CONDICIONES INTELECTUALES.

Si en todas partes deja que desear el desarrollo intelectual del campesino, en Puerto Rico este mal es de una evidencia desconsoladora. Bien es cierto que ha habido bastantes motivos para explicarnos el atraso que deploramos, atraso que no es más que el resultado lógico de la lentitud con que se realiza el progreso general del país; pues como ha dicho acertadamente el Sr. Don José R. Abad, en su Memoria acerca de la Feria-exposición de Ponce, "la historia de la Agricultura es la historia de la Civilización; los progresos de ésta determinan los progresos de aquella y cada nuevo misterio de la fuerza de la naturaleza, arrancado á los arcanos de lo desconocido por el ingenio del hombre, ha sido una nueva conquista al servicio de su bienestar social."

Ahora bien, es indudable que la cultura de Puerto Rico se ha verificado muy pausadamente; el desarrollo de la agricultura ha debido guardar, y así ha sido en efecto, una perfecta relación con este tardo incremento de los demás principios civilizadores. Mas el atraso del arte de cultivar la tierra no es sino una consecuencia de la deficiencia intelectual de los agricultores, por lo cual no es un absurdo deducir de aquél el poco camino que en la senda de su ilustración ha recorrido el grupo que venimos estudiando.

Al jíbaro hay que asignarle papel esencialísimo en los adelantos agrícolas, porque es innegable que el esfuerzo del hombre de mejor voluntad y más versado en los conocimientos agronómicos fracasa si al llevarlos á la práctica se encuentra con brazos inútiles por su impericia, ó, lo que es peor, rebeldes á todo lo que no sea rutinario.

En el exámen que emprendemos es, por tanto, acertado investigar las prácticas agrícolas del bracero desde los tiempos cercanos á la conquista, y compararlas con las que actualmente ha adoptado.

Al escudriñar en la historia la marcha que la agricultura ha seguido en nuestro país, nos encontramos huellas verdaderamente asombrosas. En el siglo pasado, el ilustre Fray Íñigo Abad, autor de la Historia de Puerto Rico, decía en el capítulo titulado Estado de la Agricultura de esta Isla: "La Agricultura, que es la primera de las artes y la verdadera riqueza de un Estado, está muy en los principios en esta Isla. Por la mayor parte se reduce al cultivo, de las legumbres y frutos de primera necesidad, sin ofrecer al comercio objeto digno de atención.

"Apenas conocen instrumento, ni medio útil para ejercerla. Con una hacha, ó más regularmente con fuego, baten los árboles. Un sable, que llaman machete, acaba de desmontar la maleza, y limpiar la tierra; con la punta del sable, ó de un palo hacen pequeños hoyos ó surcos, en donde ponen la planta del tabaco, café, arroz, cazabe, plátanos, maiz, frixoles, batatas ú otras legumbres que son los objetos de sus cosechas, á los que dedican solamente algunos pedazos de las tierras llanas."

Como lo hace notar el comentador de Fray Íñigo, el erudito Sr. Acosta, en esa época todavía el labrador puertorriqueño no conocía el arado. Servíase de igual instrumento que los salvajes errantes australianos usan, según Tylor, para plantar y desenterrar las raices comestibles, ó sea de un palo puntiagudo; utensilio de labranza tan primitivo que se han encontrado de él algunos ejemplares pertenecientes á los primeros pobladores del mundo americano. Desconocer el arado en el siglo diez y ocho es casi inconcebible en un pueblo civilizado; siendo así, que en el valle del Nilo fué ya conocido, siquiera fuese rudimentario, ese beneficioso útil de labranza, perfeccionado algo por los romanos y que después de sucesivas evoluciones ha llegado en nuestros dias á adquirir un grado de perfección notable, gracias á las aplicaciones que el descubrimiento del vapor ha permitido hacer.

Por fortuna al comienzo de este siglo se inicia el progreso del cultivo de la tierra borinqueña, á beneficio, según explica el Sr. Acosta, de la supresión de algunas absurdas disposiciones como la relativa al abasto forzado de carne; por virtud de la sabia administración del nunca bastante alabado Don Alejandro Ramirez, y á merced de la cédula de 15 de Agosto de 1815, que favoreció la inmigración en el país de gente entendida en las prácticas agrícolas.

Esto no obstante, el adelanto es poco notable, comparado con el florecimiento que en otras partes ostenta la agricultura; es grande tal vez teniendo presente los tiempos á que hemos hecho alusión, pero no lo es para la época que alcanzamos. Corroborada está nuestra afirmación por persona tan competente como el Sr. Abad, quien dice refiriéndose al concurso verificado en Ponce en época recientísima: La exhibición de plátanos, frutos, semillas y granos comprendida en la sección cuarta, adoleció de todos los defectos inherentes y propios de una agricultura rudimentaria. Como se puede deducir de esta apreciación la senda del progreso apénas ha sido hollada sino muy tímidamente por nuestro campesino; y así es la verdad. Veamos si no, ¿qué perfección han alcanzado sus utensilios de labranza? ¿qué conocimientos tiene acerca de las formas de cultivo? ¿qué aprecio hace del empleo de los abonos y de sus clases? ¿qué sabe ó procura saber de las condiciones de los animales que le son útiles? ¿qué sabe de la selección, del cruzamiento, de la influencia del establo en la crianza? ¿qué conoce de la diversa aptitud de las tierras laborables? ¿qué del influjo que las circunstancias meteorológicas del país determinan en su agricultura? ¿qué de los fecundos resultados que reporta la armonía entre la producción animal y la vegetal? En una palabra: salvo lo rutinario, ¿qué alcanza de cuanto la ciencia agrícola enseña, siquiera sea elemental, y por serlo se halle vulgarizado entre los labriegos de otros países?

Hay que confesarlo con dolor; muy pobre es, sin duda, el caudal de experiencia del jíbaro en lo que toca á este particular, pobreza que no por ser motivada es ménos sensible, en una época como la presente en que el movimiento científico ha dado á la agricultura leyes naturales que la han hecho engrandecer. Tal deficiencia resalta evidentemente cuando comparamos los elementos de que se vale para verificar su labor el campesino puertorriqueño, con los que tiene á su disposición el labriego norteamericano, por ejemplo. Mientras que el yankee tala, ara, siembra y recolecta, utilizando para ejecutar todas estas operaciones instrumentos perfeccionados, á beneficio de los cuales realiza su trabajo, hasta con cierta comodidad, el jíbaro, rutinero en sus prácticas y desconocedor de otros aperos que los primitivos, se fatiga en faenas que á aquél le son fáciles; y no es sólo que el labrador de Puerto Rico necesite producir mayor cantidad de trabajo muscular y que gaste más tiempo en sus faenas, sino que á la postre los productos con que la tierra corresponde á sus afanes, acaso no resistan la competencia de la producción norteamericana, obtenida—gracias al empleo hábil de máquinas y de buenos instrumentos de mano—con ménos costo. Así se explica que nuestra isla pague tributo á otros países comprándoles frutos como maiz, arroz, patatas y otros que la tierra borinqueña puede producir en cantidad suficiente para anularlos de la importación, y que al labrador le sería dado cosechar con beneficio positivo de sus intereses, decidiéndose á pisar nuevas sendas en el cultivo de sus campos.

Que el bienestar del país depende en gran parte de la prosperidad de su agricultura, es una tésis que no ha menester demostración. Preciso es, pues, tratar de que la producción agrícola reporte utilidades ciertas, en cuanto sea posible; y para conseguirlo, además de huir de todo cuanto por deficiente en la práctica pueda disminuir lo producible, conviene facilitar al jornalero agrícola su trabajo, con arreglo á los buenos principios de economía rural: que en parte alguna como en la zona tórrida y concretándonos á nuestros intereses, en Puerto Rico—dada la pobreza física que hemos advertido en una buena parte de la población rural,—es conveniente ahorrar esfuerzos musculares excesivos al hombre, para que, haciéndole ménos fatigosas las operaciones de la labranza, pueda ejecutarlas sin que le atemorice lo rudo de las labores que por necesidad han de practicarse bajo la acción de este sol tropical de una esplendidez que embriaga el alma, pero que á la vez enerva el cuerpo.

No es indiferente pedir en este clima al jornalero, más ó ménos horas de trabajo, ni que lo ejecute suave ó rudamente; arar ó sembrar utilizando el vapor ó la fuerza animal, con instrumentos perfeccionados, exije ménos cantidad de trabajo personal que el hacerlo como en los tiempos primitivos, teniendo que ir poco á poco para abrir un imperfecto surco y depositar en él la semilla; pero la desventaja resalta más, considerando que la temperatura habitual de nuestro suelo no permite un desarrollo considerable de fuerzas, continuado por muchas horas, sin perjuicio para la salud; de modo que, instintivamente, el hombre siente aquí repugnancia por los trabajos muy fuertes. Añádase á esto la miseria orgánica del jíbaro, ya indicada, y desde luego apreciaremos la importancia que tiene para la riqueza agrícola el que sus brazos utilicen los ventajosos sistemas é instrumentos que la civilización nos ha proporcionado.

Pero nuestro labriego no se halla preparado ni aun para poder darse cuenta de la utilidad de los procedimientos modernos. No es culpa suya; mas por desgracia es así. Al estudiar las clases jornaleras puertorriqueñas, uno de los observadores más conspícuos de nuestras costumbres, Don Salvador Brau, dice:

"El jornalero labrador ignora las teorías más rudimentarias de la ciencia agronómica; las diferentes fases de la luna y los periódicos movimientos de las mareas constituyen para él, como para casi todos los pequeños propietarios rurales, el texto sagrado de sus doctrinas.

"Con arrojar la semilla en un surco apénas abierto por un grosero arado, digno de figurar en un museo de curiosidades prehistóricas, cree, por lo común, el labriego de nuestra tierra, haber practicado, casi completamente, cuanto cabe practicar en materia de agricultura. Las fuerzas de la naturaleza se encargarán de lo demás."

Nos pesa tener que insistir tanto en señalar el atraso de nuestro campesino, precisamente en lo que le incumbe más de cerca; pero es cumplir con un deber hacerlo y lo cumplimos, corroborando lo que, cuantos escritores han tratado este asunto en Puerto Rico, han dicho ántes que nosotros.

Si pasamos á examinar las manifestaciones de la industria, no seremos más afortunados en el descubrimiento de los progresos que anhelamos para nuestra clase rural. Refractario el campesino á toda innovación, mira con desconfianza los pocos adelantos que la industria azucarera ha adoptado en el país, y hay que verle menospreciarlos y sonreír maliciosamente, dándose aire de perspicaz, cuando por desgracia es testigo de algún fracaso de las empresas progresistas; entónces atribuye el mal éxito á los inventos nuevos, y ni siquiera se le ocurre, ni puede comprender, que en muchas de estas ruinas intervienen como factores, ya una ilustración profesional incompleta, ya falta de aptitudes agrícolas y de crédito, con frecuencia los excesos de la usura y acaso la misma ignorancia de los brazos que ha sido preciso utilizar.

En las manifestaciones industriales que por pequeñas son casi usufructo del campesino pobre, tampoco nos es dado señalar adelanto alguno de nota. Hoy sigue obteniendo, por ejemplo, las harinas de maiz y de arroz, las féculas de yuca, etc., en cantidades limitadas y por procedimientos antiguos; lo mismo hace para la obtención de aceites como el de coco, ricino y otros, productos que trae al mercado llenos de impurezas; el jabón, llamado de la tierra, pone de manifiesto también lo elemental de estas pequeñas industrias en nuestro país.

Estas apreciaciones no son personales. Todo aquel que se haya dedicado á observar nuestra actual sociedad, ha podido deducir de sus observaciones que Puerto Rico está aún en mantillas en lo relativo á procedimientos industriales; de manera que, si por su parte el labrador no sustituye sus añejas malas prácticas, ni mejora las especies vejetales que cultiva, ni se preocupa de los estancamientos de agua, dañosos á los terrenos que labra, haciendo á lo sumo zanjas al descubierto que desaguan mal, ni aprecia el valor de los abonos que desperdicia mientras presencia impasible cómo se agotan sus tierras, á las que sigue pidiendo lo que ya no pueden dar, en lo que respecta al industrial se advierte análoga falta de discernimiento.

El fabricante de cal, por utilizar los imperfectos y anticuados hornos pierde en rendimientos; el ladrillero sigue fabricando los ladrillos á mano; el carbonero, sobre contribuir á la destrucción inconveniente de los montes y quemar sin consideración maderas útiles, si llega el caso, persiste en hacer sus viejos hornos en los cuales el producto de su explotación disminuye.

La industria pecuaria no se rige en Puerto Rico por ningún procedimiento científico, y tan confiados se muestran los campesinos en las fuerzas naturales, que ni siquiera las epizootias les preocupan; el contagio no existe para ellos; así no es extraño que por falta de aislamiento se desarrollen epidemias de muermo y de pústula maligna que causan destrozos en esta riqueza y aún hacen víctimas entre los hombres dedicados á la ganadería.

Entre los productos procedentes de animales vivos ó muertos que explota el campesino, los quesos—cuya fabricación más general es rudimentaria—son de buen gusto, pero de poca duración; la mantequilla, á causa de su defectuosa preparación, no se conserva por mucho tiempo sin aranciarse; la manteca de cerdo no puede competir en precio y cantidad con la extranjera, si bien la aventaja en pureza: la cera, amarilla y la miel se recogen en corta cantidad, sin que nadie se haya cuidado gran cosa de las abejas.

Otras industrias rurales como los tejidos de cortezas, de bejucos y paja—sogas, aparejos, cestos y sombreros—aunque pobres, dejan ver ciertas favorables disposiciones dignas de ser alentadas.

La fabricación de dulces con frutas del país, se reduce á las conservas de naranjas, ordinaria y de mejor calidad, pasta de guayabas, yuca, etc., y no se ofrecen á la venta tan bien acondicionadas como fuera de desear.

La panificación de la yuca, cazabe, no ha adelantado mucho desde los tiempos indios hasta nosotros. Otros productos, que se presentan en forma de panes, de maiz, batata, etc., no ofrecen particularidades que admirar.

Lo propio hay que decir de la limitadísima industria forestal—resina de tabanuco, aceite de palo.—Como hemos podido ver, existe un atraso notorio en todo lo que se refiere á los diversos ramos de la producción agrícola, atraso lamentable cuyas causas trataremos de explicar oportunamente.

Veamos ahora si las casas que habita el grupo rural puertorriqueño corresponden con el pobre progreso que en él venimos señalando, pues sabido es que existe relación directa entre el grado de cultura del hombre y la vivienda que para sí construye, pudiendo deducirse de las condiciones de ésta el desenvolvimiento de aquella. Desde el refugio natural que contra la intemperie ofrecieran al hombre primitivo un árbol ó una roca saliente, hasta las modernas casas en que se aloja el hombre civilizado de nuestros dias, hay una escala ascendente que manifiesta las gradaciones del desarrollo intelectual de la especie humana. Marca el primer paso en las construcciones artificiales de casas, la sencilla pantalla inclinada, por el estilo de la que algunos picapedreros usan para defenderse de la acción del sol: siguen á tan imperfecta defensa las chozas rudimentarias de hojas de palma ó de tiernos árboles, é iníciase luego el primer adelanto, en materia de construcciones, con las chozas edificadas sobre postes ó paredes forradas de zarza, lodo y otros groseros materiales. Á la cabaña de forma redondeada y de techo en pabellón, sucede—en época de más progreso—la de forma cuadrada y techo en caballete, apoyado sobre las paredes y sostenido por vigas; la madera seca es sustituida por la piedra tosca al principio y luego labrada. Nace el arte de la albañilería que utiliza más variados elementos de construcción; entre otros el cemento, el ladrillo, los metales mismos, y llega por último el hermoso período en que la arquitectura, en su apogeo, hace surgir esos asombrosos monumentos, libros de piedra en que los arquitectos de pasadas edades han dejado escritos los mejores y más bellos capítulos de la civilización antigua de los pueblos.

Hecha esta rapidísima excursión en el arte de las construcciones, nos será fácil de apreciar, conocida la vivienda del campesino puertorriqueño, su estacionamiento, puesto que aún construye su bohío de madera y yagua, sin que jamás emplée la piedra, ni siquiera el adobe; y aunque se explique que prefiera aprovechar para hacer su casa aquellos materiales que ménos trabajo le cuesta adquirir, como son troncos, cañas, paja, etc., no podemos darnos satisfactoria cuenta de que esa cabaña siga siendo como en los viejos tiempos endeble, de poco resguardo, y sin ninguna comodidad, ni casi separación interior que evite esa amalgama en que viven padres, hijos y hermanos, tan perjudicial para las buenas costumbres.

Ya el indio borincano construía poco más ó ménos como hoy construye el jíbaro; lo cual basta para hacernos evidente el pobre adelanto de éste, quien, después de tres siglos, en nada ha mejorado las condiciones de la morada que servía á una raza incivil. "Las casas—dice nuestro tantas veces citado historiador Fray Íñigo—las construían (los indios) sobre vigas ó troncos de árboles que fijaban dentro de la tierra á distancia de dos ó tres pasos uno de otro, en figura oval, cuadrilátera ó cuadrilonga, según la disposición del terreno: sobre dichos troncos formaban el piso que era de cañas ó varas; alrededor de este piso hacían las paredes ó tabiques de las casas que eran asímismo de cañas, cruzando sobre ellas al través muchas latas que hacían de las hojas de las palmas con que aseguraban la obra. Todas las cañas que formaban los tabiques se juntaban arriba en el centro de la casa afianzándolas unas con otras quedando el techo en figura de pabellón."

"Otras casas construían también sobre troncos de árboles y de los mismos materiales; pero más fuertes y de mejor disposición. Desde la tierra hasta el piso que formaban sobre los troncos, dejaban sin cercar una parte que servía de zaguán: en lo alto dejaban ventanas y corredores que hacían de cañas: el techo estaba á dos vertientes, mediante un caballete que ponían sobre porciones cubiertas de hoja de palma. Toda la fábrica de aquellas casas se aseguraba, en lugar de clavos, con bejucos silvestres que son flexibles y de gran duración."

Es indudable que estas edificaciones indias descubren un cierto grado de adelanto en los aborígenes; pues, según Tylor, todos los viajeros africanos convienen en que la casa con esquinas cuadradas indica un gran paso en la civilización de los pueblos; pero encontrar á la raza que sustituyó á aquellos construyendo y habitando iguales moradas, ántes bien significa un atraso, toda vez que los conquistadores por traer ideas de construcciones superiores debieron mejorar los ranchos indios. Podríamos añadir que quizá no fué la mejor de las casas borinqueñas la copiada por los conquistadores y sus descendientes; pues leemos en W. Irving, que, cuando los españoles pisaron por vez primera este suelo, "encontraron un lugar indio construido como de ordinario, alrededor de la plaza, parecida á un mercado y con una casa muy grande y bien concluida," de modo que, como los europeos no habían de llamar bueno á cualquier edificio de salvajes, y tuvieron lugar de examinarlo detenidamente, y de cerca, porque lo hallaron desierto, como todo el lugar, podemos deducir que los aborígenes construían mejores casas de las que pueden darnos idea la generalidad de los bohíos primitivos, aun imitados por el campesino de nuestros dias.

Lo defectuoso de la casa del jíbaro coincide con un ornamento también pobrísimo del interior de ella. La hamaca, usada por el indio, y mueble indispensable al jíbaro, acaso algún lecho de tablas, y raras ocasiones algo donde sentarse, es casi todo lo que en un bohío se encuentra. No pretendemos hallar comodidades dentro de las humildes viviendas del campesino, pero lo mísero de semejante menaje es de sentirse, tanto por lo que revela de la cultura de su dueño, cuanto porque como dice un higienista, el Dr. Billandeau, no es indiferente habitar una casa que agrade, pues hay en las condiciones de suficiencia y hasta en el adorno de la habitación, una fuente de goces de que disfrutamos sin darnos cuenta y que nos liga al hogar, alejándonos de peligrosas aficiones.

Digamos algo acerca del lenguaje del jíbaro, ya que la palabra, expresión total de la vida del espíritu, como la considera Revilla, puede darnos valiosos datos en lo relativo á esta parte de nuestro trabajo.

Es el habla del campesino defectuosa, como la de aquellas personas que no han recibido instrucción alguna; todavía emplea palabras ya olvidadas en el moderno castellano, y la impureza é impropiedad de su lenguaje son notorias. Á los defectos de pronunciación, que citaremos en breve, hay que añadir un cierto dejo en el modo de hablar, dejo que, más ó ménos acentuado, parece común de todos los habitantes de la América española y aún de las Canarias y por lo tanto de los puertorriqueños en general, pero que entre los jíbaros es notablemente más pronunciado.

Aunque en nuestros campesinos se corrobora la observación de que las personas habituadas á vivir en el campo hablan en alta voz, nótase á menudo que esta no tiene la intensidad, el vigor que es casi general entre la gente ruda; hecho que, si bien no es absoluto, puede explicarse por el empobrecimiento orgánico, al cual corresponde un aparato respiratorio en cierto modo débil. No predominan en el tono de voz de los jíbaros los sonidos graves; ántes bien pueden estos referirse á las escalas de barítono, tenor y aún contralto; no siendo raras las voces de falsete.

El alfabeto fonético del campesino carece de la c suave, así como de la ll, v, x y z. La c, al unirla con las e é i, y la z, casi siempre las transforma en s, v. gr. serro, simarrón, sanja, sumo. Cambia la ll en ñ y á veces en y, como en ñaman, cabayo; la v en b como en bira. La d final, y la de las terminaciones de los participios de pretérito, no suenan; así dice: mitá, comprao. La rr con frecuencia la arrastra dándole sonido de j; como en ajrój por arroz; la r la convierte en l muchas veces, otras en j, v. gr.: amol, cajne; y por último, según nos lo ha hecho notar nuestro buen amigo y excelente poeta Don Luis Muñoz Rivera, á la s le dan casi constantemente un sonido de j suave; por ejemplo: loj, pejroj, ejtán. Á veces ocurre lo propio con la z, como cuando dicen ajoraoj por azorados. La h es una j fuerte siempre, v. gr.: jacer por hacer.

Si bajo su aspecto físico, el lenguaje del jíbaro está lleno de defectos, desde el punto de vista físico-espiritual, evidencia de ordinario la pobreza de su desarrollo intelectual, por mucho que á las veces revele agudezas que demuestran una inteligencia fácil de cultivar.

Una vez hecho este breve exámen, vamos á dar comienzo á la investigación del estado en que se encuentran en la clase rural las artes útiles; y empezaremos por la más hermosa de todas: la poesía. Producto esta de la imaginación y del sentimiento, la encontramos, ya que no revestida de sus mejores galas, embellecida con el ropaje natural de la espontaneidad y sencillez que en todas partes ostenta la poesía popular. En muchos de los cantares jíbaros se descubre una naturaleza poética rica en fantasía y no exenta de imaginación y viveza, como no podía ménos de suceder tratándose de meridionales descendientes de españoles, quienes poseen como pocos aquellas preciosas dotes.

Sensible es que la escasa ilustración del jíbaro sea causa de que esa fuente de belleza no de cuanto podría dar de sí; al cabo la imaginación no basta para producir lo bello, si no vienen en su auxilio otras facultades del espíritu convenientemente cultivadas. De esta deficiencia nace que el campesino cante asuntos pocos dignos y que en sus canciones se hallen dislates tan grandes que, á juzgar por ellos, habría que negar á sus autores hasta el sentido común. Encuéntranse décimas glosadas que están llenas de obscenidades; otras hay disparatadas, sin piés ni cabeza, como vulgarmente se dice, que no son más que palabras vacías de sentido, por mucho que la presunción del autor las titule de argumento.

No obstante, otras veces acierta el inculto poeta. Hemos oido algunos villancicos, llamados aguinaldos, bastante bellos é ingeniosos. Entre sus cantares los hay capaces de despertar la emoción estética. Casi siempre el motivo de ellos es el amor y los sentimientos que de esta pasión dependen; pero no desdeña su inspiración otros asuntos. Sus coplas recuerdan la rica poesía popular española, y es fácil de hallar en ellas su filiación andaluza las más de las veces, sin que falten cantares de otras provincias de la Metrópoli, tan pródiga en hermosos villancicos, alegres seguidillas, picarescas coplas, etc.

Para dar una ligera idea de nuestra poesía popular, reproducimos á continuación algunos cantares, sugetándonos á la ortografía propia del jíbaro[8].

"Puse en tu puelta un letrero

Y el letrero dise así:

—Pasajero, pasajero,

Cuando pasej por aquí,

Si no quierej sel cautibo

Pasa sin miral siquiera;

Yo miré una vej, y bibo

Ejclabo jajta que muera."

Galano requiebro que por su concepto es digno de la dama de más delicado gusto.

Bien expresan los siguientes cantares la intensidad del sentimiento amoroso:

"Nunca me digaj adioj

Cuando pol la caye baj,

Que parese que me disej

Adioj para nunca maj."


"Si doblasen laj campanaj,

No preguntej quién murió:

Ausente de tí, mi bia,

¿Quién puée sel si no yó?"

La pertinacia del amor verdadero se pinta en el siguiente cantar, no ménos naturalmente que los afectos expresados en las cuartetas anteriores:

"Buscando boy pol la Ijla

Quien quiera haselme un fabol:

Ajrancal de mi memoria

El recueldo de tu amol."

Bella cuarteta es esta en la que el poeta utiliza la perífrasis, para advertir á una novia cuyo galán no parece serle muy fiel:

"Quítate de esa bentana,

No le baya á jasel daño

Á la flor de tu ilusión

El biento del desengaño."

Lo exclusivo del afecto amoroso y el desprecio de la vida, de que suelen hacer gala los enamorados infelices, unas veces de veras, otras pro fórmula, palpitan en estos cantares:

"Ayá bá mi corasón,

Abrele con esa yabe,

Y veraj si dentro del

Sólo tu recueldo cabe."


"Dejde que pagaj mi amol

Con el odio y el dejden,

Boy bujcando una dolama

Que me mate de una vej."


"Si me quieres dimeló

Y si no dame beneno,

Que no es el primer amol

Que le dá muelte á su dueño."

También sabe expresar en sus cantares cierto pesimismo irónico, del que hay frecuentes casos en la poesía popular española: véanse estos dos ejemplos:

"Si quierej ejtal contento

Manda compral, buen amigo,

Un quintal de indiferiensia

Y dos arrobaj de olbido."


"El honol es un tesoro

Del que lo sabe gualdal,

Lo he bijto cambial pol oro

Ejto no se ha de admiral."

Epígramas hay, como el siguiente, que velando de un modo conveniente la idea, hieren sin embargo donde se propuso el autor:

"Disen que tienej un nobio;

Disen que le quieres bien;

Disen que disen que yoraj,

Pero no disen pol qué."

Otros son más transparentes y desenfadados, como de ellos es ejemplo el que sigue:

"Esoj seloj de tu amante

Me dan ganaj de reil.

¡Pobresito del que pasa

Por onde han pasao mil!"

Manifestación, algo fanfarrona, del sentimiento patrio, avivado con motivo de las invasiones inglesas, de que nos habla nuestra historia provincial, es el cantar que dice así:

"¿De qué le bale al ingléj

El ponel tantaj trincheraj,

Si sabe que Puerto Rico

Tiene lanchas cañoneraj?"

Basta con lo expuesto para dejar demostrado que, á pesar de ser pobre el desarrollo intelectual del jíbaro, este infeliz anémico mantiene vivo, allá en su alma, el culto de la poesía, y puede y sabe sentir la belleza y producirla á veces.

Para terminar, y por tratarse de otra forma de expresión poética, diremos que los cuentos de los jíbaros adolecen de exceso de fantasmagoría y no se encuentra en ellos cosa que llame la atención. Duendes, pájaros de mal agüero, varitas de virtud, transformaciones milagrosas, tránsitos repentinos, sin que intervengan el esfuerzo propio, de la miseria á la riqueza; nada, en una palabra, en los que conocemos al ménos, que por este concepto revelen valor intelectual.

Digamos algo, aunque brevemente, acerca de los instrumentos musicales campestres: la maraca, especie de sonaja de orígen indio, que por su nombre y por el ruido que produce, podría compararse con la matraca, tosco y primitivo representante del instrumental de casi todos los pueblos no civilizados; el güiro, desapacible instrumento para oidos no acostumbrados al guachapeo seco que ocasiona el raspear sobre su lineada superficie; y algunas derivaciones de la guitarra y de la bandurria, es cuanto en el particular se ofrece á nuestra consideración. Son estas derivaciones: el tiple, guitarrillo de cinco cuerdas, que ofrece la inexplicable particularidad de tener la prima y la quinta iguales, lo que dá lugar á una combinación anómala de sonidos; el cuatro, que tiene cinco cuerdas dobles, colocadas de dos en dos, se templa como la bandurria y se toca como esta; la bordonúa lleva seis cuerdas, y la vihuela hasta diez, pues en esto entra por mucho el capricho del constructor. Ninguno de estos instrumentos obedece en su construcción á una idea artística racional; el poco valor material de ellos hace que sólo los construyan los mismos jíbaros, quienes la mayor parte de las veces se valen de útiles poco apropiados. Sería interesante señalar el proceso de desviación que en esta provincia han seguido los citados instrumentos nacionales de cuerda; en ellos subsiste la idea que preside á la construcción de guitarras y bandurrias; pero la carencia de utensilios para fabricarlos iguales á los modelos que de la Metrópoli trajeron los españoles, ha debido influir en la imperfección de aquellos.

Imperfectos y todo se pueden ejecutar en ellos tocatas agradables. Manos hábiles saben arrancar á tan toscos instrumentos musicales airosas melodías, sin embargo de que debe de ofrecer serias dificultades, cuando ménos, el producir con ellos modulaciones. Hay tocadores que con una maestría sorprendente, hacen verdaderos alardes, produciendo, sobre todo con el cuatro, inesperadas melodías.

Acompañándose con estos rudos instrumentos, canta el jíbaro sus languidísimas coplas eróticas, ó sus animados villancicos durante la época de aguinaldos.

Orquesta tan menguada basta al jíbaro para sus bailes, de los cuales, algunos es lástima que vayan cayendo en desuso. El seis, así llamado acaso en recuerdo de los seises que bailaban delante de los altares, según un rito cristiano ya olvidado, es un baile de figuras, de cierto donaire, que es sensible vaya perdiendo sus reminiscencias de la antigua danza, de figuras como la española, hoy sustituida por el merengue sensual, al que también se ajusta el seis. El sonduro, las cadenas, caballos, puntillanto, fandanguillo, y tal vez algunas otras variedades que nos son desconocidas, van quedando relegadas al más injustificado olvido.

El baile llamado caballo, exije que los bailadores den vueltas vertiginosas de vals; en el sonduro el zapateo ha de ser fuerte, tanto, que á veces los bailadores solían poner chapas de hierro al calzado para hacer más ruido; las cadenas son un baile de combinaciones muy bonitas y de música linda, que se asocia al canto; el puntillanto es una especie de zorcico zapateado, de una música agradable en sumo grado: parece una combinación de los compases ternario y cuaternario, de un efecto bellísimo. También es danza de figuras que apénas se conoce ya en algunos barrios del interior.

La danza moderna tiende á anular todos estos bailes; en sociedad se anularon los de figuras; y en los campos va sucediendo lo mismo con perjuicio de los caractéres propios del baile; porque en último término éste, aparte de ser un ejercicio plausible, tiene su aspecto espiritual. Ha servido para expresar por medio de la música los sentimientos más elevados: el religioso, el del amor, el guerrero; hoy sólo expresa la pasión amorosa, pero representada por medio de la moderna danza, resulta algo brutal. En la danza de figuras la pantomima desarrollaba el proceso amoroso más lógicamente; las parejas colocadas unas frente á otras, se saludaban, paseaban, se daban las manos, y por último, después de varias figuras, llegaba el baile íntimo, por vueltas de vals. En el merengue todo preliminar está casi abolido; el caballero invita á la dama y en seguida se establece la intimidad de un abrazo, que por cierto dura largo tiempo, sin que apénas esfuerzo físico distraiga la atención; porque para bailar la danza no es preciso ejecutar movimientos que, cansando el cuerpo, aparten del baile toda voluptuosidad posible, sobre todo hallándose la pareja solicitada por una música de languidez dulce y predisponente.

No queremos decir que esto ocurra siempre que se baile la moderna danza; pero no puede desconocerse el peligro de la posibilidad. Es posible bailar inocente y correctamente el merengue, pero en este baile se reunen una porción de circunstancias, contra las cuales es bueno estar prevenido; si al baile hay que concederle título de utilidad, es á condición de que en vez de enervar produzca sano placer. Báilese la danza en hora buena, pero no tan exclusivamente que ella anule á otras danzas más bellas y espirituales.

El baile, considerado como arte recreativo, tiene entre los jíbaros escasa representación: entre los niños, la gallina ciega, la peonza, el hoyuelo, los volantines y otros juegos propios de la infancia. Entre los adultos las bochas, bolos, algo en desuso. Sensible es que no exista ningún juego que ejercite el sistema muscular del campesino; el juego de pelota, que por ser nacional y haberse usado también entre los indios, debía existir, nadie lo juega; en cambio los gallos y los juegos de azar, de los que trataremos oportunamente, dominan al jíbaro.

Los juegos de carnaval conservan aun en nuestro pueblo el carácter que tenían en España en el siglo XVII. Enharinamientos, pintarrajeos, mojaduras, lanzar cascarones de huevos, á guisa de proyectiles, sobre los transeúntes, es lo que constituye nuestra diversión en Carnestolendas; manera de divertimiento enojosa y poco culta por cierto.

Como ha podido apreciarse por esta breve reseña, existen algunas buenas disposiciones naturales, sobre todo en el jíbaro descendiente de la raza blanca, de cerebro bastante bien organizado, para que, desarrolladas dichas aptitudes, mejoren las condiciones intelectuales del grupo rural; como hasta ahora nada se ha hecho para procurarlo, lo mismo el campesino de filiación caucásica que el de orígen africano ó mixto, vegetan más que viven en cuanto se refiere á la vida de la inteligencia; la fuerza intelectual sólo existe latente. Nuestro campesino es capaz de ser educado por medio del estudio, pues tiene disposiciones muy favorables para ello; pero estas facultades permanecen estériles por falta de instrucción y no por incapacidad para la educación. Á cada paso podemos comprobarlo en niños nacidos en los más humildes bohíos, que han alcanzado un desarrollo intelectual sobresaliente, cuando se les ha llevado oportunamente á la escuela.