DISCURSO
Es nuestro deseo siempre peregrino en las cosas desta vida, y así, con vana solicitud, anda de unas en otras, sin saber hallar patria ni descanso. Aliméntase de la variedad y diviértese con ella, tiene por ejercicio el apetito y éste nace de la ignorancia de las cosas. Pues, si las conociera, cuando cudicioso y desalentado las busca, así las aborreciera, como cuando, arrepentido, las desprecia. Y es de considerar la fuerza grande que tiene, pues promete y persuade tanta hermosura en los deleites y gustos, lo cual dura sólo en la pretensión dellos; porque, en llegando cualquiera a ser poseedor, es juntamente descontento[9]. El mundo, que a nuestro deseo sabe la condición para lisonjearla, pónese delante mudable y vario, porque la novedad y diferencia es el afeite con que más nos atrae. Con esto acaricia nuestros deseos, llévalos tras sí y ellos a nosotros.
Sea por todas las experiencias mi suceso, pues cuando más apurado me había de tener el conocimiento destas cosas, me hallé todo en poder de la confusión, poseído de la vanidad de tal manera, que en la gran población del mundo, perdido ya, corría donde tras la hermosura me llevaban los ojos, y adonde tras la conversación los amigos, de una calle en otra, hecho fábula de todos. Y en lugar de desear salida al laberinto, procuraba que se me alargase el engaño. Ya por la calle de la ira, descompuesto, seguía las pendencias pisando sangre y heridas; ya por la de la gula veía responder a los brindis turbados. Al fin, de una calle en otra andaba, siendo infinitas, de tal manera confuso, que la admiración aún no dejaba sentido para el cansancio, cuando llamado de voces descompuestas y tirado porfiadamente del manteo[10], volví la cabeza.
Era un viejo venerable en sus canas, maltratado, roto por mil partes el vestido y pisado. No por eso ridículo: antes severo y digno de respeto.
—¿Quién eres—dije—, que así te confiesas envidioso de mis gustos? Déjame, que siempre los ancianos aborrecéis en los mozos los placeres y deleites, no que dejáis de vuestra voluntad, sino que, por fuerza, os quita el tiempo. Tú vas, yo vengo. Déjame gozar y ver el mundo.
Desmintiendo[11] sus sentimientos, riéndose, dijo:
—Ni te estorbo ni te envidio lo que deseas; antes te tengo lástima. ¿Tú, por ventura, sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así alegre le dejas pasar hurtado de la hora, que, fugitiva y secreta, te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fué volverá, cuando lo hayas menester, si lo llamares? Dime: ¿has visto algunas pisadas de los días? No, por cierto, que ellos sólo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en una cadena, y que, cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas y es ya llegada, y, según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir, y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la hubiese.[12] Que éste la viene a temer cuando la padece, y, embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es sólo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir.
—Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde y qué haces por aquí?
—Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades, en lo roto y poco medrado, y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño. Estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya. Que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y, en teniéndole, unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dió, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es adonde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos, sin cansarte. Yo te enseñaré el mundo como es: que tú no alcanzas a ver sino lo que parece.
—Y ¿cómo se llama—dije yo—la calle mayor del mundo donde hemos de ir?
—Llámase—respondió—Hipocresía. Calle que empieza con el mundo y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella. Unos son vecinos y otros paseantes: que hay muchas diferencias de hipócritas, y todos cuantos ves por ahí lo son.
Y, ¿ves aquél que gana de comer como sastre y se viste como hidalgo? Es hipócrita, y el día de fiesta, con el raso y el terciopelo y el cintillo y la cadena de oro, se desfigura de suerte que no le conocerán las tijeras y agujas y jabón y parecerá tan poco oficial, que aun parece que dice verdad.
¿Ves aquel hidalgo con aquél que es como caballero? Pues, debiendo medirse con su hacienda, ir solo, por ser hipócrita y parecer lo que no es, se va metiendo a caballero, y, por sustentar un lacayo, ni sustenta lo que dice ni lo que hace, pues ni lo cumple ni lo paga. Y la hidalguía y la ejecutoria le sirve sólo de pontífice en dispensarle los casamientos que hace con sus deudas: que está más casado con ellas que con su mujer.
Aquel caballero, por ser señoría, no hay diligencia que no haga y ha procurado hacerse Venecia por su señoría, sino que, como se fundó en el viento para serlo, se había de fundar en el agua. Sustenta, por parecer señor, caza de halcones, que lo primero que matan es a su amo de hambre con la costa y luego el rocín en que los llevan, y después, cuando mucho, una graja o un milano.
Y ninguno es lo que parece. El señor, por tener acciones de grande, se empeña y el grande remeda ceremonia de Rey.
Pues ¿qué diré de los discretos? ¿Ves aquel aciago de cara[13]? Pues, siendo un mentecato, por parecer discreto y ser tenido por tal, se alaba de que tiene poca memoria, quéjase de melancolías, vive descontento y préciase de malregido, y es hipócrita, que parece entendido y es mentecato.
¿No ves los viejos, hipócritas de barbas, con las canas envainadas en tinta, querer en todo parecer muchachos? ¿No ves a los niños preciarse de dar consejos y presumir de cuerdos? Pues todo es hipocresía.
Pues en los nombres de las cosas, ¿no la hay la mayor del mundo? El zapatero de viejo se llama entretenedor del calzado. El botero, sastre del vino, porque le hace de vestir. El mozo de mulas, gentilhombre de camino. El bodegón, estado; el bodegonero, contador. El verdugo se llama miembro de la justicia, y el corchete, criado[14]. El fullero, diestro; el ventero, huésped[15]; la taberna, ermita[16]; la putería, casa[17]; las putas, damas[18]; las alcahuetas, dueñas; los cornudos, honrados[19]. Amistad llaman el amancebamiento, trato a la usura, burla a la estafa, gracia la mentira, donaire la malicia, descuido la bellaquería, valiente al desvergonzado, cortesano al vagamundo, al negro moreno[20], señor maestro al albardero y señor doctor al platicante. Así que, ni son lo que parecen ni lo que se llaman: hipócritas en el nombre y en el hecho.
¡Pues unos nombres que hay generales! A toda pícara, señora hermosa; a todo hábito largo, señor licenciado; a todo gallofero[21], señor soldado; a todo bien vestido, señor hidalgo; a todo capigorrón[22], o lo que fuere, canónigo o arcediano; a todo escribano[23], secretario.
De suerte que todo el hombre es mentira por cualquier parte que le examines, si no es que, ignorante como tú, crea las apariencias[24]. ¿Ves los pecados? Pues todos son hipocresía[25], y en ella empiezan y acaban y della nacen y se alimentan la ira, la gula, la soberbia, la avaricia, la lujuria, la pereza, el homicidio y otros mil.
—¿Cómo me puedes tú decir ni probarlo, si vemos que son diferentes y distintos?
No me espanto que eso ignores, que lo saben pocos. Oye y entenderás con facilidad eso, que así te parece contrario, que bien[26] se conviene. Todos los pecados son malos: eso bien lo confiesas. Y también confiesas con los filósofos y teólogos que la voluntad apetece lo malo debajo de razón de bien, y que para pecar no basta la representación de la ira ni el conocimiento de la lujuria sin el consentimiento de la voluntad, y que eso, para que sea pecado, no aguarda la ejecución, que sólo le agrava más, aunque en esto hay muchas diferencias. Esto así visto y entendido, claro está que cada vez que un pecado déstos se hace, que la voluntad lo consiente y lo quiere, y, según su natural, no pudo apetecelle sino debajo de razón de algún bien. Pues ¿hay más clara y más confirmada hipocresía que vestirse del bien en lo aparente para matar con el engaño? ¿Qué esperanza es la del hipócrita?, dice Job[27]. Ninguna, pues ni la tiene por lo que es, pues es malo, ni por lo que parece, pues lo parece y no lo es. Todos los pecadores tienen menos atrevimiento que el hipócrita, pues ellos pecan contra
Dios; pero no con Dios ni en Dios. Mas el hipócrita peca contra Dios y con Dios, pues le toma por instrumento para pecar[28].
En esto llegamos a la calle mayor. Vi todo el concurso, que el viejo me había prometido. Tomamos puesto conveniente para registrar lo que pasaba. Fué un entierro en esta forma. Venían envainados en unos sayos grandes de diferentes colores unos pícaros, haciendo una taracea[29] de mullidores[30]. Pasó esta recua incensando[31] con las campanillas. Seguían los muchachos de la dotrina, meninos[32] de la muerte y lacayuelos del ataúd, chirriando[33] la calavera. Seguíanse luego doce galloferos, hipócritas de la pobreza, con doce hachas acompañando el cuerpo y abrigando a los de la capacha[34], que hombreando[35], testificaban el peso de la difunta. Detrás seguía larga procesión de amigos, que acompañaban en la tristeza y luto al viudo, que anegado[36] en capuz de bayeta y devanado[37] en una chía, perdido el rostro en la falda de un sombrero, de suerte, que no se le podían hallar los ojos, corvos e impedidos los pasos con el peso de diez arrobas de cola que arrastraba, iba tardo y perezoso. Lastimado deste espectáculo.
—¡Dichosa mujer—dije—, si lo puede ser alguna en la muerte, pues hallaste marido, que pasó con la fe y el amor más allá de la vida y sepultura! ¡Y dichoso viudo, que ha hallado tales amigos, que no sólo acompañan su sentimiento, pero que parece que le vencen en él! ¿No ves qué tristes van y suspensos?
El viejo, moviendo la cabeza y sonriéndose, dijo:
—¡Desventurado! Eso todo es por de fuera y parece así; pero ahora lo verás por de dentro y verás con cuánta verdad el ser desmiente a las apariencias. ¿Ves aquellas luces, campanillas y mullidores[38], y todo este acompañamiento piadoso, que es sufragio cristiano y limosnero? Esto es saludable; mas las bravatas que en los túmulos sobrescriben podrición y gusanos, se podrían excusar. Empero también los muertos tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia[39]. Allí no va sino tierra de menos fruto y más espantosa de la que pisas, por sí no merecedora de alguna honra ni aun de ser cultivada con arado ni azadón. ¿Ves aquellos viejos que llevan las hachas? Pues algunos no las atizan para que atizadas alumbren más, sino porque atizadas a menudo se derritan más y ellos hurten más cera para vender. Éstos son los que a la sepultura hacen la salva en el difunto y difunta, pues, antes que ella lo coma ni lo pruebe, cada uno le ha dado un bocado, arrancándole un real o dos; mas con todo esto tiene el valor de la limosna. ¿Ves la tristeza de los amigos? Pues todo es de ir en el entierro y los convidados van dados al diablo con los que convidaron; que quisieran más pasearse o asistir a sus negocios. Aquél que habla de mano[40] con el otro le va diciendo que convidar a entierro y a misacantanos[41], donde se ofrece, que no se puede hacer con un amigo y que el entierro sólo es convite para la tierra pues a ella solamente llevan que coma. El viudo no va triste del caso y viudez; sino de ver que, pudiendo él haber enterrado a su mujer en un muladar y sin costa y fiesta ninguna, le hayan metido en semejante baraúnda y gasto de cofradías y cera, y entre sí dice que le debe poco, que, ya que se había de morir, pudiera haberse muerto de repente, sin gastarle en médicos, barberos ni boticas y no dejarle empeñado en jarabes y pócimas. Dos ha enterrado con ésta, y es tanto el gusto, que recibe de enviudar, que ya va trazando el casamiento con una amiga que ha tenido, y, fiado con su mala condición y endemoniada vida, piensa doblar el capuz[42] por poco tiempo.
Quedé espantado de ver todo esto ser así, diciendo:
—¡Qué diferentes son las cosas del mundo de como las vemos! Desde hoy perderán conmigo todo el crédito mis ojos y nada creeré menos de lo que viere.
Pasó por nosotros el entierro, como si no hubiera de pasar por nosotros tan brevemente, y como si aquella difunta no nos fuera enseñando el camino y muda no nos dijera a todos:
“Delante voy, donde aguardo a los que quedáis, acompañando a otros, que yo vi pasar con ese propio descuido”.
Apartónos desta consideración el ruido que andaba en una casa a nuestras espaldas. Entramos dentro a ver lo que fuese, y al tiempo que sintieron gente comenzó un plañido, a seis voces, de mujeres que acompañaban una viuda. Era el llanto muy autorizado; pero poco provechoso al difunto. Sonaban palmadas de rato en rato, que parecía palmeado de diciplinantes. Oíanse unos sollozos estirados, embutidos de suspiros, pujados[43] por falta de gana. La casa estaba despojada, las paredes desnudas. La cuitada estaba en un aposento escuro sin luz ninguna, lleno de bayetas, donde lloraban a tiento. Unas decían:
—Amiga, nada se remedia con llorar.
Otras:
—Sin duda goza de Dios.
Cuál la animaba a que se conformase con la voluntad del Señor. Y ella luego comenzaba a soltar el trapo[44], y llorando a cántaros[45] decía:
—¿Para qué quiero yo vivir sin Fulano? ¡Desdichada nací, pues no me queda a quien volver los ojos! ¡Quién ha de amparar a una pobre mujer sola!
Y aquí plañían todas con ella y andaba una sonadera de narices, que se hundía la cuadra. Y entonces advertí que las mujeres se purgan en un pésame déstos, pues por los ojos y las narices echan cuanto mal tienen. Enternecíme y dije:
—¡Qué lástima tan bien empleada es la que se tiene a una viuda!, pues por sí una mujer es sola, y viuda mucho más. Y así su nombre es de mudas sin lengua[46]. Que eso significa la voz que dice viuda en hebreo[47], pues ni tiene quien hable por ella ni atrevimiento, y como se ve sola para hablar, y aunque hable, como no la oyen, lo mismo es que ser mudas y peor[48].
Esto remedian[49] con meterse a dueñas. Pues en siéndolo, hablan de manera, que de lo que las sobra pueden hablar todos los mudos y sobrar palabras para los tartajosos y pausados. Al marido muerto llaman el que pudre[50]. Mirad cuáles son éstas, y si muerto, que ni las asiste, ni las guarda, ni las acecha, dicen que pudre, ¿qué dirían cuando vivo hacía todo esto?
—Eso—respondí—es malicia que se verifica en algunas; mas todas son un género femenino desamparado, y tal como aquí se representa en esta desventurada mujer. Dejadme, dije al viejo, llorar semejante desventura y juntar mis lágrimas a las destas mujeres.
El viejo, algo enojado, dijo:
—¿Ahora lloras, después de haber hecho ostentación vana de tus estudios y mostrádote docto y teólogo, cuando era menester mostrarte prudente? ¿No aguardaras a que yo te hubiera declarado estas cosas para ver cómo merecían que se hablase dellas? Mas ¿quién habrá que detenga la sentencia ya imaginada en la boca? No es mucho, que no sabes otra cosa, y que a no ofrecerse la viuda, te quedabas con toda tu ciencia en el estómago. No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y le saca[51]. Ni aun ése lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél. ¿Qué importa que sepas dos chistes y dos lugares, si no tienes prudencia para acomodarlos? Oye, verás esta viuda, que por de fuera tiene un cuerpo de responsos[52], cómo por de dentro tiene una ánima de aleluyas[53], las tocas negras y los pensamientos verdes[54]. ¿Ves la escuridad del aposento y el estar cubiertos los rostros con el manto? Pues es porque así, como no las pueden ver, con hablar un poco gangoso, escupir[55] y remedar sollozos, hace un llanto casero y hechizo[56], teniendo los ojos hechos una yesca[57]. ¿Quiéreslas consolar? Pues déjalas solas y bailarán en no habiendo con quien cumplir, y luego las amigas harán su oficio:
—¡Quedáis moza y es malograros! Hombres habrá que os estimen. Ya sabéis quién es Fulano, que cuando no supla la falta del que está en la gloria, etc.
Otra:
—Mucho debéis a don Pedro, que acudió en este trabajo. No sé qué me sospeche. Y, en verdad, que si hubiera de ser algo..., que por quedar tan niña os será forzoso...
Y entonces la viuda, muy recoleta de ojos y muy estreñida de boca, dice:
—No es ahora tiempo deso. A cargo de Dios está: él lo hará, si viere que conviene.
Y advertid que el día de la viudez es el día que más comen estas viudas, porque para animarla no entra ninguna que no le dé un trago. Y le hace comer[58] un bocado, y ella lo come, diciendo:
—Todo se vuelve ponzoña.
Y medio mascándolo dice:
—¡Qué provecho puede hacer esto a la amarga viuda que estaba hecha a comer a medias todas las cosas y con compañía, y ahora se las habrá de comer todas enteras sin dar parte[59] a nadie de puro desdichada?
Mira, pues, siendo esto así, qué a propósito vienen tus exclamaciones.
Apenas esto dijo el viejo, cuando arrebatados de unos gritos, ahogados en vino, de gran ruido de gente, salimos a ver qué fuese. Y era un alguacil, el cual con sólo un pedazo de vara[60] en la mano y las narices ajadas, deshecho el cuello, sin sombrero y en cuerpo, iba pidiendo favor al Rey, favor a la justicia, tras un ladrón, que en seguimiento de una iglesia, y no de puro buen cristiano, iba tan ligero como pedía la necesidad y le mandaba el miedo.
Atrás, cercado de gente, quedaba el escribano lleno de lodo, con las cajas en el brazo izquierdo, escribiendo sobre la rodilla. Y noté que no hay cosa que crezca tanto en tan poco tiempo como culpa en poder de escribano, pues en un instante tenía una resma al cabo.
Pregunté la causa del alboroto. Dijeron que aquel hombre que huía era amigo del alguacil, y que le fió no sé qué secreto tocante en delito, y, por no dejarlo a otro que lo hiciese, quiso él asirle. Huyósele, después de haberse dado muchas puñadas[61], y viendo que venía gente, encomendóse a sus pies y fuese a dar cuenta de sus negocios a un retablo.
El escribano hacía la causa, mientras el alguacil con los corchetes, que son podencos del verdugo que siguen ladrando, iban tras él y no le podían alcanzar. Y debía de ser el ladrón muy ligero, pues no le podían alcanzar soplones[62], que por fuerza corrían como el viento.
—¿Con qué podrá premiar una república el celo deste alguacil, pues, porque yo y el otro tengamos nuestras vidas, honras y haciendas[63], ha aventurado su persona? Éste merece mucho con Dios y con el mundo. Mírale cual va roto y herido, llena de sangre la cara, por alcanzar aquel delincuente y quitar un tropezón a la paz del pueblo.
—Basta—dijo el viejo—. Que si no te van a la mano, dirás un día entero. Sábete que ese alguacil no sigue a este ladrón ni procura alcanzarle por el particular y universal provecho de nadie; sino que, como ve que aquí le mira todo el mundo, córrese de que haya quien en materia de hurtar le eche el pie delante, y por eso aguija por alcanzarle. Y no es culpable el alguacil porque le prendió, siendo su amigo, si era delincuente. Que no hace mal el que come de su hacienda; antes hace bien y justamente. Y todo delincuente y malo, sea quien fuere, es hacienda del alguacil y le es lícito comer della. Éstos tienen sus censos sobre azotes y galeras, y sus juros sobre la horca. Y créeme que el año de virtudes para éstos y para el infierno es estéril. Y no sé cómo, aborreciéndolos el mundo tanto, por venganza[64] dellos no da en ser bueno adrede por uno o por dos años, que de hambre y de pena se morirían. Y renegad de oficio que tiene situados sus gajes donde los tiene situados Belcebú.
—Ya que en eso pongas también dolo, ¿como lo podrás poner en el escribano, que le hace la causa, calificada con testigos?
—Ríete deso—dijo—. ¿Has visto tú alguacil sin escribano algún día? No, por cierto. Que, como ellos salen a buscar de comer, porque (aunque topen un inocente) no vaya a la cárcel sin causa, llevan escribano que se la haga. Y así, aunque ellos no den causa para que les prendan, hácesela el escribano, y están presos con causa. Y en los testigos no repares, que para cualquier cosa tendrán tantos como tuviere gotas de tinta el tintero: que los más en los malos oficiales los presenta la pluma y los examina la cudicia. Y si dicen algunos lo que es verdad, escriben lo que han menester[65] y repiten lo que dijeron. Y para andar como había de andar el mundo, mejor fuera y más importara que el juramento, que ellos toman al testigo que jure a Dios y a la cruz decir verdad en lo que le fuere preguntado, que el testigo se lo tomara a ellos de que la escribirán como ellos la dijeren. Muchos hay buenos escribanos, y alguaciles muchos; pero de sí el oficio es con los buenos como la mar con los muertos, que no los consiente, y dentro de tres días los echa a la orilla. Bien me parece a mí un escribano a caballo y un alguacil con capa y gorra honrando unos azotes, como pudiera un bautismo detrás de una sarta de ladrones que azotan; pero siento que, cuando el pregonero dice:
“A estos hombres por ladrones, que suene el eco en la vara del alguacil y en la pluma del escribano”.
Más dijera si no le tuviera la grandeza[66] con que un hombre rico iba en una carroza tan hinchado, que parecía porfiaba a sacarla de husillo[67], pretendiendo parecer tan grave, que a las cuatro bestias aún se lo parecía, según el espacio con que andaban. Iba muy derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de miraduras, ahorrando cortesías con todos, sumida la cara en un cuello abierto hacia arriba, que parecía vela en papel, y tan olvidado de sus conjunturas, que no sabía por donde volverse a hacer una cortesía ni levantar el brazo a quitarse el sombrero, el cual parecía miembro, según estaba fijo y firme. Cercaban el coche cantidad de criados traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas. Otra parte iba de acompañamiento de acreedores, cuyo crédito sustentaba toda aquella máquina. Iba un bufón en el coche entreteniéndole.
—Para ti se hizo el mundo—dije yo luego que le vi—, que tan descuidado vives y con tanto descanso y grandeza. ¡Qué bien empleada hacienda! ¡Qué lucida! ¡Y cómo representa bien quién es este caballero!
—Todo cuanto piensas—dijo el viejo—es disparate y mentira, y cuanto dices, y sólo aciertas en decir que el mundo sólo se hizo para éste. Y es verdad, porque el mundo es sólo trabajo y vanidad, y éste es todo vanidad y locura. ¿Ves los caballos? Pues comiendo se van, a vueltas de la cebada y paja, al que la fía a éste y por cortesía de las ejecuciones trae ropilla[68]. Más trabajo le cuesta la fábrica de sus embustes para comer, que si lo ganara cavando. ¿Ves aquel bufón? Pues has de advertir que tiene por bufón al que le sustenta y le da lo que tiene. ¿Qué más miseria quieres destos ricos, que todo el año andan comprando mentiras y adulaciones, y gastan sus haciendas en falsos testimonios? Va aquél tan contento, porque el truhán le ha dicho que no hay tal príncipe como él, y que todos los demás son unos escuderos, como si ello fuera así. Y diferencian muy poco[69], porque el uno es juglar del otro. Desta suerte el rico se ríe con el bufón, y el bufón se ríe del rico, porque hace caso de lo que lisonjea.
Venía una mujer hermosa trayéndose de paso los ojos que la miraban y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso descuido escondiendo el rostro a los que ya la habían visto y descubriéndole a los que estaban divertidos. Tal vez se mostraba por velo, tal vez por tejadillo[70]. Ya daba un relámpago de cara con un bamboleo de manto, ya se hacía brújula mostrando un ojo solo, y, tapada de medio lado, descubría un tarazón[71] de mejilla. Los cabellos martirizados hacían sortijas a las sienes. El rostro era nieve y grana y rosas que se conservaban en amistad, esparcidas por labios, cuello y mejillas. Los dientes transparentes y las manos, que de rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y paso, ocasionando pensamientos lascivos. Tan rica y galana como cargada de joyas recebidas y no compradas. Vila, y, arrebatado de la naturaleza, quise seguirla entre los demás, y, a no tropezar en las canas del viejo, lo hiciera. Volvíme atrás diciendo[72]:
—Quien no ama con todos sus cinco sentidos una mujer hermosa, no estima a la naturaleza su mayor cuidado y su mayor obra. Dichoso es el que halla tal ocasión, y sabio el que la goza. ¡Qué sentido no descansa en la belleza de una mujer, que nació para amada del hombre! De todas las cosas del mundo aparta y olvida su amor correspondido, teniéndole todo en poco y tratándole con desprecio. ¡Qué ojos tan honestamente hermosos! ¡Qué mirar tan cauteloso y prevenido en los descuidos de un alma libre! ¡Qué cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando perlas, que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos! ¡Qué talle! Todos son causa de perdición, y juntamente disculpa del que se pierde por ella.
—¿Qué más le queda a la edad que decir y al apetito que desear?—dijo el viejo—. Trabajo tienes, si con cada cosa que ves haces esto[73]. Triste fué tu vida; no naciste sino para admirado. Hasta ahora te juzgaba por ciego, y ahora veo que también eres loco, y echo de ver que hasta ahora no sabes para lo que Dios te dió los ojos ni cuál es su oficio: ellos han de ver, y la razón[74] ha de juzgar y elegir; al revés lo haces, o nada haces, que es peor. Si te andas a creerlos, padecerás mil confusiones, tendrás las sierras por azules, y lo grande por pequeño, que la longitud y la proximidad engañan la vista. ¡Qué río caudaloso no se burla della, pues para saber hacia dónde corre es menester una paja o ramo que se lo muestre! ¿Viste esa visión[75], que acostándose fea se hizo esta mañana hermosa ella misma[76] y hace extremos grandes? Pues sábete que las mujeres lo primero que se visten, en despertando, es una cara, una garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ellas es tienda[77] y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras; y si como se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los dientes que ves y la boca era, de puro negra, un tintero, y a puros polvos se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado[78] a los labios, y cada uno es una candelilla. ¿Las manos? Pues lo que parece blanco es untado. ¿Qué cosa es ver una mujer, que ha de salir otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo, y verlas acostar las caras hechas cofines de pasas, y a la mañana irse pintando sobre lo vivo como quieren? ¿Qué es ver una fea o una vieja querer, como el otro tan celebrado nigromántico[79], salir de nuevo de una redoma? ¿Estásla mirando? Pues no es cosa suya. Si se lavasen las caras, no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se enjugan y secan y derriten más jalbegues[80] que sus faldas desconfiadas de sus personas. Cuando quieren halagar algunas narices, luego se encomiendan a la pastilla y al sahumerio o aguas de olor, y a veces los pies disimulan el sudor con las zapatillas de ámbar[81]. Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas, te embarras los labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la acuestas contigo, la mitad dejas debajo de la cama en los chapines; si la pretendes, te cansas; si la alcanzas, te embarazas; si la sustentas, te empobreces; si la dejas, te persigue; si la quieres, te deja. Dame a entender de qué modo es buena, y considera ahora este animal soberbio con nuestra flaqueza, a quien hacen poderoso nuestras necesidades, más provechosas sufridas o castigadas, que satisfechas, y verás tus disparates claros. Considérala padeciendo los meses, y te dará asco, y, cuando está sin ellos, acuérdate que los ha tenido y que los ha de padecer, y te dará horror lo que te enamora, y avergüénzate de andar perdido por cosas que en cualquier estatua de palo tienen menos asqueroso fundamento[82].
Mirando estaba yo confusión de gente tan grande, cuando dos figurones, entre fantasmas y colosos, con caras abominables y facciones traídas, tiraron una cuerda. Delgada me pareció y de mil diferentes colores, y dando gritos por unas simas que abrieron por bocas, dijeron:
—Ea, gente cuerda, alto a la obra.
No lo hubieron dicho cuando de todo el mundo, que estaba al otro lado, se vinieron a la sombra de la cuerda muchos, y, en entrando, eran todos tan diferentes, que parecía trasmutación o encanto. Yo no conocí a ninguno.
—¡Válgate Dios por cuerda—decía yo—, que tales tropelías haces!
El viejo se limpiaba las lagañas, y daba unas carcajadas sin dientes, con tantos dobleces de mejillas, que se arremetían a sollozos mirando mi confusión.
—Aquella mujer allí fuera estaba más compuesta que copla, más serena[83] que la de la mar, con una honestidad en los huesos, anublada de manto, y, en entrando aquí, ha desatado las coyunturas, mira de par en par[84], y por los ojos está disparando las entrañas a aquellos mancebos, y no deja descansar la lengua en ceceos, los ojos en guiñaduras, las manos en tecleados de moño[85].
—¿Qué te ha dado, mujer? ¿Eres tú la que yo vi allí?
—Sí es—decía el vejete con una voz trompicada[86] en toses y con juanetes de gargajos—, ella es; mas por debajo de la cuerda[87] hace estas habilidades.
—Y aquél que estaba allí tan ajustado de ferreruelo, tan atusado[88] de traje, tan recoleto de rostro, tan angustiado de ojos, tan mortificado de habla, que daba respeto y veneración—dije yo—, ¿cómo no hubo pasado, cuando se descerrajó de mohatras y de usuras? Montero de necesidades, que las arma trampas, y perpetuo vocinglero del tanto más cuanto[89], anda acechando logros.
—Ya te he dicho que eso es por debajo de la cuerda.
—¡Válate el diablo por cuerda, que tales cosas urdes! Aquél que anda escribiendo billetes, sonsacando virginidades, solicitando deshonras, y facilitando maldades, yo lo conocí a la orilla de la cuerda, dignidad gravísima.
—Pues por debajo de la cuerda tiene esas ocupaciones—respondió mi ayo.
—Aquél que anda allí juntando bregas, azuzando[90] pendencias, revolviendo caldos, aumentando cizañas, y calificando porfías y dando pistos a temas[91] desmayadas, yo lo vi fuera de la cuerda revolviendo libros, ajustando leyes, examinando la justicia, ordenando peticiones, dando pareceres: ¿cómo he de entender estas cosas?
—Ya te lo he dicho—dijo el buen caduco—. Ese propio[92] por debajo de la cuerda hace lo que ves, tan al contrario de lo que profesa. Mira aquél que fuera de la cuerda viste a la brida en mula tartamuda de paso, con ropilla y ferreruelo y guantes y receta, dando jarabes, cual anda aquí a la brida en un basilisco[93], con peto y espaldar y con manoplas, repartiendo puñaladas de tabardillos, y conquistando las vidas, que allí parecía que curaba. Aquí por debajo de la cuerda está estirando las enfermedades para que den de sí y se alarguen, y allí parecía que rehusaba las pagas de las visitas. Mira, mira aquel maldito cortesano, acompañante perdurable de los dichosos, cual andaba allí fuera a la vista de aquel ministro, mirando las zalemas de los otros para excederlas, rematando las reverencias en desaparecimientos; tan bajas las hacía por pujar[94] a otros la ceremonia, que tocaban en de buces[95]. ¿No le viste siempre inclinada la cabeza como si recibiera bendiciones y negociar de puro humilde a lo Guadiana por debajo de tierra, y aquel amén sonoro y anticipado a todos los otros bergantes a cuanto el patrón dice y contradice? Pues mírale allí por debajo de la cuerda royéndole los zancajos[96], que ya[97] se le ve el hueso, abrasándole en chismes, maldiciéndole y engañándole, y volviendo en gestos y en muecas las esclavitudes de la lisonja, lo cariacontecido del semblante, y las adulaciones menudas del coleo[98] de la barba y de los entretenimientos de la jeta[99]. ¿Viste allá fuera aquel maridillo[100] dar voces que hundía el barrio: “Cierren esa puerta, qué cosa es ventanas, no quiero coche, en mi casa me como, calle y pase, que así hago yo”, y todo el séquito de la negra honra? Pues mírale por debajo de la cuerda encarecer con sus desabrimientos los encierros de su mujer. Mírale amodorrido[101] con una promesa, y los negocios, que se le ofrecen cuando le ofrecen: cómo vuelve a su casa con un esquilón por tos tan sonora, que se oye a seis calles. ¡Qué calidad tan inmensa y qué honra halla en lo que come y en lo que le sobra, y qué nota en lo que pide y le falta, qué sospechoso es de los pobres, y qué buen concepto tiene de los dadivosos y ricos, qué a raíz tiene el ceño de los que no pueden más, y qué a propósito las jornadas para los precipitados de dádiva! ¿Ves aquel bellaconazo que allí está vendiéndose por amigo de aquel hombre casado y arremetiéndose a hermano, que acude a sus enfermedades y a sus pleitos y que le prestaba y le acompañaba? Pues mírale por debajo de la cuerda añadiéndole hijos y embarazos en la cabeza y trompicones[102] en el pelo. Oye cómo reprendiéndoselo aquel vecino, que parece mal que entre a cosas semejantes en casa de su amigo, donde le admiten y se fían dél y le abren la puerta a todas horas, él responde: “Pues qué: ¿Queréis que vaya donde me aguarden con una escopeta, no se fían de mí y me niegan la entrada? Eso sería ser necio, si estotro es ser bellaco”.
Quedé muy admirado de oír al buen viejo y de ver lo que pasaba por debajo de la cuerda en el mundo, y entonces dije entre mí.
—Si a tan delgada sombra, fiando su cubierta del bulto de una cuerda, son tales los hombres, ¿qué serán debajo de tinieblas de mayor bulto y latitud?
Extraña cosa era de ver cómo casi todos se venían de la otra parte del mundo a declararse de costumbres en estando debajo de la cuerda. Y luego a la postre vi otra maravilla, que siendo esta cuerda de una línea invisible, casi debajo della cabían infinitas multitudes, y que hay debajo de cuerda en todos los sentidos y potencias, y en todas partes y en todos oficios. Y yo lo veo por mí, que ahora escribo este discurso, diciendo que es para entretener, y por debajo de la cuerda doy un jabón[103] muy bueno a los que prometí halagos muy sazonados. Con esto el viejo me dijo:
—Forzoso es que descanses. Que el choque de tantas admiraciones y de tantos desengaños fatigan el seso, y temo se te desconcierte la imaginación. Reposa un poco para que lo que resta te enseñe y no te atormente.
Yo tal estaba, que di conmigo en el sueño y en el suelo obediente y cansado.
NOTAS:
[1] La dedicatoria es enteramente diferente en la edición de Pamplona de 1631 y en el Ms. de Lastanosa. Hela aquí: “A don Pedro Girón, Duque de Osuna (a). Éstas son mis obras: claro está que juzgará vuecelencia que siendo tales no me han de llevar al cielo; mas como (b) yo no pretendía dellas más de que en este mundo me den nombre y el que más estimo es (c) de criado de vuecelencia, se las envío para que, como a tan gran príncipe las honre; lograrán de paso la enmienda. Dé Dios á vuecelencia su gracia y salud; que lo demás merecido lo tiene al mundo su virtud y grandeza. En la Aldea (d), abril 26 de 1612.—Don Francisco Quevedo Villegas”.
a) “y conde de Ureña”. (Ms. de Lastanosa).
b) “ya no pretenda de ellas más que en este mundo”. (Ídem).
c) “el de criado de vuecelencia, se las invío para que como tan gran príncipe”. (Ídem).
d) “abril 1623.—Don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas”. (Ídem).
[2] 1610 es el año que fijaron los Juguetes de la niñez en 1629 y desde entonces hasta hoy viene reproduciéndose.
[3] Deparare; en A: depare. Adviértase que con cándido, pío y benigno quiere decir lo mismo, no menos, que con purpúreo, cruel y sin sarna, que le moleste criticándole.
[4] Toda la verdad. En el Libro de vidas y dichos graciosos, agudos y sentenciosos de muchos notables varones griegos y romanos, traducción por Juan Jarava, de los Apotegmas de Erasmo, se lee (Anvers, 1549, fol. 87): “Esto se loa y se tiene en más que todas las otras cosas que dijo (Sócrates), porque decía que no sabía otra cosa sino esto sólo, que no sabía nada. Porque se inquiría e informaba de cada una cosa como dudando. No porque de verdad no tuviese algo de cierto sabido; mas con esta ironía y contrario sentido declaraba su modestia y reprendía la soberbia de los otros, que se decían saberlo todo, como de hecho no supiesen nada. Unos sofistas decían públicamente que responderían de presto y sin pensar a toda materia y cuestión propuesta. La ignorancia destos soberbios destruía muchas veces Sócrates con argumentos, y por esto fué juzgado por Apollo sabio, porque, aunque no supiese todas las cosas, como ni los otros las sabían, pero en esto los excellía, que conocía su ignorancia, como ellos no supiesen tampoco esto, que no sabían nada”.
[5] Gastan, hacen gastar dinero en comprar los libros: notable uso de gastar como factitivo, esto es, hacer gastar.
[6] En A P: emprentas; en A: especerías.
[7] Sin ton ni son... no es bailar, alude al origen del dicho, según lo declaramos en el primer sueño, del bailar sin música, a destiempo.
[8] De tan mala cosa, retruécano, el mundo es mala cosa, no mi discurso.
[9] Descontento. Como que el deseo es tendencia a una cosa; lograda, el deseo desaparece, quedando uno descontento, porque todo el contento se cifraba, no en la cosa, sino en desearla.
[10] “unas grandes y descompuestas voces y tirado muy porfiadamente del manteo”. (Edic. de Barcelona, 1635).
[11] Desmentir es lo que hoy dicen despistar o hacer perder la pista, bonito verbo moderno, bien formado y que no tiene que ver con el dépister francés, que vale lo contrario, dar con la pista de alguno, descubrir, indagar. Pero no se olvide el clásico desmentir. Diablo coj., 7: “Don Cleofás y su camarada no salían de su posada por desmentir las espías”. Saavedra, Empr., 45: “Borrar con la cola las huellas para desmentir al cazador”. En el texto vale disfrazar para desmentir o despistar, como factitivo, al modo que en Zamora, Monarquía mist., 3, 86, 2: “Cuando se desdeña el rey de entrar en una casa, entra disfrazado, desmintiendo el nombre”.
[12] Acuérdase Quevedo del Petrarca, De Remediis utriusque fortunae.
[13] Aciago de cara; en P: ciego de cara. Aciago, encapotado y nublado, de mal agüero, metáfora aquí del tiempo que amaga tormenta, triste, melancólico.
[14] “del alguacil”. (Ms. de Lastanosa).
[15] Huésped. Quij., 1, 2: “Pensó el huésped”. Ídem, 1, 32: “A lo cual respondió la huéspeda”.
[16] Ermita, y añaden de Baco. Ilustre fregona: “Visitaba pocas veces las ermitas de Baco”.
[17] Casa, propiamente casa llana, por estar allanada o abierta para todos. Rufián dichoso, 1: “De los de la casa llana”.
[18] Damas. Coloquio de las damas, del Aretino, traducido por Fernán Xuárez, Sevilla, 1607.
[19] Honrados. Guzmán de Alfarache, 2, 3, 5: “Pero los más honrados basta que dejen la casa franca y se vayan a la comedia o al juego de los trucos, cuando acaso les faltan las comisiones”.
[20] Moreno. Celoso extremeño: “Enseñó a tañer a algunos morenos”.
[21] Gallofero, mendigo, que pide la gallofa. Lazarillo, 2: “Tú, vellaco y gallofero eres”.
[22] Capigorrón, o capigorrista, que anda de capa y gorra para más fácilmente vivir libre y ocioso, sobre todo los estudiantes. Píc. Just., f. 91: “Llegaron otros ocho capigorrones tan grandes bellacos como los primeros”. Colmenares, Hist. Segov., pl. 774: “Acercándose un capigorrón, mozo insolente”. Laber. amor, 2: “Capigorrón, brodista, pordiosero”. Ídem, 1: “Estudiantes capigorristas”.
[23] “fraile motilón, o lo que fuere, reverencia y aun paternidad; a todo escribano”. (Edic. de Pamplona, 1631, y el Ms.).
[24] a las apariencias. (Ms. de Lastanosa), las experiencias en la edición definitiva y en la de don Aureliano.
[25] “que son hipocresía”. (Ms.).
[26] Qué bien; en A: cuán bien.
[27] Job, 27, 8: “Quae est enim spes hypocritae?” Y en el 8, 13: “Et spes hypocritae peribit”.
[28] Y por eso, como quien sabía lo que era y lo aborrecía tanto sobre todas las cosas, Cristo, habiendo dado muchos preceptos afirmativos a sus discípulos, sólo uno les dió negativo, diciendo: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes'”. (Mat., VI.) De manera que con muchos preceptos y comparaciones los enseñó cómo habían de ser: ya como luz, ya como sal, ya como el convidado, ya como el de los talentos. Y lo que no habían de ser todo lo cerró en decir solamente: “No queráis ser como los hipócritas 'tristes', advirtiendo que en no ser hipócritas está el no ser en ninguna manera malos, porque el hipócrita es malo de todas maneras”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[29] Taracea, o ataracea, adorno o disposición de una cosa de dos colores echados como a manchas con proporción y hermosura. Saavedra, Repúbl., pl. 89: “Se daban a hacer escritorios de taracea y mesas de diversas piedras engastadas en mármol”.
[30] Mullidor, el que mulle, y mullir aquí por muñir o llamar y convocar, de monere, como en Fonseca, Vid. Cristo, 3. 27: “Sácanse lutos, cómpranse hachas, múllense cofradías, convídanse gentes, vístense pobres, alquílanse endecheras”. Muñidor o mullidor, el criado de las cofradías, que sirve para avisar a los hermanos las fiestas, entierros y otros ejercicios a que deben concurrir. Dice Quevedo que los pícaros muñidores ofrecían a los ojos con sus sayos de diferentes colores como una vistosa taracea.
[31] Incensando; en A: incitando.
[32] Meninos, caballericos que entraban en palacio a servir a la Reina o a los Príncipes niños. Nieremberg, S. Luis Gonz., 4: “En España hizo el Rey a nuestro Luis y a sus dos hermanos meninos del príncipe don Diego”.
[33] “gritando su letanía, luego las Órdenes, y tras ellas los clérigos, que, galopeando los responsos, cantaban de portante, abreviando, porque no se derritiesen las velas y tener tiempo para sumir otro”. (Edición de Pamplona y el Ms. referidos). Chirriando la calavera quiere decir cantando la letanía detrás del difunto con sus vocecillas chirrionas.
[34] Los de la capacha, los de la religión de San Juan de Dios, llamados así del vulgo porque en sus principios pedían y recogían la limosna para los pobres en unas capachas o cestillas de palma. Cerv., Casam. engañoso, pl. 350: “Ya v. m. habrá visto, dijo el alférez, dos perros, que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la capacha, alumbrándolos cuando piden limosna”.
[35] Hombreando, hacer fuerza con los hombros para sostener o tirar. L. Grac., Crit., 1, 6: “Porque no tiene espaldas, que a tenerlas, él hombreara”.
[36] Anegado, aquí por sumergido, metido en el capuz.
[37] Devanado en una chía, envuelto en la chía, como el hilo se devana y envuelve en la devanadera. Exagera lo largo de la chía o manto negro, regularmente de bayeta, que se ponía sobre el capuz y cubría hasta las manos, usado en los lutos. Pantoja, Rom., 2: “Viste el corazón de chía | y de capuz la memoria”. El capuz era vestidura larga, a modo de capa, cerrada por delante, que se ponía encima de la demás ropa y se traía por luto, la cual era de paño o bayeta negra y tenía una cauda, que arrastraba por detrás, y Quevedo, exagerándola, dice que pesaba diez arrobas.
[38] Mullidores; en A: muñidores.
[39] “¿Quién no juzgara que los unos alumbran algo y que los otros no es algo lo que acompañan y que sirve de algo tanto acompañamiento y pompa? Pues sabe que lo que allí va no es nada. Porque aún en vida lo era y en muerte dejó ya de ser y que no le sirve de nada todo; sino que también los muertos tienen su vanidad y los difuntos y difuntas su soberbia”. (Edic. de Pamplona y el Ms.).
[40] Hablar de mano, gesticular.
[41] Misacantano, el clérigo que canta misa nueva. Crotalón, 17: “El padre, de su parte, convidó todos sus parientes, vecinos y amigos, juntamente con sus mujeres, y Cenón, misacantano, de la suya, llamó a todos sus preceptores”.
[42] Doblar el capuz, plegarlo para guardarlo hasta el entierro de la nueva mujer. En S: doblarla el capuz en poco tiempo.
[43] Pujados, como empujados a la fuerza.
[44] Soltar el trapo, dar rienda suelta al llanto, a la risa, sentimiento, vicio, etc., tomado del soltar la vela al viento. Igualmente echar trapo. Valderrama, Teatro, Dif., 5: “La mesana y contramesana, el chafaldete y cebadera y el papahigo, y no queda trapo que no eche”. Esteb., 3: “Llegamos a la faluca y echamos todo el trapo”. No lo entendió bien Correas, cuando dijo (p. 141): “Echó el trapo” (Para decir que uno echó el resto e hizo mucho o todo su poder en una cosa. Comenzó en Andalucía a semejanza del dinero atado en trapo).
[45] Llorar a cántaros, ponderación que trasladó Quevedo del llover a cántaros, que es lo común. Cáceres, ps. 10: “Lloverá el cielo sobre ellos miserias, afanes y desventuras a cántaros”.
[46] “les dió la Sagrada Escritura nombre de mudas”. (La edic. de Pamplona).
[47] Viuda en hebreo suena almȃnȃ (אַלמָנָה), y, según Gesenius, deriva de (םלא) ȃlam, atar, ser atado, enmudecer, callarse, como en persa sebȃn besten, linguan ligare est obmutescere, y en árabe, jhubsat ligatio es lo mismo que silentium y ghaquida ligatum y sermone impeditum esse.
[48] Mucho cuidado tuvo Dios dellas en el testamento viejo, y en el nuevo las encomendó mucho. Por san Pablo: “¡cómo el Señor cuida de los solos y mira lo humilde de lo alto!” “No quiero vuestros sábados y festividades, dijo por Isaías, y el rostro aparto de vuestros inciensos, cansado me tienen vuestros holocaustos, aborrezco vuestras calendas y solemnidades. Lavaos y estaos limpios, quitad lo malo de vuestros deseos, pues lo veo yo. Dejad de hacer mal, aprended a hacer bien, buscad a la justicia, socorred al oprimido, juzgad en su inocencia al huérfano, defended a la viuda”. Fué creciendo la oración de una obra buena en otra buena más acepta y por suma caridad puso el defender la viuda. Y está escrito con la providencia del Espíritu Santo decir: “Defended a la viuda”, porque, en siéndolo, no se puede defender, como hemos dicho, y todos la persiguen. Y es obra tan acepta a Dios ésta, que añade el Profeta consecutivamente, diciendo: “Y si lo hiciéredes, venid y argüídme”. Y conforme a esta licencia que da Dios de que le arguyan los que hicieren bien y se apartaren del mal y socorrieren al oprimido y miraren por el huérfano y defendieren la viuda, bien pudo Job argüír a Dios, libre de las calumnias que por argüír con él le pusieron sus enemigos, llamándole por ello atrevido e impío, que lo hiciese con esta del capítulo 31, donde dice: “¿Negué yo por ventura lo que me pedían los pobrecitos? ¿Hice aguardar los ojos de la viuda?”, que convienen con lo dicho, como quien dice: “Ella no puede, porque es muda, con palabras, sino con los ojos, poniendo delante su necesidad”. El rigor de la letra hebrea dice: “O consumí los ojos de la viuda”, que eso hace el que no se duele del que la mira para que la socorra, porque no tiene voz para pedirle. (Edición de Pamplona, 1631).
[49] Esto remedian, parece decirlo el viejo, al cual luego Quevedo responde. Contra las dueñas o viudas de respeto que guardaban a las demás criadas en las casas de los señores, hablaron todos nuestros escritores críticos y todos lo saben por el Quijote.
[50] El que pudre, ya enterrado.
[51] “las cosas, sino el que las hace, como no es rico el que sabe dónde está el tesoro, sino el que le saca y le trabaja”. (Ms).
[52] Cuerpo de responsos, como muerto de puro viejo.
[53] De aleluyas, de alegría, pues se cantan en Pascua y suenan alegría en hebreo.
[54] Verde decimos del viejo que alimenta pensamientos y deseos de mozo, y de las conversaciones y palabras que frisan en cosas de mozos enamorados. P. Vega, ps. 5, v. 24 y 25, d. 2, proem.: “Un mancebo, que debió tener alguna conversación verde y de mozo con una liviana de su pueblo”. Guevara, Menospr. Corte. 12: “Qué cosa es oír a un viejo en la Corte..., y con todo esto que han visto y mucho más que por él ha pasado, tan verde se está en el pecar”. Coloq. perros: “Salta por aquel viejo verde que tú conoces”. Cabrera, p. 81: “¡Qué de jueces viejos y venerandos, que tienen más verdes los pensamientos!” Obreg., 1, 6: “Dejan pasar los verdes años sin acordarse de la vejez”.
[55] “Escupir, sonar, arremedar” (A).
[56] Hechizo, de factitium, hecho por arte, aposta y adrede, de donde falso y fingido. L. Grac, Crit., 3, 5: “Aquélla es la tiranía de la fama hechiza”. Guerra, Cuaresma, Ceniza: “Úsanse unas cruces hechizas, que sólo tienen de cruz las apariencias”.
[57] Hechos una yesca, de secos, sin lágrimas verdaderas, término común de comparación.
[58] En S: y le haga. En este caso había que escribir: que no le dé un trago y le haga comer.
[59] “a solas”. (Ms).
[60] “con sólo un tarazón de vara” (A).
[61] “haberle dado muchas puñaladas” (B); haber dado (P); haberle (M).
[62] Soplones, los porquerones, que vimos los llamaban así del ir con el soplo al alguacil.
[63] “seguras”. (Ms).
[64] por vengarse (A); por vergüenza (P).
[65] Lo que han menester. En P: han de menester. Decíase haber menester y haber de menester, como ser menester y ser de menester, aunque Juan Mir asegura no haberse dicho haber de menester. Corr., 517: “Haber menester como el pan de la boca. (Varía personas y tiempos: Helo menester como el pan de la boca; habíalo menester como el pan de la boca)”. Docum. archivo de Madrid, 3, p. 33: “Por quanto la dicha villa auia de menester de enbiar la dicha carta”. S. Abril, Andr.: “Pero ¿qué es menester palabras?” L. Rueda, Registr. pas. 2: “¿Cuántos huevos son de menester para una clueca?” (Repítese tres veces).
[66] “divirtiera la grandeza”. (Ms).; “detuviera” (S).
[67] Husillo, eje de carro o carroza. A. Pérez, Ceniza, f. 10: “Es como mandarnos untar los ejes y el husillo del carro para que no rechine”.
[68] Ropilla, ropa pobre.
[69] “y se diferencian en muy poco” (A S).
[70] Tejadillo, la postura del manto de las mujeres encima de la frente, dejándola descubierta. Nótese el realismo recio y español de esta maravillosa descripción.
[71] Tarazón, pedazo, de tarazar. Guevara, Avis. priv., 18: “En otro banquete vi dar lechones rellenos con tarazones de lampreas y de truchas”.
[72] En A: atrás diciendo.
[73] En S: haces lo mismo.
[74] En B: y luego la razón.
[75] Visión, dícese de lo imaginado sin realidad, de las apariciones y fantasmas, de donde persona ridícula y fea. Quev., Mus. 6, r. 72: “Visión cecial destestable, | rellena de crocodilos, | aspaviento ya carroño, | mandrágula con zollipo”.
[76] “a sí mesma” (Ms)..
[77] Tienda, ostentación, de donde decimos vender y venderse por. F. Aguado, Crist., 19. 9: “Y véndeme el vicio con nombre de virtud”. J. Pin., Agr., 2, 22: “Que os vendéis por tan bueno como los religiosos”.
[78] Cera de los oídos se ha pasado a los labios, alude a las cerillas de afeites, de que habla La Celestina, 1.
[79] marqués de Villena, salir (M S). El famoso don Enrique de Villena, tío de don Juan II, que “fué muy gran letrado y supo muy poco en lo que le cumplía”, que dice la Coronica de dicho Rey, por su mala maña y peor ventura en cuanto emprendió. El cual, por su “amor de las escrituras, no se deteniendo en las sciencias notables e católicas, dexóse correr a algunas viles o raeces artes de adevinar e interpretar sueños y esternudos y señales e otras cosas tales, que ni a príncipe real e menos a católico christiano convenian”, como dice Fernán Pérez de Guzmán en las Generaciones y semblanzas. Habiendo quemado fray Lope Barrientos, por orden del Rey, “algunos” de sus libros “e los otros quedaron en su poder”, tomaron su nombre los astrólogos, alquimistas y embaucadores, como símbolo y enseña, y la leyenda de mágico que aún en vida comenzó a formársele, creció más y más, hasta el punto de que “el teatro y la novela, como dice M. Pelayo (Antol., V, XXXVII), se apoderaron ávidamente de tales invenciones, y desde La Cueva de Salamanca, de Alarcón; Lo que quería ver el Marqués de Villena, de Rojas, y La Visita de los chistes, de Quevedo, hasta La Redoma encantada, de Hartzenbusch, y el ingenioso cuento de Bremón, La Hierba de fuego, don Enrique ha sido protagonista obligado de comedias de magia y narraciones fantásticas, y prosigue en su redoma hecho jigote y picadillo para renacer continuamente y servir de solaz a las futuras generaciones infantiles”. Forjóse el cuento y corrió por todas partes que don Enrique había ordenado que, muerto, le picasen e hiciesen jigote, encerrándolo en una redoma para volver a segunda vida.
[80] Jalbegue, posverbal de jalbegar, y se usan en Extremadura, derivados de enjalbegar y enjalbegue, como si en- fuese preposición; de ex-albicare, blanquear, encalar, afeitar el rostro. L. Rueda, 2, 234: “Enjalbegase aquel rostro”.
[81] Zapatillas de ámbar, perfumadas de ámbar, como los coletos de ámbar, que así se llamaban.
[82] Aquí concluye el texto en la edición de Pamplona y en el Ms.
[83] Serena se decía por sirena. J. Mena, Pecad. mort.: “Huid o callad, serenas”.
[84] De par en par, del abrir enteramente ambas hojas de la puerta, y por metáfora, enteramente abierto, sin embarazo. A. Pérez, Dom., 1 cuar., f. 133: “El pellejo duro, empero tan adelgazado, que se podían ver por él de par en par las entrañas”.
[85] Tecleados de moños, acción de teclear en el moño, componiéndoselo con los dedos, como suelen, para atraer las miradas y dejando ver su continua ansia de aliñarse.
[86] Trompicar, dar trompicones. Gallo, Job, 53, 28: “Andar de día a ciegas y de noche trompicando”. Rebullosa, Teatro, p. 306: “Los derriban trompicando en un valle de miserias”.
[87] “Por debajo de la cuerda. (Dícese cuando se juega a la pelota en un corredor, puesta una cuerda, y pasa la pelota por debajo, y así en otras cosas: echar faltas por debajo de la cuerda)”. (Corr., 603). Pero aquí está tomado de lo que se hace tirando encubiertamente de una cuerda, así que por debajo de cuerda es lo que por debajo de mano, escondidamente, con intento solapado. L. Grac., Crit., 2, 7: “Para hacer bajo cuerda cuanto quieren y todo va bajo manga”.
[88] Atusado; en B: atufado.
[89] El tanto más cuanto. Andar, ponerse en tanto más cuanto, en cuentas y regateos. Quev., Cuent. de cuent.: “Quitaos de cuentos y no andéis en tanto más cuanto”. H. Santiago, Dom., 2 cuar, p. 216: “Antes que el hombre se ponga en tanto más cuanto, Dios le enseña hoy más que lo que le puede caber en la codicia”.
[90] Azuzando, así en M S; en la edición corregida, aguzando. En M S: alimentando cizañas.
[91] Tema femenino es porfía y terquedad. No se confunda con el masculino tema, voz moderna tomada del griego. Dar pistos a temas desmayadas es alimentarlas como a enfermo, con alimentos líquidos y fáciles, que ésos son los pistos.
[92] Ese propio, mismo. A. Álv., Silv. Fer., 6 cen., 6 c.: “Si fuere moderado..., nada desto se le pega al Señor, sino a ti propio te heciste mejor”. Dos Hablad.: “Tiene mi mujer la propia enfermedad”. J. Pin., Agr., 2, 7: “Vos soléis decir que está mal dicho yo propio, y es lo que comúnmente se usa en esta tierra”.
[93] Basilisco, por matar con sola la vista.
[94] Pujar, acrecentar o subir la puja o puesta en subastas, ganarle por la mano, adelantarle en ceremonias.
[95] De buces, como de bruces y de buzos, bajando la cabeza, y díjose el uno de buz, como el otro de buruz, de cabeza, que suena en vascuence.
[96] Roerle los zancajos a uno es hablar mal de él por detrás, como gozquejo que ladra, y se tira a los zancajos o talones. Cáceres, ps. 100: “Aquéllos que andaban royendo los zancajos: 'Detrahentem secreto proximo suo'”.
[97] Que ya, tanto, que de tanto roérselos, se le ve el hueso. Sobre el que comparativo véase Cejador, Leng. de Cervantes, I, 266, 17.
[98] Coleo, posverbal de colear, menear la cola.
[99] Jeta, los labios y narices como salientes, a modo de hocico y trompa. Quev., Son., 48: “Llamava labio y jeta comedera”.
[100] Maridillo le llama, por ser poco marido, a fuer de consentidor, que por una promesa que le haga se amansa y amodorra, vase de casa y al volver tose fuerte para que el otro y ella sepan que llega y se pongan de pura visita de etiqueta. Todo ello lo había bien pintado Mateo Alemán.
[101] “sueño de los que no pueden”. (Edic. de Madrid de 1648 y siguientes). Quiere decir que a los que no tienen que dar no les da el menor pie para que pretendan su mujer ni menos tomen alas en su casa, que esto es tenerles el ceño a raíz, que no salga afuera; en cambio, a los generosos déjales el campo libre, inventando viajes y ausencias, como hacía Guzmán de Alfarache.
[102] Trompicones, la cornamenta. A la cabeza dicen M S.
[103] Corr., 574: “Dar jabón. (Por una reprensión)”.
LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO