía morir así, sabiendo con cuán secretos pies entra la muerte en la mayor mocedad y que en una misma hora, en dar bien y mal, suele ser madre y madrastra.
Volví la cabeza a un lado y vi en un seno muy grande apretura de almas y dióme un mal olor.
—¿Qué es esto?—dije.
Y respondióme un juez amarillo, que estaba castigándolos:
—Éstos son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote[213]. Gente que, como otros buscan ayudas[214] para salvarse, éstos las tienen para condenarse. Éstos son los verdaderos alquimistas, que no Demócrito Abderita en la Arte sacra, Avicena, Géber ni Raimundo Lull. Porque ellos escribieron cómo de los metales se podía hacer oro y no lo hicieron ellos, y, si lo hicieron, nadie lo ha sabido hacer después acá; pero estos tales boticarios de la agua turbia, que no clara, hacen oro y de los palos[215], oro hacen de las moscas, del estiércol; oro hacen de las arañas, de los alacranes y sapos, y oro hacen del papel, pues venden hasta el papel en que dan el ungüento. Así que sólo para éstos puso Dios virtud en las yerbas y piedras y palabras, pues no hay yerba, por dañosa que sea y mala, que no les valga dineros, hasta la ortiga y cicuta; ni hay piedra que no les dé ganancia, hasta el guijarro crudo, sirviendo de moleta[216]. En las palabras también, pues jamás a éstos les falta cosa que les pidan, aunque no la tengan, como vean dinero, pues dan por aceite de matiolo[217] aceite de ballena, y no compra sino las palabras el que compra. Y su nombre no había de ser boticario, sino armeros; ni sus tiendas no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores[218], el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo. Allí se ve todo esmeril de ungüentos, la asquerosa arcabucería de melecinas con munición de calas. Muchos déstos se salvan; pero no hay que pensar que, cuando mueren, tienen con qué enterrarse.
Y si queréis reír ved tras ellos los barberillos cómo penan, que en subiendo esos dos escalones, están en ese cerro.
Pero pasé allá y vi, ¡qué cosa tan admirable y qué justa pena!, los barberos atados y las manos sueltas, y sobre la cabeza una guitarra y entre las piernas un ajedrez con las piezas de juego de damas. Y cuando iba con aquella ansia natural de pasacalles a tañer, la guitarra le huía. Y cuando volvía abajo a dar de comer una pieza, se le sepultaba el ajedrez. Y ésta era su pena. No entendí salir de allí de risa.
Estaban tras de una puerta unos hombres, muchos en cantidad, quejándose de que no hiciesen caso dellos, aun para atormentarlos. Y estábales diciendo un diablo, que eran todos tan diablos como ellos, que atormentasen a otros.
—¿Quién son?—le pregunté.
Y dijo el diablo:
—Hablando con perdón, los zurdos[219], gente que no puede hacer cosa a derechas, quejándose de que no están con los otros condenados, y acá dudamos si son hombres o otra cosa. Que en el mundo ellos no sirven sino de enfados y de mal agüero. Pues, si uno va en negocios y topa zurdos, se vuelve como si topara un cuervo o oyera una lechuza. Y habéis de saber que, cuando Scévola[220] se quemó el brazo derecho porque erró a Porsena, que fué, no por quemarle y quedar manco, sino queriendo hacer en sí un gran castigo, dijo:
—Así, ¿que erré el golpe? Pues en pena he de quedar zurdo.
Y cuando la justicia manda cortar a uno la mano derecha por una resistencia, es la pena hacerle zurdo, no el golpe. Y no queráis más, que, queriendo el otro echar una maldición muy grande, fea y afrentosa, dijo:
Lanzada de moro izquierdo
te atraviese el corazón[221].
Y en el día del juicio todos los condenados, en señal de serlo, estarán a la mano izquierda. Al fin es gente hecha al revés y que se duda si son gente.
En esto me llamó un diablo por señas y me advirtió con las manos que no hiciese ruido. Lleguéme a él y asoméme a una ventana, y dijo:
—Mira lo que hacen las feas.
Y veo una muchedumbre de mujeres, unas tomándose puntos[222] en las caras, otras haciéndose de nuevo, porque ni la estatura en los chapines, ni la ceja con el cohol[223], ni el cabello en la tinta, ni el cuerpo en la ropa, ni las manos con la muda, ni la cara con el afeite, ni los labios con la color, eran los con que nacieron ellas. Y vi algunas poblando sus calvas con cabellos que eran suyos[224] sólo porque los habían comprado. Otra vi que tenía su media cara en las manos, en los botes de unto y en la color.
—Y no queráis más de las invenciones de las mujeres—dijo un diablo—; que hasta resplandor tienen sin ser soles ni estrellas. Las más duermen con una cara y se levantan con otra al estrado, y duermen con unos cabellos y amanecen con otros. Muchas veces pensáis que gozáis las mujeres de otro y no pasáis el adulterio de la carne. Mirad cómo consultan con el espejo sus caras. Éstas son las que se condenan solamente por buenas siendo malas.
Espantóme la novedad de la causa con que se habían condenado aquellas mujeres, y, volviendo, vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego ni hielo, ni demonio ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos.
—¡Válgame Dios!—dije en mi alma—. ¿De qué se queja éste no atormentándole nadie?
Y él, cada punto doblaba sus alaridos y voces.
—Dime—dije yo—: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde ni el hielo te cerca?
—¡Ay!—dijo dando voces—, ¡que la mayor pena del infierno es la mía! ¿Verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?—dijo.
Y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir.
—Velos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí, miserable y perpetuo alimento de sus dientes.
Y diciendo esto, salió la voz:
—¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discursos y fueron discretos: ellos se son infierno y martirio de sí mismos.
Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo:
—¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quien se lo vió llorar solo y tenía dentro de su alma aposentado el infierno!
Lleguéme, diciendo esto, a una gran compañía, donde penaban en diversos puestos muchos, y vi unos carros en que traían atenaceando muchas almas con pregones delante. Lleguéme a oir el pregón, y decía:
—Éstos manda Dios castigar por escandalosos y porque dieron mal ejemplo.
Y vi a todos los que penaban, que cada uno los metía en sus penas, y así pasaban las de todos como causadores de su perdición. Pues éstos son los que enseñan en el mundo malas costumbres, de quien dijo Dios que valiera más no haber nacido[225].
Pero dióme risa ver unos taberneros que se andaban sueltos por todo el infierno, penando sobre su palabra, sin prisión ninguna, teniéndola cuantos estaban en él. Y preguntando por qué a ellos solos los dejan andar sueltos, dijo un diablo:
—Y les abrimos las puertas. Que no hay para qué temer que se irán del infierno gente que hace en el mundo tantas diligencias para venir. Fuera de que los taberneros trasplantados acá, en tres meses son tan diablos como nosotros. Tenemos sólo cuenta de que no lleguen al fuego de los otros, porque no lo agüen.
Pero, si queréis saber notables cosas, llegaos a aquel cerco. Veréis en la parte del infierno más hondo a Judas con su familia descomulgada de malditos dispenseros.
Hícelo así, y vi a Judas, que me holgué mucho, cercado de sucesores suyos y sin cara[226]. No sabré decir sino que me sacó de la duda de ser barbirrojo[227], como le pintan los extranjeros por hacerle español, porque él me pareció capón. Y no es posible menos ni que tan mala inclinación y ánimo tan doblado se hallase sino en quien, por serlo, no fuese ni hombre ni mujer. ¿Y quién sino un capón tuviera tan poca vergüenza? ¿Y quién sino un capón pudiera condenarse por llevar las bolsas? ¿Y quién sino un capón tuviera tan poco ánimo que se ahorcase sin acordarse de la mucha misericordia de Dios? Ello[228] yo creo por muy cierto lo que fuere verdad; pero capón[229] me pareció que era Judas. Y lo mismo digo de los diablos, que todos son capones, sin pelo de barba y arrugados, aunque sospecho que, como todos se queman, que el estar[230] lampiños es de chamuscado el pelo con el fuego, y lo arrugado, del calor. Y debe ser así porque no vi ceja ni pestaña y todos eran calvos.
Estaba, pues, Judas muy contento de ver cuán bien lo hacían algunos dispenseros en venirle a cortejar y a entretener, que muy pocos me dijeron que le dejaban de imitar. Miré más atentamente, y fuíme llegando donde estaba Judas, y vi que la pena de los dispenseros era que, como a Titio[231] le come un buitre las entrañas, a ellos se las descarnaban dos aves, que llaman sisones[232]. Y un diablo decía a voces de rato en rato:
—Sisones son dispenseros y los dispenseros, sisones.
A este pregón se estremecían todos, y Judas estaba con sus treinta dineros atormentándose[233]. Yo le dije:
—Una cosa querría saber de ti: ¿por qué te pintan con botas y dicen por refrán las botas de Judas[234]?
—No porque yo las truje—respondió—; mas quisieron significar, poniéndome botas, que anduve siempre de camino para el infierno y por ser dispensero. Y así se han de pintar todos los que lo son. Ésta fué la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo que era portugués, que es mentira; que yo fuí...
Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria[235], si de otra parte.
—Y has de advertir que yo sólo soy el dispensero, que se ha condenado por vender; que todos los demás, fuera de algunos, se condenan por comprar[236]. Y en lo que dices que fuí traidor y maldito en dar a mi Maestro por tan poco precio, tienes razón, y no podía hacer yo otra cosa, fiándome de gente como los judíos[237], que era tan ruin, que pienso que, si pidiera un dinero más por él, no me lo tomaran. Y porque estás muy espantado y fiado en que yo soy el peor hombre que ha habido, ve ahí debajo y verás muchísimos tan malos. Vete—dijo—, que ya basta de conversación, que no los escurezco.
—Dices la verdad—le respondí.
Y acogíme donde me señaló, y topé muchos demonios en el camino, con palos y lanzas, echando del infierno muchas mujeres hermosas y muchos malos letrados. Pregunté por qué los querían echar del infierno a aquéllos solos, y dijo un demonio:
—Porque eran de grandísimo provecho para la población del infierno en el mundo: las damas, con sus caras y con sus mentirosas hermosuras y buenos pareceres, y los letrados, con buenas caras y malos pareceres.
Y que así los echaban porque trujesen gente.
Pero el pleito más intrincado y el caso más difícil que yo vi en el infierno fué el que propuso una mujer condenada con otras muchas por malas, enfrente de unos ladrones, la cual decía:
—Decidnos, señor, ¿cómo ha de ser esto de dar y recibir, si los ladrones se condenan por tomar lo ajeno y la mujer por dar lo suyo? Aquí de Dios, que, si el ser puta es ser justicia, si es justicia dar a cada uno lo suyo, pues lo hacemos así, ¿de qué nos culpan?
Dejé de escucharla, y pregunté, como nombraron ladrones, dónde estaban los escribanos.
—¡Es posible que no hay en el infierno ninguno ni le pude topar en todo el camino!
Respondióme un verdugo:
—Bien creo yo que no toparíades ninguno por él.
—Pues ¿qué hacen? ¿Sálvanse todos?
—No—dijo—; pero dejan de andar y vuelan con plumas. Y el no haber escribanos por el camino de la perdición no es porque infinitísimos que son malos no vienen acá por él, sino porque, es tanta la prisa con que vienen, que volar y llegar y entrar es todo uno, tales plumas se tienen ellos, y así no se ven en el camino.
—Y acá—dije yo—, ¿cómo no hay ninguno?
—Sí hay—me respondió—; mas no usan ellos de nombre de escribano, que acá por gatos los conocemos. Y para que echéis de ver qué tantos hay, no habéis de mirar sino que, con ser el infierno tan gran casa, tan antigua, tan maltratada y sucia, no hay un ratón en toda ella, que ellos los cazan.
—Y los alguaciles malos, ¿no están en el infierno?
—Ninguno está en el infierno—dijo el demonio.
—¿Cómo puede ser, si se condenan algunos malos entre muchos buenos que hay?
—Dígoos que no están en el infierno porque en cada alguacil malo, aun en vida, está todo el infierno en él.
Santigüéme y dije:
—Brava cosa es lo mal que los queréis los diablos a los alguaciles.
—¿No los habemos de querer mal, pues, según son endiablados los malos alguaciles, tememos que han de venir a hacer que sobremos nosotros para lo que es materia de condenar almas y que se nos han de levantar con el oficio de demonios y que ha de venir Lucifer a ahorrarse de diablos y despedirnos a nosotros por recibir a ellos?
No quise en esta materia escuchar más, y así, me fuí adelante, y por una red vi un amenísimo cercado, todo lleno de almas, que, unas con silencio y otras con llanto, se estaban lamentando. Dijéronme que era el retiramiento de los enamorados. Gemí tristemente viendo que aun en la muerte no dejan los suspiros. Unos se respondían en sus amores y penaban con dudosas desconfianzas. ¡Oh, qué número dellos echaban la culpa de su perdición a sus deseos, cuya fuerza o cuyo pincel los mintió las hermosuras! Los más estaban descuidados por penséque, según me dijo un diablo.
—¿Quién es penséque—dije yo—, o qué género de delito?
Rióse, y replicó:
—No es sino que se destruyen, fiándose de fabulosos semblantes, y luego dicen pensé que no me obligara, pensé que no me amartelara, pensé que ella me diera a mí y no me quitara, pensé que no tuviera otro con quien yo riñera, pensé que se contentara conmigo solo, pensé que me adoraba, y así, todos los amantes en el infierno están por pensé que. Éstos son la gente en quien más ejecuciones hace el arrepentimiento y los que menos sabían de sí. Estaba en medio dellos el amor, lleno de sarna, con un rótulo que decía:
No hay quien este amor no dome
Sin justicia o con razón,
Porque es sarna y no afición
Amor que se pega y come.
—¿Coplica hay?—dije yo—. No andan lejos de aquí los poetas.
Cuando, volviéndome a un lado, veo una bandada de hasta cien mil dellos en una jaula, que llaman los Orates en el infierno. Volví a mirarlos, y díjome uno, señalando a las mujeres:
—¿Qué digo? Esas señoras hermosas todas se han vuelto medio camareras de los hombres, pues los desnudan y no los visten.
—¿Conceptos gastáis aun estando aquí? Buenos cascos tenéis—dije yo.
Cuando uno entre todos, que estaba aherrojado y con más penas que todos, dijo:
—¡Plegue a Dios, hermano, que así se vea el que inventó los consonantes! Pues porque en un soneto
Dije que una señora era absoluta,
Y, siendo más honesta que Lucrecia,
Por dar fin al cuarteto, la hice puta.
Forzóme el consonante a llamar necia
A la de más talento y mayor brío:
¡Oh, ley de consonantes, dura y recia!
Habiendo en un terceto dicho lío,
Un hidalgo afrenté tan solamente,
Porque el verso acabó bien en judío.
A Herodes otra vez llamé inocente,
Mil veces a lo dulce dije amargo
Y llamé al apacible impertinente.
Y por el consonante tengo a cargo
Otros delitos torpes, feos, rudos,
Y llega mi proceso a ser tan largo,
Que, porque en una octava dije escudos,
Hice sin más ni más siete maridos
Con honradas mujeres ser cornudos.
Aquí nos tienen, como ves, metidos
Y por el consonante condenados.
¡Oh, míseros poetas desdichados,
A puros versos, como ves, perdidos!
—¡Hay tan graciosa locura—dije yo—, que, aun aquí, estáis sin dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!
Y decía un diablo:
—Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan, lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son. Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos de alarbes y las palabras de gentiles.
—Si mucho me aguardo—dije entre mí—, yo oiré algo que me pese.
Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían! ¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas de un demonio, recibían por los oídos:
—¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos, pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de los dientes, cerrados de ofensas:
—¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo; halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y véame yo cargado de sus favores!
—Y ved—dijo—a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.
Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas, de vestir seis pobres y de daros frontales.
—¡Qué ceguedad de hombres: prometer dádivas al que pedís, con ser la suma riqueza! Pedistes a Dios por merced lo que Él suele dar por castigo, y, si os lo da, os pesa de haberlo tenido cuando morís, y, si no os lo da, cuando vivís, y así, de puro necios, siempre tenéis quejas. Y si llegáis a ser ricos por votos, decidme, ¿cuáles cumplís? ¿Qué tempestad no llena de promesas los santos? Y ¿qué bonanza tras ellas no los torna a desnudar, con olvido, de toques de campanas? ¿Qué de preseas ha ofrecido a los altares la espantosa cara del golfo? Y ¿qué dellas ha muerto y quitado de los mismos templos el puerto? Nacen vuestros ofrecimientos de necesidad; y no de devoción. ¿Pedisteis[238] alguna vez a Dios paz en el alma, aumento de gracia, favores suyos o inspiraciones? No, por cierto; ni aun sabéis para qué son menester estas cosas ni lo que son. Ignoráis que el holocausto, sacrificio y oblación que Dios recibe de vosotros es de la pura conciencia humilde espíritu, caridad ardiente. Y esto, acompañado con lágrimas, es moneda, que aun Dios, si puede, es cudicioso en nosotros. Dios, hombres, por vuestro bien gusta que os acordéis dél, y, como, si no es en los trabajos, no os acordáis, por eso os da trabajos, porque tengáis dél memoria. Considerad vosotros, necios demandadores, cuán brevemente se os acabaron las cosas, que importunos pedisteis a Dios. ¡Qué presto os dejaron y cómo, ingratos, no os fueron compañía en el postrer paso! ¿Veis cómo vuestros hijos aún no gastan de vuestras haciendas un real en obras pías, diciendo que no es posible que vosotros gustéis dellas, porque si gustárades en vida hiciérades algunas? Y pedís tales cosas a Dios, que muchas veces, por castigo de la desvergüenza con que las pedís, os las concede. Y bien, como suma sabiduría, conoció el peligro que tenéis en saber pedir, pues lo primero que os enseñó en el Pater noster fué pedirle; pero pocos entendéis aquellas palabras donde Dios enseñó el lenguaje con que habéis de tratar con Él.
Quisieren responderme; mas no les daban lugar las mordazas.
Yo, que vi que no habían de hablar palabra, pasé adelante, donde estaban juntos los ensalmadores[239] ardiéndose vivos, y los saludadores también condenados por embestidores. Dijo un diablo:
—Veislos aquí a estos tratantes en santiguaduras, mercaderes de cruces, que embelesaron[240] el mundo y quisieron hacer creer que podía tener cosa buena un hablador. Gente es esta ensalmadora, que jamás hubo nadie que se quejase dellos. Porque, si les sanan antes, se lo agradecen, y si los matan, no se pueden quejar. Y siempre les agradecen lo que hacen y dan contento. Porque, si sanan, el enfermo los regala, y si matan, el heredero les agradece el trabajo. Si curan con agua y trapos la herida, que sanara por virtud de naturaleza, dicen que es por ciertas palabras virtuosas, que les enseñó un judío. ¡Mirad qué buen origen de palabras virtuosas! Y si se enfistola[241], empeora y muere, dicen que llegó su hora y el badajo[242] que se la dió y todo. Pues ¿qué es de oir a éstos las mentiras que cuentan de uno, que tenía las tripas fuera en la mano en tal parte, y otro, que estaba pasado por las ijadas? Y lo que más me espanta es que siempre he medido la distancia de sus curas, y siempre las hicieron cuarenta o cincuenta leguas de allí, estando en servicio de un señor, que ha ya trece años que murió, porque no se averigüe tan presto la mentira, y por la mayor parte, estos tales que curan con agua, enferman ellos por vino. Al fin, éstos son por los que se dijo: “Hurtan que es bendición”[243], porque con la bendición hurtan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que casi todos los ensalmos están llenos de solecismos. Y no sé qué virtud se tenga el solecismo por lo cual se pueda hacer nada. Al fin, vaya do fuere, ellos están acá algunos, que otros hay buenos hombres, que, como amigos de Dios, alcanzan dél la salud para los que curan: que la sombra de sus amigos suele dar vida.
Pero para ver buena gente, mirad los saludadores[244], que también dicen que tienen virtud.
Ellos se agraviaron, y dijeron que era verdad que la tienen. Y a esto respondió un diablo:
—¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?
—Alto—dijo un demonio—, que me he enojado. Vayan al cuartel de los porquerones[245], que viven de lo mismo.
Fueron, aunque a su pesar. Y yo abajé otra grada por ver los que Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas. Éstos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá purificaban. Cual estaba fijando el mercurio al martillo, y, habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil, lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha o si el fuego o no fuego de Raimundo[246] había de entenderse de la cal o si de luz efectiva del calor, y no de calor efectivo de fuego. Cuales, con el signo de Hermete, daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto la proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia, y, al cabo, reducían su sangre a la postrera podre, y, en lugar de hacer del estiércol cabellos, sangre humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente. ¡Oh, qué de voces que oí sobre el padre muerto ha resucitado y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos!:
—¡Oh! Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica[247].
Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado, y, si la piedra filosofal[248] se había de hacer de la cosa más vil, era fuerza hacerse de corchetes. Y los cocieran y distilaran si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban y que era gente más enjuta.
Cerraran con ellos, si no dijera un diablo:
—¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así, porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.
Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra filosofal.
Al otro lado no era menos la trulla de astrólogos y supersticiosos. Un quiromántico[249] iba tomando las manos a todos los otros que se habían condenado, diciendo:
—¡Qué claro que se ve que se habían de condenar éstos por el monte de Saturno![250]
Otro que estaba a gatas con un compás, midiendo alturas y notando estrellas, cercado de efemérides y tablas, se levantó y dijo en altas voces:
—Vive Dios[251] que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que me salvo: porque Saturno, en aquel punto, mudaba el aspecto y Marte se pasaba a la casa de la vida, el escorpión perdía su malicia y yo, como di en procurador, fuí pobre mendigo[252].
Otro tras él, andaba diciendo a los diablos, que le mortificaban, que mirasen bien si era verdad que él había muerto: que no podía ser, a causa que tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.
—Miren—decía—que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.
En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.
Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones, sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el astrólogo más cierto. Y si dijera puntual, acertara, pues es su ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.
Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256], que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser mayor mentiroso en sus libros de Subtilitate, por hechizos de viejas que en ellos juntó.
Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en sus Ejercitaciones, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.
Estaba riéndose de sí mismo Artefio[259], con su mágica, haciendo las tablillas para entender el lenguaje de las aves, y Checol de Áscoli[260], muy triste y pelándose las barbas, porque, tras tanto experimento disparatado, no podía hallar nuevas necedades que escribir.
Teofrasto Paracelso[261] estaba quejándose del tiempo que había gastado en la alquimia; pero contento en haber escrito medicina y mágica, que nadie la entendía, y haber llenado las imprentas de pullas a vuelta de muy agudas cosas.
Y detrás de todos estaba Hubequer[262] el pordiosero, vestido de los andrajos de cuantos escribieron mentiras y desvergüenzas, hechizos y supersticiones, hecho su libro un Ginebra de moros, gentiles y cristianos.
Allí estaba el secreto autor de la Clavicula Salomonis[263] y el que le imputó los sueños. ¡Oh, cómo se abrasaba burlado de vanas y necias oraciones el hereje que hizo el libro Adversus omnia pericula mundi!
¡Qué bien ardía el Catan[264] y las obras de Races!
Estaba Taysnerio[265] con su libro de fisonomías y manos, penando por los hombres, que había vuelto locos con sus disparates. Y reíase, sabiendo el bellaco que las fisonomías no se pueden sacar ciertas de particulares rostros de hombres que, o por miedo o por no poder, no muestran sus inclinaciones, y las reprimen, sino sólo de rostros y caras de príncipes y señores sin superior, en quien las inclinaciones no respetan nada para mostrarse.
Estaba luego un triste autor[266], con sus rostros y manos, y los brutos concertando por las caras la similitud de las costumbres.
A Escoto[267] el italiano vi allá, no por hechicero y mágico, sino por mentiroso y embustero.
Había otra gran copia, y aguardaban sin duda mucha gente, porque había grandes campos vacíos. Y nadie estaba con justicia entre todos estos autores, presos por hechiceros, si no fueron unas mujeres hermosas, porque sus caras lo fueron solas en el mundo. ¡Oh, verdaderos hechizos! Que las damas sólo son veneno de la vida, que perturbando las potencias y ofendiendo los órganos a la vista, son causa de que la voluntad quiera por bueno lo que ofendidas las especies representan. Viendo esto, dije entre mí:
—Ya me parece que vamos llegándonos al cuartel de esta gente.[268]
Dime priesa a llegar allá, y al fin asoméme a parte donde, sin favor particular del cielo, no se podía decir lo que había. A la puerta estaba la Justicia espantosa, y en la segunda entrada, el Vicio desvergonzado y soberbio, la Malicia ingrata e ignorante, la Incredulidad resoluta y ciega y la Inobediencia bestial y desbocada. Estaba la blasfemia insolente y tirana llena de sangre, ladrando por cien bocas y vertiendo veneno por todas, con los ojos armados de llamas ardientes. Grande horror me dió el umbral. Entré y vi a la puerta la gran suma de herejes antes de nacer Cristo[269]. Estaban los ofiteos[270], que se llaman así en griego de la serpiente que engañó a Eva, la cual veneraron, a causa de que supiésemos del bien y del mal. Los cainanos[271], que alabaron a Caín porque, como decían, siendo hijo del mal, prevaleció su mayor fuerza contra Abel. Los sethianos, de Seth. Estaba Dositheo[272] ardiendo como un horno, el cual creyó que se había de vivir sólo según la carne y no creía la resurrección, privándose a sí mismo (ignorante más que todas las bestias) de un bien tan grande. Pues, cuando fuera así que fuéramos solos animales como los otros, para morir consolados habíamos de fingirnos eternidad a nosotros mismos. Y así llama Lucano, en boca ajena, a los que no creen la inmortalidad del alma: Felices errore suo, dichosos con su error, si eso fuera así, que murieran las almas con los cuerpos.
—¡Malditos!—dije yo—: siguiérase que el animal del mundo a quien Dios dió menos discurso es el hombre, pues entiende al revés lo que más importa, esperando inmortalidad. Y seguirse hía que a la más noble criatura dió menos conocimiento y crió para mayor miseria la naturaleza, que Dios no. Pues quien sigue esa opinión no lo fíe.
Estaba luego Saddoc, autor de los Sadduceos[273]. Los fariseos estaban aguardando al Mesías, no como Dios, sino como hombre[274].
Estaban los heliognósticos[275] devictiacos, adoradores del sol; pero los más graciosos son los que veneran las ranas, que fueron plaga a Faraón, por ser azote de Dios.
Estaban los musoritos[276] haciendo ratonera al arca a puro ratón de oro.
Estaban los que adoraron la Mosca accaronita[277]: Ozías, el que quiso pedir a una mosca antes salud que a Dios, por lo cual Elías le castigó.
Estaban los troglodytas[278], los de la fortuna del cielo[279], los de Baal[280], los de Asthar[281], los del ídolo Moloch[282], y Renfan[283] de la ara de Tofet[284], los puteoritas,[285] herejes veraniscos de pozos, los de la serpiente de metal.[286]
Y entre todos sonaba la baraúnda y el llanto de las judías, que, debajo de tierra, en las cuevas, lloraban a Thamur[287] en su simulacro. Seguían los bahalitas,[288] luego la Pitonisa[289] arremangada, y detrás los de Asthar y Astharot,[290] y al fin, los que aguardaban a Herodes, y desto se llaman herodianos.[291]
Y hube a todos éstos por locos y mentecatos.
Mas llegué luego a los herejes que había después de Cristo:[292] allí vi a muchos, como Menandro[293] y Simón Mago,[294] su maestro.
Estaba Saturnino[295] inventando disparates.
Estaba el maldito Basílides[296] heresiarca.
Estaba Nicolás[297] antioqueno, Carpócrates[298] y Cerintho[299] y el infame Ebión.[300]
Vino luego Valentino[301], el que dió por principio de todo el mar y el silencio.
Menandro[302], el mozo de Samaria, decía que él era el Salvador y que había caído del cielo, y por imitarlo, decía detrás del Montano[303] frigio que él era el Parácleto. Síguenle las desdichadas Priscilla y Maximilla heresiarcas. Llamáronse sus secuaces catafriges, y llegaron a tanta locura, que decían que en ellos, y no en los apóstoles, vino el Espíritu Santo.
Estaba Nepos[304], obispo, en quien fué coroza la mitra, afirmando que los santos habían de reinar con Cristo en la tierra mil años en lascivias y regalos.
Venía luego Sabino[305], prelado hereje arriano, el que en el concilio Niceno llamó idiotas a los que no seguían a Arrio.
Después, en miserable lugar, estaban ardiendo por sentencia de Clemente, pontífice máximo que sucedió a Benedicto, los templarios, primero santos en Jerusalén y luego, de puro ricos, idólatras y deshonestos[306].
¡Y qué fué ver a Guillermo, el hipócrita de Anvers, hecho padre de putas, prefiriendo las rameras a las honestas y la fornicación a la castidad! A los pies de éste yacía Bárbara, mujer del emperador Sigismundo[307], llamando necias a las vírgenes, habiendo hartas. Ella, bárbara como su nombre, servía de emperatriz a los diablos, y, no estando harta de delitos ni aun cansada, que en esto quiso llevar ventaja a Mesalina, decía que moría el alma y el cuerpo y otras cosas bien dignas de su nombre.
Fuí pasando por éstos y llegué a una parte donde estaba uno solo arrinconado y muy sucio, con un zancajo[308] menos y un chirlo por la cara, lleno de cencerros, y ardiendo y blasfemando.
—¿Quién eres tú—le pregunté—, que entre tantos malos eres el peor?
—Yo—dijo él—soy Mahoma.
Y decíaselo el tallecillo, la cuchillada y los dijes de arriero.
—Tú eres—dije yo—el más mal hombre que ha habido en el mundo y el que más almas ha traído acá.
—Todo lo estoy pasando—dijo—, mientras los malaventurados de africanos adoran el zancarrón o zancajo que aquí me falta.
—Picarón—dije—, ¿por qué vedaste el vino a los tuyos?
Y me respondió:
—Porque si tras las borracheras que les dejé en mi Alcorán les permitiera las del vino, todos fueran borrachos.
—Y el tocino, ¿por qué se lo vedaste, perro esclavo, descendiente de Agar?
—Eso hice por no hacer agravio al vino, que lo fuera comer torreznos y beber agua, aunque yo vino y tocino gastaba. Y quise tan mal a los que creyeron en mí, que acá los quité la gloria y allá los perniles y las botas. Y, últimamente, mandé que no defendiesen mi ley por razón, porque ninguna hay ni para obedecella ni sustentalla; remitísela a las armas y metílos en ruido para toda la vida. Y el seguirme tanta gente no es en virtud de milagros, sino sólo en virtud de darles la ley a medida de sus apetitos, dándoles mujeres para mudar, y, por extraordinario, deshonestidades tan feas como las quisiesen, y con esto me seguían todos. Pero no se remató en mí todo el daño: tiende por ahí los ojos y verás qué honrada gente topas.
Volvíme a un lado y vi todos los herejes de ahora, y topé con Maniqueo[309]. ¡Oh, qué vi de calvinistas arañando a Calvino! Y entre éstos estaba el principal, Josefo Scalígero[310], por tener su punta de ateísta y ser tan blasfemo, deslenguado y vano y sin juicio.
Al cabo estaba el maldito Lutero, con su capilla y sus mujeres, hinchado como un sapo y blasfemando, y Melanchthon[311] comiéndose las manos tras sus herejías.
Estaba el renegado Beza,[312] maestro de Ginebra, leyendo, sentado en cátedra de pestilencia, y allí lloré viendo el Enrico Estéfano.[313] Preguntéle no sé qué de la lengua griega, y estaba tal la suya, que no pudo responderme sino con bramidos.[314]
Espantóme, Enrico, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudezas? Más le dijera si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable penando.[315]
Estaba ahorcado de un pie Helio Eobano hesso,[316] célebre poeta, competidor de Melanchthon. ¡Oh, cómo lloré mirando su gesto torpe con heridas y golpes y afeados con llamas sus ojos![317]
Dime prisa a salir deste cercado, y pasé a una galería, donde estaba Lucifer cercado de diablas que también hay hembras como machos. No entré dentro, porque no me atreví a sufrir su aspecto disforme; sólo diré que tal galería tan bien ordenada no se ha visto en el mundo, porque toda estaba colgada de emperadores y reyes vivos como acá muertos. Allá vi toda la casa otomana,[318] los de Roma por su orden.
Vi graciosísimas figuras: hilando a Sardanápalo, glotoneando a Eliogábalo, a Sapor emparentando con el sol y las estrellas. Viriato andaba a palos tras los romanos, Atila revolvía el mundo, Belisario ciego acusaba a los atenienses.[319]
Llegó a mí el portero y me dijo:
Lucifer manda que, porque tengáis qué contar en el otro mundo, que veáis[320] su camarín.
Entré allá. Era un aposento curioso y lleno de buenas joyas. Tenía cosa de seis o siete mil cornudos y otros tantos alguaciles manidos.
—¿Aquí estáis?—dije yo—. ¿Cómo, diablos,[321] os había de hallar en el infierno, si estábades aquí?
Había pipotes de médicos y muchísimos coronistas, lindas piezas, aduladores de molde[322] y con licencia. Y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores.[323] Y todas las poyatas, que son los estantes, llenas de vírgenes rociadas, doncellas[324] penadas como tazas,[325] y dijo el demonio:
—Doncellas son, que se vinieron al infierno con las doncelleces fiambres, y por cosa rara se guardan.
Seguíanse luego demandadores[326], haciendo labor con diferentes sayos, y de las ánimas había muchos, porque piden para sí mismos y consumen ellos con vino cuanto les dan[327].
Había madres postizas[328] y trastenderas de sus sobrinas y suegras[329] de sus nueras, por mascarones alrededor.
Estaba en una peaña[330] Sebastián Gertel[331], general en lo de Alemaña contra el Emperador, tras haber sido alabardero suyo.
No acabara yo de contar lo que vi en el camino si lo hubiera de decir todo. Salíme fuera y quedé como espantado, repitiendo conmigo estas cosas. Sólo pido a quien las leyere, las lea de suerte que el crédito que les diere le sea provechoso para no experimentar ni ver estos lugares, certificando al lector que no pretendo en ello ningún escándalo ni reprensión sino de los vicios[332], pues decir de los que están en el infierno no puede tocar a los buenos. Acabé este discurso en el Fresno[333], a postrero de abril de 1608, en 28 de mi edad[334].
NOTAS:
[147] En P: y que el diablo nunca dijo verdad. Llamamos el malo al diablo.
[148] Se nos esconden. En P: nos esconde Dios, vi, guiado del ángel de mi guarda, lo que se sigue, por particular providencia de Dios. La corrección evita todo lo que mira a lo religioso.
[149] Dos sendas. El mito que traen Jenofonte (De dictis et factis Socratis, l. 2) y Ateneo (Dipn., l. 12, c. 1), y cuenta así Juan de Pineda (Agric. crist., 7, 7): “Siendo Hércules mancebo, llegó por un camino adonde se repartía en dos, y el de la mano derecha era muy áspero y estrecho y se llamaba de la virtud, y el de la mano izquierda muy ancho y llano y andadero era el de los vicios y pecados. Como él allí llegó, reparó un poco, pensando lo que le cumpliría más, y vió venir para sí dos mujeres, la una de las cuales, adelantándose de la otra, llegó a él muy compuesta y afeitada y con melindres de ramera, y le convidó al camino de los deleites, que le prometía con poco trabajo; mas llegando poco después la otra, vestida de blanco y con muy honesto y grave semblante, le avisó que se guardase de aquella engañadora, que le prometía vivienda enemiga de bondad, por la cual se perdería. Insistió mucho que la siguiese a ella por el camino más arduo y angosto, en el cual puso Dios el trabajoso sudor antes de la virtud, porque, considerándolo atentamente, vería que lo que se da barato es cosa vil, mas lo precioso siempre vale caro, y que ni Dios ni buenos amigos se pueden ganar sin diligencias trabajosas. Con los consejos de la blanca virtud determinó Hércules de se meter por el camino de la virtud, significado por el brazo diestro de la letra de Pitágoras (Y), que al principio sube agro y angosto y en el fin pára en anchura llana y holgada con perpetuidad”.
[150] De la gente..., de causal, a causa de.
[151] En P: me dijo: S. Pablo le dejó para dar el primer paso a esta senda. Y miré. Caballerías, ejercicios a caballo, y, metafóricamente, fantasías. Jineta, p. 30: “De muchas maneras se corre con lanza y mil reglas hay escritas desta caballería”. Valderrama, Ejerc. Fer. 5 dom. pas.: “Ni pasear las plazas haciendo caballerías, que ya no está gallardo ni para eso”. Galindo, 655: “Cayó de su asno, del desengañado del error, que defendía por ignorancia crasa”. El error del ignorante es asno que lleva caballeros a muchos.
[152] Pesia, pese a. Pedr. Urdem., 3: “¿Son por ventura mostrencas | mis gallinas, pesiatal?” Tirso, No hay peor sordo, 1: “Yo entonces le dije: ¡Pesia | a tal! no es el perro mío”.
[153] Gente honrada, de probidad, irónicamente, gente perdida, como aquí.
[154] Tósigo, ponzoña, o hierba de ballesteros, que es lo que propiamente τόξιχος suena en griego, de τόξον arco, por emponzoñar con ella las flechas.
[155] Lechigada, camada, conjunto de crías propiamente, de lecho. Contra los taberneros, que bautizan el vino.
[156] “Había muchas mujeres tras éstos besándoles las ropas, que en besar algunas son peores que Judas, porque aquél besó (aunque con ánimo traidor) la cara del Justo, Hijo de Dios y Dios verdadero, y ellas besan los vestidos de otros tan malos como Judas. Atribúyolo, más que a devoción (a algunas) a golosina en el besar. Otras iban cogiéndoles de las capas para reliquias, y algunas cortan tanto, que da sospecha que lo hacen más por verlos en cueros o desnudos, que por fe que tengan con sus obras. Otras se encomiendan a ellos en sus oraciones, que es como encomendarse al diablo por tercera persona. Vi alguna pedirles hijos, y sospecho que marido que consiente en que pida hijos a otro la mujer, se dispone a agradecérselo si se les diere. Esto digo por ver que, pudiendo las mujeres encomendar sus deseos y necesidades a san Pedro, a san Pablo, a san Juan, a san Agustín, a santo Domingo, a san Francisco y otros santos que sabemos que pueden con Dios, se den a éstos que hacen oficio la humildad y pretenden irse al cielo de estrado en estrado y de mesa en mesa. Al fin conocí que iban éstos arrebozados”, etc. (Edición de Pamplona, 1631).
[157] Adrollas, trapazas y engaños, sobre todo comprando o vendiendo al fiado. Oña, Postrim., 1, 1, 8: “Tantas adrollas y trapazas inventadas en daño del bien común”. En Aragón, trola y drola; en Galicia, drola; en Germanía, droll, embuste. Embustidor, embustero, de embustir, cuyo posverbal es embuste.
[158] “repúblicas. No faltaron en el camino muchos eclesiásticos, muchos teólogos”. (Edic. de Pamplona, 1631).
[159] Corrilleros, los soldados fanfarrones, rompepoyos, que se pasan el día sentados, contando al corrillo de gente que les rodea mil hazañas embusteras.
[160] “Y nada desto les creíamos, teniéndoles por mentirosos, sólo cuando por encarecer”, etc. (Edición de Pamplona, 1631).
[161] “porque hacíanse recuas de mosquitos que les rodeaban las bocas golosas del aliento parlero, del mucho mosto que habían colado”. (Ídem).
[162] Hojas de lata, donde aún hoy llevan la licencia los soldados licenciados del servicio, y entonces llevaban los testimonios y fees de sus hechos de armas y merecimientos.
[163] Coronan. En P: coronan al que legítimamente peleare. De San Pablo: “Non coronatur nisi legitime certaverit”. (2 Timot., 2, 5).
[164] “Militia est vita hominis super terram”. (Job, 7, 1).
[165] “Atentamente y corridos de lo que les decían, como unos leones se entraron en una taberna. Y tan”. (Edición de Pamplona, 1631). El texto corregido perdió este brío y quedó sosísimo.
[166] “del cielo”. Ídem.
[167] “del cielo”. Ídem.
[168] “por el otro camino”. (Edición de Bruselas de 1660).
[169] De mal pelo. Hay cien frases en castellano que aluden al bueno o mal pelo y pelaje, tomadas del de los animales, que, estando lucios y gordos, les luce el pelo, y mal cebados, lo presentan malo.
[170] Acá estamos todos, frase hecha, sobre todo de negros, igualándose con los demás blancos; en el texto viene muy a cuento entre diablos negros.
[171] Recuero, trajinero con recuas.
[172] Humazos, que se daba por las narices (humo a narices), con lana encendida, a las mujeres que padecían de flato o mal uterino, o los muchachos, al dormido, en las narices, con papel encendido, etc. Villalva, Empr., 2, 34: “Como se queda la colmena cuando le dan humazo, desamparándola y huyendo las abejas”. Fons., Vid. Cristo, 3, 2, 14: “Ya le den humazos a las narices..., para el demonio eran pebetes, para Dios eran humazos”.
[173] Chasquear los azotes, menearlos con chasquido. F. Aguado, Crist., 44: “La conciencia tiene el azote en la mano, y antes que el hombre se desmande, le chasquea y después revuelve sobre él”.
[174] “de cuellos bajos; por lo que parecíamos confesores en saber pecados, y supimos muchas cosas nosotros que no las supieron ellos”. (Edic. de Pamplona, 1631).
[175] “a don, como a la pila santa catecúmena, que por tirar”. Ídem.
[176] Perogotero, Pero Botero, Satanás, que así le llaman, por andar entre pez, como los boteros.
[177] Sahumado decíase de lo muy bien dispuesto y a gusto, propiamente perfumado con sahumerios. En particular, “encareciendo que cobrará y hará volver y pagar algo”. (Corr., 566). Quij., I, 4: “De pagaros... un real sobre otro y aun sahumados”. G. Alf., I, 3, 3: “Nos ponían la moneda sobre la tabla, sahumada y lavada con agua de ángeles”.
[178] “Los demás cocheros, en comparación de mis mosquitos eran ranas. No se probará”, etc. (Edición de Barcelona de 1635). Aguanoso lo suele decir Quevedo por aguado, el que sólo bebe agua y no vino.
[179] Vía, paso, abran paso o camino, mientras le azotaba, como el verdugo al que pasea por las acostumbradas. El abuso de los coches en aquel tiempo y lo que con ellos se cometía, hizo se diesen pragmáticas, y hay alusiones a ello en todos los escritores.
[180] Frialdad, sosera en los chistes, poca gracia, y frío se dice del soso en el gracejar. J. Pin., Agr., 1, 8: “Ateneo dice una frialdad”. F. Silva, Celest., 29: “Decidor y desenvuelto como Grajales, que no otro tan lindo como Felides, si fuera frío”.
[181] Calofriado, por el frío que da escalofríos o calofríos. Césped. Meneses, Historias, c. 44: “Dejando aquel pecho de mármol con unos calofríos que si no procedieran de amor”.
[182] De entre cuero y carne, que hieren mucho más, como los que con bromas pesadas y murmuraciones dan que sentir. Cáceres, ps. 63: “Son hombres, que traen las lenguas bien amoladas y afiladas. Cortan entre cuero y carne”.
[183] “respondieron que como se condenan otros por no tener gracia, ellos se condenan por tenerla o quererla tener”. (Edic. de Pamplona, 1631).
[184] Corr., 21: “A mesa puesta y cama hecha. (Entiéndese venir, sentarse y ser admitido)”. Ídem, 567: “Sentarse a mesa puesta. (El que no pone cuidado y nada le cuesta)”. Ídem, 54: “Asentaisos a mesa puesta con vuestras manos lavadas y poca vergüenza”.
[185] Matar hachas, apagarlas.
[186] Tuerto, torcido, lo contra derecho. Galindo, D, 414: “A veces con el tuerto llega el hombre a su derecho, o con un poco de tuerto”.
[187] Sufrir, condescender, vendiéndola a otros por dinero. Sufrir es tolerar, y sólo por galicismo lo emplean hoy como padecer; véase Lazarillo, mi edición.
[188] Hacer plato es servir; metafóricamente, ofrecer con ostentación, ostentar. Fonseca, Amor de Dios, 37: “Sentóle consigo a la mesa y mandó a sus criados trujesen una espalda de carnero y haciéndole el plato”. Cáceres, ps. 40: “Hace honra de la maraña que me tiene urdida. Hace plato de la traición que usa conmigo”. Ídem, ps. 48: “Aquellos que hacen ostentación y plato de sus muchas riquezas”.
[189] Acerca de esta clase de comediantes dice en su Viaje entretenido Agustín de Rojas: “Pues sabed que hay ocho maneras de compañías y representantes, y todas diferentes: bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía. El bululú es un representante solo, que camina a pie y pasa su camino y entra en el pueblo, habla al cura y dícele que sabe una comedia y alguna loa, que junte al barbero y sacristán y se la dirá, porque le den alguna cosa para pasar adelante. Júntanse éstos y él súbese sobre una arca y va diciendo: ‘Ahora sale la dama y dice esto y esto’. Y va representando y el cura pidiendo limosna en un sombrero. Y junta cuatro o cinco cuartos, algún pedazo de pan y escudilla de caldo que le da el cura, y con esto sigue su estrella y prosigue su camino hasta que halla remedio”.
[190] En cueros, en que tratan los zapateros.
[191] Por los pies ajenos, que calzan.
[192] Silo, granero debajo de tierra. Herrera, Agr., 1, 6: “El grano... de silo soterraño”.
[193] Pecado de carne, por engañar metiendo en los pasteles carne mala y prohibida y huesos machacados.
[194] Jinetes, por la carne de caballo, metida en los pasteles, y estómagos a caballo sobre rocín, que también metían en ellos.
[195] Padeced, no dice sufrid, que es padecer con paciencia.
[196] Este oficio, de soplones, de ir con el soplo, como lo explica en lo que sigue.
[197] Vah-ar-ada, tufarada de vah-o. Buscón, 23: “Bébase, me dijo, esta media azumbre de vino puro, que, si no da vaharada, no parecerá valiente. Ellos y los malditos alguaciles. Por soplar, daban crueles voces. Uno de ellos decía: ‘Yo al justo vendí: ¡Que me persiguen!’ Dije yo entre mí: ‘¡Al Justo vendiste! Éste es Judas’. Y lleguéme con codicia de ver si era barbinegro o bermejo, cuando le conozco, y era un mercader”, etc. (Edición de Pamplona, 1631).
[198] Pensaron los ladronazos que no había más y quisieron con la vara de medir hacer lo que Moisés con la vara de Dios y sacar agua de las piedras.
[199] Por sus pulgares, con trabajo, y díjose propiamente del menearlos al hilar. Corr., 633: “Hilado con estos pulgares, por mis pulgares. (Encarece el cuidado de hilarlo)”.
[200] Pulgar-ada es medida del ancho del dedo pulgar, el cual se llamó así del servir para matar las pulgas: Éste mata los cocos, como dice la formulilla para enseñar al niño los nombres y usos de los dedos. Siglo pitagór., 7: “¿Piensas que es esta tela terciopelo | que crece a pulgaradas?”—Dice que a puras pulgaradas, a puro medir se van los mercaderes al infierno.
[201] La oscuridad de sus tiendas, buscada a propósito para engañar, y así muchos colgaban telas delante de ellas. Ordenanz. Valladol., 24: “Otrosi ordenamos y mandamos que ningun mercader de sedas y paños, lienzos y fustanes o sargas tenga en las luces de sus tiendas o votivas colgada ninguna cosa con las que pueda oscurecer ni menos delante de las puertas de las dichas tiendas, si no fuere de manera que libremente pueda entrar la claridad por todo el grandor de ellas”.
[202] Raso, tela, y el cielo limpio de nubes. Márquez, Tr. Jer., 2, 3: “El viento deja el cielo raso”.
[203] Talle de Cerv., Cuev. de Salam.: “Así tiene el talle de hablar por el colodrillo como por la boca”. Laber. amor, 1: “Talle tienen los mozos de avisados”.
[204] Se acuerda Quevedo del comienzo del c. IV, parte 3.ª, De Rege, de Mariana.
[205] Aban-illos, pliegues, y dijéronse por su parecido al aban-illo o aban-ico, de aban-o, que se derivó del vannus o aventador latino. Lope, Entrem. Marq. Alf., t. II, p. 276: “El abano es de su gusto”. Lope, Vaq. Moraña, t. VII, p. 568: “¡Qué abanillo! Una sartén”. Abanillos son lo que, a la francesa, llaman hoy feamente plisé, y que de ordinario se decía aban-ino, otro diminutivo de aban-o, Lope, Dorotea, 2, 5: “Tengo que almidonar tres o cuatro abaninos de cadeneta”. Cuchillada, abertura a lo largo para adorno en los vestidos, que se viese el aforro de otro color. Calzas eran los calzones; atacadas, cuando se ajustaban mucho y se atacaban con muchas agujetas por la cintura para que estuviesen firmes y sin arrugas.
[206] Sin tono y sin son, sin ton ni son, a destiempo, sin discreción ni substancia en lo que dicen. Corr., 564: “Salir sin ton ni son. (Cuando uno habla sin tiempo ni sazón)”. Díjose acaso del cantor que se salía del tono y sonido que le acompañaba, saliéndose de tono, y más ciertamente del bailar fuera de sazón, sin música.
[207] Corr., 553: “Ni es carne ni pescado. (Como el que ni ata ni desata y no es para nada)”.
[208] Que tanto, cuanto. Valdés, Corint.: “Por estas contraseñas se conoce qué tanto tiene el hombre de esta caridad”. Entremeses, s. XVII, p. 55: “Sabéis que tanto lo quieren, que ha enseñado a mi amo el amo, amas, amavi”.
[209] Corr., 288: “Dichoso el hijo, que tiene a su padre en el infierno. (El italiano)”. Ídem, 300: “Guay del hijo, que el padre va a Paraíso”.
[210] Son los del penséque. Corr., 388: “Penseque, asneque, burreque con sus parientes. (Añádenlo al que se excusa diciendo ‘pensé que’)”. Del pensar por considerar y por dar pienso al asno, esto es, a sí propio. Corr., 388: “Penseque, asneque y burreque, todos son hermanos. (Trata de asno y burro al que pierde la cosa y se excusa con ‘pensé que’)”. A penseque y a creíque los ahorcaron en Madrid. L. Grac., Crit., 2, 13: “Y señalaron pienso a los penseque”. Es el Non putaram, de Cicerón.
[211] Corona de hueso, cuernos.
[212] Si pensara, aunque pensara. En el Quijote passim (Leng. Cervantes, 1, 265, 8).
[213] Lleno de bote en bote, lleno, frase conocida y con el retruécano de los botes o vasijas de la botica. L. Grac., Crit., 1, 7: “No faltó quien dijo que estaba de bote en bote vacía”. Q. Benav., 1, 270: “La triste casa del mundo | de bote en bote está llena | de los locos que”.
[214] Ayudas, lavativas.
[215] De los palos, que sirven para medicinas, sobre todo alude al que servía para las bubas, “el palo santo” o guayaco, que dice Lucas Hidalgo en su magnifica apología de estas bravas señoras (Diálog. de apacible entretenimiento, 3, 2). De este palo, árbol americano, trata Monardes (Drog. Ind., f. II), y fué introducido en España en 1508 y en Italia en 1517. Conocidas son las coplas de Cristóbal de Castillejo “en alabanza del palo de las Indias, estando en la cura dél”. De todas esas cosas que recuenta Quevedo, y de otras, se hacían medicinas y los boticarios oro y dinero.
[216] Moleta, muela pequeña para moler colores, medicinas, etc. Palomino, Mus. Pict., 5, 3, 5.
[217] Aceite de matiolo. De los raros aceites y ungüentos véase Laguna, Dioscórides, 1, c. 28 y siguientes, y es de notar entre las porquerías de la añeja medicina lo siguiente: “Tratando de los aceites, Dioscórides hace juntamente mención de tres especies de suciedades que solían en su tiempo cogerse. Era la una y la primera de todas aquélla que de los que se bañaban después de untados, nadaba sobre el agua del baño. Por la segunda entiende el sudor, que se raía de los que se ejercitaban en las palestras, el cual era envuelto con polvo y tierra, tenía necesariamente más cuerpo. La tercera suciedad era la que se cogía de las paredes y de las estatuas de la palestra”. Matiolo es una crucífera, mathiola, o alhelí blanco.
[218] Lamedor, composición pectoral, de consistencia media entre electuario y jarabe, y se daba a los enfermos para que, poco a poco, la dejasen deslizar por la garganta al pecho; por tomarse lamiendo. Fragoso, Cirug. Simpl., voz violeta: “Sin el lamedor ordinario, se hace de las violetas un jarabe purgativo con la novena infusión de ellas y azúcar fino”. Mosquete y esmeril son armas de fuego antiguas.
[219] Zurdos. Supersticiones viejas. La del zurdo se funda en no ser derecho, sino siniestro, y las cosas siniestras o los siniestros son desgracias. La del cuervo, en ser negro, y malo y negro es todo uno en castellano y en la etimología latina. La de la lechuza, en ser ave nocturna.
[220] Scévola, así llamado de scaevus, zurdo. El cuento lo traen Plutarco (Poplicola, 17), Valerio Máximo (3, 3, 1), Floro (I, 10), Silio (8, 385) y Livio (2, 12). Queriendo matar a Porsena, rey de Etruria, por error, no conociéndolo, mató a uno de los cortesanos del Rey. Para castigar su mano, que así erró el golpe, la puso en el fuego, teniéndola en él hasta consumirse. De aquí tomó el nombre de Scaevola, esto es, zurdo, scaevus, σχαιός, porque desde entonces no le quedó más que la zurda.
[221] En Correas, 191: “Lanzada de moro izquierdo, que atraviese el corazón”. (De un romance).
[222] Tomarse puntos es coserse los puntos sueltos de la media, y de ahí coserse algún chirlo o herida. Tan de nuevo se hacen con los afeites, que éstos se llamaron mudas, por mudarse con ellas el color del rostro y manos.
[223] El cohol o alcohol con que se alcoholaban, como todavía las moras y los moritos, para que se les agranden los ojos, que los llevan llenos de churretes negros. De ello traté en mi edición de La Celestina.
[224] Con cabellos ajenos, como hoy con las trenzas de muertos o de chinos, que gastan las mujeres.
“Carmina Paulus emit,
Recitat sua carmina Paulus:
Nam quod emas, potes dicere iure tuum”.
Que escribió un célebre humanista imitando a Marcial, el cual dice (l. I, ep. 30):
“Fama refert nostros te, Fidentine, libellos
Non aliter populo, quam recitare tuos.
Si mea vis dici, gratis tibi carmina mittam.
Si dici tua vis, haec eme, ne mea sint”.
“Se ruge, Fidentino, que mis obrillas
las lees a la gente, cual si fueran tuyas.
Si quieres que pasen por mías, te las enviaré de balde.
Si quieres que pasen por tuyas, cómpralas, para que dejen de ser mías”.
[225] Mateo, 26, 24: “Bonum erat ei, si natus non fuisset homo ille”.
[226] Sin cara, descarados, desvergonzados.
[227] Barbirojo. Tirso, Mari Hernánd., 1, 10: “Que acá son | los jodíos barbirojos”. Ídem, Vergonz. en Palac., 1, 4: “Tenéis el cabello rubio, | no hay que fiar dese pelo”. Es tradición haber sido Judas de poca barba y roja, y debe fundarse esto en que los de tal barba son tenidos por traidores y malos. Corr., 402: “Poca barba y bermeja color, debajo de Dios no le hay peor”. Ídem, 304: “Barba roja y mal color, debajo del cielo no le hay peor”. Ídem, 388: “Pelo bermejo, mala carne y peor pellejo”. Ídem, 54: “Asno cojo y hombre rojo y el demuño todo es uno”. Ídem, 123: “En ruin ganado poco hay que escoger y en barba roja menos que creer”. Ya antes (edic. de Pamplona, 1631, nota 191) dice el texto, hablando de Judas: “Lleguéme con codicia de ver si era barbinegro o bermejo”. En Tac., 13, el dómine Cabra es de pelo bermejo. En Perinola: “Eso dijo la pelijudas, una bermejuela abuchornada de rizos”. Peliju(d)as llaman en Andalucía a las de pelo rojo.
[228] Ello. Corr., 536: “Ello. (Esta palabra ello comienza muchas veces ociosa y se entremete baldíamente en muchas ocasiones: otras es pronombre)”. Píc. Just., 1, 2: “Ello, yo no sé por qué mi padre no me llamó la torda”. Ídem, 2, 1, 2, 3: “Ello, nunca faltan bellacos”.
[229] En P: muy cierto lo que manda la Iglesia Romana; pero en el infierno, capón.
[230] Que el estar, repetido el que, sospecho que... que el estar. Era común, por la claridad, cuando se corta la frase por un inciso cualquiera.
[231] Titio, por haber pretendido deshonrar a Latona. Véase Virgilio (Eneida, 6), Ovidio (Metam., 4), Horacio (Od., 3, 4), Tíbulo (1, 3), Píndaro (Pit., 4), etc.
[232] Sisón, especie de francolín ceniciento. Diálog. montería, 13: “Los sisones gallardos y pintados, que vuelan con tanta gala, que parece que silban con las alas, hiriendo el viento, de donde se les debió de poner el nombre que tienen”. Además es el que sisa, como los despenseros saben hacerlo.
[233] “Tenía un bote junto a sí. No me sufrió el corazón a no decirle algo. Y así, llegándome cerca, le dije: ‘¿Cómo, traidor infame sobre todos los hombres, vendiste a tu Maestro, a tu Señor y a tu Dios por tan poco dinero?’ A lo cual respondió: ‘Pues vosotros, ¿por qué os quejáis deso? Que sobrado de bien os estuvo, pues fué el medio y arcaduz para vuestra salud. Yo soy el que me he de quejar y fuí a quien le estuvo mal, y ha habido herejes que me han tenido con veneración, porque di principio en la entrega a la medicina de vuestro mal. Y no penséis que soy yo solo el Judas; que, después que Cristo murió, hay otros peores que yo y más ingratos, pues no sólo le venden, pero le venden y compran, azotan y crucifican, y, lo que es más que todo, ingratos a vida y pasión y muerte y resurrección, le maltratan y persiguen en nombre de sus hijos. Y si yo lo hice antes que muriese, con nombre de apóstol y dispensero, este bote lo dice, que es el de la Madalena, que codicioso quería que se vendiese y se diese a pobres, y ahora es una de las mayores penas que tengo ésta, ver lo que quería para remediar pobres, vendido. Porque todo lo aplicaba a vender, y después, por salir con mi tema y vender el ungüento, vendí al Señor que le tenía, y así remedié más pobres que quisiera’. ‘Ladrón, dije yo, que no me pude reportar, pues, si viendo a la Madalena a los pies de Cristo te tocó la codicia de riqueza, cogieras las perlas de las muchas lágrimas que lloraba, hartáraste de oro con las hebras de cabellos que arrancaba de su cabeza y no cudiciaras su ungüento con alma boticaria. Pero una cosa querría saber de ti: por qué te pintan con botas’,” etc. (Edición de Pamplona, 1631).
[234] Sólo hallo en Correas, 192: “Las botas de Tobías. (Es apodo ordinario a botas viejas de camino)”.
[235] De Calabria, alude acaso a Calabrés, el del Alguacil alguacilado.
[236] Por comprar, sisando en las compras.
[237] Los judíos fueron siempre tenidos por avariciosos, sobre todo de dinero, así siempre se dieron a mercadear. Corr., 275: Judío para la mercadería y fraile para la hipocresía; o judío por la mercadería y fraile por la hipocresía. Ídem, 33: Al judío dalde un palmo y tomará cuatro. Ídem, 275: Judío ni puerco, no le metas en tu güerto.
[238] “lo que conviene? No por cierto”, etc. (Edic. de Barcelona, 1635).
[239] Ensalmadores, los que curan con ensalmos; saludadores, los mismos, porque dan salud. Corren todavía por ahí las nóminas o lóminas, que llaman, y son oraciones antiguas, corrompidas, medio en latín y medio en romance, que venden todos estos embustidores contra el aojo y otras enfermedades de niños y de ganados.
[240] Santiguaduras o santiguaderas, acción de santiguar los ensalmadores. Quev., Tac., 16: “El cual se había hecho ensalmador con unas santiguaderas y oraciones que había aprendido de una vieja”. Santiguar es hacer la cruz sobre enfermo o endemoniado. Castillo, S. Domingo, 1, 1, 45: “No me echéis esa maldición, padre mío, decía el hereje, sino santiguadme, como soléis, con la señal de la cruz”. Lozana andal., 216: “Yo sé ensalmar y encomendar y santiguar cuando alguno está aojado, que vieja me rezó, que era saludadora como yo; sé quitar ahitos, sé para las lombrices, sé encantar la terciana... Sé sanar la sordera y sé ensolver sueños, sé conocer en la frente la phisionomía y la chiromancia en la mano y prenosticar”.
[241] Enfistolarse o afistolarse la herida; convertirse en fístula. Selvagia, 3: “Pone la triaca saludable en la infistolada y encurable herida”. P. Vega, ps. 3, 5, 1: “Vinieron las llagas a afistolarse”.
[242] Badajo, dícese metafóricamente al bobo y necio. S. Horozco, Cancionero, p. 16: “Pues bien sacado de cuajo | de ambos el ser y valor, | cada cual sin gran trabajo | podrie ser gentil badajo | de la campana mayor”. L. Rueda, Eufem., 1: “Superlativo quieres decir, badajo”.
[243] Hurtan que es bendición. Corr., 633: “Hurtar la bendición. (Llegar primero que el otro al bien y provecho)”.
[244] Los saludadores, propiamente curanderos que dan la salud del mal de rabia. Diz que tienen una cruz en el cielo de la boca, que nacen en Viernes Santo, a las tres de la tarde, y no sé qué más. Contra dicho mal suele dar el saludador al mordido de perro rabioso pan sin sal para sanarlo. Mediante una bendición, y más comúnmente algunos esputos que arroja en una jofaina de agua, ve en el fondo la figura del perro y en su aspecto conoce si estaba o no rabioso. Chupa la ponzoña de la herida, bendice los ganados con su soplo y aliento en el nombre de Dios, con los que los preserva de enfermedad, a lo cual alude Quevedo al decir luego que andan siempre soplando, y en la Jácara 1: “Gran saludador de culpas, | un fuelle de Satanás”. Igualmente soplan al que tiene mal de corazón. F. Aguado, Cristiano, 74: “Alude en estas palabras el Apóstol al oficio que hacen los saludadores con los que padecen mal de corazón, a los cuales, cuando los derriba el accidente en tierra, ellos, con un soplo suave, los ponen en pie”. J. Pin., Agr., 24, 38: “Los saludadores curan con el soplo”.
[245] Los porquerones viven de soplar o ir con el soplo al alguacil. Llamaban así a los corchetes o ministros de justicia. Comed. Florin., 10: “Los que acompañan los alguaciles, que llaman aquí porquerones.—Alguno que tiene envidia a su oficio, les llama tal nombre”.
[246] Además de Raimundo Lulio y los citados, fueron maestros de la alquimia Rosino, Alchindo, Morieno, Gilgilides, Jever, Pitágoras, Avicena, Alberto Magno, Aristóteles, el Panteo, etc, etc. Sobre todo, metió ruido el libro de Juan Francisco Pico Mirandulano, de Auro conficiendo. Pero nadie hizo oro, sino que gastó el suyo y el de sus amigos.
[247] “Y sobre que cada uno quería decir cuál era la cosa más vil se ardían todos”. (Edic. de Barcelona, 1635).
[248] La piedra filosofal llamaban a la materia vil, de la cual soñaban poderse hacer oro puro.
[249] Quiromántico, adivino por las rayas y demás señales de la mano.
[250] Monte de Saturno, la carnosidad que hay en la base del dedo del corazón o medio o dedo de Saturno; el pulgar es el dedo de Venus y monte de Venus toda su gran base, y así, de Júpiter el índice, de Apolo el anular, de Mercurio el meñique, con sus montes correspondientes. Del monte de Saturno baja una línea hacia abajo por toda la palma de la mano, que llaman línea de Saturno o de la suerte. Sin duda, los quirománticos la tienen de irse al infierno.
[251] Vive Dios. Sacaba el horóscopo este astrólogo judiciario, levantando figuras para averiguar qué astro ascendía en el meridiano en el momento de nacer él mismo.
[252] “Otro corría seguido de una tarasca con uñas de a vara y rabo de macho, como vara de alcalde manchego, que le atenazaba con un asador, diciéndole: ‘Aguarda, salta-tumbas, come-estolas y arañón de altares; págame las dos hijas que me robaste en el honor en el campanario de tus hazañas, y que cansado remitistes, por hechiceras, a la hoguera del Santo Oficio’. ‘Cierto’, gritaron dos furias vestidas de sambenitos, por cuyas caperuzas salían negras llamas, y arremetieron a él. El pobre iba dando alaridos que me horrorizaron”. (Lo suprimió la censura en la primera edición, según Castellanos, tomo I, pág. 399).
[253] Calza, hecha de punto de media.
[254] Pedro de Abano, médico y astrólogo. Nació en 1250, en la aldea de Abano, cerca de Padua. El nombre latino de aquel pueblo es Aponus, y por esto se le llamaba Pedro de Apono o Aponensis y también Pedro de Padua. En Medicina poseía todos los conocimientos de su siglo; pero añadió a ellos los sueños todos y delirios de la astrología judiciaria. Acusado de mágico y hereje, fué por la Inquisición perseguido y procesado.
[255] Henrico Cornelio Agripa, a quien el padre Martín del Río da el nombre de archimago, Paulo Jovio el de portentoso ingenio, Luis Vives el de milagro de todas las ciencias y Gabriel Naudeo compara con Argos; nació en Colonia en 1486 y llegó a hablar ocho idiomas. Secretario del emperador Maximiliano, soldado en Italia bajo las órdenes de Antonio de Leiva, médico y jurista en Francia y España, teólogo en su patria y en Lombardía y libre y atrevido y soberbio en toda Europa, fué médico, historiador y consejero de Príncipes, amigo singular de Cardenales y Obispos, y en todas partes inconstante y malquisto. Escribió diferentes obras, y entre ellas las que más celebridad le dieron, son: De incertitudine et vanitate scientiarum declamatio invectiva, impresa por vez primera en 1527, donde intenta probar no haber nada ni más pernicioso ni de mayor peligro para la vida de los hombres y para la salud de sus almas que las ciencias y las artes. De occulta philosophia libri III, publicada en Amberes, 1531, por la cual se le acusó de mágico y arrojó a una prisión en Bruselas. Aunque sus escritos le confiesan apreciador de Lutero, y Melanchthon, jamás abrazó la religión reformada; bien que es difícil averiguar la religión de un hombre que a diestro y siniestro repartía recetas para hacer sahumerios, hechizos y talismanes. Murió en Grenoble, en un hospital, por los años de 1535.
[256] “harto de demonios, ya que en vida parece que siempre tuvo hambre dellos, muy enojado con Cardano”, etc. (Edic. de Pamplona, 1631).
Juan Trithemio, historiador y teólogo, tomó su apellido de Trittenheim, lugar del electorado de Tréveris, donde nació en 1462. Vistió el hábito de San Benito y por muchos años fué abad del monasterio de Spanhein, y después en Wurtzbourg, donde falleció en 1516. Escribió muchas obras históricas, utilísimas para el conocimiento de la Edad Media; otras muchas espirituales y místicas y otras de filosofía oculta, que dieron al autor fama de hechicero. Estas últimas son: primera, Philosophia naturalis de Geomantia, arte de adivinar por medio de líneas, puntos y figuras trazadas en la tierra; segunda, Tratado de Alquimia; tercera, la Polygraphia, en seis libros. No entiende por este nombre Trithemio una miscelánea de diferentes asuntos o distintos géneros, sino el modo de escribir una misma palabra de varias maneras, para lo cual enseña trece alfabetos nuevos, compuestos de letras tomadas de idiomas extranjeros o de caracteres arbitrarios. Esto contribuyó a perfeccionar y extender, por medio de cifras, las comunicaciones diplomáticas; cuarta, Steganographia, hoc est, ars per occultam scripturam animi sui voluntatem absentibus aperiendi. Las voces inauditas y caprichosas de que está lleno este libro enigmático hicieron creer que era de nigromancia. No contiene otra cosa que secretos ingeniosos de extender cartas, y jamás fué otro el intento de su autor que el de servir con ellos a Felipe, duque de Baviera. Con motivo de lo que dice Quevedo sobre la Polygraphia y Steganographia, el erudito y juicioso Feijóo deduce que ni las vió ni tuvo bastante noticia de estos dos libros de un sabio y ejemplar religioso. El primero de ellos nunca ha ofrecido, ni podido ofrecer a nadie, reparo alguno; mas la Inquisición de España, lo mismo que el autor de Las Zahurdas de Plutón, condenaron sin fundamento el segundo.
[257] Jernimo Cardan o Cardano, médico y geómetra, nació el 1501 en Pavía. Contribuyó mucho a los adelantamientos de las Matemáticas; pero se dejó arrastrar de las extravagancias y locura de los astrólogos y nigromantes. Baste decir que afirmaba tener un demonio asistente, que le inspiraba sus escritos. Formaba horóscopos de todos los personajes de su tiempo, y, cuando los sucesos desmentían sus predicciones, atribuíalo, no a incertidumbre del arte, sino a ignorancia del artista. Murió de setenta y cinco años, y sus dos tratados De subtilitate rerum y De rerum varietate, sobre todo, abrazan el conjunto de sus conocimientos en Física, Metafísica e Historia natural: vivo ejemplo de los errores deplorables en que suelen caer hombres de no vulgar ingenio. Sus obras se imprimieron en 10 volúmenes en folio, Ginebra, 1620.
[258] Julio César Scaligero, del territorio veronés, estudió en Padua la Medicina y las bellas letras. Nombrado médico del Obispo de Agen, se connaturalizó en Francia, donde murió en 1558. Tuvo disputas literarias con Erasmo y Cardano, y, como éste, su espíritu familiar. Fué mediano poeta y el mejor prosista de aquel siglo, obligando con su ejemplo y censura a que observasen los escritores las reglas de la Gramática e hiciesen su estilo más claro y elegante. Su gusto, sin embargo, era pésimo y disparatadas sus opiniones acerca del mérito de los antiguos vates. Conociendo las reglas de crítica, hablando de ellas con acierto, siempre las aplicó desatinado, privándole una severidad caprichosa de estimar y saborear las obras de los grandes maestros. Escribió contra el libro De subtilitate, de Cardano. Increíble parece que prefiriese Virgilio a Homero y a todo lo griego lo latino, con ser una hijuela e imitación todo el arte romano del helénico.
[259] Artefio (Artephius), filósofo hermético, vivía hacia el año 1130, musulmán o judío. Suyos son los tratados siguientes: primero, Clavis majoris sapientiae; segundo, Liber secretus; tercero, De characteribus planetarum, cantu et motibus avium, rerum praeteritarum et futurarum, lapideque philosophico, que es el que refiere Quevedo; cuarto, De vita propaganda, que dice el bueno de Artefio concluyó a la edad de 1025 años; quinto, Speculum speculorum.
[260] Cecco d’Ascoli. Por este nombre es conocido Francisco Stabili, natural de aquella populosa ciudad de la marca de Ancona. La palabra Cecco no es otra cosa que un diminutivo de Francesco. Nació en 1257, y en Bolonia explicó Filosofía y Astrología. Acusado a la Inquisición por hablar mal de la fe, quitóle el Tribunal los títulos de doctor y maestro, prohibióle enseñar y le impuso una multa. Por sustraerse al castigo, refugióse en Florencia, donde los admiradores del Dante y Cavalcanti, ingenios a quienes el Cecco había censurado con torpe saña, uniéndose a los jueces del Santo Oficio, le quemaron como hereje en 1327, a los setenta años de su edad. Absurda y bárbara sentencia, que en vano se busca fundada en el comentario de Stabili, In sphaeram Joannis de Sacrobosco, aun cuando lo coloque Martín del Río entre los escritores supersticiosos, ni en el indigesto poema L’Acerba, baturrillo de física, historia natural, moral, filosofía y visiones astrológicas. Publicaron la primera de estas dos obras los moldes de Basilea en 1485, y la segunda vió la luz en Brescia, sin año de impresión, que es sumamente rara. Quevedo, en vez de Cecco d’Ascoli, dijo en las primeras ediciones Mizaldo. Antonio Mizaldo, monsluciano, gran charlatán, publicó por los años de 1549 y 1551 las obras siguientes: primera, Cometographia: crinitarum stellarum quas mundus nunquam impunè vidit, aliorumqué ignitorum aëris phaenomenorum natura et portenta, duobus libris philosophicè juxta ac astronomicè expediens, París, 1549, en 4.º; segunda, Planetologia, rebus astronomicis, medicis, et philosophicis eruditè referta, Lyon, 1551, en 4.º. En M, F, P: aves; y Misaldo muy triste.
[261] Teofrasto Paracelso, famoso alquimista del siglo XVI, nació en Suiza en 1493. Después de recorrer la mayor parte de Europa y parte del Asia, ejerció la Medicina en Alemania con extraordinaria fama, que se granjeó por su charlatanería. Murió en un Hospital de Saltzburgo (1541), sumido en la pobreza, en edad de cuarenta y ocho años, quien se vanagloriaba de poseer los secretos de trasmutar en oro los metales y de prolongar por muchos siglos la vida.
[262] Ubecherio y Vbequer estampan dos muy antiguos manuscritos de la Biblioteca de las Cortes, que fueron de don Luis de Salazar y Castro: F. 3, L. 31, págs. 107 y 94. Hubequer las impresiones de Ruán, 1629; Pamplona, 1631; Barcelona, 1635; Madrid, 1648. Habequer la de Bruselas, de 1660, y desde entonces todas.
[263] Clavícula de Salomón. El padre Martín del Río, hablando del origen de la magia, dice: “A estos desatinos entrelazan torpemente la autoridad de Salomón, a quien atribuyen cierta Clavícula y otro gran volumen dividido en siete partes, lleno de sacrificios y encantamientos de demonios. Los judíos y alárabes de España dejaban por derecho hereditario a sus sucesores este libro y por él adoraban algunas maravillas y cosas increíbles. La Inquisición entregó a las llamas cuantos ejemplares pudo haber de estas obras, y ojalá ni siquiera uno solo hubiera dejado a vida”. Teófilo Folengo, en la Macaronea, XVIII, dice de ellas:
“En Salamonis habet liber hic pentacula plumbi.
Aspice cum quantis sunt compassata figuris”.
[264] El Catan, Cattan o Catanes (Cristóbal), filósofo hermético suizo, nacido en Ginebra, escribió Géomane, livre non moins plaisant et recréatif, etc. Le tout suis en lumière par Gabriel du Préan. París, 1577; Londres, 1591; París, 1558. Rázes o Rasis, célebre médico y fecundísimo escritor persa. En la Edad Media corrieron por Europa, como de obras suyas, bárbaras traslaciones latinas, y le atribuyó mil delirios la malicia y la ignorancia, utilizando la noticia de haber escrito Rázes un libro de medicina mística o talismánica, apoyado en la influencia de los astros o en la de torpes figuras de animales. Latan dice el manuscrito de la Biblioteca de las Cortes, L. 31, pág. 95.
[265] Juan Taysnerio (Taisnier), capellán del emperador Carlos V en la empresa de Túnez (1535), peregrino estudioso en África y en Asia, maestro de Matemáticas en Roma y Ferrara, músico del Arzobispo de Colonia, retirándose a su patria Ath, en el Hainau, publicó un Tratado sobre el imán, que fué muy útil para los navegantes, escrito algunos años había por Pedro Peregrini. Apropióse también otra obra De motu locali et perpetuo; mas la que en justicia le pertenece es una que imprimió con el título De Sphaera. También sacó a luz un libro de Physionomia, que, según Gabriel Naudeo, fué compuesto por Bartolomé Cocles. El deseo de adquirir riquezas le hizo dedicarse a la quiromancia y al arte de adivinar y predecir lo futuro, con que engañaba al bajo pueblo, vendiéndole a muy caro precio sus groseras mentiras. Envejecióse en este oficio y murió lleno de ignominia en 1598.
[266] Un triste autor. Llámale Quevedo Cicardo Eubino en todas las ediciones anteriores a los Juguetes de la niñez. Eylhardo Lubino dice el manuscrito de la Biblioteca de las Cortes, L. 31, pág 95. Acaso deba leerse Siccardo Eugubino, tomando el sobrenombre de Eugubio o Gubio, lugar del ducado de Urbino.
[267] Miguel Scoto nació en el condado de Fife (Escocia), en el reinado de Alejandro II. Vivió algunos años en Francia y, noticioso de que el emperador Federico II favorecía las ciencias, pasó a la Corte de este Príncipe y exclusivamente se dedicó al estudio de la Medicina y de la Química. Se cree que murió en 1291. Su afición a las ciencias ocultas le ocasionó ser blanco de las críticas severas de Pico de la Mirándula en su obra contra los astrólogos. Boccaccio, en sus Novelas, habla de él como de un hábil mágico. Folengo, en su Macaronea, afirma lo propio en estos versos:
“Ecce Michaelis de Incantu Regula Scoti,
Qua post sex formas cerae fabricantur imago
Demonii Sathan, Saturni facta piombo.
Cui suffimigio per sirica rubra cremato,
Hac (licet obsistant) coguntur amare puellae”.
En fin, Dante le representa de la propia manera en el Infierno:
“Quell’ altro che ne’ fianchi è cossi poco,
Michele Scotto fu, che veramente
Delle magiche frode seppe il giuoco”.
Landino, expositor de Dante, cuenta que muchas veces convidaba Scoto a sus amigos sin aparejar manjares ningunos; pero, sentado a la mesa, hacía venir por obra del diablo infinitos y preciosos de la cocina de los más prepotentes Monarcas de la tierra. Añade que, siendo astrólogo (matemático) del Emperador de Alemania, le señaló el lugar en que había de morir y que el mismo Scoto se predijo su muerte. Porque muchos italianos le tuvieron por español, cuando este hombre exclusivamente pertenece a la historia de Italia, cuéntale con harta razón Quevedo entre los de aquel país. Escribió Physiognomia et de homninis procreatione, libro que se imprimió en 1477. Ítem: Quaestio curiosa de natura solis et lunae, esto es, de la naturaleza del oro y de la plata para la pretendida trasmutación de los metales.
[268] “de la gente peor que Judas”. (Edic. de Pamplona. 1635).
[269] Quevedo, para estos argüídos de herejes antes de la venida de Cristo, no hizo sino compilar el Catálogo de las herejías, formado por el Obispo de Brescia, Filastrio, varón doctísimo en las Sagradas Escrituras, amigo y familiar de San Ambrosio de Milán. Floreció en el imperio de Teodosio por los años de 380. Philastrii episcopi brixiensis haereseon catalogus. (Basilea, 1528, sin noticia del impresor, que debe de ser Juan Fabro).
[270] Ofitas (ophitae). Advierte Filastrio que deben contarse los primeros entre los herejes anteriores al Salvador, como que atribuían alguna fuerza divina a la serpiente, suponiéndola arrojada del primer cielo a otro, por haber dado a Eva la ciencia del bien y el mal, que de allí trascendió a todo el género humano.
[271] Cainanos. Caiani los llama Filastrio. Habla éste en seguida de la herejía de los sethianos, quienes deliraban suponiendo que en el principio, creados los dos hijos de Adán y constituidos ángeles en disensión (tenían a los varones y a las hembras por dioses y diosas), la virtud femenil se retiró al cielo por la muerte de Abel el justo. Eva entonces creyó necesario parir al justo Seth, que le sustituyese, y en él puso un espíritu de gran virtud para destruir a las virtudes enemigas. Más adelante hubo herejes que aseguraban que Cristo era el mismo Seth.
[272] A Dositheo, mágico de Samaria, que pretendió ser el Mesías, se le reputa primer heresiarca. Es sabido que los samaritanos seguían la ley de Moisés como los judíos, como ellos esperaban al Mesías. Dositheo pensó, valiéndose de la magia, pasar por enviado de Dios y tuvo treinta discípulos predilectos, que sostuvieron tamaña impostura. Observaba la circuncisión y guardaba el ayuno, y, para hacer creer que había subido al cielo, dicen que se encerró en una cueva y que allí se dejó morir de hambre. Fué, según San Jerónimo, maestro y guía de los saduceos. Estimaban sus sectarios en mucho la virginidad, y una de sus peculiares costumbres era la de permanecer por espacio de veinticuatro horas en la misma postura que tenían al comenzar el sábado. Simón Mago perteneció a esta secta, que hasta el siglo VI duró en Egipto. En P: Dorileo; en B: Dotileo.
[273] Los saduceos (sadducaei) tomaron su nombre de Saddoc, discípulo de Dositheo, quien afirmó la herejía de su maestro. Profesaban la locura de Epicuro más bien que la divina ley, no esperando en la otra vida premio ni castigo, y sosteniendo, por consiguiente, que ni el temor ni la esperanza debían ser parte para odiar el vicio y abrazar la virtud. Predicó el Redentor contra esta pestífera herejía. En P B: Estaba luego Aspad, autor.
[274] En el Catálogo siguen, después de los fariseos, los samaritanos, nazareos y essenos.
[275] En P: Eliogaristas; en B: Eliogaristas, Divictiacos.
[276] Musoritos. (Reg., I, cap. 6). En P B: muscoritos.
[277] Mosca accaronita. Beel-zebub (esto es, señor de las moscas) era el ídolo de la ciudad de Accaron. (Reg., IV, 1; Math., X, 25).
[278] Troglodytas, voz griega, que designa los que idolatran en cavernas escondidas, sin cuidarse de labrar casas ni cultivar tierras. Este nombre es imaginario, porque sobre la visión del profeta Ezequiel (c. 8, vv. 8, 9, 10 y 11), que vió idolatrar a setenta ancianos, imaginó Filastrio que lo ejecutaban ocultos en cuevas, no siendo sino en edificios, y el que hizo el índice de Filastrio, equivocado así, los llamó trogloditas.
[279] Los de la fortuna (o reina) del cielo. Era la luna o Iside o Diana. (Ierem., XLIV, 17).
[280] Baal, que significa señor, era el ídolo de los samaritanos y moabitas. Unos le creen Marte y otros Júpiter, en cuya representación le adoraban los sidonios y como a supremo hacedor los caldeos. Éstos al sol llamaron Baal y los fenicios le veneraban por criador único del firmamento. Baal fué un rey de los tirios, cuyo nombre, conservado en la memoria de los hombres, llegó a convertirse en el de un dios. (Num., XXII, 41; Jud., VI, 25; Philastrii, 6).
[281] Los astharitas veneraban y ofrecían sacrificios a Astar, simulacro de los sidonios, y a Camos, escándalo de Moab, ídolos de hombres y mujeres, a quienes ofrecían sacrificios. Así como los gentiles entendían por Baal todos los dioses, del propio modo todas las diosas por Astar o Astaroth; aunque Astaroth o Astarthe en el presente caso es propiamente la Venus siria, nacida en Tiro y casada con Adonis. (Jud., II, 11; Reg., IV, cap. XXIII, 13; Cicerón, De nat. deor., III. 23). En P B: los de Astarot.
[282] Moloch o Mélech (esto es, rey), dios de los ammontas: créese que era el sol. En su honor, Salomón hizo edificar un templo en el monte Olivete, que el rey Josías quemó y redujo a polvo. Para la superstición de este ídolo había consagrado cierto valle al Oriente de Jerusalén, llamado Topheth. (III, Reg., XI, 5, 6, 7; Act., VII, 43).
[283] La estrella de Rempham se cree que fuese la de Saturno. (Act., VII, 43). En P B: Moloch y Temphan.
[284] El ara de Topheth estaba en el valle del hijo de Ennom, al pie del monte Moria. Se llamó Topheth (tambor) porque los sacerdotes del ídolo de Moloch tocaban tambores para que no se enterneciesen los israelitas oyendo los gritos de sus propios hijos e hijas, a quienes, ofrecidos en holocausto, devoraban las llamas lastimosamente. (Reg., IV, cap. XXIII; Math., 10, v. 22).
[285] Puteoritas. Filastrio incluye estos herejes en su Índice, tomando la letra y no el sentido metafórico del versículo 13, cap. II de Jeremías. Herejes veraníseos los nombran las ediciones de Pamplona, 1631, y Barcelona, 1635, lo que parece un yerro de imprenta, no obstante que una y otra lo escriban del propio modo. En P B: pateoritas.
[286] Los de la serpiente de metal. Moisés la hizo por mandado del Señor para que su pueblo se acordase del milagro que obró con Israel, librándolo de aquellos mortíferos reptiles. Abandonados los judíos a la impiedad, ofrecían inciensos al simulacro, como si fuera un dios, y tuvo Ezequías, para restaurar la pureza del culto, que hacer pedazos la serpiente de bronce. (Reg., IV, cap. XVIII, 4).
[287] Thamur es el mismo Faraón, rey de Egipto en los tiempos de Moisés. Las mujeres de Judea, sentadas en derredor de su simulacro, le adoraban con grandes llantos y gemidos. (Philast., 9). En P B: lloraba Shamar.
[288] Los bahalitas o belitas adoraban en cuevas escondidas a Belo y sus hijos. Este rey del Oriente fué el primer autor de la idolatría y del sacerdocio entre los caldeos. (Ídem). En P B: dathalitas.
[289] La pythonisa y los pythones eran los magos y adivinos. Quitólos y acabó con ellos el piadoso rey Josías. (Reg., lib. I et IV, cap. XXVIII et XXIII).
[290] Los de Asthar y Astharoth son cuantos adoran figuras de hombres y mujeres, y con este nombre genérico se conocen los que después de la muerte de Josué y de los ancianos cayeron en abominaciones. (Jud., II, 12 et 13).
[291] Los herodianos confesaban la resurrección y recibían la ley y los profetas, esperando como el Cristo a Herodes, rey de los judíos. (Philast., 12).
[292] Para los herejes posteriores a la venida de Jesucristo se valió Quevedo, buscando siempre lo más raro, según su genio, además del índice de Filastrio, de los Catálogos de Juan Ravisio Textor. Joannis Ravissi Textoris Officinae. Lugduni, 1585, t. II.
[293] Menandro, mago de Samaria y discípulo de Simón, hizo porque le creyesen el salvador bajado del Olimpo para la salud de los hombres. Decía que su bautismo libraba de vejez y enseñaba que no se podía vencer a los ángeles con ningún pacto, sino con los recursos de la magia.
[294] Simón Mago, samaritano, alucinó con sus artes depravadas a muchos en Palestina, hasta el punto de que le veneraban como a padre. En Roma, imperando Claudio, logró ser tenido por Dios y dicen que honrado con aras y sacrificios. Fué autor de la simonía, esto es, dar lo espiritual en precio de cosas temporales. Pretendiendo volar por los aires, en la capital del mundo, delante de Nerón, cayó por oración de San Pedro y murió, dejando manifiesta su impostura.
[295] Saturnino, antioqueno, discípulo de Menandro, cuyas máximas siguió; deliraba estableciendo el sistema de la creación del mundo por los ángeles y negaba que Cristo se hubiese hecho hombre. Reputaba la vida como funesto presente, era la continencia uno de los principales puntos de su herejía y condenaba las nupcias. En P B: Saturno.
[296] Basílides, heresiarca del siglo II, fué natural de Alejandría, discípulo de Menandro y maestro de Marción. Sus desatinos cundieron por todo el Egipto. Creía en la metempsícosis. Enseñaba que de un Dios único e innato provino el entendimiento, de éste el verbo, de éste el sentido, de éste y de la virtud la sabiduría, y de ambas procedieron el principado, las potestades y los ángeles. Decía que ellos fueron los autores del mundo, dieron principio al bien y al mal que le gobierna, y que las inteligencias angélicas, distribuidas en trescientos sesenta y cinco órdenes, presidían otros tantos cielos; que el Hijo de Dios, enviado para libertar al género humano, sólo tomó el aspecto de hombre y que fué crucificado bajo la figura de Simón Cirineo. Murió en 131.
[297] Nicolao, antioqueno, cabeza de la secta de los nicolaítas, suponen que fué uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, de quienes hubo de separarse y de la Doctrina verdadera, cayendo en lastimosos errores; pero varios santos Padres creen que los nicolaítas quisieron autorizar su herejía con el nombre del antiguo diácono. Estos sectarios rechazaban la ley del matrimonio, pretendiendo que las mujeres fuesen comunes. Llamáronse gnósticos, esto es, sabios y espirituales.
[298] Carpócrates, heresiarca, natural de Alejandría, vivió en los tiempos de Hadriano. Educado en la filosofía platónica, sostuvo la existencia de un ser supremo y de los ángeles derivados de él por una infinidad de generaciones. Creía que eran las almas emanaciones de la divinidad; pero que, habiendo degenerado de su origen celeste, fueron condenadas a estar unidas a cuerpos mortales. Reputaba a Jesucristo puramente hombre engendrado por San José. Admitió un dios bueno y otro malo.
[299] Cerintho, heresiarca famoso del tiempo de los Apóstoles; nació en Antioquía, de una familia judaica. Estudió con los célebres filósofos de la escuela de Alejandría, y, trasladándose a Jerusalén, se alzó cabeza de una facción compuesta de judíos conversos que, uniendo las ceremonias de la ley antigua con los preceptos del Evangelio, se oponían a la predicación de la fe del Crucificado a los gentiles. Por ello, anatematizado Cerintho y separado de la comunión de los fieles, pasó al Asia, y mezclando ideas de la filosofía oriental con doctrinas judaicas y cristianas, formó una secta, que se extendió por varias provincias. Tiénesele por inventor del error de los milenarios carnales y groseros.
[300] Ebión, su discípulo, cuyos sectarios se llamaban ebionitas; negó la divinidad de Cristo, sosteniendo que con el Evangelio se había de guardar la ley de Moisés, que fué también error de los nazareos. En P: Elión; en B: Abión.
[301] Valentino, egipcio, a mediados del siglo II ambicionaba y no logró un obispado. El despecho le hizo caer en tales demencias, que admitía hasta treinta dioses, a quienes llamaba aeonas. Dijo que Jesucristo tomó cuerpo celeste y no de las entrañas de María. En P B: Valentiniano.
[302] Menandro, el mozo de Samaria, es el mismo de quien se habló antes.
[303] Montano, heresiarca del siglo II, nació en Ardaban, pueblo de la Misia. Abrazó el Cristianismo creyendo ascender a las primeras dignidades eclesiásticas, y no habiéndolo alcanzado, se propuso que le venerasen profeta. Como se atrajese a dos damas de la Frigia, llamadas Priscilla y Maximilla, que abandonaron con extraña locura a sus maridos por seguirle, comenzó a predicar que era el profeta escogido para revelar a los hombres las verdades que no estaban en estado de oir en tiempos de los Apóstoles. La severidad de su moral y las rigorosas penitencias que imponía a sus discípulos atrajéronle considerable número de partidarios, que se llamaron cataphryges, quienes le daban el nombre de Paracleto. Murió, según la opinión más cierta, en 212. El grande Tertuliano se inficionó en la herejía de los montanistas. En P: Prisca; en B: Prisea.
[304] Hubo un obispo en Egipto llamado Nepos, que decía, como Cerintho, que los santos reinarán con Cristo mil años en la tierra en deleites sensuales y groseros.
[305] Sabino, obispo de Heraclea, llamó a todos los cristianos que en el Concilio Niceno anatematizaron a Arrio, idiotas, perezosos y de ingenio enfermizo.
[306] Este período falta en las ediciones de Pamplona y Barcelona de 1631 y 1635.
[307] El emperador Sigismundo, muerta su primera mujer María de Hungría, de quien no tuvo hijos, se casó con Bárbara, cuyo padre era Herman, conde de Cillei. Bárbara fué tan mala como Isabel de Baviera, su contemporánea y pariente, mereciendo por su disolución y vicios el nombre de Mesalina de Alemania. Isabel, hija de este matrimonio, casó con Alberto de Austria.
[308] Zancajo, el hueso que forma el talón, y lo pone por el zancarrón, o hueso del pie desnudo y sin carne, y el de Mahoma dícese por sus huesos, que van a visitar los moros en la mezquita de Meca. Los cencerros, por haber sido recuero, y tales son los dijes de arriero, que después pone.
[309] Manes, hereje persa, que vino a Roma imperando Aureliano. Sus discípulos son llamados maniqueos. Establecía dos principios, uno a otro contrario, siendo el malo autor de las bodas, de las comidas de carne y del vino. Afirmaba que él de una virgen era hijo, y que fué educado en las selvas. Ponía en Cristo una sola naturaleza, la divina, y suponía fantástica la humana, por no creer verisímil que Dios hubiese querido padecer.
[310] Josepho Scalígero, uno de los más célebres filólogos de Francia, fué hijo de Julio César Scalígero, y nació en 1540. Dotado de prodigiosa memoria y de tanto tesón para el estudio, llegó a saber trece lenguas e instruirse profundamente en las bellas letras, la historia, la cronología y las antigüedades. Hízose protestante a la edad de veintidós años, absteniéndose de tomar parte en las tenaces contiendas religiosas de su época. Consagróse a corregir y explicar los autores antiguos, y, aun cuando les atribuye frecuentemente sus propias ideas, no por eso dejó de ilustrarlos. Murió en 1609.
[311] Felipe Melanchthon nació en Breten, en el Bajo Palatínado, año de 1497. Llamábase Schwart-Erde, que en alemán quiere decir tierra negra. Tomó por consejo de un tío el otro nombre, que en griego significa lo mismo. Dió muestras desde muy temprano de una disposición extraordinaria para las letras, y a los veintiún años fué nombrado catedrático de Griego en Wittemberg. Allí trabó amistad con Lutero, que enseñaba Teología, y de común acuerdo trabajaron para restablecer la Reforma. El carácter de Melanchthon era tan dulce como arrebatado y bilioso el de Lutero. Por esta causa fué escogido aquél para redactar su célebre confesión de Ausburg. Murió en 1560, dejando escritas muchas obras, la mayor parte en defensa del protestantismo. Corr., 596: “Comerse las manos. (Por lo que se come con gusto)”. Gitanilla: “Cuando le sepas, has de gustar del de modo que te comas las manos tras él”.
[312] Teodoro Beza nació en Vezelai, pequeña ciudad del Nivernais, año de 1519. Estudió en París y vivió mucho tiempo en Francia, donde gozaba pingües beneficios eclesiásticos. Retiróse a Ginebra en 1548 y públicamente abrazó la Reforma. Atrajo a estas opiniones a Antonio de Borbón y Juana de Navarra, su mujer; concurrió al coloquio de Poissy; sucedió a Calvino en todos sus empleos, y falleció de ochenta y seis años.
[313] “doctísimo”. (Edic. de Pamplona de 1631). Henrico Stéphano nació en París, año de 1528, de una familia de sabios impresores. Sus conocimientos extraordinarios en las lenguas griega, latina y vulgares de Europa, el trabajo que puso en restaurar y anotar las obras de los antiguos, sus frecuentes viajes en busca de manuscritos preciosos y la comunicación con todos los ingenios de su época, le dieron grande nombradía. Como abrazase la religión reformada, echó sobre sí el odio de los católicos, atrayéndole la animadversión de muchos literatos la crítica mordaz que usaba contra los que no seguían sus opiniones. Murió en el Hospital de Lyon, 1598.
[314] “¡Válame Dios, dije, llegándome a Lutero como a mal hombre, por no decir como a mal fraile: te atreviste a decir que no se habían de adorar las imágenes, si en ellas no se adora sino la espiritual grandeza que a nuestro modo representan! Si dices que para acordarte de Dios no has menester imágenes, es verdad y no te las dan para eso, sino para que te muevan afectos la representación de la verdad que reverenciamos y del Señor que amamos sobre todo bien. Como los enamorados, que el retrato de su dama no le traen para acordarse della, pues ya presuponen memoria della en acordarse de que la traen, sino para deleitarse con la parte que se les concede del bien ausente. Dices también que Cristo pagó por todos y que no hay sino vivir como quisiéremos, porque el que me hizo a mí sin mí, me salvará a mí sin mí. Bien me hizo a mí sin mí; pero hecho, siente que yo destruya su obra y manche su pintura y borre su imagen. Y si, como confiesas, sintió en el primer hombre tanto un pecado, que por satisfacerle mostrando su amor murió, ¿cómo te dejas decir que murió para darnos libertad de pecar quien siente tanto que pequemos? Y si murió y padeció Cristo para enseñarnos lo que cuesta un pecado y lo que hemos de huirle, ¿de dónde coliges que murió para darnos licencia para hacer delitos? Que satisfizo por todos es verdad, ¿luego no tenemos que trabajar nosotros? Mientes, pues hay que trabajar en no caer en otros y pagar los cometidos delitos. Enojóse Dios por un pecado, cuando no le debemos sino la creación sola, y ¿no sentiría las culpas, cuando le debemos redempción costosa y trabajosa? Espántome, Lutero, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudeza? Más le dijera, si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado”, etc. (Edic. de Pamplona, 1631, y Ms. de la Bibl. de las Cortes, F. 3, pág. 109; L. 31, pág. 98).
[315] En P: estaba el miserable Lutero. Estaba ahorcado penando Helyovano, este célebre.
[316] Helio Eobano hesso. Este sobrenombre indica su patria en el Hesse, donde nació en 1488. Fué mirado como uno de los primeros poetas latinos de su época. La necesidad le obligó a emprender la Medicina y escribió un Tratado sobre la dieta, que fué recibido con mucho aplauso. Tuvo comunicación estrecha con los sabios más distinguidos de la Alemania protestante y murió en 1540.
[317] “No pude sino suspirar”. (Edic. de Pamplona, 1631).
[318] “Miré por los españoles y no vi corona ninguna española: quedé contentísimo, que no lo sabré decir”. (Ídem).
[319] “y Julio César estaba llamando de traidores a Bruto y Casio. ¡Oh cuáles andaban el mal obispo don Olpas y el conde don Julián, pisando su propia patria y manchándose en sangre cristiana! Allí vi colgados otros muchos de todas naciones, cuando se llegó a mí el portero y dijo:”, etcétera. (Ms. de la Biblioteca de las Cortes, F. 3, y L. 31, págs. 110 y 100).
[320] Que... que veáis, repetida la conjunción a causa del inciso.
[321] ¿Cómo, diablos. Aquí diablos es a manera de voto o exclamación de extrañeza, por tenerse al diablo como autor de maravillas.
[322] De molde, por sus historias impresas, y con licencia.
[323] Pesquisidores, por el abuso de malpesquisar.
[324] “ocicadas, doncellas preñadas como tazas”; y dijo el demonio: “Doncellas son que vinieron al infierno con... fiambre, y por cosa rara se guardan acá”. (Ídem, págs. 110 y 101); “con los virgos fiambres” (P).
[325] Penadas como tazas, que eran de cuello muy angosto, para que con pena o a duras penas saliese el licor y más lentamente se dejase saborear. Pedro Vega, ps. 7. v. 11, d. 3: “Las copas, que llaman penadas, porque escasean la bebida, tarda en colar, dura y son mayores sus sabores”. Quev., Poem. her., 1: “Que a las tazas penadas echan retos”.
[326] Demandadores, que se visten diferentemente y como que se disfrazan para mendigar. Y demandadores para las ánimas, que se lo gastan en beber.
[327] En P: porque piden para sus misas y consumen ellos con vino, cuanto les dan, sin ser sacerdotes. (Edic. de Pamplona, 1631).
[328] En vez de mascarones había en el camarín madres postizas o sean terceronas que se hacen madres de las jóvenes que ofrecen, o que venden a sus sobrinas como en trastienda, escondidamente.
[329] En el Ms. citado, por suegras léese terceras.
[330] Peaña o peana se decía. T. Ramón, Dom. 21, Trin. 1: “Le tenemos en los sacrarios y peañas sacramentado”. J. Pin., Agr., 5, 26: “También se mostró en la peaña el nombre de Academia, luego que la nombrastes”.
[331] Sebastián Quartel, general en Alemania contra el Emperador, tras haber sido su alabardero, tabernero en Roma y borracho en todas partes. (Ms. de la Biblioteca de las Cortes, F. 3, y L. 31, págs. 111 y 102). En P R: Sebastián Gortel.
[332] “por los cuales los hombres se condenan y son condenados”. (Ms., ídem).
[333] En B: Fresno, 31 de abril de 1608. Y añade: sub correctione sanctae Matris ecclesiae (P).
[334] Castellanos (tomo 1, pág. 428, impresión de 1840) estampó que poseía una censura del Sueño del infierno hecha por fray Antonio Méndez de Santo Domingo. Hoy, según me manifiesta—dice don Aureliano—, no es ya dueño de aquel documento. En él parece que se veía inserto y anatematizado un largo párrafo de la papisa Juana, que el mismo señor Castellanos publicó en el lugar referido. Si es, como se supone, de Quevedo, razón tuvo el censor oponiéndose a que afease obra de tan ingenioso escritor un rasgo de ningún interés, de muy escaso gracejo y de no pequeño escándalo. No se encuentra en ninguno de los antiguos manuscritos.